CAPÍTULO 10: LA NOCHE MÁS OSCURA

PARTE II

— Listo—. Dijo Kohaku prendiendo la lámpara de su celular antes de alumbrar a Rin, quien seguía escondiendo la cabeza entre las piernas. —Ya puedes mirar—. Al ver que ella negaba, se puso de cuclillas y le acarició con sutileza el cabello. —Estás más a oscuras con los ojos cerrados.

Despacio levantó el rostro. Él le sonrió y se sentó a su lado.

— Tranquila, Miroku y Sango ya vienen hacia acá. Dicen que no hay luz en toda la ciudad.

Rin se recargó en la pared, tratando de controlarse, siempre fue una chica con muchos miedos que ante los ojos de otros parecían absurdos, pero dentro de su cabeza, la oscuridad representa vacío y soledad.

— ¿Puedo preguntarte algo?

—Lo que quieras—. Dijo recogiendo unos botones del suelo.

— ¿Te molestó lo que dije de Sesshomaru?—. Al ver que Kohaku levantó una ceja, agregó. —Sobre que me gustó.

La miró sorprendida. —¿Por qué me encantaría eso?

— Porque somos amigos.

— ¿Y?

— Se supone que no debería haber secretos entre nosotros.

— Eso no significa que tengas que contarme todo—. Vio la reacción cabizbaja de Rin al momento de decir eso. —Si hay algo que prefieres no decir, estás en tu derecho. Quiero que sepas que estoy aquí para escucharte—. Le dio un golpecito en el hombro de forma cariñosa.

Ella sonrió. -Es verdad. Soy una tonta.

— Mmm… Ingenua, como para fijarte en Sesshomaru.

Rodó los ojos y refunfuño. —No me lo recuerdes. Es extraño, antes me gustó tanto, y ahora es… no sé.

— Créelo, te habría tratado de lo peor.

Eso la tomo por sorpresa. —¿Por qué te cae mal?

- Al contrario. Ya que tú me dijiste tus sentimientos, yo te confesaré algo: Quise imitarlo.

- ¡Qué!-. Rin se río. —Ustedes son tan… diferentes.

— Lo sé, y hace un tiempo parecía buena idea. ¿Te imaginas? Me agrada su seguridad y que siempre estuvo rodeada de chicas, Kagome incluida—. Kohaku dejó de mirarla y posó sus ojos castaños sobre algún punto lejos.

Rin suponía hacia donde iba el tema de conversación. — ¿Estás… enamorado de Kagome?

Confirmó la sospecha con un ligero meneo de su cabeza.— Ella siempre fue feliz. Un día su padre murió y ella se deprimió. Yo quise ser esa persona que estuviese a su lado. Hasta que un día, la vi sonriéndole a Sesshomaru, y me di cuenta de que jamás se fijaría en mí.

— Lo siento mucho, Kohaku.

— Siempre fue muy linda persona conmigo. Así que, tome una decisión desesperada, para llamar su atención. Lo que hice me llevó a un lavado de estómago.

Su confesión le dio escalofríos. —¡Tú no querías suicidarte!

— No. Hasta que comencé a cortarme, y ya sabes el resto de la historia.

Rin grabó el evento de las universidades en la escuela, Kohaku se había comportado por demás distante con la pelinegra y hasta la encaró.— ¿Aún la amas?

— Soy feliz que Sesshomaru cuide de ella. Así es el amor, ¿no? Siempre desearle felicidad a otra persona, aunque no esté contigo.

Ella empezó a llorar y él la abrazó. —No quisiera que volvieras a hacerlo. ¡Me escuchas! ¡No quisiera que te pase nada malo!

— No te preocupes, la última vez que pasó por mi mente lastimarme, fue cuando te conocí. Creo que lo que necesitaba era que alguien me escuchara, así que gracias.

Se estuvieron abrazados durante mucho tiempo. En esa posición, Sango y Miroku los encontraron.

— ¿Llegamos en mal momento?—. Preguntó Miroku guiñandole un ojo a su hermanita.

Ella nerviosa se puso de pie, volteo y le tendio la mano a Kohaku para ayudar a levantarse.

S:S:S:S:S:

— Me das una hamburguesa sencilla y sin queso—. Pidió Kikyo. —Las papas me las pones en otro plato, sin sal y con pimienta. De tomar quiero cerveza oscura.

— ¿La carne en qué término?—. Preguntó la atractiva mesera, que llevaba una blusa muy escotada y un short muy pequeño como uniforme.

— Esa me la pone a mí—. Intervino Bankotsu, que se encontraba sentado frente a Kikyo en un amplio sillón.

La mesera asintió sonreírle de forma muy coqueta al guapo hombre que iba de corbata y saco. —¿Y tú?

— Quiero lo mismo, pero la carne bien cocida y cerveza clara.

La mesera se alejó, mirándolo. Eso no le pasó inadvertido a Kikyo. El restaurante se hallaba repleto de chicas con uniforme muy atrevido, las cuales paseaban entre las mesas repartiendo comida y cerveza. Era el mejor restaurante bar, no se molestaría por eso.

