So it goes...

Te conocí en la oscuridad… Hago tus días grises más claros. Sé que lo sabes, podemos sentirlo, es inevitable.

Nos rompemos un poco, pero, cuando me tienes a solas, es tan sencillo…

Es inevitable.

Ambos creen haberlo perdido todo, ahora viven rodeados de la oscuridad del pasado. Una noche, el destino juega a su favor haciendo que se encuentren por lo que parece ser casualidad, y la atracción entre ellos es inevitable. Ahora, si quieren salir de la jaula en la que viven, deben aprender a perder el control... ¿Lo lograrán?

Crossover 50Shades & Twilight.

+18 Contiene Lemon


La historia se ubica 5 años después de Luna Nueva, y la semana en la que Anastasia abandona a Christian. (Final libro 1)

Es decir, está ubicado alrededor del año 2011, pero, honestamente ya me acostumbre a la tecnología de la actualidad y por más que quiera viajar al pasado, es muy probable que se me filtren algunas cosas que tenemos en este momento. Por lo que, para fines prácticos de la historia, fingiremos que viajamos en el tiempo al pasado con las historias, pero con las comodidades de ahorita.

De todas maneras, si tienen dudas, no duden en preguntarme, trataré de aclararlas.

Por cierto, esto contiene mucho LEMMON. También tiene temas relacionados al BDSM, por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.

También debo aclarar que no tengo mucha experiencia en el tema BDSM, por lo que haré investigaciones, pero si algo está mal me pueden corregir si saben del tema.


Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío.

Está inspirado principalmente en la canción So it goes, de Taylor Swift, entre otras que me vayan ayudando a escribir la historia.


Isabella POV

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Le doy una última mirada a la vista frente a mis ojos. El sol se encuentra ya en un punto alto sobre los edificios, la vida en la ciudad ha iniciado desde muy temprano, incluso antes de que yo pudiera comenzar a apreciar la vista.

Cuando desperté, me encontré sola en la cama. No me sorprendió, tampoco me molestó. Al contrario, me permitió quedarme un buen rato aquí, disfrutando de la soledad y el silencio que me ofrecía la habitación. Pero sé que ya es hora de salir, debo prepararme para la reunión con Lucas, o el almuerzo que sé que tiene en mente.

Resignada, me deslizo con cuidado de la cama, me escabullo fuera de la habitación. El pent-house luce muy diferente bajo la luz del sol, mis ojos ahora si pueden disfrutar de los detalles a todo color. La imagen me hace sonreír.

Me muevo por el lugar en dirección a la habitación de baño. Mientras paso a un lado de la entrada del gimnasio, escucho ruido. Es probable que Christian esté dentro. No me desvió de mi camino.

Por supuesto que el cuarto de baño no es la excepción al resto del pent-house.

La entrada es reducida, pero lo primero que ves es un espacio con un ventanal de cristal y una vista a parte de la ciudad que da a un costado del Central Park. A la izquierda está el espacio de la taza del baño, pero a la derecha es donde se extiende el espacio que es ocupado con una bañera bastante amplia con funciones de jacuzzy. Más adelante se encuentra la ducha, separada por un cancel de cristal. Frente a esta, están dos lavamanos, ambos con un espejo grande e iluminado con luz propia. Además, que hay espacios para acomodar tus cosas personales.

Tomo un tiempo para mirarme en uno de los espejos. Mi apariencia es mejor de lo que me imaginé. Mi cabello está ligeramente despeinado, las sombras negras debajo de mis ojos son mínimas, aunque si se perciben por la palidez de mi piel. Tendré que arreglar eso con maquillaje.

Le doy una mirada a la bañera detrás de mí, unas ganas interminables de utilizarla me inundan, pero no quiero andar después a las carreras por haber perdido el tiempo. Y sin duda, preferiría tener algo de compañía para usarlo.

Sacudo mi cabeza.

Maldita sea, ¿no puedo pensar en otra cosa? ¿Ahora me volveré ninfómana?

Actúo con rapidez. Me desvisto, dejo mi pijama de lado, abro el cristal de la ducha ingresando mi cuerpo al cubículo. Doy un par de vueltas para corroborar cuanto espacio hay al lado de mi cuerpo, no quiero golpearme con nada. Por supuesto que esta ducha es más amplia que la de mi casa.

Mis manos se estiran, giro las manijas de las llaves y dejo que el golpe de agua caiga sobre mi cuerpo. El agua que había en la tubería cae sobre mí con el mismo sentimiento de una cubeta de agua helada, eso es lo me reafirma que ahora, esta es mi nueva realidad. El agua despierta mis músculos que aún están engarrotados y un poco adoloridos por la actividad de anoche.

Poco a poco giro las manijas de las llaves hasta que consigo la temperatura del agua que es de mi agrado. Lavo mi cabello y mi cuerpo hasta asegurarme que me siento completamente limpia.

—Aquí estas —dice una voz gruesa en mi oído, sus manos rodean mi cintura. Mi cuerpo se sobresalta, no escuché el momento en que llegó hasta mí. —¿Cómo te sientes?

Analizo su pregunta, en el tono de su voz hay algo, un doble sentido que quiere darle a esas palabras. ¿Lo dice por el sexo de anoche? ¿Por mis extrañas divagaciones? ¿Por el casi exorcismo a los fantasmas del pasado? No lo sé, pero sé que estoy bien.

Ahora que me di una ducha y me siento limpia, me siento despejada de la mente, también. La sensación es mejor de lo que esperaba.

—Estoy bien —me giro para mirarlo. Mi cuerpo desnudo se desliza con facilidad entre sus brazos. Ahora lo tengo frente a mí, ambos desnudos, con el agua cayendo sobre ambos, pero él aún sigue parcialmente seco. Hay algo en él, algo que no estaba anoche en sus ojos.

—Pedí el desayuno —avisa. Asiento. —Ya está en la mesa.

Sus manos se tensan en mi cintura, sus brazos se doblan y se pegan aún más a él. Su rostro está cera del mío, su respiración choca con la mía. Me muero por besarlo. El brillo de sus ojos me detiene, tiene un matiz más oscuro en ellos, como si una sombra los estuviera cubriendo.

