Hey Arnold no me pertenece.

¿Libros de poemas? ¿Altares en los armarios?

Todo había cambiado en ese último año. Hacía un año que había encontrado a sus padres y hacía un año que se había vuelto novio de Helga G. Pataki. Arnold sonrió al recordar todo lo que había vivido con ella. Fue realmente una sorpresa para él conocer a la verdadera Helga, sin embargo, él ya tenía conocimiento previo de ello, pero era bueno comprobarlo por sí mismo. Sin embargo, sabía que aún había cosas que ella no le decía y aunque le había dado su espacio y no la había presionado, la curiosidad que sentía era grande.

Mientras arreglaba su cuarto, encontró una caja de la que ya no se acordaba, la abrió para ver su contenido y encontró un libro rosa. ¿Cómo pudo olvidarse de él? Se sentó en la cama para poder volver a leerlo.

Rio al darse cuenta de lo ciego que fue en ese entonces, sobre todo, al recordar que Helga había arrancado la última página. Ella era sin duda alguna la dueña de ese libro. Recordó también aquella confesión en Industrias Futuro, la que habían dejado pasar pero que era la primera oficial; "qué otra mujer te acosa de día y de noche, escribe libros y libros de poemas en tu honor y hace altares en los armarios".

Arnold ya sabía lo del acoso, y había encontrado uno de los libros, pero ¿altares en los armarios? Eso no lo entendía, pero conociéndola, de seguro era literalmente, ¿un altar en su armario?

Una vez que terminó la limpieza, se arregló y se fue a casa de su rubia novia. Helga lo saludó como solo ella era capaz de hacerlo y se dirigieron a su habitación.

Arnold estaba emocionado por comprobar su teoría.

—Helga, mientras limpiaba mi habitación, encontré esto—. El chico le extendió el libro, pero ella solo se le quedó viendo. Ese problemático libro estaba allí frente a ella otra vez, lo mejor era disimular.

—¿Qué es eso?

—Es tuyo—dijo Arnold simplemente.

—Eso no es mío Arnoldo, lo reconocería si así fuera.

—Puedes dejar de fingir, te he descubierto, la dueña de este libro eres tú.

La chica se quedó callada por varios segundos, mirando el dichoso libro.

—¿Arrancaste la última página para que no leyera algo?

—Maldita sea, Arnold.

El chico sonrió al escucharla maldecir, esa era su victoria.

—Es obvio que no quería que descubrieras que yo lo escribí.

—¡Lo sabía! Eres la única persona que conozco que escribe así, además, es tu letra. Pero dime, ¿qué decía la última página?

—Eso no te lo voy a decir, confórmate con haber leído el resto del libro.

El chico ahora rio. Ella siempre era así, no podía ganarle en todo.

—Escribes muy bonito y sonará egoísta, pero me gusta que solo yo sepa acerca de estos poemas. Me pregunto cuántos libros llenos tendrás.

—¿Y a ti quién te dijo que son más?

—Tú, en industrias futuro dijiste, libros y libros de poemas, ¿recuerdas?

La chica casi le grita, ese niño siempre le hacía lo mismo, era demasiado blanda con él.

—Nunca lo sabrás, Arnoldo.

—Entonces, ya que no me vas a mostrar los otros libros, ¿me dirías a qué te referías con altares en los armarios?

Helga se congeló. Iba a fingir, pero al parecer él recordaba bien su primera confesión y ese pequeñísimo secreto, también se le había salido ese día. Miró de reojo su armario, tenía llave, así que no había forma de que lo descubriera.

Arnold notó enseguida con ese silencio de que todo era cierto, pero lo más probable era que no se lo mostrara por más que insistiera.

—Así que es cierto. Vaya, ahora tengo mucha curiosidad de verlo.

—Ni te atrevas, además, tiene llave.

—No tendrá llave siempre, además vengo aquí muy seguido, algún día bajarás la guardia.

—¡Antes muerta que mostrarte eso!

El chico rio aún más. No la iba a presionar, sabía que había que darle su tiempo y espacio, pero por más que dijera eso, la curiosidad era muy grande.

Miró aquel armario con anhelo, en verdad tenía muchas ganas de mirar adentro.

—Ni creas que voy a cambiar de opinión, aunque pongas cara de cachorrito, ¡no voy a caer!

Siempre supo que Helga ocultaba cosas, siempre supo que había una razón por la que lo trataba de mala manera y en verdad quedó sorprendido al lograr conocer a la verdadera Helga, aunque ya había tenido pequeños vistazos a aquella personalidad, y a pesar de que llevaban un año saliendo, ella seguía sorprendiéndolo y cada vez se convencía más y más de que estar a su lado era lo correcto y le encantaba.

Aún si ella no le mostrara hasta dentro de años aquel altar desconocido, él seguiría allí a su lado como hasta ese día. Estaba seguro de ello.