CAPÍTULO 7: PRELUDIO
Al saber que abrieron la pista de hielo, inmediatamente le dijo a Sesshomaru de su deseo de ir. Al principio él se había negado, pero Kagome lo convenció con unas suaves caricias en el rostro. Le encantaba tener cierto poder sobre él.
Precisamente ese domingo la llevó, aprovechando que estaban de vacaciones, quedando ella como una completa tonta porque no sabía patinar.
– ¿Por qué me pediste venir si no sabes hacerlo? –. Le preguntó con burla.
Kagome solo le sonrió con todo su esplendor. –Podrías enseñarme–. Le dijo con un ligero coqueteo que inmediatamente supo que él captó. –Ven, rentemos los patines.
Si algo podía decir de Sesshomaru, es que le sorprendían sus actitudes; jamás imaginé lo caballeroso que era, pues justo cuando ella se agachaba a sujetarse los cordones del patín, él la detuvo para hacerlo. Ese simple acto la dejo tan embobada, que no pudo evitar besarlo, sin importarle la gente a su alrededor. Igual descubrió que él seguía siendo algo distante con las muestras afectivas, pero ocultaba muy bien que lo disfrutaba.
En su imaginación, Kagome fácilmente patinaba y daba vueltas en el aire como toda una profesional; sin embargo, en la realidad, casi se rompe el trasero con una fuerte caída que tuvo con el primer paso que dio.
Para ese punto ya no sabía que la tenía tan sonrojada, si era el frío, los nervios o las manos fuertes de Sesshomaru que recorrían su cuerpo con la excusa de ayudarla a no caerse.
–No te voy a soltar–. Le susurró, sujetando con firmeza la cintura con ambas manos. La espalda femenina la pego a su cuerpo para poder controlar mejor sus movimientos.
– No podré–. Dijo negando con vergüenza, con sus dedos se agarraba con fuerza del abrigo café de él. –Me voy a caer.
Sesshomaru libero el agarre que ejercía, la hizo girar hacia él y mirarlo. Aquel simple acto utilizado en ella escalofríos, tanto que la sintió temblar. –¿No confías en mí?
– Sabes que si–. Le saco la lengua mientras sonreía.
Sesshomaru el sujeto de la barbilla. –Ocupemos tu lengua en algo más productivo–. Y simplemente la besó.
Esos comentarios picantes le gustaban, pero no lo admitiría en voz alta porque pretendía fingir que la ofendían.
Hacía frío, por eso llevaba pantalones negros, un abrigo afelpado color celeste y una boina del mismo tono. Todo su conjunto era térmico, pero bien podría estar desnuda, porque sentía las calientes manos de Sesshomaru recorriéndola.
– Vamos–. Le dijo contra sus labios. A Sesshomaru le daba cierta gracia que ella no sabía patinar, y aunque a él no le gustaba hacerlo, quería que estuviese relajada.
Durante las casi cuatro semanas que pasaron desde la desastrosa fiesta de su cumpleaños, no tuvieron casi ningún contacto; la prioridad de ambos se convirtió el examen de admisión a la universidad. Kagome sabía que Sesshomaru era muy listo; sin embargo, estudiar juntos era algo imposible.
Sus sesiones de estudio terminaban siempre en sexo.
Descubrió que él era demasiado intenso con ese tema, parecía querer profundizar tanto en su interior que no tenía ningún cuidado en correrse dentro todas las veces, incluso fue lo suficientemente descarado para decirle que le gustaba hacerlo. Por su parte, ella se lo pedía a gritos porque lo sentía delicioso, pero un embarazo no estaba en sus planes, así que acudió al médico por anticonceptivos.
Y ahí estaban, disfrutando después de ese horrendo examen y por fin de libres para pasar una navidad juntos. Aquel pensamiento hizo que Kagome se sintiera extraña, no sabía qué regalarle a su... ¿Qué eran ellos?
– Trata de mover esta pierna–. Con su mano izquierda sujetó la firme nalga de Kagome y poco a poco bajo hacia el muslo.
Ella sintió la caricia y se estremeció. Quiso fingir molestia, pero su voz la delato. –Eres un sinvergüenza.
– ¿No te gusta?
Kagome quiso golpearlo, pero se contuvo.
Con total descaro volvió a hacer lo mismo, pero con su glúteo derecho. –Relájate, solo te estoy enseñando a patinar.
– Te aprovechas porque me puedo caer–. Le dijo dándole un golpecito en la mano que la acariciaba.
Conforme paso el tiempo, el aire se hizo helado, por lo que prefirieron ir por algo de cenar. En lo que él iba a devolver los patines, Kagome lo esperó, mientras observaba a la gente que estaba en la pista.
Vio a sus ex-amigas patinando y a Rin que estaba muy feliz con ellas. Kagome prefería no acercárseles desde que se dio cuenta de los rumores que esparcieron sobre ella, la llamaban: zorra barata, reina promiscua e hipócrita embarazada. Todo eso ni le afectaba.
Lo que la ponía triste era que su papá no estaría. Incluso su madre decidió cancelar su fiesta anual de navidad para rendir luto, pero ella la convenció de que no lo hiciera, su papá amaba esa fecha. Aún no tenía planes con Sesshomaru, pero esperaba que él quisiera pasarla a su lado.
Entonces, algo llamo su atención, tanto que corto la línea de sus pensamientos, Sesshomaru se detuvo a hablar con una joven mujer de lacio cabello negro, ella le puso una mano en el brazo y él se acercó a darle un beso en la mejilla. Aquello la sorprendió, ¿Desde cuándo dejaba que las mujeres lo saludaran de ese modo?
Con el ceño fruncido decidió acercarse. No es que estuviera celosa, para nada, pero es que era tan extraño como él parecía seguir la conversación. ¿Inquieta? Rotundamente no.
Donde iba pisando había hielo, pero estaba tan distraída que sus botines de tacón alto la hicieron resbalar, se intentó estabilizar, pero el tacón se rompió, provocando que su pie se doblase de tal forma que cayó. Su rodilla y mano chocaron contra el suelo, lastimándose. Kagome se quiso poner de pie, pero no pudo porque su pie derecho volvió a doblarse. Inmediatamente, se dejó caer sobre su trasero sintiendo el frío calándole. Se sujetó la mano lastimada y la acurro contra su pecho.
