Aviso a navegantes: contenido adulto.

CAPÍTULO II.

EREN

Después del entierro, todavía enlutados, mi madre y yo cumplimos con la costumbre de tomar un tentempié a salud del difunto.

Pensaba que no volvería a ver algo así, una muerte salvaje e inmisericorde. La guerra era diferente. Sabes lo que vas a encontrar, sabes que los horrores aguardan y te resignas. Sin embargo, ningún hombre espera abrir una puerta y ver muerto al pastor de su barrio. La ya viuda, que había vuelto para el sepelio acompañada de sus hijos, sufrió un vahído en cuanto vio al pobre hombre metido en la caja. Respecto a los dos muchachos, querían al responsable y obtuvieron un nombre. La Policía Militar detuvo al traficante Kemper Boltz, nacido como Wayne Eisner, único sospechoso. El pastor Nick había acudido a él durante sus horas más bajas en busca de coderoína, por la que nunca pagó. Así rezaba el periódico, mucho más interesado en las debilidades de un siervo de Dios que en su asesinato. Si Kemper resultaba culpable, lo ahorcarían.

—El pastor nunca dejaría una deuda sin saldar —dijo mi madre— y mucho menos por coderoína. Dios mío, fue un borracho durante algún tiempo, un indeseable, sí, pero nada más. Lo conocía bien, Eren.

Asentí.

—Algo no encaja. Si Boltz quería su dinero, ¿por qué no registró la casa? ¿Por qué no se llevó nada de valor? Todo estaba en orden.

—¿Quién querría hacer daño a un cura?

—Sea quien sea, no cedió —Mi gesto se agrió al recordarlo— y puede que el pastor tampoco. Las veinte uñas arrancadas de cuajo. Ahora que lo pienso, ni siquiera le quitaron la alianza de matrimonio.

—No pienses en ello, hijo. Una escena terrible —murmuró Carla—. Los detalles son dignos de reflexión, pero tendremos que confiar en la Policía Militar. De una manera u otra, un hombre ha muerto. El culpable pagará, ya sea con nuestra ley o con la de Dios.

—Un hijo de puta como ese puede vivir setenta u ochenta años y morir cómodamente en su cama, rodeado de hijos y nietos. Y después, ¿qué? Tal vez nada, tal vez no haya ningún infierno, o quizá Dios esté de buen humor y le dé una palmadita en la espalda.

—Tal vez nunca sepamos que ocurrió. Puede que Boltz sea el único responsable y que estemos pensando más de la cuenta.

—¿Qué piensas tú, madre?

Me respondió con un suspiro que yo ya conocía bien. Carla Jaeger nunca decía una palabra de más, nunca una más alta que la otra, y mucho menos en público. Negó con la cabeza y se apartó una lágrima de la cara. Mi madre, mi pobre madre… Ella adoraba al pastor. A sus ojos, había sido un santo, uno caído en desgracia, pero un santo, un hombre comprometido con la caridad, generoso, un buen embajador de Dios. Algún que otro ateo le había visitado, algún joven del barrio, y él respondía: «¿La Biblia? Hijo mío, no sé si la Biblia está llena de verdades o de mentiras. Soy solo un hombre, pero te puedo asegurar una cosa: Dios es amor y no hay nada más allá. Si amas, te abrirá las puertas de su reino de par en par; si no, bueno, tu infierno es la propia vida». Yo también lo echaría en falta, pero en aquel momento no era la pena lo que imperaba en mí, sino un presentimiento, un extraño olor en la nariz, un dolorcillo en la espalda. Pensé en las uñas, en la habitación. No creía nada de lo que salía de la boca de la Policía Militar. Conocía a algunos de ellos, unos camaradas de la guerra que habían aceptado un puesto entre sus filas. Marlowe estaría almorzando con el atajo de indeseables que lo rodeaban: no los que llevaban porra, sino corbata.

—Vámonos —decidió—. Tengo que visitar a Gertrude. Un problema en la piel.

—Por favor. —Dejé el dinero sobre la mesa—. ¿Por qué no acude al médico? Es lo que hacemos las personas normales, aunque el vecindario cuente con la gran enfermera Carla Jaeger.

—Le avergüenza desnudarse delante de un hombre. No lo considera apropiado.

—Lo siento mucho por su marido.

—Eren.

Hice un gesto con la mano. Gertrude era una beata. Enfilamos hacia su casa y el camino, apenas un trayecto de diez minutos, se hizo mucho más largo de lo esperado. Caminaba hacia nosotros. No me percaté del luto porque el negro era siempre suyo, con entierros o sin ellos. Mi madre, colgando de mi brazo, esgrimió una sonrisa. Alzó una mano y dijo su nombre. Aunque el traje de la indiferencia no estaba hecho a mi medida, me vestí de él. De lo contrario, me habrían bastado dos segundos para comprometer a una mujer casada.

—¡Mikasa!

«Estaremos juntos. Te pondré la bufanda todas las veces que sean necesarias. Siempre, hasta nuestro último aliento. ¡Lo prometo!».

—Carla —saludó, sus labios curvados con alegría—. Cuánto tiempo. ¿Venís del entierro del pastor?

—Hemos estado allí hace un cuarto de hora. Gira a la derecha nada más entrar al cementerio y llegarás a su tumba.

Mikasa asintió. No me había dirigido la mirada en ningún momento. Era una maestra de la contención, lo sabía bien, pero esa frialdad, esos ojos de acero podrían matar a cualquier hombre, herirlo donde no llega ninguna bala. Se despidió y siguió su camino. No miré atrás, no lo hice. Ella tampoco lo haría. Caminábamos en círculos, así que volveríamos a encontrarnos. Mi madre levantó la mirada para ver hacia dentro, hacia el pasado.

