CAPÍTULO 10. LA NOCHE MÁS OSCURA

PARTE 1

Para Kagome, San Valentín era el día más romántico de todo el año. Desde navidad, ideó una fantástica velada junto a Sesshomaru. El plan consistía en: cena para dos, chimenea prendida, vino, chocolates, crema batida, fresas y muchas caricias. Sin embargo, existió una falla enorme en ese hermoso escenario… su novio.

¿Cómo se pueden realizar los planos si la persona involucrada está ausente?

Era la tercera semana desde que Sesshomaru fue nombrado director general de la compañía Taisho. Él no deseaba hacerlo, lo vio en su ceño fruncido cuando le dio la noticia; aun así, tomó la responsabilidad y viajó al extranjero a inspeccionar el negocio hotelero.

Recordar eso la hacía sentir muy enojada, puesto que Inuyasha fue nombrado director operativo, pero seguía en clases y con su vida normal, mientras que Sesshomaru obtuvo un permiso con un enorme soborno dado al plantel. Comprendía que se estaba sacrificando por su hermano y eso provocaba que no estuviesen juntos.

Tanto tiempo sin él le dio oportunidad de convivir más con Sango y Miroku; sus dos amigos tienen una relación tan amorosa y pacífica, llena de risas y juegos que le contagian el buen ánimo. Kagome se sintió muy bien a su lado, hasta el domingo anterior…

Había decidido ir al cine, cuál fue su sorpresa de que ahí se encontró Koga con una brillante margarita tan dorada y amarilla, la cual le entregó antes de darle un beso muy suave en la mejilla. Kagome mato con la mirada a una muy feliz Sango, obvia responsable de invitarlo.

Decidió ver una película de terror. La situación se puso tensa cuando escuchó los gemidos de su amiga, al ser besada y acariciada por Miroku en el asiento justo al lado suyo.

Si alguna vez Kagome pensó que nada podría empeorar, se equivocó rotundamente. La reposadera levantada produjo que el fuerte empujón que recibió la llevase a recargar su cuerpo con el de Koga, quien malentendió la situación y la abrazó rodeándola con sus brazos musculosos, le subió una mano a la barbilla y la miró fijamente.

Kagome tuvo que explicarle que seguía con Sesshomaru, y que jamás habría algo entre ellos dos.

Si un día ya no quieres estar con él, aquí estaré para ti.

Y le dio un beso en la mejilla que duro mas de lo debido.

Sacudió la cabeza para despejar su mente. Toda la ciudad se encontró cubierta de corazones, globos, dulces y besos, eso la hacía ponerse de un horrible mal humor. Siendo jueves, sus clases recién concluían, así que torturarse un rato e ir al centro comercial para ver a los tiernos osos de peluche y así sumar más tristeza a su ya deprimida actitud.

Vio a su mejor amiga, quien estaba distraída en el celular.

– ¿Qué haces?

– Trato de hacer una lista de posibles obsequios para Miroku. Lo mejor de todo es que a partir de mañana, Kohaku será dado de alta y el sábado lo llevaremos a cenar a su restaurante favorito.

– ¡Eso es increíble! –. Dijo muy contenta.

- ¡Perder! Ya quería que volviera a casa.

La emoción era tanta que le contagió esa alegría a la pelinegra, que ahora portaba su radiante sonrisa. –Me alegro tanto por él.

– Por cierto… –. Sango se rascó la barbilla de forma inconsciente. –También hay una nueva noticia y no sé cómo te lo vas a tomar.

– Ya, suelta–. Pensó que eso tenía que ver con Koga.

– Rin empieza a hacer prácticas en el taller de tu madre.

Eso no le gustó para nada a Kagome. - ¡What! –. Sabia por anticipado los actos de su amiga. – ¿La recomendaste con mi madre? –. Sus ojos azules parecían cuchillos a punto de matarla.

Hizo un pequeño abaniqueo con las manos para tranquilizarla. –Le dije que una amiga muy talentosa quería aprender, fue todo. Sé que ahorita no van de lo mejor en su relación, pero estoy segura de que, dentro de poco, volveremos a ser todas amigas.

Kagome respiró profundamente. –No me gusta su actitud.

– Deja que se le pase la etapa de enamoramiento por Sesshomaru y volverá a ser la misma niña linda contigo.

– Lo dudo, aún no me regresa el vestido que le presté desde Halloween, le tuve que decir a mi madre que lo perdí. Se enojó tanto–. Dijo con molestia.

Sango la rodeó con su delgado brazo para posarlo sobre su hombro. –Yo hablaré con ella. Vas a ver que pronto ese vestido estará de nuevo en tu guardarropa.

Kagome entorno a la mirada. – ¿Cómo le haces para caerme tan bien?

– Porque soy muy linda persona–. Con cariño pegó su mejilla a la contraria, al separarse le acomodo el cuello del uniforme. –Además, tienes que aceptar que trataste muy mal a Rin durante el inicio del curso.

Se mordió el labio de forma pensativa. –Si tienes razón.

– Como aceptaste que fuiste una perra en el pasado, y que regresaste a ser la maravillosa persona que siempre ha sido, ¿podrás perdonarme que haya recomendado a Rin en el taller?

– ¡Tramposa!–. Dijo riendo por la clara manipulación. Sango volvió a abrazarla. –Cambiemos de tema. Vamos a ver, ¿Qué tienes pensado regalarle a tu novio?

La hermosa sonrisa de la castaña se borró y soltó el agarre que ejercía sobre Kagome. –Soy pésima para esto. Y tú, ¿qué harás el sábado?

– Iré a comprarme un montón de dulces al centro comercial, pondré una película y mientras me ahogo en vino, me daré un baño caliente con mucha espuma.

– ¡Caray! Qué triste suena eso. ¿Al menos verás porno?–. Preguntó aguantándose la risa.

Justo en ese momento pasando iban unos chicos del equipo de fútbol, que miraron a Kagome y empezaron a reírse.

– ¡Gracias!–. Dijo con sarcasmo hacia Sango.

Ella se atacó de la risa, tomándose la costilla con ambos brazos. –Lo siento, lo dije sin pensar. ¿Por qué no vienes con nosotros a cenar?, a tu madre no le gustaría saber que estarás ese día completamente sola.

