CAPÍTULO 8: RÉQUIEM

Esa fría mañana de domingo, Toga se levantó unos minutos después de lo acostumbrado. Su alarma sonó en el momento preciso, pero por una extraña razón pudo omitirla. Al fin y al cabo, era su cumpleaños.

Se vio en el espejo, notando el aumento del color gris en sus cejas negras y viendo que su cabello anteriormente platinado ahora era más blanco. Se tocó el abdomen, le dio algo de miedo que por la edad pudiera subir de peso, así que quisiera correr un rato en la caminadora. Ya no era el mismo joven atlético que alguna vez fue, pero su cuerpo se le vio demasiado aceptable.

Se duchó y realizó su rutina de afeitado y peinado. Todo en él era un protocolo de constancia y disciplina, le molestaba cuando algo no salía de acuerdo con sus planes. Sin embargo, él presentó que algo se saldría de su control.

Miró su elegante Rolex, percatándose que por primera vez llegaría después de Sesshomaru al almuerzo. Deseaba celebrar con sus dos hijos algo tranquilo, por esa razón canceló su fiesta.

Su chofer lo llevó hasta su hotel. Sonrió solo ver la fachada. Pronto abriría una sucursal en América y con esa ya serían diez en todo el mundo. Se feliz mentalmente. Todo por lo que se sacrificó en su juventud valió completamente la pena.

Se dirigió hacia donde su hijo lo esperaba, pero recibió una llamada de Keiko, que lo entretuvo. Se pusieron de acuerdo para en la tarde verso. Definitivamente, terminaría su relación con ella. Todo empezó en navidad, cuando su "novia" le hizo la reclamación por no comprometerse. Era cierto, él no se quería casar. Así que, decidiendo por los dos, la dejaría libre para que ella disfrutara de la juventud que pudiera quedarle.

– Toma–. Le dijo Sesshomaru antes de darle como obsequio una elegante corbata.

– Gracias, hijo–. Sonrió tomando el detalle. Sesshomaru jamás regalaba nada. –Pensé que vendrías con Kagome.

Él negó. –Tuvo un compromiso, es la encargada de dirigir el evento de beneficencia en la escuela–. Eso era medio cierto, pero Sesshomaru en verdad no la invitó deliberadamente para que su hermano no tuviera algún tipo de contacto con ella.

Toga le puso una mano en el hombro. –Me da gusto que estes con ella. Es una buena chica y muy lista, no me sorprendería que un día decida encargarse de la compañía de su madre.

Sesshomaru también presentó eso.

Media hora después, apareció Inuyasha. –Feliz cumpleaños, papá–. Dijo entregando un fuerte abrazo y como regalo una botella de whisky irlandés.

– También me da gusto verte–. El evidente sarcasmo de Sesshomaru estaba implícito en cada palabra.

Los ojos rebeldes del menor soltaron chispas de enojo. –Imbécil.

Toga bebió de su café. Era el segundo desayuno que lograba reunirlos, al menos su actitud ya era menos fría entre ellos. –Muchachos, quiero decirles que estoy muy contento de que podría estar el día de hoy conmigo.

Los dos Taisho se miraron primero y después a su padre, era extraño que él se expresara así de un instante tan ordinario.

Al terminar, Toga se dirigió a la casa de Keiko. Ella lo recibió semidesnuda, con una increíble lencería en color rosa que resaltó el color de su piel. Se vio preciosa. No pretendía perder más el tiempo, soltó la desagradable frase finalizando esa relación.

-Lo siento-. Y le dio un beso en la mejilla. Keiko lo abrazó sin que él pudiese impedirlo y se sujetó tan fuerte a su pecho para llorar, provocando que su camisa beige se llenara de lágrimas y maquillaje.

Él no soportaba ver a las mujeres así, por lo que simplemente le sobo la espalda, dejando que ella se desahogara. Hacía más de veinte años que ella había hecho exactamente lo mismo, llorar desenfrenadamente cuando la dejó. Despistadamente, miró su reloj, y al paso que iba no le daría tiempo de realizar su propósito. Sin nada que decir, se encaminó a la salida.

Tendría que ir a cambiarse de camisa. Maldijo su suerte.

Miró su reloj al ingresar a la joyería. Tenía reservado un anillo de compromiso de oro blanco con un diamante en forma de marquesa de Harry Winston, en el cual grabó el nombre de Izayoi.

La joven vendedora, que no pasó de los veinticinco años, le guiño un ojo, anotándole su número de celular en el ticket de compra. Toga le sonrió. Al salir bola hizo la nota y la tiro.