—Parece tan infeliz.

—¿De qué hablas?

—Hablo de Mikasa.

—Nunca la vemos. No podemos saber si está feliz o contenta.

—Erais inseparables. De niños y luego de adolescentes. Armin, ella y tú siempre estabais juntos. Recuerdo que solías ayudarla a practicar para sus actuaciones.

—Han pasado muchos años. La gente cambia, hace su propia vida y se distancia. Es inevitable. Seguimos caminos diferentes.

Carla asintió.

—Parece que tu padre se equivocó.

—¿Se equivocó?

—Tonterías, hijo. Tonterías. Ya sabes que los padres tendemos a fantasear sobre la vida de nuestros hijos.

—¿Papá fantaseando? Era un hombre demasiado realista. No fantaseaba sin motivos.

Soltó una ligera carcajada, todavía con un velo de nostalgia cubriéndole el rostro. Se miró la argolla.

—Estaba seguro de que os casaríais.

MIKASA

Caminé sin rumbo durante horas; comí y cené fuera, pensando en la esposa del pastor. Su llanto me persiguió hasta casa. Las luces estaban encendidas; Jean había vuelto. Eso me detuvo. Pensaba que se demoraría unos días más. Necesitaba descansar de toda esa farsa. Saqué el paquete de tabaco de mi bolso y lo arrojé lejos, como si deshacerme de un puñado de cigarros solucionase todos mis problemas.

Mi marido frecuentaba la casa más de lo que me gustaría. Jean era un hombre de negocios; tenía cinco fábricas repartidas por el país, algunas participaciones en barcos mercantes y era uno de los miembros más jóvenes de la Cámara Alta del Parlamento. Era un hombre adinerado, bien parecido, agradable en el trato y cariñoso en la intimidad: podía llenar la alcoba de flores y besarte las manos como si fuesen una reliquia.

Era mi carcelero. Habría tolerado mucho mejor su indiferencia que su amor.

—¿Dónde estabas? —Jean se acomodó en el sofá, con una pipa en la mano y la camisa abierta. A su lado, un ramo de flores cuyo perfume me perforó las entrañas—. Es un poco tarde para andar por las calles.

—Me apetecía cenar fuera —respondí—. Pensaba que estarías en la capital hasta la semana que viene.

—He delegado algunos asuntos. Quiero estar aquí.

Se levantó y me ofreció el ramo. Las comisuras de sus labios se alzaron. Las greñas color gamuza caían sobre su rostro alargado. Sus amigos lo llamaban Caracaballo. Me quedé quieta cuando me besó la cara. No me sentía capaz de mirarle. ¿Imaginaba algo? ¿Notaba alguna grieta en la santidad del hogar? ¿Podía intuir lo que hacía a sus espaldas?

—Me voy a la cama —le dije—. Pon las flores a remojo.

Subí, me desvestí y busqué una camisola de noche. Jean apareció y rodeó mi cintura. Lo vi sonreír en el espejo del tocador.

—He vuelto por ti. —Enterró la nariz en mi cuello blanco. Tenía derecho a ello: era mi marido, el hombre unido a mí de por vida, el único que podía tocarme.

—Estoy cansada, Jean.

Se dio la vuelta. Estudié su reflejo y me di cuenta de que había repetido aquella excusa centenares de veces. Ya no funcionaba. Me miró con el ceño fruncido.

—Hablan de nosotros, ¿sabes?

—¿Quiénes?

—Los amigos, los vecinos, la familia. Todavía no tenemos hijos.

—Eso no les incumbe.

A Jean le dolía. No era la primera vez que perdía los estribos.

—¡Maldita sea! Me critican, Mikasa.

—Ponen en duda tu hombría, claro. ¿Eso es todo lo que quieres de mí, Jean? ¿Un hijo te haría feliz? ¿Quieres un varón que juegue a la pelota o una nenita que peine a sus muñecas?

—¿Cómo puedes hablar con tanto desprecio?

Me giré hacia él con una mano sobre el vientre. Jean no sabía nada y nunca lo sabría. Me arrepentía de aquel temperamento mío, de aquellas contestaciones que no se merecía. No le amaba. Tardamos meses en consumar el matrimonio. Lo respetó. De él me sorprendía su extraordinaria fe: creía que la vida común, el afecto sincero y los detalles recurrentes cambiarían nuestra relación. Creía que un hijo nos haría felices. Sentí que algo se revolvía en mis entrañas, un dolor viejo y nunca olvidado.

—Tráeme una copa de vino, Jean.

—Me prometiste que no beberías tanto.

¡También prometí serle fiel ante Dios! De todas las promesas que hacemos a lo largo de la vida, solo estamos dispuestos a cumplir una o dos.

Bajé a la cocina y me observó desde las escaleras. A pesar de todo, Jean me hacía sentir culpable. Lo hacía mejor que nadie, mejor que Eren. Le ofrecí una copa mientras llenaba la mía y dijo que no. Solo lo había visto beber en la boda. A veces me preguntaba qué hacía por ahí, a qué se dedicaba en la capital; me gustaba pensar que llevaba una vida licenciosa a mis espaldas. Eso lo haría todo mucho más fácil. Jean no era así. ¡Si yo hubiese conseguido amarle, qué diferentes serían las cosas! Acabé con la copa y me serví otra a su salud, pero me la arrebató. Era de cristal repujado, parte de mi humilde dote. Eso era lo único que había aportado al matrimonio.

—Ve a acostarte —Jean se bebió el vino de una sentada y me acerqué para besarle, pero alzó la mano de la argolla—. Por favor, Mikasa. Necesito pensar.

—Jean.

—Por favor.

