CAPÍTULO 9: DOS METROS BAJO TIERRA.
Sesshomaru admiró la foto de su padre enmarcando la primera plana de los periódicos. Sabía de antemano que la muerte de una figura pública sacudía siempre a la ciudad, pero no se imaginó a qué hasta esa fecha.
Inuyasha y él acordaron que la urna de las cenizas reposaría en la bóveda de los Taisho, por lo que decidir organizar una reunión en su memoria en la mansión, la cual se atiborró de personas. De cierta forma eso lo complacía, era fiel creyente de que entre más miedo te tienen más flores recibidas, y ahora lo confirmaba.
Su padre no era ningún santo, desde joven tenía la de ser un hombre de decisiones fama y mano dura... Excepto con la propia familia Taisho.
Conocía superficialmente la historia sobre la herencia que Toga nunca recibió de su abuelo, y Sesshomaru solo había visitado a sus parientes una vez en más de cinco años. Cada integrante era peor que el otro, todos obsesionados con la política y con el partido conservador. Daba gracias a que su padre dejó toda esa mierda de vida, porque pensar en eso le daba dolor de cabeza.
Lo único que en que quería entretener a su mente era en ver a Kagome. Tantos eran sus deseos de llevarla a su habitación, que estaban tentados en cortar de tajo la conversación casi unilateral que entablaba con uno de los socios de la constructora.
Se pasaron los dedos suavemente por el ceño, estaba muy ansioso, conocía la única manera que su cuerpo tenía de liberar ese estrés, pero no quería asustar a Kagome tomándola en ese momento. Era una idea terrible. Así que se limitaría a verla y de lejos para no caer en la tentación.
Ella era sumamente dulce... cuando él no la hacía enfadar a apropósito. Había estado en todo momento a su lado, susurrándole palabras cariñosas y caricias para reconfortarlo, atenta y preocupada por consolarlo. En cambio, Sesshomaru únicamente podía pensar en pasarle la lengua por todas sus zonas erógenas hasta que se corriera entre sus brazos y pronunciara su nombre con cada temblor.
Era un sucio, siempre lo fue y no se arrepentía.
Desde que era muy joven perdio la virginidad y muchas mujeres pasaron por sus manos, pero ella, su Kagome... despertaba en el un impulso sexual desconocido. Era algo que aún no lograba identificar que lo provocaba. Por un lado, un raro temor a que lo dejase, por otro, en su mente se visualizaban todos los caminos posibles en que pudiera profanar su exquisito cuerpo.
Algo en Kagome lo hacía caer tan profundo hacia su misma decadencia que lo hacía sentir feroz, con un apetito imposible de llenar, cómo si la lujuria aumentara con cada toque y cada susurro. De cierta forma la culpaba, porque eso llevaba un vestido con medias negras, y solo podia imaginar que ella usaba liguero con esa prenda.
A su lado se encontraban Koga, Ayame y Sango. Confiaba que su chica no le haría caso a ese imbécil, y que él estaba lo suficientemente listo como para no meterse en su relación... O eso pensaba, hasta que posó la mano en la cintura de Kagome, rodeándola sin ningún problema al ser bronceado estrecho.
¿Celoso? Por supuesto, y en aumento cuando el moreno le susurró algo en su oído.
Se bebió el contenido de su copa, se disculpó con el socio, y se dirigió al grupo.
–Koga–. Su mirada dorada estaba fija en los ojos azules arrogantes. Como si un león estuviera a punto de matar a otro.
Ante el llamado, le sonrió arqueando su boca, como un gesto de burla, muy lentamente soltó a Kagome. –Amigo, lamento tu pérdida–. Le tendió la mano como símbolo de fraternidad. Lo provoco a propósito.
Devolvió el saludo, pero sus pupilas le advertían en silencio que lo mataría.
Y su receptor capto el mensaje, quiso retirar su mano, pero se la sujeto con mucha fuerza. Koga se dio cuenta rápidamente que Sesshomaru no era Inuyasha, al cual solía molestar. El menor de los Taisho normalmente respondía con insultos y golpes, pero el mayor... no permitía juegos.
La tensión se hizo evidente, tanto que Kagome intervino. Tomo la mano derecha del peliplata, la cual seguía sujetando la de Koga, y le sonrió.
Sesshomaru sintió los dedos femeninos deslizándose sobre su brazo como en cámara lenta y como ella los entrelazaba con los suyos para hacer firme la unión.
Esa acción sucedió que todos se dieran cuenta del poder que Kagome ejercía sobre él.
– Koga me platicaba que tiene una cabaña en la montaña y nos la ha ofrecido por si un día queremos ir todos de campamento–. Kagome le sonreía.
El encantador momento se perdió a causa de que Sesshomaru volvió a fijarse en su "amigo" para apuñalarlo con la mirada.
– Sería bueno para Inuyasha que se distrae un poco–. Comentó Sango, quien se preocupó de verlo bebiendo solo en el jardín.
– Sí, y podemos prender una fogata, asar bombones y tal vez pasear en el lago–. Ayame comentó muy feliz.
La atención de Sesshomaru estaba fija en Kagome. No era muy partícipe a expresar mucho delante de otros, pero simplemente no podía evitar sonreírle. –Si tú quieres.
Kagome se puso completamente roja; él nunca hizo algo así delante de sus amigos, y sus sentimientos casi explotan de su corazón, cuando vio esa sonrisa decorando su perfecto rostro.