Naomi se encontraba en América, y Kaede la había acompañado, así que sí, estaría sola. Su cabello negro se movió con gracia cuando negó con la cabeza. –Estaré bien. Además, no quiero interrumpir una cena familiar con mi cara de amargura. Aun así mándale un abrazo de mi parte a tu hermanito.

– No es familiar, ira Miroku.

Se rio. –Ya solo les falta el compromiso, tú conoces a su familia y él conoce a la tuya. No dudo que tu madre ya esté intentando sacar cita en la iglesia St. Jude para alcanzar cupo en julio.

– Es que es muy bonito como se ve el lugar con el sol de verano–. Dijo Sango sonriendo.

Al ver la cara de ensoñación de su amiga, no pudo evitar pensar si algún día podría formalizar así con Sesshomaru. Se tomó la cara con ambas manos para aliviar el sonrojo que se acumuló en su mejilla. Su corazón latía como loco y un montón de mariposas revoloteaban en su estómago haciéndole cosquillas, como si estas estuvieran buscando un escape para liberar todos sus sentimientos por su boca.

Nunca te dejaré ir.

Esas fueron sus palabras, ¿Qué tanta verdad pudo haber en eso?

– ¿Estás bien? –. Sango la miraba de forma curiosa.

Toda ella estaba temblando. –Lo siento, me perdí un momento en mis pensamientos.

Pasó la mano por sus brazos para tranquilizarse y sintió todos los vellos erizados. Jamás experimento tantas sensaciones, tan solo con imaginarse haciendo una vida con Sesshomaru, ni siquiera cuando hicieron el amor por primera vez.

Su corazón se acompaña y su respiración también.

– ¿Me estás escuchando?

– ¿Eh?–. Preguntó la pelinegra concentrándose en los ojos castaños.

– Te preguntaría si definitivamente Sesshomaru no regresara el sábado.

Sonrió, su mirada azul se perdió un momento en el suelo. –Me dijo que no, tiene mucho trabajo, nos veremos la próxima semana.

A Sango eso no le gustó. Le parecía nefasto que su amiga estuviera en ese estado entre feliz, triste y confundida. Así que dijo lo que esperaba, sin importarle las consecuencias.

–Tiene un avión privado, si él quisiera verte estaría aquí, hoy mismo.

Después del vértigo de hacía unos segundos, el golpe de la realidad le dolió tanto que sintió que un gran yunque cayó sobre sus entrañas. No pudo replicar, porque ese malestar la hizo sentir caos en su mente.

Sango sabía que Kagome siempre que se enamoraba se cegaba a ver las cosas como eran, pero para eso estaba ella, para ser sus ojos ante la maldad del mundo, y la de Sesshomaru, por supuesto.

– Si él ya está poniendo excusas, no creo que valga la pena que no te diviertas ese día.

Sus cejas negras se arquearon y sus labios se fruncieron. –Me duele cuando dices esas cosas–. Dijo muy apenas con fuerza para articular las palabras que se atoraban en su garganta. –Puede que delante de los demás sea mezquino, pero me ha demostrado una y otra vez lo mucho que le importo.

– Podrías llamar a Koga, estoy seguro de que tomaría el auto y conduciría a mil kilómetros por hora para poder pasar un día contigo. Ya te lo estrené el domingo.

- No quiero.

Los ojos castaños se mostraron tristes. – ¿Qué tiene de malo él? Es guapo, fuerte, alto, tiene todo lo que muchas mujeres buscan.

– No es Sesshomaru–. Dijo simplemente con una sonrisa. Aquello era la verdad absoluta. –Si no es él, no quiero a nadie más.

Sango se dio cuenta que, los ojos azules brillaban tanto que prefería mirar a otro lado que no fuera ese cielo. –Me da miedo que lo ames de esa forma, Kagome. Sé que no quieres escuchar cosas malas de él; sin embargo, no me gustaría que salieras lastimada de esa relación. Yo creo que Koga sería una buena opción para ti.

– No lo comprendes, Sango. Me prometí a mí mismo que si Sesshomaru hiciera cosas indebidas, jamás lo perdonaría. ¿Qué piensas que dirás si en plena noche de San Valentín me viese en una cita con Koga?

– ¿En verdad crees que él te es fiel?

Esa pregunta la lastimó. El resplandor se volvió opaco en sus iris azules, sus ojos se cristalizaron y la felicidad se vio eclipsada por una vibra oscura. –Lo pensé de Inuyasha cuando me engañó contigo.

La castaña vio su error y la tristeza casi palpable de su amiga. –Kagome, yo lo siento. No debí haber dicho eso.

Ya no quiso escuchar, se dio la vuelta y se alejó. Suponer en una infidelidad por parte de Sesshomaru le hizo sentir el corazón hecho añicos.

¿Él sería capaz de hacerle eso?

Una vez amó sin medir las consecuencias, dio todo de ella por una relación que fue una pérdida de tiempo. No obstante, Sesshomaru no era Inuyasha, se lo contribuyó con sus acciones. Tal vez no eran la pareja más divertida del mundo, pero ella se sintió tan feliz a su lado, con su cara seria y su falta de expresiones.

No eres diversión.

Él se lo dijo desde el primer beso, ¿Qué más necesitarían para ignorar tantas tonterías?

Sin siquiera pensarlo, se hallaba caminando hacia la salida del instituto con una nueva actitud, cien por ciento segura de sí misma, porque si Sesshomaru no dudaba de sus decisiones, ¿Ella porqué tiene que hacerlo?

A partir de ese momento, únicamente confiaría en lo que dictaba su corazón y lo que veían sus ojos. Y claro, no se cegaría ante su amor, pero sí ante las actitudes negativas y las críticas a su relación.

Sonrió al ver a Inuyasha parado justo al lado de la escalera principal. Por extraño que lo fuera, él y ella parecían más amigos de lo que nunca fueron, además de ser un distractor a su tristeza.

– ¿Quieres que te lleves a tu casa? –. Preguntó con una expresión encantadora.

Negó. –Quiero ir al centro comercial–. Miró los rebeldes ojos dorados. – ¿Quieres ir conmigo? Podrias ayudarme en elegir algo para Sesshomaru.

Inuyasha odiaba ir de compras con Kagome. A su pesar, le dijo que sí, porque le prometió a su idiota hermano estar al pendiente de ella.