Lo abracé; la rigidez desapareció de su cuerpo. Mi marido, mi pobre marido. Nada de aquello merecía. De conocer la verdad, ¿qué haría?

—Me molesta que hablen de mí.

—Lo sé, Jean.

—Quiero una familia, Mikasa. Quiero que seas la madre de mis hijos. No concibo la vida con otra persona. Te adoro desde el primer momento en que te vi.

Deseaba decirle que sí, complacerlo y así cumplir con el cometido que tan injustamente se nos asigna a las mujeres, el de agradar a nuestros hombres más allá de nuestras posibilidades. Jean, que rebosaba de reverencia hacia mí y la manifestaba cuanto podía, estaba condenado a adorar una mentira, a una mujer que solo existía en sus gentiles fantasías, a la Mikasa que él creía conquistar poco a poco, a alguien que deseaba moldear a imagen y semejanza de sus anhelos. Nunca sería yo aquella de quien pudiese hablar en el club con la frescura propia de sus amigos, nunca sería yo aquella que lo acompañase a los bailes o a las cenas con una radiante sonrisa. Nunca sería yo aquella que amamantase a sus hijos. Representé infinidad de papeles en mi juventud, cuando creía posible dedicarme al teatro, pero era incapaz de fingir con él, era incapaz de convertirme en el ángel del hogar que Jean esperaba.

—Quiero trabajar. Me estoy volviendo loca en esta casa. Creo que así sería más feliz.

Parecía no escuchar mientras examinaba mi rostro. Su beso fue un aguijonazo; sus palabras, el veneno.

—Una dama no puede trabajar. Sería estúpido. Tenemos todo lo que necesitamos. ¿Qué trabajo quieres tú? El trabajo es para quien lo necesita de verdad, para quien se muere de hambre, como los desgraciados que van a las fábricas, como las viudas que deshollinan las casas y remiendan los vestidos de sus señoras. Tú no necesitas trabajar, querida mía. ¿Qué pensarían de nosotros? Puedo soportar muchas cosas, pero no toleraré al que crea que mi trabajo es insuficiente para mantener esta casa.

—No hablo de la fábrica. Yo soy actriz, Jean.

Inmediatamente se separó de mí. Si Jean no quería escuchar, no escuchaba. Lo seguí escaleras arriba mientras le hablaba. Se acostó y, a sabiendas de que no tenía intenciones de dormir con él, se estiró cuan largo era en mitad del colchón.

—Si quieres beber, bebe, pero procura no emborracharte. Buenas noches, Mikasa.

Qué intentos tan vanos, qué fatiga la de quien habla para nadie. Jean no quería escuchar, a él le bastaba con mirarme. Me serví otra copa de vino. Mientras bebía, llegadas de un preciado recoveco de la memoria, brotaron de mi boca las palabras de Medea: «Me humilla mi marido a mí, que su botín he sido —y botín arrebatado en extranjera tierra—: sin madre, sin hermano, sin un solo pariente en cuyo hombro echar el ancla y protegerme de mi infortunio». El techo de aquella casa caería sobre mí en cualquier momento. Vives como un pajarillo enjaulado, decía Eren. No le faltaba razón. En septiembre se cumplirían tres años, el aniversario de mi desgracia. Eren nunca sabría lo mucho que lloré la noche antes de casarme. Recuerdo el camino hacia el altar como el vía crucis hacia el Calvario: mi tío susurrándome que caminase, los ojos de mi madre carentes de emoción, la ausencia de un hermano que perdió demasiado en la guerra. Levi fue el único que se opuso, pero mi destino era inevitable y yo me resigné. Pasábamos penurias que nunca habíamos conocido; que, cuando mi padre vivía y su fábrica funcionaba, éramos incapaces de imaginar. Mi padre se suicidó al comienzo de la guerra, ahogado por las deudas, perseguido por los acreedores. La riqueza desapareció de casa. Atrás quedaban aquellos tiempos en que la criada volvía del mercado con las bolsas llenas. Sin dinero, una misma se convierte en mercancía. En botín. Me subastaron al mejor postor, a mi pobre marido Jean, que solucionó los problemas financieros de mi familia. ¡Qué cara resulté! ¿Ha merecido la pena, Jean? ¿Esta farsa merece la pena? Yo, como Ifigenia, fui un sacrificio necesario para que el viento se tornase favorable.

Levanté la copa por encima de mi cabeza. Vacía. Todo está vacío. Dije en voz alta:

—Y dicen de nosotras que por vivir en casa corremos menos riesgos mientras ellos combaten con armas: ¡vaya razonamiento estúpido! Prefiero ir tres veces a la guerra que los desgarros del vientre en un único parto.

EREN

A menudo pensaba en la guerra. Era capaz de escuchar el motor del avión. El recuerdo de las hélices me hipnotizaba. El cielo en llamas. Solo me alcanzaron una vez, mientras escoltaba a los bombarderos; normalmente, basta con que te alcancen una vez. La vida del piloto es corta. Acabé estrellándome en zona enemiga, en zona marleyana; no contaba con tan buenos resortes en la tierra como en el aire, pero me las arreglé: por eso estoy vivo. Todos los días pensaba en la guerra, como quien piensa en un viejo amigo, pero solo pensaba en la tierra de nadie con el olor a muerto. Si mataban a un perro en el vecindario, era el primero en saberlo: lo olía desde mi cuarto. Eso me recordaba a la tierra de nadie; solo a través de ella conseguí volver a las líneas aliadas. Allí gané mi medalla por salvar a Connie Springer. El jodido Connie. Gritaba como un desgraciado entre los restos de su avión: «¡Me da igual quién seas, solo quiero que me mates!». Estaba convencido de que no volvería a andar; mientras lo llevaba en volandas y las ametralladoras sonaban cada vez más cercanas, juró entre lágrimas, sangre y suciedad que me mataría, pero yo no podía contestarle: llevaba un cuchillo entre los dientes. Aún lo llevo. Arrastré a un herido durante toda la noche por tierra de nadie y nos escondimos entre los cadáveres visitados por las ratas. ¡Heroico!, dijeron algunos, y me colgaron la dichosa medalla. A Connie lo licenciaron y pudo volver a andar. Me buscó después de la guerra. Nos hicimos amigos.

