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El problema con las bodas era que se habían convertido en una fachada para tener felices a los invitados y callar el qué dirán en vez de volverse un evento artístico que se fusionaba con los novios para hacer su unión inolvidable. La gente ponía todo su esfuerzo en los invitados y no en ellos mismos, la fiesta no era suya sino de otros, entonces cuando algo salía mal todos estaban pendientes de la vergüenza pública y no de lo que estaba pasando con la pareja, el verdadero objetivo de la celebración.

Entre todo el caos, el matrimonio Taishō se disculpaba mil veces con Toriyama por cómo había quedado InuYasha con ellos, claro, únicamente porque la fuga con Sesshōmaru no se había confirmado, de lo contrario serían ellos quienes tuvieran que disculparse porque quien se había quedado plantado era su hijo. Varios de los invitados ya estaban saliendo de la propiedad, indignados, mientras Kagome, Ayumi y su pareja de amigos se dedicaban a interrogar a los del cáterin por si no habían visto en qué momento o con quién se había ido la novia; nadie había visto nada. Todo se había convertido en un caos, era la peor boda que Kagome había tenido y no solo por el desastre, realmente porque de manera íntima y personal, sentía mucha empatía por InuYasha o quizás por ella misma, no lo tenía muy claro, pero se sentía terrible.


Cuando la impulsividad ya no tomaba el control de su cuerpo, la ira sosegada lo condujo sin pensarlo desde el altar hasta la casa. Supo que había atraído la mirada de todos, pero le importó un rábano y haciéndose camino de forma brusca, cruzó la sala y llegó hasta las escaleras dejando atrás los llamados de su familia y amigos. Si eran lo suficientemente inteligentes no lo seguirían. Después de mucho reflexionar dentro de ese torbellino de dolor y frustración, su odio se había redireccionado radicalmente. Llegó hasta la habitación en donde Kagura había estado vistiéndose, miró a todos los lugares un momento y empezó a buscar una funda de cualquiera de las cosas que habían llevado, torpemente la abrió y llenó en ella todo lo que se encontró a su paso, por último, tomó el vestido calzado en el maniquí y lo rodeó con el brazo para salir de una vez de la habitación.

Abajo todos lo estaban esperando con expresión preocupada hasta que lo oyeron bajar las escaleras como alma que llevaba el diablo. Kagome trató de esconderse tras sus amigos para que no la viera porque el grito con el que la había sacado todavía le hacía eco aunque lo entendía a la perfección. InuYasha se detuvo un momento y escaneó a los presentes: los padres de Miroku, él, Sango, la wedding planner y su equipo, los trabajadores de la hacienda, los del cáterin y, por supuesto, Tōga e Izayoi, a esos últimos les dedicó la mirada más fría que pudo. Alzó la cabeza desde su lugar y les dijo mil cosas con los ojos, segundos después siguió su camino.

—¡InuYasha! —Llamó el padre.

—¡InuYasha, hijo, espera! —Izayoi había retenido las lágrimas, pero ya no podía más.

—¡No me toquen! No-me-toquen —les repitió arrastrando las palabras hasta que vio a la mujer encoger los brazos lentamente. Su papá lo miró sin entender nada, pero tampoco abrió la boca.

Miroku tenía una idea de qué era lo que pasaba, llevaba años siendo su mejor amigo y claro que habrían hablado de cosas como esa, así que por su semblante dedujo que InuYasha estaba culpando a sus papás. El ambarino salió de la estancia dejando a todos en un completo silencio. El señor Taishō vio a su hijo abandonar la estancia y lo único que pudo hacer fue abrazar a su mujer, quien ya no había podido más aguantar la pena. Lo seguirían después; lo conocía muy bien como para saber que las cosas se podrían poner peores si el menor sentía que estaba siendo perseguido. De todos modos, tenía que despedir a quienes quedaban en casa antes de marcharse.


Si el camino de la hacienda a su casa era de cuarenta minutos, él se había hecho veinte. Salió de su auto dando un portazo y llevó con él el vestido y la bolsa. Entró a la mansión y cuando se cruzó con el personal de servicio tuvo que detenerse porque ya estaba con la mente más clara y sabía perfectamente que ninguno de ellos tenía la culpa de lo que le estaba pasando.

—¡Joven InuYasha, qué bueno que…! —Una de ellas se detuvo ante la evidente derrota de su señor y tuvo que callarse de inmediato.

—Yato, Lu, necesito que preparen gasolina y el recipiente de acero más grande que tengan en el patio —fue lo único que les dijo. Él no se había dado cuenta, pero lucía cansado y con el cabello revuelto—. Voy a quemar muchas cosas.


