Capítulo 1

Tal y como habían sabido, 7 años después de su nacimiento, Renesmee alcanzó la edad adulta.

A Edward le resultaba curioso cómo había cambiado su modo de apreciar el paso del tiempo. Durante los 109 años que había vivido solo —sin compañera alguna—, limitarse a existir le había parecido muy largo. Posiblemente había ayudado el hecho de sentirse culpable por ser un monstruo chupa-sangre, pero ocupar su tiempo cultivando todo tipo de dones no había servido para distraerlo.

Sin embargo, esos años con Bella y Renesmee se le habían pasado volando. Sentir que podían ser efímeras al principio, y aún cuando ambas se convirtieron en inmortales —una de ellas se convirtió, más bien, y la otra ya lo era—, no sirvió para que su ansiedad por pasar el mayor tiempo posible con ellas disminuyera. Sentía que nunca tendría suficiente con la eternidad para mirar sus rostros, sentir el roce de su piel o verla dormir, en el caso de su hija.

—Edward... —susurró su esposa desde la puerta de la habitación, y él la miró—. El baño está listo, ¿Se ha dormido?

Él alargó distraídamente la mano en la que no estaba apoyado para acariciarle el pelo con los dedos. Antes de que pudiera responder, Bella estaba sobre sus hombros, asomada por encima de su cabeza para poder mirar aquel espectáculo también.

—Hace ya un rato —sonrió, como el padre enamorado que era; no podría llegar a aceptar del todo que aquella criatura llevara su sangre, de algún modo; era preciosa—. ¿Crees que alguna vez podremos dejar de admirarla?

Era una pregunta genuina que él se hacía, pero sabía que no tenía fácil respuesta para Bella. En primer lugar, porque ella no había experimentado aún la sensación de "eternidad" en todo su esplendor, porque aún no había tenido que despedirse de toda la gente que conocía, ni cambiar de residencia para no ser reconocida como un monstruo que no envejecía.

Y por otro lado, la realidad era que a lo que él había llamado eternidad hasta hacía muy poco, debería haberle puesto otro nombre bien distinto; "tortura".

La eternidad para él era un tiempo largo, tedioso, pesado. No se correspondía con lo que pensaba ahora de esa medida de tiempo. Ahora la eternidad se tornaba ligera y fugaz, por mucho que no terminara.

Bella le masajeó los hombros cuando notó que llevaba demasiado tiempo callado. A él no le importaba si se enfriaba el agua o no, o si se bajaba la espuma. Aquello de la bañera llena solo era un ritual más que se permitían hacer para estar juntos. Pero él no quería faltar a su palabra, así que sujetó las manos de su adorada esposa y fue él quien la condujo al baño, tirando de ella. Sabía que no tenía que medir su fuerza, pero algo que no sabía explicarle le animaba a tratarla con ternura siempre que tuviera oportunidad. Ella siempre sería delicada y suave para él, por muy eterna que fuera.

—Has puesto lavandas —observó, cuando aquel aroma penetró en sus fosas nasales; la escuchó reír a su lado, con la boca cerrada—. Me encanta.

No sólo podría haberlo adivinado por su olor, porque ella había esparcido algunas flores de lavanda por la superficie, ahora en calma. Esta vez no había hecho espuma, así que cuando ella empezó a introducirse en ella él pudo deleitarse con su belleza algo distorsionada por el movimiento del agua, pero siempre perfecta. Se estiró por completo y soltó un satisfactorio suspiro antes de llamarlo para que la acompañara. Disfrutaba del calor tanto como él había disfrutado del suyo, cuando aún era humana.

Era tan blanca que no se distinguía su piel de la porcelana de la bañera, en algunas partes, pero no había perdido su toque de humanidad. Atrapó su labio inferior con los dientes cuando él empezó a desabotonarse la camisa. Era un gesto tan sencillo, y que él había hecho tan a menudo delante de ella, que le sorprendía que aún siguiera disfrutándolo como la primera vez. Aunque podía entender porqué. Normalmente no les daba tiempo a desabrochar nada o bajar ninguna cremallera. Destrozarse la ropa durante el sexo se había convertido en su pasión. Creía que era de las pocas cosas que conseguía satisfacer tanto a Alice como a ellos mismos; ella podría seguir con su particular obsesión por la ropa para todos, y ellos no tendrían que tardar tanto en poder llegar a lo interesante.

