La playlist oficial de TLQS:
Luna diamante — Mina y Fossati.
Se telefonando — Mina.
The partisan — Leonard Cohen.
I put a spell on you — Bonnie Tyler.
I burn for you — Sting (Symphonicities).
Shape of my heart — Sting.
One — U2.
Every breaking wave — U2.
Tatuaje — Doña Concha Piquer.
Y sin embargo te quiero — Doña Concha Piquer.
Llévame hasta el mar — Manolo Tena.
Al alba — Luis Eduardo Aute.
Mierda y cuchara — Marea.
You made me the thief of your heart — Sinéad O'Connor.
Drink before the war — Sinéad O'Connor.
El Conde de Monte Cristo — Banda sonora.
Le vallée du desir — Armand Amar.
…
CAPÍTULO III
…
MIKASA
Los días que sucedieron a mi suicidio frustrado estuvieron marcados por la blandura y la extrañeza. Jean y yo permanecíamos en la cama hasta el mediodía; en silencio, mientras escuchábamos el canto de los airosos estorninos, cada uno se hundía en sus pensamientos y solo hablaba al otro cuando la naturaleza de estos invitaba a compartirlos. Él recordaba el pasado con tanta precisión que me parecía estar ahí, en el pinar que rodeaba la casa de campo de mis suegros, donde Jean había aborrecido la caza acompañando a su padre. Se esforzaba más que yo, desde luego; esa deuda de reciprocidad me llevó a hablarle de asuntos que, hasta la fecha, había guardado en lo profundo de mi corazón lacerado. Le hablé de mi padre. A menudo pensaba en él; había siempre un detalle que me recordaba su rostro inmaculado, joven hasta en la quiebra, lozano incluso en el féretro. A Jean le gustaba escucharme, lo hacía como un discípulo embelesado ante Hiparquía. Estaba fascinado por la novedad: al fin le hablaba yo en un tono pacífico, como si así concluyesen años en pie de guerra. Tenía yo una nueva energía, un nuevo convencimiento: sería mucho más sencillo conciliar que protestar en un negocio tan largo como el nuestro. Además, cualquier mujer que desee algo de libertad en su matrimonio debe trabajar tan duramente en la alegría de su marido como en los asuntos que maneje a espaldas de este. Por aquel entonces había cedido yo a la idea de contratar a una empleada doméstica —detestaba la posibilidad de que una extraña se moviese furtivamente por casa— y accedí a poner un anuncio en el periódico. «Matrimonio busca empleada. Ofrece habitación. Sueldo a negociar. Interesadas escriban a la siguiente dirección… y esperen respuesta». Como digo, no era plato de buen gusto, pero agradaba a Jean.
Después de una comida frugal, todavía ataviados en los albornoces, mi marido echó un vistazo al reloj, que es el dios que rige los actos de los burgueses, se vistió rápidamente y se demoró en la despedida, desencantado con la idea de partir de mi lado, pero los intereses de la patronal lo requerían con urgencia. Dijo que volvería para la cena y eso me llenó de turbación. Cualquier esposa joven, en los primeros años de unión, hace de la ausencia del hombre un motivo de verdadero dolor. No era así en mi caso: yo sufría porque tenía la tarde a mi entera disposición. Ahora que la vorágine de la noche se disipaba, se revelaba el peso real de lo que decidía dejar atrás. Pensaba, por supuesto, en Eren. Lo imaginaba destrozado, pero jamás pasivo, y la posibilidad de que apareciese venía acompañada de miedo y excitación. La decisión de apartarme de él implicaba superponer a su recuerdo indeleble otros pensamientos. En definitiva, si una mujer de mi clase carece de hijos y de amantes, es depositaria de una cantidad indecente de tiempo libre, de horas muertas que, en la mayoría de los casos, anima con la compañía de otras, con charlas en los cafés, con visitas frecuentes a la iglesia o con obras de caridad. Tenía por delante la tarea de ocupar mi vida, como quien se propone escribir en un palimpsesto no ya por el placer de un nuevo mensaje, sino para opacar el anterior y que, con el tiempo, se vuelva ilegible.