Una sensación extraña le recorrió la espalda, levantó la vista y notó un par de ojos rubís fijos en él. Un hombre y una mujer vestidos completamente de negro lo miraban desde lejos. Ambos se engalanaron con ropa de diseñador, pulcramente nueva. Era imposible no mirarlos, sobre todo a la mujer, quien con su vestido diminuto y amplio escote robaba el aliento de todos los caballeros a su alrededor.
– Mierda–. Susurró.
– ¿Los conoces? –. Pregunto Kagome con curiosidad.
Era una pareja hermosa que iba agarrada de la mano. Tan guapos que parecían hipnotizar a todos.
-Si-. Eran los Taisho, a los que estuvieron impidiendo por años, y de los cuales, hubiera sido preferible seguir ignorando su existencia.
Sesshomaru no pudo decirle a Kagome que la visita a la cabaña probablemente no pasaría.
S:S:S:S:S:
Izayoi se encontró parada justo frente a la urna de las cenizas de Toga. Miraba contemplativamente la hermosa foto de él sonriendo; se vio espléndido y arrolladoramente guapo. Su cabello platinado peinado perfectamente y la sonrisa altanera en su rostro resplandecían.
– Dulces sueños, mi amor.
Las lágrimas cubrieron su rostro y el dolor la invadió. Ella lo vio caminar hacia su galería esa noche, con un enorme ramo de rosas rojas en su mano y con la otra metida en su abrigo por el frío.
Una y otra vez sucedía en su mente los eventos, su cabeza parecía una película de terror con las piezas que podía recordar: El auto impactándolo, Toga en el piso, el viaje a la ambulancia, la voz de Inuyasha y de ahí... nada Ella se desmayó.
No dormir ni comer, ahora era parte de su rutina, se sintió muy mal consigo misma. Ella muchas veces deseó que él desapareciera del mundo, y lamentablemente, se le cumplió.
El dolor era una acumulación de arrepentimiento y desolación. Sentía que el vacío se adueñaba de su corazón y lo desinflaba con un apretón.
Con todas sus fuerzas deseo tener de nuevo veinte años para fugarse con él y hacer el amor en la playa. Siendo felices con la musica y la fotografia. Yendo a todos los lados sobre su motocicleta. Viviendo desnudos en el departamento que alguna vez soñaron en alquilar.
Quiso respirar, pero no pudo, la desesperación la invadió. Inmensos gimoteos llenos de ansiedad se desarrollaron a escuchar de su boca, tanto que tuvo que cubrirla.
– ¿Por qué fuiste esa noche? –. Susurró mirando la foto. El coraje se expuso en cada palabra.
Miroku se acercó a su madre. Ella lloraba como nunca, ni siquiera por su padre había llorado tanto. Dulcemente, la abrazó.
– Si no hubiera ido, estaría vivo–. Dijo ahogando el lamento en el pecho de su hijo.
Él le acaricio la espalda muy despacio. –Fue un accidente, mamá. Son cosas que pasan.
Ella no estaba segura de eso, cuando despertó, la policía le cuestionó sobre el Mustang que fue abandonado cuadras después. En esos momentos, no tenía cabeza para pensar en el pobre diablo que escapó de la justicia después de matar a uno de los empresarios más ricos del país. Accidente o no, ella solo quería que la dejaran de cuestionar.
Todo empeoro cuando Inuyasha se presento a su domicilio, dio un anillo de compromiso que Toga pensaba darle, eso termino por aniquilarla.
– Vámonos a casa, ya no puedo estar aquí–. Le dijo a su hijo. Era cierto. Si se quedará, se condenaría a sí misma a la perdición y al dolor.
A lo lejos vio a Keiko Kimura junto con su hija Sango. No supo por qué, pero levantó el rostro con orgullo. –Espérame aquí–. Y avanzó hacia su antigua amiga.
– Izayoi–. Dijo Keiko, llevaba lentes oscuros y un elegante vestido. Ella también se vio afectada y su voz delataba la angustia que escondía su garganta. –Esto siempre fue tuyo–. Le dio un sobre.
Dentro se encontró la foto de Toga tocando la guitarra, la misma que le dio a Keiko como soborno. –Yo...
La castaña le sonrió. –No digas nada. Te amaba, así que... ya no nada que decir.
Izayoi la abrazo, y ella le correspondió. En silencio derrumbaron el muro que durante veinte años se construyó en medio de su relación.
– Ya, tranquila–. Le dijo con una sonrisa mientras se quitaba los lentes oscuros para dejarle ver el rojez de sus grandes ojos. –Yo estaré bien.
- Perder-. Dijo Izayoi tomándole una mano con cariño. –Si necesitas de una amiga...
Keiko se alzó de hombros y negó mientras la sonrisa seguía en su bonito rostro. –No tiene caso, pero tal vez te veas en una boda–. Dijo señalando a Miroku que tomaba de la mano a Sango. –Por cierto, tu hijo es estupendo. Desde que sale con mi niña, se ha convertido en una mujer muy diferente, y no es una coincidencia–. Hizo una pausa para mirar al piso. –Habría dado todo lo que tengo con tal de que Toga me hubiera mirado así.
Una última vez, Keiko le sonrió, antes de alejarse de su vida. Su predicción fue cierta, algunos años después se volverían a encontrar, solo para seguirse molestando una a la otra cuando los tres nietos nacieron.
Esa tarde, Izayoi se refugió en la cafetería donde tuvo el encuentro con Toga, pidió un capuchino y un pastel de chocolate.
– La próxima vez que vengas ya sabes qué pedir, amor–. Dijo al asiento vacío frente a ella.