Todo el mundo celebraba San Valentín, la ciudad repleta de gente enamorada, así que ella no se sentiría intimidada por pequeñeces como una perra que mirase a su novio. Negaba rotundamente a ponerse celosa aún y cuando otra de las meseras paso sonando. Debía estar acostumbrada, siempre le pasaba lo mismo con Inuyasha, aunque él no dudaba al devolverles la sonrisa.

—Cerveza oscura—. Dijo la mesera dejando su bebida. —Y… cerveza clara.

Kikyo sintió los dientes rechinar cuando la maldita zorra se inclinó hacia Bankotsu con su mejor sonrisa. Sin poder evitarlo lo miro, percatándose que él tenía la vista fija en ella, solamente en ella. Eso la hizo sentir demasiado extraña, tanto que para salir de su ensimismamiento le dio un trago a su cerveza.

Para él era demasiado divertido ver como Kikyo intentaba disimular que algo le molestaba. La bonita mesera no se comparaba en nada en como lucia su chica esa noche, ni siquiera existia punto de comparacion cuando el cabello negro lo sujetaba en una coleta alta y los labios le brillaban.

—Pensé que cuando me dijiste que querías cenar en un lugar especial, sería algo más a tu estilo.

— Y según tú, ¿cuál es?

Bankotsu se encorvó de hombros. —Pareces la típica heredera de mil millones y un ego hasta el cielo.

— La rica es mi madre, no yo. Y el ego, eso no te lo niego.

— Casualmente, los ricos siempre dicen eso. Jamás se me hubiera ocurrido que comer hamburguesas y chicas con poca ropa escondida tu idea de cita.

— La comida es muy rica—. Le sonrió. —Además, es bueno saber que puedes entretener la vista en algo que no sean mis pechos, los cuales has estado viendo desde que llegamos.

— Es que viniste muy escotada—. Era cierto. La blusa strapless de manga larga y color vino era muy llamativa. —Así que, a lo que a mí concierne, es tu culpa que no puedo dejar de mirarte—. Mientras lo decía, se quitó el saco.

— ¿Solo por eso? Vamos, admito que soy mucho más bonita que todas las chicas que han visto esta noche.

Sonrió al notar su arrogancia infinita. Bankotsu quiso fijar sus pupilas en aquellos iris avellanas que lo hechizaban, pero derrotado volvió a ver el inicio de sus apetecibles senos. No eran los más grandes que habían visto, pero eran tan perfectos que cabían en sus manos, y tan…

— ¡Te atrapé! ¡Lo hiciste de nuevo! —. Dijo cubriéndose de forma juguetona.

— ¡No es verdad!—. Mintió riendo. Vio la mano de ella sobre la mesa y se la tomó, entrelazando los dedos con los suyos.

Se sorprendió que el semblante de Bankotsu cambió a uno serio. Cosa rara, porque él siempre se burlaba de algo.

— ¿Sabes por qué te invitamos esta noche?

— ¿Por qué es San Valentín?—. La ironía se hizo presente.

— También, pero quisiera hablar contigo sobre…

La luz dio un bajón y de pronto todo se apagó. Chiflidos, gritos e insultos se escuchan en todo el lugar. Las luces de los celulares lograron iluminar los pasillos y el techo, creyendo que era un simple corto.

Bankotsu se puso de pie y se asomó por la amplia ventana que daba a la calle, volvió con una sonrisa a la mesa, se sentó a su lado y puso su brazo sobre el hombro femenino.

— No hay luz en ningún lado—. Le susurró en el odio.

Kikyo sintió cosquillas cuando el aliento chocó con su piel. —Lo dices como si te divirtiera.

— Imagínate, es casi una cita a ciegas.

Eso la hizo reír. La cercanía permitió que lo observara mejor. Indiscutiblemente, Bankotsu era todo un hombre y muy atractivo, sus cejas negras y espesas le hacían ver el iris de color lapislázuli, y la piel en tono bronceado, la enloquecía. Un atrevido y asfixiante contraste demoledoramente irresistible.

— ¿Qué tanto me ves?

— Estoy intentando averiguar porque las meseras te miran tanto, creo que es esa horrible corbata.

Sonrío con gesto burlón, llevando la mano a la prenda color gris. —Qué raro, mi secretaria dijo que era muy linda.

— Dile a tu secretaria que tiene un pésimo gusto.

— Se lo diré, aunque la pobre anciana ya está medio miope.

— ¡Te odio!—. Era una tontisima, cayo en sus provocaciones.

Las carcajadas no se hicieron esperar cuando él la tomó la nuca para besarla. ¡Y qué beso! Si Kikyo pudiese explicar la sensación de ser tocada por él justo cuando sus labios eran presa de su boca, lo haría sin dudar; pero no podria. No encontraría palabras a ese sentimiento que amenazó con arrancarle a Inuyasha del corazón.

Al separarse, él se acercó a su boca a su oreja. —Quédate en mi departamento—. Susurró.

Era algo tan íntimo, que, por primera vez en toda su vida, percibió tal cual era su voz, su aliento, su olor, todo lo que era Bankotsu. Porque ella siempre imaginó a Inuyasha en todos los hombres, eso la hizo tener un nudo en la garganta, el cual trago fuerte para deshacer antes de hablar.

— Todo el tiempo estoy allí.

