Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Hay alguien en tu casa" de Stephanie Perkins, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.
Capítulo 23
La lata de atún llevaba toda la semana molestándola.
Angela Weber la había descubierto el viernes anterior mientras pasaba una colada de ropa blanca de la lavadora a la secadora. La conserva plana estaba a la altura de la vista, sobre la repisa de la única ventana del sótano.
La estrecha y larga ventana estaba cerrada, pero el pestillo no funcionaba.
Tenía el tamaño justo para que un cuerpo delgado pudiera pasar por ella.
El atún era de los baratos. Una marca de descuento. Los bordes de la tapa se veían irregulares y afilados, como si hubieran cortado la lata con un abridor manual, no con el eléctrico que tenían en la cocina. La lata estaba vacía, pero el interior todavía se hallaba húmedo. Fue entonces cuando la había descubierto.
Un tufillo de pescado subyacía bajo la nube de lejía y detergente.
Había preguntado a los gemelos, pero ellos aseguraban no saber nada al respecto. Angela no creía que estuvieran mintiendo. El sótano les daba miedo, así que allí no jugaban nunca. Su madre tampoco sabía nada.
Suponía que habría caído de una de las vigas del techo; sería una reliquia de desecho de los propietarios anteriores. Pero a Angela no le cuadraba. Aún faltaba mucho para que se cumpliera la fecha de caducidad que figuraba en la lata, y su familia llevaba en aquella casa cinco años. Además, estaba el tema del interior húmedo.
Y del olor.
Angela sabía que estaba paranoica. En el fondo, no conocía a ninguna de las víctimas. Nunca había tenido una relación personal con ellas, y a David siempre lo había tratado con amabilidad. Aun así, mientras aplicaba un quitamanchas en barra sobre la manga salpicada de granizado azul, observó la repisa de la ventana. No lograba deshacerse de la sensación de que alguien había estado allí, sentado sobre la secadora, oyendo a su familia en el piso de arriba. Comiendo atún.
Se desabrochó los primeros botones de la blusa, pero luego, presa del miedo, decidió no quitársela. Ya la lavaría al día siguiente. Se encaminó a toda prisa hacia los tablones que servían de escalera y volvió la cabeza para echar una última mirada. Se detuvo.
En el suelo, junto a la vieja cinta de correr de su madre, había un litro de pintura al látex. Angela cogió el bote y lo puso en la repisa, pegado a la ventana. Y entonces se sintió ridícula. ¿Cómo podría protegerla aquello de un intruso? Pero estaba lo bastante asustada como para dejarlo. Quizá fuera un amuleto mágico que conjurara los malos espíritus.
Una vez arriba, encontró a Leigh y Clark tumbados en la moqueta del salón, leyendo cómics. Ella fue la primera en advertir su presencia.
—¿Qué hay para cenar?
—¿Qué hay para cenar? —repitió Clark como un loro.
Angela pasó junto a ellos a toda prisa en dirección al baño compartido del primer piso. Se notaba el brazo gordo y pegajoso, y los calambres volvían a empeorar.
—Macarrones con queso.
—¿Con salchichas? —preguntaron los gemelos.
—Solo en la mitad de Leigh —respondió ella, y sus hermanos gritaron con entusiasmo.
Clark odiaba las salchichas. También detestaba las hamburguesas y la pizza. Para ser un niño, sus hábitos alimentarios resultaban desconcertantes.
Mientras Angela subía corriendo las escaleras, su madre las bajaba ruidosamente. Trabajaba en el turno de noche de doce horas del hospital.
Tres días seguidos y luego cuatro libres. Aquella noche le tocaba ir, y no tenía la opción de faltar para vigilar a sus hijos. El personal estaba haciendo una formación obligatoria como preparación —es decir, en previsión— de nuevos ataques.
—¿Tienes todo lo que necesitas? ¿Qué le ha pasado a tu camisa?
—Estoy bien, estamos bien —respondió Angela.
—Ten el celular a mano. Y no le abras a nadie.
—Ya lo sé, mamá.
—¡Te quiero! —dijo su madre en voz alta.
—Y yo a ti, mamá.
No miró atrás mientras lo decía. Su madre se despidió de los gemelos con un beso mientras ella cogía una camiseta limpia y unos pantalones de pijama, y se encerraba en el baño. Se quitó la blusa para lavarse el brazo con una manopla tibia y jabón de la marca Barrio Sésamo, se tomó un comprimido de ibuprofeno y meó.
