Disclaimer: D. Gray- man no me pertenece.
Cumplimiento cabal*
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Luego de todos los acontecimientos del día, Lavi no supo como sentirse realmente. La gente de esa pequeña aldea le había recibido como si fuera un viejo amigo en lugar de un recién llegado desconocido que traía consigo a la hermana de uno de sus pobladores, y a Lenalee, como si hubiese crecido con ellos en lugar de haber estado desaparecida todo ese tiempo. Lavi no podía dejar de pensar en el hecho de que ése sería un lugar excelente para vivir.
Lavi, por un momento, lo deseó. No solo para Lenalee, quien se quedaría a vivir con su hermano a recuperar el tiempo perdido. Sino que para ambos: Lavi deseó con todas sus fuerzas quedarse allí ambién y comer el estofado que Lenalee prometió que aprendería a hacer, hasta el día de su muerte.
Pero aquello se sentía tan poco correcto. No lograba entender bien; es decir, su misión estaba completa, Lenalee era libre, Komui lo absolvió de los crímenes de su abuelo: ahora más que nunca se merecía dejar de patioerrear y asentarse en un lugar tranquilo y acogedor como ése. ¿Porqué, entonces, se sentía que no podía?
El pensamiento no abandonó su subconsciente ni aún cuando la noche lo cubrió todo y les envió a todos a dormir luego de la fiesta en la plaza, haciéndole dar vueltas y vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño.
Por primera vez en mucho tiempo, quizás por el insomnio, quizás por el ambiente familiar que parecía rodearlo todo, pensó en su abuelo. No como aquel anciano que, aun sin pretenderlo, le hizo responsable de la peor de las fechorías. Sino que de aquel que le acogió y le crió cuando era un lactante, el que le enseñó todo lo que sabía y le acompañó hasta el último de sus días. Desde que, en su lecho de muerte, le confesó lo que fue, quizás, su mayor arrepentimiento, lo odió de una forma tan descarnada como implacable, pero ahora que el dalo estaba (de alguna forma) reparado, ese sentimiento visceral se transformó poco a poco en una compasión poco conocida.
Al final de sus días, su abuelo había sido un pobre anciano avergonzado de sí mismo.
Y Lavi tuvo, tan instantáneo como un pensamiento y tan poderoso como un capricho, deseos de decirle que ya no era necesario que se sintiera así. Y eso fue todo. El pensamiento se sentó en su subconsciente con el peso de la necesidad, imposible de desvanecer o de ignorar.
Así, resignándose a que esa noche no dormiría, pateó lejos las sábanas que le cubrían y salió a la calle, sentándose en la bonita entrada de la casa de Komui a respirar el aire nocturno.
Afuera, las estrellas resplandecían como piezas de oro, formando constelaciones que se sabía de memoria gracias a las enseñanzas de su abuelo, por ser útiles para orientarse o solo porque eran bonitas. El recuerdo le hizo sonreír aún a pesar suyo.
Al parecer, pensó con amargura, no me lo podré quitar de la cabeza hasta que vaya.
Pero ya era tarde para emprender cualquier viaje. Podría esperar hasta mañana; buscar provisiones, descansar, quizás despedirse, y partir antes del alba.
—No puedo decir que te conozco lo suficiente, chico, pero tienes toda la pinta de haber tomado una decisión— la voz de Komui sonó a su lado, casi matándolo del susto por no haberlo oído llegar.
—Por Dios, Komui, qué susto— se quejó el pelirrojo.
—Y eso que no fui especialmente silencioso; así de concentrado estabas— rio el mayor.
Lavi es incapaz de contradecirlo.
—Si has tomado una decisión, entonces te mereces dormir un poco— dice con una holgada sabiduría, como si supiera perfectamente de qué estaba hablando—. Anda, entra.
—Me gustaría hablar contigo antes, por favor— intenta el pelirrojo con un balbuceo nervioso.
—Lavi— le dice con un tono fraternal difícil de ignorar—, no puede ser tan importante que no pueda esperar a que duermas un poco.
Y con eso, ambos entraron a la calidez del hogar que Lavi no había sentido cuando salió.
Ahora sí, Lavi durmió profundamente con la tranquilidad de quien ha resuelto una incertidumbre, y la ansiedad de quien debe ponerse en marcha nuevamente.
El sol alumbraba fuerte, lo que hacía extraño que el día estuviera más bien frío. Lavi se echó su capa encima y salió con el pelo suelto, refregándose las manos para calentarlas, consciente de que el otoño de esa parte del mapa solo haría que se pusiera más y más helado hasta la llegada del invierno.
