Los personajes, escenarios, hechizos y todo aquello que reconozcas no me pertenece a Rowling se le ocurrió primero, su cuenta bancaria lo demuestra.


Capítulo 1

Los rayos del sol caían libremente por la ventana de la habitación. Era mitad de semana y aun sin estar del todo despierto, estaba seguro que ella ya no estaba en casa. Los últimos días habían sido difíciles: el dinero comenzaba a terminarse y todavía no tenía respuesta de las últimas solicitudes de empleo que había enviado. Estaba seguro que su padre lo había incluido en su temida lista negra. Desde muy pequeño había escuchado que hacer enojar al patriarca de los Malfoy colocaría a cualquiera en una situación lamentable de desempleo y puertas cerradas. Si tu nombre aparecía en la lista negra de los Malfoy pasabas a ser escoria de la sociedad. Nunca creyó que él mismo sería víctima de aquello.

Aún después de la guerra, el apellido Malfoy era intimidante. Ya sea por respeto o miedo, nadie quería hacer enojar a Lucius Malfoy y los pocos que lo hacían, los pocos que no estaban bajo el yugo de su apellido, tan solo dirigían un vistazo a su antebrazo marcado antes de rechazarlo.

Hacía ocho meses que había abandonado la mansión con nada más que lo que llevaba puesto y los ahorros de su cuenta personal.

Se habían mudado al Londres muggle, en un vecindario muy bonito de casas similares unas a las otras y terriblemente acogedor. La casa tampoco era pequeña: tenía tres habitaciones, un lobby, una cocina y dos baños y había comenzado a buscar trabajo desde el momento uno.

Tenía fe. Realmente pensó que podrían lograrlo, podían ser felices uno al lado del otro.

Después de todo, no tendría que haber sido difícil: era un graduado con honores de la escuela de magia y tenía un diplomado en encantamientos de aparición y derecho penal mágico. Subestimó el odio de su padre a los muggles y también el título de heroína del mundo mágico, mundo que les había dado la espalda debido a lo ocurrido en la guerra.

Habían incluso intentado vivir sin repudiar la magia y Hermione había logrado conseguir un trabajo de medio tiempo en una cafetería local donde solía desayunar con sus padres cuando era niña. La chica dorada servía cafés a los trabajadores de clase media.

Incluso cuando no quería mencionarlo, sabía que estaba frustrada; lo veía en su cara, en sus gestos y conductas diarias. No había día que no discutiera con él incluso por las más insignificantes cosas. Estaba cansada y él también.

Limpió cada una de las habitaciones, puso en la lavadora la poca ropa que estaba sucia y comenzó a preparar una rápida cena de pasta porque se dio cuenta no había ninguna otra cosa en el refrigerador.

Aquello no era el lugar donde planeaba estar a sus veintiséis años, nunca imaginó que estaría ahí en medio de una habitación con las luces apagadas en completo silencio, vestido con nada más que ropa interior porque no soportaba el calor.

Era un Malfoy, el heredero de una de las fortunas más grandes del mundo mágico y, en cambio, ahí estaba, emocionado porque encontró un poco de queso rancio. Sus antepasados estarían revolcándose en sus tumbas.

Y comenzaba a cansarse.

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Viaje de regreso a Hogwarts, Navidad de primer año

—Hermione, Hermione Granger —dijo la niña frente a él con su melena alborotada.

—¿Disculpa?

—Te disculpo —contestó ella con esa sonrisita engreída—. Mi nombre es Hermione Granger.

—No te estaba pidiendo disculpas.

—Lo sé.

Dejó el libro que estaba leyendo en el asiento de al lado e intentó abrir uno de los dulces que había comprado a la señora del carrito antes de que aquel niño de cabello rubio entrara.

—¿Quieres? —ofreció partiendo la varita de caramelo en dos trozos y tendiéndole uno de ellos.

El niño la vio con el ceño fruncido.

—No puedo hablar contigo.

—¿Por qué no? —preguntó ella.

—Eres nacida de muggles.

—¿Y?