Al inclinarse hacia delante para coger un tampón nuevo de debajo del lavabo, Angela se sobresaltó. Todos los productos de tocador estaban cambiados de sitio. Los tampones y los rollos de papel higiénico se hallaban ahora fuera del alcance, en el fondo del armario, junto con el neceser de maquillaje, las planchas y los productos para el cabello, mientras que los viejos juguetes de baño de los gemelos habían pasado a estar delante.
Su primer pensamiento fue aterrador e irracional: David.
En el acto de homenaje había oído el rumor de que le gustaba jugar con las víctimas antes de matarlas, que movía sus cosas de sitio para hacerles pensar que estaban enloqueciendo. El hombre que lo había dicho juraba haber sacado la información de un ayudante del sheriff del condado, aunque en las noticias no habían hecho mención alguna de ello.
Su segundo pensamiento fue mucho más realista: a mamá le ha vuelto a dar por limpiar, movida por el sentimiento de culpa.
Solía encargarse de la limpieza de la casa, ya que su madre trabajaba de noche y cuidaba a los gemelos de día. Cuando libraba, se dedicaba a recuperar el sueño perdido. Sin embargo, al apartar Angela los juguetes, tirándolos sobre la alfombra de baño, y estirarse para coger la caja de tampones, se fijó en que había polvo dentro del armario. Para una vez que su madre limpiaba, y encima no lo hacía bien. Soltó un gruñido.
Su madre aseguraba que Angela sufría un trastorno obsesivo compulsivo.
Como enfermera que había pasado sus primeros años de profesión trabajando en unidades psiquiátricas, andaba siempre diagnosticando a todo el mundo.
Por fuera, ella lo negaba. Por dentro, sabía que era cierto.
También trabajaba muchas horas. Además de sus obligaciones escolares y domésticas con el cuidado nocturno de los gemelos, tenía todo el papeleo de las solicitudes de ingreso a la universidad y el préstamo estudiantil, las extraescolares y el voluntariado en el hospital, todo ello sumado a la preocupación de que seguía sin hacer lo suficiente para salir de Osborne. El ritual de limpiar, ordenar, revisar y organizar le brindaba un poco más de calma en un mundo que estaba fuera de su control. Hacía seis años todo había saltado por los aires cuando su padre se fue de casa tan solo unas semanas después de que nacieran los gemelos.
Trastorno de personalidad antisocial, ese fue el diagnóstico de su madre.
Angela se negaba a volver a la situación de antes.
Mientras recolocaba todo en su sitio, vio una gotita de sangre fresca.
Estaba en la alfombra de baño con forma de caimán, cerca del inodoro, y era suya. Soltó un taco en voz baja. La emborronó con un pañuelo de papel y la restregó con agua fría. Al oír un ruido sordo abajo, gritó:
—Eh, ¿qué ha sido eso?
—¡No lo sabemos! —respondieron los gemelos.
—¿Qué habéis hecho?
—¡Nada!
Seguro, pensó Angela con un suspiro. Noventa minutos más tarde arropó sus cuerpos calentitos y adormilados en la cama. Encendió las lamparillas de noche que tenían a juego, les cerró la puerta y volvió a suspirar. Ya era dueña de su tiempo, por fin.
Regresó abajo para trabajar en un ensayo destinado a la Universidad del Sur de California. Todas las universidades a las que pensaba enviar su solicitud de ingreso se hallaban lo bastante lejos de allí como para tener que coger un avión, o al menos realizar un largo trayecto por carretera. Adoraba a su familia, pero la adoraría todavía más en la distancia.
La noche había extendido sus alas de murciélago. Angela encendió las lámparas del porche y la luz del techo de la cocina, donde tenía la mesa ocupada con sus papeles. Mientras reflexionaba sobre una época o un incidente en el que hubiera experimentado la sensación de fracaso (tema del ensayo que tenía entre manos), necesitó toda su fuerza de voluntad para no mirar las noticias. Deseó haber podido ir en procesión hasta el instituto con todos los demás. Incluso Ben —quién lo habría dicho… Ben, que olía a tabaco rancio y ropa sucia, al que nunca le habían importado los estudios y que fingía que todo el mundo le resbalaba— había asistido al homenaje.