Bebía gratis en su bar. El Sprinbeer. Me hacía una gracia espantosa. No digas a nadie que tienes barra libre, me decía, y no cuentes nada sobre lo que nos pasó: perdería la poca dignidad que me queda.

—Claro que sé lo del cura —reconoció mientras sacaba brillo a una botella de pastis—, pero no sabía que tú lo encontraste.

—Pues sí, yo lo encontré. Lo conozco de toda la vida.

—Lo siento mucho, Eren. Espero que no te violase cuando eras monaguillo.

—Eres un soplapollas. Tenía que haberte dejado palmar en la guerra —Terminé la cerveza de un golpe y eché un vistazo alrededor; solo estaban los asiduos y, como de costumbre, se encontraban enfrascados en una eterna partida de dominó—. Necesito cierta información.

—¿Qué mierda quieres?

—Te has enterado por la Policía Militar, ¿verdad?

—Por supuesto. Todas las noches vienen a beber y a despotricar de sus mujeres.

—¿Sabes quién lleva el caso?

—Pues sí, Eren. Sé quién es el desgraciado. ¿Por qué demonios quieres saber eso?

—Curiosidad.

—Y un cuerno. Eres propenso a los problemas. No te voy a decir nada —Se sirvió una copita de pastis y suspiró—. Es Marco Bott.

—¿Veterano?

—Sí. Del frente occidental. Un tipo bastante alegre. No bebe. Viene para acompañar a los demás. Es un poco raro.

—¿Qué quieres decir?

—Cosas mías, Eren. No me hagas más preguntas estúpidas y dime qué vas a hacer.

—Todavía no lo he decidido —admití con sinceridad—. ¿Él siguió la pista de Boltz?

—Oye, yo soy un simple tabernero. ¿Crees que lo sé todo? Tengo el oído fino y la lengua larga, Eren, pero todo tiene un límite. Eso está bajo secreto de sumario, imagino. ¡Yo qué sé! Seguro que acabas metido en algún lío. Hazme caso: no te metas en asuntos de la Policía Militar. Son todos unos hijos de perra, un montón de idiotas traumatizados por las bombas y las trincheras.

—Tú y yo también somos ese tipo de idiotas.

—Sí, pero lo admitimos. —Connie se dio la vuelta y observó el escudo de armas del país; lo hacía a menudo y convenía no hablarle—. Aprovecha la paz mientras dure, Eren. No te calientes la cabeza. Estamos vivos. Personalmente, me importa una mierda si Boltz es o no el asesino: ya se ocuparán de ellos quienes deban ocuparse. Estás jubilado. Disfruta.

—Debí dejarte entre los restos de tu avión, Connie.

—¡Ya te gustaría! Soy el único con el que puedes hablar de estas cosas.

Me reí con ganas. Era verdad. Cuando rescaté a Connie, también me rescaté a mí. No sé si habría tenido el valor de seguir adelante sin sus lamentos en la oreja. Para mi madre, testarudez; para mí, ¡porfía!

—¿Y qué hay de ella? —preguntó Connie—. ¿La has visto últimamente?

—Su marido ha vuelto. Es difícil.

—Qué putada. No te cansas de martirizarte, Eren. Deberías alejarte de ella definitivamente. Y me da igual que la quieras y todas esas mariconadas de la bufanda. Está casada, hermano, y no lo dejará de estar. Además, su marido no es precisamente un don nadie. Vas a acabar con un tiro en la frente.

—Tienes razón.

—¿Y por qué coño sigues buscándola?

—Porque estar sin ella es peor que un tiro en la frente.

Connie suspiró y se frotó la cabeza rapada.

—Quizá los dos deberíamos haber muerto allá en el frente.

MIKASA

Fui a la sastrería para recoger el traje de tweed de Jean. A la salida, anduve por la manzana y entonces escuché el traqueteo de las ruedas y el resuello de los caballos. El coche se detuvo junto a mí, la portezuela se abrió y tomé la mano que me invitaba a subir. Corrimos las cortinas y los dos jamelgos continuaron. La chaqueta de mi marido no fue la única prenda en el suelo. Al cabo de un rato, escuchamos la voz del cochero y Eren le respondió a voz de grito que no se detuviera, que siguiera hasta que el cansancio venciera a los animales.

Cuando me bajé del coche en la puerta de casa, eran casi las cinco de la tarde. Si Jean no estaba en el club, estaría sentado en la biblioteca tomando café y galletas. Comprobé que así era. Quedó encantado con la chaqueta.

—Has tardado mucho —señaló; su tono estaba limpio de sospechas.

—El sastre ha tenido que ajustar las mangas, querido.

—Pues ha quedado muy bien. Díselo cuando le veas de nuevo.

Claro, contesté, e inmediatamente me percaté de la carta sobre la mesita de cristal, encima del periódico del día.

—Es para ti —comentó Jean.

—¿No la has abierto?

—¿Debería?

Abrí el sobre. Era una carta de mi madre, a quien había retirado la palabra después de casarme. Terminé de leerla y la hice pedazos ante la mirada cargada de desconcierto de mi marido.

—Mi madre viene a visitarnos desde la capital.

—¿Por qué?

—Una visita amistosa, como si fuéramos una familia feliz.