Mientras bajaba los escalones, alcanzó a escuchar las risas de su antiguo séquito quienes murmuraban con total descaro contra ella, las cinco chicas bebían su licuado verde justo al lado del pasamano de piedra.

– ¿Ya volvieron a ser novios?–. La empalagosa voz de Sara se escuchó.

Decidió que esas palabras no arruinaron su reciente buen humor. -Que te importa.

Las risas no se hicieron esperar, Sara frunció los labios y se dirigió a Inuyasha, al cual le guiñó el ojo. –Tal vez me puedas llevar un día también a mi casa.

– Ignóralas–. Le susurró Kagome viendo como la cara de él se ponía roja, aunque no sabía si por vergüenza u otra cosa.

Bajaron los escalones, pero escucharon la voz de Ayame, y se quedaron esperando justo al pie de la escalera. Ella e Inuyasha se volvieron parte esencial de su rutina, solían compartir los almuerzos juntos. Algo que hacía un mes atrás no se habría imaginado siquiera.

– Es tan rara, por eso es la burla de Koga.

Ella lo miró algo ofendida. –Eso que dijiste es muy cruel.

– ¿Yo?, si es él quien lo dice. Es un cretino, siempre te lo he dicho–. Inuyasha no quiso comentarle que existía un video de la pelirroja teniendo relaciones con un desconocido mientras Koga la grababa y el cual fue difundido precisamente por el moreno.

Ella entornó la mirada como clara advertencia de que se callase. –Ayame, ¿Qué le pasó a tu bolso?

La chica se acomodó los lentes en el puente de su nariz. Su bolso lleno de líquido escurría manchándole su abrigo de piel. –A Sara le pareció de lo más gracioso tirarme su bebida en mis cosas. No me di cuenta hasta que todo me resbaló por la espalda.

A Kagome no le pasó desapercibida la ceja derecha de Inuyasha que se arqueó. Él podía decir y jurar que ella le desagradaba, pero mentía. –Iremos al centro comercial, ¿Vienes? Y así aprovechas en comprarte un nuevo bolso y libros.

Ella asintió. –Antes de que lo olvide… ¿Tienen aviones para el sábado? Tengo boletos para la fiesta rosa en el "Soul".

Ojos azules y dorados se miraron un momento y despues a la pelirroja. Era el antro más exclusivo de la ciudad con una lista de espera de ocho meses y un valor de cinco mil dólares por mesa.

– ¿Cómo le hiciste para conseguirlos? –. Preguntó Inuyasha sorprendido.

– Mi abuelito me los obsequió por mi cumpleaños–. Dijo con una sonrisa llena de orgullo. –Pensaba invitarlos, ya Sesshomaru, claro.

Kagome sonrió. – Lo siento, no creo. Él sigue de viaje–. Tampoco quería ir para no tener que estar de mal tercio con Koga y Ayame, ellos no eran novios, pero todos sabían que la pelirroja estaba perdidamente enamorada de él.

Ella arqueó sus cejas delgadas. –Es una última.

Los ojos dorados mostraron demasiado entusiasmo. –Si quieres, podemos ir juntos, Kagome. Como amigos.

Inuyasha y Ayame se vieron cómplices, cosa que no eran. El peliplata creía que ella es fastidiosa, ella pensaba que él es un ególatra narcisista; aun así, ambos sonreían.

Kagome deseo mandarlos al carajo a los dos, no lo hizo, porque cuando apenas iba a hablar, vio como Ayame le quitaba una pelusa que Inuyasha traía en el hombro, y como él le quitaba su bolso y lo sujetaba con su mano para que no siguiera manchando la ropa femenina. Sonrío, ese simple acto le dio una pequeña esperanza de que entre esos dos pudiesen ser amigos.

Una sensación fría le recorrió la cabeza, mejor dicho, algo literalmente se escurrió por su cabello negro cortándole la línea de sus pensamientos. Solo pudo tocarse, entre sus dedos se deslizóba jugo verde.

Miró hacia arriba, para lograr ver los ojos chocolates de Rin y su tierna sonrisa antes de que dejase caer el vaso de plástico que golpeó su frente.

Carcajadas, burlas y muchas fotos fueron el complemento para que su semana fueron definitivamente la peor de todas.

Kagome siguió sin creer la humillación que pasaba, hasta que Ayame la jalo e Inuyasha le limpio el rostro con su bufanda.

S:S:S:S:S:

– ¿Qué sentiste cuando te lo confesó? –. Preguntó entrelazando sus manos debajo de su mejilla. Kikyo se encontraba completamente desnuda, acostada boca abajo, y con el pecho recargado en una suave almohada.

– Fue extraño, aunque supongo que siempre supe que mi hermano es homosexual–. Mencionó Bankotsu viendo hacia el techo. Se encontró con una postura relajada con ambos brazos debajo de su cabeza. También desnudo. –Mientras todos veíamos pornografía como cualquier persona decente, Jakotsu escondía debajo de su cama revistas con hombres desnudos en la portada.

Ambos empezaron a reírse. Kikyo muy despacio, se fue colocando sobre su pecho, apoyando la barbilla sobre sus manos. Él quitó sus brazos debajo de su cabeza y las colocó sobre la espalda, acariciándola suavemente.

– ¿Por qué no tenías novio cuando te conocí? –. Sabía de sobra que por Inuyasha, pero quería que ella se lo dijese.

– Porque no quería–. Se encorvó de hombros, sonriendo.

Mentía, era tan buena haciéndolo que sus ojos lo miraban fijamente sin pestañear al decirlo; ese lindo rostro podria engañar a cualquier imbecil, menos a el. –Me temo que no me engañas, mujer.

Acarició el pelo rizado que cubrió el pecho. –Eso es bueno, si fuera lo suficientemente tonto para creer todo lo que te digo, ya no me gustarías.

Verle esa sonrisa sensual en los labios lo hizo comprender que estaba perdido, no importaba que ella guardóse lo mejor de sí misma para el cara de perro de Inuyasha, él cayó redondo ante sus iris avellana y su carácter atrevido.