Varias personas se acercaron a darle ayuda, pero ella solo sintió las manos de Sesshomaru pescándola para levantarla.
Un olor a jazmín la invadió enseguida y supo quién era esa mujer en cuanto vio sus ojos avellana.
– ¿Estás bien, dulce Kagome?
Kikyo le sonreía de forma tan extraña que le daban escalofríos, era eso o el dolor que se le filtraba por las terminales nerviosas de las zonas lastimadas.
A lo lejos, Eri, Yuka, Ayumi y Sara se morían de la risa. Y Rin, aunque sonreía, no pudo evitar sentirse mal. Era claro que Kagome se lastimó, quiso ir hacia ella, pero no lo hizo.
S:S:S:S:S:
Izayoi caminaba tranquilamente a la cafetería para su encuentro con Toga. Él la había invitado a un restaurante, pero ella se negó, no era su estilo.
Las últimas semanas estuvo insistiendo en verla, pero lo rechazo. Su sutil forma de acosarla empezó con arreglos florales, después llamadas por teléfono y escalo en visitas sorpresas casi a diario. Eso la confundía demasiado, no sabía que pretendía, pero estaba dispuesta a averiguarlo.
Al entrar al lugar, se arrepintió. Él se encontraba esperando viendo hacia la ventana, distraído. Ella veía que a pesar de que Toga llevaba una vestimenta casual y su cabello platinado estaba muy bien peinado, aún podía apreciar en él la imagen de joven rebelde que fue en su juventud.
Toga enseguida sintió su presencia y se levantó para ofrecerle una silla.
– Gracias-. Dijo sentándose y él hizo lo mismo.
– Se me antoja un café y un postre, ¿Qué te gustaría? –. Preguntó mirándola fijamente.
El escrutinio que le daban los ojos dorados la hacían ponerse nerviosa. Fingió que leía el menú. Si seguía viéndola así pronto temblaría. Odiaba que siguiera teniendo ese efecto en ella.
– Igual, pero que sea pastel de chocolate.
Él sabía cuáles eran sus gustos, a pesar de los años.
Para Izayoi, él seguía viéndose muy atractivo, pero la madures le marcaban sus facciones, su colonia masculina olía demasiado bien y sus ojos con el brillo arrogante que jamás desaparecería.
Dentro de su corazón, ella deseaba fervientemente que el pasado pudiera cambiarse, para así haber tenido una vida juntos, porque ella lo había amado con toda su pasión. Tanto que le dolía recordarlo.
– ¿Pudiste resolver lo de tus hijos? –. Le preguntó para cortar la tensión que el silencio provocaba. Días antes, él acudió a su galería a pedirle un "consejo" respecto a qué hacer con sus muchachos y cómo manejar que pelearan por una chica.
– No, Inuyasha está demasiado encaprichado en no hablarle a su hermano y Sesshomaru insiste en que le da igual lo que su hermano haga. Creo que necesito medicación para poder resolver esto.
– No puedes presionarlos–. Dijo dándole un sorbo a su dulce café capuchino después de que la mesera lo puso frente a ella.
Toga sonrió. –Habría sido más sencillo tener puras niñas.
Izayoi rio por el comentario. –Claro, sobre todo siendo padre soltero, ya me imagino como te estarían manipulando–. Le dio una probada a su pastel y la felicidad se reflejó en sus sonrojadas mejillas. –Esto está tan rico.
– ¿Me permites?
Ella dejó que metiese su tenedor en el pastel, lo probó y también sonrió.
– Sí, está bueno. Supongo que debí dejarme guiar por tu gusto antes de probar este pastel–. Dijo Toga señalando su postre de vainilla.
– La próxima vez que vengas ya sabes qué pedir.
Muy despacio, Toga le sujeto la mano femenina sobre la mesa. Sintiendo aceptación en el momento en que ella lo miró con cuestionamiento. –No tienes una idea de lo difícil que fue no verte en todo este tiempo.
Aquel acto la sorprendió tanto que no pudo pensar con claridad sobre lo que pasaba. Hasta que pudo notar que los ojos dorados tenían un brillo especial. Ella retiró su mano. –¿Qué haces?
El acto hizo que Toga arqueara sus cejas con un dejo de molestia, como si de un niño se tratase.
Para ella, ese gesto le recordó a su novio de la escuela, el muchacho que fumaba como chimenea y bebía como pez, al chico que tocaba la guitarra, al joven que escapaba de su estricto padre sobre su motocicleta, al amor de su vida. Todo eso significaba Toga, un amor único que termino veinte años atrás.
– Quisiera que estemos juntos–. Le dijo de forma tan segura para que ella no tuviera dudas.
– ¿Por qué haces esto? –. La tristeza hizo que casi se le rompiese la voz. –Nuestra historia termino hace muchos años y fuiste tú quien lo decidió así.
Era cierto, Toga empezó con ella una relación y decidió dejarla plantada en el ayuntamiento con su vestido de novia. Él decidió casarse a las pocas semanas con Irasue.
–Escucha, yo... No supe nada de ti hasta que apareciste en la escuela de mis hijos. Te imaginas para mí el impacto que fue verte.
Ella no quería seguir hablando de eso. –Basta, por favor.
– Lo que hice fue terrible. Jamás quise que las cosas pasaran así, y si pudiera hacer algo para cambiarlo, lo haría–. Él decía la verdad. –No te imaginas lo mucho que te sigo amando.
Eso le molesto, su ceño fruncido la delataba, así como sus hermosos ojos cafés. –Yo no Toga, te odié por mucho tiempo. Ni siquiera tuviste el valor de decirme que no te querías casar conmigo.
Izayoi todavía recordaba la sonrisa pretenciosa de Keiko cuando le dio la noticia.
Toga se pasó la mano por el cabello, despeinándolo un poco. –Yo...
Pero para ella no había vuelta atrás. –Lo hecho, hecho está. Aun así, te agradezco, porque si me hubiera casado contigo no habría conocido a Takemaru–. Hizo una pausa. –Creo que mejor me voy–. Tomó su bolso y su abrigo azul, dispuesta a ponerse de pie, pero la mano de Toga le sujeto la suya.
– Lo lamento.