Mis manos suben a sus brazos mientras un debate nace en mi interior. Quiero acercarlo a mí, quiero decirle que puede confiar en mí. Pero también quiero alejarlo, quiero reclamarle por poner un muro entre ambos.

—¿Por qué te contienes? —la pregunta sale antes de que pueda detenerla.

Desde anoche lo noté, la manera en la que me tocó fue muy diferente a esa primera noche que lo conocí. Puedo comprender que ese día, estaba dolido, molesto y solo quería a alguien para desquitar todos sus sentimientos. Ambos nos usamos esa noche.

Pero después, la manera en la que dice haberme buscado, las palabras de Taylor diciendo lo desesperado que estaba su jefe por saber de mí, esos pequeños detalles son muy contrastantes a como Christian me trata. Parece cauteloso, parece estarse preguntando en cada segundo como debería actuar conmigo.

Anoche sus movimientos eran cautelosos, me dio la libertar de tocarlo, de usarlo para conseguir mi placer, ayer pude usarlo para ser yo quien me sintiera en control de mi misma. Pero, el Christian que conocí en el Lounge, el que me llevó a su casa, no lo hubiera permitido, él hubiera hecho las cosas a su manera.

Si soy honesta, ambos me pueden poner de rodillas, ambos pueden tener cierto poder en mí. Pero si hablamos de Christian, solo uno de ellos parece estar en libertad, el otro solo parece estar atado de manos a la espera de un castigo.

¿Espera que yo lo castigue?

Ahora soy yo la que se siente insegura.

Pongo mi atención de nuevo en Christian. Sus ojos están fijos en mí, está sorprendido por mi pregunta. Veo la manzana en su garganta subir y bajar, le cuesta hablar para darme una respuesta, le cuesta procesar una frase que me haga comprenderle. Sus manos caen a los costados de su cuerpo.

Se queda ahí, bajo la ducha, sin moverse.

Quiero preguntarle, quiero saber qué es lo que lo tortura. Pero no me atrevo.

—Te espero para desayunar —le sonrío.

Rodeo su cuerpo, salgo del cubículo de cristal. No me giro a corroborar que esté mirándome. Dándole la espalda, tomo una de las batas de baño que están dobladas en uno de los estantes, la coloco sobre mi cuerpo, tomo mis cosas y salgo del cuarto de baño.

Mientras camino hasta la habitación, el exceso de humedad de mi cabello se desliza por mi cuello, las gotas dejan un cosquilleo en la piel por donde pasan. No me molesto en secarlo. Dejo las cosas que hay en mis manos en la habitación y regreso buscando el aroma del café.

Tal como Christian mencionó, en la mesa que tiene el fondo la pared de cristal con la ciudad detrás, servido y listo para comer, está el desayuno. Hay varias charolas cubiertas, además de una cafetera, una jarra de jugo, tazas vasos y platos.

Sirvo un poco de café en una de las tazas, el aroma llena mi nariz terminando de relajar mi cerebro.

Escucho ruido que proviene cerca de mí.

—¿Café? —le pregunto mirándolo sobre mis pestañas. Christian se sienta en la silla frente a mí, igual que yo, con el cabello húmedo, el trozo desnudo y usando solo unos pantalones de algún conjunto deportivo.

—Si, por favor.

Sirvo el líquido caliente en otra taza y se la ofrezco.

—¿Hambre? —pregunta con una ceja arriba. Sus brazos cruzan la mesa destapando las charolas y sirviendo dos platos de comida.

—Demasiada —sonrió tomando el plato que me ofrece.

Sus ojos me hacen una señal para que empiece a comer, después, me imita. Ambos comemos entre conversaciones triviales, más que nada, preguntando cosas sobre el otro, conociéndonos.

—¿Por qué dejaste Arizona? —me mira interesado.

Lo miro, sorprendida.

En mi cerebro aparece el recuerdo de cuando dijo que había investigado a los empleados del periódico, entre ellos, yo, por supuesto. Tomo un par de respiraciones antes de responder.

—Mi madre se volvió a casar —le explico la historia. —Ella quería su espacio, y yo quería ir a la universidad.

No miento. Al menos no en los hechos. En relación a la época en la que sucedió, sí, si miento.

En mi expediente, aparece que había vivido con Renée en Arizona hasta que decidí venir a la universidad de Seattle. Incluso ella nos acompañó en una visita que hicimos Angela y yo a conocer el campus. Para quien preguntara, Angela y yo éramos dos amigas de la infancia que se mudaban desde Arizona para vivir la experiencia de la universidad. Oficialmente, el año que pasé en Forks, está borrado. O en las sombras, al menos.

—¿Y en Forks cuanto tiempo viviste? ¿Un año?

En mi garganta algo se detiene. Me atraganto. Incluso el café caliente que se desliza por mi garganta parece no ser suficiente para que el nudo que se ha formado, se deslice permitiéndome respirar.

—¿Estas bien? —me mira preocupado.

—¿Cómo sabes eso? —pregunto buscando mi propia voz.

Me mira, molesto porque evadí su pregunta. Suspira con fuerza.

—¿La verdad? —pregunta. Hago un gesto con mi cabeza pidiendo que continúe, me da una mirada, pero accede. —Ordené que te investigaran.

—¿Qué más sabes? —le miro, asustada.

No me preocupa que me haya investigado, tampoco me sorprende que tenga investigadores tan buenos como para sacar información mía que me aseguré de no dejar ningún rastro. Estoy nerviosa, lo admito. Me asusta que tan lejos fue en esa investigación. Hay cosas de mí pasado que no se pueden saber, al menos no sin que alguien esté en riesgo.

—Sé que tus padres se divorciaron hace años. Sé que tu madre se volvió a casar y esa fue la rezón por la que te mudaste con tu padre —cada palabra que menciona hace que mi cuerpo tiemble. —Sé que, en realidad, Angela y tú se graduaron del Forks High School.

Hago un esfuerzo por mantener mi rostro en blanco. En el interior estoy gritando de ansiedad y nerviosismo.

—Sé que estudiaste Literatura y Periodismo en la universidad de Seattle, sé que te graduaste casi dos años antes por el trabajo de campo que hiciste en el periódico.