Su última novia fue una chica preciosa de nombre Yura, era todo lo que un hombre deseaba de una mujer: hermosa, cuerpo voluptuoso y muy sensual. Bankotsu jamás la invitó a su departamento, ni a ella, ni a ninguna de sus citas casuales. Y de pronto, conocí a Kikyo, ella precisó meterse entre sus sábanas y hacerlo hasta cambiar de café. No comprendía el porqué, simplemente se dejó llevar.

– Qué más da–. Dijo Bankotsu sujetando su delgada figura con sus fuertes brazos, la hizo dar vuelta, dejándola bajo su cuerpo. Ella le sonreía abriendo sus piernas, para que pudiese colocarse ahí. –Me ha vuelto un completo idiota.

El ruido de la alarma anunciaba que serían las siete de la mañana. –Tienes que irte a trabajar.

Bankotsu sonrió, sintiendo sus piernas rozar las de ella. – ¿Qué piensas hacer hoy?

– Quede de ir por la tarde con Inuyasha–. Dijo notando los ojos azules más oscuros. –Irá a una fiesta, me pidió que lo acompañara a escoger algo de ropa.

– ¿Qué no es lo suficiente mayor para arreglárselas solo? –. Preguntó arqueando sus cejas. El pie de Kikyo se deslizó suavemente por su pantorrilla.

– Es mi mejor amigo.

– Bien–. Rodo los ojos, algo molesto, hasta que las manos de su chica se deslizaron lentamente por sus oblicuos y, sin detenerse, hacia su rostro. –Él es tu amigo–. Ahora, era él quien hizo un movimiento de su cadera rozando su recién excitado miembro contra su intimidad. –Y yo quien te tiene entre sus brazos–. Deslizó su lengua por la barbilla femenina, y se detuvo justo en la oreja, para susurrar: –Y sé que te encanta.

– Ya deja de hablar–. Le sujetó el rostro y lo besó, atrapando sus labios. Sintió la caricia cuando en un rápido movimiento se adentró a su cuerpo haciéndola soltar un gemido y arquear de forma placentera la espalda.

Verla tan mojada y accesible solo utilizan en él la necesidad de sentir todo de ella.

Los gritos se hicieron presentes en el departamento. La posición sexual era tan simple, pero placentera. La piel blanca chocaba en contraste con la masculina, que parecía brillar con el bronceado y el sudor que perlaba cada poro.

Kikyo normalmente deseaba ser estrujada y mordida; esta vez no. Algo que salía de su comprensión, la hizo temblar y suspirar contra la lengua que se adentraba en su boca, al igual que el pene que la estimulaba de forma certera, enérgica y veloz. Su cerebro y piernas comenzaron a cosquillear, avisando su propio orgasmo, que crecía más y más.

Ambos exhalaron el aire que sus pulmones lograron inhalar y exhalar, dejándose arrastrar por el increíble placer que el estremecimiento de sus cuerpos provocó.

El cuerpo femenino vibró bajo el suyo y, cuando abrió los ojos, se sorprendió de cómo ella lo miraba. Despacio salió de su interior, quedándose ahí, entre sus piernas. Le acarició con su pulgar los labios semiabiertos y en respuesta ella lo mordió juguetonamente.

– No hagas planes el sábado, quisiera invitarte a cenar–. Ella asintió. – ¿Te parece que pescado de mar?

Kikyo le dio un golpe en el brazo, el cual le causó gracia.

No había dormido, toda la noche se la pasaron teniendo sexo, pero valía la pena el cansancio. Mientras caminaba hacia el estacionamiento, el portero le hablo.

– Señor Bankotsu, otro informe.

– ¿Otro? Dime algo, viejo granuja, ¿Para qué te pago? Se supone que deberías hacer caso omiso–. Le quito el papel que tenia en las manos y lo rompio.

– Es que, ya van más de quince con este–. Dijo limpiando la cara con un pañuelo. –La chismosa de abajo dice que se escucha como si residuos animales en celo.

– Envidiosa.

– Su chica es muy linda, se ve de mucha clase. ¿Ella es quien grita o es usted?

Bankotsu se rio por las tonterías que decía el anciano. –Solo te diré, que vale la pena pagarte para que no te tomes las quejas en serio–. Le metió un billete grande en el bolso de la camisa, le dio dos palmaditas y siguió su camino.

Definitivamente, seguiría haciendo el gasto con tal de que ella quisiera dormir en su cama.

S:S:S:S:S:

– Esto está peor que el anterior–. Dijo para sí mismo Inuyasha mirándose al espejo. Llevaba puesta una camisa color amarillo, la quinta que se probaba y ya se estaba poniendo de muy mal humor.

Kikyo no había llegado, lo cual se sumaba a su enojo. Desde que ella quiso quedarse con el estúpido de Bankotsu, ambos decidieron seguir con su eterna amistad. Todo parecía ir tomando de nueva la rutina, tanto que como cada viernes decidió salir, tal y como su tradición dictaba.

Era una lástima que no pudiese llevarla al "Soul". Hacer cosas sin ella nunca sería igual de divertido. Él la amaba y su mente lo hizo fantasear las posibilidades que tendría el domingo por la madrugada: Llegaría pasado de copas a su departamento, Kikyo lo recibiría sin protestar, se besarían dulcemente, la cargaría hasta la cama, y harían el amor para siempre.

El sabor de su piel aún no desaparecía de sus papilas gustativas y deseaba pronto probar de nuevo sus pequeños y apetecibles senos. Ella era suya, siempre lo fue y ningún rufián con colonia barata se la quitaría.

"Está encaprichada porque es mayor."

Y se daría cuenta de que estar con Bankotsu era un error; nadie querría estar con un simple empleaducho de mierda cuando podría estar con el nuevo director de operaciones de Taisho & Co., una noticia que le ocultaba para cuando estuviera rendida entre sus brazos.

– Ese color no te queda.

Se giró para ver a Kagura que lo vio de forma coqueta. Traía puesta una blusa de manga larga en color rosa muy escotada, la cual dejaba ver claramente que no llevaba brasier, y un pantalón negro que se amoldaba a la perfección a sus anchas caderas.

– Tía–. Susurró sorprendido. Una mujer que no podía ser olvidada tan fácil. Demasiado bella que le provocaba sentirse mareado de tenerla cerca.

