En el calendario una equis tachaba el número 15, era un trazo suave hecho con una tinta roja furiosa que curiosamente no le recordaba la sangre, no hubiera sido agradable de ser ese el caso.

La luz del atardecer caía perezosamente en los muebles de la sala, entraba por una gran ventana que daba hacia la playa, y detrás, otra ventana igual de grande, mostraba un paisaje de montañas verdes y bosque.

La luz tocaba su cuello, calentando las viles cicatrices y actuando como un calmante en esta serena tarde de abril. El cabello ahora estaba un poco más corto, habiendo sido cortado por completo por los infames curanderos de San Mungo que no pueden hacer un trabajo bien hecho por su vida, y creciendo solo unas pulgadas en casi el año desde que sucedió. La piel ya no estaba tan cetrina, la palidez no se notaba, el sol de la playa había tostado su tez en los meses que llevaba aquí. Las túnicas negras que lo hacían parecer como un murciélago fueron reemplazadas por suaves camisetas blancas de lino, pantalones y chanclas para caminar por la orilla todos los días al anochecer. Parecía un poco más relleno, una dieta estrictamente impuesta que todos aquellos que se declararon sus amigos le han obligado a cumplir ha hecho que sus músculos ganen volumen y ya no parezca tan demacrado. En general se ve mejor de cómo se veía hace un año, o hace diez, o hace veinte.

Sus ojos permanecen del mismo tono oscuro, como túneles insondables cerrados a todo el mundo, cuentan la historia de un hombre que ha vivido el doble de sufrimientos de lo que alguien de su edad debería, sin embargo, hay una nota clara en ellos, un brillo de alivio que parece iluminar todo su rostro y hacen que parezca que el peso del mundo se ha levantado de sus hombros.

Y es que así fue.

El horizonte parece infinito desde su puesto cerca a la ventana, con el mar imponente y la brisa que lo visita constantemente, es tan hermoso y tan basto que por un momento todos los días puede recordar que es libre y cada vez se acostumbra un poco más a ese término extranjero.

Si pudiera llorar, lo haría, pero los hombres como él, que han vivido tanto, ya no les queda lágrimas ni sentimientos para buscarlas.

El gato observa la cabaña un poco confundido, ¿Cómo llegó aquí? Así que movido por su curiosidad solo hace lo más natural que sabe, y se dirige a explorar. Solo viene con un recuerdo, cintas de colores que lo llenan de emoción, y caos, no sabe de qué clase, pero reconoce el sentimiento, es el tipo de caos que encontrarías en un apocalipsis, lleno de gritos, de desesperación, de angustia, de confusión, de llanto y de un profundo arrepentimiento, no recuerda nada más allá del sentimiento, aunque ya nada importe.

La persona en la cabaña levanta la vista del horizonte cuando ve movimiento por el rabillo del ojo, solo muchos años como espía impidieron que atacara sin pensar cualquier cosa que se haya movido. Cuando lo mira bien se fija que es un gato que se ha colado por la ventana, trae un aire distintivo, como si no hubiera sido azotado por la brisa y por el sol, sino cuidado a medias y familiarizado con lo doméstico, parece más curioso que cualquier otra cosa y aunque por un instante pensó que podría pertenecer a alguien cercano, en el momento en que lo vio supo que estaba solo.

Tiene el pelaje blanco y algunas manchas negras lo cubren casi por completo, es pequeño, como un adulto que no ha terminado de crecer, acaricia detrás de sus orejas mientras el felino ronronea bajo su atención, su pelo es bastante suave.

El gato maúlla, un sonido bajo que no es exigente, luego se instala cómodamente en sus piernas, días después reflexionará en este momento y se dará cuenta que el gato acababa de adoptarlo.

Hay algo en sus ojos cuando lo miran que no puede ubicar, si no tuviera sus escudos de oclumancia perfectamente estructurados pensaría que el animal estaba leyendo su mente, solo es un atisbo de un pensamiento viejo que encuentra allí mientras el gato sondea descaradamente su alma, en lo profundo.

Ah… un luchador.

A partir de ese dia el gato se convierte en su compañero, lo acompaña en los paseos por la playa al anochecer y se sienta con él a mirar el horizonte por la ventana, duerme en su cama a pesar de que lo desaloje todas las noches y todas las mañanas se despierta con un suave ronroneo y un cuerpo cálido presionado junto suyo, trata de convencerse de que el gato es terco, a pesar de que en fondo sabe que se está volviendo blando.

Le pone un nombre, más no le pone collar, el gato es libre como él mismo y ya le es más fácil recordar ese hecho, todas las visitas que tiene arrullan al animal y le traen más regalos de los que probablemente necesita, trata de mantener un ceño fruncido mientras esconde una sonrisa cuando acarician el lomo del gato.

Pasan los años, los recuerdos de la guerra se desvanecen al mismo ritmo que las cicatrices en su cuello, pero una cara en blanco es igual de eficiente que una bufanda en los raros casos que debe enfrentar su pasado.

Conoce a su tocayo, el nieto de su némesis en la escuela, a veces le cuesta creer que ha pasado toda una vida desde esos días de ser perseguido por hombres lobo e inventar hechizos, el niño parece estar bien, no lo admitirá ante nadie, pero sonríe con orgullo cuando es clasificado en su antigua casa de Hogwarts.

El gato se ha convertido en su constante compañía, pasan los años y no se aparta de su lado hasta que la muerte lo reclama, mucho, mucho después. En su lecho de muerte mientras el animal dormita a su lado preparándose también para abandonar este mundo, piensa en como un gato común puede vivir tanto, ha pasado más tiempo con él de lo que ha pasado solo, y no puede evitar sentirse agradecido, aun así, es un misterio al igual que su aparición en aquella tarde soleada de abril, todos se lo preguntan también, y a veces tiene que sonreír por este hecho, es como magia.