Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Hay alguien en tu casa" de Stephanie Perkins, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.


Capítulo 23

Bella y Edward habían esperado, aterrorizados, en el pasillo de los cereales hasta que la agente Bev los había acompañado afuera. Emmett había intentado perseguir a David, pero él ya había desaparecido.

Ellos dos fueron interrogados y se les tomó declaración. Otra vez.

Ahora ya era tarde, y se hallaban de vuelta en la casa de los Cullen, relajándose en la mesa de la cocina e intentando borrar de su mente la terrible imagen de la grotesca plegaria de James. Emmett estaba hablando por teléfono en la sala contigua.

Edward tenía la mirada perdida en el horno.

—Tal vez deberíamos haber salido tras él —dijo—. Puede que lo hubiéramos atrapado.

Bella estaba sentada con las rodillas encima de la silla, el brazo ileso alrededor de ellas y la cabeza agachada. Se sentía demasiado destrozada para levantarla.

—Ha matado a James, no a Ben—comentó Edward.

Sus palabras quedaron suspendidas con languidez en el aire, entre ellos.

Fuera, en los campos, los insectos nocturnos zumbaban y hacían ruido. Las campanillas de viento del porche delantero emitían tres notas.

—No creo que esto vaya de acoso —siguió.

Bella negó con la cabeza, pero era un gesto de conformidad.

—Entonces ¿de qué coño va?

Le asustaba admitir que no tenía ni idea. No se había dado cuenta de que le había reportado cierta tranquilidad pensar que al menos sabía por qué la habían atacado. Que había una razón. Ignorar lo que movía a David le transmitía la sensación de que todo el mundo que ella conocía volvía a estar en peligro.

Una sombra cayó sobre ellos al aparecer Emmett en la cocina iluminada.

Su rostro se veía pálido, con una expresión incrédula.

—Hay otra víctima.

El cielo de medianoche derramó una llovizna inesperada. Emmett trasladó su portátil, archivadores, libretas clasificadoras y recipientes para alimentos al maletero de su coche. Bella se montó como una flecha en el asiento vaciado del acompañante, y Edward se sentó detrás. Su rostro se veía en el retrovisor cubierto de sombras trapezoidales por la mampara de malla metálica.

No habían estado en la casa ni treinta minutos. Emmett tenía que volver al trabajo, así que pensaba llevarlos al hospital para que estuvieran con la abuela Swan. Se negaba a dejarlos solos.

Bella se sentía tan agotada que tenía ganas de llorar, pero tampoco quería quedarse sola. Mientras veía pasar hileras interminables de plantas de maíz —largos pasillos en medio de la tenebrosa oscuridad— a través de la ventanilla, tembló con la sensación innegable de que David podía estar en cualquier parte. Pegó la parte inferior de sus piernas al chaleco antibalas que yacía en el suelo.

Emmett se percató de que tiritaba y subió la calefacción. Los limpiaparabrisas se deslizaban de un lado a otro a un ritmo lento y constante.

—Me mandó un mensaje de texto esta mañana —comentó Bella, haciendo memoria.

Emmett le lanzó una mirada incisiva.

—¿Angela contactó contigo? ¿Para qué?

—Para decirme que sentía lo que me había ocurrido, y que contara con ella si quería hablar. —Otro pensamiento que a Bella la mataba por dentro—. No le contesté.

—¿Hablabas con ella a menudo? ¿Eran amigas íntimas?

—No éramos amigas. Teníamos una relación amistosa. A veces hablábamos en clase, pero nunca chateábamos o quedábamos para salir ni nada de eso.

—Y entonces, ¿por qué comenzó a mandarte mensajes de texto esta mañana? —inquirió Emmett con el ceño fruncido.

—Es algo muy propio de ella. —Edward descartó la idea de que hubiera algo extraño o siniestro—. Era amable con todo el mundo.

—¿Quién la ha encontrado? —preguntó Bella.