—No seas tan dura con ella —Jean se levantó y tomó mis manos, conciliador—. Recuerda que es tu madre y nada puede cambiar eso.

—Querido mío, bien sabes mi opinión. —Besé su mejilla—. Iré a preparar el cuarto de invitados. Pondrá el grito en el cielo si las colchas y las cortinas no son de su agrado.

—Exageras —Hizo un gesto con la mano y pasó las páginas del libro sobre su regazo.

—La conoces como suegra, Jean, pero no como madre.

Di por zanjada la conversación y salí de la biblioteca.

Los intereses de mi madre se me hacían incomprensibles. No nos escribíamos; por mi parte, procuraba no verla y me limitaba a escuetas felicitaciones por su cumpleaños. A Jean, que vivía pegado a las faldas de su madre, le indignaba: ¡cómo podía yo despreciar la cálida mano de la mujer que me dio la vida! Solo deseaba que el tío Kenny no la acompañase: decidí no verlo más después de la boda. Ese día los enterré ante al altar. Sola, sin familia y atada a un marido impuesto. Así estaba yo. La llegada de mi madre suponía ciertos condicionantes. Los encuentros con Eren se acabarían durante una temporada —sabe Dios que aquella mujer no me quitaba el ojo de encima—, mi trato hacia Jean debería suavizarse y las copas no se llenarían de vino con ella presente.

—Hoy salimos a cenar fuera —dijo Jean, que bajaba a toda prisa por las escaleras—, pero antes debo ir al club. Estaré aquí sobre las ocho, ¿está bien?

Lo besé y me despedí de él. Sorprendido, me devolvió el gesto y lo vi alejarse desde el portal.

Sentada en el pie de cama de la alcoba, tras elegir un vestido de organza apropiado para el compromiso, pensé en lo sencillo que resultaría coger un poco de dinero y meterse en un coche con dirección incierta. Abrí un baúl sellado desde hacía mucho. En su interior descansaba lo poco que decidí llevar conmigo cuando me casé. Observé el vestidito de mi primera comunión y lo arrojé a un lado. La bufanda continuaba ahí, necesitada de remiendo y de un uso que yo jamás podría darle.

La vestí por última vez. Cogí el bolso y salí de la casa. Cada paso parecía el último. Recorría las calles, examinaba descampados donde antes había edificios y edificios que antes eran descampados, me fascinaban las clemátides que trepaban por los muros de las casas, aligeraba el paso por el mercado y el bulevar y me preguntaba cuándo terminarían las obras en la estación de tren.

Me detuve ante la puerta de los Jaeger. Respiraba pesadamente, como el enfermo que siente cerca el final. Carla apareció ante mí y su sorpresa fue doble: por mí y por la prenda que ella misma tejió.

—Devuélvesela a Eren —le dije— y que no vuelva jamás a buscarme.

—A buscarte —Carla se llevó una mano al pecho—. No me digas que…

Asentí.

—Te suplico que no me digas nada más, Carla, y que no seas muy dura con él. Este es el adiós definitivo. Me duele tanto que no soy capaz de mirarlo a la cara.

—Pasa, por favor. Esperemos a que mi hijo regrese.

—No puedo verlo más. Es demasiado doloroso.

—Mikasa, te lo ruego.

La escuché llamarme mientras andaba calle abajo. Pensé en mi marido, en el vestido, en el disfraz de buena esposa.

Solo quería darme un baño. Quitarme el poso de su cuerpo. Arrancar sus besos de mi piel. Y sabía que nada de aquello era posible, que confundiría la brisa de las mañanas con su aliento en mi cuello. Que me parecería verlo en cada coche, a la vuelta de la esquina. Que saldría al jardín de atrás para esperarlo cuando Jean se marchase. Que extrañaría su chaqueta de aviador sobre mis hombros. Que me volvería loca al pensar que mi recuerdo se desvanecía de su memoria. ¡Así debía ser! Porque Eren Jaeger y yo no podíamos estar juntos y no merecíamos la clandestinidad de nuestros encuentros, el dolor de los «te quiero» que dejaban sabor a pecado en la boca, que eran solución y problema. Lo abandonaba con el convencimiento de amarlo más que nunca, de que acababa de extirparme la mitad del corazón.

EREN

De niño, fantaseaba con ser espía, como Milady de Winter. De mayor, en la guerra, entendí que el espía es como el piloto: un solo fallo y estará condenado. A ti te gusta el riesgo, diría mi madre, y seguir a un oficial de la Policía Militar era un riesgo. Los milicos hacían lo que les daba la gana antes, durante y después de la guerra. Los soldaditos licenciados eran los peores. Podía vérselos por la calle llenando el traje, la tripa desbordando el pantalón, la gorra torcida y la porra en alto; o en cualquier bar, exigiendo un trato especial y cerveza gratis —placa mediante—, clamando ser héroes de guerra. ¡Putos idiotas! Héroe y guerra no pueden ir en la misma oración.

Marco Bott no parecía ningún héroe; ni siquiera parecía un poli, sino un estudiante trasnochado de último año. Lo esperé fumando un cigarro tras la cristalera del café frente a la comisaría. Cerca de las ocho, cuando empezaba a chispear, vi salir a un tipo de apariencia pacífica, parecido a un seminarista, como había dicho Connie. Pelo negro, abundantes pecas y ojos tranquilos. Miró de un lado a otro, abrió un paraguas y echó a andar. La lluvia arreció mientras le seguía. Vivía cerca del río, en un bloque de apartamentos construidos antes de la guerra, cuando había dinero, sobre el solar de un viejo puticlub que saldría mucho más rentable.

