El viaje en el deslizador resultó más cómodo de lo que había imaginado. Tantos años en soledad me habían acostumbrado al silencio y mi compañero no parecía muy inclinado a la conversación. Una parte de mí trataba de pensar a largo plazo, la otra se concentraba en el camino por la Ruta de los Peregrinos. ¿Qué pasaría conmigo después de ayudarle con su nave? ¿Cumpliría su promesa de llevarme con él? Confieso que estaba siendo egoísta y quería beneficiarme con su desgracia, pero así era mi vida y eso era todo lo que conocía.
Sentía sus manos aferrando mi cintura con fuerza pero sin hacerme daño, era como si estuviera reservando energía para después. Yo no lo subestimaba, no después de las cosas que me había revelado, pero me preocupaba por su supervivencia tanto como por la mía.
Los teedos no tenían establecimiento fijo en los Páramos de Goazon, ellos iban y venían haciendo su trabajo en el Cementerio de Naves, montando sus cargobestias con sus quejidos lastimeros. Esperaba encontrar alguno de ellos para negociar, aún no le había dicho a Ben que probablemente perdería parte de su nave en el intercambio si acaso no lograba convencerlos por las buenas de que me devolvieran ese favor.
Era temprano aún, el sol no estaba en su punto más alto pero su calor ya era tan intenso que amenazaba con confundir mis sentidos un poco más de lo que ya estaban. El viento se arremolinaba en mis oídos y sentía golpear la arena a pesar de llevar protección. Intenté mantener la mente fría para pensar mejor, desechando las dudas y concentrándome en mi objetivo. No valía la pena explicarle a mi huésped la clase de peligros que nos esperaban, más tarde podría oficiar de guía, cuando tuviéramos en nuestro poder el preciado botín del agua.
Finalmente encontramos a un grupo de teedos azotando a una montura con choques de sus lanzas ionizantes, al parecer una de sus cargobestias estaba atascada en un pequeño campo movedizo. Detuve el deslizador a una distancia prudencial y me bajé para ayudar, hablando en su idioma para que no me atacaran.
Ben seguía mis pasos pero le detuve con un gesto y curiosamente él aceptó, no sin antes mirarme con un poco de condescendencia y cruzar los brazos a la altura de su pecho como si estuviera en desacuerdo pero listo para ver mi desempeño. Yo no dudaba de mi fuerza, así me había ganado el favor de los teedos la última vez. A pesar de ser mitad animal y mitad máquina, las cargobestias obedecían mejor sin tortura.
Una vez que logré liberarle, un teedo se acercó y le expliqué lo que estábamos buscando allí, exigiéndole que compartiera con nosotros sus reservas de agua o que nos dijera en dónde podíamos conseguir un vaporizador de humedad portátil.
Como lo había sospechado, no iba a ser tan fácil. El teedo empezó a chillar negativas rotundas y le importó muy poco cualquier cosa que yo prometiera, moviendo amenazadoramente su lanza. Pero mi plan de contingencia consistía en entregarles mi deslizador en garantía, corriendo el riesgo de perderlo para siempre. El TIE de Ben estaba muy lejos pero el agua era más importante que el tiempo.
Noté que Ben se acercaba porque el resto de los teedos se agruparon con reserva detrás de mi interlocutor. Tal vez mi compañero había decidido que era su momento de intervenir, pero su manejo del idioma dejaba mucho que desear. Sin embargo, logró atemorizarlos un poco y de alguna forma terminó convenciéndolos de que nos entregaran lo solicitado sin luchar. Confieso que me pareció extraño, ellos no hacían caso a nadie en Jakku, de hecho eran bastante temidos a pesar de su aspecto engañoso. Pero Ben hizo algo con sus manos mientras los miraba directo a sus rostros inexpresivos, murmurando unas palabras que no llegué a oír. Uno de los teedos desprendió un bolso de su cargobestia y la arrojó a mis pies.
—¿Cómo hiciste eso? —pregunté sin poder evitarlo. Los teedos no se movían, no hablaban entre ellos, parecían hechizados por las palabras de Ben.
—Recoge las provisiones, sube al deslizador y enciéndelo —susurró él con rapidez, sin quitarle la vista de encima al grupo—. Te lo explicaré luego.
Hice lo que me pedía con un mal presentimiento, no estaba habituada a recurrir a engaños de esa clase porque no sabía cómo llevarlos a cabo. Puede que alguna vez mintiera como parte de alguna estrategia de intercambio, pero lo que acababa de hacer él era algo completamente diferente.
Ben subió detrás de mí y emprendimos la marcha a gran velocidad en sentido contrario, a través del Desfiladero Kelvin, para llegar al sitio en el que lo había encontrado el día anterior.
—¡Lo que sea que hayas hecho, los teedos van a averiguarlo pronto! Ellos pueden saber lo que le sucede a otros miembros de su tribu aún sin haber estado ahí —Le grité por encima del hombro.