Es inevitable que me sienta orgullosa de eso.

Bien, hasta ahí todo bien. Christian sabe algunas cosas de mi historia, ahora conoce cosas sobre mí, y lo que sabe no es tan malo. Son cosas que no causan problemas si se hacen públicas.

—¿Solo eso? —lo reto. Necesito que me diga todo.

—Phoenix, hace cinco años —murmura, sus ojos me observan, cautelosos. Mi respiración se corta, mi cuerpo se estremece como si acabara de golpearme.

—¿Qué tiene? —trato de sonar desinteresada. Fallo, por supuesto.

—Estuviste unos días en el hospital, tuviste un accidente. —Levanta una ceja, está atento a mi reacción. —Resbalaste, caíste por las escaleras y ¿atravesaste una ventana?

Mi alma abandona mi cuerpo. Puedo sentir sobre mi piel cada trozo de cristal que se incrustó en ese momento, siento la sangre que escurre por mi cuerpo, siento mis huesos rotos, siento que la mordida en mi muñeca comienza a arder.

Se supone que nadie sabría de ese accidente. Se supone que estuvo tan bien coordinado como para que nadie se cuestionara al respecto. ¿Sabrá de mis otros "accidentes?

—¿Eso dice el reporte médico? —le pregunto. Él asiente. —Cuando estas en el hospital, pasas mucho tiempo drogado con medicamentos.

—¿Aun no desarrollas alguna inmunidad o alergia a los medicamentos? —pregunta divertido. Esa es su respuesta a que si ha visto todo mi historial de accidentes.

Me siento abochornada. Es inevitable que me sienta incomoda por esa parte de mi vida.

—Espero que no —suspiro. —¿Qué más dice el reporte médico?

—¿No lo leíste? —me mira asombrado. Yo niego. —Cuando estemos de regreso en Seattle te muestro todo el expediente.

—Bien —acepto. Tengo curiosidad, hay muchas cosas que se encargaron de esconderme y yo nunca pregunte. Ahora quiero saberlas.

Bajo la cabeza, pongo mi atención en lo que resta de mi desayuno.

—¿Te molesta que te haya investigado?

—¿Haces eso seguido?

—Si —dice sin dudar.

Lo pienso un segundo.

Un hombre millonario que tiene una extraña fijación por mí investiga mi vida privada e invade mi privacidad. ¿Debería molestarme? Joder, claro que sí.

Un hombre millonario que, debe tener cuidado con aquellas personas que lo rodean, por lo que investiga la vida y antecedentes de aquellos que están a su lado, ¿es extraño? No.

Mierda.

Si veo el lado bueno de esto. Me evitó contar partes de la historia.

—¿Alguien más sabe de eso? —pregunto aun insegura.

—No —dice seguro. —La persona que investigó tiene un contrato de confidencialidad, te aseguro que no le conviene hablar del tema.

Ahora me preocupa que tenga amenazado a alguien. ¿Eso es legal?

—Está bien —trato de sonar casual por su confesión. Sus labios se levantan con una sonrisa oculta.

—Sigue comiendo —me indica con su barbilla el plato a medias frente a mi. Lo obedezco, arrepintiéndome en el proceso. Después de la conversación, la comida sabe amarga. —¿A qué hora es la reunión?

—Al medio día —le respondo.

Christian entrecierra los ojos. Su postura se endurece.

—¿Qué sucede?

—¿Tu elegiste la hora? —pregunta, su voz es áspera.

—No —sacudo la cabeza. —La secretaria de Lucas me avisó esta mañana.

Frunce los labios, su cabeza se inclina y sus ojos se oscurecen. No está conforme con algo de lo que he dicho, si rostro lo demuestra.

—¿Él decidió la hora? —pregunta para sí mismo.

—Eso creo —respondo aunque no lo ha pedido.

—Qué conveniente —sisea entre dientes.

Escuchamos un sonido proveniente de la puerta. Christian mantiene su concentración en su comida, yo si me giro a buscar el causante del sonido.

Un Taylor sonriente y animado hace acto de presencia.

—Buen día —nos ofrece una sonrisa.

Me encanta que su estado de ánimo al parecer es mucho mejor que el nuestro

Taylor hace acto de presencia. Su estado de ánimo al parecer es mucho mejor que el nuestro.

—Taylor —asiente Christian.

—Hola Taylor —le sonrió bebiendo el último sorbo de mi café.

—Buen día, señor—responde el asentimiento de su jefe. —Señorita Swan — sonríe, —luce radiante esta mañana. ¿Durmió bien?

Sé que no luzco tan bien como ayer que nos conocimos, pero mentir de esa manera es un poco descarado. Un momento, ¿Taylor escuchó lo de anoche? Maldición. Lo escuchó, ¿cierto?

—Taylor, deja de ruborizar a Isabella y entrégale lo que has traído —Christian le da una mirada divertida al hombre y a mí.

—Claro señor —Taylor sonríe y regresa por donde vino.

Con la palma de mi mano doy toquecitos suaves en mis mejillas tratando que el calor desaparezca de ellos.

—Te ves maravillosa —Christian suspira. Eso solo hace que el color en mi piel aumente. —Taylor trajo algo para ti, espero que te guste.

Su mirada se levanta a mis espaldas, me giro sintiendo que la emoción recorre mi cuerpo. Nunca me había sentido tan emocionada por un regalo.

Taylor regresa, esta vez, camina hasta la mesa cerca de nosotros. En sus manos está una caja de color beige, con un listón en color gris oscuro. Se ve grande, pero no pesada. Me pongo de pie y la tomo en mis brazos.

—Úsalo hoy —Christian me dice con una ceja arriba. —Ve a prepararte para la reunión, yo iré en un momento, hay algo que quiero hablar con Taylor.

—Gracias —le digo, Christian me sonríe. —Gracias, Taylor —digo sonriendo.

Me muevo, alcanzo la puerta de la habitación casi corriendo. Coloco la caja en la cama para tener las dos manos desocupadas para abrirla. Mis palmas pican por la desesperación de abrirla para ver su contenido.