Lo que ya sabían era cómo la habían encontrado.

—Su madre —respondió Emmett a duras penas—. Por lo visto, trabaja en el turno de noche del hospital y, al ver que Angela no le cogía el teléfono, se acercó a casa aprovechando una pausa para echar un vistazo. Sus hermanos pequeños aún estaban durmiendo arriba.

Bella solía depilarse los brazos cuando estaba en el equipo de natación. Ahora el vello se le erizó al recordar una tarjeta de identificación plastificada y el nombre impreso en ella: Weber. La enfermera bondadosa que le había dado un yogur de arándanos y que había cuidado de ella era la madre de Angela.

—Qué iba a saber ella. —Emmett parecía conmovido. Quizá estuviera imaginándose en el lugar de la mujer—. De hecho, dudo que esperara encontrar que algo fuera mal.

La lluvia sonaba como un staccato en el techo del coche. Intuyendo quizá que su hermano necesitaba pensar en otra cosa, Edward le pidió que repitiera lo que sabía del paradero de David.

Tras atacarlos el día anterior en casa de Bella, David se había dirigido río arriba y no río abajo, como la policía había supuesto que haría. Al amparo de la noche había regresado al pueblo a hurtadillas y se había ocultado en la trastienda de Greeley's, suponiendo con acierto que todo el mundo estaría buscándolo en el campo.

Lo habían tenido delante de las narices en todo momento.

Al principio a la policía le desconcertó que hubiera conseguido colarse allí, porque no había ninguna puerta ni ventana forzada. Pero entonces el tío de James, el dueño del establecimiento recordó que había tenido que hacerle una llave nueva hacía unos meses, lo cual le había extrañado, ya que James no solía ser descuidado ni olvidadizo. La policía dedujo que David le habría robado la llave y habría entrado en el súper como si fuera de allí.

Seguro que no era la primera vez que lo hacía, y probablemente la llave no era lo único que había robado.

Según varios miembros de la banda de música, entre ellos Nya, James había estado ensayando su discurso dentro de la tienda, y después, cuando regresó tras hablar ante el público, dijo que no encontraba la pluma del sombrero. Parecía posible que David se la hubiera robado mientras James ensayaba y la hubiera utilizado después como señuelo para hacerlo volver.

—No está claro por qué no lo mató antes del homenaje —comentó Emmett, sin despegar los ojos de la carretera de dos carriles—. ¿Quizá porque la gente lo habría buscado antes? Y lo que tampoco sabemos es… —Pero se cortó, mirando a su hermano por el retrovisor.

—¿Es qué? —preguntó Edward.

Emmett parecía reacio a responder.

—Tampoco sabemos si David tenía más de un objetivo dentro del súper.

A juzgar por la tensa expresión de Edward, Bella intuyó que aquella idea ya se le había pasado por la cabeza.

—Lo que sí sabemos es que robó una sudadera —explicó Emmett, intentando pasar rápidamente a otro tema—, que dejó tirada en casa de Angela antes de cogerle el Ford Fiesta del 2011. La prenda estaba manchada de sangre y pintura de su sótano. Ignoramos cómo va vestido ahora. Todavía no hemos encontrado su sudadera, y nadie lo ha visto salir del barrio de Angela. Todo el mundo buscaba a alguien que fuera a pie.

—O sea, que se ha ido del pueblo.

Bella no sabía si creérselo. E incluso aunque fuera cierto, no era lo que ella quería. Ella deseaba saber dónde estaba David exactamente. No volvería a sentirse relajada hasta que no lo apresaran.

Un par de faros surgieron a lo lejos en medio de la lluvia.

—¿De qué color era el coche? —preguntó Edward.

—Azul —respondió Emmett en voz baja.

Los faros se acercaron. A Bella se le aceleró el pulso, y Emmett se aferró al volante. Resultaba imposible aventurar nada sobre el coche, salvo que era pequeño. Los tres contuvieron la respiración hasta que el vehículo pasó de largo.