Solo recordar lo que ella sintió, hizo que realmente se enfadara. Se zafó del agarre con un movimiento brusco de su mano.
– Yo lamento que tuvieras la necesidad de volverme a ver, porque lo último que quería en esta vida era toparme contigo–. Quiso gritarle, pero no lo hizo. –Y lamento que me arruines mi apetito porque en verdad el pastel está muy bueno–. Sacó su billetera, pero cuando iba a dejar unos billetes, miró a Toga. –Ya que me invitaste, sé tan caballeroso de pagar.
Se fue, quedándose con una sensación de vacío en el estómago, porque le dolía verlo, le dolía seguir queriéndolo después de tantos años, y le dolía más, que él siempre la vio como la tonta con la cual estar jugando.
Lo único que siempre quiso era que él desapareciera de la faz de la tierra para no tenerle que ver ese cabello que tanto le gustó y esos ojos que la cautivaban a tal punto de hacerle olvidar hasta su nombre.
S:S:S:S:S:
Kikyo no sabía nada de Inuyasha desde su pelea a finales de noviembre. Lo extrañaba demasiado y le dolía que él ni siquiera por llamada se hubiera disculpado. Su orgullo le impidió buscarlo, pero su corazón le exigió su presencia.
Todas las noches soñaba con él, con su voz y su olor. En sus fantasías sexuales ellos hacían el amor de forma tan perfecta, que se despertaba con la sensación única que producía un orgasmo involuntario.
Necesitaba internarse en un hospital psiquiátrico porque seguramente estaba teniendo un trastorno grave, nadie podía sentir la ausencia de otra persona de esa forma, como si el aire mismo faltara. Los colores se veían opacos. Incluso fumar y beber no le complacía. Ni siquiera cuando estuvo Estados Unidos perdió el apetito sexual como en ese momento, que su cuerpo no respondió igual cuando ella se tocó, pero al soñarlo, pareció despertar.
Lo maldijo una y otra vez porque parecía que se instaló dentro de su mente en un lugar donde ni siquiera una lobotomía sería capaz de hacerla recuperar la razón.
Para aliviar su frustración y evitar cometer una tontería, prefirió tener una cita con Bankotsu. Él la llevo a un distinguido restaurante de comida japonesa y se sentó en la barra donde el chef cocinaba frente a ellos.
– Nunca había venido–. Le confesó. El sitio era espléndido, romántico y elegante, tanto que ella se sentía fuera de lugar, esos no eran sus ambientes, ella prefería un lugar donde abundara la cerveza y la música. Pero no se lo dijo a Bankotsu, ella solo quería sexo, no quería involucrarse.
Él le mostró su mejor sonrisa. –Te va a encantar, si no te molesta pediré por ti–. Sabía que ella era un montón de sorpresas ocultas dentro de una cara bonita que luchaba por no mostrar aspectos de su vida, pero si le insistía una cita, usaría unos trucos para poder conocerla mejor, ya que él no era juguete sexual de nadie.
Kikyo tenía tanto tiempo sin salir con un hombre que lo ayudó. En cuanto les sirvieron el entrante y lo vio, se le revolvió el estómago.
– Espero te guste el pescado–. Bankotsu podía saber mucho de una persona observándolos comer, cosas que no expresaban en una conversación. –Es delicioso–. Le dijo señalándole lo que pidió por ella.
Era pescado crudo con arroz, salsa y algas, tenía que admitir que la decoración del platillo era exquisita, pero ella odiaba cualquier alimento que proviniese del mar, así que solo fingió una sonrisa. –Se ve muy rico.
Los ojos azules estaban fijos en ella al momento en que se metió el bocado de comida, notando que la mujer era muy buena mentirosa. Él no era un chico universitario al que pudiera manipular fácilmente, y si Kikyo tenía decidido esconder su verdadero ser, Bankotsu estaba ansioso por sacarlo a la luz.
Aprovechando que Bankotsu vio el menú, escupió en su servilleta la comida.
– Vamos, come–. La torturó un poco más acercando unos palillos a su linda y perfilada boca.
Kikyo quería morirse, habría preferido decirle mejor la verdad, que solo lo busco por sexo. Viendo como los palillos iban lentamente a su boca, rápido se llevó sake a los labios, bebiéndose de golpe todo el contendido.
– ¡Anda! Se que tienes hambre.
Los ojos azules seguían puestos sobre ella, así que comió a la fuerza casi vomitando en el proceso.
Por supuesto que Bankotsu se dio cuenta y se rio con carcajadas bien sonoras.
– ¡Lo has hecho a propósito! –. Dijo bebiéndose lo que él tenía de sake. –Se tan amable de pedir más alcohol. Tal vez, así considere perdonarte.
Bankotsu le hizo señas a la mesera. –Vas a tenerme que decir que te gusta, así la próxima vez te llevo al lugar que quieras–. Le guiño un ojo para alivianar el ambiente.
– Aun no te he perdonado–. Los ojos avellana lo miraban como si quisiera asesinarlo.
¿Y qué hizo el insolente hombre? Le tomo la mano y la jalo hacia él solo para darle un ligero beso. Notando al separarse que ella estaba sorprendida. –Sé buena y dime que te gustaría comer en nuestra próxima cita.
Sus acciones la hicieron sentir incómoda, sobre todo que hablara del futuro, como si fuese un hecho que quisiera volver a salir con él. Aun así... –No me gusta la carne.
– Obvio que tampoco el pescado–. La burla seguía presente en su voz. –Mejor dime que sí te gusta comer.
No quería que él la conociera por completo. –Me gusta el chocolate amargo, adoro el café negro y el helado, aunque haga frío–. Hizo una pausa. –Prefiero la cerveza a cualquier otra bebida alcohólica y me gusta bailar.
Todo eso le pareció de lo extraño a Bankotsu, quien la escuchó con las cejas arqueadas y una sonrisa burlona en el rostro. –¿Y la fruta?
– Solo la fresas. Odio el mango, las manzanas, las naranjas y todas las demás. Mucho más que todo, las cerezas, las detesto.
– Tienes una manera de ser tan rara–. Dijo intentando entrar dentro de esos ojos avellana tan lindos, pero ella seguía a la defensiva.
– Como si fuera la primera vez que conoces a alguien con mi tipo de dieta.
