Ingo y Emmet nunca fueron muy buenos haciendo amigos, eran los niños raros del salón a los que todos les sacaban la vuelta, así que siempre se mantenían cerca el uno del otro. Por lo mismo de que no interactuaban con otras personas aparte de ellos y que vivían en un hogar disfuncional no tenían buenas referencias de como eran los distintos tipos de relaciones, dónde estaban los límites del cariño fraternal, a identificar sus sentimientos correctamente y mucho menos que muestras de afecto eran permitidas con los demás.

Así que ellos solo sacaban sus conclusiones de lo que observaban de los otros.

"Ingo, esas dos personas se están besando"

"No mires, Emmet, eso es cosa de adultos"

"¿Cómo lo sabes?"

"¿Alguna vez has visto niños hacerlo?"

"Pero los besos son para personas que se quieren, si dos niños se quieren también podrían besarse ¿No?"

"Hmmm... Puede ser"

La idea del beso se quedó en su cabeza mucho tiempo, pensando constantemente en eso.

¿Solo los mayores pueden hacerlo? Se supone que solo besas a quien quieres ¿Si yo quiero a mi hermano, puedo besarlo así también?

Al final ambos terminaron sacando el tema, fue hace tanto que no recuerdan quien lo mencionó primero.

"Realmente te quiero mucho ¿Estaría bien si te beso?"

"Yo también te quiero, eso significa que podemos besarnos, pero no hagas esa cosa con la lengua que una vez hicieron mamá y papá, parecía asqueroso"

Esa fue la primera vez que se besaron, aunque más que un beso solo apretaron sus labios y pegaron sus caras, algo bastante rígido e incómodo.

"No creo que lo hayamos hecho bien, Emmet"

"¡Está bien! Ya mejoraremos con el tiempo"

"¿Quieres que nos sigamos besando?"

"¿Acaso tu no quieres?"

"... Sí quiero..."

"¡Ingo te ves muy gracioso con la cara roja!"

Los años pasaron y ellos crecieron, con el tiempo tomaron una nueva perspectiva del mundo, aprendieron por su cuenta que muestras de afecto eran bien vistas y cuáles no.

Y sobre todo aprendieron que los hermanos no deberían besarse entre ellos, aun si se querían, en una extraña forma que se movía entre un todavía presente sentimiento de fraternidad y un amor apasionado de amantes.

—Tierra llamando a Ingo, hora de que el tren avance a la siguiente estación.

La voz juguetona de Emmet sacó abruptamente a Ingo de sus recuerdos de su niñez, el recuerdo de su pequeño hermanito que no podía hablar con nadie que no fuera él se desvaneció para dejarlo ver al atrevido y entusiasta adulto en el que se convirtió.

—Lo siento mucho, Emmet, ¿Me distraje por mucho tiempo?

—¡No! Aún estamos a tiempo de realizar todas nuestras tareas en tiempo y forma.

Ingo suspiró aliviado. —Me alegra oír eso, entonces partamos a nuestra siguiente parada, no debemos manchar nuestra imagen como jefes del metro.

Apenas Ingo dió unos pasos sintió como su hermano tiraba de su abrigo, al voltearse para preguntar que pasaba notó de inmediato que tenía "esa" sonrisa.

—Aún tenemos mucho tiempo para hacer nuestros deberes, la línea de combates múltiples no partirá hasta dentro de cuarenta minutos, podemos tener ese tiempo solo para nosotros.

—Emmet... —Ingo lo miró con dureza pero eso no hizo titubear la sonrisa de su gemelo. —Ya hemos hablado de esto.

—Sí, lo hicimos, pero creo recordar que tanto tú como yo expresamos lo mucho que lo deseamos.

—Está mal, Emmet, esos sentimientos están mal.

—¿Entonces por qué no puedes pararlos? Ni siquiera puedes contenerte como quisieras. —Emmet se acercó más a él y envolvió sus brazos alrededor de su cuello. Ingo no se resistió. —Puedo ver como me miras cuando soy demasiado amable con los pasajeros ¿Qué alguien más me saque una risa es suficiente para ponerte celoso?

Ingo apretó sus puños con fuerza, no respondió a su pregunta.

—Cuando estamos solos en el último vagón esperando a un retador prometedor puedo ver tus manos luchando por no tomar las mías, por no ponerse sobre mis muslos cuando crees que me he quedado dormido.

—¿Si lo sabías por qué no me detuviste? —replicó Ingo finalmente, su respiración era agitada e irregular, él sabía que esa no era la pregunta correcta, él ya sabía su respuesta, para empezar ¿De verdad había una pregunta correcta para esta situación?

—Porque yo también deseo lo mismo que tu, deseo que me tomes, que me veas, no solo como tu hermano, sino también como tú amante.

Emmet, su hermanito, su dulce gemelo menor al que vio pasar de ser un pequeño niño tímido que era en sus recuerdos, a ser este adulto aferrado a él, pidiéndole que se unan en una relación inmortal. Sucio, se sentía tan sucio, su querido hermanito estaba tan manchado como él.

Tal vez si nunca hubieran visto a esas personas besarse todavía tendría al hermano que recordaba, tal vez sus sentimientos se hubieran mantenido meramente fraternales y no se habrían convertido en... Esto

—Tu también me quieres, ¿verdad, Ingo?

El hombre vestido de negro lo miró, todavía tenía esa sonrisa que siempre ponía cuando lo empujaba a esta conversación, forzada, tensa y un poco cínica. Pero su ojos eran una historia tan diferente, estaban cristalinos por el cúmulo de emociones, deseo, miedo, esperanza y... Amor. Él lo amaba, Emmet lo amaba de una forma en la que no se debe amar a la propia sangre.

Y por más que se odiara por eso, sabía que sus propios ojos también reflejaban el amor que sentía por él. Ambos eran un tren de dos vagones que se había descarrilado del curso planeado hasta terminar chocando en este momento.

Al demonio con su imagen como jefes del metro. Ingo tomó a Emmet por la cintura y lo besó, no recordaba la última vez que lo hicieron, antes de que descubrieran que esto estaba mal, y ahora se odiaba por haberse prohibido disfrutar de más besos como éste solo por eso.

Emmet se quedó rígido por su repentino cambio, pero rápidamente él también dejó salir su anhelo por esto, correspondiendo a su beso y aferrándose aún más a su hermano mayor.

Esto estaba mal, ellos estaban mal, jodidamente mal. Pero aun así se sentían demasiado bien.