Me duele cuando deshago el precioso moño de color gris. Mis dedos acarician los bordes de la cinta. Suspiro. Mis dedos retiran con cuidado la tapa de la caja.

El interior de la caja está dividido en dos, uno está cubierto, como si fuera otra caja dentro de la caja. El otro lado, un fino papel está perfectamente doblado. Mi mano hace a un lado el papel y descubro una prenda de color beige. Mis manos la toman, extendiéndola frente a mis ojos. Es un vestido, de dos solapas cruzadas. Las mangas son de una tela más delgada, pero del mismo color del vestido. Se ve muy femenino, pero a la vez perfecto para la usarse en la oficina o en alguna reunión.

Del lado que tiene otra pequeña tapa, hay un par de zapatos stilettos, son de un tono un poco más oscuro del vestido.

Mis dedos tamborilean en el borde de la caja. ¿Christian despertó temprano a Taylor para que fuera a comprar esto? ¿Acaso, Christian volvió a dormir después de nuestra aventura en el piano? ¿Eso hace cuando tiene insomnio? ¿Se pone a comprar?

Estaba decidida a usar la ropa que ya había preparado para la reunión de hoy, pero el detalle es hermoso y no quiero perder la oportunidad de utilizarlo. Además, me apenaría con Taylor por echar a perder su esfuerzo, y me avergonzaría que él se haya levantado tan temprano y yo no acepte el regalo.

Me muevo por la extensión de la habitación, buscando todo lo que necesito para arreglarme. Debo darme prisa si quiero llegar a tiempo a la reunión.

Comienzo por mi cabello, termino de secarlo y aprovecho para cepillarlo y acomodarlo. Luego me maquillo lo menos que puedo, quiero cubrir la zona oscura debajo de mis ojos, pero, el clima es algo cálido, o al menos eso dice mi teléfono y no quiero que en algunas horas parezca que tengo un helado derretido en mi rostro.

Me miro por última vez al espejo, reviso los detalles de mi aspecto, me aseguro de que todo esté en su lugar antes de salir de la habitación.

Busco en mi bolso lo más necesario, el resto lo dejo de lado en una de las mesas. No quiero ir tan cargada. Tomo el folder que es el culpable de que esté en esta ciudad, le doy un vistazo rápido.

—Luce espectacular, señorita Swan —Taylor aparece detrás de mí. Su rostro luce satisfecho por la elección que ha hecho. Levanto mi cabeza y le sonrió.

—Gracias Taylor —digo agradecida. Mis manos acomodan mi ropa, me aseguro de que esté en perfecto estado. —Es justo lo que necesitaba.

—Me alegra ser de ayuda —dice amable.

—¿Lista? —Christian aparece de otro lado del living.

Su mirada va de arriba abajo, recorre mi cuerpo para asegurarse que todo esté en su lugar. Mis ojos también se deleitan. Está usando un clásico traje de color gris, está acomodándose la corbata de color negro sobre la camisa blanca que lleva puesta.

En mi aparece un impulso. Quiero ser yo quien ate la corbata, quiero que sean mis manos las que acomodan el cuello de su camisa, quiero que sus ojos grises me miren mientras hago eso.

—Sí —respondo en un patético intento de concentrar mi atención en otra cosa. —Estoy lista.

—Estas perfecta —me adula.

En mis labios aparece una sonrisa. Me siento perfecta.

—Los espero abajo —Taylor da un asentimiento con su cabeza y sale de la habitación.

Christian se acerca a mí, aún está deslizando el saco sobre sus hombros. Sus manos terminan de acomodar el vestido. Pasan por mis brazos, mi abdomen, mis caderas.

—Le pedí a Taylor que fuera temprano a recogerlo a la tienda —comenta. —Le dí la libertar de elegir el color. No estábamos seguros, negro, azul o este.

—Azul no —casi grito. Me mira, sorprendido por mi arranque. —N o me gusta usar azul, al menos no si puedo evitarlo.

—Entonces este es perfecto —dice convencido. Le doy la razón. —Vamos, tenemos cosas que hacer.

Christian toma mi mano, salimos juntos del Pent-house y me conduce al elevador, luego por los pasillos hasta el lobby. Atravesamos los pasillos del hotel hasta el lobby. Esta vez, la escena que aparece frente a mis ojos, no me abruma. Las personas van y vienen, llegan y dejan el hotel, miran de un lado a otro. Todo es igual al día de ayer.

Taylor ya nos espera afuera, se asegura de colocarnos en los asientos de la camioneta en la que llegamos, y arranca el motor para perderse entre las calles de la ciudad.

El camino a las oficinas no es largo en realidad, pero sí tedioso. Pese a que nos mantenemos en el mismo distrito, hay muchos automóviles por las calles. Taylor comenta de vez en cuando la palabra frase "trafico usual", no estoy segura si para tranquilizarse a sí mismo, o para intentar convencernos de que esto es algo normal en esta enrome ciudad. Aun así, no nos toma mucho tiempo llegar a nuestro destino.

Taylor, hace de las suyas y se adelanta para abrirme la puerta y ayudarme a bajar de la enorme camioneta. Mis pies se estabilizan en el suelo, permito a mi cabeza subir para admirar el edificio en el que se pueden leer las enormes letras de "New York Times".

—Wow —se escapa de mis labios. —Es muy grande.

Christian aparece a mi lado, me sonríe y coloca su mano en mi espalda.

—Andando —da un leve empujón para obligarme a caminar a su lado. Sujeto fuerte el folder entre mis dedos y dejo que me guie. Ambos cruzamos las enormes puertas de cristal.

¿Qué demonios tiene esta ciudad con los cristales, vidrios y espejos?

El interior es similar en arquitectura, mucho espacio, cristal y personas por todos lados.

Mientras recorremos el espacio para llegar a la recepción, noto las miradas de las personas que nos encontramos. Hombres y mujeres nos miran mientras pasamos a sus lados. Por la esquina de mis ojos veo a Christian, él parece inmune a las miradas que le ofrecen.

Me obligo a hacer lo mismo.