Bankotsu negó. –Tengo seis hermanos, así que sé cuándo a alguien le desagrada lo que come.
– ¿Dijiste seis hermanos? No te creo–. Dijo incrédula.
Las facciones masculinas brillaron. –Te lo juro.
Sus ojos avellana se entrecerraron para averiguar la verdad. –¿Cómo se llaman?
– Renkotsu, Kyokotsu, Mukotsu, Suikotsu, Ginkotsu y Jakotsu.
Kikyo parpadeo. –Dilo otra vez–. Y lo hizo, repitió los nombres de sus hermanos. Eso le provoco risa, porque ella en verdad pensaba que mentía.
Esa noche terminaron teniendo sexo en el lujoso departamento del cual él es dueño.
Kikyo se dio cuenta de que a él le gustaba su olor y tocarle su piel.
Bankotsu se dedicó a desvestirla de a poco, sintiéndose observado por los ojos avellana que lo hechizaban. Ella era más joven, pero no inocente ni dulce; parecía una hermosa muñeca de porcelana bien sujeta en un aparador, pero dentro de ella era toda una leona dispuesta a devorar el mundo.
Lenguas húmedas recorriendo caminos inexplorados, rasguños y gemidos se escucharon por todo el lugar. Aprovecharon que nadie los interrumpiría para hacerlo en la sala y en la habitación.
Durmió junto a él, y eso era muy malo, porque al despertar esa mañana de domingo quiso correr para que Bankotsu no la viera partir, pero para su sorpresa, él la sujeto de la mano y la hizo quedarse un rato más.
La convenció con unos besos en el cuello y un rico desayuno preparado por él; sin embargo, lo que menos hicieron fue desayunar, porque la mesa del comedor fue testigo de la forma en que entre ellos se comían con un apetito brutal que conllevo nalgadas y mordidas que dejarían marcas en los siguientes días.
La cita fue bastante satisfactoria. Eso era lo que ocupaba Kikyo, no pensar en Inuyasha.
Otra vez... –Maldita sea.
Para despejar su cabeza, decidió ir a caminar sorprendiéndose con la noticia de que colocaron la pista de hielo, eso indudablemente la hacía ponerse de buen humor, le encantaba patinar. Ella nunca patinó con Inuyasha porque él no sabía hacerlo.
Entre tantas personas, se encontró con la menos esperada: Sesshomaru. Se acercó a saludarlo, apenas y cruzaron palabras cuando vieron que alguien se caía de manera horrible en el suelo. Ese alguien era Kagome.
Verla tan frágil le dio un sentimiento extraño en el estómago, como ver a un gatito atropellado. La odiaba tanto que no supo por qué le preguntó si estaba bien. La detestaba a tal punto que verle la cara de dolor la hizo sentir algo parecido a la tristeza.
Al volver a su departamento y encontrarse sola, únicamente pudo pensar en una cosa: Kagome sujetando su mano lastimada y sus ojos azules conteniendo el llanto.
S:S:S:S:S:
Sesshomaru ayudo a recostar a Kagome en su cama mientras Kaede, salía de la habitación. Tenía un esguince en el tobillo y la mano derecha, y él estaba dispuesto en quedarse a cuidarla.
– Eso te pasa por ser una distraída–. Le dijo mientras le acomodaba los cojines para recargar su espalda. –La buena noticia es que estarás bien para navidad.
Kagome lo quiso matar con la mirada. –Me distraje por culpa de Kikyo–. Dijo, mientras se dejaba acomodar, las almohadas se ajustaron a su espalda de forma tan maravillosa que sintió alivio. –Me sorprendió ver que te llevaras tan bien con ella.
Sesshomaru se sentó a su lado. Parpadeo un par de veces, logrando ver cierta molestia en los ojos azules. La conocía, estaba celosa, y a él le encantaba ver las emociones de enojo en su rostro.
Kagome arrugo las cejas y desvío sus ojos, a veces no podía soportar las pupilas doradas sobre ella.
– ¿Estás celosa?
Estaba muy indignada por esa pregunta. Volvió a poner su vista sobre él. –¡Claro que no!, jamás me pongo celosa y menos de ella–. Con ímpetu se intentó cruzar de brazos, pero le dolió.
Sesshomaru sabía que era tan orgullosa que prefería tragarse sus celos antes de que él los viese. Aunque era muy mala para disimular. –¿Te pasa algo?
Kagome rodó los ojos. –No.
– ¿Segura?
– ¡Te dije que no me pasa nada!
Sesshomaru le tomó la barbilla. –Ella nunca me ha gustado.
Kagome supo que era verdad. Sintió la respiración pesada de Sesshomaru al acercarse a besarla y ella solo atino a corresponderle. Le encantaba la sensación de sus labios sobre los suyos y el calor que le proporcionaban.
– Por cierto, no me has dicho que quieres para navidad–. Dijo pasando su mano izquierda por su mejilla, acariciándolo.
Sesshomaru solo atino a disfrutar de la sensación que eso le provocaba, cerrando sus ojos para después abrirlos con deseo. –A ti.
Eso le saco un sonrojo tan extremo que sintió caliente toda la cara. –Lo digo en serio, ya casi es navidad, y me gustaría tener un detalle contigo...
– Kagome...
Ella siguió hablando. –Nunca escucho que digas que quieras algo, y aprovechando que estamos saliendo, prefiero que me digas que te gus...
Se vio interrumpida cuando Sesshomaru le puso un dedo sobre los labios para callarla. –No necesito nada.
– Pero...
Ante la réplica se acercó y la volvió a besar, descubriendo que esa era la mejor técnica para ganar una posible discusión con ella. Al separarse parecía que Kagome perdió el hilo de sus pensamientos.
– Sesshomaru, ¿En serio no quieres nada?
Él quiso reírse por su reciente descubriendo, ante un tema relevante para Kagome, su técnica de besarla no funcionaba. –No, solo a ti.
Arrugo las cejas y se pasó la mano sobre una de ellas, clara evidencia que se empezaba a desesperar. –Bueno, estaba pensando en regalarte...
Él la volvió a besar, pero de forma más intensa, sujetando su rostro entre sus manos por la clara resistencia que ella ponía en terminar el contacto para seguir hablando. No se lo permitió al hacer beso inimaginablemente intenso.