Durante muchos años estuvo solo, y ahora, su corazón solo le pidió la compañía de Izayoi. Ese anillo sería solo para ella, para manifestarle lo mucho que la amaba y la extrañaba. Fue un completo imbécil, pero con ese acto le demostraría que en verdad deseaba recuperarla. No se daría por vencido, lucharía por ella y no aceptaría un no como respuesta.

Dejó a su chófer y su auto Rolls-Royce unas cuadras antes. Esa tarde prefirió caminar, quería sorprenderla en la galería antes de que saliera; ya sabía su horario y llegaría con el enorme ramo de rosas rojas que le compró.

Estaba oscureciendo muy temprano debido a que era enero, pero eso solo hacia mas atractiva la ciudad, convirtio un espectaculo de luces. Vio desde la acera de enfrente a su querida Izayoi, se vio tan preciosa, con los años se volvió todavía más atractiva.

Y con todas las esperanzas a flor de piel, cruzó la calle. Estaba seguro, ella le daría un sí.

Tal vez si se hubiera levantado a tiempo, o si su hijo no hubiera llegado tarde, o si no hubiera visitado a Keiko... Si tan solo una de las cosas que lo retrasó hubiera cambiado, el resultado de ese día hubiera sido completamente diferente : Toga Taisho habría recibido una respuesta afirmativa por parte de Izayoi. Ella lo habría abrazado y besado con todo su amor, olvidando por completo todas las cosas de su pasado.

Pero nunca nada resulta como las planeamos.

Todo sucedió en tan pocos segundos que pareció que el tiempo se detuvo.

Solo pudo sentir el fuerte golpe que lo impactó; su cuerpo chocó con el parabrisas de ese auto, su cabeza golpeó de lleno contra el grueso cristal y cuando el vehículo se detuvo, por inercia, toga fue a dar contra el duro pavimento.

Describir como se escuchan los huesos romperse sería algo imposible para él en ese instante, porque solo pudo enfocarse en que su cuerpo dolía y mucho, tanto que no lograría estar de pie, ni siquiera su cuello lograría soportar el peso de su cabeza.

– ¡Togas...!

Escuchó su melodiosa voz inundando su conciencia.

Quiso hablar, pero no pude hacerlo. El sabor de la sangre inundo su boca. Escucharla lo hizo tan feliz, que le mostró a la noche su preciosa y varonil sonrisa llena de espeso rojo.

Él no pudo oír los gritos desesperados de Izayoi, y tampoco como ella lloró a causa de él se vio destrozado. Lo último que pudo ver fue el montón de pétalos escarlatas volando sobre su rostro, como si fuera una hermosa lluvia de estrellas.

S:S:S:S:S:

– Los doctores dicen que no hubo nada que se pudiera hacer.

La voz de su hermano la percibía como si fuera un eco lejano, tan retirada que parecía que entre los dos existiesen años luz de distancia.

"Si hubiera llegado antes..."

– Sesshomaru, ¿me estás escuchando?

La voz rebelde de Inuyasha sonaba cortada, como la de un niño pequeño que quisiera estar en otro lugar, menos ahí, frente a su padre muerto; y por un momento, deseo poder escapar junto con él.

Sintió que el mundo se le vino encima, Seguía sin entender que su padre no estaba dormido, que yacía ya muerto sobre la cama del hospital y que jamás volverá a pelear con él. ¿Qué clase de hijo era? Ni siquiera estuvo junto a él en su último aliento.

– ¿Sesshomaru?

Miró los ojos dorados de su hermano y se arrepintió al instante, él estaba llorando. Inuyasha se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano intentando que nadie viese su dolor.

Algo exploto en su cabeza, tan fuerte e intenso que por un instante no creyó que ese ruido solo sucediera dentro de sí mismo. Sintió unas manos tocando su antebrazo, ese delicado toque le sacó un susto, tanto que las apartó con un fuerte e impulsivo golpe.

– No me toca.

Tarde se dio cuenta de que era Kagome. La había lastimado sin querer. Ella no estaba enojada por su comportamiento, lo entendía. Más que nadie sabía lo que era perder a un padre y quería brindarle todo su apoyo.

Sesshomaru solo viola en sus ojos azules. Se dio cuenta de que ella daría lo que fuera por no verlo caer, pero lo que menos deseaba es que lo viese tan abrumado. Para él era importante que su Kagome lo viese como un pilar, que no se diera cuenta sobre algunos sentimientos dentro de él imposibles de controlar y verse como débil.

Sin decir nada, se giró para salir de la habitación, escuchando el llamado de Inuyasha.

Era un miedoso que no soportaba lo que pasaba. Se subió a su auto y manejo sin rumbo fijo. Quería irse lejos, en algún lugar remoto donde nadie pudiese ver como las lágrimas se acumulaban.