Ver arder el fuego y consumirse todo lo que había tirado en él le había causado una especie de alivio temporal que le hizo darse cuenta de lo mucho que había estropeado su cuerpo antes. Se había ido a la habitación que compartía con ella, tomando sus cosas, eligiéndolas con precisión para no llevarse algo de él mismo; los cosméticos y esas mierdas las repartió a quienes lo desearan en la mansión; después fue a la habitación de Sesshōmaru y aunque no había casi nada, también lo tomó para hacer una pila en el jardín al lado del recipiente y empezar a quemarlo todo poco a poco. Se estaba haciendo de noche cuando echaba al fuego las últimas prendas y quemaba también todos los recuerdos bonitos que había tenido con ella.

Quemaba también toda la admiración que había sentido por Sesshōmaru desde la infancia; sí, a esa edad ya no se llevaban bien, pero en el fondo él siempre lo había querido y había visto como modelo a seguir: era inteligente, astuto, bueno para los negocios y sabio, parecía que Sesshōmaru lo era y a pesar de que siempre le había mostrado indiferencia, no había podido evitar apreciarlo. Dolía porque notaba que su sentir era unilateral respecto a ambos y que era un imbécil mil veces por jamás haber hecho caso a las advertencias de Miroku. Juraba que no podía haber peor traición que esa y pensaba en lo mucho que le iba a costar recuperarse de ello mientras las llamas se reflejaban en sus pupilas. Odiaba tanto que no solo se trataba de su honor y orgullo heridos, se trataba de la traición, de que en su propia casa había sido un idiota, de que tenía que estar pagando por los errores de otros y que a sus treinta años eso ya no se sentía como el término de una relación de adolescencia, se sentía como un fracaso del que no se podría recuperar.

Y tenía que enfrentar a la gente que había ido a su boda, a su empresa, ¡a todo el maldito mundo!

Sabía que con quemar todo no haría que nada de eso cambiara, pero al menos era como golpearles la cara a la distancia y a la vez deshacerse de lo que habían dejado a su paso.

Afianzó sus brazos cruzados en el pecho mientras los últimos rayos de luz lo cubrían.

—InuYasha… —cuando escuchó la voz de Tōga cerró los ojos por el mal trago que acababa de dar. Suponía que su mamá venía con él.

El silencio reinó entre los tres un rato largo, se quedaron a una distancia prudente mientras la ropa terminaba de hacerse ceniza. El aire era denso y el silencio ensordecedor. Nadie se atrevió a cuestionar lo que el menor hacía, pero claro que tenían una opinión sobre todo eso.

—Al principio odié a Sesshōmaru y Kagura por partes iguales, luego lo odié más a él —empezó a decir y atrajo la atención de ellos—, pero al pensarlo bien me di cuenta de que quizás hasta lo entendía, ¿saben?

Por supuesto que ellos ya sabían que sí era cierto lo de la fuga y aunque Sesshōmaru no había dicho demasiado en su llamada, estaba completamente confirmado.

—Sea lo que sea, eso no se hace, tu hermano fue un desgraciado —refutó él e hizo que su hijo menor suelte una risita sarcástica. Izayoi solo agachó la vista, se sentía tonta.

—Ay, por favor, papá… no eres quién para dar clases de moralidad a nadie —giró sobre sus pies y los encaró—, tú, tú precisamente que engañaste y abandonaste a Sesshōmaru cuando conociste a mamá —los aludidos sintieron una punzada en el pecho con esa afirmación tan severa, jamás se habrían imaginado que justamente su hijo los juzgara de esa manera—. Obviamente, toda esta mierda que está pasando es culpa tuya —lo señaló—, ¡es culpa de ustedes!

—¡No nos hables así! —Rugió entonces, dando un paso hacia el frente. La pelinegra no pudo decir palabra, se tragó el dolor y alzó la cabeza porque tenía que enfrentar la realidad.

—Ustedes que han destruido mi vida por sus errores —siguió hablando y el tono de voz iba gradualmente subiendo—, ustedes que no tuvieron la decencia y los valores para respetar que ¡el imbécil de Sesshōmaru era un niño que iba a quedarse sin padre en el momento en que decidieron meterse a la cama!

—¡No pudimos evitarlo! —Por fin intervino ella, la vergüenza la estaba consumiendo, toda su culpabilidad subía en ella a niveles insospechados. Atrajo la atención de ambos hombres al instante—. ¡Y créeme que cada día me maldigo por haber destruido la vida de Sesshōmaru, pero ya es tarde para arrepentimientos absurdos, InuYasha! ¡¿No entiendes que no importa lo que pase, tu medio hermano no tenía el derecho de hacerte esto?!

