—Eso fue... no salió como esperaba.
Ben, que se había quitado el improvisado turbante, dejó escapar un prolongado suspiro, mezcla de alivio y sorpresa. Me miró con algo parecido al respeto y se echó hacia atrás, cruzando sus brazos a la altura del pecho.
«Ni yo.» pensé. Pero aún no era tiempo de conversar, alguien podría escucharnos.
Me quité la máscara para observar mejor, adaptando mis ojos a la oscuridad pues había perdido el visor de infrarrojo en alguna parte del camino.
—Eres más poderosa de lo que creía, pero debes aprender a enfocarte —continuó—. Podrías hacer grandes cosas si tan solo dejaras...
—Por allá —le interrumpí para señalar una sección de la nave que conocía como la palma de mi mano, una especie de habitación protegida a la que se llegaba después de subir una pequeña escalera—. No es seguro aquí. Puede haber otros carroñeros. El peligro no ha terminado.
—¿Es que nunca hay paz en este condenado planeta? —suspiró él de manera dramática que me hubiese parecido graciosa si las circunstancias hubieran sido otras.
—Es un poco cínico de tu parte, ¿No crees? —No pude evitar responder, pero en contra de todo pronóstico, Ben se echó a reír. Era tan extraño el sonido en un lugar como ese, amplificado por el espacio y la soledad, que me pareció algo irreal. Sin embargo, podría acostumbrarme a eso.
—Creo que es hora de que tú y yo dejemos las hostilidades a un lado. Pretendo volver a mi nave y será más rápido si trabajamos juntos.
—No te considero mi enemigo, Ben. Pero a partir de ahora debes pisar donde yo pise. No me arriesgaré a que te suceda algo.
—No necesito guardaespaldas. Puedo cuidarme perfectamente, por si no lo has notado hace un rato.
Aceptaría su tregua. Aunque ya me estaba arrepintiendo de tener que lidiar con alguien tan altanero. Escondía sus debilidades muy bien, era un experto. Pero yo veía a través de sus ojos un reflejo de mi propio ser. Ser fuerte me había ayudado, pero la astucia fue lo que me permitió sobrevivir.
—Claro que sí —respondí, girando mi rostro hacia él—. Pero por si no lo has notado, la bolsa de provisiones está en mi poder y si llegamos a perderla, todo se acabó.
Me preocupaba por él, aunque no lo subestimaba. Sólo intentaba mantener el control de la situación porque eso me hacía sentir más segura. Y Ben aceptaba por momentos que dependía de mi experiencia porque era obvio que me necesitaba para algo más, algo que esperaba descubrir pronto.
Detuve el deslizador y lo oculté detrás de un gabinete. Su estado era tan ruinoso que encajaba perfectamente con el resto de la nave. Imaginé que tendría que buscar algunos repuestos pero estaba en el lugar indicado. Ahora lo principal era buscar protección e intimidad, o por lo menos un lugar para pasar la noche.
Nuestro alojamiento temporal era alguna clase de oficina en tiempos del Imperio, porque allí había encontrado muchos datapads y otros artículos que no tenían valor alguno para Unkar pero a mi me resultaban fascinantes. Si todo seguía como la última vez, allí podríamos escondernos de posibles merodeadores y resistir mientras durara la tormenta.
Cargué todas las provisiones que nos quedaban en un bolso y se lo arrojé a Ben. No era demasiado pesado pero necesitaba fastidiarlo de alguna forma por mirarme de esa manera tan extraña que me confundía. Él lo aceptó haciendo una mueca, aunque me sentí un poco culpable porque noté que apenas tenía fuerzas para estar de pie. El accidente primero y el viaje después le habían agotado.
Además de la mochila de los teedos, llevaba mi propio morral con varios artículos y mi cinturón de herramientas. Con algo de ingenio podría improvisar unas mantas y alguna cocina de campaña. Tomar algo caliente por la noche me pareció adecuado porque la temperatura bajaría drásticamente muy pronto.
Tal vez X'us'R'iia ya no representaba una amenaza pero quedarme a solas con él y su cambiante temperamento me llenaba de ansiedad. La comida y el agua no serían problema, pero debía andarme con cuidado con mi lengua para conseguir que él confiara en mí lo suficiente como para contarme algo más.
Una vez que llegué al último peldaño, escalé y examiné con cuidado los alrededores. Desde ese sitio alto estábamos fuera del alcance de intrusos porque los escucharíamos llegar, pero nuestra huída era una gran desventaja. Por suerte uno de los cables que yo utilizaba como soga para bajar estaba enrollado muy cerca de allí y me acerqué para comprobar su estabilidad mientras Ben terminaba de escalar trabajosamente.
—¿Cuánto durará esta tormenta? —se quejó al dejarse caer contra una de las paredes.
—La última vez fueron siete días.