Lo que menos esperaba es que Kagome lo viese tan... derrotado. Hasta ella había tenido más valor cuando vio a su padre completamente deformado.

–Eres un cobarde–. Se dijo a sí mismo como insulto cuando se vio en el retrovisor.

Fue solo un segundo que se distrajo, lo suficiente para irse de lleno contra el poste de un anuncio.

Su pecho golpeó contra el volante lo justo como para dejarle magullada la piel. Se quedó en shock, no supo cuánto, hasta que vio como algunas personas lo auxiliaban. Daba gracias a que traía puesto el cinturón de seguridad.

Se bajó del auto tambaleándose, y cuando sus piernas dejaron de temblar, solo se giró para irse del sitio.

– ¡Tu auto! –. Grito una mujer.

Él volvió la mirada, su precioso Jaguar estaba arruinado. Abandonó todo y se perdió en el alcohol toda la noche.

S:S:S:S:S:

Inuyasha solo miraba el cabello negro de Kagome en cada semáforo que los detenía.

Ella solo tenía la vista fija a la calle sin decir ni una palabra, sus manos estaban apretadas sobre sus piernas con mucha ansiedad, esperando encontrar en la acera alguna figura masculina y alta que fuera Sesshomaru.

– Si tienes frío, puedo poner la calefacción más alta–. Dijo cortando el silencio.

– Gracias–. Ni volteo a verlo.

Sesshomaru desapareció y ellos ingeniosamente lo esperaron en el hospital, pero siendo la una de la mañana Inuyasha decidió llevarla a su casa. –No te preocupes por él, Kagome.

Ella lo miró y le sonrió gentilmente.

Inuyasha vio sus ojos azules tremendamente tristes. Él seguía teniendo rencor por lo que hizo con su hermano; sin embargo, verla así de afligida le hizo darse cuenta de que no quería verla obtener. Ya la había lastimado muchas veces, no quería seguir abriendo las heridas que estaban sanando.

– Gracias, Inuyasha–. Kagome abrió la puerta del auto al momento de percibir que él se bajaría a hacerlo. –Si necesitas algo por lo de tu padre, no dudes en decírmelo.

Asintió agradecido. –El idiota estará bien–. Tuvo la necesidad de confirmarlo, no le gustó seguir viendo tristeza en ella.

Kagome le sonrió y él esperó a que entrara a su edificio antes de partir.

Cuando estuvo solo quiso llorar. Se sintió muy mal, porque en otros tiempos, ella habría ido a consolarlo, diciendo palabras esperanzadoras y dado todo su amor. Ahora, todo eso era para su hermano, solo para él. Sesshomaru al parecer la quería y cuidaba de no arruinar las cosas.

A Inuyasha no solo le bastó arruinar su relación con Kagome, también con Kikyo.

Sin perder más el tiempo, se dirigió a su departamento, solo para verla. Las calles a esa hora estaban vacías, cosa que agradeció porque iba a conducir a cien kilómetros por hora.

Al llegar, tocó varias veces la puerta, pero nadie atendió. Eso lo puso más deprimido, si ella no estaba, significaba que estaría en compañía de otro hombre. Ese simple pensamiento le dolió, tanto que en lugar de respirar y sintió que varios suspiros fueron arrebatados al aire por su boca.

Fue un completo malnacido, la había dejado en las garras de otro cuando era él quien deseaba tenerla entre sus brazos. Todos esos meses lejos la extrañó tanto que tenía miedo de perderla para siempre.

Se deslizó por la puerta gruesa hasta caer contra el suelo. En su desesperación chocó, pausada y lentamente, la cabeza contra el duro metal, cerrando los ojos en el proceso de golpearse. –Eres lo peor. idiota Imbécil. estúpido. Bastardo...

– ¿Inuyasha?

Él pudo ver a Kikyo parado a unos metros y en sus manos se encontraron dos bolsas con mercancía.

– ¿Qué haces aquí? –. Ella había ido a comprar a una tienda de conveniencia. Esa noche no podía dormir, así que dispuso a relajarse dejó la tina de agua caliente llenándose, creyendo que ponto tomaría un largo baño. Cuando el elevador abrió sus puertas y vio a Inuyasha sentado en el piso esperándola, no pudo evitar sentir un dolor en el corazón.

– Yo...–. Se puso de pie y sin importarle nada, se aventó hacia Kikyo para abrazarla.

Todas las cosas fueron a dar al piso, sin importarle nada más que abrazarlo con todo su amor. Ella sintió que volvía a estar viva, él era su todo y su ausencia solo la estuvo matando. Pero su pecho se oprimió de nuevo al escuchar el llanto sobre su hombro. –¿Qué sucede?

– Mi papá... murió.