—Hola —le digo a una de las recepcionistas detrás del escritorio. La mujer levanta la vista, da un sobresalto cuando sus ojos se colocan en nosotros. Parece asombrada. —Soy Isabella Swan. Tengo una cita con el Señor Fabbiani.

Le toma unos segundos comprender mis palabras. Asiente, me pide un segundo y hace una marcación rápida con su teléfono para anunciarme.

—La están esperando señorita. Es en el piso 25.

—Subiremos ambos —le dice Christian. La mujer asiente y nos extiende un par de identificaciones donde se lee la palabra "visitante"

—Adelante —nos indica el lugar por donde debemos ir.

—Gracias —digo sonriendo.

Según lo que Christian me explica mientras caminamos en la dirección que nos señaló la mujer de recepción. El edificio está dividido en secciones, los primeros pisos se usan como auditorios y salas comunes, luego varias empresas se han establecido en los demás pisos, por supuesto el periódico "New York Times" tiene la mayoría de los pisos. Nos encontramos con unas puertas de seguridad que controlan el acceso de los empleados y personas que visitan cada empresa.

Christian y yo escaneamos el código de nuestras identificaciones y cruzamos a un espacio con varios elevadores.

—Dijiste que vendrías a la ciudad por unos asuntos —digo mientas esperamos el ascensor que nos llevará a la zona de la empresa del periódico. —Creí que con traerme habían sido suficientes favores.

—¿Favores? —levanta una ceja, su rostro se endurece.

—No tienes que acompañarme arriba —le digo. —No quiero distraerte de tus asuntos, yo puedo volver sola al hotel.

—Este también es mi asunto —habla mientras entramos al cubículo de metal. Sus dedos presionan los botones necesarios, las puertas se cierran y nos ponemos en movimiento.

—¿Algo que tengas que hablar con Lucas? —intento adivinar.

—No —responde sin dar detalles.

—¿Quieres estar enterado de lo que sucede en la reunión, Señor Grey? —me burlo.

—Si —asiente. Su gesto produce una risa en mí.

El ascensor se abre en el piso que nos corresponde. En cuanto uno de mis pies pisa la alfombra fuera del cubículo de metal, la secretaría de Lucas se dirige con prisa hacia mí.

—Señorita Swan, bienvenida —me da una sonrisa. Christian se aclara la garganta a mis espaldas. —¡Señor Grey! —la mujer lo mira confundida y asombrada. —¡Oh cielos! ¿Tiene alguna cita?

La mujer comienza a ponerse nerviosa. De hecho, está a punto de desmayarse. Yo no leo mentes, pero puedo notar el esfuerzo que hace en recordar si alguien le pidió una reunión con Christian Grey. O si ha olvidado anotarla.

—El señor Grey me está acompañando —salgo al rescate.

—¡Oh! —exclama sorprendida. Toma un par de respiraciones, parpadea un par de veces y se concentra. —En ese caso, síganme.

La distribución es similar a las oficinas que manejamos en el periódico de Seattle, excepto que estas se ven más lujosas, más amplias y son muchas más. La mujer se adelanta para anunciarnos, pero su jefe es más rápido que ella.

—¡Isabella! —un grito se escucha a lo lejos. La mujer y yo nos sobresaltamos.

Un hombre, de cabello denso y negro, con una ligera barba decorando su rostro ovalado y usando unos lentes semicirculares costosos, aparece por la puerta de una de las oficinas. Trato de hablar, pero aun siento mi corazón latiendo desbocado en mi pecho.

El hombre vestido causalmente en un pantalón de corte formal, una camisa de botones azul marino con los primeros dos botones desabrochados y las magas arremangadas en los brazos, sale de la oficina de la cual se ha asomado.

—Lucas —digo amable. —Hola, buen día.

—¡Por supuesto que es un buen día! —aplaude audiblemente mientras camina en mi dirección. —¿Cómo estás, Isabella? Tanto tiempo sin vernos.

—Han sido solo un par de meses —digo restándole importancia. —Y estoy muy bien, emocionada de conocer el lugar y encantada de verte, claro.

—Siempre es maravilloso que me honres con tu presciencia, cariño —dice juguetón, hay una sonrisa brillante en sus labios.

Se acerca a mí, sus brazos rodean mi cuerpo con delicadeza, deposita un beso en cada una de mis mejillas. Una respiración audible y molesta se escucha a mis espaldas.

—No es tu cariño —gruñen detrás de mí.

—¡Christian Grey! —Lucas pone su atención en mi acompañante. —Esta sí que es una sorpresa.

Se acerca a Christian, ambos se dan un apretón de manos para saludarse. Puedo notar la postura tensa de Christian y la postura defensiva de Lucas.

—Lucas —Christian murmura el nombre entre dientes.

—¿A qué debo el honor? —le pregunta Lucas, aun sin soltarse del saludo. No pasa desapercibida la ironía en las palabras.

—Isabella y yo vinimos juntos —Christian dice orgulloso.

—Christian fue amable y se ofreció a traerme —digo rápidamente. Quiero dejar en claro cómo fueron las cosas, aquí hay muchas personas, todos tienen su atención sobre nosotros. No quiero que alguno de ellos confunda las cosas y publiquen algo que perjudique a Christian.

—Claro que sí —sonríe Lucas. —Leonard mencionó que ambos vendrían.

Lo miro sorprendida. No sabía que mi jefe se tomara esas molestias conmigo, ni siquiera Julie se molesta en avisar cada detalle de mi itinerario

—Señor —la secretaria llama la atención. —¿Porque no pasan a la oficina? Ahí pueden hablar con privacidad.

—Claro —Lucas asiente y suelta el apretón de manos que mantenía con Christian. Miro disimuladamente como la mano de ambos está un poco roja.

¿Qué demonios? ¿Estaban probando la fuerza de cada uno?

—Acompáñenme, por favor. —Lucas nos señala su oficina.

Dentro, hay un escritorio en el fondo, hay una pequeña mesa de ocho espacios, imagino que es usada juntas más importantes y privadas. Del otro lado un par de puertas, mis ojos se pasan rápidamente por el lugar, parece un gimnasio personalizado. Frente a eso, del lado derecho hay una pequeña sala biblioteca y más cerca de la puerta está un living pequeño.