A partir de ese día, todos verían como Izayoi portaba el anillo del compromiso que no fue, pero que tal vez, en otra vida, sería una hermosa historia de amor.
S:S:S:S:S:
Kagome comprendía que en una situación así, era normal que Sesshomaru no estuviera todo el tiempo a su lado. Aunque, siendo sincera, le dolió que no la presentara con su familia. Ella quería conocer todos los aspectos de su vida, y si avanzaban su relación, era lógico que también a sus parientes. Entonces, ¿Por qué no lo hizo?
Entendía lo reservado que era, pero eso alimentaba su curiosidad femenina.
Por lo general ella era la habladora de la relación, él se limitaba a poner atención a lo que tenía que decir. Ya le había contado su pasado, su hermosa relación con su padre, las peleas con Naomi, y superficialmente, su relación con Inuyasha.
Sesshomaru la miró con seriedad cuando toco ese tema. No lo hizo con mala fe, simplemente quería dejarle en claro que todos tenían un pasado y que aceptaría todos los aspectos de su vida por muy desagradables que hoy.
¿Y cuál fue su respuesta? Hacerle el amor toda la noche.
Le encantaban sus reacciones apasionadas, pero esa ocasión actuó... extraño; como si mencionara –Inuyasha– y –cinco años de relación– en una sola frase, lo hubieran hecho inusualmente posesivo.
La hizo desfallecer una y otra vez con sus atenciones; en cambio, él profundizó en su alma sin detenerse a descansar. Horas después, él tuvo su orgasmo. Para ella fue exquisitamente placentero todo, pero él se vio como... inquieto.
Camino recorriendo la enorme propiedad. Todo se veía definitivamente bien, hacía buen equipo con Sesshomaru, aunque debía admitir que sin Inuyasha y su ayuda, las cosas no hubieran quedado tan perfectas.
Vio a Sango junto con Rin platicando justo en la explanada que daba al jardín, estaban recargadas en una de las jardineras mientras su mejor amiga tomaba vino. Pensó en alejarse, por la situación con la menor, pero quería resolver las cosas con ella. La extrañaba y si hacían las pases, Rin se daría cuenta de que no fue culpa de nadie.
Unos metros de distancia, de espaldas, vio a una delgada mujer de cabello oscuro abrazando a un hombre de cabello negro peinado a la moda. Ella le pareció familiar, pero le restó importancia en cuanto ellos brotaron a besarse.
– Miroku se fue–. Dijo a Sango–. ¿Todo bien?
La castaña sonrió. –Sí, la señora Izayoi se sintió un poco mal, y prefirió acompañarla.
Kagome miró hacia la más joven. –Hola, Rin.
En comparación a su contraparte, Rin seguía enojadísima, la miró por un segundo y desvió la cara.
–Creo que iré por algo de comer–. Dijo Sango guiñándole un ojo a Kagome con suerte. En verdad deseaba que se resolviera todo entre ellas.
– ¿En serio me ignorarás? –. Preguntó sonriéndole. Al no obtener ninguna respuesta, habló: –No entiendo tu actitud. Supongo que yo debería ser la ofendida. Te ha dedicado a esparcir rumores contra mí, y, aun así, no te guardo ningún rencor.
Rin volteó a verla, sus iris chocolates brillaron. –Te dije mucho que me gustaba Sesshomaru. Te consideré mi amiga, y no conforme con ocultarme que sentís algo por él, comenzaron una relación a mis espaldas.
La acusación hizo que parpadease varias veces. ¿En serio estaba ofendida por un amor no correspondido? –Sí, es cierto, no te hable de mis sentimientos. Mi única responsabilidad contigo era esa. En cambio, mi relación con Sesshomaru nada tiene que ver contigo. No entiendo tu capricho.
– ¿Capricho? –. La cara de Rin se puso roja del enojo. Su voz era igual de encantadora, pero su mirada no. – ¡Tú sabías por qué él no me buscaba! Y no fuiste capaz de decirme nada. En Halloween me la pase horas sentada esperando a que me invitese a bailar.
– No bailaste porque no quisiste, no me culpes de eso–. Kagome intentaba mantener la calma. –Entiendo que estés molesta, pero si él quisiera estar contigo, yo no sería un impedimento.
La menor se cruzó de brazos, y habló, el coraje la impulsó: –Tampoco lo fue Inuyasha.
Fue un golpe bajo, uno que no dejaría pasar. –Sé que fuiste tú quien le dijo sobre mi relación con Sesshomaru; y tú, quien les dijo a todos que yo engañaba a Inuyasha–. Las actitudes de la menor le comenzaron a dar rabia. – ¿Sabes qué? ¡No importa! Las cosas no salieron como lo esperabas. Al final Sesshomaru quiere estar conmigo, aunque te pese.
– ¿Y estabas tan desesperada por él que no te importo nadie?
La molestia subió desde su vientre hasta su rostro. –Ya supéralo. A él no le interesas.
Las palabras le dolieron mucho, sobre todo proviniendo de Kagome. Todos se lo dijeron, hasta Sango. –No importa, quédatelo–. La rojez se posicionó en sus mejillas, parecía estar a punto de llorar. –Aunque no te mentí cuando te dije que me sonreía y me coqueteaba.
