Disclaimer: D. Gray-man no me pertenece.


Acuerdo de voluntades*

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Desde que tuvo memoria, Júnior tuvo la certeza de que el único con el que contaba era su abuelo. No recuerda haber conocido nunca a sus padres, por lo que su abuelo, demasiado viejo y huraño, severo y malhumorado para la crianza, le había acogido y cuidado desde que era un bebé.

Solo cuando creció y tuvo el suficiente discernimiento propio, éste comenzó a introducirlo en el negocio de la información.

El oficio de Bookman es adquirir, mantener y administrar el control de la información de donde fuera que ésta viniera, y desde muy temprana edad, el niño se mostró talentoso y emocionado al respecto. Tenía una memoria prodigiosa para los detalles imperceptibles y una intuición casi antinatural para saber cuándo una fuente era más confiable, por lo que el abuelo no solo se mostró complacido con él, sino que cada vez más estricto con su entrenamiento.

Existía un halo romántico sobre todo aquello; saberlo todo sobre todo y decidir quién conocí o desconocía algo. Se dio cuenta muy joven de que la información es poder, y tener todo ese poder en sus manos era embriagador y adictivo.

No pasó mucho tiempo para que le enviara a misiones en solitario, para recoger una pista o distribuir información errónea para beneficio de alguno de los clientes importantes que su abuelo seguía oponiéndose a que conociera.

Dando vueltas por el mundo con su abuelo es que conoció a gente como Froi Tiedoll y sushijitos adoptivos, como a Kanda le reventaba que le dijeran, así como la desdicha de toparse con otros como Malcom C. Lvellie y Dos puntos. Demás está decir que conocer a Cross fue un día que deseó con todas sus fuerzas borrar de su memoria implacable. Pero otras veces, en los que estuvo solo, haciendo algún encargo para su abuelo, pasaban cosas que el quizás jamás se enterará, pero que tampoco iba a cuestionarle al viejo.

No al menos hasta que supo lo que le hizo a esa familia.

Ciertamente, a medida que crecía, había más y más cosas con las que estaba en desacuerdo con el viejo panda, por la forma en que las hacía, pero lejos estaba de decírselo en voz alta porque no estaba en su lugar para tal cosa. Pero estaba en su lecho de muerte, luego de ser envenenado por algún sujeto perjudicado con el resultado de su trabajo, que no halló otra forma de lidiar con su desgracia que vengarse del hombre que, según él, le arruinó la vida.

Ahí fue, entre lágrimas de despedida y el dolor de la impotencia, que oyó la confesión de su abuelo, de cómo traicionó a un hombre que le ayudó en un mal momento, cómo lo delató con un grupo de traficantes de esclavos que le pagaron bien y de cómo ellos robaron su casa y se llevaron a su hermana menor; una hermosa niña de no más de once años, con facciones demasiado exóticas como para pasarlas por alto.

Bookman murió esa noche, arrepentido de lo que hizo, esperando la absolución del joven al que crio como su único nieto para liberarse de la culpa que le embargó en el final de sus días, sin la satisfacción de haber sido perdonado en lo absoluto.

Júnior le miró con los ojos verdes anegados y enrojecidos, incapaz, por primera vez en sus quince años de vida, de procesar la información que acababa de recibir, solo para que ésta encajara de golpe con la comprensión de que su abuelo fue autor de un acto horrible y que murió sin haber hecho nunca nada al respecto.

Lavi lloró esa noche maldiciendo al único familiar qua tuvo en toda su vida, renegando de su pasado en el negocio, hasta la mañana siguiente. El sol salió al mismo tiempo que él juraba sobre el cadáver de su abuelo, que no seguiría sus pasos, y aún más importante, que enmendaría su error, aunque le tomara el resto de sus días.

Vitrinear en las subastas de esclavos fue un mal absolutamente necesario para lograr su objetivo. Se sintió enfermo cada vez que pisaba el perímetro del mercado de personas, y perdía la poca humanidad que le quedaba de la crianza de Bookman cuando veía los rostros opacos y carentes de energía de todos esos pobres hombres y mujeres, niños y niñas, que le veían pasar sin esperanza de vida alguna. Era necesario; los traficantes de esclavos no se quedaban mucho tiempo con sus mercancías, los vendían al mayor postor a los martilleos* para blanquear sus ganancias.

Pasó casi un año y medio sintiéndose la peor escoria que pisaba la tierra.

Comenzaba a perder completamente las esperanzas…

Por eso le sorprendió tanto verla allí. En una de las subastas de Lvellie, de entre todas las personas.

No la había visto nunca. Ni a ella ni a su hermano, pero no podía ser nadie más, por la descripción que le dio Bookman antes de morir. Era ella.