Kikyo lo apretó aún más, intentando demostrarle que estaría para él. –Ven, vamos adentro, hace frío–. Él asintió dejándose llevar por la delicada mano, y ella abrió la puerta, dejándolo pasar. –Siéntate, en un momento de regreso–. Fue por las bolsas, así como a cerrar la llave de su baño.

Inuyasha se sentó en la silla del comedor para esperarla, notando un saco color negro en el respaldo; lo vio, y se dio cuenta de que era de hombre. Cuando Kikyo regreso, no dudo en cuestionarla. –¿De quién es esto?

Ella le dijo la verdad a la vez que le restaba importancia al levantar sus hombros. –De Bankotsu, se le olvidó el otro día. Ayer salió de viaje, me pidió que se lo cuidara.

Él sintió que su corazón parecía romperse. –¿Es tu novio? –. Tenía que preguntárselo, porque se carcomía por dentro.

– Todavía no.

Eso fue peor, no esperaba ver que ella pudiera estar con alguien que no fuera su novio. Si era necesario, obligaría a ese hijo de perra a que se le declarara. Kikyo no merecía que ningún hombre se atreviese a jugar con ella.

"Tú la trataste peor." Dijo la maldita voz de su cabeza.

Era cierto, pero quería redimirse. Casi perdía la cordura por su ausencia. –Siento... mucho lo que paso, Kikyo.

Ella le tomó la mano y el rostro. –Ya olvidado–. Y le dio un pequeño beso en la frente. Por supuesto que lo perdonaba y lo hacía con gusto. No había nadie más importante que él. –¿Cómo te sientes?

Inuyasha la sujetó por la cintura, apretándola contra él y escondiendo su rostro. –No puedo creer que este muerto–. Y la voz se le cortó, haciendo que las lágrimas le mojaran la ropa femenina.

Le acaricio el cabello platinado, escuchando como se desahogaba. No podía verlo así, y lloró, lo hacía por él, lo amaba tanto que su dolor era el suyo. Lo sujetó con fuerza, sabía que, sí él se iba, ella podría morir de tristeza.

Inuyasha escuchó y levantó la cabeza, sin aflojar el agarre que hacía con sus brazos. Sus ojos dorados chocaron con las piedras preciosas que eran las pupilas avellana. Sin intención se sonrojó, definitivamente lo ponía nervioso; así que solo se limitó a seguirla sujetando de su cintura, oliendo lo maravilloso que podría llegar a ser la esencia de jazmín.

– Te necesité tanto todo este tiempo. Yo... sentí que mi mente me jugaba mal, como si el mundo se hubiera detenido.

Kikyo sintió que en su vientre revoloteaban mariposas. Las orbes doradas estaban tan brillantes que parecían iluminar toda su alma, él no la había mirado así antes. –Ven, vallamos a que te sientes en el sillón. Me quedaré despierta contigo toda la noche.

Inuyasha asintió y la soltó sin intención, dejando que ella preparara café, y mientras, él solo podía observarla. Parecía más bonita y relajada. Y de pronto los celos afloraron. Por su culpa ella estaba con Bankotsu, seguramente era el encargado de tenerla así. ¿Y él que hacía por Kikyo? Solo darle dolores de cabeza.

"¿Qué lugar ocupa en tu vida?"

Esa pregunta que le hizo ella cuando eran niños se asomo en de recuerdos. Él comprendía que la quería y la necesitaba, pero... ¿Por qué no era capaz de tomarla como suya? ¿Por qué cada vez que la abrazaba sus manos se detenían para no tocarla?

Era muy consciente que ella era preciosa y que lo amaba, solo a él ya ningún otro, pero... el miedo de perderla lo seguía atormentando. ¿Valia la pena arruinarlo todo por una relacion que podria fracasar?

– Te le puse azúcar y canela, para que te relajes un poco–. Se sentó junto con él y le dio una taza.

Él le dio un trago, no le gustó mucho el café negro, pero en ese momento le sabía delicioso. Dejando que el calor lo relajase, dejó la taza en la mesa decorativa, y sin pedir permiso se recostó contra el regazo femenino.

Kikyo entendía lo que quería, y era que lo mimaran. En todo el rato no se pensó en Bankotsu, porque su concentración estaba en masajearle sus toscas manos.

Él cerro sus ojos, aceptando cualquier caricia.

Le delineo dulcemente el rostro con sus dedos, él era tan guapo con su quijada marcada, su nariz recta, sus cejas negras que hacían contraste con su cabello platinado. Sin poderlo evitar se acerco a sus labios y le dio un muy ligero beso. Cuando levanto el rostro, Inuyasha tenía esas impresionantes pupilas sobre ella.