A eso de las cuatro me dirigí al bulevar del Oeste, donde abundan los vendedores de abalorios y los niños se prestan a lustrar los zapatos de los señores por dos monedas. Si robaban a alguien, de repente se escuchaban gritos, «¡al ladrón, al ladrón!», y los pasos del culpable se perdían por los barrios bajos, los que nacieron más allá de una muralla que ya no existía, cuya maraña de callejones hacía perder la esperanza del damnificado. Decidí adentrarme por aquellas calles con la seguridad que da el conocimiento: no en pocas ocasiones había visitado las tabernas con Eren y Armin. A diferencia de los ensanches, donde los jardines impregnaban la atmósfera ociosa y respirar constituía un placer semejante a la cata de vinos, en los barrios bajos se podía asistir al espectáculo de la vida sin paliativos, al olor a cloaca, a pescado, a orín. Solo habría atraído las miradas ajenas de no haber tenido un destino, de haberme personado allí como la dama de alta sociedad que se prodiga una excursión de recreo por curiosidad malsana, pero los gatos que me vigilaban desde los alféizares sabían que buscaba un lugar, uno entre miles. El Shoshana era un cabaré modesto; nada tenía que ver con las grandes salas de la capital, donde cientos de bailarinas se coordinaban al son de desenfrenados violines, y tampoco podía compararse con las tabernas, aunque Niccolò no cesase de escanciar bebidas en el bar. Levantó la mano enérgico, rasgo típico de su tierra, y comprobé que no solo conservaba intacto el acento, sino que continuaba empleando su lengua madre con total naturalidad.
—Cara signora, ma quanto tempo! —saludó efusivo—. La signorina sarà felice, però adesso è impegnata con…
—¡Mikasa!
Vino a mí sujetándose el cancán y se me escapó la sonrisa. Sasha tenía la capacidad de alegrar a cualquiera. Todo en ella despedía jovialidad: los pies descalzos, los ojos redondos y la coleta cobriza moviéndose de un lado a otro. Habían pasado meses desde mi última visita y me pareció reanudarla en aquel microcosmos disfrazado de cabaré. Sasha me dio un sonoro beso en la boca, como acostumbraba, y lo hizo con rapidez y alevosía, a sabiendas de que no era yo muy amiga de aquellas manifestaciones afectivas, pero con la confianza que otorgan los años de confidencias, alegrías y angustias. A Sasha la conocí en mis correrías de juventud junto a los muchachos; entonces el Shoshana era una humilde planta baja donde los Braus, recién llegados del campo, vendían dulcecitos desde el postigo. Para Sasha, que durante años había contemplado la vida campesina como única vía de subsistencia, fue una sorpresa descubrir el floreciente mundo del espectáculo. Le parecía increíble que alguien fuese capaz de hacer dinero sin doblar la espalda de sol a sol. Su padre la envió a la escuela de los domingos para que aprendiese a leer —tenía entonces diez años— e hizo caer sobre ella el peso de la realidad: «Ahora debes olvidar cómo esgrimir la azada, niña mía, porque aquí es más importante que conozcas el alfabeto y sepas hacer números. Hay que conocer lo que uno necesita. Dicen que los campesinos somos analfabetos por no saber leer. ¡Qué cosa más estúpida! Analfabetos seríamos en caso de desconocer por qué lado brota el musgo. No queda sino adaptarse, hija, y aquí es más importante el poder de la palabra que la habilidad de un hombre para la cosecha». A los dieciséis, cuando la conocí, todavía contemplaba sus manos callosas y recordaba el pasado bucólico anterior a la compra de las tierras por un terrateniente, tan lejano como un sueño o más aún, tanto como una vida precedente, y a veces, cuando subía a un tablado, se preguntaba si su secreto estaba a salvo, si en sus ademanes se percibía el pasado de arado y azadón. Ese pasado solo la avergonzaba en el acento: ¡tenía tanto cuando nos conocimos! Su deje me parecía encantador, la especial maestría para comunicarse con un puñado de palabras desprovistas de todo artificio, el utilitarismo en su máxima expresión, pero a ella le preocupaba. Lo consideraba burdo —así se lo habían hecho ver en la escuela— y se esforzaba en ocultarlo, en mantener la dicción adecuada de las palabras. Una persona capaz de esmerarse en cada sílaba es capaz de todo. Pasó años en una compañía de actores, cómicos, saltimbanquis y toda suerte de artistas; fue una época nómada, la más libre y desenfadada de su vida. Iban de ciudad en ciudad interpretando sainetes obscenos. Solo regresó al conocer el estallido de la guerra. Conservo las cartas que intercambiamos entonces. Me relataba con gran pesadumbre las interminables jornadas en la fábrica de munición —Armin le había procurado el empleo— y las escasas noticias que recibía de los muchachos de la compañía destinados en el frente. Compartíamos ese dolor, esa incredulidad, la posibilidad de recibir un escueto comunicado lamentando una pérdida. Ninguno de sus amigos regresó. «Qué clase de idiota pondría una bayoneta en manos de un actorcillo», me escribió una vez, a lo que añadió: «El mundo está loco. Necesita menos políticos y más cabarés». Conocí el proyecto poco antes de casarme: el Shoshana abrió sus puertas dos días después del armisticio.