Llamé a su puerta, la 6B, y me encañonó. ¿En serio? Para apuntar con una pistola a alguien hace falta algo más que una pistola. ¡Hasta para eso hay que tener percha!

—Baja eso o te harás daño —dije mientras le ofrecía un cigarro de mi pitillera—. ¿Fumas?

—¿Por qué me sigues? Soy policía —recalcó, como si eso le confiriese la seguridad que le faltaba—. Lo que has hecho constituye un delito.

—Créeme, Marco, he cometido delitos mucho peores que este. Soy el sargento Eren Jaeger, de la FAE. ¿Puedo pasar?

Bajó el arma y en sus ojos brilló algo parecido a la admiración de un adolescente.

—¡Eren Jaeger! Claro que te conozco. Eres un as de la aviación. ¿Cuántas bajas fueron?

—No me acuerdo.

Connie decía que era un tipo raro, ¡y desde luego que lo era! ¿Cómo diablos me conocía? Había ases mucho más exitosos que yo, tanto en un bando como en otro. Salían hasta en las cajetillas de tabaco. Yo las coleccionaba.

Marco resultó buen anfitrión. Enseguida me ofreció cerveza, pan, queso, embutido, almendras. Acepté, claro, ¡que por algo paga el contribuyente! Si os soy sincero —y nunca dudéis de ello—, el bueno de Marco Bott me cayó bien desde el principio. Tenía el apartamento muy ordenado, muy parco. Sobre la mesa, una radio de galena se ganó toda mi atención. ¡Qué invento! ¿No es sorprendente poder oír voces a través de una máquina? Puedes escuchar, dijo Marco, y me ofreció los auriculares. La voz se entrecortaba; aun así, fui capaz de distinguir lo que decía: recitaba la Biblia, como si se esforzara en recordar el propósito de mi visita. Dejé los auriculares.

—Es la hora del sermón —dijo—. Las radios son el futuro. Hay un tipo que retransmite los partidos del Mitras y otro que toca piezas de piano.

—¿No es increíble? ¿Cómo lo logran?

—La antena captura señales. No sé decirte qué es una señal; es algo invisible. La señal es floja, por eso se escucha tan mal. ¡Bueno, bueno! No quiero aburrirte. Seguro que estás aquí por otro motivo.

—Estás en lo cierto, pero no creo que mis motivos te gusten. Es por el pastor asesinado.

—¿El pastor Nick?

Asentí.

—Era amigo mío. He oído que tú llevas el caso.

—El caso está cerrado —reveló Marco—. Kemper Boltz ha admitido el crimen esta misma tarde. Nos ha dicho dónde ocultó el cuchillo y la vara que empleó. También ha delatado a un cómplice, que ya está en el calabozo. Todo esto saldrá en los periódicos pronto. El hombre es capaz de cualquier cosa por dinero.

—¿Lo ha admitido después de una golpiza?

A Marco le pilló por sorpresa. Me miró como si yo mismo le confesase el asesinato.

—¡No, claro que no! Yo no uso esos… métodos.

—Conoces de sobra a tus colegas. Se oyen rumores acerca de lo que sucede en los calabozos de las comisarías.

—Yo no he torturado a nadie —insistió Marco, ya desprovisto de su aire adolescente—. He estado en la guerra. Sé lo que un hombre puede sufrir. No pienso contribuir a ello. Ahora sí aceptaré ese cigarro.

—He oído que estuviste en el frente occidental.

Asintió y sacó una cerilla.

—En la trinchera, sí, como tantos otros. Allí empecé a fumar. Algunos decían que eso calmaba el hambre. Las latas de comida eran escasas, pero ¿el tabaco, el ron? De eso nunca faltaba.

—Es mejor que la carne de cañón esté borracha que nutrida.

—Ojalá hubiese sido la artillería. Eso no era lo peor y tampoco lo eran los cazas o los zepelines. Lo peor eran los gases.

—Dicen que en el frente oriental no tenían máscaras antigás.

—Hay muchas formas de matar a un hombre —señaló Marco, sobre el que pesaba ya una oscuridad difícilmente imaginable—. He visto muchas. En la guerra solo hay dos opciones: o morir o matar y, cuando matas a alguien, cuando miras la cara de un hombre y sus ojos te recuerdan a los de tu hermano, preferirías morir. Matar es matar, pero algunas formas son más dignas que otras. Puedes usar una bayoneta, puedes usar una pistola. Como digo, hay muchas maneras, pero ¿quién fue el maldito que inventó el gas? ¿Sabe acaso lo que el cloro hace a los hombres? Se asfixiaban, Eren. Se retorcían hasta morir. Otros quedaron ciegos. Yo estuve allí, yo abrí la válvula que liberaba el gas. No importa quién lanzó la primera piedra: mientras condenaban los ataques químicos de Marley, nuestros superiores planeaban responder de la misma forma. Conozco la violencia más salvaje, al igual que tú, y no contribuiré más a ella.

—Tú y yo nos llevaremos bien —Volví a mirar la radio—. Deberían inventar máquinas que nos unan y no armas que nos maten.

Marco asintió.

—¿Cómo puedo ayudarle, sargento?

—Encontré al pastor Nick. Sé que no debía dinero por droga, como también sé que no era un santo, que es lo más común en su oficio.

—Insinúas que hay algo más, claro.

—¿Y qué crees tú?

—Boltz confesó y las evidencias están ahí. El resto son elucubraciones, pero es cierto que no habrías sobrevivido tanto tiempo en el aire sin una buena intuición.

—¿Por qué le arrancaron las uñas? ¿Por qué lo torturaron? Es ilógico. Podría haber cogido dinero, joyas, cualquier cosa. Todo estaba allí, sin tocar.

—¿Qué podría esconder un pastor? La solución verdadera suele ser la más sencilla.