Tōga simplemente escuchó lo que su esposa tenía que decir. No tenía idea de que vivía tan atormentada por eso y era doloroso saber que apenas cuando había una crisis así era que salían a flote todas esas cosas horribles que los atormentaban y él no se imaginaba.

—Creo que todo esto no hubiera escalado de esta manera si no tuviera que haberme casado para «quedar bien con la sociedad» —hizo comillas con los dedos—. Especialmente tú, papá, tú que me dijiste mil veces que trajera a Kagura a vivir casa previo a pedirle matrimonio —le recriminó. Era obvio que no iba por la calle diciendo lo que realmente pasaba, pero de haber sido por él, habría pasado más tiempo antes de pedirle algo tan grande, pero como un idiota se había dejado manipular pensado que era lo mejor para él y que con eso demostraba el compromiso y respeto que tenía por ella.

—¿Me estás culpando por tu fracaso? —No pudo evitar soltar y fue un golpe bajo.

—No, solo digo que tal vez el idiota soy yo, que al saber que jamás has sido responsable con tus relaciones, me puse a hacerte caso como si fueras el ejemplo a seguir —y se lo devolvió. Tōga sintió severas ganas de abofetearlo, pero tenía claro que ese no era el momento y que probablemente su hijo tenía razón—. Y esto todo por complacer a un montón de hipócritas puristas que viven en el periodo Edo —soltó con desdén, pasando una mano por la cara, frustrado—. La sociedad nos enseña a que la mujer debe ser educada y no mostrar la nuca, que el hombre debe ser honorable y heroico como si fuéramos personajes de comic —y eso lo decía harto, porque en ese momento encontró mil culpables—, pero dónde quedan la honestidad, la justicia, la compasión, la sinceridad y la lealtad ¡y todas esas mierdas si al final son personas irresponsables que arruinan la vida de sus hijos y luego exigen respeto!

Un nuevo silencio ensordecedor los rodeó. El golpe que InuYasha había dado dolía y dolía mucho. Dolía porque a pesar de que tenía razón, realmente ambos habían intentado ser mejores padres y mejores personas para él; por un lado, Tōga había intentado ser un hombre mejor no solo por InuYasha, sino también por Sesshōmaru, se había esforzado por estar presente en la vida de ambos y por enmendar ese error mil veces, jamás había hecho nada de lo que hizo por verlos mal, de hecho, cuando Irasue murió, invitó a su hijo mayor a vivir en casa, siempre quiso que interactuaran… ya no podía borrar los errores, pero trató de hacer menos daño. Y sí, eso no era escusa y no lo eximía del dolor que había causado, pero tampoco podía recibir bien el cómo su propio hijo lo había juzgado. Suponía que también era válido sentir que eso era injusto.

—Vámonos, Izayoi —tomó a su mujer por el brazo mientras hacía ademanes de retirarse.

InuYasha sonrió, decepcionado. ¿En serio después de todo ni siquiera iban a pedir disculpas?

—No, no, espera —se quiso zafar—, ¡debemos…!

—¡No, no debemos! —La miró con severidad y por primera vez en mucho tiempo le alzó la voz por el desespero. Segundos después miró para el ambarino y asintió, Izayoi estaba perpleja por todo lo que había pasado ese día—. Entiendo tu dolor, hijo y quizás tienes razón, somos unos irresponsables —lo aceptó aunque le había costado—. Y ahora que has encontrado mil culpables, necesitarás espacio… —lo miró por última vez y tomó a su esposa para sacarla del lugar lo más rápido posible.

La noche ya había avanzado mucho a ese tiempo.


Lo veía acomodarse frente a ella después de haber sido entregada en el altar. Su sonrisa era preciosa, no recordaba haberla visto así antes. Ella también sonreía, le dolían las mejillas de tanto hacerlo. Todos estaban mirándola desde sus lugares, estaban felices por ella y hasta Sango le estaba aplaudiendo desde allá con… ¿Miroku? No le tomó importancia, ese era su momento y tenía que brillar.

De repente la sonrisa de quien amaba se fue transformando en una expresión de odio que la hizo helar la sangre. Esa sensación de júbilo fue reemplazada por miedo, ahora estaban ambos en una espiral negra con un viento salvaje golpeándolos.