—¿Y qué daño podrían hacernos? Estaremos muy lejos para cuando ellos se den cuenta de que les robamos —Respondió él, con impertinencia y un total desconocimiento de las leyes de mi planeta—. Tu deslizador es diez veces más rápido que sus monturas.
Él tenía toda la razón, pero yo seguía molesta y no podía explicar el por qué. Con facilidad tendríamos muchas horas de ventaja antes de que ellos nos encontraran.
—Cada acción tiene como consecuencia una reacción, señor sabelotodo. Los teedos adoran a X'us'R'iia y van a vengarse de alguna manera.
—No creí que fueras tan supersticiosa, Rey. Tal vez podrías reconocer que te he salvado el pellejo esta vez. Ahora estamos a mano.
Me contuve para no contestarle algo más, mordiendo mis labios y sujetando el manubrio con bastante fuerza. Yo no era supersticiosa pero respetaba y temía a las tormentas de arena como todos los habitantes de Jakku. Y lo que sucedió más tarde me demostró que no estaba tan equivocada.
Pero antes de llegar a esa parte de la historia, después de viajar durante casi tres horas en silencio obstinado, encontramos el TIE medio enterrado en un campo hundido. Durante la noche el viento en esa zona había removido la arena, dejándolo al descubierto casi por completo.
Se veía majestuoso, aún cuando su tamaño era insignificante comparado con un destructor imperial como los que se veían en el horizonte. Quizás era porque compartía el misterio de su propietario, ambos parecían ser únicos en su tipo, sigilosos y letales. El día anterior me había limitado al rescate, por lo que no tuve tiempo de contemplar cada uno de sus detalles. Era un verdadero milagro que otros chatarreros no lo hubieran desmantelado ya, pero yo seguía teniendo pocas esperanzas de poder repararlo.
Decidimos hacer una pausa para alimentarnos antes de comenzar, refugiándonos de la radiación implacable del sol con un techo que improvisamos con algunas mantas y unos palos atados al deslizador. Esa especie de carpa serviría de alivio momentáneo mientras hacíamos nuestra tregua para poder acordar una estrategia. Mi enojo había disminuido bastante, me sentía entusiasmada por ser de utilidad y reparar algo tan impresionante como la nave de Ben.
—Puedo enseñarte. Lo que hice con los teedos —dijo él mientras yo examinaba seriamente el contenido de nuestro tesoro en busca de porciones para hidratar.
—¿A qué te refieres? —pregunté sin dejar de hacer lo que estaba haciendo, fingiendo desinterés porque no quería tocar de nuevo ese tema.
—Truco mental —Ben me quitó la bolsa de las manos y la dejó a un costado para que le prestara atención—. Tú también podrías hacerlo si quisieras. Serías invencible.
La capacidad que ese hombre tenía para irritarme era algo impresionante.
—No me interesa —recuperé la bolsa y saqué dos paquetes que vacié en unos recipientes con agua. La masa empezó a tomar la forma de un pan y mi estómago rugió como acto reflejo.
—¿Se supone que debo creer que rechazarías una oferta como la mía porque eres demasiado orgullosa para aceptar ayuda de otros? ¿O sólo eres una cobarde? —espetó él y yo supe que había llegado al límite de mi paciencia. Las palabras salieron de mi boca sin que pudiera frenarlas.
—Podría demostrarte lo equivocado que estás de muchas maneras pero no tengo tiempo para esto. Te crees superior porque perteneces a la Primera Orden, porque has visto la galaxia entera y conoces sus secretos. Pero déjame decirte algo, Ben. Puede que yo no conozca otros planetas pero he sobrevivido sin ayuda de nadie hasta ahora. Ni la Nueva República ni los restos del Imperio significan nada para mí. Tu superioridad radica en ese extraño poder que tienes, pero ¿qué has hecho para merecerlo? ¿Acaso lo has utilizado para algo más que para salvar tu cabeza?
Él me escuchaba con atención pero no disimulaba su arrogancia, ni se molestó en borrar la sonrisa odiosa que empezaba a curvar sus labios y terminó por convertirse en un estallido de carcajadas que me pareció aún más ofensivo.
—¡Vaya! Ni tres entre cien billones de habitantes de la galaxia hubieran contestado como tú acabas de hacerlo —dijo cuando terminó de reír y su humor volvió a ser sombrío—. Pero reconozco que tienes razón. He hecho muchas cosas de las cuales no estoy orgulloso.
Yo ya estaba habituada a lo voluble de sus emociones. Empezaba a comprender que su carácter era mucho más complejo de lo que mostraba y mi curiosidad por descubrirlo iba en aumento.
—Yo habría podido ser una persona muy diferente, ¿sabes? —su mirada se perdió en el plato que le extendí y él aceptó en ofrenda de paz. Mi silencio le instó a continuar—. Hace mucho tiempo inicié un camino retorcido que me alejó de esas buenas intenciones de las que tú hablas. La realidad no fue buena conmigo, Rey.