Observé las lámparas colgantes de mimbre cuya luz tenue bañaba las mesas cubiertas de manteles rojos a la noche, cuando el salón se llenaba. Al fondo, unas escaleritas subían hacia el escenario y, tras el telón, las muchachas se ajustaban los cancanes y se maquillaban las unas a las otras. Se preparaban para ensayar su mejor número. Sasha me habló de ello orgullosa.
—Hemos mejorado mucho. Seguro que estás sorprendida. ¡Este sitio ha cambiado bastante desde que viniste por última vez! Hemos contratado a una maestra de ballet, viene tres veces a la semana. Niccolò dice que las chicas deben ejercitarse como profesionales. Es todo gracias a él.
Niccolò sonrió complacido y se atusó el pelo rubio y ondulado, con un prolijo peinado de raya en medio. Su rubor despertaba fácilmente con los halagos.
—Exageras.
Ambos vivían amancebados desde el término de la guerra. Él era cocinero de un señorito que lo despidió en cuanto Remoria, su patria, se alineó con los intereses del Imperio marleyano, como si un hombre tuviese la culpa no de las acciones de sus paisanos, sino de quienes los gobiernan, que no tardaron mucho en cambiar de bando cuando Erdia y el resto de los aliados pusieron sobre la mesa una oferta irrechazable, de esas que reconfiguran los mapas. Niccolò estuvo llevando sopa a las trincheras hasta octubre de 1918, cuando recibió un tiro; vio el final de la guerra desde la cama de un hospital de campaña. A menudo contaba que, nada más recibir la noticia, se levantó de manera milagrosa y volvió a Shigansina. Su nombre apareció de repente en las cartas de Sasha: «He conocido a un cocinero remoriano mientras compraba en la plaza de abastos. Se llama Niccolò». Pronto se convirtió en un personaje recurrente en nuestra correspondencia: «Ya sabemos cómo se llamará: el Shoshana. Mis padres han vuelto a la granja, así que lo abriremos aquí. Ven pronto a vernos».
—Quédate a ver el spettacolo de la noche —sugirió con entusiasmo Niccolò.
—Me temo que no —lamenté—. Tengo que estar en casa para la cena, pero prometo venir en otra ocasión. He venido para aceptar otra propuesta. La última que me hiciste, Sasha. Me parece una gran idea.
Los ojos de mi amiga centellearon, se lanzó hacia mí y me atrapó en su abrazo. No paraba de preguntar si era cierto, si había meditado sobre el asunto. Le dije que sí, que la decisión estaba tomada y nada lo impediría, tampoco mi marido, que no debía enterarse. Además de los horarios, solo establecí una condición:
—Sería problemático emplear mi nombre. Me gustaría omitirlo. Ya pensaremos en algo.
—Claro, déjamelo a mí. —Sasha estaba eufórica—. ¡Solo faltabas tú! Pusimos un anuncio en el periódico para buscar actores y actrices. Ya tenemos personal y todo lo necesario para un teatro: atrezo, utilería, vestimentas e ideas, ¡muchas ideas! Y ahora te tenemos a ti. Es justo lo que necesitamos. Pon todas las condiciones que te parezcan necesarias.
Lo primero que pedí fue un salario irrisorio, un depósito simbólico que convirtiese aquello en trabajo y no en ocio. ¿Para qué necesitaba yo dinero? El dinero no había hecho más que entorpecer mi existencia. Lo haría por una necesidad de otro tipo. Sasha también comprendió las dificultades derivadas de mi matrimonio, pero me comprometí a acudir religiosamente a los ensayos so pretexto de cualquier tipo. Si Jean no había descubierto mi aventura, difícilmente intuiría algo como esto. Solo tenía que trabajar en su confianza con el arma femenina por excelencia. Quizá algún día podría confesárselo. ¿Estaba cometiendo un crimen? Ya lo había cometido. Esto era un inocente secreto para sublimar una pasión que debía morir de hambre.