Aún así, los vecinos trabajaban, yendo de un lugar a otro, tal como los había visto hacer el día anterior, y de seguro también hicieron el día anterior a ese. Una sonrisa se formó en su rostro, semi oculta detrás de sus dedos, los que acercó a su boca para soplar aire caliente, ante la idea de que ellos seguirían igualmente al día siguiente, cuando él ya no estuviera ahí.
Lenalee salió tras él, con una capa nueva que de seguro le dio su hermano para mantenerla caliente, y llevaba en el cabello una cinta que quitaría su flequillo en crecimiento de en medio. Lavi no pudo evitar pensar que ese aire hogareño le sentaba de maravilla a esa chica que se vio obligada a vestir de nómada por tanto tiempo.
—Qué bueno saber que no soy la única que tiene frío— comentó ella a modo de saludo.
—Y cada día helará aún más— acotó el otro, haciendo lo propio.
—¡No me lo creo! ¿Aún más?
El pelirrojo sonríe, maravillado por la sonrisa de Lenalee ante la expectativa de los cambios de estaciones, cosa que no era muy común del lado del mar de donde venían ellos.
—¡No puedo esperar!
Por supuesto que no. Cuando Lenalee salió de aquí era tan solo una niña y dese entonces tuvo que pasar por tantas cosas, que la belleza y naturalidad de los cambios de estación pasaron a un rincón muy apartado del fondo de su mente. Pero ahora que estaba aquí, podía admirarlo y contemplarlo hasta el aburrimiento.
Pese a todos sus errores, Lavi piensa que si algo bueno hizo en su vida, fue traer a Lenalee de vuelta con su familia.
Pero no puede redundar más en eso, porque la chica a su lado le toma el codo y le jala hacia afuera con entusiasmo, como si estuvieran tarde para algún evento.
—Vamos, Lavi, el día no esperará por nosotros.
Y, claro, él no va a quedarse atrás, así que la sigue, e intenta ignorar el hecho de que sea, probablemente, la última vez que pasan el día juntos.
Lavi y Lenalee pasan el día yudando a los vecinos en las distintas actividades que la comunidad tiene como tareas cotidianas; cosechar y almacenar las verduras que no aguantarán el invierno, limpiando las acequias para que no se inunden en el caso de que lloviera, o ayudar a los más ancianos a cargar sacos o a enfrascar conservas.
Con cada tarea, Lavi recibía una o dos unidades de víveres, a veces como agradecimiento, otras, a cambio de una módica suma, que él llegaría a casa a guardar en su saco de viaje. No era mucho lo que podía reunirse en un solo día, pero de peores escaseces había salido, así que todo serviría.
Si Lenalee se dio cuenta de este hecho, o si pensó que era sospechoso, no lo manifestó, y el pelirrojo realmente esperó que no fuera el caso.
Aún no sabía cómo enfrentar a Lenalee sobre este tema, o si planteárselo en absoluto. Quizás lo mejor sería no mencionarlo, dejar que ella viva ese día y el resto de su vida sin saber qué fue del nieto del hombre que le arruinó la vida. Pero por otro lado, tal vez ella sí quiera despedirse de él, decirle algo antes de su partida…
O también puede ser que, simplemente, en un acto de supino egoísmo de su parte, él esté huyendo de ella. Porquees él el que tiene miedo de arrepentirse y echarse para atrás en su resolución si Lenalee le pide que se quede con ella. Porque sabe que no podrá decirle que no si ella le pide que permanezcan en ese pueblito y hagan sus vidas allí. Porque es tan, pero tan fácil imaginarse a sí mismo asumiendo algún rol en esa comunidad, construyendo gallineros o enseñando a los niños a sumar y restar, llegar a casa luego de un largo día, sabiendo que tarde o temprano llegará ella de sus propias ocupaciones del día y envejecerán juntos como dos aburridos y sedentarios aldeanos.
Y aunque, muy en el fondo, se avergüenza de imaginar que Lenaleele pediría algo así, no puede evitar desearlo con todas sus fuerzas.
—…Avi… Lavi— la voz de Lenalee, acompañado de un suave zamarreo contra su hombro, saca al susodicho de la ensoñación bucólica en la que ha vivido una vida entera junto a la mujer que ama.
Volver a la realidad es como salir al aire helado desde el cálido interior: refrescante y chocante por partes iguales. La realidad es tener a Lenalee sonriente mirándole con esos ojos que hicieron que se enamorara de ella. La realidad es saber que tendrá que dejarla.
Ignorando este hecho, él intenta sonreír.
—¿Sí? Lo siento, iba distraído— se disculpa con despreocupación.
—Sí, me di cuenta— pero ella no lo deja pasar tan fácil. Por supuesto, piensa él; no en balde pasaron tanto tiempo juntos—, ¿en qué pensabas?
