Disclaimer: D. Gray-man no me pertenece.
Irresponsabilidad por el hecho ajeno*
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Lenalee no era capaz de decir a ciencia cierta si estaban caminando rápido, corriendo lento o trotando a un ritmo totalmente descompasado. Lo que sí podía afirmar es que Lavi se sentía como si estuviera yendo directamente al matadero, por el agarre férreo de su mano, por las zancadas duras de sus piernas, or la tensión de los nervios de su cuello.
Fue como si todo se transformara después de ese beso que se dieron; él se separó de ella con lentitud y, con un gesto tan culpógeno como decidido en ese rostro de facciones indescifrables, le dijo que había un lugar más al que debían ir ese día.
Lo peor de todo es que era incapaz de decidir en qué centrar su atención, si en el hecho de que nuevamente estaban yendo con rumbo desconocido para ella a un lugar donde Lavi innegablemente se sentía intimidado (porque no podía no recordar que la última vez que Lavi no quería ir a un lugar, acabaron donde Cross) o en el hecho de que (¡oh, por Dios!) ellos se besaron.
Para Lenalee ya era todo un acontecimiento haber reunido todo ese valor (e inconsciencia, porqué no) y besarlo. El que él la besara de vuelta ya estaba fuera de toda escala de ponderación.
A estas alturas, lamentó mucho no haberse pellizcado para cerciorarse de que no era un sueño, pero también, las yemas ásperas de sus dedos contra los lados de su cara estaban tan ardientes contra su piel, que lo descartaban por sí mismos.
Eran como gentiles quemaduras invisibles.
Pero tampoco podía permanecer eternamente en el recuerdo , por más maravilloso e irreal que le pareciera, cuando el objeto de sus suspiros está evidentemente descompensado.
Con un suspiro y con el pesad de quien ve esfumarse un momento precioso, y se despide de él para siempre, la niña enamorada que acaba de besar al hombre de sus sueños le deja el lugar a la joven preocupada por su amigo y compañero.
—Lavi, ¿a dónde estamos yendo?— su voz es suave, pero su tono es categórico; que no quepa duda de que está exigiendo una información y no pidiéndola.
—Solo… confía en mí— le pide él, sin mirarla. Sigue caminando de frente a ella y apretando su mano como si fuera a perdérsele en el camino.
—No, Lavi— Lenalee tiró de su brazo, haciendo que la marcha desenfrenada a quién-sabe-dónde se detuviera. La expresión del muchacho reflejaba tantas emociones yuxtapuestas; frustración, confusión, miedo, tristeza, que ella no supo a cuál de ellas atender al momento de protestar—: dímelo o no iré más contigo.
La desesperación en el rostro de Lavi fue tan patente que Lenalee, por un instante, dudó de su resolución.
—Lenalee, escucha; es muy importante que vengas conmigo: estamos tan cerca— le rogó. Lavi se inclinó a su altura y le miró a los ojos—, solo… solo esta última vez.
¿Por qué es tan importante? Pensó Lenalee con la garganta ardiendo, justo ahora que… pero por más que se estuviera muriendo de ganas de pedirle que mo fueran, que se quedaran y estiraran ese instante lo más que pudieran, no tuvo el corazón para decir una palabra. No cuando sus ojos caídos se veían tan desgarrados y suplicantes.
Era injusto, completamente injusto, ¿cómo podría negarse?
Él pareció leerla a la perfección. ¿Y cómo no hacerlo? Si desde hace más de dos años ella es lo único que ve, oye, siente y sueña; sus gestos, sus modos, sus sonidos y sus caras; el bufido que deja salir cuando él se porta como un niño, la arruga de su entrecejo cuando no le gusta algo, la forma en que sonríe con sus ojos, cómo se fruncen sus la ios cuando está indecisa.
—Por favor, Lenalee— insistió—, esta será la última vez. Lo prometo.
El ser él la causa directa e inmediata de su expresión apesadumbrada en su bello rostro le hace sentir auto repulsión, un vacío en el estómago imposible de resistir, pero su último destino es tan importante, que está dispuesto a ponerse de rodillas para rogarle que vaya con él.