Eso la hizo sentir muy furiosa. Era cierto, antes de que empezara a salir con Sesshomaru, él llegó a coquetear con Rin en una fiesta. Un nudo en el estomago le irrito tanto que sintio todos los jugos gastricos carcomiendo su interior. Con un tono sombrío, serio y que no dejaba dudas, dijo:
–¿Por qué no vas y le dices que te gusta? –. Ante la sorpresa de la menor, soltó una sonrisa. -No. No te atrevas. Porque no quieres aceptar que no le importes.
Rin se quedó muda, los ojos azules de Kagome eran muy serios, tanto que le dieron miedo.
En cuanto a ella, tengo que ser tajante para defender lo que era suyo. –Le eres tan irrelevante, que ni siquiera se acuerda de tu nombre.
La cara de la joven era un poema doloroso, insoportable de ver. Era una combinación entre la sorpresa, el miedo y la humillación. Era cierto, porque cuando se acercó a dar el pésame, él nada más dio las gracias y siguió su camino.
– Y, si me vas a atacar, que sea de frente, no a mis espaldas, eso habla más mal de ti que de mí.
Rin se dio cuenta de lo poco que conocía a Kagome. Sango se lo dijo, la ojiazul se había ganado alguna vez su puesto como líder del séquito por nunca dejarse pisotear por nadie.
Simplemente se alejó llorando.
Kagome la vio irse. Se sintió mal por eso, pero era necesario dejarle en claro que no quería entrar en juegos tontos de niñas. Se pasó la mano por la frente y el cabello para tranquilizarse, y después la colocó en su pecho para compasar su respiración.
– ¡Auch! Eso fue bastante cruel, incluso para mí. No me lo esperaba de ti, dulce Kagome.
Miro a la dueña de la voz, topándose con quien menos quería. –Kikyo–. Ella fumaba, observando el jardín, y cuando volteo a verla, los pozos avellana se adentraron tanto, que sentía como si le estuviese robando la vida.
Se acercaron hasta quedar a un par de pasos de distancia. Sonreía, pero sus ojos no. –¿Me extrañaste?
– ¿Qué demonios quieres? –. En verdad le conmocionó verla. Inuyasha le dijo que no la invitaría. ¿Qué hacía ahí?
Sus delgadas cejas se arquearon fingiendo una cara tierna. –Comprendo que después de lo que le hice a Sango, no quisieras hacerme una fiesta. –Despacio le toco el cabello negro, tan parecido al de ella, como diferencia las puntas onduladas, las cuales le daban un toque angelical a su rostro. – ¿Qué te he hecho para que me trate así? Éramos tan buenas amigas. ¿Ya se te olvido?
Kagome se quitó la mano que la tocaba, odiaba la manera en que intimidaba a todos. –Tú y yo nunca fuimos amigas, me hablabas por Inuyasha.
- ¡Por favor! –. Exclamó riendo. –Me conoces, y sabes cómo te habría arruinado en la escuela si lo hubiera querido.
Aquello no se lo tomó para bien. –¿Y qué no te gustó de Sango? ¿Qué es mucho más bonito que tú?
Una cruel risita salió de sus labios. –Dulce Kagome, estoy segura de que, si lo ocuparas, Sango te daría su riñón; pero ella se besaba con tu novio y yo fui la única que hizo algo al respecto. ¿Y cómo me pagaste? –. Hizo un gesto pensativo. -¡Oh yes! Cacheteándome.
– Lo que hiciste fue muy bajo, ella besó a Inuyasha porque...
– ¿Estaba drogada hasta las nubes? –. Una cara de incredulidad apareció en su rostro. –Creo que a pesar del tiempo no te contó la verdad–. Su voz sonó sombría. –Ella se besó con Inuyasha porque quiso hacerlo, por eso le di lo que se merecía.
Kagome no salía de su asombro. Kikyo habló como si drogara a una persona y verla masturbándose delante de todos fuera súper gracioso. –Lo de Inuyasha no me importa. Lo que hiciste con Sango fue cruel y lo hiciste por no soportas la competencia.
Se quedó callada un momento. Frunció los labios y mintió. –Tienes razón, lo hice a propósito–. Le dio su más sinvergüenza sonrisa. – ¿Y sabes por qué?, porque puedo y por qué quiero.
Kikyo era la única dueña de toda verdad. Oculta bajo su apariencia mezquina.
Mucho tiempo se cuestionó que el motivo a drogar a Sango, hasta que encontró la respuesta: Kagome. Y desde ese momento la quiso odiar. Se dio cuenta de que cada acto y cada estúpida humillación, era para protegerla. Incluso su amor por Inuyasha fue aprisionado por cinco años solo para no tener que ver esa estúpida sonrisa de niña para borrarse del bonito rostro de la idiota que tenía enfrente.
Hizo una ligera pausa para disimular un gesto triste. –Soy muy observadora, sé cosas, y las sé mucho antes que tú.
– Tú no sabes nada de mí–. Su voz era invadida por el coraje.
– Claro que lo sé–. Dijo muy seria. La burla ya no estaba presente en sus palabras. –Sé que no me quieres en tu vida; pero, Kagome... -. Suspiró, cansada. –Conozco a una perra cuando la veo, y esa pequeña niñita serpiente, es una vil dispuesta a cambiar de piel.
La ojiazul negó. –No te creo nada–. En sus facciones solo se logró ver el desprecio que sintió por ella. –Nunca lo he hecho.
Apretó los dientes, irritada. – Esa niñita es cuñada de Sango; te puedo apostar que ella será neutral si hay problemas. Yo...
– ¡Ya basta! –. Dijo Kagome harta de todo. –Eres muy mala persona. ¡Por eso no tienes amigos! Solo sabes humillar y aprovecharte de los demás. Tú no quieres a nadie, ni siquiera a ti mismo.