Lucas nos ofrece asiento ahí. Me colocó en el sofá de dos espacios, con la esperanza que Lucas tome el sillón individual a mi derecha, y Christian el individual a la izquierda.

—Christian, si me permites —Lucas se sienta en el sofá a mi derecha, su espalda se inclina y coloca una pierna sobre su otra rodilla. —Es increíble tu presencia en este lugar, es decir, son pocos los que tienen el privilegio de ver en persona al señor Christian Grey.

Mi acompañante se sienta a mi lado en el sofá de dos espacios. Mis ojos observan sus movimientos, son tensos, pero como está a mí alrededor, se comporta con cierta confianza. Mientras se acomoda a mi lado, busca la manera de rozar mi cuerpo, aunque, su mirada se mantiene en nuestro anfitrión. Christian luce relajado, pero claramente está marcando la diferencia entre él y Lucas. Suelto todo el aire de mis pulmones de golpe. Su cercanía me pone nerviosa.

—¿Qué te puedo decir? —el cobrizo se encoje de hombros. —Soy un hombre muy ocupado.

—Todos lo somos —Lucas trata de picar el mal humor de Christian. —Creí que serias de esos hombres que les gustaba tratar los negocios en persona.

—Hay asuntos que requieren mi atención completa —Christian dice la frase con mucha seguridad. Ni a Lucas, ni a mí, nos pasa desapercibido la mirada que me dirige mientras pronuncia las palabras.

—Adivino que, si estás aquí, es porque este asunto requiere toda tu atención.

—Así es —acepta Christian. Aun no despega sus ojos de mí, pero yo mantengo mi expresión neutra. Me siento incomoda.

—Qué curioso —Lucas se burla. —Mover toda tu agenda solo para acompañar a Isabella a entregarme un par de hojas.

—Isabella no conoce la ciudad y yo tengo otras reuniones aquí —Christian responde. —¿Por qué no ofrecerme a acompañarla?

—¡Cierto! Olvidaba que no conoces la ciudad —ahora la atención de Lucas esta sobre mí. —¿Qué te parece si salimos a almorzar? Yo estoy libre, puedo darte un maravilloso tour por la ciudad, llevarte a muchos lugares y...

—Yo me encargo de eso, gracias —Christian lo interrumpe.

—¡Oh vamos! —Lucas se queja. —Tú vas a estar ocupado en reuniones y esas cosas —. Los ojos oscuros de Lucas se posan en mí. —No queremos interrumpir tú ocupado tiempo, Christian.

—Gracias Lucas, pero… —trato de hablar. Por supuesto soy interrumpida.

—Podemos pasar un buen rato —Lucas inclina sus rostro a mí, pero su mirada no. Su mano se estira y se coloca sobre mi brazo que descansa en el posa brazos del sofá. —Si quieres puedes quedarte en mi casa, Bella.

Me estremezco por el apodo. Es inevitable. Llevo años sin escuchar ese apodo, o al menos, el único que puede decirlo es mi padre.

Me aclaro la garganta. —No creo que… —de nuevo trato de hablar.

—Isabella tiene todas sus pertenencias en el hotel, no puedes pedirle que deje sus cosas —Christian dice entre dientes.

Mierda. Isabella quiere hablar pero este par de idiotas no se lo permiten.

—Yo puedo encargarme de eso —Lucas amplía su sonrisa. —Mandamos a alguien por tus cosas y yo me encargo de tener disponible el avión para ti, a la hora que tú desees.

—¿Vas a dejar a la empresa sin el avión? —ahora es Christian quien se burla. —¿Qué tal que el Señor Kahn lo necesita?

Lucas aprieta la mandíbula, la sonrisa no desaparece de su rostro.

—Isabella y yo vinimos en mi Jet Privado —se jacta Christian. —Por supuesto que está disponible para el momento en que ella quiera. Yo no necesito quitarle el avión a mi empresa para fingirme un Casanova.

Lucas aprieta la mandíbula, la sonrisa no desaparece de su rostro.

—Así que conoces mi buena fama —Lucas infla el pecho con orgullo.

—Una fama deplorable, si me permites —Christian completa.

—No veo que te quejes cuando la prensa te etiqueta a ti de esa manera —Lucas baja su pierna, su espalda inclina su cuerpo hacia adelante.

—Los medios hablan porque eso vende.

—Un poco grosero de tu parte mencionar eso frente a dos personas que trabajan en el medio —Lucas dice mordaz.

—Dos personas que trabajan en el medio y que necesitan un pensamiento objetivo —se defiende Christian. —Yo no tengo la necesidad de mentir, o de acostarme con alguien para vender.

—Vaya —Lucas se carcajea. —Entonces, ¿Por qué te molestas en darle tantas atenciones a Isabella? ¿No era tu plan utilizarla para meterte en los periodicos?

—Cállate —Christian le gruñe. —Mis intenciones con ella no son asunto tuyo.

Sacudo mi espalda tratando de ser notada. Con mis manos acomodo mi ropa. El vestido que me había envuelto en un sentimiento de empoderamiento, sensualidad y confort, ahora me hacía sentir incomoda, vendida y utilizada.

—Yo solo trato de defenderla —Lucas levanta las manos mostrando las palmas. —No quiero que cualquiera sienta que tiene poder sobre ella.

Ahora es Christian quien aprieta la mandíbula.

—Me ofrecí a traerla para que se sintiera segura y cómoda.

—¿Ah sí? —Lucas se inclina hacia adelante. —Entonces todo lo que has hecho por ella es meramente profesional, sin esperar nada a cambio, sin otras intenciones ¿correcto?

Christian, a mi lado, también inclina su cuerpo hacia adelante, aceptando el reto que el hombre le ha hecho. Ambos se miran, se retan, se analizan el uno al otro en busca de alguna debilidad con la cual atacarse mutuamente.

Yo estoy en el medio de ambos, rogando por desaparecer de la faz de esta tierra.

Las palabras de Lucas hacen un eco en mí. A mi cabeza vienen todos esos flashes de las cosas que Christian ha hecho en tan solo dos días. El almuerzo, mi casa, el aeropuerto, el avión privado, el pent-house, el vestido. ¿Esperaba que todo eso fuera suficiente pago como para que abriera las piernas para él?

