"Este pequeño fic fue escrito para el Matsuri Místico de la página facebook Shikatema: hojas de arena, el cual está inspirado ligeramente en la leyenda de Afrodita y Hades, y del dios Érebo perteneciente a la mitología griega"

Los personajes usados para esta historia no me pertenecen, pertenecen a sus respectivos autores, lo único que me pertenece es en sí la historia. Espero que disfruten del one-shot.

Nota: Érebo en la mitología griega es un dios primordial, personificación de la sombra y oscuridad, él era el lugar por donde los muertos tenían que pasar inmediatamente después de fallecer. En la cual, he decidido que Shikamaru tome prestada su identidad para este evento.


El revuelo de la desaparición de la hija de la diosa Deméter había quedado en un murmullo suave pero persistente, no entendía el motivo de tanto ruido por algo que ya había llegado a un acuerdo. Un acuerdo satisfactorio para ambas partes, si es que no se consideraba la opinión de la involucrada.

Involucrada que ahora debía asegurarse que volviera sana y salva, ya que el dios del Inframundo estaba ocupado atendiendo ciertos temas serios que no pudo atender en su debido momento. Miró de soslayo a la diosa Perséfone, cabello castaño que se asemejaba a la tierra, de una tersa piel bronceada, brillando como si fuese una florecilla dichosa por el regalo del narcisista sol y ojos verdes como el pasto primaveral. Era muy resplandeciente para su gusto, no entendía al dios Hades, teniendo a muchas ninfas a su disposición, Górgira, Minte, Orfne o una de sus hijas que sería ideal como compañera de un dios importante a su nivel y con una reputación mucho mejor que los otros hijos varones de Cronos.

– Hemos llegado. – Soltó en un tono monótono, observando desde la lejanía el brillo del sol. Escuchó la risa de la esposa del dios Hades, la miró de reojo con sus ojos sombríos.

– Sabes, tus hijos me han comentado que desde que Cronos fue derrotado no has salido del Inframundo, es extraño. – Persephone lo observa como si tuviera delante de ella un acertijo elaborado por la diosa de la sabiduría. – Nunca fuiste castigado y la sombra siempre aparece mejor en el día. – la hija de la diosa Deméter le sonríe, una sonrisa que nunca había visto en ella pero si en su caprichosa hija Eris, nada bueno sucedería, pero antes que pudiera detenerla, ella lo agarra de la mano y lo jaló mientras corría.

– ¡Detente! – Ordenó, aunque aquella diosa no le obedeció.

– ¡Te mostraré lo hermoso que es también el mundo de arriba! – Ella siguió corriendo con una sonrisa en su rostro, como reina del Inframundo quería llevarse bien con todos los que vivían en el reino de su esposo, y había notado que el dios de la sombra y personificación de la oscuridad, la miraba con una indiferencia que le ponía a pensar que una de las principales deidades no estaba feliz con su presencia, aunque Hades le había señalado que siempre era esa su mirada. Aún así, terca tenía planeado ejecutar su plan. – Y será mejor que no pongas ningún peros, o deberás abstenerte de las consecuencias. – Rugió con amenaza la pequeña femenina.

Él supo que lo mejor era dejarse llevar, no pensaba lidiar con una diosa enojada y más si está era Persephone, quien el Inframundo le había quitado aquella fragilidad y pureza que había escuchado entre las ninfas molestas porque Hades ya no las buscaba. Sin duda hubiera deseado que al menos una de sus hijas tuviera un esposo como Hades.

Lo hizo entrar al bosque, y solo dejaron de correr cuando la hija de Deméter escuchó algunos ruidos, se detuvo de golpe al escuchar una voz muy conocida, asustada se apegó al dios primordial, que no pudo evitar mirarla extrañada pero no la apartó.

– Hay que hacer silencio, ella está aquí. – Murmuró asustada, en un tono de voz muy bajo. – Debes irte, será para otra ocasión.

Curioso estiró el cuello e intentó encontrar algunos rostros que eran dueños de esas voces, todas femeninas. La esposa de Hades lo empujó.

– Vamos, vete. – Suplico.

– Bien. – Acepto, aunque al perderse de la vista de Persephone, se infiltró entre los árboles y arbusto, todo un experto en espionaje se acercó hasta el bullicio, oculto entre las sombras del bosque observó la reunión de ninfas, algunas femeninas mortales y de la diosa de la castidad, Artemisa dió una fuerte bienvenida a Persephone que ocultó muy bien sus nervios que ante eran muy notorio.

