Intentaré ser objetiva en la narración de mis recuerdos pero no puedo asegurar que no estén teñidos por las cosas que ahora conozco. Mi mente aún da vueltas por el accidente mientras me adapto a esta nueva vida, como si los sucesos que voy a relatar ahora formaran parte ya de otra existencia.
Jakku es un planeta peligroso y no es sólo lo que está debajo de la arena, lo que puede acabar con tu vida si no tienes cuidado. No es por nada que le llaman cementerio espacial. Años después de la guerra contra el Imperio Galáctico, sigue siendo arriesgado recorrer algunas zonas y si no es la geografía engañosa, es la crueldad de sus escasos habitantes lo que puede lastimarte o acabar con tu vida.
Yo era carroñera. Buscaba restos de partes de naves del Imperio o de la Resistencia que aún pudieran servir para arreglar otras naves, que seguramente cumplirían el mismo ciclo que nosotros los chatarreros: transitar esta vida para servir a otros y morir sin que nadie lo lamentara demasiado.
Estaba sola. Pero contra todo pronóstico, sobreviví.
Ignoraba entonces quiénes eran mis padres y no los recuerdo aún hoy. Tampoco supe nunca la verdadera razón por la cual me abandonaron. Durante años esperé que volvieran a buscarme, pensando que no se habían olvidado de mí. Pero ahora sé que nunca les importé demasiado. Hubo personas, sin embargo, que me enseñaron lo necesario para sobrevivir. Ivano Troade y Mashra fueron amables conmigo hasta que tuve edad de valerme por mi cuenta.
Mi vida era dura, más aún de lo que mis recuerdos suavizados por la distancia pueden expresar, pero no conocía nada más. El tiempo pasó mientras llené las paredes de duracero con marcas, casi de manera mecánica, para no perder la cuenta de los días. Pero supongo que en algún momento dejé de hacerlo.
El calor endureció mi piel, la falta de comida y agua me hizo juiciosa, desconfiada y posesiva. Las mezquindades y el egoísmo de mis compatriotas me ayudaron a ser sagaz y aprendí a defenderme luchando por lo que obtenía. Contemplar la muerte de cerca, cientos de veces, me hizo compasiva con otros, aunque los favores no siempre se devolvían sino como traiciones. Pese a todo, algo en mi interior me guiaba, algo que siempre estuvo allí, emociones que hoy tienen explicación. Esperanza y Fe.
Los días eran una sucesión de soles y lunas, tormentas, desesperación y soledad, hambre y sed. Hasta ese día hace muchos meses estándar atrás, no importa cuándo exactamente, el día en que una nave se estrelló cerca de los campos de Hundimiento en los Páramos de Goazon, y la Fuerza quiso que yo fuera la única persona capaz de atestiguar el fenómeno.
No era extraño que estos accidentes sucedieran, a Jakku venían a parar toda clase de personas, escapando para ocultarse, atraídos por lo inhóspito. Nadie buscaba en las Extensiones Occidentales. La arena ocultaba rápidamente las pistas y los criminales podían deambular sin problemas, si es que sobrevivían para contarlo.
Me acerqué con precaución hasta la nave, aunque por su estado no esperaba encontrar a nadie con vida. Sin embargo ahí estaba el único tripulante, herido e inconsciente, a bordo de la cabina medio destruida de lo que sin dudas pude reconocer como un Silenciador TIE, un modelo superior que nunca antes había visto.
Sabía que él pertenecía a la Primera Orden pero aún no podía llamarle enemigo. En Jakku la guerra era una noticia que los viajeros traían, un cuento lejano, repetido de boca en boca que nos afectaba solamente en el número de porciones que llegaban. Teníamos nuestros propios problemas.
Los stormtroopers visitaban el Puesto de Niima con una frecuencia cada vez mayor, pero nadie sabía con exactitud qué querían o qué hacían allí. Yo no les debía nada a ellos, tampoco a la Resistencia. El tiempo se ocupó de obligarme a tomar un partido, pero en ese entonces luchaba sólo para mí.
Enemigo o amigo, el hombre moriría pronto si yo no le ayudaba.
Puse una mano en su garganta para comprobar si tenía pulso y me acerqué hasta su boca para asegurarme de que aún respiraba. Intenté reanimarlo, pero él no respondía. La nave se había estrellado sobre los campos movedizos y si no me apresuraba, la arena nos iba a tragar a los dos.
Llevarlo hasta mi hogar fue la parte más difícil. El hombre era enorme, casi tan alto como el wookie que una vez vi bajar de una nave, pero con cabello negro que me recordó a las noches sin estrellas y sin lunas.