Lavi lo piensa por un instante, y cree que, por esa vez, será totalmente honesto.
—Pensaba en lo lindo que sería envejecer aquí— la sonrisa en su rostro hace que sus ojos caídos se iluminen, como si de verdad lo hubiese imaginado.
La expectativa hace a Lenalee resl, realmente feliz. Pasó una mano por su codo, ignorando completamente el hecho de que él iba con una cesta llena de víveres, pero a Lavi no pareció importarle en lo absoluto. Hicieron el resto del camino a casa en un cómodo silencio.
Ya casi era hora de preparar la cena.
Komui llegó más tarde esa tarde, cuando el sol ya teñía todo de tonos anaranjados y azules oscuros. Para entonces, Lenalee y Lavi ya habían preparado una cena entre los dos, y el pelirrojo colocaba la mesa en donde ya estaba sentado el ganso mascota del mayor, con un plato y cubiertos frente a él como si fuese realmente a utilizarlos.
A él, or supuesto, le causó mucha gracia, considerando que el primer encuentro entre Komurin y el chico no fue la más cálida de las bienvenidas.
Si no lo supiera mejor, habría pensado que era algún tipo de movimiento estratégico para congraciarse con él. Pero, muy ea pesar suyo, Lavi no necesitaba hacer nada semejante.
Por mucho, mucho tiempo, Komui esperó el día en que volviera a ver a su linda hermana menor, y soñó con todas las cosas que habrían hecho juntos durante ese tiempo y las que harían cuando volvieran a reunirse. Una de ellas fue, por supuesto, espantar a todos los pretendientes de Lenalee, mientras ella le regañaba para que dejara a esas pobres almas en paz. Pero al ver a Lenalee en la puerta de su casa, no le cupo ninguna duda de que ella estaba completa e irrevocablemente enamorada del joven que la trajo, y él de ella. Al punto que ninguna de sus intimidaciones produciría ningún efecto en él.
Aún más, estaba casi seguro de que lo que Lavi quiso decirle la noche anterior era que deseaba casarse con su hermanita, y en parte fue por eso (y en parte porque el pobre chico realmente necesitaba dormir) que no quiso oírlo: necesitaba tiempo para hacerse a la idea de que a su bella hermana se la llevaría un pulpo nada más volver.
Una segunda mirada a la sala quitó esa idea de su cabeza. En un rincón junto a una maceta, había un saco y una capa de viaje listos para ser usados próximamente.
Komui no supo cómo tomarse la noticia. Un vistazo rápido al par de jóvenes que jugaban en la cocina golpeando cubiertos contra las ollas puestas al fuego le dio a entender que solo uno de ellos escondía algo, lo que quería decir que el otro ignoraba los planes de su compañero. Komui se dio cuenta que malinterpretó las intenciones de Lavi, y que lo que quería decirle no era que se casaría con Lenalee, sino que la dejaría.
Por un lado, un lado egoísta y mezquino, se alegró de que Lavi no fuera a llevársela. Pero el otro, más maduro y focalizado, por sobre todo, en la felicidad de su hermana, se preocupó. Ese chico rompería el corazón de Lenalee y el suyo propio, y él no sabía cómo evitarlo.
Quizás era tiempo de tener esa conversación con Lavi. Tal vez sí había algo que él pudiera hacer. Solo esperaba que no fuera demasiado tarde.
Con un gesto entusiasta y empalagoso, se abalanza sobre Lenalee, quien esquiva fácilmente su abrazo con una cacerola en las manos y se dirige a la mesa.
—Justo a tiempo, hermano. La cena está lista— anunció con una sonrisa mientras dejaba el recipiente caliente sobre una tabla de madera en el centro de la mesa.
—¡Oh, una deliciosa cena hecha por mi linda Lenalee!— exclamó el mayor de forma exagerada al tiempo que el resto se sentaba en sus lugares sin prestarle demasiada atención a sus payasadas—, ¿qué preparaste?
Con un gesto casual, levantó la tapa de la cacerola solo para ver en el interior estaba el famoso estofado de Katerina, una de las ancianas del pueblo quien perdió a su nieto en un saqueo similar al que sufrieron él y Lenalee. Komui sonrió a la comida al pensar que el retorno de Lenalee pudiera traerle esperanza a esa gentil anciana solitaria.
—¿Dónde aprendiste a preparar esto?— preguntó inhalando el cálido aroma del guiso.
—Le pedí la receta a la señora Katerina durante la fiesta la otra noche— respondió con naturalidad, pero Komui no se perdió el leve rubor que se cuajó en sus mejillas—. Ya había preparado estofado antes, así que no fue tan difícil una vez que me familiaricé con los ingredientes.
—Huele delicioso.