Aunque su vista se apartó de ellas cuando divisó a una mujer que no desprendía un aura dorada como los hijos de Cronos y los hijos de estos, era una mortal normal y corriente, pero tenía el porte de convertirse en una diosa. Mostraba una fuerza y una terquedad marcada en sus ojos de un intenso verde oscuro que invitaba a perderse. Su cabello rubio parecía bañado por el dios del sol, todo en ella era perfecto.

– ¡Temari! – La diosa Artemisa saluda a su estudiante preferida. – Ha llegado Persephone. – indica aún capturando a la diosa de la primavera en sus fuertes brazos.

– Eso es bueno. – Aunque para él sintió que realmente no parecía importarle mucho la presencia de aquella diosa que era esposa del que gobierna ahora el Inframundo. – Entonces, ya podremos comenzar la caza. – Sugiere con prisa, sin ningún respeto por su maestra que solo ríe, una risa tensa.

Él simplemente sonríe, sin duda esa muchacha aún no conocía los límites. Le recordaba a Eris, una niña a la que le gustaba crear discordias, y a la cual debió de poner muchos límites para no provocar el fin de la humanidad. Con el tiempo se había logrado.

Cuando Artemisa dió inicio a la caza, él se desvaneció en el suelo, viajando por la sombras de los árboles, siguiendo en silenció y en sigilo a ella.

La muchacha se apartó sin miedo del grupo, había visto un búfalo enorme al que tenía pensado cazar ella sola, y con orgullo mostrar a su maestra que era mejor que todas, hasta incluso de ella. Su arrogancia era tanta que no medía los riesgos, ignorando las palabras de sus padres y de sus hermanos, ignorando que los dioses eran celosos.

– Si son tan celosos, deberían dejar de estar durmiendo y divirtiéndose. – Refunfuña. – En vez de eso, deberían estar haciendo sus tareas y ser mejor en lo que tanto desean ser glorificados. – Tenso el arco apuntando a su presa, no le fue difícil volver a encontrarla.

– Vaya arrogancia que te cargas. – Aquella voz provocó que el tiro salga disparado en contra de su voluntad y por lo tanto falle, el búfalo rugió asustado y corre buscando liberarse de sus cazadores. La rubia asustada giró hacia la voz, desconocía quién era, sólo pudo identificar que era un hombre alto que ocultaba su cabello y rostro por la oscuridad que el manto en su cabeza le daba. – Si una diosa te escuchará, te castigaría tan fuertemente como Atenea hizo con la inocente de Medusa, o si fuese un dios, te hubiera ultrajado y se encargaría que llevarás a un bastardo en tu vientre. Ten cuidado con tus palabras, los dioses del Olimpo son chismosos y vengativos.

– ¡¿Quién eres?! ¡¿Cómo te atreves a estar acá?! – Molesta por su presencia y por su amenaza, le apuntó con una flecha y sin deseos de dejar a un soplón, disparo. Sin embargo, la entidad se desvaneció antes que la flecha pudiera darle en la cabeza. En cambio, dió con el árbol. – ¿Qué...?

Asustada miró a todas partes, no podía creer que fuese alguna deidad, sólo ellas tenían esa clase de poderes, además de las ninfas que besaban los pies de ellos.

– No temas. – Se tensó, era la mejor cazadora y guerrera de las alumnas de Artemisa, pero eso no le sirvió para darse cuenta cuando aquella entidad se puso detrás de ella. – Tu arrogancia y despreció a las deidades del Olimpo estarán bajo llave. – Suspira su fragancia a flores, aquella humana estaba logrando lo que Persephone no había podido lograr, tolerar la presencia de los que no pertenecían al Inframundo.

– ¿Piensa que me entregaré a tí? – A pesar que sentía temor por este sujeto desconocido, no iba a romper su promesa. Giro de inmediato y le apuntó con un cuchillo. El filo estaba a milímetros de su garganta, pero no podía moverse. Sus ojos se movieron asustados, buscando una lógica. Solo vio la sonrisa del moreno. – ¿Quién eres? – Aquellas palabras salieron de su boca tensa.