Rojo. Un Ford Focus.

Exhalaron. Al cabo de un minuto aparecieron otro par de focos, y los pulmones se les tensaron de nuevo. Y luego se relajaron. Tensión.

Relajación.

Así estuvieron el resto del trayecto.


La abuela Swan estaba dormida, bajo los efectos de una fuerte sedación.

Bella y Edward también intentaron dormir, turnándose en el cómodo sillón reclinable, pero tenían el cerebro sobreexcitado. Mientras transcurría la noche se dedicaron a observar los coches del aparcamiento que se veía por la ventana y mirar la pantalla parpadeante del televisor. Pese a no estar cayendo una gran tormenta, era suficiente para estropear la señal.

La tele estaba puesta en el volumen más bajo antes del silencio. La CNN se pasó horas repitiendo en bucle las noticias de un ataque aéreo en Siria, un grupo de montañeros perdidos en Carolina del Norte y las últimas personas asesinadas en Osborne.

James Randolph Greeley Jr.

Angela Teresa Weber.

Sus nombres completos fueron pronunciados en voz alta por desconocidos. Se emitieron de nuevo las mismas imágenes atroces de los mismos ciudadanos muertos de miedo. Las víctimas se convirtieron en números, en datos estadísticos que se empleaban para comparar a David con otros asesinos en serie destacados. Había borrado del mapa a dos personas en un espacio de tiempo de tres horas y encima rodeado de gente.

No solo era Bella, sino la población entera del centro del país la que tenía la inquietante sensación de que David los acechaba de cerca.

Pero allí, dentro del hospital, era aún peor. Angela y su madre acaparaban todas las conversaciones mantenidas entre susurros. Resultaba imposible no oír el llanto apagado procedente de la sala de las enfermeras. Los sollozos ahogados. Las narices que se sonaban con pañuelos de papel.

Estaba a punto de amanecer cuando los presentadores tuvieron algo de lo que informar. «Noticia de última hora con relación a la búsqueda de asesino de Osborne», anunció una voz de mujer.

Edward y Bella abrieron de golpe sus ojos medio adormilados mientras la presentadora latina seguía hablando: «Están viendo imágenes de una parada de camiones situada cerca de Boys Town, en Nebraska, a las afueras de Omaha, de anoche a las once. Un conductor no identificado llamó al teléfono de emergencias después de ver un Ford Fiesta azul abandonado en un terraplén junto a la parada de camiones. Cuando la policía consiguió el vídeo del sistema de vigilancia, esto fue lo que descubrió».

Una grabación en blanco y negro mostraba una figura vestida con un abrigo largo acercándose a un tráiler y hablando con el conductor a través de la ventanilla. Aunque las cámaras anticuadas hacían que sus movimientos se vieran entrecortados y pixelados, Bella supuso que la silueta granulada era David. La invadió una sensación de náusea escalofriante. Vio a David montar en el camión y este alejarse por la carretera.

«Como pueden observar —continuó la presentadora—, el vehículo gira a la derecha antes de salir de la pantalla. Parece que el conductor se dirige de nuevo hacia Osborne»

Bella miró a Edward, cuyo rostro reflejaba a la perfección el miedo que ella sentía.

«En estos momentos la policía no ha revelado el nombre del camionero, solo que la matrícula de su vehículo era de Indiana. No se sabe todavía si estaba al corriente de la identidad del autoestopista».

Eso era todo. El informativo repitió la historia desde el principio. David volvió a salir subiendo al camión, que giró a la derecha.

El asesino apareció una y otra vez regresando al pueblo.


NOTA:

Estos son los ultimos capitulos, ya estamos cerca del final.

Acabo de subir una nueva adaptación, es de misterio y es parte de una trilogía, pueden pasarse a leerlo si gustan.

Nos leemos despúes.