Pero es Lenalee quien está frente a él, así que no es (ni sería nunca) necesario. Ella acepta ir con él como lo ha hecho siempre. Y su auto repulsión no disminuye, pero lo deja para después, ya podrá sentirse miserable luego.
—De acuerdo— susurró con resignación.
La reacción del pelirrojo era algo que no se esperó. Levantó la cabeza y le miró con los ojos verdes colmados de un agradecimiento imposible de comprimir. Algo parecido a un 'gracias , gracias , gracias' se ahogó contra su cuello justo antes de que la rodeara con los brazos y la ocultara del mundo con su enorme espalda en un abrazo.
—Ésa es mi chica— le dijo con orgullo antes de tomarla nuevamente de la mano y partir.
No por primera vez, Lenalee deseó que aquellas palabras fueran ciertas y no solo una forma de decir mientras la llevaba por lugares desconocidos en busca de tesoros imaginarios.
Ya había anochecido cuando ambos llegaron a las afueras del pueblo y las estrellas, brillantes como monedas de oro, parecían darles la bienvenida, sobre un conjunto de casitas modestas pero firmes. Era un pequeño barrio que se esparcía al rededor de un pozo de agua, algunos corrales por ahí y por allá con animales de ganado como cerdos y ovejas, y a pesar de haber también algunos gallineros, una o dos mamás gallinas se paseaban libremente con sus polluelos.
A simple vista, Lenalee decidió que ese sería un estupendo lugar para vivir, si no fuera porque su destino parecía ser ir permanentemente de un lugar a otro sin parar nunca mucho tiempo en ningún lado.
—Lindo sitio, ¿no te parece?— comentó él, como quién no quiere la cosa, viéndola sobre su hombro.
Siempre parecía como si pudiera leerle el pensamiento.
—Ahá— murmuró ella, no queriendo quedarse en el tema.
Lo único que quería LenLee era que Lavi cumpliera su promesa, que aquel beso que compartieron significara algo realmente y no solo fuera el calor del momento tomando control de los instintos de un hombre adulto. Lenalee quería sentarse a hablar con él como dos personas grande y que al fin dejara de verla como a la niña a la que rescató de las garras de Lvellie al otro lado del mar; que estar libre de las argollas en sus tobillos no fuera solo el símbolo de su autodeterminación, sino que el cumplimiento de su libre albedrío.
Él se detiene. No fue brusco, pero en su distracción, Lenalee no alcanzó a frenar antes de toparse suavemente con él.
—¿Te gusta este lugar?— la pregunta del pelirrojo la tomó por sorpresa. Es decir, Ñavi siempre está preguntándole si le gusta la comida, si la capa le abriga, si se siente cómoda en su saco de dormir, si prefiere meterse al río antes o después de él, o si durmió bien la noche anterior. Pero nunca nada relativo al lugar donde están o al que estarán, porque sabe que él no tiene opción y que ella aceptó ir con él a donde fuera.
Esta era la primera vez. Y ella se encontró a sí misma sin saber realmente qué decir.
Lavi parecía siempre saber lo que está pensando.
—Porque si así fuera… podrías estar aquí todo lo que tú quisieras… tal vez para siempre.
—¿Qué estás diciendo?— le pregunta ella, intentando descifrar la verdad detrás de esa pregunta, recordando la última vez que Lavi le dijo algo similar.
En lugar de responderle, el pelirrojo le sonrió de lado, guiñando sus ojos verdes con un gesto tan triste como satisfecho, y reanuda la marcha.
No caminaron mucho más, no obstante, porque se detienen frente a una de las cabañas al final del pasaje de tierra; tenía un aire sencillo, muchas ventanas e incluso una campanilla de viento bajo una de ellas. El suave graznido de un ganso se oía en la cercanía, probablemente desde el interior.
—¿De quién es esta casa, Lavi?— preguntó ella cuando el ave en cuestión salió por una de las ventanas abiertas y se acercó a ellos.