Su ropa también era oscura y llevaba cubierto todo el cuerpo. Noté que sangraba detrás de la cabeza y alcancé a ver un casco que parecía haberse roto con un golpe fuerte. Tal vez eso fue lo que salvó su vida, atenuando el impacto que para cualquier otra persona hubiera sido mortal. Supe entonces que él estaba destinado a sobrevivir.
Su rostro era pálido y alargado, la sombra de la muerte hacía que el contraste con su ropa negra fuera mayor. Lo primero que pensé fue que no duraría ni un sólo día en el desierto sin ayuda y que sus rasgos no eran los de alguien acostumbrado a trabajos forzados. Su piel parecía no haber recibido jamás la calidez de algún sol.
Con grandes dificultad intenté acomodarlo en mi deslizador pero no había lugar para los dos. Lo único que se me ocurrió fue colocarlo de lado como si fuera un saco, asegurándolo con correas para no perderlo en el camino. Lamentaba tener que tratarlo con tanta brusquedad, pero era eso o esperar que los teedos hicieran su trabajo. Y estaba segura de que el extraño piloto me agradecería el rescate algún día.
Cuando llegamos a mi AT-AT lo desaté y traté de bajarlo sin que se golpeara más, pero luego tuve que arrastrarlo por la arena desde los pies. Escuché que empezaba a reaccionar, aún perdido en sus pesadillas, y eso me animó un poco.
Como no podía levantarlo, preparé una cama improvisada en el suelo y coloqué algunas mantas a modo de almohada. Eran mis pertenencias más valiosas, las había encontrado hacía poco tiempo en una cueva, no muy lejos de donde el TIE había caído.
Aún no abría los ojos, pero recuperaba la conciencia. Llené un cuenco con agua y se lo acerqué para que bebiera. Por suerte no la rechazó, pero eso significaba que tendría que conseguir más, ya que la cantimplora de reserva estaba casi vacía.
En ese instante, sabiendo que los dos estábamos a salvo, me permití dudar. ¿Por qué motivo estaba arriesgando mi vida y mis reservas de agua por él? No íbamos a durar mucho, las raciones apenas alcanzaban para uno y en algún momento tendría que dejarlo solo para ir a trabajar. Ese día estaba perdido y eso quería decir que no habría comida hasta el día siguiente.
Pensé que tal vez al salvarlo nos había condenado a los dos, ¿qué pasaría cuando despertara? Había notado que llevaba un arma en el cinturón, pero era muy extraña y no tenía idea de cómo funcionaba. De todas formas se la quité y la escondí, no podía arriesgarme. Me congelé un instante cuando él empezó a moverse, pero me tranquilicé cuando se rindió de nuevo al delirio.
El arma parecía más una empuñadura en forma de cruz y un cristal rojizo brillaba en su interior. Yo había oído hablar de los sables de luz por un viajero que alardeaba de haber conocido a un jedi, aún después de la gran purga. Nadie le había tomado en serio excepto yo, pero estaba segura de que lo que tenía ante mí era algo de naturaleza diferente.
Encendí una lámpara para verlo mejor y limpié su rostro con un trapo humedecido con el resto del agua que me quedaba. Poco a poco fue desapareciendo el hollín, la sangre y la arena. También estaba su herida en la parte de atrás que se infectaría si no hacía algo. Al menos había dejado de sangrar, la herida se había cerrado y sólo quedaba una protuberancia que comenzaba a inflamarse.
Corté unas tiras de mi propia túnica para vendarle la cabeza y detener la hinchazón. No era lo más higiénico, pero era todo lo que tenía. Al día siguiente revisaría los restos de su nave en busca de un botiquín y con suerte un poco de bacta, si es que otros carroñeros no la descubrían antes o si el desierto no se la había tragado.
Pensaba en los beneficios que podría traerme el intercambio de sus partes, pero algo me decía que nada iba a salir como lo planeaba.y estaba en lo cierto.
Dentro del caminante no hacía tanto calor pero mi huésped estaba sudando, seguramente por la fiebre. Traté de revisar con cuidado el resto de su cuerpo en busca de otras heridas, pero estaba intacto.
No sé qué clase de valor me embargó entonces, considerando que nunca había visto a un soldado de la Primera Orden tan de cerca. Aunque él no parecía un soldado sino alguien superior, alguna clase de general, tal vez.
Me aparté aterrorizada. Algo en ese hombre me provocaba miedo y lástima, pero también me llamaba y yo no podía alejarme de él. Me dije a mí misma que era su forma de hacerme saber que necesitaba mi ayuda, pero ahora sé que era algo más complicado que eso.
Incluso sabiendo que él podría lastimarme, lo veía indefenso y vulnerable.
Podría haber acabado con su vida. ¿Por qué no lo hice?
Pero... ¿Por qué lo haría?