Sin importarle nada volvió a hacerlo. Los labios masculinos eran tan suaves que no pudieron detenerse. Ese simple roce hizo que viera las estrellas más veces que cualquier placer sexual obtenido y solo era por el simple hecho que ella lo amaba tan intensamente que sintió que esa pequeña caricia era suficiente. Lo amaba tanto que le era imposible amar a otro que no fuera el hombre que tenía en sus brazos.

"¿Qué lugar ocupa en tu vida?"

No quería perderla. Deseaba regresar en el tiempo y tener doce años, para haberla besado como se merecía, que ella fuera su primera vez, que no hubiera existido Kagome en su vida ni mucho menos Sango, y que Bankotsu jamás se hubiera acercado para quitársela. Y se odiaba mucho más a si mismo, por haberle construido a Kikyo ese pedestal donde tenía miedo de alcanzarla.

Ante sus pensamientos él se incorporó de repente, dejándola sorprendida.

Lo supo, la estaba deteniendo. Estaba diciendo entre palabras mudas que era incorrecto querer satisfacer toda la ausencia en una situación tan triste, pero sencillamente no pudo evitarlo. –Lo siento, yo... no sé qué me paso–. Se puso de pie, siendo seguida por la mirada dorada. –Te traeré un cobertor para que duermas aquí.

Ante su silencio, ella sintió su alma romperse.

Al llegar a su habitación, tuvo la necesidad de meterse al armario, solo para llorar. Le dolía mucho que él no pudiese quererla. Que no quisiera darse cuenta de que era todo en su vida. Sin él parecía que el sol estaba muerto, que la luna no brillaba y que la ciudad era desierta.

Claro que le gustó Bankotsu mucho, era gracioso, desenfadado y guapísimo. Pero Inuyasha... su querido amigo, él casi era la descripción literaria que ella le daba a ese sentimiento intangible llamado amor. Estaba tan adherido a su piel que en su vida anterior de seguro lo había amado, y estaba segura de que cuando reencarnara, su siguiente vida también se enamoraría de él.

Abrazó su cobija favorita y se limpió las lágrimas. Cerró las puertas del armario y se giró a la salida de su habitación. Quedando sorprendida de que estaba parado en la entrada.

– Me asustaste.

Inuyasha le sonrió tiernamente. –Kikyo, ¿puedo dormir contigo?

Su voz le sonó igual a la de cuando eran niños. Ella asintió, no era la primera vez que lo hacían. Ambos se acostaron en la cama y se tomaron de la mano. Ambos miraban al techo en silencio, escuchando la respiración del otro.

Inuyasha gimoteó, era obvio que estaba llorando. Se incorporó y dejo que su larga cabellera negra cayera con gracia sobre la superficie suave de la cama, se acercó a él y lo abrazó, recargándose sobre el duro pecho de su amado.

Él se cubrió la cara por vergüenza. –Siempre he sido un idiota, y él lo sabía. Intento resolverme la vida tantas veces y yo se lo permití. Ahora, ya no sé qué hacer.

Kikyo se incorporó levemente para quedar de costado y estarlo viendo. Despacio le quito la mano del rostro y le sonrió con toda su ternura.

Inuyasha dejo que ella viese todo su dolor.

Le pasó los dedos por el cabello platinado y las mejillas. –Él te amaba tanto que te deseaba ayudar–. Hizo una pausa leve para poder controlar su voz. –Quiero que sepas que yo creo en ti. Sé que harás las cosas bien y que te volverás ese hombre que siempre ha querido ser.

– ¿Cómo puedes confiar en mí así?, solo soy un montón de problemas que ni siquiera sabe qué hacer consigo mismo.

– A lo largo de tu vida te equivocaras, no temas a hacerlo.

Las pupilas doradas estaban llenas de lágrimas. -Tengo miedo.

– Sé que lo podrás hacer, solo necesitas tener más seguridad en ti mismo. Y si las cosas salen mal, solo recuerda que hasta los planetas chocan y del caos nacen las estrellas.

Inuyasha se encontraba hipnotizado por su voz y sus ojos, Kikyo parecían brillar solo para él. –Quiero que sepas que me sentí muy mal con las cosas que te dije. Lo siento.

Ella le sonrió. –Gracias por dejar de ser un imbécil.

Ambos soltaron una risa. Kikyo seguía acariciándolo y él posó su mano izquierda sobre la espalda femenina. Sin que se dieran cuenta, prácticamente ella tenía todo su cuerpo delgado sobre Inuyasha, pero no les importaba, lo único que hacían era tocarse.

"¿Qué lugar ocupa en tu vida?"

Inuyasha con ambos brazos la rodeo por completo y así abrazarla contra él. –No merezco nada de ti.