No llevaba ni tres botones quitados cuando un estruendo hizo que se sacudiera toda la cabaña, y sintió verdadero terror de que el techo se pudiera venir abajo. Un segundo antes estaba sacando a su esposa del agua y ofreciéndole su albornoz para que se cubriera, y un segundo después estaban los tres fuera, con los pelos de punta y los nervios alterados. Había un boquete en el lugar donde debía estar su tejado.

—Voy a subir a ver qué ha pasado, quizás solo haya sido una rama —intentó tranquilizarlas, pero solo funcionó con Renesmee. Bella quería subir con él para explorar, pero no podía permitírselo—. Necesito que te quedes aquí con ella, Bella. Hazlo por mí.

Ella rechistó solo con la mirada, y eso lo dejó más tranquilo. Sabía que no había sido una rama porque pudo oír cómo se había quejado por el dolor. Así que cuando saltó no le sorprendió encontrarse con una chica acunada entre las dos vigas que se había cargado por el golpe. Hubiera dicho que estaba muerta si no hubiera reparado en el lento fluir de su sangre a través de sus venas, o en cómo su corazón se había quedado en silencio, pero no del todo. El viento le sacudió el pelo. Bella estaba a su lado ahora.

—¿Es que nunca puedes hacer lo que te pido, Bella? —se quejó, enfadado, pero luego descubrió que la respuesta era un "no", por supuesto, así que optó por soltar un suspiro resignado. Él no servía para pelearse con ella—. Es una humana. Una humana corriente, ¿Cómo ha podido caer así?

Bella clavó una rodilla en el suelo para quitarle el pelo de la cara. Sus mejillas estaban enrojecidas por un esfuerzo que acababa de hacer, aunque ahora se estaba tornando cada vez más pálida. Quiso preguntarle a Bella para saber en lo que estaba pensando, pero no le dio tiempo. Su compasión hizo que la alzara en sus brazos para sacarla de allí. La chica pareció sonreír cuando sintió el pecho frío de su esposa en su mejilla.

—Parece que aún está viva —susurró, como si temiera despertarla—. Quizás Carlisle pueda…

No se atrevió a terminar la frase. Aquella chica le recordaba a ella, de algún modo, con el pelo castaño, completamente liso, y tan pálida como ella era. Quizás estaba pensando en la posibilidad de que Carlisle la convirtiera si no conseguía sobrevivir. Si esa era su intención, él no podría saberlo, porque no dijo nada más. Saltó del tejado para caer perfectamente de pie al lado de su hija, que no se había movido un milímetro de donde estaba. Ella también se asomó a ver a la humana.


Stefan tardó un rato en abrir los ojos. llevaba tiempo escuchando el murmullo de la gente a su alrededor, pero no sabría describir donde estaba. Solo sabía que tenía el peso de un cuerpo sobre el suyo, aprisionándolo las costillas. El olor de la sangre se coló sin pedir permiso a través de sus fosas nasales, despertándole del todo. Y lo primero que vio fue un cabello que reconocería en cualquier parte.

Era Bonnie.

Cayó contra el suelo cuando se incorporó, totalmente inerte, y tuvo miedo de que estuviera muerta como le había cruzado por la mente. La ultima vez que la había visto estaba recitando un conjuro en latín con la firme intención de sacar a Elena de allí, antes de que Klaus pudiera hacerle daño. Se habían alejado demasiado, las casas que habían alrededor no se parecían en nada a lo que él conocía de Mystic Falls. Se agachó para apartarle el pelo de la cara. Aún respiraba, pero muy débilmente.

—Parece que nos hemos separado al caer, ven aquí —le dijo, como si ella pudiera escucharla. Caminó con ella en brazos un par de metros, buscando la luz de una farola para poder examinarla. Tenía un hilito de sangre que salía de la nariz y se perdía en el borde del mentón. Aquel hechizo había sido demasiado para ella—. Deberías habernos avisado de que nos cogiéramos de las manos, mujer.