– ¿Cómo puedes ser tan descuidada e imbécil? –. Dijo intentando hacerle ver las cosas. Molesta alzo de hombros. –Haz lo que quieras.
Se alejó hacia el jardín, intentando darse cuenta mentalmente de un buen golpe por ser tan estúpidamente compasiva con esa idiota. Le enseñó todo, como no dejarse amedrentar, ni someter por nadie; y ahora, se enamoraba de Sesshomaru y su hermoso rostro, y dejaba que cualquier mocosa le hablase mal.
"Que se joda".
Aun así, en su mente se proyectó la imagen de Kagome en el piso, sujetándose su mano lastimada y con sus ojos azules conteniendo el llanto.
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Sesshomaru miró fijamente a Naraku Morikawa ahora convertido en todo un Taisho. Era un bastardo en toda regla de la palabra; un hijo nacido fuera del matrimonio de su abuelo fallecido Akio Taisho, el cual legitimó cuando desheredar a Toga. Tambien un falso y mentiroso. Tan ruina que hacía unos años lo engañó con esa sonrisa manipuladora.
A diferencia de todos en la familia, su tío era dueño de un cabello espeso en color negro y ondulado, y unos ojos curiosamente color rubí. Bien parecido, fascinante y elegante, pretensioso hasta la coronilla con un reloj Tag Heur que de seguro era comprado recién. Un nuevo rico. Dispuesto a despilfarrar dinero de una herencia que no se merecía.
– ¿Qué demonios hacen aquí? –. Su voz detonaba fuerza y autoridad, una que aprendió bien de Toga.
La mirada seca se hizo presente. – ¿No tengo permitido venir a presentar el respeto a mi hermano?
Dispuesto a darle fin a esa tontería, habló: –Lo que no tienen permitido es tomarme como idiota–. Era años diez menor que su tío, pero sí de niño pudo enfrentársele, en este punto de su vida lo haría sin dudarlo. Toga lo entrenó bien para afrontar esos problemas. –No confio en ti y mi padre tampoco lo hacia.
Naraku tomó la mano de su esposa, Kagura. – Vinimos a presentar nuestros respetos sin ninguna otra intención que sea tu apoyo como familia.
Una amarga sonrisa afloró en su boca. "Eso no te lo crees ni tú". Quiso decirlo, pero prefirió mantener la vista fija en él. El brillo malicioso del iris rubí casi podía pasar desapercibido, pero Sesshomaru lo conocía y la forma en que esos dos jugaban con las personas.
– Será mejor que te vayas y te lleves a tu puta contigo–. Sus pupilas irradiaban advertencia. De trece años fue seducido por esas palabras llenas de seguridad y confianza, por su perfil ambicioso y por las piernas de una joven Kagura de veinte años.
– Por favor, no te pongas así, Naraku y yo solamente queremos volver a tener a toda la familia junta–. La voz segura y fogosa de su "tía" iba acompañada de una inclinación que dejaba descubierto el escote de su vestido, el cual le quedó espectacular en su cuerpo. Con nada de disimulo le guiñando un ojo y le toco suavemente la pierna derecha. –Somos la única familia que Inuyasha y tú tienen.
Sesshomaru giró su cara para mirarla de lleno, y susurró: –No me toques–. Sus ojos eran una clara señal de que se encontraban jugando contra fuego.
Y ella se sintió intimidada, tanto que la quitó inmediatamente.
Él sonrió; de niño no tuvo la voluntad de salir victorioso de un coqueteo como la de esa mujer, de su vestido corto y del hecho que no llevase brasier nunca. –Cuando alguien muere, los primeros en llegar son los carroñeros.
Naraku sonrió, dándose cuenta de que con ese Taisho perdía su tiempo, definitivamente tenían la batalla perdida. –Muy bien, nos vamos–. Se levantó y camino a la salida, deteniéndose a esperar a su esposa.
Kagura se acomodó el vestido bajo la mirada dorada, era consciente del poder que ejercía ante los hombres, pero con Sesshomaru todo era tan... impredecible. –Te extrañé todos estos años–. Dijo tomando su mano. –Antes no eras tan alto, ni tan fuerte–. Dio un beso húmedo en los nudillos masculinos. –Sigo soñando contigo.
Su respuesta fue un susurro, uno parecido a un gruñido de un animal a punto de atacar. –Vete, o te golpeé–. Dijo zafándose muy bruscamente del agarre. Lo único que sentí cuando los labios rojos lo tocaron fue asco.
Ella le guiño un ojo antes de irse.
En la soledad, se aflojó el nudo de la corbata y bebió del bourbon que guardaban en la licorera. Eso lo relajó, pero era suave para lo que ocupaba.
Sabía de antemano que cuando alguien moría, sus secretos eran silenciados, pero... ¿Qué llevo a Naraku a ir esa tarde? Toga y ese miserable ni siquiera eran socios de negocios. ¿Por qué de su interés tan arrepentido?
Claro, el testamento.
Pensó en Kagura y sus labios sobre su mano, la cual dejó un marcado labial rojo sangre sobre él. Así se portaba, siempre dejando señales de sus conquistas.
Rápidamente lo borró.
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Traía media botella de whisky y un cigarrillo en la boca. Se sentó en una de las bancas de granito que decoraban las sendas hacia el campo deportivo y el lago. Era un sitio algo ventajoso para quienes desean privacidad, oculto bajo una hilera de pinos.