No supo qué responder, porque realmente no sabía la respuesta. Su padre le había dicho siempre que ellos no podían relacionarse con los nacidos de muggles, que eran Malfoy, eran la sangre más pura de aquel lugar y no podía mezclarse con una impur pero nunca le dijo por qué y jamás se había planteado el preguntárselo.

—Mi papá es dentista y me dijo que no podía comer dulces —prosiguió ella mientras lamía una de las mitades de la varita rota—, pero leí que no era malo comer caramelos mientras no fuera en exceso. Si un día pregunta, le diré que los cómo, pero si no pregunta, no le estoy mintiendo, ¿verdad?

Lo pensó un momento. Su mamá le había dicho a su padre que no lo enseñara a montar en escoba hasta que entrara al colegio, pero aun así, su papá lo había hecho en su cumpleaños número siete; solo le dijo que no lo hiciera frente a su madre. Aquello era algo similar, ¿no?

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Por la puerta principal entró una fatigada mujer de aspecto desdichado. Nada en ella se podía comparar a la chica que vio tantas veces en aquel castillo de piedra vieja. Hermione hacía tiempo había dejado de ser una niña y también hace mucho que había dejado de ser inocente.

—Maldita sea, Draco, te dije que le cambiaras la arena a Crookshanks.

—Hola, a ti también, amor, ¿qué tal estuvo tu día?, yo también estuve pensando en ti —contestó el hombre dejando caer con demasiada fuerza los platos que llevaba al fregadero.

—No comiences, por favor, vengo cansada.

—Yo, en cambio, estuve todo el día de lo más divertido y relajado.

—Sí, porque claramente tu tarde desnudo leyendo en el sillón es más pesado que andar cargando bandejas llenas de comida en tacones altos.

Aquella se había vuelto su rutina diaria, ni siquiera alterada por los fines de semana.

Nunca se había considerado un romántico, pero no había ninguna otra manera de llamarse cuando con melancolía recordaba las tardes donde se pasaban horas leyendo en la esquina de algún salón del viejo castillo, en aquellos momentos quién hubiera pensado después de haber sobrevivido literalmente a una guerra, que sería la escasez de dinero lo que terminaría con ellos.

—Estoy malditamente cansado de esto, Hermione, estoy harto de ti y de tu maldito papel de mártir.

—¡Entonces vete!

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Se habían conocido durante prácticamente toda su vida. Después de aquel viaje se habían vuelto amigos secretos en la infancia; el título les había otorgado una diversión y misterio que solo un par de infantes podían comprender. Era para ellos un secreto inocente que no le hacía daño a nadie, pero con el paso del tiempo, aquello se volvió una protección para ambos. Con horarios secretos, locaciones ocultas y la luna como único testigo de aquella historia, el tiempo solo logró que se enamoraran el uno del otro.

¿De qué otra manera hubiera podido ser? Eran los únicos que sabían todo del otro, los únicos con los que se permitían bajar la guardia, los únicos con quienes podían ser ellos mismos sin intentar cubrir las expectativas de nadie más. Se habían relajado tanto que se habían vuelto su puerto seguro.

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Apenas y las palabras fueron dichas la mujer se echó a llorar, tirándose al hombre semi desnudo y abrazándolo con tal fuerza que parecía ser lo único que podía mantenerla unida.

—No, no te vayas, sabes que no quise decir eso. —Las lágrimas rápidamente cubrieron sus mejillas y su voz se volvió ronca por el llanto—. No me dejes, no te rindas, por favor.

Él la abrazó con fuerza y la consoló como tantas otras veces lo había hecho, le acarició el cabello y besó su cara con la devoción que un creyente tiene a su Dios. Estaba seguro de que Hermione era el amor de su vida, la única mujer que podría amar jamás, era la persona más temperamental y apasionada que conocía, que sus ojos jamás hubieran podido ver.

—Perdóname tú a mí, perdóname amor, es solo… se vuelve tan difícil a veces.

Sus labios se reunieron en un desenfreno de lo que las palabras no podían decir y se amaron, se amaron como solo hombre y mujer pueden hacerlo.


N. A: Bueno, esta es una nueva historia, agradezco si le das la oportunidad y pues nada, no tengo mucho que decir, es corta, concisa y triste NO ESCRIBO FINALES FELICES así bueno espero les guste.

besos frios