—¡¿Qué está pasando?! —Pudo gritarle, pero él no le dijo nada, únicamente miró detrás de ella y apuntó. Kagome regresó la vista y vio salir a una hermosa mujer vestida de negro que caminaba con pasos seguros y elegantes como si ella fuera quien controlara el ventarrón.

Se quedó viéndola avanzar hasta él y frente a sus ojos se dieron un apasionado beso que le rompió el corazón en mil pedazos. Ni siquiera se había dado cuenta de que ese hombre no tenía un rostro visible, solo sabía que lo conocía perfectamente.

—Eres una tonta, Kagome —fue lo primero que escuchó e hizo eco, el viento ahora era más fuerte y la oscuridad la estaba absorbiendo.

Su vestido de novia empezó a teñirse de negro y de sus ojos salieron lagrimas del mismo color. ¡¿Qué estaba pasando?!

—¡No, no, no!

—Y vas a quedarte sola…

—¡No!

Se despertó de golpe ante la horrible sensación que aquella pesadilla le había dejado. Inspiró hondo después de unos segundos de darse el tiempo de volver a la realidad y notar que estaba en su cama y que ya había anochecido, giró para ver su teléfono y notó que ya eran las 9 de la noche; le espantó un poco haberse quedado dormida tanto tiempo, pero suponía que después de esos tres días sin poder pegar el ojo en la noche era completamente normal, en especial después de haber visitado a su madre, a su hermano y su cuñada que siempre le dejaban una buena sensación en el pecho. Con cuidado se levantó de la cama llevando su celular y caminó hasta la cocina para tomarse un vaso con agua y luego tirarse en su silla Sacco como era de costumbre cada vez que quería pensar.

En esas últimas 72 horas en lo único que había pensado era en él, en InuYasha y también en ella porque no podía evitar recobrar mil veces todo lo que había sucedido hacía ya casi 4 años, justo cuando faltaban días para que esa fecha se cumpliera. Había estado haciendo un montón de cosas; para distraer su mente había ido al gym, se había puesto a limpiar y eso había sido una terrible idea ya que había encontrado recuerdos que no le hicieron nada bien, intentó salir con sus amigos e ir a ver los pájaros en un parque y por último fue hasta donde su familia que fue la actividad que realmente le ayudó en algo. De verdad en todo ese tiempo había querido contactar a InuYasha, sentía que necesitaba desahogarse y por alguna extraña razón quería contarle todo lo que le había pasado y por primera vez compartirlo con otra persona que no fuera Sango, sin embargo, tenía miedo y se sentía estúpida porque con qué motivo iba a llamarlo, ¿simplemente para decirle que lo entendía?, pero era definitivamente absurdo y con lo mal que habían quedado la última vez que se habían visto no creía que él quisiera saber algo de ella, aunque no le hubiera hecho nada. Miró su celular unos cuantos minutos solo apreciándolo mientras reflexionaba en si era o no prudente llamarlo para ofrecer apoyo o para ofrecerse apoyo a sí misma a través de él, la verdad todavía no lo entendía, pero en serio le había pegado el hecho de haberlo visto tan destrozado.

¿Así se habría visto ella?

Se levantó después de un rato, fue hasta su habitación, tomó su móvil de trabajo y transfirió el contacto a su celular personal. Una vez que abrió la aplicación de llamadas y estuvo a punto de marcar se quedó allí con el corazón latiéndole a mil por segundo, las manos frías y una extraña sensación de presión en la cabeza; tenía el presentimiento de que eso no podía salir exactamente bien, pero quería hacerlo y saliera como saliera, de todas maneras, iba a darle descanso a su mente. Apretó el botón, puso altavoz y esperó a que timbrara.


La noche de tragos había empezado apenas, pero él ya tenía preparado el whisky e incluso un par de cigarros, música moderada y como estaba solo en el departamento que se suponía que iba a compartir con Kagura, no podía molestar a nadie. La mierda de días que había tenido anteriormente sería algo que no olvidaría jamás. De todas formas, en ningún momento había faltado el trabajo porque a pesar de todo él debía seguir adelante. Su celular empezó a sonar sobre el escritorio y arrugó las cejas, no estaba esperando una llamada. Tomo el móvil por los costados y sin mucho interés lo incorporó para ver de quién se trataba, sin embargo, era un número desconocido, ¿quién demonios tenía su número personal que no estaba entre sus contactos? Su mente se quedó un momento en blanco, pero inmediatamente después pensó en que tal vez podría ser Kagura y no supo si eso lo emocionó o le agrió todavía más el carácter.