Kagome gimió cuando él comenzó a descender por su barbilla hasta su cuello, el cual estaba levemente cubierto por su pijama rosa. Se sorprendió sintiendo la fuerte mano desabrochando cada botón con una lentitud que la estaba matando. Quiso actuar, y se pescó de la camisa de él para intentarle quitar la ropa, pero se lo impidió.
– Quieta–. Le susurro dándole un beso antes de acariciarla sobre la pijama que cubría su cuerpo. Su mano se quedó sobre uno de sus senos, sintiendo el pezón debajo endurecido. –No te debes mover.
Su voz sensual hizo que dentro de Kagome despertara la excitación sexual más desesperada que tuvo nunca. –Te necesito–. Le confesó. Tantos días separados solo avivo en ella el deseo desenfrenado de tenerlo. Estiro la mano izquierda para agarrarle el miembro sobre la ropa, pero él la sujeto con firmeza, quitándola.
– Te dije que te quedaras quieta o tendré que amarrarte.
Kagome se sonrojó, pero Sesshomaru le sonrió de forma seductora.
Con los botones de la pijama abiertos, se maravilló que ella no llevaba brasier, ya lo había sentido, pero verlo era diferente. –Así deberías recibirme cada vez que te visite.
– Si vienes más seguido, tal vez lo haga–. Dijo de forma coqueta.
Se aventuró a degustarle los senos. No podían ser escandalosos, así que al escuchar como Kagome intentaba silenciar los suspiros que se acumulaban en la garganta, Sesshomaru le tapó la boca con la mano, se quitó los zapatos con la punta de los pies y se desabrochó el pantalón; solo lo bajo un poco para dejar su miembro que ya estaba listo para entrar en ella.
Ojos llenos de pasión se visualizaban en los dos. Kagome abrió sus piernas para recibirlo, pero poco hacía para quitarse la ropa, ya que su mano y pie vendados eran un impedimento.
– No te muevas–. Le susurro y metió suavemente sus dedos dentro de la boca femenina y enseguida ella los chupo, simulando una felación. Eso lo estimulo tanto que sintió que pronto se correría, tantos días sin sexo lo estaban haciendo perder la cabeza.
Los dedos mojados por la saliva los pasó sobre su pene para lubricarlo. Ese simple acto de masturbación, le provocaron tanto apetito a Kagome, que sintió una ola de humedad llenando sus paredes vaginales para recibirlo.
Atormentándola, de la forma más lenta posible, le bajo el pantalón, para no tocar los vendajes, dejando libre la pierna izquierda. Movió la tela del bikini francés que cubría el más delicioso de los manjares que probó en su vida, pero no lo quitó, y se dio cuenta de que ella estaba lista para recibirlo. Paso sus dedos estimulando los pliegues femeninos.
Ella se abrió, solo para él. Deleitándose como los dedos iban haciendo paso en su interior, primero él metió dos y luego tres, haciendo que comenzara a gemir de manera única.
– No hagas ruido–. Le susurro. La ayudo a acomodarse completamente recostada, sin dejar de arremeterla con sus dedos. Al sacarlos de su exquisita intimidad los llevo a su boca para degustarla, lamiendo con una sensualidad como si de miel se tratase, y cuando termino la besó, compartiéndole con su lengua el sabor.
Se dejó hacer y, al sentirlo introduciéndose en ella poco a poco, exclamo sonidos obscenos.
Sesshomaru disfrutaba de lo caliente del cuerpo femenino bajo el suyo. Pronto Kagome empezó a soltar los celestiales gritos que provocaba en ella el sexo, eso era un deleite en sus oídos y en su ego; sin embargo, no quería ser descubierto en pleno acto, así que le puso la mano para acallar sus exquisitos labios.
Kagome quiso protestar. Sus ojos azules tenían una mezcla entre confusión y goce que le causo gracia. –La puerta no tiene seguro, no llamemos la atención.
Entraba y salía sin ninguna dificultad, disfrutando lentamente como ella intentaba mantener los ojos abiertos al sentir el éxtasis en su cuerpo. Con desesperación comenzó a besar su pezón izquierdo, de forma tan placentera que solo se entretuvo en succionarlo. Lo libero e hizo lo mismo con el otro.
Tenía a Kagome completamente para él, con las piernas abiertas y elevadas para enredarse en su cuerpo, sujetándose porque él estaba entretenido con una mano en su boca y con la otra, pellizcándole el pezón libre.
Con su lengua fue delineando un camino desde sus pechos hasta su clavícula y de ahí a su cuello y barbilla, solo hasta poder mirarla de frente.
– Eres... mía–. Cada fragmento era dicho por qué las sensaciones que le provocaba embestirla, le hacían cosquillas en todo el cuerpo y cerebro, impidiéndole la poca capacidad del habla. La maldijo por lo que le provocaba.
La vagina de Kagome lo aceptaba cada vez más profundo, fuerte y salvaje, ella agradecía que Sesshomaru le estuviera cubriera la boca, porque no se creía capas de retener todo lo que quería escapar de sus labios.
– ¿Te gusta? –. Le preguntó, aunque sabía de sobra la respuesta. Se salió de ella, con un claro quejido de protesta que retumbo en su mano, pero solo lo hizo para elevar sus piernas hasta colocarla sobre sus hombros, volvió a hacer a un lado la ropa interior, y se volvió a meter, pero más fuerte.
Kagome al sentir libre su boca, se mordió el labio para no gritar porque pronto tendría un orgasmo.
Y él, justo en el momento en que los espasmos femeninos comenzaron, solo disfrutó de cómo le apretaba el miembro y lo mojaba en éxtasis. El gemido salió de ella retumbando de manera caótica en la habitación.
Aun así, no se detuvo, siguió embistiéndola, sintiendo como temblaba solamente para él. Entonces, le mordió la pierna para evitar que un gruñido saliera de su propia boca al instante de correrse en su interior.
Fue un deleite salir y ver como su semen brotaba de ella como espesos goterones derramados en todos los pliegues femeninos. Le bajó las piernas, sin que pasara desapercibida la rojez que dejaron sus dientes sobre la suave piel nívea. Se colocó su pantalón en su lugar, se recostó a su lado y la abrazó.