En cuanto Niccolò regresó a la cocina, entramos en el territorio de las confidencias. Sasha preguntaba y yo no sabía qué decirle. No, no podía describir la caminata hacia la casa de los Jaeger; me parecía ya lejano, pese a que solo habían transcurrido unas horas. Tampoco podía contarle lo cerca que había estado de matarme y el miedo que me sobrevino al imaginar mi cuerpo exangüe y los gritos de Jean despertando a todas las almas del vecindario.
—He puesto fin a mi relación con Eren —dije sin preámbulos—. Los detalles son abundantes, pero te suplico que no me tortures de esa manera. Estoy en duelo. Lo he matado. No ha sido la guerra, sino yo. Solo podía ser yo, Sasha. Lo correcto no siempre es lo mejor. Le he hecho libre, aunque le duela.
—Puedes ahorrarte los detalles —Sasha tomó mis manos entre las suyas y sacudió la cabeza—. Pregúntate si podrás resistirlo cuando aparezca. ¡No podrás! Es mejor que lo aceptes ahora y que te prepares para el encuentro. Te conozco tanto… Estoy segura de que no has podido decírselo a la cara. Le bastaría una sola palabra para hacerte cambiar de idea.
—Estoy casada y eso no cambiará. He traicionado a ambos, a mi marido y a mi amante. A uno porque le juré fidelidad en el altar y enseguida falté a mis votos; a otro porque le entregué mi corazón mientras me acostaba con mi marido. Mucho ha durado el capricho, la fantasía de estar juntos.
—¿Para qué preocuparse por ellos? Las penas son mucho mejores cuando interpretas a Ofelia. —Se levantó y anduvo hacia el escenario. Respiró hondo y extendió los brazos—. Todo esto también es tuyo y nadie podrá arrebatártelo. Ningún hombre lo hará. Empieza una nueva era para nosotras, Mikasa, para las mujeres. Debemos dejar de sufrir por ellos. Tomamos sus puestos cuando se mataban en la guerra. Hemos demostrado que podemos hacer lo que ellos hacen. ¿Pretenden que nos quedemos en casa? ¡Esposas, madres, trabajadoras, artistas! Podríamos ser todo eso si nos lo permitiesen. Reconocieron nuestra capacidad para votar y algún día reconocerán esto que te digo, Mikasa. ¿Qué potestad tiene Jean sobre ti? ¿En nombre de qué puede un hombre cuartar la libertad de una mujer? Y no me hables de leyes divinas: también la Biblia dice algo sobre no matar al prójimo y allá que los mandaron. Nada de eso tiene sentido ya, así que no te tortures por haberle sido infiel a un marido que no amas. No les necesitas, ni al uno ni al otro.
—Hablas como una sufragista.
Pensé en la Unión Femenina. Aún recuerdo los escaparates destrozados, los incendios provocados y las huelgas de hambre instigadas por Hanji Zoe. Fue antes de la guerra. Lo recuerdo bien. Cómo gritaban, cómo las insultaban. Publicaban pasquines que yo leía a escondidas de mi madre. Una vez Jean encontró un número de Hijas de Pizan en mi tocador y se puso furioso. Esas locas ya tienen lo que querían, dijo, ¡ahora deberían volver a sus casas! Y los periódicos de entonces se hacían eco de cada paso: «La locura sufragista continúa: incendian el jardín del diputado Lobov», «Hanji Zoe de nuevo en prisión por altercado público», «El obispo de Mitras cree que el Diablo se ha apoderado de las sufragistas». Solo lo lograron después de la Gran Guerra, pero Zoe no se daba por satisfecha. En la revista —que yo leía en los cafés— escribían plumas cada vez más incendiarias: se hablaba de extender el voto a todas las mujeres con independencia de su renta, de rebajar la edad mínima para acudir a las urnas, que entonces era de treinta años; escribían también sobre el matrimonio, la maternidad y el trabajo. No pocos se escandalizaron al leer una columna anónima acerca del amor entre mujeres. Yo misma me sorprendí. Zoe escribía: «No nos detendremos. Dios solo expulsó a Eva del Paraíso, no a Adán, así que continuaremos nuestra carga, señores, hasta recuperar el puesto junto al varón en las mismas condiciones, como manda la voluntad divina. Esta es la cruzada de las mujeres».
—Sufragista —repitió Sasha y enseguida negó—. Eso es pa las mujeres que se lo pueden permitir. Yo no tengo propiedades, solo este sitio. Las mujeres de alta alcurnia, las cultas y las letradas, ¡esas son las que querían votar! Y esas no son la mayoría. Antes que votar, prefiero que enseñen a las niñas del barrio a leer, que paguen a las mujeres de las fábricas lo mismo que a los hombres o que no se nos juzgue por trabajar.