—Uhm…— él miró al ganso con sospecha. Tenía un lindo lazo rojo atado a su largo cuello emplumado y éste le devolvió la mirada al pelirrojo como si fuera un espécimen de estudio.
O si estuviera decidiendo si era o no una amenaza.
Ambos jóvenes miraron con graciosa cautela al ave mientras se les acercaba.
—Cuidado, Lavi, los gansos muerden— le previno la chica a su espalda.
—No te preocupes, se ve amigable— rio con soltura—. Qué lindo lazo tienes ahí— le dijo al animal mientras acercaba su mano—. No somos intrusos, solo hemos venido a…
Pero su explicación fue interrumpida de golpe cuando el ganso, sin previo aviso, le muerde los dedos con unos dientes demasiado afilados como para tener el pico plano.
No supo cuál vino primero, si la maldición que soltó Lavi por el dolor o el agudo graznido de la oca, cual guerrero preparándose para la batalla. Lenalee vio, impresionada, cómo Lavi trataba de defenderse con todo lo que la longitud de sus brazos le permitió, de los picotazos y aleteos que usaba el ganso para defender su territorio.
Ciertamente, esa escena podría ser, sin ligar a dudas, la más ridícula y estresante de su vida.
Del modo que fuera, tenía que hacer algo. Así que, preparándose para espantar al ave agresora y alejarla de su compañero, saltó en su sitio cuando la puerta de la casa se abrió de golpe, dejando ver a un hombre adulto que sostenía una escoba con las manos, dispuesto a usarla como la más efectiva arma de guerra.
—¡Buen trabajo, Komurin, ahora yo…!
Entonces, la escena se congeló. No figurativamente hablando, no. Literalmente. Todos los presentes dejaron de hacer lo que estaban haciendo en pleno acto, solo para ver lo que este hombre, quien aun sujetaba en el aire el palo de la escoba, haría. Por su parte, la chica se sumió en una especie de transe provocado por la impresión.
Solo cuando el palo de la escoba cayó al suelo con un estrepitoso sonido, todo pareció volver a andar en tiempo real. Komurin, el ganso, batió las alas que se habían mantenido quietas en pleno aleteo para un ataque aéreo, para estabilizarse y llegar al suelo mientras que Lavi, aún cuando trató de proteger su cabeza de los picotazos del ave, ahora se erguía con rasguños en la cara y el pelo desordenado.
El hombre dio un paso. Miró primero a Lenalee, luego a Lavi y luego de nuevo a la chica como si los reconociera de algún lado, pero no acabara de creer que fuera real.
—¿Lenalee? ¿Lenalee, eres tú?— dijo al fin, con cautela, debatiéndose entre si decirlo en voz alta lo haría real o reventarse como una burbuja—. Dios mío, por favor, dime que no eres una alucinación. Que no me he vuelto loco.
Lágrimas cayeron de los ojos de la chica.
—Hermano— sollozó ella, avanzando hacia el hombre, sujetándose de sus brazos—. Estoy en casa.
Su voz se rompió. Se abalanzó sobre ella, inclinándose toda su enorme diferencia de alturas, rodeando su espalda con sus brazos y ocultando su cuerpo del resto del mundo. Lavi solo podía imaginar qué era lo que estaba sintiendo ese hombre en ese momento. Lo que Lenalee estaba sintiendo en ese momento. Casi un lustro separados a la fuerza, resignándose quizás a la idea de nunca jamás volverse a ver.
Desvió la vista a un lado cuando Lenalee colocó sus manos contra la espalda de su hermano para darles privacidad, solo para encontrarse con la mirada del ganso, que pareció tener la misma idea. Lavi no pudo evitar sonreír de lado con gracia y amargura.
Algo pareció sacar a Komui de su transe, no obstante, que perfectamente pudo haber prolongado por siempre. Desenvolvió a su hermana de su abrazo y le llevó ambas manos a cada lado del rostro, como queriendo verificar que estuviera sana y salva.
Por supuesto que reparó en su cabello dramáticamente corto. Pero no se detuvo en eso.