—Me refiere a que te mudes conmigo.

Las cosas se salieron de su comprensión. Abrió los ojos que inconscientemente había cerrado y se separó del contacto.

Empezó a reír. —Me asustas, no juegues con eso.

Bankotsu arqueo las cejas. —Lo digo en serio. Por eso te invité a cenar, para decirte que soy el nuevo director financiero de la compañía, Sesshomaru me nombro. Sé que no soy rico, pero trabajo muy duro. Vivo bien, y ahora que tendré un mejor sueldo, quiero…

Ella le cubrió la boca con sus dedos. Claro, también era casi diez años mayor que ella y otras metas en la vida. —Ya no hables.

— Pensé que te gustaba estar conmigo—. Dijo retirando la mano femenina.

— Así es, pero una cosa es que te visite y otra es que tenga que estar tiempo completo en tu casa.

— Si necesitas reflexionarlo, hazlo—. Dijo intentando calmar la tensión.

Movió la cabeza despabilando de la loción masculina que en ese momento la llenó por completo. ¿Por qué olía tan bien? Maldita sea, lo odiaba, a todo él, a su estúpido humor ya su boca llena de pasión.

— No me conoces Bankotsu.

— Ya te conozco, he visto todo de ti; incluso, él contando tus lunares—. Dijo de forma juguetona, dejó de hacerlo al ver que no bastaba.

— Sin bromas—. Pidió al ver la sonrisa formándose. —No conoces nada de mí.

— Entonces, déjame hacerlo—. Pidió besándole la mejilla.

Solo una persona que la conocía así… Inuyasha. Si permitía que Bankotsu se adentrará más, ¿podría salir lastimada?

El sonido de su celular la hizo brincar del susto. Miro la pantalla y quiso morirse. Otra vez… no podía ser cierto. Contestó, escuchando la voz de su madre.

— ¿Todo bien?

— Sí, me tengo que ir—. Se levantó de pronto.

— No puedes irte así, todo está a oscuras, puedes pasarte algo—. Al ver que estaba decidido a hacerlo, agarró dinero de su cartera y la dejó en la mesa. Se puso de pie con decisión. —Voy contigo.

— ¡No!— Suspiró para tranquilizarse. Lo miró y le sonrió con impotencia. —Escúchame, hay aspectos de mi vida que no quiero que conozcas, ni tú ni nadie—. Al ver el espacio para salir del asiento, rápido se escabullo. Tomo su chamarra y su bolso. -Lo siento.

Salió del lugar sin mirar atrás. No quería que nadie la conociera, porque ni siquiera sus hermanos sabían de su existencia. A sus padres les importó una mierda y su mejor amigo pareció decidido a no contestar a ninguna de las cinco llamadas que le realizaron.

Se llevaron ambas manos a la cabeza, intentando aguantar las ganas de regresar y diciendo que la acompañase, que ya no deseaba estar sola.

No lo hizo.

El tráfico era un caos, ni los semáforos ni el metro funcionaban. Tuvo que caminar hasta al club de mujeres donde tenían a su madre sentada sobre un banquillo. Perdida en alcohol era poco, la ropa llena de vómito seco y ni que decir que, en lugar de zapatos, llevaba sandalias de baño, complemento de un elegante vestido Valentino.

Si eso ya era mala suerte, pagó al dueño un total de cuatrocientos dólares. Dinero que ahorraba para su fondo universitario. Era cierto, ella no era rica, sobrevivía de una herencia de sus abuelos.

— Kikyo, olvida mi bolso… en casa—. Dijo con los ojos entrecerrados y arrastrando las palabras y sus pies hasta llegar a ella. Apestaba, olía tan mal; era una combinacion entre el olor a hierba, aceite corporal, vodka y bilis.

Quiso llorar, pero se aguantó. ¿Cómo podría alguien autodestruirse así?

Al menos esa noche la reconocía.

— No importa, mamá. Vamos a casa—. Dijo sacando unas servilletas de su bolso y limpiando con gentileza el rostro. La toma del brazo para ayudarla a caminar. —Iremos a mi departamento, está más cerca—. Relativamente.

Se pasó la mano sobre su hombro y la sujetó con firmeza de la cintura, todo para ayudar a caminar, pues no controlaba sus pasos. Al salir, se quedó hecha piedra al ver que Bankotsu estaba ahí, parado, fumando, esperando por ella.

— ¿Qué haces aquí? —. La sorpresa y la vergüenza la invadió, su voz traicionera la delató.

— ¿Pensaste que te dejaría andar sola? —. Aventó su cigarrillo al piso y lo aplastó.

— ¿Quién es?—. Preguntó su madre levantando ligeramente la cabeza.

Kikyo lo miró cuando respondió. —Es mi novio, mamá.

Bankotsu le sonrió, justo al tomar el brazo de Mitsune para ayudar con el trabajo de cargarla.

Caminaron en silencio. No serviría de nada decir algo, porque por primera vez sintió el apoyo de alguien. Sus pupilas chocaban constantemente, parecían dos niños coqueteándose entre la oscuridad de la ciudad.