Precisamente quería esa privacidad para no pensar en su padre y lo agobiado que se sintió por Kikyo. Tenía tanto enojo hacia ella, que la excluyó del funeral y de ese evento; y se arrepentía probablemente. Lo único que quería es que ella estuviera a su lado.
Deseaba darse cuenta de un balazo en la cabeza para que le hicieran olvidar como la vio besando a Bankotsu fuera de su departamento, justo al día siguiente que pasó la noche abrazados. Odiaba tener pesadilla con sus risitas juguetonas mientras ella lo sujetaba de la corbata para hacerlo entrar con la intención de tener sexo.
Le dio otro trago. Aún podía ver lo feliz que ella se vio con esas manos horribles y náuseas, agarrando su cintura y su divino trasero.
Un par de lágrimas escurrieron por su rostro, los cuales limpiaron rápidamente.
–Inuyasha.
Levanto la vista del pasto. La voz de Kikyo lo tomo de sorpresa, tanto que sus ojos dorados se abrieron descolocados, el aire frío le acaricio el rostro con una corriente traviesa, quien voluntariamente le llevó hasta su nariz el aroma a jazmín de su perfume.
– Kikyo–. Susurró. Estaba algo borracho, pero era consciente de que no se encontró de una ilusión, en verdad se encontraba justo ahí, frente a él, y se veía... triste.
Se sentó a su lado, pegando su brazo con el masculino, le quito la botella de las manos y le dio varios tragos. La discusión con Kagome le hizo sentir extraña. Le pasó de vuelta la botella e Inuyasha la dejó en el suelo. Así también le quitó su cigarrillo, le fumó y se lo devolvió directo en sus delgados labios.
Inuyasha le dio una bocanada antes de que se consumiera por completo, lo tiró al piso y cuando volvió la vista hacia la pelinegra, ella repentinamente lo abrazo, rodeando su cuello. Él sintió un arrebatador momento de felicidad. Era increíble lo bien que olía y lo fácil que se amoldaba a su cuerpo. Definitivamente, estaban hechos el uno para el otro, y el sujeto con todas sus fuerzas.
– Casi hicimos el amor y cuando desperté te habías ido–. Su voz sonaba quebrada, a punto de llorar. Se obligó a no hacerlo. Deslizó muy lentamente sus manos en el pecho masculino, para poder acomodar y ocultar su rostro, captando cada particular de la colonia con notas a toronja, mandarina y bergamota. Era un aroma mortalmente fresco.
Inuyasha le acarició la espalda. –Sesshomaru no apareció y me avisaron que estaba en la casa de Kagome. Cuando regresé, te vi con Bankotsu.
Quería que le mintiera, que le dijera que no era cierto que había vuelto, porque eso significaba que le correspondía. Sin su permiso, unas cuantas lágrimas surgieron sin poder ser detenías. –Pensé que te arrepentiste. ¿Por qué no me contestaste cuando te marques?
– Se me acabo la bateria del celular. Me di cuenta cuando iba manejando.
– Lo lamento–. Dijo levantando el rostro.
Inuyasha vio las tupidas pestañas negras llenas de gotas saladas que in voluntariamente eran liberadas.
– Yo no sabía. Te juro que creí que no ibas a volver. En ese momento me sentí tan derrotada que intenté olvidar todo–. Su limpio el rostro, porque no quería que Inuyasha la viera tan dolida, pero el eco de sus gemidos no podía ser silenciado tan fácil, así que se cubrió la boca con los dedos.
Sus palabras lo hicieron enojar y los celos surgieron. El sujeto de los hombros para separarla de su abrazo. – ¿Y lo ha logrado? –. No obtuve respuesta, solo la mirada de esos enigmáticos ojos avellanas que hechizaban. –Te vi muy feliz en tus brazos.
– ¿Quién se fue sin dejar una nota siquiera? –. El reproche se hizo presente. –Al menos Bankotsu me lo escribe en una servilleta, me dice que es lo que quiere; tú ni siquiera sabes lo que sientes por mí. Ni siquiera sabes que tuve que recoger a mi madre en la estación de policía en navidad–. Se sintió frustrada porque Inuyasha no dijo nada. –Se supone que soy tu mejor amiga. Constantemente dejé todo por ti. Esto debería ser recíproco, pero te vas sin decirme nada. Es lógico que piense que no querías estar conmigo.
– Kikyo, yo...
– Acepto ser novia de Bankotsu–. Soltó fría y secamente. Bajó la cabeza, pegando su frente al pecho masculino, perdiéndose de ver como él apretaba los dientes con fuerza. –Arruine mi noviazgo con Takeda. Arruine mi noviazgo con Hojo. Nada más por querer estar contigo. Eso ya no lo puedo hacer, Inuyasha. No puedo seguir dejando todo por ti.
Se iba a poner de pie, pero él la sujetó más fuerte, atrayéndola contra sí. –¿Recuerdas la pregunta que me hiciste cuando éramos niños?–. Ella asintió sumergiéndose en el oro líquido de sus rebeldes ojos. –¿Quieres saber qué lugar ocupas en mi vida? –. Con sus toscas manos agarró su rostro. -Te amo. Solo a ti. Siempre a ti–. Ahora lo entendía, Sango solo fue un distractor y Kagome su copia.
Kikyo vio el oro volverse fuego, se vio impresionante, tanto que sentí que estaba en llamas. ¿Era normal sentir el amor como una brasa quemándote el corazón? Y si era así... ¿Por qué no se sintió feliz? Espero años por esa declaración, ¿Por qué no saltaba de alegría?