Se rió de lo que acababa de decir, porque era una verdadera estupidez, pero no duró mucho. Un grito de un chico joven rompió la burbuja de silencio en el que se encontraban, y miró a un lado y a otro buscando de donde venía. Era un callejón oscuro, al final de la calle. Al principio dudó si era mejor dejar a Bonnie allí, pero desechó esa idea rápidamente. Estaba más segura con él que en cualquier otro sitio. Ni siquiera sabía donde habían ido a parar.

—No…no me puedo mover —lloraba el chico, petrificado. Demon lo estaba acorralando con el poder de su mirada, con los dientes ya fuera. Stefan puso los ojos en blanco—. No me hagas daño, por…por favor.

—Demon… —lo regañó él, haciendo que su hermano se diera la vuelta. Había fastidio en sus ojos—. ¿Quieres llamar la atención nada más aparecer aquí?

—¡Por favor, Stefan! Es solo un poco, huele muy bien —le suplicó, y en seguida miró al chico de nuevo—. Además, no es muy grande, sería solo un bocadito. Ya me alimenté hace un rato con una parejita.

La velocidad vampírica de Stefan lo colocó al lado de su hermano de un segundo a otro, y se fijó mejor en el chico. Tenía los ojos completamente azules, y su pelo rubio, ahora empapado por el sudor, se le estaba pegando en la frente. Estaba llorando como un niño pequeño.

—No podemos entretenernos en esto ahora, Demon. Elena ha caído en otro sitio.

Demon miró de arriba a abajo a su hermano, encontrándose con el cuerpo casi inerte de Bonnie. Resopló.

Sabía que tenía razón, como siempre. Le puso las manos al chico sobre los hombros y lo miró directamente a los ojos. Cuando pudo abrirlo entre lágrimas, claro.

—¿Cómo te llamas, chaval?

—M-Mike —tartamudeó—. Newton.

—Bien, Mike Newton, necesito que hagas algo por mí —entrecerró los ojos en su dirección. Le estaba masajeando los hombros como si de verdad le tuviera cariño; el chico asintió, angustiado—. Tienes que decirnos donde está la estación de policía de este sitio. O algún hospital donde podría haber ido.

Ella no era muy creativa en cuanto a sobrevivir sola. Sabía tan bien como Stefan que en cuanto despertara en algún lugar, aquellos serían los dos primeros sitios por los que preguntaría. Si es que que el golpe no había sido lo suficientemente fuerte como para matarla. Agitó la cabeza violentamente. No quería pensar en eso como una posibilidad, pero él había caído encima de un tejado y se había cargado toda la estructura de la casa hasta el suelo. Ella solo era… una simple humana.

—Al… al final de la carretera —murmuró. No le salía la voz del susto—. Está c-cerrado algunas n-noches. Es pequeño.

—Perfecto, Mike Newton, gracias por tus servicios —sonrió, con la picardía brillando en sus ojos grises. Volvió a sacar los dientes—. Fin del camino…

—¡Espera, espera, hay otro sitio donde podría haber ido!—chilló, y él se detuvo junto cuando ya rodaba su respiración al borde de su cuello—. Por favor…

—Demon, por favor —suplicó también su hermano—. Deja que se vaya, ya nos ha ayudado bastante.

—Me lo pensaré si me dice ese otro sito —lo había decidido antes de su hermano se lo pidiera. Solo se estaba haciendo el interesante. Miró de arriba a abajo al chico que sujetaba de las solapas de la camisa—. No parece que quiera colaborar más…

Le divertía ver el miedo en aquellos ojos, para qué iba a negarlo. Era parte de la experiencia de ser un vampiro sin alma. Si ya iba a ir al infierno, ¿qué menos que disfrutarlo?

—La casa de los Cullen —le dijo—. A veces… El señor Carlisle Cullen no está en consulta, y si es una verdadera emergencia… tiene un consultorio en casa.

Demon fingió que le hacía gracia, como si fuera un chiste.

—Ya puedes moverte, Mike Newton— le susurró, con una tétrica sonrisa. Los músculos del chico parecieron volver a la vida, pero no se atrevió a huir, paralizado por el miedo—. Corre, venga. Te doy ventaja.