Cuando por fin la dejo durmiendo en su cama, Kikyo lo buscó en la sala, donde lo halló sentado en el sillón. Se acomodó a su lado, recargándose en su pecho, siendo abrazada al instante.

—Hueles a vomitar—. Le dijo.

— Y tú a vomitar y jazmín.

Ambos se rieron.

La sujetó con fuerza, sentándola sobre su regazo. —No intentes hacerme a un lado. En verdad me gustas y sé que también te gusto—. Le acarició el rostro. —Déjame conocerte.

— Te arrepentirás cuando mi madre reaccione—. Dijo con la voz quebrada.

— Si puedo sobrevivir a tu café instantánea ya la comida que preparas, ya no tengo por qué temer a nada.

Ella lo pego a modo juguetón. Bankotsu aprovechó eso para besarla.

Fue ahí, cuando se presentó todo a ese hombre que ansiaba quererla tal y como era. Esa noche no hubo sexo, solo conversación y descubrimiento.

A las dos de la mañana, una llamada entró a su teléfono, era Inuyasha. Lo apagó. A partir de ahora, ella misma sería su prioridad. Se recostó sobre el pecho de su novio y ambos decidieron seguir disfrutando de su compañía.

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Si algo detestaba, es que las cosas le salieran mal.

Tuvo que regresar al penthouse porque olvidó las llaves de su Mercedes; y, además, intervenir por Kagura, quien casi mataba al portero por no dejarla pasar al edificio.

La cosa empeoró cuando comprendió por qué se le negó el acceso: un diminuto vestido blanco y un abrigo de piel que cubría un poco.

Kagura le dio como excusa de su presencia querer hablar con Sesshomaru y él sobre una reunión familiar, claro, sin que su tío se diera por enterado que ella deseaba la reconciliación de todos los Taisho.

¿Qué podría salir mal si caballerosamente decide llevar a tu tía de regreso a su hogar?

Descubrio que todo. Sí, absolutamente todo. El elevador donde Kagura y él iban dio una fuerte sacudida, y de pronto todo se apagó. El pánico los hizo presa de un claustrofóbico intento de salir de ahí. Nada poderoso, ni siquiera su inútil intento de levantar la escotilla del techo.

Ahora, justo en ese instante. Se sentado estaba con Kagura recargada en su brazo, quien estaba muy asustada. Le gustaba su acercamiento, cosa que no debía pasar porque ella era su tía, y eso era terriblemente malo.

Le marco a Kagome y solo escucho algunas palabras, intento marcarle a Kikyo, pero no había señal. Maldijo a todos los dioses. Suspiro pesadamente inhalando el embriagante olor dulzón de la vainilla que despedía Kagura.

— Te ves muy bien, Inuyasha.

— Gracias—. Comentó con nerviosismo. ¿Por qué demonios ella lo ponía así?

— Tu cita es muy afortunada.

Un calor lo recorrio de la cabeza a los pies. Lo único que quería hacer era poner atención a otra cosa que no ocurrió esas piernas largas y esbeltas.

— Sí, bueno, algo así.

— ¿Aún no te declaras?

— Es la novia de Sesshomaru.

Kagura parpadeó incrédula. —Espera, ¿qué?

— Bueno, es que fue mi novia y terminamos; y ahora, es la de Sesshomaru.

— Pero tú sales con ella. Qué curioso par de hermanos, parece que están acostumbrados a compartirlo todo.

Intentó interpretar sus palabras, hasta que sintió la respiración de ella golpeando su mentón.

¿Por qué era tan sexy? Él grababa cuando la vio por primera vez y sintió su corazón desfallecer ante tan hermosa mujer. Nunca se imaginó que, casi siete años después, estarían esos delgados brazos, enredándose en los suyos.

Definitivamente, era lo más incómodo que había experimentado en toda su vida. Al menos eso se repetía una y otra vez para tratar de no rendirse ante semejante manjar.

Prefirió aumentar en su Kikyo para alejar cualquier tentación posible, pero la forma como Kagura deslizaba sus dedos por su brazo, hizo que no pensase en nada más que en eso y en su tóxico embrujo.

Intentó desviar su mente, en algo feo, algo cómo… Ayame. Sí, ella era horrible, se vestía mal, apestaba una loción de lavanda y el pelo nunca se lo peinaba. Sumando a eso, las lentes de grado ultra cegatón la hacían ver muy chistosa. Añadiendo más a la crítica, era un fastidio; la soportó, pero era solo de Kagome.

"Sus ojos verdes son lindos".

—Inuyasha.

— ¿Eh?

Ella río un poco. —Eres muy distraído. Te decía que a tu edad fui modelo. Todos los días me pregunto qué tan lejos habría llegado si no me hubiera casado con tu tío.

Parecía que cada vez hablaba más bajo y empalagoso.

— ¿Sigo viéndome hermosa?

— Si—. Se condenaba, lo sabía. "Enfócate en Kikyo". Cerró los ojos y al abrirlos se percató que ella soltó su brazo y se puso de rodillas para verlo fijamente.

— ¿Me estás mintiendo?

- ¡No!-. Respondió tomando sus manos al ver los grandes senos acercarse.

— ¿Seguro?

La pregunta llegó justo con un beso suave sobre su mejilla. Eso le produjo cosquillas y más tensión de la que tenía sobre su autocontrol, desvió la cara.