"Ya me ha consumido por completo".
Él se abalanzó a atrapar sus perfiles labios que estaban entreabiertos, pero Kikyo se desvío el rostro, haciendo que ese beso fuera a parar a su mejilla, porque extrañamente pensó en Bankotsu.
- No puedo-. Suspiró pesadamente.
El incendio dentro de sus ojos se apagó. –¿Por qué?
– Él me gusta mucho–. Lo abrazó, sujetándolo con fuerza de la ancha espalda y en su oído susurró. –Y no quiero dejarlo.
– ¡Mentira!–. Dijo abrazándola con mucha fuerza, tanto que sintió que ella soltaba un gemido por el trato. –¡Tú me amas! –. No quería soltarla. –Fuiste hecha para estar conmigo, para escucharme, para aconsejarme y entenderme. ¡Tu dijiste todo eso!
¿Por qué guardo en su mente sus palabras?
– Y tú me dijiste que no eres el hombre que busco. Tenías razón, eres mi mejor amigo.
Inuyasha pudo escuchar como su corazón terminó de fraccionarse en pequeñas partículas que podrían ser movidas por el viento.
– ¡Con que aquí estás! Te estuve buscando–. Bankotsu apareció frente a ellos.
La reacción de Kikyo fue de sorpresa, tanto que brincó del susto. Sin pensarlo soltó el agarre, separándose de Inuyasha. Si alguna vez sintió vergüenza y temor, fue ese. Se puso de pie, yendo hacia su ahora novio.
– Taisho, siento lo de tu padre–. Le dijo el moreno con sinceridad. Tomo a Kikyo de la cintura para abrazarla. –Nadie esperaba una noticia tan triste–. Le tendió la mano libre en señal de respeto.
Inuyasha lo miró entre molesto y desconfiado. Aun así, respondió el gesto. –Gracias.
Ella notó los ojos azules algo serio a como se veían las normas. ¿Habría escuchado la conversación?
– Kikyo me dijo que ustedes eran amigos de la infancia y que el señor Taisho la traía muy bien.
Inuyasha creyó estar mareado, verla entre los brazos de ese asqueroso le daban escalofríos. –Sí, tú...–. Se frotó la sien. –Él bebió mucho.
– ¿Estás bien? ¿Quieres que te traiga algo para el malestar? –. Preguntó Kikyo preocupada.
Bankotsu la miro y luego a Inuyasha, quien parecía haber suavizado sus facciones solo para ella. –Sí, sería lo mejor. No queremos que nuestro querido amigo se vomite en pleno evento. Ve, yo aquí me quedo con él.
Ella asintió confundida. Se alejó, volviendo el rostro.
Sus ojos rebeldes se volvieron demasiado hoscos cuando se quedaron solamente con Bankotsu, el cual dejó de sonreír.
– No me gusta tu comportamiento con mi novia–. Vio a Inuyasha ponerse de pie, con toda la intención de no dejarse intimidar. – ¿Crees que no me doy cuenta de lo que haces?
Inuyasha tremendamente soberbio, no se dejó fastidiar. – ¿Acaso eres estúpido? Kikyo solo tiene una persona en su cabeza y soy yo. Así que no jodas.
Era un momento demasiado tenso, cualquier cosa podría empezar una pelea, pero Bankotsu mantuvo la calma. –Por respeto a tu padre ya tu hermano, no te doy lo que te mereces.
– Hazlo, golpéame, con todo lo que tengas–. Abrió sus brazos dejando expuesto su cuerpo delgado y fuerte. –Así te darás cuenta como ella viene corriendo a cuidarme.
Bankotsu apretó los puños, no por Kikyo, no por el imbécil de Inuyasha, era por él y su absoluto orgullo. Se sintió arder por dentro, sabiendo que el idiota probablemente decía la verdad.
– No voy a pelear contigo, me niego a caer en tu provocación infantil–. Se acercó otro tramo siendo firmemente encarado.
Inuyasha estaba dispuesto a todo en ese momento, tal vez era menor que el hombre frente a él, pero era fuerte, si pudo derribar de un golpe a Sesshomaru, qué no podría hacer con ese hijo de perra.
– Soy una persona con muy poca paciencia y no me gusta la competencia, así que no te metas conmigo–. El ultimátum pareció un punto de estallar en una representación de puñetazo en la cara de su rival.
E Inuyasha incito, tratando de hacerlo llegar al límite. – ¿Qué se siente que mientras está contigo, todo el tiempo está pensando en mí?
Lo pescó con un fuerte agarre justo en el cuello del saco negro que Inuyasha portaba, por un momento creyó en arremeter con violencia, pero el peliplata sonreía, esperando que continúe.
Contra todo pronóstico, Bankotsu lo soltó, dándose cuenta del juego al que fue arrastrado. A los pocos segundos llego Kikyo, con unas pastillas y una bebida.
S:S:S:S:S:
– Con que aquí te escondes.
La voz de Kagome se debe a un placebo para su alma. Daba gracias a que era ella y no otra persona. Sonrió, dejando su vaso en la mesa decorativa, le estiró la mano y ella la tomó. Rápido la jaló a su lado y la sentó en sus piernas.
Kagome soltó una risita cómplice abrazándolo por el cuello, se quitó con la punta de los pies sus zapatillas y los reposó en el amplio asiento de piel. –¿Cómo te sientes?
– Mucho mejor ahora.