– Lo mereces, pero te niegas a aceptarlo–. Se acercó sintiendo el aroma que la boca de Inuyasha despedía, era whisky y podía palparlo con solo olerlo... era exquisito, tanto que le aturdía los sentidos. –Solo dilo, Inuyasha–. Le dio un beso en la mejilla. –Dime que me quieres y seré tuya.

Cerro sus ojos al sentir como él la soltaba. La apartaría, estaba segura. Su corazón se apretó tanto que le dolió. Hasta que... sentí una caricia en su rostro y como los toscos dedos se enredaban en su larga y lacia cabellera negra. Los abrió, para poder apreciar como su Inuyasha la besaba en la frente, después en la barbilla y sin más, directo en la boca.

Lo hizo porque toda su vida deseo hacerlo como se debía. Descubrió que Kikyo sabía a hierbabuena fresca, tan agradable que le robaba la respiración solo de degustarla.

Ella no lo creía, era el mejor beso de todos. Él era tan rudo que invadió con su lengua y el saboreo a su antojo, y ella lo permitió dejándose tumbar en la amplia cama con su espalda tocando el colchón mientras Inuyasha la besaba como en su vida lo hizo.

– Kikyo...–. Susurro contra sus labios al momento de besarle de nuevo.

Y siguió haciéndolo, pero de manera tan desesperada que cuando Inuyasha empezó a tocarla, ella también lo hizo. Por primera vez uno de sus deseos se volvió realidad, y eso era tenerlo, solo para ella.

Los besos desesperados se volvieron tan frenéticos. Pensar estaba prohibido y no querían detenerse a perder el tiempo.

Inuyasha se quedó un segundo mirándola cuando le quito la blusa. Su exquisita piel era tan blanca y delicada que le dio miedo tocarla para no lastimarla, pero al ver los ojos depredadores que ella le brindo, solo puro enterrar su cara en su cuello y besarlo. Sus manos estaban tan anhelantes a tocar más que le tomo un seno sobre el brasier y se lo apretó de forma fiera, solo como él sabía hacerlo.

Eso no le dolió ni un poco, ella siempre esperó que él fuera así de salvaje, y cuando sus besos húmedos consiguieran descender, Inuyasha le mordió la clavícula y el hombro, de forma tan fuerte que le dejaría una gran marca.

Él no lo notó, se dedicó a quitarle el brasier para ver los perfectos y más hermosos pechos que en su vida vio. Paso su lengua sobre un lunar que descubrió que tenía en un seno derecho, haciéndolo apetecible. Viendo lo dura que se ponía ante tanta fricción que ejercía sobre sus exquisitos y fruncidos pezones, paso la lengua y los probos.

– Eres... deliciosa–. Dijo entrecortadamente. Le gustó tanto que abrió su boca masculina para introducirse uno casi completamente, y succionarlo, mientras que el otro, lo apretó con sus dedos a tal punto que lo estiro con ansiedad.

Kikyo solo podía arquear su espalda de placer, y al sentir como la transportada soltó un gemido tan placentero que hizo eco en su garganta, cosa que le dio algo de vergüenza, no dejaría ver tan pronto que tan rudo le gustó el sexo.

– Inuyasha... espera.

Escuchó cuando la sintió tensarse entre sus brazos, notando que ella tenía los ojos cerrados.

– ¿Te lastimé?

Ella le sonrió y negó. –En verdad deseo esto, pero me gustaría que fuera otro día, lo de tu padre...

Inuyasha le sonrió. No tenía que explicarle, comprendía que ella quería que fuera algo más especial. Gentilmente, la cubrió con el cobertor mientras se despabilaba, por lo que había un punto de hacer.

Se acurrucó cuando Inuyasha la hizo girar despacio, dejándola con su espalda pegada a su pecho, y la abrazó con sus fuertes brazos, rodeándola para poder estar oliendo su cabello. Ella lo sujeto de los brazos sintiendo las venas marcadas por donde iba tocando.

Él era tan caliente, que no necesitaban de estar vestidos para no morirse de frío.

– Quisiera que te quedaras siempre a mi lado–. El sueño le ganó poco a poco. Esa noche pudo dormir tranquila.

A la mañana siguiente, Inuyasha se fue sin despedirse.

S:S:S:S:S:

Kagome recibió el llamado del portero avisándole que Sesshomaru Taisho subía a su Penthouse. Ella sonreía esperando a que llegara para poder reclamarle donde se había metido en toda la noche, pero cuando las puertas se abrieron le dieron ganas de llorar. Su Sesshomaru estaba en el piso apestando un licor ya cigarro. Seguía llevaba la misma ropa que la noche anterior.

– ¡Kaede, prepara café negro muy cargado y algo de comer!

La anciana corrió a la cocina y Kagome quiso que en ese momento alguien las ayudase con tremendo cuerpo que estaba casi inconsciente tirado en el piso.

