Enzo había estado raro desde la partida de Ruby a Rembrant. Podría no decirlo en voz alta pero para él, que llevaba compartiendo y pasando tiempo a su lado, la manera en que a veces a Enzo se le escapaba un suspiro o miraba por la ventana con vista al mar le daba una idea de lo que estaba pasando.

Enzo extrañaba a su hermana.

Y era notorio para quienes vivían en la mansión Omerta. Incluso Isuke llegó a sentir un poco de su ausencia, y también la de su hermana quien también contrajo nupcias con uno de los hombres a su mando.

Ruby y Ellen, ya no estaban aquí. Ellas se habían ido, y estaban formando sus vidas al lado de quienes serían sus compañeros de vida.

No de manera forzosa, sino por voluntad propia. Ellas habían elegido su propio camino y su felicidad.

De cierta forma, el que ambos hubieran sacrificado su estado civil por ellas, había dado sus resultados. Y aunque una parte de él se sintiera triste porque Elena se fue, una gran parte de él sabía, que su hermana merecía ser feliz y amada.

Y eso, también pensaba que Enzo estaba sintiendo. De alguna manera.

Isuke estaba satisfecho con la vida que tenía, incluso si había dolores y amarguras tanto del pasado como del presente así como también, errores que buscaba enmendar y por los cuales pedir perdón.

Así que, él también se preguntaba si Enzo estaba satisfecho con la vida que llevaban. Con sus altos y sus bajos.

Terminando con Isuke sacando a su enclaustrado marido de la oficina, llevándoselo a sentarse con él a su lado en la playa mientras tomaban una botella de vino. Con el agua salina a sólo unos centímetros de sus pies.

Enzo tomó un sorbo de la botella, asentándola en la arena mientras miraba con extrañeza a su marido. Quien únicamente miraba el atardecer con una sonrisa suave, disfrutando también de la brisa.

— Tú estás raro... No, más bien, estás actuando más raro que de costumbre — señaló Enzo, al mismo tiempo que Isuke volteaba a verlo con una ceja enarcada.

— ¿No puedo hacer esto con mi esposo?

— No es eso, ambos sabemos que no es eso a lo que me refiero — un suspiro cansado salió de sus labios, mientras dirigía su mirada al mar frente a ellos —. ¿Me veo tan mal a tus ojos como para sacarme a despejar mi mente? — una ligera expresión de sorpresa se dibujó en el paladín tras mirarlo de reojo. Sacándole una sonrisa burlona —. Al parecer siempre me estás mirando, eh.

—… Quiero preguntarte dos cosas.

— Adelante.

— ¿Extrañas a tu hermana?

Enzo detuvo su acción de tomar de la botella por un instante, pensando mientras fruncía ligeramente el ceño y retomaba su acción de tomar.

Sabía que si no le respondía con la verdad, no le dejaría en paz pero tampoco lo presionaría, y... siendo honesto, era mejor sacarse esto del pecho.

Aparte de que este vino era dulce.

Isuke estaba aprendiendo sus gustos, después de todo.

— Sí... De los dos hermanos que tengo, ella es mi favorita y con quien más conviví, aunque a veces nos metiera en problemas... Ruby fue una de las personas que me ayudó a sobrellevar toda la mierda que conllevaba ser miembro de los Borgia — sonrió levemente, con su mente pasando sus memorias como un libro siendo hojeado —. A Cheshire sólo voy a verlo cuando el arzobispo está harto de él o cuando quiero molestarlo... No somos muy cercanos pero está bien así.

Isuke se tuvo que hacer a la idea de que, nunca conocería todos los detalles de la vida de Enzo antes de ser su esposo. Por lo que, seguía siendo sorprendente que el propio Enzo, hablara de sí mismo y de su pasado.

Y eso sólo avivaba ese deseo de protegerlo, aunque esto también lo hacía cometer estupideces (en ocasiones).

— Pero que extrañe a Ruby, no quiere decir que no esté feliz por ella... Digo, acepté este matrimonio porque quería hacer algo por ella... Ser un verdadero hermano mayor, aunque... No me esperaba casarme con un hombre como tú — Isuke enarcó una ceja, preguntándole con la mirada a qué se refería con eso. Mirada que Enzo ignoró, escarbando en la arena a su costado, viendo qué encontraba —. Pero bueno, no es como que vaya a retractarme y me dejes ir. Porque no lo harás, me lo has dicho y me lo has demostrado... Así que... Estás atrapado conmigo, y no te voy a devolver tus primeras veces por lo mismo.

Isuke sintió su corazón encogerse de la ternura que Enzo le causaba, incluso si sus palabras no fuesen las más bonitas.

Le daban ganas de besarlo (aunque siempre quería hacerlo).

Y como si Enzo supiera de sus intenciones, puso una mano sobre sus labios mientras lo miraba con una ceja enarcada y una sonrisa divertida.

— Ya respondí tu primera pregunta, ¿Cuál es la segunda?

Su sorpresa pasó rápidamente a timidez, una timidez que le resultaba innatural a Enzo. Ya que este hombre santo (que de santo no tenía nada), no podía ser el mismo que se ponía caliente con tan sólo unos roces en su— Ok, debía parar o tal vez se perdería de algo importante.

— Entonces...

— Enzo, tú... ¿Estás satisfecho con la vida que tienes ahora?

Ahora era él quien se sentía sorprendido y poco después, frustrado. Frustrado consigo mismo y el no poder decir lo que sentía honestamente por miedo a exponerse demasiado.

Miedo que ya no debería existir puesto que nadie, ni siquiera Isuke, le reprocharían por sus sentimientos.

La mano en sus labios se apartó y en cambio, se dirigió hacia la botella que seguía en medio. De la cual, bebió lo que quedaba, ante la mirada confundida del albino; secó con brusquedad lo que quedara del vino en sus labios y determinado, tomó el rostro de Isuke y lo besó con fiereza.

Tumbándolo sobre la arena, e introduciendo su lengua en su boca en cuanto Isuke apenas la abrió. Sintiendo sus dedos aferrarse a la tela de su camisa y su sumisión ante él, un simple y llano gonfaloniero de una extinta familia.

Enzo quería ahogarlo.

Ahogarlo con todo esto que le hacía sentir, ahogarlo hasta que Isuke entendiera todo lo que estaba sintiendo y aquello que incluso él no entendía.

Enzo podría arrepentirse de casi todo pero había dos cosas de las que no.

— ¿...Esto responde tu pregunta? — respondió, sonriendo triunfal y casi sin aliento. Preocupándose unos segundos después al no ser capaz de ver esos rubíes carmesí, escondidos tras el fleco de cabellos plateados y una respiración casi entrecortada —... ¿Iz—?

— No es suficiente — demandó, recomponiéndose en un instante y siendo ahora él, quien tomase con la guardia baja a su esposo.

(Ese día, descubrirían lo incómodo que era tener sexo en la playa).