Ver quitándose el abrigo fue completamente su perdición. El vestido parecía una segunda piel. Cerró con fuerza los ojos, porque ella estaba prohibida.

Kagura se acercó, apoyando sus manos en el suelo, se posicionó sobre las piernas masculinas, que temblaban. Eso le produjo risa, así que se dirigió a su oreja y sopló.

Inuyasha abrió la boca, y los labios rojos atraparon los suyos, siendo correspondida inmediatamente, cosa que la hizo muy feliz. Pero enseguida, él se quitó.

Tomó una de esas manos fuertes con extrema delicadeza, metió un dedo en su boca y lo mordió. —Hazme sentir bien.

Ya no pudo resistir más, desde que había estado con Sango, no volvió a tener sexo y, ver lo que le apoyaron, lo volvió completamente loco. Sin esperar a nada se abalanzó sobre Kagura quien pegó un grito ante la reacción.

De un momento a otro Inuyasha estaba sobre ella besándola con tanta vehemencia que las frágiles manos no pueden hacer nada en contra del pecho masculino que la aprisionaba contra el suelo.

— Espera…—. Dijo al sentir la libertad de sus labios, pero de nada debido porque él le mordió justo entre el pliegue del cuello y el hombro. Eso la hizo soltar un largo gemido.

Toda la ropa fue a parar hecha nudo a un lado de los cuerpos calientes. Ella invitaba a cualquiera a caer en pecado, y precisamente Inuyasha se sentía perdido, pues con sus dedos estimulaba con toscos movimientos los pliegues femeninos.

— Sé… gentil—. Pidió entrecortadamente antes de explotar en su mano, siendo silenciada por los labios exigentes y desesperados del más joven.

Los gritos elevaron su ego a niveles estratosféricos, tanto que se sintieron en confianza para ponerse a la altura del hermoso rostro y, sin autorización, aprovechando que ella tenía la boca abierta, le metió el miembro en la boca.

La intromisión la sorprendió, aún más cuando Inuyasha fue tan brusco como para empezar a embestirla, provocando que la quijada le doliera y una arcada la tomará desprevenida. Era grande y no podía con tanto.

Se dio cuenta de la presión que hacía, y le dio un respiro.

Verle los ojos cristalizados lo alteró aumentando su libido. Por lo que se bajó de ella y comenzó a succionar sus pechos.

—Despacio—. Pidió, pero él no la obedeció.

No solo succionó, sino también la mordió, dejando marcas de sus dientes en toda la piel. Porque así era él, un salvaje demasiado rudo que no se controlaba.

Se posicionó separando las esbeltas piernas de Kagura y sin esperar se introdujo de un empujón. Ella arqueó su espalda, por la inesperada penetración y las rápidas estocadas. Fue doloroso, pero ya antes Sesshomaru la había tratado peor. Inuyasha ld abrió completamente las piernas, sin permitir descanso y aplastando sus uñas en sus muslos internos.

Para ese punto, él no captaba más que su propio placer; veloz y preciso, profundo y sin delicadeza. Y solo pudo sacar su miembro para eyacular sobre el estomago femenino.

Ella sintió todo el peso semen goteando sobre sí. Pensó que con eso todo terminaría, se equivocó. La gran mano masculina la jalo de la cintura, y la subió sobre su falo y entró de un embiste. Intento seguir el ritmo, pero era demasiado.

Inuyasha con ambas manos la hizo acompañar los movimientos.

Se dejó arrastrar a la misma lujuria que atravesaba su ahora amante. Porque tal vez Sesshomaru era la presa, pero ese muchacho que la hacia tener un segundo orgasmo era un buen bocadillo con el cual entretenerse.

Justo cuando él percibió su punto máximo, salió y la embarró con su semilla los pliegues del suculento trasero femenino.

La respiracion de ambos era acelerada. Se miraron mientras sonreían. Inuyasha fue consciente de lo sucia que la dejó, así que tanteo entre la tela que estaba en el piso, tomando algo blanco y limpiándola con gentileza.

— ¿Me estás limpiando con mi vestido?

- Lo siento-. Dijo tirando la prenda a un lado.

Tal vez, las cosas no salieron como lo imaginaba. Se concentró en mirar el techo del elevador justo cuando la imagen de Kikyo invadió su mente.

¿Se arrepentía? Por supuesto que no. Kikyo era suya y nunca la iba a dejar de querer por alguien como Kagura, quien apoyó el rostro sobre su pecho.

Por su ingenua cabeza jamás pasó la razón por la cual Sesshomaru había puesto contacto cero con su familia. Y menos ahora, que ella deslizaba sus pequeñas manos por su cuerpo.

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El nudo de la corbata sujetaba bien sus muñecas, sus manos posicionadas por el frente y, aunque le resultó incómodo al principio, continuó. Hizo un intento de zafarse, pero no dio resultado. Era sorprendente como Kagome decidió aceptar eso, nunca se imaginó que él se lo fuera a pedir.

Mientras ella se debatía entre su moral y entregarse con total desenfreno, Sesshomaru se deleitaba. La tenía a su merced y únicamente para él.

probablemente, Koga buscó con tanta desesperación a Kagome por la estúpida idea de que él debía compartirla, así como lo habían hecho con todas las chicas, pero ella era suya.