No lo pensó, por supuesto. Siempre supo qué era lo que debía haber en el instante mismo en que la encontrara, desembolsó todos los recursos de que disponía para tenerla con él ("salvarla" era una palabra demasiado audaz si venía de él mismo). Solo pudo confirmar su sospecha al estar frente a ella, estaba desnutrida y sucia, pero era ella. La llevó donde Anita no solo porque era un lugar seguro al que había escrito para avisar de su búsqueda durante el año y medio recién pasado, sino que existía la posibilidad de que se topara con Cross si iba para allá.

Cuando llegó allí, no solo ya ella y Mahoja estaban enteradas de todo, sino que al ver a la niña que lo acompañaba, supieron de inmediato que tuvo éxito en su noble búsqueda por reparar el daño de alguien más, y desplegaron todos sus esfuerzos por complacerles a ambos mientras estuvieron allí.

No encontrar a Cross tuvo una especie de efecto catatónico en el joven. Y era comprensible; era un muchacho de solo dieciséis años con una responsabilidad sin deuda a cuestas, que acababa de ver desmoronada su única pista sin saber por dónde volver a empezar. La actitud de la niña, temerosa de él, sumida hasta la náusea, solo le recordaba el monstruo que era su abuelo y en lo que él mismo estuvo a punto de convertirse.

Así que estalló. Y luego se largó a llorar.

Fantástico. Estaba convertido en todo un hombre.

Anita tuvo que pasar la noche acariciándole la cabeza como si fuese la madre de un niño desconsolado, solo porque no tuvo la entereza de mantener sus emociones bajo control. Y no solo eso, sino que ahora, que había gritoneado e insultado a Lenalee, temía ferozmente que ya no pudiera llevársela y devolverla él mismo a donde pertenecía.

Cuando la niña acabó siguiéndolo fue la primera vez que sintió con certeza dentro de su corazón desconfiado, que sí podía cumplir con su propósito. Ni siquiera quiso redundar en la idea de que un ser humano tan pequeño pudiera bajonearlo y animarlo tanto sin querer, con un solo gesto inconsciente, con una acción pura y simple*.

El tiempo que pasó con ella casi parecía imaginario. Un verdadero espejismo lleno de primeras veces para él. No olvida (nunca podría haberlo, él nunca olvida nada, mucho menos lo que tenga que ver con Lenalee) la primera vez que le llamó por su nombre, a insistencia de Anita. O cuando se largó a reír frente a él por primera vez, o cuando le bajó la banda de la frente hasta los ojos. Cosas que le convencían de que esta chica aún tenía posibilidades de ser normal otra vez. Siempre estaba feliz de aprender, de ayudar, de avanzar junto a él con una actitud valiente y desinteresada.

Él aún no cumplía los dieciocho años cuando se encontró enamorado hasta la médula de la hermosa chica en la que se había convertido Lenalee luego de solo un año de viajar juntos.

Y por primera vez desde que la encontró, Lavi se sintió miserable.

No solo porque nunca se había sentido antes de esa manera, que le hacía sentir vulnerable y susceptible, como todo un adolescente hormonal que no creyó nunca estar vivo para ser, sino que era como estar restringiendo una prohibición; enamorado de la chica de la que tenía que separarse tarde o temprano. Y el hecho de que ella anduviera con él, con un par de argollas de metal en torno a sus tobillos le daba la sensación de estarse aprovechando de ella. Casi como si la estuviera obligando en virtud de una relación falsa superioridad por ser quien portaba su título de dominio en el bolsillo, esperando para violarla en cualquier momento.

Y aun así, no podía evitar tocarla. Abrazarla cuando se sentía nostálgica, cobijarse juntos en las noches heladas, pasarle las manos por la espalda cuando le picaban las yemas de los dedos por sentir su tacto suave y tibio. Su aroma suave y juvenil hacía estragos en él.

Odió cada instante en que otro tuvo la oportunidad de apreciarla; solo tuvo la suerte de que Kanda nunca la vio de esa forma, pero le ardió la sangre cuando conoció a Bak Chang en el barco y tembló de miedo cuando le sonrió a Allen antes de subir a él. Lloró de impotencia cuando Cross le separó de ella, aunque hubieran sido tan solo unas horas (que fueron, fácilmente, las peores y más largas de su vida entera), únicamente para verla despojada de su largo cabello la siguiente vez. Su corazón latió de gozo frustración en una sintonía de sentimientos contradictorios durante los primeros días en el barco, en los que casi fueron uno, pero en los que ella sufrió ininterrumpidamente. Cada milímetro de él que entraba en contacto con ella se sintió tan dichoso como culpable de hacerlo.