La cena se desarrolló como si ésa fuera una rutina arraigada hace años, en lugar de apenas tres días. Un recuento de su día y de los nuevos vecinos a los que conocieron llenó el ambiente con una conversación casual y distendida. Al terminar, Komui se encargó de los pocos platos que quedaban, ya que Lavi se ocupó de lavar y guardar todo lo que Lenalee iba usando al preparar la cena, lo que solo le produjo una sensación de oena y angustia por ese pobre chico.
¡No es como si le estuviese ofreciendo la mano de Lenalee en matrimonio! Pero sí le gustaría poder ofrecerle algo que lo hiciera sentir en casa, algo que le haga sentir que no está obligado a marcharse.
El abuelo, quizás, fue un rufián de lo peor, pero el nieto era un buen muchacho, comprometido a reparar los daños causados por alguien más, incluso sacrificando así su juventud.
Y lo más importante de todo: que amaba profundamente a Lenalee.
Tal vez, piensa Komui no sin suspirar de cansancio, verlo casado con Lenalee no es lo peor que podría pasar.
Lavi estaba terminando de empacar sus cosas cuando Komui aparece para hablar con él. Sabía perfectamente qué es lo que debía decirle, pero aún así se siente nervioso. Empezó por disculparse nuevamente y por agradecerle por todo lo wue ha hecho por él, pero que debía irse a cumplir con una última tarea antes de podr sentirse tranquilo.
Que debe visitar la tumba de su abuelo y decirle que ya todo estaba resuelto.
Para su sorpresa , Komui le dejó terminar, no puso caras cuando menciona a su abuelo y, por el contrario, le sonrió como a un niño perdido que acaba de ser encontrado.
Aunque así fuera como se sentía.
—Lavi, eres un buen chico— le dice cuando le puso una mano en el hombro—. Para ser honesto, no es lo que imaginé cuando dijiste que querías hablar conmigo, ¿sabes? Y tampoco voy a negar que, ahora mismo, siento que ese anciano es aún peor que antes, or obligarte a tomar caminos que quizás no eran los que tú imaginaste para ti mismo. Eres solo un niño, después de todo.
Lavi bajó el rostro, apenado y feliz por partes iguales, de que Komui le estuviera diciendo eso, sintiéndose incómodsmente identificado con sus palabras.
—Pero si ya has tomado una decisión, no soy nadie para intentar hacerte cambiar de parecer. Solo… solo decirte que, cuando termines: vuelve. Vamos a estar esperando por ti.
Los ojos verdes de Lavi se anegaron con agua salada como los de un niño desconsolado.
Komui esperó a que el más joven se limpiara la cara antes de volver a hablar.
—Sé que no tengo derecho a pedirte esto, luego de lo que has hecho por mí, pero… habla con Lenalee: se merece saber que te irás.
Y, por supuesto, Lavi asiente, porque no se sentía capaz de negarle nada a ese hombre.
Pero por más que lo pensaba, no encontraba las palabras adecuadas para hablar con Lenalee, ni las fuerzas para tocar su puerta. Lavi nunca tuvo ese problema antes; siempre supo qué decir, cuándo y cómo. En eso se basaba su entrenamiento.
Ahora, no obstante, no sabe cómo, ni qué decirle a Lenalee: señal indiscutible de cuánto le importa lo que ella piense de él. Y lo malo era que, así las cosas, no importaba qué le dijera, Lenalee se enfadaría con él; es que no había forma en que le sentara bien la noticia que debía darle. ¿Cierto? Porque ella lo besó: una chica no besa a alguien solo porque sí, or más que este alguien le haya quitado los grilletes.
La sola idea de que Lenalee hubiese desarrollado algún tipo de síndrome del cautivo* le heló la sangre y le revolvió el estómago. Ahora sí que quería salir corriendo.
Y solo así se dio cuenta de que en realidad no podía hacerlo.
Completamente, y no por primera vez, decepcionado de sí mismo, depositó una solitaria carta junto a una de las argollas que Yeegar le entregó, convertidas en un par de brazaletes acondicionados de tal forma que él mismo no habría pensado que alguna vez fueron utilizadas para marcar esclavos. Y salió de la casa antes de que la primera luz de la mañana se asomara por el horizonte.
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*El cumplimiento cabal del contrato dice relación con un estado en que todas las obligaciones del contrato celebrado por las partes se han cumplido tan y como fueron planteadas.
*Se refiere al Síndrome de Estocolmo, en que la víctima desarrolla un vínculo positivo hacia el captor, como respuesta al trauma del cautiverio.
¡Uff! La verdad es que este iba a ser el último capítulo, pero estaba saliendo demasiado largo. El próximo, ahora sí que sí, es el final. Espero que les haya gustado.