Sus botas de tacón resonaron en el piso cuando se acerque. Su cuerpo de ex modelo era tan llamativo que no era fácil poder quitar los ojos de ella.

– Mírate, cómo ha crecido. Recuerdo que tenías doce años la última vez que te vi–. Se acerca lo suficiente como para poder hablar cómodamente con él. – ¿Viene solo?

– No. Digo… Bueno, sí–. Se rascó la nariz de forma nerviosa. –Que de verme con alguien.

Sus dientes blancos brillaron al asomarse de sus labios rojo sangre–. ¿Y dónde está tu cita?

– Viene atrasada.

– En ese caso, ¿Me permites ayudarte? –. Preguntó con sus ojos fijos en los dorados. –Confía en mí, tengo buen gusto.

Inuyasha asintió. Ella le habló a un vendedor y le dio indicaciones. A los pocos minutos Kagura le dio unas prendas.

– Anda, cuando termine sales a que te vea–. Le guiño un ojo.

Inuyasha se maldijo por sonrojarse. Al salir del probador, ella sonreía de manera radiante.

–Te ves muy apuesto, sobrino.

Se vio al espejo, dándose cuenta de que la camisa celeste, el saco azul marino y los pantalones ajustados en color blanco lo hacían mucho mejor.

Ella puso su mano sobre su hombro y lo hizo girar. –Si me permites…–. Le desabrocho un par de botones, los más cercanos al cuello. –Mucho mejor. Deja que las chicas vean el cuerpo fornido que tienes.

Era cierto, se vio mejor con la clavícula despejada y la parte alta del pecho. No pudo evitar mirarla, con los tacones era un poco más baja que él, pero estaba seguro de que si se los quitaba no le llegaría al hombro. –Gracias–. Dijo simplemente. –Lo llevaré.

– Muy buena elección–. Dijo. –Por cierto, ¿Cómo está Sesshomaru?

– Ha estado de viaje desde que se volvió gerente general.

Kagura puso su mano sobre su antebrazo fuerte, era muy fácil sentir los músculos tensos ante su toque. – ¿Y cuál es tu puesto?

– Soy el director operativo.

– ¡Vaya!, es un puesto muy importante. Te felicito–. Ella suspiró. –Ojalá pudieras visitarnos un día en la mansión que era de tu abuelo. Todos te extrañamos–. Le acunó la mano dulcemente en la mejilla.

Ese tacto lo hizo temblar.

Le tendió una tarjeta. –No dudes en llamarme, para lo que necesites.

– Sí, claro. Gracias–. Dijo apenas y con voz, porque sintió que malinterpretaba sus atenciones.

– Un ti–. Acercó todo su cuerpo, pegándose al masculino, tanto que lo abrazó, deslizando sus manos desde su pecho hasta el cuello.

Para él fue inevitable no perderse en el perfume tan dulce como la vainilla, y sin poderlo evitar, el abrazo por la cintura.

– Ya eres todo un hombre–. Dijo separándose para darle un beso en la mejilla. Le tomé la mano con cariño. –En serio, llámame, no somos tantos años de diferencia, podemos hasta ser amigos.

Se dio la vuelta y se marchó. Inuyasha no dejó de ver su contoneo de caderas hasta que se perdió de su vista. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza, tanto de no estar con una mujer y ese contacto lo hizo casi tener una erección.

– ¡Inuyasha!

La voz de Kikyo lo presentó de bruces a la realidad.

– Lo siento mucho, no encontré taxis, ni mi teléfono, el café era descafeinado y casi olvido mi bolso–. En realidad se quedó dormida en la suave cama de Bankotsu.

Inuyasha siguió un poco perdido, vio a su Kikyo y no pudo evitar pensar que tal vez si fuera más sensual, se maquillase siempre y dejase ver más largas sus piernas, se vería mucho más hermosa.

Ella se acercó para besar su mejilla, pero antes de hacerlo noto una mancha en forma de labios en color rojo. Sintió que los celos explotaban por sus poros. – ¿Quién te hizo esto?

La pregunta lo sacó de su ensimismamiento, y sonrió. –Mi tía Kagura estuvo aquí. Me ayudó a elegir esta ropa.

Ella suspiró aliviada. – ¡Tu tía!–. Soltó una risa. –Creí… olvídalo, tengo mucha hambre–. No estaba preparado para que Inuyasha estuviera con alguien. Era egoísta, no podía simplemente dejar ir todos los años que lo amó en secreto. Se acercó y le borro el labial de la mejilla con la mano. Esa señora debería cambiar de tono de labial, era demasiado para el día. Le sonrió. –Te ves increíble.

Y era cierto, su cabello platinado resaltaba haciéndolo muy apuesto.

S:S:S:S:S:

Cuando le dieron la pasantía en la casa de moda de Naomi Higurashi, se imaginó haciendo los dibujos para nuevos diseños, cosiendo vestidos con telas de alta costura y conociendo personalmente a su diseñadora favorita.

sin, para Rin, nada de eso pasó. Tenía días solamente limpiando las áreas, trayendo café, cosiendo cierres y bastillas. La paga era muy mala y era la unica en trabajar los sabados.

Claro, ante sus amigas, tuvo que mentir. No es que ella quisiera hacerlo, simplemente era mejor ocultar que no era la portavoz de la juventud en la industria de la moda.

Solo una cosa de ese San Valentín la hacía feliz y era su amigo Kohaku, quien la acompañó a trabajar. No había nadie en esa área, y mientras él separaba los botones, ella doblaba sobrantes.

Rin miró por décima vez el reloj y ya casi eran las seis de la tarde, una hora más y podrían irse.

– Esto está tan entretenido–. Le dijo él sonriendo.

Se rio. –Hazlo todos los días y solo querrás usar velcro.

Él parecía muy feliz mientras aventaba cada botón en un frasco para agilizar el proceso. –Por cierto, ¿Hay algo que me quieras contar?

– ¿A qué te refieres?

– Algo como que, le aventaste una bebida a cierta chica que, precisamente es hija de la dueña de tu alma–. Los ojos sorprendidos de Rin lo confirmaron todo. –Me causa curiosidad que no te hayan despedido, aunque siendo Kagome tan linda persona, no creo que pudiese pedirle eso a su madre.

Ella miró a todos lados menos la cara tierna de Kohaku, porque no quería que la hiciera sentir culpable de sus actos. – ¿Cómo lo supiste?