– Soy la personificación de la oscuridad, dios de la sombra. – Sonríe aún más, su dedo delgado y largo tocaron el mentón de la humana. – Y tú sombra está a mi disposición. – La muchacha pudo sentir que algo subía entre sus piernas, la sensación que dejaba era fría y un escalofrío recorrió por todo su cuerpo inmóvil. – Deberías escuchar los consejos de una deidad primordial. – Para Temari todo tuvo sentido, frente suyo no estaba cualquier dios, sino de uno muy antiguo según las leyendas. Ahora entendía porque no lo reconoció cuando lo vio.

– Yo lo siento much– Fue silenciada por el dedo frío que se pegó a su labios.

– No lo sientas cuando realmente no lo sientes, las sombras no mientes. – Mira con atención sus labios carnosos, parecía a un pétalo de aquellas flores que las ninfas cuidaban de los Campos Elíseos.

– Bien. – Ella tomó sus palabras, y a pesar que sus labios aún estaban siendo presionados ligeramente por el dedo de él. Habló con enojo. – ¡Quita tu sucio dedo de mi labio! ¡Y suéltame! – Ordeno.

El dios sonríe bastante sorprendido e incrédulo, al punto que no pudo evitar soltar una fuerte carcajada.

– Me agradas, problemática. – Siendo una deidad milenial, no fue con rodeos.

Temari volvió a ver cómo se desvanecía, un manto oscuro rodeó su cuerpo y fue descendiendo hasta unirse con el suelo. Su cuerpo liberado tembló, aquella horrible sensación de inmovilidad le produjo un terror, sus piernas cedieron, cayó al suelo e intentó recuperar la serenidad que tan orgullosa mostraba en cualquier situación.

...

Inquieto se encontraba en su morada, caminando de un lado a otro, sentía una punzada que lo incomodaba en todo los sentidos posibles, a tal punto que sus deberes lo sentía un estorbo. Sabía el motivo de esa inquietud. Era aquella arrogante humana.

– Su arrogancia la llevará a su fin. – Murmuró por vigésima vez, solo habían pasado dos días de aquel encuentro imprevisto, sin embargo, al ser el dios de la oscuridad, los muertos debían pasar primero por su estancia, allí podía verificar que sus temores aún no se hicieron realidad. – ¿Una deidad preocupada por una arrogante humana? – Se pregunta con sarcasmo, para luego soltar una risa cansada. Sin duda alguna estaba perdiendo la tranquilidad que tanto lo caracterizaba.

Miro la penumbra, observando cómo las almas en pena flotaban hasta donde Caronte los esperaba.

Sin decir nada, abrió un portal y entró en él, busco la sombra de ella, solo iría a verificar que su boca no se abriera tanto, o tendría que cocerla él mismo por el bien de ella.

La única sombra que permitía acercarse a ella, era de la rubia que estaba en un campo desolado, la tierra seca la rodeaba, el polvo se levantaba bruscamente por cada paso que daba, el sudor le bañaba el rostro, el filo de la espada cortaba el aire, dejando caer un silbido agudo.

Estaba entrenando. Como pupila de Artemisa debía entrenar además esto le servía para poder cumplir con su promesa de castidad, ya que los hombres veían en una mujer simplemente como objeto de placer. Con enojo blandió su espada al enemigo invisible que tenía enfrente.

La deidad podía sentir sus emociones, al estar en la sombra de ella, le era fácil saber lo que pensaba o lo que le inquietaba.

Su imagen apareció detrás de ella.

– No deberías dejar que tus emociones te dominen. – Dijo tranquilamente y detuvo la espada antes que pudiera decapitarlo, pero el viento chocó contra su cabeza. Sonríe al notar que era alguien muy fuerte.

– ¡Tú otra vez! – Soltó molesta recordando la horrible sensación de inmovilidad, bajo los ojos, sus sombras estaban conectadas, asustada retrocedió, notando que no la inmovilizó está vez.

– Hey, soy el mejor dios para que te moleste. – Dijo con una sonrisa de lado y cruzando sus brazos.

Temari giró sobre sus talones y caminó hasta un árbol, donde estaban sus cosas. Mientras bebía agua de su cantimplora, debía reconocer que le producía una sensación de tranquilidad, después de todo desde ese encuentro, preguntó a los ancianos y ancianas sobre este dios y sus travesuras, no era como Zeus, Poseidón o los otros dioses que usurparon a mujeres en contra de su voluntad, hasta con engaños como hicieron con Deméter, que era una diosa, una de las hijas de Cronos. Por tal motivo, a pesar que este dios de la oscuridad era diferente, aún no confiaba. Y no confiaría en nadie.