Ella no tendrá escapatoria. Amarrarla era el primer paso de todos los pensamientos lascivos que se generaban. Y ahora, esa realidad, lo hizo sentir tan… excitado.

Con extrema lentitud le acarició los brazos. La yema de sus dedos era su cómplice en cada roce. Quería retrasar el placer, hacerle dar vida a cada zona erógena de su cuerpo y hacerle vibrar hasta el espíritu.

Lo lograría, pues sin que Kagome lo esperare siquiera, la besó. Las lenguas de ambos bailaban sintiendo el cosquilleo dulce que provoca la humedad, fue algo diferente a lo que ella normalmente recibió de su parte. Era lento y tan intenso; parecía que Sesshomaru ansiaba arrastrarla a su propio infierno de forma tan candente y ansiosa. Sujetándola sin despegar sus labios.

Se complació al estirar la parte superior del vestido, y tal como lo predijo, la tela se rasgó.

— Mi vestido—. Dijo contra su boca al escuchar la prenda romperse.

—Te ves mejor sin eso—. No le dio tiempo a replicar. Se arrodilló frente a ella. —Ven—. Pidió, y ella lo hizo. Con cuidado, tratando de no desestabilizarse. La acostó en la alfombra y le quitó la prenda muy despacio, bajando y terminando de sacarla por sus pies.

Sonrió al ver que ella no llevaba brasier. —¿Iría a una fiesta así de provocativa?

— Tuve que quitármelo se notaba con el vestido.

— Por supuesto, es mejor no traer nada—. Dijo rozando sutilmente sus pulgares sobre sus pezones. Enseguida ella tembló.

Llevaba un bikini francés en color rojo y con transparencias. —Quiero verte solo con esas zapatillas—. Empezó a acariciar sus piernas. Claro que él quería disfrutarla, sería paciente, ella estaba bajo su control, no se iría si no se lo permitía.

Kagome gimió al sentir las estimulaciones que le provocaba. Todo su tacto era ardor picante sobre su piel, sumando a eso el calor que les brindaba la chimenea provocaba que quisiera sudar.

— Es injusto, aún estás vestido—. La inconformidad se expuso cuando los dedos de Sesshomaru rozaron su monte de venus.

Parpadeo un par de veces. Se irguió sobre sus rodillas y se quitó la camisa, dejándole ver sus pectorales y sus musculosos brazos.

Si ya estaba sonrojada con el desborde de sensualidad de Sesshomaru, ver como se quitaba los pantalones junto con la ropa interior, la desearon desenfrenadamente. ¿Por qué le provocaba eso?, ¿era tanto su amor por él que su deseo aumentaría conforme pasaba el tiempo?

— ¿Así te gusta más?—. Preguntó con esa sonrisa que la volvía loca.

Asintió, su boca babeaba, por lo que hablar era casi imposible.

Le abrió las piernas y se las dobló; cerca de su rostro a su intimidad, pero únicamente olió. — Te pusiste roja.

Era cierto, sus mejillas se volvieron color escarlata y las cejas arqueadas la evidenciaron, parecía que pronto estaría respirando por la boca. Eran los gestos que revelaban su grado de niebla.

— Lo sería más, si me besas—. Se mordió el labio inferior de forma coqueta, incitando. Tanteaba cuanto lo podía provocar, él nunca perdería la oportunidad ante tal invitación.

Captó inmediatamente el doble sentido de sus palabras, era un beso en su divinidad. Se resiste. Ella no lo embriagaría con sus encantos y sus lindos ojos azules. Él era quien pensó qué se haría. Levantó su cuerpo sobre sus codos y deslizó los dedos sobre la tela transparente que cubría su lugar favorito en el mundo.

Kagome suspiró, pero él no continuó. Lo vio con esa sonrisa llena de ego, por haberle causado esa reacción. — ¿Estás jugando?—. Demandó saber al sentir que el deseo la controlaba.

La sonrisa no desapareció de su rostro al ser descubierta en su sucio acto. —¿Qué quieres que te haga?

— El amor—. Demandó. Así ella era, porque aún le avergonzaba ser más vulgar con sus peticiones.

Él volvió a deslizar los dedos, pero de forma lenta, sintiendo el espasmo ligero que la invadió. —Pídelo de nuevo, de forma amable y tal vez lo haga.

— ¡Maldito arrogante!—. Ese insulto era su favorito cuando él perjudicó sacarla de quicio.

Le encantaba su actitud. —Esa no es la forma de pedir las cosas.

Tomó una de sus piernas y deslizó su lengua despacio, desde la rodilla hasta el muslo interno. Sus ojos dorados brillaban como llamas cuando cometió ese acto. Con toda la paciencia del mundo, bajó despacio su ropa interior, notando enseguida que estaba completamente mojado el puente de algodón.

— Ya estás excitada, Kagome.

— Mira quién lo dice—. Sonrió al verle el miembro listo, solo para ella. Duro, fuerte y sobre todo palpitante.

Levantó la cadera para que él pudiera sacarle el bikini sin que se enredara en las zapatillas.

