Cuentas.
Sakura consultó el reloj en la mesita de noche a la distancia, y luego, volvió a mirar a través del marco de la puerta, desde donde se mantenía de pie sigilosamente, parcialmente oculta en las penumbras.
Doce y veinticinco.
Su joven esposo había llegado poco más de dos horas antes, había cenado con ella frugalmente, y desde el final de dicha cena, se había mantenido sentado en el escritorio, ejecutando la contabilidad de sus recursos.
Por la experiencia de sus primeros años como pareja casada, habían llegado a un acuerdo: utilizarían sus dotes como aporte a la casa, y tratarían de mantenerse al margen de aquello en lo que no eran tan talentosos. Así, mientras ella se encargaba de la cocina y la manutención del hogar, él se encargaría de todos los números y la distribución de recursos económicos.
Con trabajos a media jornada, universidades en curso, pago de impuestos, y todos los gastos en general, aquellos cálculos podían volverse pesadillescos al final del mes, y Xiao-Lang estaba teniendo algo más que problemas esa noche, pues aún debía estudiar para exámenes ni bien terminadas las cuentas.
Agotado, separó la mirada del monitor un momento, y aprovecho para tallarse los ojos con las palmas, ademán que hizo preocupar a su mujer, que sin esperanzas lo esperaba para dormir.
Incapaz de resistirse al agobio del muchacho, caminó hacia él, y puso una mano sobre su hombro, para tratar de ofrecerle algún tipo de consuelo.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte? —preguntó ella, compungida.
Él acarició la mano de ella, aún sobre su hombro, y le ofreció una sonrisa cansada.
—No, cariño, muchas gracias. Afortunadamente no tenemos deudas, pero esto se prolongó más de lo que imaginé, aunque estoy por terminar. Sin embargo, aún tengo que estudiar para un par de pruebas que tengo mañana. Por favor, ve a descansar, también debiste tener un largo día, la próxima semana estaremos libres al fin.
—De acuerdo —respondió ella, poco convencida—. Al menos ponte el pijama, te lo traeré en un momento.
—Gracias. Lo mismo para ti, ya deberías cambiarte —cerró él, inesperadamente feliz, y dio una delicada palmada en el trasero de su esposa mientras esta se iba, pues ella seguía también en ropa de calle.
Ella sólo respingo, y no pudo contener una risilla nerviosa ante la muestra de afecto. Ciertamente, aquello no era una casualidad. Él amaba que ella vistiera con blusas de tirantes y shorts o faldas cortas, sólo por verla así, él ganaba puntos de vida, y nuevas energías para seguir adelante; ella, por supuesto, había mantenido el atuendo justo para ese propósito, y aquella palmadita había sido una forma de pago por ese esfuerzo.
Sakura, ya en la habitación, tomó los pijamas tipo hanfu de ambos, y cerca estuvo de ponerse el suyo para llevar el que correspondía a su esposo, pero se detuvo por un momento. Se sentía mal de no poder ayudarlo, de que se esforzara tanto y no poder darle un poco de compañía siquiera, pues eso entorpecería aún más su labor.
Y entonces, una idea audaz surgió en su mente: si no le daba compañía o ayuda… le daría alivio, le robaría sólo unos cuantos minutos, pero seguramente lo motivaría para seguir adelante.
Ese nuevo objetivo la hizo dejar con seguridad la alcoba una vez más.
Tan concentrado en sus cuentas estaba el lobito, que pasó completamente desapercibido que Sakura había vuelto a entrar al estudio, que había rodeado el escritorio, y que de forma casi infantil se había escabullido a gatas debajo de este. El hombre casi dio un grito cuando vio aparecer a la chica desde debajo de la mesa, entre sus piernas, con una sonrisa triunfal por haberlo sorprendido.
—¿Qué estás haciendo? —rió él, recuperado de la impresión.
—Traje tu pijama. ¿Tienes unos minutos para mí antes de que me vaya a la cama?
—Desde luego, pero levántate…
—Oh, no lo creo. De hecho, es fundamental que me quede justo donde estoy. ¿Serías tan amable de cerrar los ojos?
—Es una locura —respondió él, resignado, mientras obedecía.
Desde luego, él sabía lo que iba a pasar, aunque fue gratificante confirmarlo al sentir las suaves manos de la mujer acariciando sus muslos.