Hizo un poco el paripé sacudiéndole la camisa, como si se hubiera caído y estuviera quitándole el polvo, y lo empujó para que cayera en mitad del callejón. Al principio no se movió, pero no pasó mucho tiempo hasta que empezó primero a arrastrarse, y luego a correr torpemente buscando la luz. Stefan ya iba a abrir la boca para preguntarle por el plan que iban a seguir, cuando Demon levantó un dedo para callarle, y corrió a una velocidad muy poco humana para atraparle de nuevo.

Cuando Stefan consiguió soltar a Bonnie y llegar a su lado, el cuerpo del chico ya se estaba arrastrando por la pared, con el cuello ensangrentado. Ahora fue él quien atrapó a su hermano por los hombros para sacudirle.

—¿Qué demonios haces? —se quejó, pero su hermano solo puso los ojos en blanco, hastiado—. ¡¿Es que quieres que nos descubran nada más llegar?!

—Por favor, hermanito, le he asegurado que lo había atacado un animal antes de morderlo. No te pongas dramático —Su hermano era tan pesado, que no podía hacer otra cosa más que bufar como un adolescente. Siempre siendo moral, y diciéndole lo que tenía que hacer. Nunca le dejaba divertirse de verdad—. Tenía que vengarme un poco de él, está claro que se ha reído de nosotros.

—¿Porqué?

Le preguntó aquello hablando más alto de lo normal, cuando él fue a por el cuerpo de Bonnie y volvió con ella en brazos. Le señaló con las cejas la boca del callejón para que lo siguiera. Stefan caminó detrás de él.

—Está claro, ¿no? Se ha reído de nosotros nombrando a los Cullen. Le ha debido parecer muy gracioso cuando ha visto que era un vampiro.

—¿Los Cullen?

—¿Con todos los libros de vampiros que te has leído, se te ha olvidado ese? —negó violentamente con la cabeza—. Muy mal, hermanito. Muy mal. Los libros cutres sobre vampiros hay que leérselos antes que los buenos.

—¿Y porqué piensas que te ha mentido?

—En primer lugar, porque es solo una saga de libros para adolescentes— solo con esa explicación debería bastar, pero como Stefan era tan escéptico, tuvo que pensar en una mejor—, pero sobre todo, porque si los Cullen existieran de verdad en nuestro mundo, ¿No crees que se habrían hecho con el control de todo? No se les puede matar con prácticamente nada.

—Discúlpame por no haber leído unos libros de adolescentes, pero no tengo ni idea de quienes son los Cullen, la verdad.

Su hermano gruñó. Acababa de ver la carretera y estaba plagada de bares llenos de gente alrededor, así que lo de ir a la velocidad de un vampiro no era una opción. Supuso que así tendría tiempo de explicarle quienes eran los dichosos Cullen.

—Su anatomía es diferente a la nuestra. No me hagas mucho caso, porque no he leído mucho, pero—hizo una pequeña pausa dramática—, una vez se transforman deja de latirles el corazón, dejan de tener sangre en las venas, no les hace falta respirar… esas cosas.

—¿Y entonces cómo se transforman?

—No es un proceso tan largo, eso es cierto—punto para los Cullen, se dijo a sí mismo—. Solo necesitan inocularle su veneno a alguien. No necesitan beber sangre humana para terminar de transformarse.

—Ah, perfecto. Estilo Drácula —aquello no era alentador en absoluto, sobre todo si Elena los encontraba antes que ellos. Escuchó a su hermano ahogar una risita en el fondo de la garganta—. Supongamos que ese chico tenía razón, y los Cullen existen.

—Que no es el caso.

—Pero si lo fuera—insistió él—, ¿Cómo se les mata?

—Esa es una pregunta interesante— sonrió. Ya habían pasado la primera señal indicando la velocidad a la que los coches podían circular—. Solo existe una forma de matarlos. Hay que arrancarle la cabeza, y quemar su cuerpo para que desaparezcan.

—¿Y las estacas?

—Tienen el cuerpo de mármol—dicho así en voz alta, sonaba aún más estúpido. Pero él no era Stephenie Meyer, no podía opinar—. Una estaca ni siquiera le haría cosquillas.

—Perfecto.

—Ah, pero no te preocupes—aún con Bonnie en brazos, pudo agitar la mano, como si tratara de espantar sus dudas—. Los Cullen son completamente inofensivos, son vegetarianos como tú. Solo comen conejitos y esas cosas.