Sesshomaru se las llevó al rostro, para olerla.

— ¡No hagas eso!

— ¿Por qué no?, hueles delicioso—. Cada palabra era un susurro en su voz llena de sensualidad.

Kagome se dio cuenta de que el miembro palpitaba de nuevo buscando atención. —Ven, déjame ayudarte.

Esas palabras lo hicieron abrir los ojos con sorpresa. Las pupilas dilatadas por el deseo y la curiosidad le ganaron justo cuando, ella lentamente se incorporó para quedarse sentada, con las piernas abiertas y sus manos cubriendo su rosada entrada.

— ¿Qué tienes en mente?—. Preguntó él, arqueando una ceja. Tan cerca, que instintivamente abrió la boca para aspirar el aliento cálido que emanaba su roja boca. Colocó sus brazos entre los huecos que hacían las piernas y la cadera femenina, aproximándose aún más.

Kagome aprovechó eso, en lugar de besarlo como él esperaba que lo hiciera, saco la lengua y con la punta tocó sus labios. Al ver como Sesshomaru ansiaba más, sonrió, y volvió a recostar su cuerpo sobre la alfombra.

— Si quieres más, pídelo de forma amable, y tal vez lo haga.

Quiso reírse, cayó como un imbécil. Se quedó esperando ser besado con frenesí. Aun así, tenía ventaja, por lo que, aprovechándose de su posición, volvió a tomar las riendas. Se puso de pie, y se sentó en el sillón. Sintió que los orbes azules lo siguieron con atención, y sin más, comenzó a masturbarse.

Esa acción le produjo que el corazón le palpitara deprisa. No lo había visto hacer algo tan erótico. Verlo estimulándose le daba cosquillas en el vientre.

— Ven—. La llamó.

El orgullo le decía a su conciencia que no lo haría, que si se acercaba perdería, y con él, odiaba perder. Intentó no mirarlo, pero vio como la mano se deslizaba de arriba hacia abajo de forma muy lenta. Mando al carajo todo. Se incorporó, se acercó de rodillas y sin esperar, se metió el miembro de lleno en la boca.

La tortura de verla haciendo algo así, tan despacio, con la lengua en su glande y sus labios rozando en toda su extensión, lo hicieron casi estallar en su boca, porque tenía casi tres semanas acumuladas. Desde que ella era suya, masturbarse no era lo mismo, él la necesitaba, su cuerpo le exigía su contacto.

Su saliva combinada con los salados fluidos, se produjo un embarazo en su cara. Sintió las manos de Sesshomaru acomodando el cabello hacia un lado, con tal de que continuase con su labor. No podía parar porque le encantaba el sabor, el olor y el tamaño.

Dejó de hacerlo. Solo para enfocar su mirada directamente a los ojos dorados. —¿Esto satisface tu curiosidad?

La respuesta no llegó, pues en un movimiento inesperado, la tomada por la cintura y la carga, subiendo al sillón. Tiro todos los cojines al piso, la acostó, le abrió las piernas con sus grandes manos y coloco su rostro para ver el mismísimo paraíso.

— Soy adicto a ti—. Se agachó para morderle el muslo interno derecho y deslizó su lengua hacia su intimidad, pero antes de llegar volvió a morder, pero ahora fue más enérgico.

— ¡Ay!—. Exclamó Kagome. Le dolió, pero lo soportó.

Sesshomaru sintió su dolor tan placentero que al instante atrapó con su boca el delicado botón rosa totalmente inflamado. Los gemidos no tardaron en sonar, Kagome se derretía ante tanto calor, y fue mucho mejor cuando los largos dedos entraron en ella.

Con su mano casi bañada en fluidos, la bolsa y mientras seguía disfrutando con su lengua el dulce néctar, desplazo las falanges hasta la cavidad anal.

— ¿Q-que… haces? —. Pregunto confuso. No era la primera vez él tocaba esa parte, zona muy tabú para ella. Sentía que era algo sucio y lo menos que quería es que fuera algo desagradable.

— Quiero llenarte por completo.

Se incorporó. A contraluz, la mitad de su cuerpo parecía de inframundo y su cabello platinado parecía iluminarse. Vio el brillo de la saliva cayendo de la boca a la mano, y sin permiso volvió a tocarla, ahí, en su ano.

— Déjame hacerlo—. Le susurró, pero no espero la respuesta antes de invadir de a poco con sus dedos.

Dio un respingo. En automático cerró las rodillas y movió su cadera fuera de su alcance.

Eso le hizo gracia a Sesshomaru. —No huyas, tú eres mía—. La sujetó con firmeza de la cadera, y la jalo hasta que se posicionó de nuevo entre sus piernas y las manos se las subió sobre su cabeza.

— No bajes tus brazos—. Pidió al meterse un pezón en la boca. Chuparla era lo más exquisito de la vida. Se turnó para saborear todo de ella. Su camino continuó hasta el escote femenino y mordió justo sobre su seno, dejando una gran marca.

— ¡Auch! —. Otra exclamación de queja al percibir los dientes enterrándose.

Levantó su ancha espalda, con su mano izquierda sujetó su miembro y lo deslizó por los pliegues de los labios vaginales resbaladizos. Su mano libre comenzó a estimular el clítoris.