Delineó su cuerpo femenino con sus fuertes manos, las que hacía un momento usaban un punto de golpear a Kagura, eran las encargadas de recorrer con delicadeza cada facción de la cara de femenina, su cabello, su espalda y sus piernas. Toda ella era tremendamente frágil, como para estar con alguien como él.
Kagome también lo acarició, robándole un firme pero lento beso. Con suavidad repartió caricias en su frente, cuello, mandíbula y mejillas.
– Eres tan guapo, que no puedo creer que seas real–. Le confesó posando su mirada azul en Sesshomaru.
Se dejó hacer mientras ella seguía repartiendo besos sumamente delicados en su rostro y la manzana de adán, aspirando toda su esencia masculina.
Era un instante tan eróticamente tierno, digno de una soft porn. Ambos parecían un par de gatos rozando, juntando sus rostros, acariciando con la nariz, haciendo sensible cada caricia con la yema de sus dedos.
Sesshomaru tenía intención de interrumpir todo por sus deseos pervertidos que acompañaban: jadeos sobre la espalda femenina, dedos jugueteando todas las zonas donde podrían entrar y mordidas fuertes que estaría encantado de hacerle daño en su firme y suculento trasero.
¿Por qué era tan hermosa? ¿No podía simplemente doblegarle hasta la voluntad? Dentro de su mente, quería romperla y hacerle de todo a ese pecaminoso cuerpo lleno de ternura que se encontraba arriba de sus piernas.
Y se sintió frustrado... no con ella, con él mismo. – Kagome.
Fue un susurro que salió voluntariamente de su boca al sentir como ella se acurrucaba en su pecho, abrazándolo.
En respuesta solo gimió. Se sintió cansada, tanto que podía quedarse dormida entre sus brazos.
– Hay algo que tengo que decirte.
– ¿Es algo malo? –. Preguntó con temor.
Dentro de la cabeza de Sesshomaru arremetía una marea de pensamientos que se movían de un lado al otro, tratando de acomodarse coherentemente. –Existen cosas de mí, que no estoy seguro de que te gusten.
Kagome le sonrió. –Todo de ti me gusta–. Y era cierto.
Los depredadores ojos quedaron dejando atrás la frialdad. Su inocencia lo excitaba. –Son cosas que en mi mente imagino haciéndote.
Le contaría su secreto, uno de tantos que guardaba bajo llave.
No sabia que decir ni que pensar. – ¿Qué tipo de cosas? –. No lo comprendía, pero su corazón comenzaba a latir tan vivo, pero a la vez dolía.
Y él nada más podía mirarla.
Kagome le sujetó el rostro entre sus manos, para que él no dejase de hacerlo. –Dime, Sesshomaru–. Y le acunó las mejillas entre ellas, a sabiendas lo que provocaba en el tacto.
Sin sexo y la frustración acumulada lo motivaron... a decirlo ya demostrarlo. Con ambas manos le tomaron el rostro: –Son cosas que no desean hacerle a nadie más.
Y la besó, no fue romántico, era fuerte, dominante, aplastante, y Kagome se hizo dejar; era demasiado para ella. Su lengua entraba en su boca sometiendo lo apasionada y dulce de su espíritu.
– Espera, Sesshomaru...–. Logró articular cuando él soltó sus labios para morder su cuello.
Se detuvo, viéndola de forma irresistible, avasallante. Sus manos apretaban con mucha posesividad el cuerpo femenino.
Kagome intentó recuperar el aire. Él se vio como un animal tétrico queriendo tomar de ella hasta su luz. -Te amo-. Le acarició el rostro, pasando sus dedos entre el cabello platinado.
Sesshomaru estaba sorprendido, la impresión de esas cinco letras se colocó en su estómago. ¿Amor? Lo que él sintió... esa excitación y perversión por ella, ¿era eso?
– Te acepto como eres, bueno o malo, no importa... yo ya te pertenezco.
Ante su falta de palabras, pegó su frente a la suya y cerró sus ojos; disfrutando de tenerlo para ella. Confiando tranquilamente que él no la lastimaría.
Sesshomaru la sujetó en un muy tierno abrazo para no soltarla jamás. Esa era la manera en que le decía que el sentimiento era recíproco.
– Quiero que seamos novios.
Él parpadeó varias veces y arqueó su ceja con cuestionamiento. – ¿Qué no lo éramos ya?
Kagome se echó a reír, era evidente que jamás había tenido una relación, así que lo besó, sintiendo que en ese momento podría morir de tanta felicidad. Era una sensación idéntica a si su alma se desprendiera de su cuerpo para unirse al universo y convertirse en una estrella resplandeciente.
Se recostó contra su pecho y Sesshomaru la sostuvo.
Mientras ella imaginaba una vida rosa juntos; Sesshomaru sonreía muy abiertamente porque no dejaba de pensar en lo que tenía en su habitación: esposas, lubricante y una mordaza con una linda bola roja, especialmente para que combinara perfecto con sus carnosos labios. Se verá tan hermosa...
"Sí, con eso bastará para empezar".
Vio como ella cerro sus ojos. Tan preciosa que parecía una obra de arte.
¿Sería capaz de arruinarla? No hoy. Tenía mucho tiempo para demostrarle lo que en su mente predominaba desde que descubrió sus sentimientos por ella.
Lo tomaría con calma, al fin y al cabo, acababa de aceptar todo de él.
A los pocos minutos cerro los ojos, tan relajado que se quedo dormido con ella entre sus brazos. Siendo los únicos testigos de su retorcida pasión, los viejos libros que decoraban los estantes.
CONTINUARÁ...
