Nunca encontrarás lo que buscas.
Dazai recordaba lo que Odasaku le dijo una vez, antes de morir. Sus palabras frescas en su mente, todo el tiempo estaban resonando. Esa frase, sobre todo. Sólo esa, más que el resto, hacía eco y mella en su interior. Pasaban los días, los meses y los años, y todo se iba y moría pero su voz se quedaba consigo.
[Puede que él tuviera (una) razón al decirle eso, aun así...]
Sus palabras eran lo primero que Dazai recordaba al despertar y lo último en lo que pensaba antes de quedarse dormido. Soñaba con ellas, incluso. Soñaba que se hacían realidad -y era como una pesadilla, aunque le costara admitirlo o reconocerlo.
Podía oír sus palabras cuando desayunaba en la soledad de su apartamento el café más amargo del mundo. Y en la hora de la cena igual -aunque sonara a todo volumen alguna canción de moda en la radio y la televisión, en el canal de las noticias vespertinas, anunciara mecánicamente otro robo, otro secuestro y otro asesinato. Dazai apenas se enteraba, demasiado ocupado con sus recuerdos para concentrarse en algo más.
Le pasaba cuando se dirigía a su nuevo trabajo, también. Se perdía siempre en los mismos pensamientos y parecía un fantasma así, vagando por las calles más concurridas y bulliciosas de la ciudad -que en algún momento se volvían las más solitarias- hasta el mediodía. No había nada que no se hubiera dicho él mismo ya, cuando le regañaban por no llegar a tiempo.
Y al final del día, cuando caminaba de regreso a casa, solo de vuelta, mientras el viento se volvía frío y se escondía el sol, Dazai podía escuchar sus palabras también, en esos momentos más fuerte que nunca.
Veía el río, el cielo morado y amarillo reflejado en sus aguas, y pensaba...
[Pensaba en todos los motivos que existían para vivir-
y no encontraba uno que le hiciera querer quedarse.]
Y cuando la melodía de la voz de Oda se le hubo olvidado... No, cuando se hubo perdido en algún rincón de su mente y Dazai ya no pudo escuchar sus palabras con la misma claridad de antes, las puso en su boca, las tomó como medicina que le supieron un poco a veneno y no era una maldición, tuvo que decirse, sólo una verdad, un recordatorio de la verdad.
Desde entonces, todos los días y todas las noches se lo repitió a sí mismo -después de despertar y antes de quedarse dormido, en la hora de sus dos comidas diarias, de camino al trabajo y de regreso a casa, incluso en sueños- como si temiera olvidarlo:
Voy a quedarme así, solo en las tinieblas. Solo por siempre.
Nada llenará el vacío que siento.
No voy a encontrar lo que quiero. No voy a encontrarlo nunca.
[Dazai nunca dejó de buscarlo, aun así.]
Tal vez, pensaba, algún día...