—Jean no quiere que trabaje. Si descubre que estoy aquí…
—¿Qué hará? ¿Te casaste con un castigador? Ahora no es momento para el miedo. Eres actriz, ¡pues actúa!
Me dio por reír y Sasha no entendía por qué. Está claro, le dije, que estoy condenada a vivir en la clandestinidad.
Me despedí de mi amiga, acordé volver al día siguiente y emprendí el camino a la estafeta. Había cartas que leer. ¡El dichoso anuncio surtía efecto! Volví a casa sobre las seis y empecé a leerlas con rabia. Mi maridito se había salido con la suya. Tendría que aceptar a una extraña en casa, quizá dos ojos indiscretos que seguirían mis pasos con especial atención, quizá los de una verdulera deslenguada o quizá los de una jovencita lisonjera que buscaba seducir al gerifalte de la casa y llevárselo lejos. ¡Ojalá! Como digo, estuve leyendo cartas y apilándolas en un montoncito según las recusaba: a veces solo era por la caligrafía. Muchas eran adolescentes que redactaban al dictado de sus madres. Resaltaban todo tipo de cualidades, hasta la afinidad con los perros. Pensé en delegar la elección en Jean. Después de todo, la idea era suya. También pensé en quemar todos los papeles y decirle que no había llegado nada, pero no era tan estúpido. Solo una de las cartas llamó mi atención: «Mi nombre es Annie Leonhart. No tengo experiencia como empleada doméstica. Hago esto porque tengo hambre. Si deciden ponerse en contacto conmigo, bien; si no, jódanse. Mi dirección es…». Deseché todas las demás y guardé esta en mi bolso. Quería trabajar porque tenía hambre y ninguna experiencia es superior a eso. ¡Qué carácter! Jódanse, había escrito. ¡Jódanse! Entonces no conocía yo a Annie Leonhart y estaba lejos de saber lo que supondría en mi vida, su extraordinaria capacidad para guardar todos los secretos que acabaría por revelarle o que ella, con su natural perspicacia, descubriría a través de gestos, miradas y silencios.
Jean estaba en casa para la cena. Los obreros estaban preparando una huelga general.
—Quieren trabajar ocho horas —comentaba hastiado—. En realidad, no quieren trabajar. Si empleasen bien todo el tiempo que dedican a quejarse… En fin, solo queda esperar y ver qué hacen. Imagino que los sindicalistas ya están dando sus arengas para que los borregos destrocen todo. Deberían encerrarlos.
—Quizá deberíais escucharlos, querido.
—Ya los hemos escuchado demasiado. Obreros, trabajadores… ¿Y esos locos que hablan de Estado proletario, de dar las fábricas a los obreros? Están en guerra contra nosotros y yo no perderé. Que hagan todas las huelgas que quieran. Gustoso los despediré y contrataré a extranjeros. ¿Acaso soy yo malo? Ningún niño trabaja en mis instalaciones, cosa que otros no pueden decir. Cuido de mis trabajadores, no les maltrato, soy justo y comprensivo cuando debo serlo. —Jean se mesó el cabello. Me acerqué por detrás y masajeé sus hombros tensos. Enseguida reaccionó como esperaba y la sonrisa fue venciendo su rictus desazonado—. Haces que olvide todos mis problemas.
—Y tengo buenas noticias, además. Tal vez haya encontrado a una empleada.
—¿De veras?
—Así es.
—Bueno, eso es genial. ¡Y tu madre viene la próxima semana! ¿No es fantástico que la casa se llene de gente, de vida?
—Absolutamente, querido.
Cuando terminó de cenar, Jean se sentó en la biblioteca, encendió su pipa y continuó leyendo uno de esos libros que tanto le gustaban, uno sobre la flora y la fauna de las colonias erdianas. Decidí arriesgarme, así que le ofrecí una copa de vino. La aceptó. Me senté a su lado y empezó a hablar. El libro estaba lleno de ilustraciones; las más impresionantes eran las de insectos viviseccionados. Este alacrán, dijo Jean, podría matar a un hombre en cuestión de horas. ¿No es maravilloso? Qué vasta es la naturaleza… El sueño me venció mientras lo escuchaba.
. . .