– ¿Me tienes miedo? – Pregunta con diversión mientras aparece al lado del árbol y se recarga en él. Temari no pudo evitar fruncir el ceño.

– ¿Tenerte miedo a tí? – Pregunta con ironía. – No me hagas reír, simplemente no confío en ningún dios, son tan patéticos y caprichosos. – Sus palabras que hubieran provocado la irá de las deidades, en él obtuvo una sonrisa que se pudo evidenciar por la luz que se colaba entre las hojas del frondoso árbol.

– Eres una mujer muy problemática. – Dijo en un tono bajo.

– Aún así te agrado. – Le recuerda sus palabras, se cruza de brazos. – Ahora te digo, he hecho mi promesa de castidad, y si tú y otro dios intenta abusar de mí, daré pelea. – Soltó con determinación.

– Sin embargo, toda pelea agota a los humanos, mientras los dioses seguirán frescos. Medusa peleó, y aún así tuvo un final fatal. – Le recuerda. – Persephone luchó para no ser raptada, y aún no fue suficiente. Una sacerdotisa y una diosa fueron sucumbidas a pesar de sus peleas con esos dioses.

– Pero ellas no hicieron lo único que les quedaba por hacer. – Temari le mira fijamente al rostro, buscando sus ojos en la penumbra. – Sí llegará a esa situación, preferiría morir a ser humillada de esa forma tan baja.

La deidad se asombra por la determinación de aquella humana, la vuelve a mirar, buscando temor o duda de aquella acción, sin embargo, sólo encontró más determinación.

– Ahora entiendo porque la diosa de la castidad perdona tus faltas. – Soltó con diversión, camino alrededor de ella. – Representa la castidad en cualquier situación hasta la muerte. – Aplaude con admiración. – Hay pocas que llegan a ese nivel, hasta diría que la diosa Artemisa dudaría en realizar aquella acción si estuviera en tu situación hipotética.

– Ya te dije, soy mejor que ella. – Soltó con arrogancia la femenina.

– Deberías mantener aquella arrogancia para tí. – Le susurra al oído, aún de espalda a ella. Temari podía sentir su presencia sobre ella, un escalofrío provocó que los pelos de su nuca se ericen. – los dioses menores pueden oírte, las ninfas celosas por tu belleza pueden ir en contra de ti por aquellas palabras.

– No soy una niña, se cuidarme sola. – Soltó y quiso girar para confrontarlo, pero nuevamente no tenía control de su cuerpo. Maldijo por dentro.

– Tienes suerte que sea un dios benevolente, y que sea indiferente a los dioses del Olimpo. – Deseo tocar su piel, limpiar el sudor de ella y cuidarla de aquellos dioses, pero no quería faltarle el respeto ni llevarla a la muerte, a pesar que podría volver a verla en los Campos de Elíseos, como una petición que Hades no podría rechazar. – Tendrás la dicha de obtener mi protección cuando llegue ese momento, ningún dios o diosa podrá tocarte ni una hebra dorada de tu cabello, ni siquiera yo. – Dijo mientras camina hasta estar enfrente de ella, sin su manto cubriendo su rostro.

Temari observó al dios sin rostro para muchos, ya que todo el pueblo o ciudad desconocía cómo eran los dioses que vivían en el Inframundo, algunos lo pintaban como monstruos poco agraciados. Sin embargo, Temari podía desmentir con facilidad, sobre todo la imagen que habían creado del dios de la sombra. Su cabello rebelde se alzaba oscuro como la oscuridad, su piel morena, sus ojos marrones miraban a los suyos.

– Te doy mi palabra. – Juro en un tono serio.

Temari no supo qué decir, estaba anonadada con la imagen de aquel dios primordial, una gratitud quería salir de su boca, pero la dejó atrapada en su garganta. Solo sonríe con arrogancia, provocando una sonrisa en él, sabía lo que diría.

– Vaya, no sabía que te agradaba tanto.

– Qué problemática. – Murmuró en una sonrisa antes de desvanecerse.

Fin.


Agradezco la oportunidad que le diste a este corto fanfic