– ¡Arriba, Sesshomaru!–. Lo jaló del cuello del abrigo, pero el peso era demasiado.

Los ojos dorados se abrieron y le sonrió ligeramente. –Kag...

Ni siquiera era capaz de articular palabras. Estaba perdido en alcohol y apestaba tanto, pero a ella no le importo.

Él la sujeto del hombro y la jaló con solo el peso de su mano hasta tirarla de rodillas.

– Vamos, Sesshomaru. Por favor, necesito que me ayudes.

Kaede llego corriendo con ella.

– Por favor, prepara la tina con agua fría y márcale a Inuyasha, dile que ya apareció.– La anciana asintió haciendo lo que le pedían. –Sesshomaru, mírame–. Le susurró tomándole de la barbilla y haciendo que él pusiera sus pupilas en ella. –No puedo cargarte, pero si me ayudas, te dejaré bañarte en mi cuarto y podrás dormir a mi lado. ¿Te agrada la idea?

Los ojos estaban completamente rojos y perdidos, aun así, dentro de la conciencia que le quedarían, algo lo motivó a levantarse. Batalló, y fue muy pesado para Sesshomaru hacerlo, pero se preparó poner de pie, solo para aventarse hacia Kagome que casi se cae con tremendo peso.

Haciendo uso de la fuerza que tenía, lo saco del elevador y por accidente lo dejo caer. Él soltó un quejido al chocar con el piso. -¡Lo siento! –. Grito agachándose a su altura. –¡Kaede! ¡Háblale al conserje, que nos ayude!

Hicieron falta dos hombres para ayudar a subir a su alcoba. Donde entre ella y Kaede lo desvistieron.

– ¡Que te paso! –. Exclamo asustada viendo un gran hematoma en el pecho masculino.

Él quiso contestar. –Mi... auto.

Kagome sintió mucho dolor por como lo vio, estaba completamente perdido, como si el alcohol no fuera lo único que consumió en toda la noche. Con todo su esfuerzo lo metió al agua.

– ¡Está fría!–. Soltó Sesshomaru abriendo sus parpados de repente.

Kagome sonrió de felicidad. Lo hizo reaccionar. Tuve la experiencia con tantas aventuras de Sango. –Lo sé y lo siento, te ayudaré a bañarte.

Los ojos somnolientos de Sesshomaru estaban fijos en ella. Kagome se sujetó su cabello, dejando ir el agua fría para comenzar a llenar de nueva la bañera con agua caliente. Despacio comenzó a lavarle el cabello, esas sedasas hebras plateadas parecían hilos hechos por los mismos dioses, porque cualquier otro mortal estaría con el pelo hecho jirones, y solo pudo darse cuenta de que Sesshomaru estaba perdido por tres cosas: sus pupilas menos frías, sonreía y más hablaba de lo normal.

– Ayer... te pegué, sin querer. –Su voz también delataba que estaba más que borracho.

Kagome dejólo pasar, entendía su dolor. –Ya no importa.

Le enjuago el cabello, y con una esponja de baño empezó a pasarlo por sus brazos con toda la delicadeza que su amor por él le permitía. Solo poder sentir como las pupilas doradas estaban fijas sobre ella.

– Nunca... vi a nadie... tan hermosa como tú–. Le dijo sonriéndole.

Sus palabras la hizo sonrojar.– Sesshomaru, estás borracho, por eso lo dices–. Continúo limpiando, respetando que él estaba desnudo, solo paso la esponja por arriba de su miembro, y paso directo a sus largas y torneadas piernas.

– Lo digo porque es... cierto. Tan solo verte... lo supe.

Kagome sabía que Sesshomaru se ponía modo parlanchín cuando estaba en ese estado y le gustaba, para él era tan difícil expresarse, que incluso con ella se le dificultaba hacerlo. –¿Qué supiste?

– Nunca te dejaré ir–. Sentencia con sus ojos fijos en los azules.

Puso la esponja despacio en su pecho, para limpiarlo. –Estoy aquí contigo.

La mano de Sesshomaru apretó la femenina con mucha fuerza, tanto que Kagome soltó un quejido. –Eres... solo mía.

– Mi duelo, Sesshomaru.

La sonrisa sensual se hizo presente, acompañada de mostrarle sus dientes perfectos. –No te escaparás de mí.

– Estoy aquí, contigo–. Kagome le acaricio el rostro, para ver si con ese gesto él se tranquilizaba. Sintió que los dedos masculinos iban aflojando el agarre, pero se quitaron firmes. No la soltó.

– Quiero todo–. Él le mostró su perfecta sonrisa. Como si fuera un depredar mirando a un animal indefenso.

