EREN
La vida es diferente cuando pilotas un SPAD. Tras un total de sesenta y dos victorias, me dieron una medalla y una respetable retribución. Me retiré porque aún entonces, siendo joven —había cumplido los veintiséis en marzo y las últimas tropas se rindieron en noviembre de 1918, hacía ya un par de años— y necio, creí todas las mentiras que nos dijeron, aquello sobre la guerra que acabaría con todas las guerras. A este lado del mar, por lo menos, así manejaron el asunto. Lo cierto es que los diplomáticos que se reunieron en Mitras no firmaron ninguna paz; al menos, no una verdadera, sino que guillotinaron Marley, pero eso no importaba entonces. Había alcanzado el deseo de muchos, me había retirado siendo joven. ¡La dolce vita a la manera erdiana! Además, no me había casado y vivía con mi madre. Ambos nos habíamos habituado a su viudedad y a mi soltería. Carla Jaeger, otrora enfermera, solo encontraba ahora motivo de inquietud en mis salidas nocturnas junto a Armin.
El 13 de febrero, si la memoria no me falla, fieles a nuestra tradición, fuimos a un cabaré. Había mucho que celebrar. Para empezar, la contratación de mi amigo, nuevo director del personal de la Compañía Reeves. Antes, durante la guerra, como objetor de consciencia, había dirigido una fábrica de munición. Por supuesto, Armin sabía lo que eso implicaba y prefería evitar el hecho de su papel en la guerra, pues había contribuido dando el visto bueno a las balas que un erdiano o un aliado descerrajó contra un marleyano. Cuando estaba en mi mano, procuraba que no se castigase por ello. Al final, se resignó a mirar hacia adelante y eso requería su total concentración en el sistema laboral.
—Despedir es mucho más complicado que contratar —explicó Armin—. Tengo que ponerme en los zapatos del empleado, usar las palabras que me gustaría escuchar en su situación, pero si profundizamos un poco más, ¿para qué sirve todo eso si vas a perder tu trabajo?
—Un poco de amabilidad se agradece. —Copa de pastís en mano, permanecí atento al espectáculo de bailarines.
—Siempre podemos hacer algo más. Quitarle el puesto a alguien es similar a decirle que ya no está tan cualificado, que hay alguien mejor o que la empresa no puede permitirse su salario. Es insultante, desde cualquier punto de vista. Eso me ha llevado a escribir más de doscientas cartas de recomendación.
—¿Y han funcionado?
—En algunos casos, supongo.
—Cuánto me alegro de ser un jubilado. Si yo estuviese en la posición de los desgraciados que echas a la calle, haría girones la recomendación y probablemente te dejaría un ojo morado.
—Esas son las palabras de un hombre que no sabe ver una nueva oportunidad. Pongamos que te despido de la Compañía Reeves, bien; te has quedado en paro y piensas que no hay esperanza, pero ¿y si la situación se tuerce a tu favor? ¿Y si pasas de ser un repartidor de telegramas al gerente de una fábrica? Cuando una puerta se cierra, otra se abre.
Puede que tuviese razón. Lo cierto es que yo no podía saberlo; nunca he trabajado, a excepción de aquellos periódicos que repartía cuando era un crío. Nada más cumplir la mayoría de edad, entré a la Academia del Aire y cerré con llave las demás puertas. De lo contrario, ¿qué? Lo lógico habría sido medicina, como mi padre y mi abuelo. En cambio, fui yo quien acabó con la afinidad de los Jaeger hacia las profesiones liberales, hecho que marcaría el porvenir de mis descendientes.
—Cada vez me recuerdas más al niño optimista que eras, o a los días antes del pitote de la guerra.
—¿Cómo levantas un país si no lo eres?
—A mí no me preguntes —Sonreí—, estoy jubilado.
—Brindo por tu cinismo. —Armin alzó su copa y su gesto se agrió cuando empezó la polca.
—En los bares del extrarradio bailan mujeres desnudas.
—¿Vas allí con frecuencia?