—¿Dónde… dónde has estado todo este tiempo?— preguntó con desespero y confusión—, ¿cómo has llegado hasta aquí?
Lenalee dejó escapar una risilla entre su sollozo.
—Lavi fue quien me trajo.
Vaya resumen, pensó el pelirrojo.
ÉL se tensó en su sitio. No supo exactamente si por el hecho de haber sido nombrado en el contexto de un conmovedor reencuentro o por el escrutinio de Komui. Del modo que fuera, su anonimato ya se había ido por tierra, por lo que únicamente restaba presentarse.
—¿Lavi? He oído ese nombre antes— murmuró el hombre, como in pensamiento en voz alta—… ¡sí! Tú eres el nieto de…
—Sí— confirmó él, parándose derecho a un metro escaso de donde los dos hermanos se abrazaban—. Aunque nunca nos conocimos, no personalmente, al menos.
Para la sorpresa de los presentes, incluso de Komurin, el joven se inclinó severamente.
—¡Lavi!
—Tal vez usted no lo sepa, pero fue culpa de mi abuelo que ustedes dos se separaran en primer lugar— explicó con amargura—. He venido aquí a reparar su error y a aceptar en su nombre cualquier castigo que quieras darme.
—¿Qué…?— la voz de Lenalee suena confusa y quebrada, recordando de pronto que Lavi le contó esa historia cuando subieron al barco, salvo que no pensó que se trataría de ellos. Ambos hermanos le miraron por largos segundos antes de que el mayor de ellos decidiera separarse y avanzar hacia el pelirrojo—. Hermano, espera, no…
Pero su hermano mayor hizo oídos sordos y continuó avanzando hacia el joven con paso decidido hasta detenerse frente a él.
Lavi se tensó ante la expectativa.
—Lo que nos hizo tu abuelo fue lo peor que he tenido que soportar en mi vida: que te arrebaten así a tu única familia es algo por lo que ningún hombre tendría que pasar. así que no hay forma en que llegue a perdonar a ese anciano del demonio— dijo con una severidad aplastante.
—Comprendo— Lavi aceptó con penosa resignación. Se lo esperaba, por supuesto, ¿qué otra cosa iba a pasar, que Komui Lee viniera y le indultara después de todo el daño que sufrió?
Mantuvo la cabeza gacha esperando a que el hombre continuara con su sentencia. No obstante, la gentileza de una mano sobre su cabeza le sorprendió al punto de hacerle levantar la vista. Allí, en todo lo que su diferencia de alturas le permita ver, la sonrisa cálida y fraternal de Komui le saludó, confundiéndolo.
—Pero un niño no pdebería nunca tener que pagar por los crímenes de sus mayores: Me faltará vida para agradecerte a ti lo suficiente por haberla traído de nuevo a mi lado. Gracias, gracias, muchísimas gracias.
Las lágrimas comenzaron a derramarse de sus ojos verdes, al menos del único visible. El giro de los acontecimientos le sorprendió casi tanto como le conmovió. Estaba tan seguro de que moriría con las culpas de su abuelo sobre sus hombros, que haber recibido la absolución por un hecho propio se sentía así irreal. Como un sueño del que no quería despertar.
—Vamos dentro, niños— invitó Komui con una sonrisa, quitando la mano de su pelo, pero haciéndole un gesto para que le siguiera—. Deben estar cansados. Ya me contarán todo luego.
Y con eso, el mayor se giró y entró, con Lenalee cogida de su brazo y Komurin aleteando felizmente a su lado.
Lavi, antes de cualquier otra cosa, se limpia las lágrimas de la cara, aunque su rostro ya estuviera marcado por las mismas y sus ojos verdes se hubieran tornado grises por la sal. Luego mira al cielo, donde las estrellas, como monedas de oro en el manto oscurecido de la noche, le saludaron como un hombre libre de pecados ajenos.
Y entró a la casa, gustoso.
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* En materia penal, la irresponsabilidad por hecho ajeno alude a que las personas solo son responsables por los hechos que ellos mismos cometen, por lo que no pueden pagar por algo que ellos no hicieron.