A la mañana siguiente, elegí un vestidito de terciopelo, tomé una pamela y subí a un coche que me dejó en un barrio bajo al otro lado del río, próximo a la lonja. Recuerdo que el olor a animal muerto me acompañó todo el camino. Annie Leonhart vivía sola junto a un chiquero, en un cubículo que procuraba mantener lo más limpio posible. Las alas de mi sombrero eran más anchas que el marco de su puerta; esa fue la primera mirada de disgusto que me dirigió. No tenía asiento que ofrecerme, salvo la yacija en la que trataba de conciliar el sueño en compañía de las chinches. Puedo ofrecerle agua, me dijo, pero no se la recomiendo. Era una mujer menuda y de nariz corva. Entonces estaba desgreñada y sucia —venía de limpiar la pocilga— y no pude apreciar bien el rubio de su cabello siempre atado en un moño hasta nuestro segundo encuentro, cuando la recibí impoluta en casa.
—Me sorprende que haya venido hasta aquí —comentó—. Es impropio de las señoras. ¿Por qué no ha mandado a un criado?
—No tengo criados.
—Así que la señora no tiene criados. Pues yo tampoco, ya ve. Debería haberme escrito antes de venir. De ninguna manera le habría permitido entrar a este agujero inmundo. ¿Oye eso? Son las ratas. Ignórelas. Bueno, al tajo: ¿qué hace aquí?
—Vengo a contratarla. Recibí su carta y me parece la mejor opción.
—¿Está usted loca? —Era una pregunta que me haría en repetidas ocasiones a lo largo de los años—. ¿Cuántas cartas ha recibido? Seguro que hay muchachas con mejores referencias, doncellitas de novela.
—Fue tan sincera que no me dejó más remedio que venir. De lo contrario, que me jodan, ¿no?
—Pues sí, efectivamente —asintió y esbozó una sonrisa plena de malignidad. Entonces me tuteó por primera vez y para siempre—. Todos los ricos deberíais vivir como nosotros. Deberíais alimentar a los cerdos. Vuestros hijos deberían mendigar de sol a sol. ¿Tienes hijos?
—No.
—Mejor. Así no tendré que criarlos por ti.
—No he venido a contratar una nodriza. —Me levanté de la yacija; las pulgas recorrían la frazada: no, no era una frazada, sino un montón de trapos cosidos los unos a los otros—. Puedes empezar hoy. Si quieres recoger tus pertenencias…
—Mis pertenencias —repitió riéndose—. ¿De veras consideras apropiado meter a una pordiosera como yo en casa? ¿Y tu marido?
—La opinión de mi marido me importa un bledo. —La miré a los ojos; eran azules y habían visto muchas cosas—. Es por la sinceridad de la carta. Ya no queda gente sincera. Tendrás toda la comida que quieras en mi mesa. No somos muy diferentes: las dos viviremos del dinero del señor Kirstein, mi adorado esposo, y cada una será lo más discreta posible, ¿de acuerdo?
—¿Y el dinero?
—Como digo, eso es cosa de mi marido. Deberás hablar con él.
Se quedó callada y no supe si estaba meditando la oferta o pensando en quemar mi sombrero. Me percaté de sus manos: estaban llenas de callos y se esforzaba en esconderlas de mí, las cruzaba sobre su pecho y adoptaba esa posición altiva que tanto molestaría a Jean. Todavía no sabía nada de Annie y no quería saberlo. Ninguna de las dos sabía que en mi interior crecía ya ese hijo que, en efecto, le profesaría una devoción reservada a las madres.
—Acepto —dijo finalmente— y te doy las gracias por venir, Mikasa Ackerman.
. . .
El primer encuentro con Annie dejó muy satisfecho a mi marido porque ella no regateó por el salario. Consideró justa la oferta inicial y, tal y como Jean pensaba, la única posible. Me acostumbré con facilidad a su presencia. Annie no descansaba, siempre tenía algo que hacer: si no estaba cocinando, salía a comprar o pensaba en el jardín, que, a su juicio, estaba desperdiciado y era cierto: no habíamos plantado nada. Llevaba una semana en casa cuando tuvo un encontronazo con mi marido, que solía dejar la chaqueta tirada en el sofá en vez de colgarla en el perchero. Eso molestó terriblemente a Annie, que lo persiguió hasta la biblioteca y le dijo: «¿Sería el señor tan amable de respetar el orden de la casa?». Jean no fue capaz de contestar al momento, pero luego vino a mí hecho una furia. ¡La criada era una maleducada! La habría despedido de no ser por mi intervención. Calmarlo fue tan difícil como hablar con Annie, que no veía ofensa alguna en las palabras que había empleado.