—Tampoco lo fue conmigo —añadí yo sin poder evitarlo—. Y sin embargo mi mente está en paz. Lo que sea que hayas hecho, aún tienes tiempo de enmendarlo. Siempre puedes arrepentirte.
No era mi intención atormentarlo más, pero mis palabras parecieron herirle como el impacto de un electrochoque.
—Tú no me conoces.
Su tono fue sombrío y por alguna razón me asustó mucho más que si hubiera vociferado. Había tanto dolor en sus palabras que no supe qué más agregar. Ciertamente no conocía a Ben pero quería ayudarle, aunque su alma era el mecanismo más difícil de reparar y yo no tenía idea de cómo hacerlo. Por momentos parecía confiar en mí y luego se cerraba herméticamente. ¿Quién era yo para decirle esas cosas? ¿Por qué me preocupaba tanto por el estado de su alma?
Comimos en silencio durante unos minutos pero sin demorar demasiado. A pesar de las turbulentas emociones que vivíamos, nada nos quitaba ese estado de alerta permanente y el sol ya iniciaba su recorrido de descenso. Si no nos poníamos manos a la obra, tendríamos que acampar allí y la perspectiva no me agradaba en absoluto.
Tomé un largo trago de agua y rellené mi cantimplora, no perdía nada con reunir provisiones extras por si mi amigo decidía traicionarme, dejándome a merced de los merodeadores y de los gusanos de arena.
Ben se dirigió hacia la nave, escaló con agilidad para situarse en el asiento y presionó algunos botones en la consola, pero estos no respondían. Intentó golpear el tablero, quizás para evacuar una parte de la furia que sentía y que probablemente yo había incentivado con mi absurda charla sobre moralidad. De todas formas fue un golpe efectivo, los motores se encendieron unos instantes antes de apagarse por completo.
Mientras él trataba de emitir un mensaje de auxilio, me fijé en los cañones láser y el resto de su equipamiento de guerra. Jamás había visto tecnología de ese tipo. Miré por encima del hombro a Ben. ¿Qué otras cosas no me estaba diciendo? En ese punto yo ya sospechaba que él tenía un grado alto en la Primera Orden y él no se molestaría en ocultarlo. Pero jamás imaginé que pudiera ser alguien tan importante.
El desierto había decidido ser amable con el TIE y no lo había enterrado por completo, pero recuperarlo nos llevaría días. No parecía tener otro daño más que algún panel extraviado en el aterrizaje, pero podía conseguir algunos de repuesto en el cementerio de naves, seguramente de algún caza del Imperio. Comenzaba a creer que lograríamos repararlo.
—¿Cómo se supone que lo sacaremos de la arena? El deslizador no tiene la potencia suficiente, pero podríamos intentarlo —le dije apenas pude subir por la superficie inclinada de uno de los alerones espigados del extremo que funcionaba como colector de energía solar.
Ben no contestó enseguida y yo aproveché para curiosear en la cabina aunque no había mucho espacio para ambos.
—No será necesario. Yo lo haré —Exclamó con seguridad, sin emoción alguna—. Ven. Te mostraré.
Extendió su mano para ayudarme a bajar y la acepté porque empezaba a sentir algo de inestabilidad. El movimiento y el peso adicional estaban moviendo el suelo arenoso, o yo esperaba que fuera sólo eso.
Bajamos sin peligro y luego Ben se colocó de frente, estirando su mano hacia la imponente nave. El chirrido intenso de metales y tornillos moviéndose llenó el aire a medida que el TIE se elevaba como por arte de magia. La arena se escurría de sus aberturas como ríos letales y yo estaba completamente fascinada con esa muestra de poder.
Ben no estaba haciendo un gran esfuerzo o lo disimulaba muy bien, porque tanto despliegue no le impidió cerciorarse de mi mirada absorta y sonreírme con algo de merecida soberbia. Al menos le concedería esta victoria, porque yo sólo podría haber imaginado algo así en mis sueños más locos.
Pero la alegría se nos iba a terminar muy pronto, porque un sutil cambio de viento me advirtió que una feroz tormenta se acercaba. Hubiera pasado desapercibido para otros, pero no para mí.
X'us'R'iia y yo éramos viejas enemigas.
...
Nota de la autora: Me tomé algunas libertades con el diálogo, pero pronto vienen muchas más conversaciones porque los obligaré a pasar tiempo juntos. Sin embargo, no es completamente de mi autoría, sino que me basé en las conversaciones de Rochester y Jane Eyre para poder mantener el espíritu de los personajes. No es fácil porque Ben y Rey hacen lo que les place y me vuelven un poquito loca. Otra cosa que me ha llevado mucho tiempo fueron los detalles del canon, así que si hay algo que sea incorrecto, no duden en corregir a esta pobre obsesiva con los detalles.
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