—En absoluto. Se lo escuché decir a la vecina, la señora Miller. Estaba escandalizada, claro, y se lo dijo a mi madre. Resulta que su hijo mayor acude demasiado a los burdeles. Mi madre respondió: «Bueno, Meredith, más se perdió en la guerra y vinieron cantando. Tu hijo no será el primero o el último que se rodee de mujeres de la vida alegre». La señora Miller respondió: «Ha pescado una sífilis, Carla, ¡una sífilis! Procura que tu Eren no se acerque por allí». Por lo que parece, soy un putero.
—Además de un jubilado —bromeó mi amigo, que remató su bebida—. Me voy a casa.
—¡La noche es joven!
—Pero nosotros estamos cada vez más cerca de los treinta y yo he trabajado toda la semana. Cuanto más mayor me hago, menos me atrae la noche. Honestamente, creo que me tumbaré junto a la chimenea y resolveré los crucigramas del periódico.
—Supongo que ya no tenemos diecisiete años. Me quedaré un rato más. Ten cuidado con las callejuelas oscuras y la sífilis.
No me quedé más de quince minutos, pero tampoco regresé a la calidez del hogar cuyas luces ya habría apagado mi madre, preguntándose dónde diablos me había metido. De haberlo sabido, ¡estaría muerto! Arrebujado con la chaqueta de cuero, mi vieja chaqueta de la Fuerza Aérea Erdiana con las alas de la libertad ondeando a la espalda, me lancé a las calles de Shigansina en dirección a un destino que, visto en retrospectiva, suponía un nivel de peligrosidad que no había conocido en la guerra. Después de todo, ¿qué puede sucederte a los mandos de un caza? Ahí arriba pueden derribarte; aquí abajo existen asuntos mucho más complicados. En pocas palabras, me dirigía hacia una mujer casada fuera de los barrios del proletariado.
Cauteloso, trepé por el muro que daba al jardín de atrás y descubrí que la puerta estaba abierta, señal inequívoca de que era bienvenido. Luego supe que Jean estaba en la capital y que no volvería en cuatro días, puede que cinco. Ella estaba en el salón, gesto ausente, casi somnoliento, pasando las páginas de un libro sobre su regazo. Eran los mismos ojos rasgados de mi niñez, grises y melancólicos. Eran los que yo creía ver en el duermevela de las mañanas, todavía engañado por los sueños. Mikasa se casó cuando la guerra se encaminaba ya a su desenlace; se cumplirían tres años en septiembre. Guardaba un gran afecto a su marido, caballero irreprochable —que bien podría haberse ido al infierno cuando pidió su mano—, afecto que hacía de su matrimonio un peso más liviano, aunque nada soportable.
Sin embargo, la estima no mitigaba los remordimientos. Lo entendía, por supuesto, pero ni ella ni yo podíamos hacer nada para cambiarlo.
—¿Te he hecho esperar? —Le pasé un cigarrillo.
Mikasa sacó una cerilla y lo encendió. Su cuerpo se destensó bajo el fino albornoz, que mostraba parte de su pecho.
—La puntualidad no es una de tus virtudes. —Dejó salir el humo despacio, como si estuviese saboreándolo. Sonreí y me senté a su lado. Mikasa apoyó la cabeza en mi hombro—. A Jean no le gusta que fume. Dice que es cosa de prostitutas. ¿Recuerdas cuándo empezamos?
—A los trece años —asentí—. Le robé la pitillera a Hannes por curiosidad.
—Éramos tan felices. Podríamos haber sido tan felices. No sabes cuánto me duele que tengas que colarte como un ladrón.
—¿Crees que me molesta saltar el muro? Sabes que adoro las alturas —bromeé.
—¿Podremos estar así siempre?
Era una pregunta que yo me hacía a menudo. Puede que algún día llegaran los hijos o Jean delegara sus asuntos y permaneciera en casa. Quizá una noche fuera visto por un vecino o un sereno. ¿Me angustiaba? Más que cualquier otra cosa.
Sonreí.
—Por ahora, lo estamos. ¿Eres feliz en este momento?
—Sí —Me besó y sostuvo mi barbilla entre sus dedos—, pero ¿qué será de ti? ¿Qué te estoy haciendo, Eren? Podrías estar con una buena mujer, una que no le sea infiel a su marido, sino fiel a ti.