Se complació al percatarse que las pastillas para el dolor hicieron su efecto, Kagome se quedó dormida, semidesnuda, cubierta de su semilla y sudor.
Como pudo le subió le acomodo la ropa. No la limpio, porque quería que ella oliera a él, como si con ese acto la estuviera marcando con su esencia para que así nadie se atreviese a tocarla.
Se acostó a su lado para verla dormir y sus oscuros deseos empezaron a aflorar en su mente; porque dentro de la cabeza de Sesshomaru, ella siempre le pertenecería. Quería tocarla así, dormida, y despertarla con sus fuertes embestidas, cumpliendo así una de sus fantasías sexuales, pero no lo haría, ella tenía que aceptar primero todo de él. Pensó en masturbarse y dejarle los hilos de la evidencia desde la boca hasta el pecho, pero tampoco lo hizo, ese todavía no era el momento.
Media hora después, Naomi entro a la habitación de su hija solo para encontrarla a ella cubierta con el edredón de su cama y a Sesshomaru sentado en una silla, observándola dormir.
– Se cayó, pero está bien–. Fue lo único que le dijo antes de irse.
A Naomi, él le parecía un chico tan extraño, que incluso sus ojos dorados le daban escalofríos, pero no era ciega, se daba cuenta de la forma en que veía a su hija. No pudo evitar pensar: ¿porque su pequeña decidió dejar a Inuyasha por alguien como su hermano?
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Sango se enteró del accidente de Kagome y decidió ir a visitarla, siendo recibida por una chica en pijama recién levantada con olor a sexo. Aquello le dio risa y asco, tanto que se burlaría de ella durante años.
– Si no te dejas de reír y me ayudas a quitarme los vendajes, te volveré a retirar la palabra–. Le dijo fingiendo molestia. Después de su discusión en su fiesta de cumpleaños hicieron las paces.
Sango seguía riéndose al ayudarla, Kagome tomó una ducha rápida y fue ayudada por su amiga a terminar de vestirse con ropa cómoda, quería recuperarse deprisa, porque quería disfrutar de la navidad como se debía.
– ¿Así que Sesshomaru te lo hizo mientras estabas dormida?
Kagome quiso matarla. –No, eso no fue lo que dije.
Sango se rio. –Está bien, fingiremos que aprovecharse de un discapacitado es correcto–. El sarcasmo era su nueva lengua.
Los ojos azules rodaron para intentar no estrangularla por las cosas que decía.
– Por cierto, necesito un favor. Quede con Miroku en regalarnos algo muy económico, y me estoy volviendo loca, no sé qué obsequiarle. ¿Me ayudas?
– ¿Tú tienes problemas?, Sesshomaru me dijo claramente que no quería nada, ¿qué se le puede dar a un hombre así?
Sango soltó una carcajada. –Él solo quiere sexo duro toda la noche, no batalles y dáselo.
Kagome se sonrojó, porque ella no sabía que tan duro podía ser, ni que tantas cosas podrían experimentar. A pesar de que llevaban varios encuentros, todavía no era experta en el tema y parecía que él quería tratarla de forma bastante normal.
– No me gustaría que lo nuestro se basara solo en eso–. Dijo tímidamente.
– Sí, me doy cuenta, ya que te vi llena de sus fluidos–. Sango volvió a reírse, pero al ver la mirada dura de Kagome, decidió ya no hacerlo. –No sé qué esperes con Sesshomaru, pero no creo que él sepa hablar el idioma del amor a menos que sea a través del sexo. ¿Has pensado que podría ser la forma en que te demuestre lo que siente?
Kagome nunca lo reflexionó de esa forma. Si él no sabía hablar su idioma, ella podría aprender a hablar el suyo.
Sango suspiró profundamente. –Tengo que admitir que me sorprende como se peleó con Inuyasha por ti.
Kagome se rio por eso. –Él no se peleó por mí, se peleó porque respondía la agresión–. Hizo pausa antes de preguntar. –¿Has sabido algo de Inuyasha?
Ella asintió. –Hable con él hace unos días, me lo tope en el centro comercial. Decidió irse a la mansión de su padre para no tener que estar en la ciudad en estas fechas.
Kagome se mordió el labio. Lo que menos quería era lastimarlo, en verdad ella lo quería y no le gustaba haberlo herido.
– Está muy enojado, sobre todo contigo. Él no logra comprender por qué te acostaste con...
Kagome la interrumpió. –Inuyasha es el menos indicado para estar enojado. Él me termino cuando yo estaba todavía luchando por una casi inexistente relación. Y, todo el mundo me miró a mí como si yo fuera una cualquiera. Él me engaño, ¿y yo soy la zorra?
Sango solo la escuchaba.
– Es totalmente injusto como todos me criticaron–. La tristeza la invadió, pero ya no quería pensar en eso. –Sabes que, no me siento mal. Ya no estar con Inuyasha es lo mejor, ya no nos amábamos, y créeme, eso no fue culpa de Sesshomaru.
– Tranquila, yo sé que tú no querías que nada malo pasara–. Sango le dio un pequeño abrazo, mostrándole que ella estaría para Kagome. –Cambiemos de tema... Miroku, ¿me sugieres algo?
S:S:S:S:S:
Sango esperaba nerviosa, pasó por Miroku a la galería de su madre para ir juntos a la fiesta de navidad de las Higurashi.
"Dame diez minutos, en lo que cierro todo."
Le dijo con una sonrisa coqueta mientras la dejaba esperando en la recepción del lugar. Y ahora, ella se frotaba nerviosa las manos. No pudo conseguir nada para regalarle, así que le compro mejor una tarjeta de regalo, porque estaba acostumbrada en obsequiar relojes caros o joyería, inclusive a Inuyasha en uno de sus cumpleaños le compro un traje diseñado por Óscar De La Renta.
Había intentado hablar con Miroku sobre eso y sobre el sexo, pero él parecía no escuchar o desviar el tema de conversación. No lo entendía. Ella siempre creyó que su novio era un hombre demasiado sexual, que inclusive le sorprendía su conducta de rechazo.
Lo amaba y le encantaba la forma seductora de su sonrisa y sus ojos tiernos. Le gustaba tanto todo de él que si su relación solo se basaba en besos y caricias, ella estaba dispuesta a aceptarlo.