Se alzo de hombros. –Tengo una hermana que cuando se pelea con su novio suele gritar, después contentarse, y seguir gritando cuando empiezan a…

– No quiero saber nada de ese tipo de gritos–. Rin interrumpió con un gesto de asco. Aún recordaba cuando vio a su hermano acariciando a una semidesnuda Sango en la mesa del comedor.

Él se río. Ella era tan linda que toda su inocencia le daba gracia. La imagen de Kagome llorando contra el regazo de su hermana era algo que no le contaría.

– ¿Se lo merece?

Rin negó mirando al piso. –La verdad, estoy molesta con ella por cómo me trato el otro día.

– ¿Y qué te dijo para que te enojaras tanto?–. Dejó de acomodar los botones.

– Cosas que ya no vale la pena recordar–. Rin quiso distraerse y movió unas cajas de cartón que tenía en el piso.

– Te comportaste como tus "amigas", y tú no eres así.

Eso la molestó. –Bueno, tenemos algo en común, por eso somos amigas.

Se quitó de la mesa, y camino hacia ella. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón, y le hizo que ella lo mirase a pesar de que intentaba no hacerlo. –Ellas fueron amigas de Kagome, ¿Qué te hará si cometes un error?

Negó con una sonrisa. –Bueno, yo jamás haría lo que hizo ella.

Él decidió que Rin debía darse cuenta por si sola. – ¿Y solo fue por eso? –. Se volvió a entretenerse con los botones.

– Kagome y yo discutimos por Sesshomaru–. Le confesó.

Era un tonto, durante los meses que tenía de conocerla no se le pasó por la cabeza que a Rin le gustase Sesshomaru. – ¿Él y tú…? –. Preguntó temiendo la respuesta.

Ella negó, y se rascó la frente por los nervios. –Hubo algunos coqueteos, pero Kagome decidió jugar a mis espaldas. Te lo juro, no me enoja que sean novios, me molesta como es que dejo al pobre de Inuyasha por su hermano, y cuando Sesshomaru no está, vuelve a ilusionarlo. Parece que no le basta ser rica, también quiere tenerlos a todos.

– Él la engañaba.

Rin lo miró. – ¿Quién?

– Inuyasha, la engañaba con mi hermana.

Rin se mordió los labios. –Cometí un error. Soy una tonta.

Él asintió riendo. –Me gusta la cara de perrito lastimado que haces, hazla de nuevo pero menos falsa.

–Eres un tonto–. Dijo sacándole la lengua.

Kohaku seguía riendo. –Bueno, ya sabes, intento suicidarme, que más tonto puedo ser.

Ella vio como Kohaku parecía reírse de su propia tragedia, y lo admiraba por eso. Entonces, todo se apagó. Pego un grito y todo lo de la mesa de trabajo se cayó. – ¡No encuentro mi celular!–. Su voz sonaba tan desesperada que parecía un punto de gritar de nuevo, le temía a la oscuridad. – ¡Kohaku!

– Espera, no te muevas. Voy hacia donde estás, no sé dónde deje el mío–. Él tanteó por todos los lados hasta la yema de los dedos femeninos, ese simple toque le ocurrió una corriente eléctrica directa sentir en el corazón.

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– Esto parece ropa interior–. Dijo al ver su reflejo.

Llevaba un vestido rojo satén de la marca Dolce & Gabanna que se salía de los parámetros de su estilo personal. Nunca antes use una prenda así de reveladora. Estaba seguro de que un pequeño estirón y los tirantes se romperían, era tan delgado y el escote de la espalda tan pronunciado, que tenía miedo a que se le cayese si no era cuidadosa; incluso era tan corto que ni siquiera le llegaba a medio muslo.

– No vuelvo a tomar y escuchar a Sango.

Después de lo sucedido con Rin, había llorado en el regazo de su amiga. Ambas bebieron mucho vino y comieron chocolates rellenos de tequila y, cuando menos lo pensó, pagó una ridícula cantidad por esa cosa que parecía una bata de dormir.

Al menos el maquillaje se le vio lindo, traía rubor y brillo labial, su cabello caía ondulado sobre su espalda, definitivamente se veía muy fuerte. Su complemento era una pulsera delgada plateada al igual que sus zapatillas altas.

Respiro hondo, se puso derecha, y cuando las puertas del elevador se abrieron, casi choca de frente con Koga.

Ambos se miraron sorprendidos, hasta que Kagome habló: – ¿Qué haces aquí?, dije que los vería allá.

Él se veía muy apuesto, con un pantalón negro y una chamarra tipo piel que le daba un aspecto muy audaz y desenfadado.

– Te ves… increíble–. Verla vestida así despertó en él, un impuso de saltarle encima, se contuvo. Sin embargo, su boca salivo de más, haciéndole que le dolieran los músculos bajo su lengua.

– ¿Podemos seguir alagándonos mientras caminamos a la salida?–. Dijo cambiando la espalda para aplanar varias veces el boton del elevador, nervioso porque solo eran ellos dos en ese espacio. Además, sentir los intensos ojos azules sobre ella la ponían nerviosa.

Esas pupilas llenas de soberbia y atrevimiento se deslizaban desde sus pies, pasando por sus piernas torneadas y hasta sus caderas, deteniéndose en el trasero femenino. Era imposible no mirarla de forma indebida si prácticamente iba desnuda.

Kagome se giró y le sonrió. ¿Por qué era tan difícil que él pudiera gustarle?, nadie más que ella se resistía a sus encantos ya ese cuerpo lleno de músculos, hasta Sango y Kikyo había caído a sus pies.

"Se parece a Inuyasha en lo salvaje, aunque más seguro de sí mismo".

Dio un paso hacia ella, y con embajadores manos, la tomó de los hombros con cuidado. –Vine a decirte que cancelas con Ayame. ¿Te gustaría ir a cenar?

Aquel tacto la hizo brincar del susto y por instinto zafarse del agarre.

- ¡Qué! ¡Por qué hiciste eso!–. La sorpresa le hizo abrir los ojos casi como platos. – ¡Estás loco! ¿Sabes lo que le costó al abuelo de Ayame esa reserva?–. El elevador llegó, y cuando Kagome se iba a subir, él la tomó del codo y la hizo quedarse en ese lugar. – ¿Q-qué haces?