—Conoces mi respuesta —Le arrebaté el cigarro, di una calada y lo aplasté bajo mi bota; ni un solo cenicero en toda la casa—. Nunca cambiará.
Me levanté y le ofrecí mis manos, lo único que podía darle. Las tomó. Eso me devolvía al pasado, cuando la cogía de la mano con total inocencia y nos aventurábamos por las calles y los descampados; Jean era un desconocido y la Gran Guerra no parecía posible. Mikasa era tan silenciosa, tan discreta, que llamó irremediablemente mi atención. Armin y yo hablábamos sobre los grandes viajes que haríamos y ella escuchaba. Nada de eso sucedió. Sencillamente, el mundo no nos era propicio. El mundo, el tiempo, la gente. La culpa no era de Jean, hombre afortunado donde los haya, o de la guerra. Podíamos cambiar las reglas y el tablero seguiría siendo el mismo, pero nunca he aceptado las imposiciones. Si no me derribaron, si sobrevolé el infierno y contribuí a su apogeo y su remisión, ¿cómo podía regresar a casa, agachar la cabeza y renunciar? Si me arriesgué por la patria, lo haría por ella, porque podría librar esa batalla a plena luz del día o en el abismo de los secretos.
Me incliné y tomé sus labios mientras deshacía el nudo del albornoz. Su desnudez se reveló entre las brumas del deseo, pero no nos precipitamos. Habíamos convertido la lentitud en nuestro refugio. Queríamos demorar el momento todo lo posible. Se aferró a mí, sus brazos envolviéndome y su pecho contra el mío. Tracé garabatos en la piel blanca de sus hombros y su espalda mientras ella me empujaba contra su boca, con su mano ascendiendo por mi nuca y anclándose en mi pelo. Su beso era profundo, me mataba poco a poco y me satisfacía como el agua a un sediento. Habían pasado dos semanas desde nuestro último encuentro. Alguna carta entretanto sin nombres ni firmas, solo el sello de un pintalabios que yo miraba con anhelo, desenado ser el papel. Algunas esperas merecen la pena; esta era una de ellas.
Se encaramó a mi cintura, hinqué los dedos en sus nalgas y subí las escaleras con su aliento en el cuello.
—No he dejado de pensar en ti —dijo—. Cada vez es más difícil disimular. A veces me abstraigo y Jean lo nota. Si pudiera ver lo que pasa por mi cabeza…
—Debemos ser consecuentes con tu pensamiento y traerlo a la realidad —sugerí.
Al abrir la puerta, la amplia cama de matrimonio nos recibió. Mikasa se hundió bajo mi peso y nos dedicamos a la expresión de amor más simple. Nos rozábamos cuanto podíamos, la cara, los pies, el pecho; no como si nunca lo hubiésemos hecho, sino con el temor de que fuese la última vez. Me quitó la chaqueta. Tocó mis hombros y descendió por mis brazos. Suspiré y encerré su rostro entre mis manos antes de ir a por sus labios. El hecho de que pudiera sentir tanto con tan poco me había convertido en una especie de cínico, un cínico de los de antes. Me parecía que no necesitaba nada más.
Me pregunté si Jean había visto en algún momento a esta Mikasa pasional, fuera de la imperturbabilidad causada por unos comienzos difíciles. Sonreía, pestañeaba, se mordía el belfo y me apresaba contra su cuerpo. Empezó a desvestirme y encontró las llaves de casa en el bolsillo de mi pantalón.
—Me quedaré aquí —dije mientras doblaba sus piernas y me deslizaba hacia abajo, quedando cara a cara con su entrepierna—. Aquí, justo aquí.
Introduje un dedo y lo moví en círculos, asediado por las palpitaciones y la humedad. Ella no apartaba la vista del acto, el gemido agolpándose en su garganta. Entonces acerqué mi boca a su vientre y fui camino abajo. Le abrí el coño, dándole un lametón que la sobresaltó. Se me escapó una carcajada y apoyé el mentón ahí, su vello púbico fundiéndose con la sombra de mi barba.