—¿Siete…? No tenemos tanto tiempo. Al menos las provisiones alcanzarán si las racionamos.
Entramos en la recámara que era un poco más grande que mi AT-AT aunque menos atestada de objetos. No era demasiado acogedor pero serviría y estaba bastante limpio.
Ben no habló demasiado después de lo anterior pero se dedicó a revisar el contenido de los cajones sin demasiado éxito. Luego dirigió su vista hacia el techo por el conducto de ventilación y se acercó a una de las paredes vacías, apoyando una mano sobre la superficie.
—Alguien estuvo aquí, pero me aseguraré de que no nos molesten. Haremos guardia para dormir —Dije, esperando sonar confiada.
—De alguna manera se siente como en casa —murmuró él entre dientes pero hice de cuenta que no lo había escuchado—. ¿Cómo sabremos que es seguro salir?
Pero lo que más le preocupaba era qué íbamos a hacer mientras tanto. No lo conocía del todo pero la impaciencia era uno de sus rasgos más notables, justo como el tic debajo del ojo izquierdo que tenía en ese momento.
—En la mañana me acercaré a la entrada. Debo revisar el deslizador y arreglarlo.
—Me dejarás en este basurero.
—De ninguna manera, Ben. No te rescaté para dejarte morir aquí. Estás herido, no sé muy bien cómo, pero aún no has recuperado tu fuerza por completo.
Su risa ahora fue amarga y sonó como un gruñido.
—Me mantendrás con vida hasta que responda tus preguntas. Puedo oír tus dudas aunque no hables.
Mientras hablaba, iba golpeando el duracero con sus nudillos hasta que se detuvo por un sonido hueco. Una puerta se abrió y detrás de ella apareció una litera empotrada, por lo menos se veía como un lugar para descansar y curiosamente las mantas habían conservado un perfecto estado después de más de treinta años.
—¿Cómo hiciste eso? Olvídalo, tú sabes más que yo de estas cosas —recordaría el truco para otra incursión.
—Investigué los planos de los Destructores y esta debió ser el cuartel de algún teniente —Ben se acomodó sobre la cama pero desistió enseguida, golpeándose la cabeza—. Uno bastante pequeño.
—Las mantas servirán. Dentro de poco hará mucho frío.
—Se me ocurre otra opción más placentera para entrar en calor.
Confieso que no entendí enseguida a qué se refería pero su expresión me dio una pista. Yo estaba hablando en serio y él se daba el lujo de intentar seducirme. Pero cuando estaba a punto de responder con ardor que de ninguna manera iba a ocurrir eso, un ruido captó nuestra atención no muy lejos de allí.
Con cuidado, nos asomamos fuera de nuestro refugio para comprobar que estábamos completamente solos. Ben me empujó con suavidad hacia un costado, quizás fue su instinto protector, pero me encontré rodeada por él y sin poder dejar de pensar en su sugerencia de dormir juntos.
—La propuesta sigue en pie.
Al parecer mi primera lección, si es que accedía a ser su aprendiz, sería la de ocultar mejor mis pensamientos porque él parecía ver en mi mente con demasiada claridad.
Pero yo tenía otras habilidades para protegerme, aún cuando confiara en que Ben no me iba a lastimar. No era el primero que insinuaba algo por el estilo.
Le di un empujón que le pareció gracioso, pero captó el mensaje. Levantó las manos en ofrenda de paz, tal vez porque se daba cuenta de que no me resultaba tan desagradable. Si él podía ver en mi mente, yo podría hacerlo también.
Así fue como descubrí que él no se consideraba atractivo, que nadie le había dicho jamás que sus ojos eran hipnóticos porque los ocultaba detrás de una máscara y que nadie le había cuidado desde que era un niño.
No pude vislumbrar nada más. Ben elevó sus barreras con violencia, convirtiéndose de nuevo en ese ser que se alejaba con cada paso que daba hacia él.
—No tienes derecho a hacer eso —dijo con la voz quebrada, evidentemente lastimado—. Mi mente no está a tu disposición.
—¿Y la mía sí? —respondí, con algo de valentía por el descubrimiento.
Me preparé para un nuevo estallido de furia que no llegó. Ben no agregó nada más y se recostó sobre el suelo con mucho cansancio.
—¿Qué haremos ahora? Supongo no traes un mazo de cartas de Sabacc dentro de ese bolso.
—Descansa un poco. Haré la primera guardia y luego comeremos algo.
Lo dejé a solas con sus pensamientos y él no protestó porque sus ojos ya estaban cerrados apenas le di la espalda. Me agradaba que a pesar de todo, una parte suya confiara en mí.
Más tarde llegaría el momento de hablar, así que preparé una lista mental de las cosas que deseaba saber, esperando que Ben se mantuviera accesible mientras duraba nuestra tregua.