Miroku apareció y se acercó a ella.
– Vamos, Kagome me matará si no llegamos antes de las...–. Se vio interrumpida por un cálido roce en sus labios.
– Ven conmigo–. Le susurro contra los labios, tomándola de las manos y atravesando la puerta que llevaba a la bodega.
Cuando Sango entro al lugar, se cubrió la boca por lo que vio, tanto fueron sus sentimientos que se le cortó la voz y no pudo soltar una exclamación de asombro.
La habitación estaba completamente llena de velas y en medio de todo aquel espeso manto de luz, un colchón cubierto de pétalos rojos. Era una visión completamente erótica y sensual, cargada de esencias aromáticas. Añadiendo un toque extra, cuadros interesantes los rodeaban, dando una atmósfera única.
– Sé que esto podría provocar un incendio, pero seremos cuidadosos–. Bromeo él antes de besarle la mejilla. Sango entonces lloró, cosa que lo asustó. –¿No te gusta?
Ella se cubrió los ojos, por vergüenza, intentando hablar.
–Es lo más... bonito que alguien ha hecho por mí–. Ahora entiendo todo. La primera vez que estuvimos juntos, solo fue un momento apasionado y cálido. Sango tomó el atractivo rostro de Miroku entre sus manos, y le sonrió. –Es que nunca nadie me vio como tú lo haces. Es como si... en realidad nadie me hubiera visto.
Él la abrazo, haciéndola única entre todas las mujeres del mundo. Haciéndola olvidar todos esos malos recuerdos, los cuales fueron totalmente eclipsados por la hermosa y perfecta visión de ese encuentro.
Todos los hombres y el sexo fueron aplastados contra la increíble imagen de Miroku desnudándose frente a ella, y al terminar de hacerlo, cargándola con infinita ternura sobre el colchón.
– Es perfecto–. Susurro ella antes de besarlo con pasión.
S:S:S:S:S:
Sesshomaru llego al penthouse a las ocho de la noche, iba vestido todo de negro con un abrigo en color gris. Se sorprendió de que el lugar estuviera lleno de gente, la música sonaba en cada rincón de la casa, siendo un cambio radical a lo que paso un año antes.
Fue recibido por Kagome, quien lo abrazo de forma cálida. Se vio hermosa, llevaba puesta una blusa blanca de manga y cuello largo en conjunto con una falda en color rojo brillante que combinaba perfectamente con su labial. Sus zapatillas blancas altas dejaban claramente la idea de que ya no estaba lastimada.
– Toma–. Le dijo entregar una bolsa de regalo en las manos.
Kagome estaba segura de que eran zapatos. –Gracias, yo también te compré algo. Ya sé que dijiste que no querías nada–. Lo llevo de la mano a la cocina, donde dejo sobre la mesa del desayunador el obsequio. –Los vi y supe que se te verían increíbles.
Sesshomaru lo abrió, encontrando dentro mancuernillas Salvatore Ferragamo en color dorado con sus iniciales ST Él le sonrió, por el detalle personalizado. –Gracias–. Le dio un ligero beso en la comisura de los labios. –Anda, abre el tuyo.
– ¿Qué es? –. Preguntó viendo la caja grande en color blanco.
– Lencería–. Dijo sonriéndole de forma sensual.
Kagome le dio un golpecito en el brazo, aun así abrió su regalo y lo que vio la emocionó demasiado. –¡Es el mejor regalo del mundo! –. Su felicidad llegó a tanto que lo abrazo, acurrucándose en su pecho. Eran unos patines para el hielo.
Así, abrazados, Naomi los encontraron en la cocina. Ella pudo darse cuenta de que nunca antes vio a su pequeña hija tan feliz como en ese momento.
– ¡Mira, mamá! ¿No son los patines más bonitos que has visto? –. Preguntó dejando ver un brillo radiante en sus ojos.
– Lo hijo–. Naomi sonrió, inclinando ligeramente la cabeza a Sesshomaru, impulsando en silencio las gracias. Definitivamente, el mayor de los hijos de Toga era un buen aliciente para el alma de su Kagome.
Los dejo solos en la cocina, perdiéndose de como ambos se besaban con tanta pasión que sería incuestionable la mutua atracción que entre ellos existía.
Para Sesshomaru, ella no era un juego, ella era suya y no la dejaría jamás irse. Los planes que tenía para los dos iban orquestándose en su mente con cada caricia, susurro y beso que le daba.
Él tenía tantas cosas que hacer para que Kagome fuese irreversiblemente suya, pero avanzaría despacio, sin prisa, disfrutando de situaciones como esas, donde ella le permitía que la acariciara sobre la ropa y le enredase sus dedos en su cabello negro.
Porque Kagome era sinónimo de perdición. Ella era la máxima felicidad que podía adentrarse en su alma llena de lujuria, de tal forma que amenazaba sin compasión cada día con derrumbar todo lo que él es.
Poco a poco se separaron de ese escandaloso contacto, sonriéndose. Kagome le dio una mirada traviesa, mientras lo tomaba de la mano y lo llevaba a su habitación.
Por donde iban pasando, la gente que veían, susurrando como es que la inocente hija de Naomi Higurashi era víctima de un aprovechado como el hijo de Toga Taisho.
Desvistiéndose para él, Kagome desistió de hablar de sus sentimientos a través de caricias y lamidas, mostrándole que no lo dejaría ir nunca, porque Sesshomaru era todo lo que siempre quiso e imaginó de un hombre. Y en el momento en que la carga sujetándola de la cintura solo para besarle los labios, supo que jamás amó tanto como lo hacía.
Sin sospechar siquiera los planes que tenía uno contra el otro, esa noche hicieron el amor de tantas formas que ni siquiera fueron capaces de comprender que tanto sus almas se corrompieron una a la otra.
S:S:S:S:S:
Kikyo se sorprendió cuando Bankotsu le pidió ir con él a una cena con sus compañeros de trabajo. Eso la hizo sentir de forma especial, sería la primera vez que iría a una reunión navideña como invitada y no como la mejor amiga de alguien.
No tenía ropa para la ocasión, pero compro un bonito vestido negro en corte de diamante con un escote llamativo de la marca Carven que se le ajustaba al cuerpo de forma espectacular, dejando descubiertas sus piernas de la rodilla hacia abajo. Se dejó el cabello suelto, se realizó los labios en color rojo escarlata y se puso una linda ropa interior de encaje del tono de su vestido para que su cita se la quitara más tarde.