Un enorme hormiguero subido por sus piernas; tanto era el estremecimiento que le provocaba que los gemidos antes tranquilos se volvían escandalosos.

Sin aviso, quitó su duro glande de su feminidad, para dirigirla otra vez a su zona prohibida.

- No-. La lengua muy apenas la pudo mover, porque Sesshomaru no dejaba de tocar su punto de placer.

— No puedes hacer nada para impedirlo—. Dijo con una sonrisa—. Es tu castigo, por hacer aviones sin mi.

Si Kagome hubiera estado en otra situación, le hubiera dado una bofetada, pero en ese momento, no.

No entró, pero la estimuló con la punta, bombeando muy despacio, sintiendo que con cada movimiento ella no podía tener los ojos abiertos. —Mírame. Tienes prohibido cerrar los ojos.

Y eso la hizo perder la cordura.

Cada vez los jadeos femeninos eran más sonoros y profundos. Eso lo puso a mil. Dio un ligero empujón y ella arqueó la espalda después de soltar un insulto.

Dolia y mucho.

Decidió no asustarla, así que entró, pero a su suculenta vagina que goteaba sin parar. Verla abriendo la boca, al recibirlo, le hizo tener un espasmo. —Eres bronceado… sensual—. Le susurró, agarró los delgados brazos y metió su cabeza en el hueco que hacían al estar amarrados.

Era un momento ultrasensible, sus pezones rozaban el duro pecho de su novio y cada parte de su cuerpo estaba más alerta que nunca. El exquisito cielo de placer casi era palpable, lo sabía porque cerró los ojos e hizo la cabeza hacia atrás.

— No dejes de mirarme—. Se detuvo de pronto.

— ¡No pares! —. Chillo, al sentir la horrible sensación de un orgasmo no alcanzado. Al mirar que se reía, se revolvió molesta.

— Pidelo. Pide que continúe.

¿Por qué tenía que ser tan jodidamente perverso? -No.

La rebeldia lo sobresalto. Con un movimiento de su cadera se volvió a hundir en ella, pero más intenso, chocando hasta el fondo de su interior.

Kagome gimoteo, amarrando sus piernas sobre el cuerpo masculino, aferrándose para que él no volviese a dejarla a medias. Y la llevó por completo al paraíso. Toda ella empezó a temblar y un grito salió de su garganta cuando el orgasmo la llevó a la cúspide de su placer.

Sesshomaru no se detuvo, siguió entrando mientras veía los gestos femeninos llenos de goce. La transpiración, la saliva, los fluidos y el desenfreno lo corrompieron. Quería más, tomar todo de ella.

Sin salirse, la jalo hasta dejarla sentada sobre él. Abrió las piernas, para que ella metiera sus pies como apoyo sobre sus músculos.

Kagome seguía temblando, pero supo lo que él deseaba, así que sus movimientos eran torpes. El roce, la intromisión de ese enorme falo y una que otro apretón de nalgas le despertaron su libido. Aprovechando la postura de la espalda reclinada de Sesshomaru, movió su cadera.

Ambos se besaron. Cuando respirar se volvió más importante, sus lenguas comenzaron a estimularse.

Fue diferente que en otras ocasiones, porque aún tenía los brazos sobre sus hombros, lo que le daba mayor estabilidad al vaivén de la cadera femenina. Sesshomaru sintió el abrazo palpitante que le otorgaba, bañándolo de peso líquido sexual. Era tan placentero, porque las pupilas estaban fijas en las suyas y ambas bocas gemían intercambiando el aliento.

De pronto, se puso recto, se colocó cerca de la orilla del sillón, y enredó las piernas de Kagome en su cadera para que lo rodeara.

Ella empezó a moverse de nuevo, subiendo y bajando sin esfuerzo. Sin embargo, Sesshomaru la inmovilizó con una mano en su trasero y la otra en la cintura, provocando embestidas certeras.

En algún momento, los embajadores manos agarraban las redondas nalgas. Por más que trato, no pudo, y las deslizó sobre su punto prohibido. Sin ningún aviso, le introdujimos un dedo.

Pego un grito, pero fue acallado por los labios de Sesshomaru, que no dejo de penetrarla por sus tres hoyos. Ya no pudo más, tuvo su segundo orgasmo, todo se nubló cuando otro dedo empezó a meterse en ella. Volvió a explotar, sintiendo también como él dejaba salir todo su peso semen dentro de ella.

Ambos estaban agitados, bañados en sudor y amor.

Kagome lo besó de forma dulce y lenta. Pegó su frente a la contraria y murmuró:

—Desátame—. Pidió con una hermosa sonrisa.

—Todavía no acabamos—. Dijo antes de besarla.

Esa noche disfrutaron el placer de tenerse. Sesshomaru intentó memorizar cada parte de su cuerpo con cada caricia, tratando de expresarle de esa forma todo lo que sentía por ella. Kagome, en cambio, le dijo mil y unas veces cuantas lo amaba.

— Promete que intentaras no irte tanto tiempo.

Una promesa que él no estaba seguro de cumplir; así que la beso, haciéndola olvidar que le debía una respuesta.

Continuará…

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