—No entiende el valor del orden —decía Annie—. Si por él fuera, esto ya sería una cuadra de cerdos. Me gustaría que no pisase el pasillo cuando friego.
Aprendieron a guardar las distancias. Jamás se tutearon, pero se faltaban el respeto en privado cada vez que podían. Yo reía. Poco o nada me importaban las diferencias entre mi marido y la empleada. Los dos estaban a sus cosas, él en los negocios y ella en la casa. Annie nunca preguntaba por mis salidas vespertinas. Por aquel entonces lo descubrí. Una tarde, mientras ensayaba como Salomé, me sentí enferma. Lo recuerdo bien: tuve que retirarme al camerino y sentarme. Era una náusea terrible. Enseguida tuve el peor de los pensamientos. Pensé en Eren. Habían pasado casi dos semanas desde nuestro último encuentro. Cuando volví a casa, se lo conté a Annie y esta pronunció lo que yo tanto temía.
—Seguro que estás preñada.
. . .
EREN
—Vas a conseguir que te maten —Connie empezó a reír con nerviosismo y se sirvió un tapón de anís—. ¿Entonces seguiste al poli?
Asentí y le conté todo. Eran las seis de la mañana. Estábamos sentados en la despensa del bar todavía cerrado, iluminados únicamente por la bombilla trémula del techo. Parecíamos dos estraperlistas. A Connie le cambió la expresión cuando le conté que había hablado con Marco Bott. Para qué, preguntó. Para ver a Kemper Boltz, le dije, o eso espero. Loco, loco, loco, repitió, estás loco y te van a matar y tu madre tendrá que enterrarte, sí, y yo diré que no te conozco para salvar el pellejo, que si no lo perdí en esa estúpida guerra que nada tenía que ver conmigo, tampoco la perderé por esto. ¡Estás loco! Siseé.
—¿Y es cierto lo que dicen los amigos polizontes de Bott cuando vienen por aquí? —preguntó Connie.
—¿De qué demonios me estás hablando?
—Pues de eso, Eren, de eso. Dicen que al bueno de Bott no le gustan las mujeres.
—Me importa una mierda lo que le guste o deje de gustar.
—Y a mí también, pero ya sabes lo que pasa con los hombres que… Es mejor que a uno no lo relacionen con esa gente. No deberías seguir con esto. Si fueras listo, te quedarías aquí hasta la hora de la comida bebiendo como el sucio borrachín que deberías ser y no irías a la comisaría. Algunos entran y ya no salen. Por supuesto, no eres listo. Acabarás haciéndole compañía al bueno de Kemper. ¿Qué haremos cuando te echen el dogal al cuello? Ya puedo imaginar todo lo que sucederá. Sí, no tengo ninguna duda: esto acabará mal.
—Deja de beber. Solo hablas disparates. ¿Qué puede pasar?
—Pues lo peor que puede pasar en este mundo: que Eren Jaeger tenga razón. Esos cabrones se molestarán al verte husmear en su territorio con permiso de un homosexual. ¿Y qué pasará después? —Asió la botella y me señaló con ella—. Quién sabe. Yo sí me creo eso que dicen por ahí, ese asunto de la checa. Te matarán.
¿Para qué negarlo? ¡Todo lo que dijo me entró por un oído y me salió por el otro! Connie se había convertido en un borrachuzo insoportable que no existía más allá de su taberna. A veces echaba a todos a patadas porque quería estar solo, porque «sois unos hijos de puta, sois problemas andantes», y eso hizo conmigo. No quiero saber nada, repitió, ¡ni se te ocurra hablar de mi establecimiento con Bott! Es más, ¡no volváis nunca! Me fui entre risas. Eso, eso, vete, me chillaba desde la puerta, ¡vete y ándate con ojo, sargento!
Eran días de agitación. De huelga. En las pancartas había una cifra: 888. Ya se habrán percatado de cómo era yo entonces, algo duro de mollera, y quizá lo soy aún, pero entonces —créanme— lo era mucho más. Por fortuna, siempre he sido preguntón. Armin me lo aclaró: ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas de recreo. Algunos países ya lo hacen, decía Armin, y es lo más justo, lo que tiene que ser. ¡Joder, cómo temblaban los tipejos de la patronal! Había un nombre: Smith, Erwin Smith. Los volvía locos. Acérrimo sindicalista y uno de los fundadores del Partido Comunista Erdiano. Esta huelga era cosa suya y a saber cómo acababa. Los milicos tenían trabajo que hacer con los obreros crispados. Seguro que ya habían preparado las porras.