Bankotsu al verla, se sorprendió, no imaginó que ella se viese más perfecta de lo que ya era. Él también se arregló muy bien y para Kikyo, olía estupendo. Pasó por ella en su Lexus plateado, como todo un caballero le abrió la puerta, y estando a punto de subirse, recibió una llamada.
– ¿Estás bien? –. Preguntó al ver por primera vez emociones, más allá de las que normalmente ella permitía reflejar.
Con las delgadas cejas arqueadas, ella asintió. –No podré ir. Lo siento.
Bankotsu le tomó de la mano. –Espera...
– En verdad no puedo–. Era cierto, alguien la necesitaba.
Él le creyó. Antes de irse, la besó de forma apasionada, repagando su cuerpo al suyo.
La llamada fue de su madre, que fue arrestada por estar completamente ebria y drogada afuera de un bar. La elegante Mitsune Saito convertida en una adicta. Kikyo daría lo que fuera por no tener los padres que tuviera. Despeinada, con la ropa mal puesta y apestando a orines la recogió de la estación de policía.
Ahora, Kikyo se mordía los labios con angustia. Miró el reloj de pared, las manecillas indicaban las doce dos de la mañana. Sus cigarrillos ya se habían terminado, lo cual la estaba volviendo loca, porque daría lo que fuera por uno.
- Feliz Navidad-. Dijo a la soledad misma.
Se pasó la mano por las cejas para tranquilizarse. En ese momento su madre estaba gritándole desde la tina del baño que fuera a ayudarla. Una y otra vez le decía el nombre de su padre: Akane.
Abrió la puerta, para encontrar que su mamá estaba de pie, con el cabello castaño largo escurriéndole de agua y los ojos avellana perdidos. Suspiro profundamente. –Vamos a cambiarte de ropa.
– Akane, pensé que te habías ido ya–. Comento Mitsune con la mente ida.
Siempre vi en ella a su padre. Despacio la llevo a su recámara, donde la sentó en el amplio tocador y se dedicó a peinarla. Delicadamente, tomó su cara e hizo que levantara la barbilla, los ojos avellana estaban hinchados y casi rojos. –Quería saber si estabas bien, mamá.
Mitsune giro el rostro bruscamente. –Ya vez que sí, Akane–. Dijo simplemente.
Se sintió completamente rechazada. Aun así la siguió peinando. –¿Quieres que pongas agua para un café?
Ella negó enojada. –¡Quiero estar sola! –Grito. –¿Por qué no te vas con tus mujerzuelas?
Le dolía tremendamente verla en ese estado. –No te dejaré así, cambiaré. El próximo mes, vendré a vivir contigo, y el otro departamento lo pondremos a la venta, ¿te parece?
– Bien, hazlo, me da igual–. Estaba por los demás indignados. –¿Por qué te portas tan delicado conmigo? ¿Acaso me dirás que te has acostado con mi hermana otra vez? ¿O, acaso, con la diseñadora de modas?
Kikyo negó. –Tranquilízate, mamá–. Se miró al espejo, entendiendo perfectamente por qué su madre la confundía siempre con su padre, es que eran idénticos, excepto los ojos.
Entonces, sin que lo esperase, Mitsune se levantó y empezó a golpearla con la palma de las manos, una y otra vez. Ella solo podía defenderse de la agresión cubriéndose la cabeza con los brazos.
– ¡Vete ya con tus putas, no te quiero ver aquí! ¡Vete antes de que Kikyo se dé cuenta de tus asquerosidades! ¡No quiero que se entere de los otros niños!
Los golpes no le dolían y cuando su madre dejo de pegarle, solo sintió rencor hacia su padre por lo que hizo. –Lo menos que quiero es verte así. Si nos mudamos juntas, empezaremos de cero. Podrías llevarte a cabo una rehabilitación.
– ¿Encerrarme? –. Soltó una carcajada. –¿Dejarle el camino libre a tus zorras?
– Mamá, deja de decir eso.
– ¡Me das asco, Akane! Solo les sirve a las mujeres como sentimentales. Ni siquiera eres bueno en la cama con esa cosa flácida, pareces un espagueti.
Su madre cada vez estaba peor.
– Vete por hoy, pero mañana regresa, no te olvides a quien le perteneces–. Dijo con un rápido movimiento, arrebatándole el peine a su hija y sentándose para ella misma alisarse el cabello. –No se te olvide el regalo de navidad de nuestra pequeña.
Kikyo no pudo más. Se fue porque le dolía mucho verla así, intentó por todos los medios declararla incompetente, pero cada vez que iba ante el juez, parecía que recuperaba todos sus recuerdos, y al día siguiente volvía a beber ya perder la cabeza.
Al salir a la calle y el frío golpeandola de lleno, solo pudo su mente perderse en sus pensamientos y, sin que ella se lo esperara, la imagen del rostro de Kagome lastimada en el suelo se apareció.
¿Por qué espero en ella si la odiaba?
Sus vidas eran tan diferentes. Kagome tuvo la fortuna de crecer con un padre que la adoraba y una madre que le hacía fiestas increíbles; amigos leales y sinceros; y no conforme con enamorar a un Taisho, enamorar a los dos.
La gatita de Kagome parecía encajar sus pequeñas uñas y dientes hasta tatuarse sobre la piel de todos los que la conocían hasta tal punto de que era imposible sacarla de sus vidas.
Por eso Kikyo la odiaba más que cualquier cosa en el mundo, porque cuando la conoció y vio por primera vez su hermosa sonrisa, supo que ella sería una tormenta en su cabeza y claro, también en el trasero.
Porque ella deseaba que Kagome jamás hubiera nacido para no tener que saber nunca de su existencia.
Sobre todo, la odiaba porque no podía hacerlo. Y ese simple hecho la hizo sentir furiosa.
Esa noche tuvo la pesadilla más horrible que pudo tener, tanto que cuando despertó estaba bañada en sudor: Se soñó a sí misma ayudando a una Kagome que solo logró sujetarse su mano lastimada y con sus ojos azules conteniendo el llanto.
CONTINUARÁ...