¡Mierda! Sí, al parecer fue suficiente, sí lo hice.

¿Por eso Christian se contuvo ayer? ¡Por eso me dejo ser yo quien decidiera en que momento dejaba que el orgasmo me recorriera. Ese fue su estúpido premio por haber aceptado todo lo que me ofreció.

Y ahora Lucas lo ha notado. Ese hombre no es un santo, definitivamente no. Lucas estuvo también en riesgo cuando el estúpido de Benjamín hizo su tetra para estafar al Seattle times. Todo por la maldita avaricia que lo recorre. Lucas sin duda disfruta de tener lujos y dinero a su disposición, y por supuesto que disfruta que eso le otorga a cualquier mujer que él desee.

Si se dio cuenta de Christian ha comprado mi compañía, y eso le ha hecho creer que también él puede darme ciertas "atenciones" a cambio de sexo.

En mi cuerpo corre una sensación de vergüenza, desesperación y humillación.

Maldita sea, necesito salir de aquí. Pero, lo haré como llegue, con la frente en alto. Estoy aquí para cumplir con una misión del trabajo, soy alguien profesional que puede lidiar con las situaciones que se le coloquen enfrente. Puedo irme de aquí con la dignidad intacta.

Me pongo de pie, mis manos estrellan el folder contra la mesa de centro que divide el espacio entre los sofás donde estamos los tres. Christian y Lucas me miran, ambos con sorpresa por mis movimientos. Rodeo la mesa asegurándome de pasar por detrás de los sofás. No quiero que ninguno de ellos me toque o me observe si paso frente a ellos.

Me coloco frente a ambos, pero a la vez, con el espacio necesario para salir corriendo en caso de que sea necesario. Los miro, buscando por cual empezar.

—Lucas —elijo a uno. —Tal y como prometí, crucé todo el país para traer personalmente el folder con todas las firmas autorizando la fusión —señalo con mi mano el folder en la mesa.

—Sí, Gracias por…

Levanto la palma de mi mano para silenciarlo. Aun no termino de hablar.

—Todos apreciamos la maravillosa idea que nos diste para manejar la situación, sin duda tenemos una deuda contigo.

—No, al contra…

—Estamos bastante seguros que, —lo interrumpo, de nuevo, —con tus esfuerzos y después de que suceda la fusión, vas a poder mantener tu puesto como director de relaciones públicas y cuidado de la marca que es "New York Times".

Lucas se remueve, incomodo. Lo he exhibido.

—Christian —digo al otro hombre. —Aprecio mucho que te hayas tomado la molestia de acompañarme hasta aquí.

Controlo mi voz para que salga sin emociones, no quiero mostrarle cuanto control ha obtenido en tan solo dos días. Me siento humillada, pero no le daré el gusto de verlo. Él se mantiene callado, mirándome.

—Aprecio mucho todas las "molestias y favores" que te has tomado conmigo, pero, no te preocupes, no necesito nada de eso —trago el nudo en mi garganta. —Sé que estoy en deuda contigo.

—Yo no… —trata de hablar, pero ahora es mi turno de interrumpirlo.

—Pasaré el lunes a tu oficina para pagarte todo lo que has gastado en mí en este pequeño viaje de negocios —hablo precipitadamente para interrumpirlo. —Iré al hotel por mis pertenecías, después tomaré un taxi al aeropuerto.

Christian me mira ¿molesto? ¿Qué demonios está mal con él? ¡La que está molesta soy yo.

—Ahora, si me disculpan, quedé en volver a casa temprano —ofrezco una sonrisa tierna, me giro sobre mis talones, camino dando pisadas fuertes en dirección a la puerta de la oficina. Escucho como ambos se levantan con las claras intenciones de seguirme. —No se molesten.

Ambos frenan sus pasos.

—Sigan con su conversación, caballeros —señalo con mis manos los sofás. —Quizás más tarde tengan la confianza suficiente para ¡bajarse los pantalones y medírsela a ver quién la tiene más grande!

Ambos hacen una mueca de desagrado. Tomo entre mis manos la manija de la puerta, la abro y saco mi cuerpo a través de ella.

—¡Son ridículos!

Salgo por el pasillo por donde entramos. Las personas me ven, las miradas están sobre mí, pero ahora, es mi molestia la que evita que les ponga atención. Hago todo el proceso para bajar, no me detengo a mirar si alguien me sigue, tampoco me detengo a pensar en cómo debería lucir para los demás. El aire de la ciudad me golpea cuando atravieso las dos enormes puertas de cristal que marcan el final del edificio.

—Señorita Isabella —la voz de Taylor llega mis oídos. Maldita sea, ahora no. No tengo ganas de lidiar con más testosterona. —¿Se encuentra bien?

—Sí, Taylor —trato de sonreír. —Necesito tomar aire, iré a caminar por ahí.

—¿Está segura? —me mira, preocupado. Sus ojos buscan a mis espaldas, a su jefe.

—Sí, no te preocupes —aseguro. —Caminaré un rato y volveré en taxi al hotel, si es que hace falta.

—Pero, señorita…

—No te preocupes, Taylor —lo corto. Le doy una sonrisa y paso por su lado. Me sigue con la mirada, pero no me sigue. Se lo agradezco internamente.

Mis pies se deslizan por el asfalto de las calles. No estoy segura de a dónde voy, solo permito que mis piernas me conduzcan a algún lugar lejos de aquí. Las calles están llenas de personas que van y vienen, autos que pasan por la calle, camiones de carga que suben y bajan cosas a los edificios y las tiendas que se ubican dentro.

¿De verdad voy a permitir que un concurso de testosterona arruine mi visita a la ciudad? Por supuesto que no.

Christian pensó que con regalos y "atenciones" podía tenerme a su disposición para calentar su cama cuando quisiera, pero eso es tema de él. Lucas creyó que "obligándome" a venir podría ser su oportunidad para seducirme y que aceptara salir con él, pues es un idiota por creerlo, pero ese es su asunto.

Yo fui una estúpida por creerles a ambos.