Koga era mucho más alto que ella, no tanto como Sesshomaru, pero cuando la atrapó entre sus brazos, la acobijó fácilmente en su fuerte pecho. –No iré con ella porque quiero estar contigo. Siempre quiero estar contigo–. Dijo, como declaración de amor, una ruda y llena de verdad. –Vine hasta aquí solo por ti.

El elevador se fue. Kagome no podía creer que eso estaría pasando. Hizo nota mental de cambiar urgentemente de amigos.

– Koga, vámonos. No podemos hacerle algo así a Ayame–. Puso sus manos contra su pecho para impulsar la separación, y él lo capto, dejándola ir.

Al apretar los botones del elevador, sentí el tirante de su vestido flaquear, lo sabía, esa cosa no soportaría nada. ¿Qué su jodida suerte podría empeorar?

Por supuesto que sí, ya que verle el tirante de esa forma incito a que Koga la sujetara por el cuello, y con fuerza la atrajera de nuevo a sus brazos con toda la intensión de besarla.

- ¡No! –. Gritó poniendo sus brazos como escudo.

En verdad no quiso forzarla, no a ella y la soltó. Aunque su ego quisiera retenerla. – ¡Él no es para ti!–. Cuando hablo, su voz sonó entre dolida y rasposa. – ¡A él no le importa nadie!

Kagome logró soportar que Sango hablara mal de su novio, pero no permitiría que nadie más lo hiciera. Con todo su coraje lo enfrento. – ¿Cómo crees que se tome Sesshomaru lo que estás haciendo? Se supone que eres su amigo.

– ¡Entiéndelo!, él solo sabe jugar con las mujeres, a todas las ha compartido, conmigo y con quien se las pida. ¿Por qué piensas que no harás lo mismo contigo? –. La lastimaba, lo sabía. –Yo jamás podría hacerte eso.

No supo de donde saco las fuerzas para soltarle una cachetada que le estampo en todo su orgullo. – ¿Quién supone que eres para decir eso? –. Kagome apretó los puños por el enojo y agacho los hombros y el rostro para que él no pudiese ver su dolor. – ¡Vete!–. Exigió sin mirarlo, fue directo al elevador y aplano con fuerza el botón.

– Kagome, yo lo siento…–. Intentó disculparse, pero ella ya ni siquiera lo quería ver. Fue hasta ella y quiso tocarla.

En respuesta lo empujó con todas sus fuerzas, lo cual no le hizo nada. Él la tomó del brazo y la abrazo. Se odió en ese momento por ser tan débil.

– ¡Suéltame! –. Forcejeo para librarse y poderlo empujar como ella quería.

– Si lo hago, ¿me dejas de golpear? –. Dijo intentando calmarla.

El melodioso timbre del elevador se escuchó, dejando salir a Sesshomaru que no supo qué pensar al ver el extraño cuadro que en ese momento enmarcó a Koga abrazando a su Kagome y ella con las manos sobre el pecho masculino apretando su ropa.

Todo en ese momento era silencio, asombro y confusión. Kagome sabía que eso podría malinterpretarse, así que soltó la ropa que atrapaba sus manos y se deshizo muy fácilmente de los brazos que antes fueron tan pesados como cadenas de hierro. Lo único que pudo hacer y que su cerebro le ordeno fue abrazarlo, y así lo hizo. Se aferró al cuerpo de Sesshomaru como nunca antes y no quiso soltarlo.

Sus brazos la recibimos, a pesar de que llevase en sus manos una caja de chocolates y un ramo de rosas. Miró al pequeño cuerpo que lo sujetaba con anhelo, se percató del vestido que usaba y el tirante roto.

Sus ojos dorados se posaron de inmediato en Koga. No era idiota, ni tonto, ni ciego, por lo que sus pupilas lo miraron de forma asesina.

– Koga, ¿qué haces aquí? –. Preguntó.

Su voz sonaba tranquila, algo que denotaba advertencia y peligro, tanto que le puso a Koga los pelos de punta. Podia ser todo, menos un cobarde. – ¿Hablamos en privado?

Sesshomaru le brindo una sonrisa ladina. –Kagome–. Ella lo descubrió, pero él solo vio al moreno. – ¿Podrías darnos un minuto?

No supo qué decir. Era consciente de que ellos tienen que hablar de sus diferencias, así que asintió. Vio que él traía un ramo de rosas en la mano. – ¿Es para mí?

Sesshomaru la miro y le entrego las cosas. –No tuve oportunidad de comprarte algo mejor.

– Gracias, me encantan estos chocolates–. Dijo reconociendo que eran sus favoritos y sin cereza, eso le dieron tantas ganas de llorar, porque… ¿Cómo es que la conocía tanto? ¿Por qué nadie vio lo que ella en Sesshomaru? Era simple: todo lo mejor de él era para Kagome, únicamente para ella.

Sus ojos azules golpean con todo su amor los dorados de Sesshomaru antes de irse hacia la cocina.

El único espectador de esas miradas llenas de fuego era Koga, quien comprendió que ella jamás lo iba a ver así. Todas sus batallas por ella serían en vano.

Se encaminaron a la sala, donde Sesshomaru saco un cigarro y le dio uno a Koga, quien sin dudar agarro uno de la cigarrera plateada.

Se sentó de forma elegante en el sillón y dio una bocanada justo antes de hablar: – ¿Por qué la estabas abrazando?

Koga sonrió con arrogancia. No se sentó –Vine a decir que la amo.

– Ella es mía.

Un enfrentamiento silencioso estaba en ese momento librándose entre el choque de las pupilas azules y doradas.

– Ella sería mía si no te hubieras entrometido aquella ocasión del baile–. Se refería a Halloween. –Pensé: La está cuidando, es la exnovia de su hermano. Que tonto fui.

– Aun así, es mía–. Su sonrisa llena de burla mostro sus dientes.

Esa verdad hizo que le doliese la cabeza. –Kagome es tan dulce que no logro comprender por qué está contigo–. Ojos cargados de arrogancia engalanaban su rostro. –Y ya que somos claros, comprenderás que nunca dejaré de quererla. Esperaré al momento justo en que la cagues para que sea mía.

