Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Asesinato para principiantes" de Holly Jackson, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.
Capítulo 2
Las manos de Isabella se distrajeron del teclado y se quedó con los índices sobrevolando la w y la h mientras se esforzaba por desentrañar el jaleo que se había formado en el piso de abajo. Un golpe, pasos apurados, pezuñas deslizándose por el suelo y risas infantiles incontroladas. Al instante, todo quedó claro.
—¡Jacob!, ¡¿quién le ha puesto al perro una de mis camisas batik?! —gritó Charlie con una voz tan poderosa que hasta atravesaba techos y alfombras.
Bella se rio a su pesar; guardó el documento del registro de producción y cerró la pantalla de su laptop. Cada día, como si fuera ya una tradición, se montaba un barullo tremendo en cuanto su padre volvía del trabajo. Nunca fue un tipo silencioso: sus susurros se oían desde el otro lado de la habitación, sus carcajadas eran tan ruidosas que la gente se asustaba, y cada año, sin excepción, Bella se despertaba con el sonido de sus «pasitos de puntillas» por el pasillo del piso de arriba cuando iba a dejar los regalos de Papá Noel en Nochebuena. Su padrastro era la antítesis de la sutileza.
Al llegar abajo, Bella se encontró la siguiente escena: Jacob corría de habitación en habitación: de la cocina a la entrada, de la entrada al salón y vuelta a empezar. Y sin dejar de reír en ningún momento.
Pegado a sus talones iba Barney, el perro perdiguero, que llevaba una de las camisas más cantonas de su padre, la del estampado demencial verde que prácticamente te hacía sangrar los ojos, adquirida en su último viaje a Nigeria. El perro derrapaba como loco sobre el suelo de madera pulida de la entrada, con la emoción silbando a través de sus fauces abiertas.
Y cerrando la comitiva, Charlie con su traje gris de Hugo Boss —chaqueta, pantalón y chaleco —, arrastrando sus casi dos metros de estatura tras el perro y el chico, y soltando esa estentórea risa que, por momentos, incluso parecía subir de tono. Era algo así como la versión de la familia Swan de una escena de Scooby Doo.
—Madre mía, y yo intentando hacer los deberes... —comentó Bella apartándose de un salto para no ser arrollada por la comitiva.
Barney se detuvo un momento para darle un cabezazo en la espinilla y luego se puso en marcha de nuevo para saltar encima de Charlie y Jake, que, exhaustos, se habían dejado caer en el sofá.—Hola, cariño —la saludó Charlie palmeando el sofá a su lado.
—Hola, papá, eres tan silencioso que ni siquiera sabía que habías llegado
—Florecita, eres demasiado lista para usar un chiste tan manido.
Ella se sentó al lado de su padre y de Jake y notó cómo sus respiraciones aún agitadas hacían temblar los cojines del sofá, que se inflaban y desinflaban rítmicamente bajo sus piernas.
Jake empezó a meterse el dedo en la nariz y Charlie le dio un pequeño manotazo en la muñeca para que parase. —¿Qué tal te ha ido estos días? —preguntó Charlie, dando a Jake vía libre para ofrecer una detalladísima explicación sobre sus últimos partidos de fútbol.
Bella desconectó; ya había oído todo aquello en el coche cuando había recogido a Jake del campo. En realidad, solo lo había escuchado a medias, distraída por la forma en que el entrenador suplente había mirado, lleno de confusión, su blanquísimo color de piel cuando ella había señalado al chaval de nueve años al que venía a buscar y había dicho: «Soy la hermana de Jacob».
A estas alturas, ya debería estar acostumbrada: las miradas confundidas, la gente intentando configurar mentalmente la logística de su familia, las tachaduras en las numeraciones y los términos garabateados en su árbol genealógico.
El enorme americano proveniente de la tribu Quileute, era evidentemente, su padrastro, y Jacob, su hermanastro. Pero a Bella no le gustaba usar esas palabras, esos tecnicismos tan fríos. La gente a la que una ama no son matemáticas: no los calculas, restas o conviertes en fracciones. Charlie y Jake no eran «tres octavos» suyos, no eran familia «al 40%», eran completamente suyos, totalmente parte de su familia. Su padre y su insufrible hermano pequeño.
Su padre «real», el hombre que cedió a los Swan dicho nombre, había muerto en un accidente de coche cuando ella solo tenía diez meses. Y aunque a veces Bella asentía y sonreía cuando su madre le preguntaba si recordaba cómo tarareaba su padre cuando se lavaba los dientes, o cuánto se había reído cuando la segunda palabra que Bella había dicho en su vida había sido «caca», la realidad era que no lo recordaba. Pero es que a veces lo de recordar no lo haces para ti, sino para arrancarle una sonrisa a alguien. Ese tipo de mentiras estaban permitidas.
—Y ¿cómo va el proyecto, Bella? —Charlie se volvió hacia ella mientras le desabotonaba la camisa al perro.
—Ahí vamos —contestó ella—. De momento estoy repasando los datos que tengo y tomando notas. Esta mañana fui a ver a Edward Cullen.
—Vaya, ¿y?
—Pues estaba ocupado, pero dijo que podía atenderme el viernes.
—Yo no volvería ni loco —apuntó Jake con tono cauto.
—Eso es porque tú eres un niño lleno de prejuicios que aún piensa que dentro de los semáforos vive gente diminuta. —Bella le echó una mirada—. Los Cullen no han hecho nada malo.
Charlie intervino.
—Jacob, intenta imaginar que todo el mundo te juzgara por algo que ha hecho tu hermana.
—Si Bella solo hace deberes...
Ella ejecutó un elegantísimo lanzamiento de cojín a la cara de Jake. Charlie agarro los brazos del niño y comenzó a hacerle cosquillas en la barriga; su hermano se retorcía para liberarse y hacerle frente a ella.
—¿Por qué aún no ha llegado mamá? —preguntó Bella, que chinchaba al indefenso Jake poniéndole el pie cerca de la cara, como si fuera a acariciársela con el suave calcetín.
—Me dijo que iría directamente desde el trabajo al club de lectura de la madre de Boozy — contestó Charlie.
—¿Eso quiere decir que podemos cenar pizza? —sugirió Bella.
Y de repente cesó el enfrentamiento fraterno y ella y Jake se encontraban en el mismo bando.
Él se levantó de un salto, se cogió del brazo de su hermana y lanzó una mirada implorante a su padre.
—Claro que sí —sonrió Charlie palmeándole la espalda—. Si no, ¿cómo voy a mantener tan boyantes estas carnes rebosantes?
—Papááá —se quejó Bella, que se reprendía mentalmente por haberle dicho una vez esa frase.