—La gente quiere un culpable y yo quiero la verdad.

—Tan insistente —murmuró derrotado—. Admito las irregularidades, aunque no puedo cuestionarme demasiadas cosas. Es el primer caso que me asignan como suboficial y ha resultado bastante breve. Supimos lo de Boltz por un chivatazo anónimo. Ocurre a menudo entre maleantes. A partir de ahí, el cerco se estrechó. Todo ha salido a pedir de boca.

—Demasiada sencillez. ¿Boltz ha hecho esto antes?

—¿Matar? No. Su expediente no es el de un asesino. Vende drogas y sus clientes no son desconocidos para nosotros. Muchos mutilados por la guerra le compran morfina para el dolor. Lo hemos confirmado.

—El pastor Nick tenía dolores de cabeza. Quizá llegó a consumir láudano.

—Según el Berg, era adicto a la coderoína.

—Fue un borracho, sí, pero se recuperó. Ya conoces la ideología del Berg: si puede empañar la reputación de un cura, lo hará.

—Todas nuestras suposiciones son inútiles. La confesión y las evidencias están ahí.

—Ve más allá, Marco.

Nuestra charla se vio interrumpida por unos toques en la puerta. Marco se tocaba el pelo con nerviosismo y entendí que debía irme, no sin que mi nuevo amigo me citase en su despacho. El visitante frunció el ceño al verme: era un muchacho joven, de unos diecinueve, bien acicalado, y en sus ojos atisbé celo y recelo.

(…)

Llegué a casa sobre las once. De no ser por lo que ocurrió a continuación, habría dormido plácidamente y la vida habría resultado distinta. Como podéis imaginar, no dormí. Uno de mis grandes temores se materializó ahí, en el saloncito, a la luz de la vela que alumbraba la labor de mi madre, una labor propia de ella, tan afanosa en la costura. Era la bufanda roja. La reconocí al instante y entonces supe que mi madre lo sabía, y que solo podía saberlo porque había acabado. Me despertó de mi aturdimiento con un sonoro bofetón.

—Cómo has podido —me recriminó—. ¡Cómo has podido!

—Ha estado aquí.

—Sí, ha venido y me lo ha contado todo. Cómo has podido enredarte con una mujer casada.

—La quiero desde niño.

Mi madre empezó a llorar y volvió a sentarse. Pegó la bufanda a su pecho.

—Ha dicho que no vuelvas a buscarla nunca.

—No, eso es imposible.

—Me lo has ocultado durante años. Dios mío, tenía que ser ella, Mikasa Ackerman. Cómo has podido esconderlo durante tanto tiempo.

—Debo hablar con ella —dije y la voz me tembló—. Es imposible que me haya dejado así.

Mi madre recordó de nuevo que estaba casada. ¡Muy bien! Y si Dios es amor, ¿qué validez tiene una unión que carece de este? Bien sabíamos que faltábamos el respeto a Jean cada vez que nos encontrábamos, que pervertíamos el santo sacramento en la propia cama matrimonial. Era inapropiado. ¿Y qué? Jean podía llamarla esposa, pero nunca lo sería. Ella podía llamarme suyo y así era. Lo que nos unía era superior a todo lo demás y estaba por encima del bien y del mal.

—Sé lo que significa para ti —dijo mi madre—, pero algunos caprichos de amor no se pueden tener, hijo querido. Lo que Mikasa ha hecho es admirable: ha renunciado a ti por su matrimonio.

—Eso no es admirable. ¡Es una desgracia!

—¡La única desgracia sucederá si alguien descubre todo esto! Debes entenderlo, Eren. Sabes bien por qué se casó. Una mujer tiene que hacer ciertos sacrificios en su vida. A veces el matrimonio y el amor no coinciden.

—Me niego. Quiero que me lo diga a la cara. Si tiene el valor de hacerlo, entonces no volverá a verme. —Cogí la bufanda; fue como sostener una promesa a punto de romperse—. No será capaz.

MIKASA

Decidí hacerlo esa noche, tras la cena, y por la condescendencia e incluso el cariño que sentía por mi marido, que nada podía imaginarse, me propuse sonreírle y caminar de su brazo por la calle. Nos apeamos del coche en la puerta del restaurante. Por fortuna, no había nadie conocido. Jean sabía que detestaba a sus amigos del club y a las mujeres de estos. Lo aceptaba y me atrevería a decir que tampoco él tenía en buena estima a aquellos patanes; los criticaba a menudo y les achacaba una falta de modales incorregible. Adoraba ese aspecto suyo. En honor a la verdad, quería a Jean más de lo que él creía y menos de lo que le hubiese gustado, pero le quería y estaba dispuesta a hacer de aquella velada un recuerdo agradable, a evitar todas nuestras contradicciones, todo lo que nos separaba. Sonreía para él y tocaba su mano sobre la mesa. Jean se animó a beber una copa de vino y se transformó en el hombre que no hablaba de negocios o de hijos; bromeaba, me lanzaba piropos y hablaba de pasar el fin de semana en el campo. Yo asentía, pero mi cabeza estaba en otra parte, en la bañera: la había dejado llena, preparada.

—Me he permitido hacerte un regalo —dijo Jean; acto seguido, sacó una cajita de terciopelo negro de su bolsillo—. Espero que sea de tu agrado.

Era una pulsera de plata fina. Me la puse. Jean conocía bien mis gustos, sabía que detestaba el oro.

—Gracias, querido. La llevaré siempre.

Sus labios se estiraron en una sonrisa. ¡Qué iluso! Pensé de nuevo en la bañera, en el agua, y a la escena prefigurada tuve que añadir la bendita pulsera, que sería parte de mi mortaja.