Le creí a Lucas que nos ayudaba porque de verdad le importaba el periódico, porque de verdad le importaba que las cosas salieran bien, pero, resulta que solo buscaba vengarse del idiota que nos vendió a nosotros para quitarle su puesto de directivo. Lucas solo quería salvar su trasero y conseguir que me acostara con él.

Le creí a Christian. Maldita sea, claro que le creí. Sin dudarlo, volvería a hacerlo una y otra vez.

Ese hombre me tiene a sus pies desde que lo conocí. ¿Qué más da que ambos nos usemos? ¿Qué más da que me de regalos y me haga sentir una Femme Fatale? ¿Qué demonios importa si quiere sexo a cambio? Casi podría hacer todo lo que me pida, sin dudarlo.

Muerdo mi labio. Tomo una respiración y giro la esquina que se presenta a mi lado. Los espectaculares y las pantallas gigantes aparecen en las fachadas de los edificios, están llenas de luces, colores, caras de personas famosas, productos de todo tipo.

Tomo mi bolso, acomodo las correas para colocármelo de manera que cruce mi cuerpo. Acomodo mi ropa y comienzo a caminar a lo largo de la calle, mi atención se concentra en admirar todo lo que se cruza en mi camino.

Saco mi celular, grabo videos, fotografías, le pregunto a las personas para que me saquen fotos. Entre más pasa el tiempo, la sonrisa se extiende en mi rostro. Sé que tengo el famoso Times Square frente a mis ojos, el famoso edificio cubierto de espectaculares encendidos día y noche. Y por supuesto yo me siento feliz.

Sigo caminado, según algunos señalamientos que hay por la calle, estoy cerca del Central Park, y eso significa que estoy cerca del hotel. Con esa nueva motivación me sigo moviendo por la calle. Me detengo de nuevo cuando debo de cruzar la calle para entrar al parque más famoso de todo el país. Cuando el tráfico me lo permite, cruzo para llegar a la acera donde empieza el Central Park.

Mis pies se mueven, caminando por los caminos que se pierden entre la inmensidad de los árboles. Camino, doy vueltas, levanto los brazos, me siento libre.

Es viernes, algunos niños ya han salido del colegio, hay familias paseando, hay adolescentes, en grupos pasando el tiempo, alguna que otra pareja que disfruta el tiempo juntos. Hay personas mayores disfrutando del paisaje en las bancas que están distribuidas. A mi lado pasan personas haciendo ejercicio, personas que disfrutan de alguna golosina, personas que solamente como yo, vienen a pasar el tiempo.

Me siento en una de las bancas, solo a matar el tiempo. Cuando me siento satisfecha con el tiempo que he pasado al exterior, me pongo de pie y camino en dirección al hotel. Mientras me acerco, mi cabeza se eleva, mis ojos se colocan en el punto más alto buscando ver alguno de los balcones del Pent-House.

Es inevitable que a mi memoria venga todo lo que pasó en ese lugar. También es inevitable que trate de pensar en cómo serían las cosas si no vuelvo hoy mismo a Seattle. ¿Christian impedirá que me marche?

No importa si aún estoy molesta con Lucas y con Christian por estar jugando competencias de "mi juguete es más grande que el tuyo", no importa si llegue aquí sintiéndome miserable y acorralada. No importa nada de eso porque si me piden repetirlo, lo haría encantada con tal de volver a sentir la libertad que estoy sintiendo ahora mismo.

Entro al hotel y me dirijo directo al elevador, por supuesto tengo que esperar algunos minutos en los que termina de hacer el recorrido que las personas antes que yo, le pidieron.

—Disculpe, señorita —una voz femenina y amable se escucha cerca de mí. Giro mi rostro y miro sorprendida a la mujer que me está hablando, es una persona de recepción. —Disculpe que la moleste —me da una sonrisa avergonzada, — pero, el señor Grey pidió que se reuniera con él en el bar que está en la terraza.

La miro. Puedo decirle que no, que no quiero o que no tengo nada que hablar con él, pero eso sería muy bajo de mi parte al no ir y enfrentarme directamente al hombre. Además, la mujer solo hace su trabajo, no tiene la culpa de nuestro mal humor.

—¿Puedes indicarme el camino? —le pido. Ella asiente y me hace una señal para que la siga.

Ambas cruzamos algunas partes del hotel hasta una terraza, afuera hay unas cuantas personas, pero estoy segura de que es un espacio reservado a cierto tipo de huéspedes. Con mis ojos, busco a Christian, pero no lo veo en ningún lado.

—Por aquí, señorita —la mujer me señala una mesa con un hombre totalmente desconocido. —Señor Grey.

El hombre al escucharnos se pone de pie. Lo analizo. Es alto, su cabello rubio es largo y lo trae peinado ligeramente hacia atrás de su rostro, usa lentes oscuros, trae un cigarrillo en los labios, su ropa es un pantalón oscuro ajustado, una camisa clara con los cinco botones de arriba sin abotonar.

Tiene un look despreocupado, relajado. Aunque es de cabello rubio, es una extra mezcla entre James Dean y Alex Turner, el vocalista de la banda 1975. Lo admito, luce bien.

Ambos miramos confundidos a la mujer. Ella nos sonríe, se gira y se aleja de la mesa. Él me mira, confundido. Yo lo miro, extrañada.

—¿Qué demonios? —ambos jadeamos.

—No eres el "Señor Grey" que yo esperaba —le digo, mi mirada se pasa por todo él. Mi cerebro busca algún recuerdo, alguna señal o algo que me diga si conozco a este hombre o no.

—Tú tampoco eres "la acompañante" que yo esperaba —me dice. Desliza sus lentes por su nariz, como si eso le permitiera verme mejor.

Mierda. ¿En qué carajos estoy metida?


Señor Khan = Joe Khan es el director oficial del New York Times desde el 09 de octubre del 2022.

Director de relaciones públicas y cuidado de la marca = En realidad son dos puestos diferentes, pero yo lo usé para el puesto de Lucas.


Holaaaaa ¿Como están? jijiji Yo muy emocionada por el nuevo capitulo ¿Adivinan quien es el siguiente personaje que entra a pantalla?

Nos leemos en el siguiente.