Angela sospechaba que en el fondo sí que había otras personas que le importaban y mucho, pero lo que le había faltado en la vida era gente que se preocupara por él. A pesar de la brusquedad de Ben, ella sentía cierta debilidad por él. Era un chaval inteligente, y si se aplicaba, lo veía capaz de hacer grandes cosas. Resultaba frustrante saber que seguramente no fuera así. Lo más probable era que dejara los estudios y se colocara por una miseria en Nance, la única fábrica del pueblo, donde se construía maquinaria para la industria alimentaria. O quizá se hiciera jornalero, y se dedicara a desflorar maíz o castrar lechones. En cualquier caso, era poco probable que llegara a abandonar Osborne.
Oyó un crujido en la escalera del sótano.
Le dio un vuelco el corazón mientras se giraba rápidamente en su asiento. A su lado percibió el zumbido de la nevera y la agitación del agua en el interior del lavavajillas. Desde el piso de arriba le llegó el sonido de la máquina de ruido blanco de los gemelos. En cambio, el sótano permanecía en silencio. Cogió el teléfono, aguzando el oído, pero lo dejó un instante después.
No es más que la casa.
Trató de centrarse de nuevo en el ensayo. Leyó la última frase cinco veces, pero no podía deshacerse de… una sensación. Se quedó mirando la puerta del sótano.
Otro crujido.
Dio un respingo, y las patas de la silla de madera rascaron el suelo. El corazón le latía desbocado cuando agarró el teléfono y marcó el número de emergencias.
Comunicando, le dijo el móvil. Comunicando, comunicando.
Unos pasos pesados subieron retumbando por la escalera. Los sentidos de Angela estallaron fruto del terror al tiempo que se lanzaba contra la puerta, que solo podía cerrarse con llave desde el otro lado. Al mismo tiempo otro cuerpo arremetió contra ella con toda su fuerza, la cual bastó para abrirla.
Hubo un forcejeo. La puerta se abrió, se cerró y volvió a abrirse. Por el resquicio se metió un brazo y un hombro, y un cuchillo laceró el aire buscando su cuerpo.
Angela empujó la puerta contra el brazo con toda su fuerza. La extremidad se agitó. Se produjo otra enérgica embestida, y el lado de ella cedió. Angela cayó, y el celular se le resbaló de la mano y se deslizó por el suelo mientras David Thurston Ware irrumpía en la cocina.
Llevaba puestos unos tejanos y una sudadera de Lion Pride. Ambas prendas se veían manchadas de pintura turquesa, el mismo color que la madre de Angela había elegido para repintar las sillas de la cocina la primavera anterior. El mismo color que Angela había apoyado contra la ventana del sótano aquella noche. Se dio cuenta de todo aquello en un instante, mientras se ponía en pie a duras penas.
David arremetió contra ella. Angela corrió hacia la tabla de cortar para coger el cuchillo más grande mientras él le clavaba el suyo en el hombro.
Cuando se lo sacó, ella le pegó una patada. Él la empujó contra los armarios. Sus manos le mancharon la piel de rojo y turquesa. Angela medía casi un metro ochenta, y David también. Tenían un peso similar, y por el cuerpo de ambos corría la misma cantidad de adrenalina. Pero él era el que disponía de un arma.
Ella le asestó un rodillazo en los testículos cuando él la apuñaló en la parte superior derecha del abdomen. Ambos se doblaron. El cuchillo se le hundió aún más en el hígado.
Angela se desplomó, asustada y llorando, pero en un extraño silencio.
David la miró con detenimiento. Su pregunta estaba llena de curiosidad, pero su voz sonó apagada.
—¿Por qué no gritas?
Porque no quiero despertar a mis hermanos.
Ante la falta de una respuesta en voz alta por parte de ella, la remató.
No podía esperar más tiempo.
Miró el celular de Angela, que seguía intentando comunicar con la policía.
Cortó la llamada. La poli ya sabía que estaba en la zona, y eso le puso de mal humor. No le gustaba ir con prisas. Serró la caja torácica y, pisando con fuerza el cuchillo para que los huesos se partieran más rápido, le arrancó el corazón, que plantó encima de los folletos universitarios satinados que llevaban meses amontonados en la mesa.
Porque Angela tenía el corazón puesto en la universidad.
David era gracioso, pero nadie parecía captar su humor.
Por la ventana de la cocina vio centellear unas luces en el exterior.
Rojas y azules, a una calle de distancia. Se quitó la sudadera de un tirón. No era una prenda de camuflaje, pero le había servido como tal. Aquel día casi todo el mundo que había por la calle se había vestido con los colores del instituto. Arrojó la sudadera mientras corría, y esta cayó sobre Angela, o mejor dicho sobre sus despojos, hechos un rebujo en el suelo, ya sin utilidad.