Si era ella probablemente le daría una explicación de lo que había pasado y aunque en sus planes no estaba darle una oportunidad porque era obvio que se había ido con Sesshōmaru, por lo menos sabría el motivo por el que había sido humillado de tal manera y asimismo podría decirle muchas cosas que estaba sintiendo en ese momento. Había dejado que timbrara mucho mientras decidía si responderle o no y antes de que se perdiera la llamada contestó.

—¿Hola? —Respondió sin saber qué esperar.


El corazón se le oprimió al escucharlo hablar con esa voz tan rasposa y carente de emociones, se notaba incluso por medio de un teléfono que estaba destruido. Se quedó callada, en realidad no podía hablar porque todavía se preguntaba qué carajos iba a decirle, quizá tendría que colgar.

Incluso había dejado de respirar para que no se escuchara en la línea y se mordía las uñas mientras miraba cualquier lado de su habitación para calmar los nervios. Se sentía como una niña tonta e indefensa que jamás había hablado por teléfono y eso, después de unos segundos, le estaba molestando mucho.


—¿Hola? ¿Quién diablos está ahí? —Se levantó de golpe. Con la poca paciencia que tenía y llamaban para hacerle bromas—. ¡Maldita sea, Kagura, si eres tú, ten los malditos ovarios para enfrentar la mierda que me hiciste!


Cerró los ojos para digerir el tremendo grito que acababa de darle e inspiró hondo antes de atreverse a hablar.

—N-no soy Kagura —dijo por fin y de alguna forma empezó a calmarse.


Arrugó las cejas y en su cerebro trató de buscar registros de dónde le parecía familiar esa voz. Entre su bucle de emociones negativas de verdad que no logró recordarla.

—¿Con quién estoy hablando?


—H-hola, InuYasha, soy Kagome Higurashi —le reveló su identidad y esperó a que no reaccionara tan mal porque de verdad no tenía intenciones de molestarlo, aunque ya no estaba segura de si eso se había cumplido.

Ah, la wedding planner —lo oyó decir con un tono más bien sardónico o irónico, o quizás las dos.

—Sí, sí, lamento molestarlo —comenzó a hablar rapidísimo para no quitarle tanto tiempo—, mi llamada era solo para expresarle mi apoyo y decirle que siento mucho lo que sucedió y hasta me siento identifica-…


No sabía por qué, pero a pesar de que no sentía que tenía nada en contra de ella, una ira irracional fue instalándose dentro de su pecho y lo hizo arrugar más la expresión a medida que escuchaba esas palabras salir rápido por el altavoz. Aquello se había sentido como si esa chica estuviera haciendo un circo de sus mierdas y eso no podía tolerarlo. Apenas habían pasado tres días.

—¿A decirme que lo siente mucho? —Entonces decidió interrumpirla y se llevó una mano a la cara para tratar de calmarse, estaba indignado—. Mire, Kagome, el solo hecho de saber quién era usted ya me revolvió todo el estómago porque me recuerda exactamente todo lo que quiero olvidar —se apoyó en el escritorio como si eso le diera mayor fuerza para soltar su mal estado—, así que, no se ofenda, pero si de verdad quiere ayudarme, no vuelva a aparecerse en mi vida.


Lo último que escuchó fue cómo cortaba la llamaba de forma abrupta y la dejaba ahí, con la boca semiabierta y sintiéndose la estúpida más grande de toda la historia.

Pero, claro, si qué podía esperarse de un estúpido niño rico mimado que fingía dolor cuando claramente ni siquiera quería a su hermano, ¿orgullo herido? ¡¿Cómo pudo haberse apiadado de ese estúpido?! Al final del día era igual a todos los hombres que había conocido.

—Idiota, malagradecido.

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Jajaja, cómo me gusta hacer que mis fics no sean ligeros, ya jubilen a doña DAIKRA.

15 de marzo. Aaaah, por favor no funen a InuYasha, sé que no está actuando exactamente bien, pero tampoco es algo que no haría el que conocemos JKHSJKH, les prometo que después de esto tendrá también que doblegarse por el cargo de conciencia, ya que es obvio que reconoce que Kagome no le ha hecho nada. De todos modos, es divertido ir sabiendo sus opiniones porque siento que a pesar de ser un cliché hay cosas que ustedes no esperan, quizás es porque a este punto el fic apenas va tomando forma. Les dejo un beso enorme, como siempre sus reviews me sacan sonrisas y me encantan.

Les dejo un enorme abrazo a: Rodriguez Fuentes, Rosa Taisho, Marlenis Samudio, MegoKa, Tatiana Ocampo, , Susanisa, Benani0125, josicar, kcar, Invitado, Carli89 y Annie Perez.