¡Oh, cuánto le picaron los labios cada vez que apoyó la barbilla sobre su mollera, ansioso de un contacto real! Pero no, estaba terminantemente prohibido para él siquiera pensarlo. Mucho menos desearlo con la fuerza en que lo hacía.

Tampoco es que pensara que Lenalee fuera a estar muy a gusto con eso.

No dejaba de sorprenderle lo fácil que se acostumbró a la gente o a lo cómoda que se veía con él, pero de eso a esto, había un mar de diferencia. Nunca se habría permitido forzarla ni ponerle una mano encima sin su consentimiento, no solo porque eso era lo único que le haría realmente la escoria que sintió que era desde que supo la verdad de labios de su abuelo, sino porque no soportaría ser él quien le hiciera daño. Prefería morir antes que verla lastimada.

Ciertamente, Lenalee jampas mostró señales de estar interesada en lo absoluto.

Por eso le sosprendió tanto cuando fue ella quien lo besó a él. Sus dedos suaves le inmovilizaron el rostro y sus largas pestañas le hicieron cosquillas en las mejillas cuando sus labios se tocaron.

Por la Inocencia, pensó en un estado de parálisis tanto física como emocional. Las manos le sobraban, sin saber qué rayos hacer con ellas, ansiosas por posarse sobre sus hombros, quizás para recorrerla la espalda y enterrarlas en su cabello en pleno crecimiento, o tal vez para apartarla. Es decir, ¿cómo se suponía que supiera que hacer? La protagonista de sus sueños húmedos durante el último año le estaba besando motu proprio*, y él, aún adolescente en sentido técnico, solo quería dejarse llevar por el momento y besarla de vuelta sin sentido. Pero también, su lado racional, su hemisferio predominante desde siempre, le gritaba que la hiciera a un lado y la arrastrara de los pelos si era necesario y la devolviera a casa lo antes posible.

Antes de que se arrepintiera de dejarla ir. Antes de que decidiera que no podía separarse de ella porque sería como arrancarle las uñas una a una.

Porque era lo correcto.

Porque correspondía al objetivo que se propuso cuando decidió hacerse cargo del pecado de su abuelo cuando era solo un mocoso.

Sin embargo, todo el aluvión de pensamientos y sensaciones que invadió su mente inquieta se detuvieron de golpe, cuando ella se separó de él. Lo primero fue que extrañó agónicamente su piel contra la suya propia. Lo siguiente, que se vio reflejado en los ojos violáceos de la chica. Lo último, que tuvo la certeza de lo miserable que era.

La angustia le oprimió el corazón como una mano helada.

La idea de que ya no la vería más, de que la devolvería a su casa, ahora que estaban tan cerca, y que la perdería para siempre le tiñeron todos los sentidos. Incluyendo el sentido común, el menos común de los sentidos.

−Lavi− su voz sonaba ronca y suave.

Y eso fue todo. Nunca supo qué era lo que ella estuvo a punto de decirle, porque con un jadeo, sus manos más grandes, tan sucias, se posaron firmemente detrás de sus orejas y la besó.

La besó con anhelo y desesperación. La besó como si ella fuese el aire que necesitaba para respirar. La besó como si fuera un criminal condenado a muerte.

La basó porque la amaba y como si esa fuera la última vez que la vería.

Perdió la conciencia de todo lo demás, de lo que sabía y de lo que no. Solo tenía certeza de que allá afuera las estrellas podrían estar cayendo en forma de monedas de oro y él no se sentiría más pleno que en ese mismísimo y precioso instante.

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* Un acuerdo de voluntades alude al requisito indispensable de un contrato, en que dos partes están de acuerdo en la idea de contratar, los términos del contrato y la persona con la quien contratan, y manifiestan dicha voluntad.

*El martillero es un funcionario a cargo de la subasta pública que se realiza a propósito de los embargos.

*Un acto puro y simple dice relación con una acción que se realiza sin modalidad, es decir, que no está sujeto a plazo, modo o condición, para que produzca todos sus efectos de inmediato.

*El Título es un hecho que otorga la posibilidad de adquirir el dominio de una cosa o un derecho real. El mejor ejemplo es el contrato de compraventa.

*Motu proprio: Es una locución latina que se refiere a un documento de la Iglesia católica suscrito directamente por el papa, por su iniciativa propia y autoridad. Alude a la iniciativa propia en las acciones.

Este, sin lugar a dudas, es mi capítulo favorito. A partir de aquí todo fue mucho más difícil de escribir, porque tenía que este capítulo fue como una especie de aclaración de todo lo que ocurría en la vida de Lavi hasta este instante, y a partir de ahí, tenía que empezar a hacer que las cosas se fueran cerrando (lo que no fue nada fácil).

De todos modos, espero que me digan qué les pareció.

¡Feliz año 2023 a todos!