Ella no sabía cómo tomarse sus palabras, él se sonreía mostrándole hasta los dientes. –Ya me tienes–. Dijo y siguió acariciándole el rostro. –No necesitas desconfiar de que me iré de tu lado.

Él negó. –Dije todo–. Cerró los ojos y dejó que ella lo consintiera, y sin querer, dijo lo que en su mente se forjaba. –Voy. A. Embarazarte.

Kagome se sorprendió tanto que tembló cuando él volvió a abrir sus pupilas doradas. Como si quisiera saltar sobre ella, y estaba segura de que, si él no estuviera en ese estado, ya lo habría hecho.

Seguía sin soltarle la mano, y la tina estaba por rebozarse del agua caliente. –Suéltame, necesito cerrar la llave.

- No.

El agua empezó a escurrirse, mojándole la ropa, cosa que la molesta. Con toda la firmeza que podía, habló: –No necesitas dejarme embarazada, no me apartaré de ti–. Su mirada azul estaba sin temor fijo en él. –Además, estoy tomando anticonceptivos.

Al escuchar eso sus cejas se arquearon molestas, volviendo a hacer más firme el agarre sobre su delicada mano, la jalo con tanta fuerza que se cayó dentro del agua junto a él. Mejor dicho, sobre él.

– ¡Porque lo hiciste! –. Grito, enfadada, golpeando un golpe nada suave sobre el hombro.

Él la miraba como devorándola. –No quiero que los tomos.

Y eso la molestó, mucho. –¡Pues no me pienso embarazar! Soy muy joven y tengo tantas...

Se vio interrumpida por la boca de Sesshomaru la de tal invasión forma que sus palabras se perdieron ante el beso que recibió. Cuando la soltó, ambos estaban tan cuidadosos de aire que sus respiraciones se acompañaron.

– Dejarás de tomarlos.

Él le estaba dando órdenes, y eso la hizo enojar. –Escúchame...– Susurró con advertencia. –Voy a fingir que no has dicho nada de eso, pero cuando estés más consciente deberás dejar a un lado tus motivaciones, o en verdad me enfadaré tanto que no volveré a hablarte.

A pesar de su muy mal estado, Sesshomaru comprendió que tan reales eran sus palabras. Sin más la dejo ir, Kagome se salió como pudo de la bañera, y agarro una toalla para cubrirse.

– Ven, tienes que comer algo–. Dijo ya más tranquila.

Lo ayudo a vestirse con ropa que aún conservaba de su papá, ella también se cambió. Con cuidado lo acostó en la cama. Como si fuera un niño le dio un poco de sopa caliente y café, directo en su boca.

Cada vez parecía más él mismo, como si la sombra de lo que se hubiera consumido se estuviera extinguiendo dentro de su interior poco a poco.

– ¿Viste a Inuyasha? –. Preguntó.

– Si–. Dijo sin poder dejar de mirarlo. –Él necesita que esté a su lado.

Sesshomaru apartó la bandeja y entrelazo sus dedos con las femeninas. Ella solo atinó a besarle las manos. Mostrándole su apoyo total. –Soy un cobarde.

Kagome negó. –No lo eres. Solo se te dificulta mostrar tus sentimientos–. Hizo una pausa. Los ojos dorados estaban fijos en ella. –Eres la persona más fuerte que conozco, y llorar por la muerte de tu padre, no te hace débil. Estoy seguro de que él estaría tan orgulloso de ti.

Negó. –Él nunca lo estuvo.

– Te amaba y se sentiría orgulloso ver que te estás convirtiendo en el hombre que él nunca fue–. Kagome casi lloraba, le dolía demasiado verlo así.

Ella le dio un ligero beso en los labios. Sintiendo con ese simple acto una cálida energía proveniente de la pequeña criatura que le brindó su apoyo, como si fuera un ángel que curase todas las heridas por donde tocaba. Y la abrazó atrayéndola hacia él. Ambos estaban acostados en la cama.

En respuesta, Kagome lo sujetó, sintiendo de pronto como él le daba un pequeño beso en la cabeza.

Poco a poco Sesshomaru se quedó dormido. Estaba seguro de que, al despertar, él tenía dos opciones: encarar todas las cosas que dijo o, simplemente hacerle caso, y fingir que no dijo nada.

En la mente de Sesshomaru seguía librándose una batalla consigo mismo de cómo hacer para que ella no se alejase. Si ella no quería embarazarse, tal vez podría buscar otros medios diferentes, porque estaba más que seguro que nunca dejaría que se fuera de su lado. Era ella y solo ella quien se convertiría en su mujer. Nadie más lo quiso tanto, y nadie más lo había hecho sentir ese calor en su corazón.

Continuara...