– No espero menos de ti–. Apagó su cigarrillo, se puso de pie y le tendió la mano en son de amistad y complicidad que forjaron desde hacía años.

Koga lo imito, bufo con una sonrisa y decidió estrechar la mano sellando de cierta forma ese pacto.

Sesshomaru aprovechó ese instante para sujetarle la mano con fuerza, jalarlo y propinarle un certero golpe con el puño izquierdo justo en la boca del estómago. Fue tanto el dolor que le provoco a Koga, que le saco el aire y lo dejo doblado intentando sujetarse de algun lado.

– Es por querer hacer las cosas a mis espaldas.

- Hijo de perra-. Dijo con dificultad.

– Ya que quedo todo claro, te acompaño a la salida–. Le sujetó el brazo para ayudar a ponerse derecho.

El elevador no tardó en llegar y Sesshomaru prácticamente le dio un fuerte empujón hacia adentro, casi haciéndolo trastabillar con sus propios pies.

– Koga…–. Lo llamó, el moreno lo miró con coraje. –Tienes razón, ella en su interior es tan dulce y nunca sabrás cuánto.

La sonrisa más altanera surgió de su rostro para entender el doble sentido de sus palabras. Las cuales fueron recibidas por Koga quien las comprendió inmediatamente.

– Sesshomaru, ¡me las vas a…!–. Las puertas se cerraron haciendo que las palabras murieran.

Sonrió. Se giró para ver a Kagome caminando hacia donde él estaba, se veía preocupada.

- ¿Que Paso?

– Nada. Dejamos clara esta situación de forma pacífica.

Kagome no pudo hacer otra cosa que rodearlo con sus brazos, olía a tabaco, pero no le importo.

Él la recibió sintiendo el perfume de fresas, inundando todo su ser. La había extrañado, a toda ella, a su linda piel y su suave cabello, el cual tocó enredando sus dedos.

– ¿Por qué no me dijiste que vendrías? –. Preguntó notando que iba de traje gris, seguramente llegando de su vuelo.

– No hubiera sido sorpresa.

La soltó levemente para besarla y ella lo olvidó todo. No quería pensar en nada ni en nadie más que en el hombre que atrapaba sus labios de manera desesperada, y quien tocaba su cuerpo apretándolo contra él.

Sesshomaru el sujeto por la cintura para que no se alejase de ese contacto que tanta falta le hizo, porque no tener ese pequeño cuerpo junto al suyo lo estaba volviendo loco.

Al separarse, Kagome no podía dejar de sentirse tan feliz. Y se aferró a él, recargando su rostro en su pecho.

– ¿Tenías aviones con Koga? –. Preguntó algo celoso, ella tenía rastro de perfume de hombre impregnado.

– Íbamos a salir con Ayame e Inuyasha, pero… bueno, ya no importa–. Kagome no quería despegarse de él y su colonia exquisita de sándalo y cedro. –Hueles tan rico.

Le subió la mano muy lentamente por la espalda, dibujando un camino por la columna. La tela que llevaba puesta parecía derretirse entre sus dedos, si la estiraba la rompería tan fácil que no quedaría ni un hilo para cubrir su piel.

Le puso una mano sobre el hombro, sujetó delicadamente el tirante roto y lo enredó entre sus falanges. Sintió la sangre hervir, de molestia hacia Koga, por tocar lo que era suyo.

Se miraron y antes de volverse a besar, todo se oscureció.

Sesshomaru le tomo la mano. –Cuidado, no te vayas a caer–. Sacó su celular y alumbró con la linterna.

– ¿Qué habrá sucedido? Nunca se había ido la luz–. Su celular comenzó un sonar, Kagome vio que era Inuyasha. –Bueno. Casi no te escucho. ¡Aquí está Sesshomaru! En mi casa…!-. Se quitó el teléfono de la oreja. –Se cortó.

– ¿Dónde está?

– Dijo que apenas saldría de su edificio, tampoco había luz.

– Es mejor que se quede allá.

Tal vez no tenga la noche que deseaba, pero si ya todo se arruinó, ¿Por qué desperdiciar ese momento? –Prenderé la chimenea–. Dijo emocionada. Y no tardo ni un minuto en hacerlo.

El calor y el fuego hicieron que la piel blanca de Kagome se viese color bronce. Se vio realmente preciosa, valió la pena haber viajado para ver sus ojos azules.

– ¿Y a dónde iban a ir? –. Preguntó curioso quitándose el saco, lo dejó en el respaldo del sillón y tomó asiento.

Kagome se movió con el atizador unos leños y se sentó en la alfombra, con sus piernas dobladas bajo su trasero. –Ayame nos invitó a una fiesta en el Soul–. Ella no se dio cuenta de que los ojos dorados de Sesshomaru brillaron de forma extraña.

– Me gusta tu vestido–. Dijo mirándola desde los pies hacia la cabeza, justo cuando se quitaba la corbata.

Kagome volvió a verlo, se vio tan guapo con la camisa blanca desabotonada, dejando al descubierto el esternón y parte de los pectorales. –Te extrañé tanto–. Susurró acercándose de rodillas hacia él. Se colocó entre sus piernas, posando su cabeza en el muslo izquierdo de Sesshomaru.

Verla desde su posición lo hacía sentir excitado, toda vestida de rojo, con la piel llena de destellos por el maquillaje que traía y sus labios provocativos.

Por su cabeza paso una imagen donde Koga era quien le quería quitar ese vestido, y por un momento, quiso haberlo golpeado de nuevo.

Jugueteo con la corbata que tenia en sus manos. Se abalanzó hacia ella, sujetando sus brazos y atrayéndola hacia él.

Aquello le debió cierto escalofrío a Kagome él parecía más rudo y lo porque comprobó por la manera en que la besó.

Al separarse, dirija su boca hacia su oreja. –Déjame amarrarte–. Dicho eso le mordió el lóbulo. Sintiendo la piel bajo sus manos, erizarse.

Más que petición, era una exigencia, pues antes de que Kagome procesara lo que él dijo, estaba siendo tomada de ambas muñecas con una sola mano de Sesshomaru, quien solo sonreía de una forma tan sensual, que ella parecía haber caído bajo el control de sus ojos dorados iguales al fuego de la chimenea.

Continuará…

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