—Quiero que esta noche sea el principio de algo distinto —continuó—. Mi adoración por ti no conoce límites y es inmune a tus desplantes. Ahora estás aquí, pacífica, y así debería seguir siendo.

—Lo intentaré, Jean.

—Pondré de mi parte. Estoy lejos de ser el marido que deseas, lo sé, pero no claudicaré. —Se sirvió otra copa de vino y sus ojos brillaron como nunca—. ¿Me acompañarías a la cama?

La escasez que marcaba nuestros encuentros íntimos nada tenía que ver con las habilidades de Jean, que resultaba un amante más que apto. El problema era mío, desde luego. No le deseaba. Esa noche, en cambio, me vi contagiada por su fulgor. Regresamos rápidamente a casa y ni siquiera llegamos al dormitorio: lo hicimos en la alfombra. Jean, que tan ceremonioso había sido en ocasiones anteriores, liberó toda la vehemencia contenida. Era como hacerlo por primera vez. Estábamos consumando algo: su amor y mi muerte. Jean nunca sabría lo mucho que había llegado a quererle. Agarré su barbilla y lo miré fijamente.

—¿Crees que podrías hacerme gritar? —lo reté—. ¿O vas a tratarme como si fuese mercancía frágil?

Su respuesta no se hizo esperar: se bajó los pantalones y, sin remover más tela de la necesaria, me folló de golpe. Gemí y su vientre comenzó a bambolearse contra el mío. Era perfecto porque estaba desquitándose: me follaba por todas las veces que no había podido hacerlo. Abría mis piernas, se clavaba y su polla emergía enhiesta solo para clavarse una y otra vez. Yo me tocaba y contenía la respiración cuando permanecía dentro en su totalidad, solo por la satisfacción de llenarme, de sentirse soldado a mí. Cuando se hartó de mi coño, se acuclilló delante de mi cara y lo tomé con la boca, lo chupé, me empapé de mi propia esencia. Jean apartaba el pelo de mi cara. Me mordió los labios y un hilo de sangre bajó por mi barbilla.

—Mierda. ¿Te he hecho daño?

—No. —Acaricié su espalda y por primera vez le contemplé como lo que era, un hombre, y su mejillas se tiñeron de un gracioso rubor. Lo abracé con fuerza y susurré a su oído—: Ha estado muy bien, Jean. Hagámoslo hasta que no podamos más.

Asintió rápidamente, ufano y enamorado. Enseguida me alzó entre sus brazos y subimos a la alcoba. Pasaron horas. Cuando cayó en un profundo sueño, me separé de él con cuidado, le di un último beso y fui al baño. Eché el pestillo, cogí un tubo de pastillas y me sumergí en el agua tibia. Era sencillo: solo tenía que tragarme las pastillas, echar la cabeza atrás y dejar que el tiempo actuase. Jean me encontraría por la mañana, pero eso ya no sería asunto mío. Los muertos no tienen asuntos. Me iría por la puerta grande: dejaba a mi marido satisfecho y no tendría que tolerar la presencia de mi madre. Pondría fin a la vida que se me impuso, a la larga infelicidad. Yo amaba la vida más que nadie, ¿acaso hay algo más preciado? Adoraba la vida con su crueldad y su belleza. No me suicidaba porque no desease existir, no, lo hacía porque deseaba otra existencia. Así lo pensaba y, lejos de calmarme, me inquietaba. ¡Tenía tanto miedo! Una solo se suicida de verdad una vez. Yo me había suicidado muchas veces siendo Antígona, Deyanira y Dido. Hacía creer al público que hundía un puñal en mi pecho y ahí acababa todo; el personaje moría y solo resucitaba cuando volvía a interpretarlo. Llegaba el momento de seguirlas al otro lado, de hacer la última actuación, pero esta vez no era teatro: temblaba de miedo. La decisión era irrevocable; llevaba meses madurándola e interpretando el devenir de mis días como una señal inequívoca, que no auguraba nada bueno. Estaba temblando.

Había fracasado y lo constaté cuando, al escuchar la voz de Jean, las lágrimas se asomaron al balcón de mis ojos.

—¿Mikasa? ¿Estás ahí?

Dejé las pastillas en el suelo y le dije que podía pasar, que estaba tomando un baño. Pensaba que dormías, señalé, a lo que él asintió.

—Me desvelo cuando tu lado se queda vacío.

—Entonces te has desvelado muchas noches.

—Más de las que puedes imaginar. —Se acercó y tocó el agua—. ¿Puedo?

Jean se acomodó en el extremo opuesto y lo observé un rato. La primera vez que lo vi me resultó un tipo infame y altivo, de alma contrahecha detrás de la levita. Lo odié instintivamente: no necesitaba conocerlo para ello. Estaba muy equivocada. Me salpicó; por primera vez en nuestro matrimonio, experimentábamos algo de complicidad. Fui hacia él y volví a sentir su cuerpo, ya no hambriento de sexo, sino de algo distinto, algo que necesitaba con urgencia. Su mirada aún tenía ese brillo renovado. Esbocé una sonrisa y tracé la línea de su mentón recién afeitado. Su pelo claro estaba despeinado; lo acaricié y Jean suspiró: esto era para su alma lo mismo que el orgasmo para su cuerpo.

—Te quiero —susurró afligido—, pero sé que tú no me quieres.

—No me casé contigo por amor, Jean. Lo sabes. —Besé su mejilla—. Sin embargo, estoy aquí. He llegado a conocerte bien, sé que eres un buen hombre y un excelente marido, así que soy una mujer afortunada.

—¿Crees que algún día llegarás a verme como algo más que un buen hombre?

—Tú ya estás en mi corazón —contesté con sinceridad— y el tiempo pone a cada uno en su lugar.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡He vuelto!