—Añoraba esa lengua tuya. —Echó atrás la cabeza, abandonándose por completo—. Incluso cuando estás callado.
. . .
Pese a que la puerta no me delató, mi madre asomó la cabeza desde la cocina justo cuando colgué la chaqueta en el perchero de la entrada. Me ofreció una taza de café y me escrutó en profundidad antes de iniciar la perorata habitual acerca de mi ausencia durante la noche.
—Escúchame atentamente, Eren Jaeger —Me apuntó con un dedo—. No he pasado cuatro años temiendo que la FAE me entregara lo poco que quedase de ti para que me hagas esto. Cuando vayas a pasar la noche fuera, dímelo. Así dejaré de esperar el telegrama de la morgue.
—Si estás cansada de los telegramas, podemos instalar un teléfono.
—No estoy bromeando, Eren. Cinco minutos más y hubiese ido a preguntar a Armin —se indignó—. Has estado con una chica, ¿es eso?
—Una chica no —Di un sorbo y escondí la sonrisa en la taza—, es toda una mujer.
—Una mujer a la que visitas cuando cae el sol. ¿Habéis ido a un prostíbulo?
—Por Dios, no es una ramera —Reí—. Además, si fuese a uno de esos antros, no llevaría a Armin conmigo, sino al hijo de la vecina.
Me dio un pellizco en el hombro y terminó por esbozar una sonrisa muy parecida a la mía.
—Bueno, espero poner cara a esa amiga, pero no tengo tiempo para incordiarte y tampoco soltarás palabra alguna. Necesito que hagas unos recados.
—El sargento Eren Jaeger del escuadrón 104 a su servicio.
—Ve a ver al pastor Nick y dime qué tal está. El pobre estuvo aquí ayer con un terrible dolor de cabeza. No le aconsejé láudano, naturalmente. Es un hombre propenso a las adicciones.
El pastor Nick, cabecilla de la iglesia del barrio, llevaba casi un año sin arrimarse a un bar, no desde que su mujer y sus hijos se marcharon. Intentaría que me confesara o recalcaría todas las misas a las que había faltado desde hacía una década. Posiblemente mencionaría algo sobre ateísmo y yo me reiría: «Monte conmigo en un avión y subiremos a buscar a Dios». Mi madre le guardaba un gran afecto; cuando mi padre agonizaba, fueron Hannes y el pastor Nick quienes velaron sus últimos instantes. Uno le hablaba de lo bien que lo habían pasado y el otro le prometía una eternidad igual de plena.
Salí en dirección a la rectoría sobre las once y media. Era una casona vieja, un apéndice desgastado de la iglesia al que yo mismo había tapado las goteras el invierno anterior. Desde luego, practicaba la austeridad. La puerta necesitaba una mano de pintura y una aldaba nueva, pero el pastor destinaba el dinero de las donaciones a los orfanatos y a los veteranos caídos en desgracia.
No podía imaginar lo que me aguardaba. La puerta estaba abierta y los goznes cedieron. Ni rastro del buen hombre en la cocina. Nada fuera de lugar. Quizá ha salido a hacer un mandado, pensé, o tal vez ha vuelto a beber y está tirado en la esquina de una taberna. Subí las escaleras hacia su dormitorio.
—Nick, ¿está usted ahí? Soy Eren. Vengo de parte de Carla. Pastor, ¿me escucha?
Estaba muerto. Su cuerpo yacía en el suelo, boca abajo y en paños menores. Le di la vuelta. Tenía la cara machacada y un profundo tajo en el cuello. Además de la sangre, me helé al encontrar algunas uñas. Se las habían arrancado todas, las veinte. Miré de un lado a otro, me aseguré de que no había nadie escondido en el armario o debajo de la cama. No llevaba más de un día muerto. Diez o doce horas, tal vez.
La Policía Militar diría después que se trataba de un ajuste de cuentas orquestado por un viejo conocido del pastor que lo buscaba por una ingente deuda. A día de hoy, sin dudas o temores, puedo asegurar que aquello era una mentira, un encubrimiento de lo que sucedió en la madrugada del 13 de febrero de 1920.