Conocedora de los gustos de su marido, ella llegó, después de una tortuosa e intencionada espera, hasta su virilidad, la estimuló por arriba de la ropa con firmeza, y no tuvo que esperar mucho para sentir entre sus dedos que él estaba a punto. Procedió entonces a abrir el zipper, y dejar que aquello escapara de su prisión.
Tragó pesado al verlo en primer plano, y de hecho, provocó que su corazón se acelerara y hasta un poco de salivación.
Él no pudo resistir mucho más, y abrió los ojos, y encontró a su esposa, que admiraba con veneración su hombría, ya palpitante para esos momentos, y que respondía con espasmos a las caricias que le propinaba con sus suaves manos.
Ella le dedicó una mirada traviesa y fulgurante, que en combinación al ángulo, le ofrecía a él una visión sublime de esa actitud que sólo él había visto en ella, junto con su generoso escote, que le daba un vistazo al paraíso en el surco de sus senos.
—Esto será rápido, mi amor, así que sólo disfrútalo.
Sakura cambió un poco la rutina de ese acto: comenzó un vigoroso masaje con ambas manos sobre el tronco, mientras que su boca buscó engullirle los testículos, cambiando de uno a otro cada cierto tiempo, se atrevió incluso a dar una mordida muy suave a cada uno, todo aquello mientras mantenía el contacto visual con su víctima.
Xiao-Lang no era plenamente consciente de lo que estaba pasando, la imagen ante él era alucinante, al igual que las sensaciones, sin hablar de la sinfonía de suspiros, succiones y sorbidos de su amada, completamente entregada a proporcionarle todo el placer del que fuera capaz.
Ella se separó sólo un instante para hacer una sonora inspiración y recuperar el aliento, y entonces se fue sobre el plato principal. Con hambre, lo tomó de un bocado hasta la base, lo que le arrancó una exclamación al muchacho, que sintió claramente su glande rozar el cielo de la boca y la garganta de la mujer, que voluntariosa, masajeaba con su lengua la parte inferior de aquel rígido miembro. Movió su cabeza con fuerza de atrás a adelante por un par de minutos, hasta que tuvo que recuperar nuevamente aire, y se retiró un momento. Un reguerillo de saliva espesa mantenía conectados sus labios con aquello que a ella le estaba resultando un inigualable manjar, y sin oponerse al instinto, se acarició el rostro contra su firmeza.
Él miró al cielo. Ella sabía lo que aquello significaba.
Con dulzura, se dedicó a chupar la punta del miembro, mientras que sus manos comenzaron a masajear con más fuerza y velocidad el tronco. Él la miró suplicante, y ella regresó una mirada maliciosa.
—Hazlo —ordenó—. Sé que te mueres por llenarme la boca… y yo me muero por este bocadillo.
El caliente y espeso premio salió al mismo tiempo que un gemido del agasajado. Al sentirlo, ella volvió a engullir aquella espasmódica virilidad, sin dejar escapar una sola gota, acción que a ella misma la hizo sentir un pequeño salto en el vientre.
Cuando las descargas terminaron, ella se separó jubilosa. Se relamió los labios, lo que le permitió a él ver su lengua, cubierta de su semilla, que ella degustó y bebió con adoración, para luego concluir el trabajo, limpiando con sus labios y lengua cualquier evidencia de la zona del crimen.
Él se agachó al mismo tiempo que ella se incorporaba parcialmente. Compartieron un beso largo, sonoro y húmedo, por largos segundos sus lenguas danzaron sin desenfreno, pero que concluyó con ternura, con ella mordiendo con suavidad el mentón de él.
—Ahora estoy más que motivado para estudiar —susurró él, sobre la boca de su amante.
—Y no espero nada menos que un diez. Si lo obtienes, tendrás una recompensa especial.
—¿Algo como esto?
—En realidad, había pensado en prepararte un platillo especial, o un postre, algo que involucre chocolate.
—¿Ah, sí? —Él, adoptando el rol malicioso esa vez, acarició con sus dedos la entrepierna de la joven, que dio un respingo—. Mi postre favorito con algo de chocolate no suena para nada mal.
—Pervertido… esfuérzate —concluyó ella al ponerse de pie y entregar el pijama.
—Mira quien lo dice. Descansa.
Cuentas.
Fin.