Un andoba como yo no pintaba nada en aquel asunto. Después de todo, no sabía qué demonios era trabajar, pero pronto lo sabría, ¡y de qué manera! El caso es que braceé entre la multitud y conseguí salir del bulevar. Los gritos llegaban hasta la comisaría. No, no eran gritos, eran cánticos: «Hijo del pueblo, te oprimen cadenas y esa injusticia no puede seguir; si tu existencia es un mundo de penas, antes que esclavo prefiere morir». Marco estaba en la cafetería de enfrente. Me esperaba con inquietud. Venga, hombre, le dije, ¡que en peores garitas has hecho guardia! Agachó la mirada. No tiene nada que ver con la huelga, contestó. Es un asunto personal. Un asunto personal… Me pareció que estaba a punto de llorar y es verdaderamente triste ver a un tipo así llorar, un veterano de guerra, un niño-hombre que había jugado a los pistoleros demasiado tiempo. Toqué su hombro y me miró abatido. Haz de tripas corazón, le dije, porque esa es la única manera de seguir adelante, soldado. ¿Qué otra cosa nos queda?
Recuerdo que entramos a la comisaría por atrás. Era un edificio bastante viejo. Acogía los archivos municipales antes de que los imbéciles con chaquetas entorchadas se paseasen por sus pasillos. A Marco, pese a ser el último mono, le habían dado un despacho junto a los lavabos en la segunda planta. Bajamos al sótano: no había luz, sino candeleros pendiendo de las paredes. Mi amigo sacó un mechero para encender los que estaban apagados. Casi todas las celdas estaban vacías. ¿Cómo era posible? Los han liberado para la huelga, dijo Marco, para que provoquen destrozos y se pueda culpar a los obreros. No dije nada. Lo seguí hasta el calabozo de Kemper.
—Tiene visita —dijo Marco.
El contrabandista rebuznó desde el camastro. Tenía pinta de no haber visto la luz en mucho tiempo. Enseguida se acercó a los barrotes y pude verlo mejor. Un sujeto delgaducho, de cara larga y gesto flácido, entre el abatimiento y el hastío. Iba lleno de tatuajes, desde la papada hasta las muñecas.
—No te conozco —me dijo; alargó una mano e intentó quitarme el cigarro—. Solo una caladita, eh. Solo una caladita y nos conoceremos.
—Señor Boltz —terció Marco.
—No, no, déjale. No se le niega nunca un cigarrito a un hombre. Toma. Te lo enciendo. Así, da una buena calada. —Miré a mi amigo—. ¿Y el cómplice?
—El cómplice —repitió Marco. Entonces supe que me ocultaba algo.
—Eh, polizonte, más vale que Carly esté bien —Kemper parecía dispuesto a comerse los barrotes—. Hicimos un trato.
—Señor Boltz, la señorita Stratmann se encuentra en perfecto estado de salud. Un coche ha venido a buscarla esta mañana.
¿Había dicho Stratmann? ¡Uno de esos apellidos que imponen! Elliot Stratmann era el naviero más importante de este país. Su compañía se asociaba inmediatamente a las colonias: Elliot se había llenado los bolsillos llevando y trayendo mercancías de todo tipo. Me sentí con el agua hasta el cuello, sumergido en el acuario de los peces gordos. ¿Qué pintaba Stratmann en todo este asunto?
—Ella es inocente —dijo Boltz—. ¿Y tú qué quieres? ¿Has venido a traerme tabaco y te vas?
—Quiero hablar del cura.
—Pues yo no. ¡Ya lo he dicho todo! Al menos, todo lo que estos canallas uniformados quieren oír. Sí, sí, ¡yo maté al dichoso pastor! Lo apaleé con una vara y le arranqué las uñas de cuajo, sí. ¿Era así, Marco? Sí, yo lo maté, pero dejad a Carly en paz.
—Señor Boltz…
—Wayne —interrumpí—. Sé que no le mataste.
—¿De veras? Pues estos inútiles opinan distinto. ¡Ya ves tú! Si el cura era mi socio, mi amigo. Quieren empapelarme por algo que no he hecho. ¡Sí, hombre, sí! ¡No pongas esa cara, amigo Bott!
—Usted confesó todo a los agentes Sanes y Tarkowski.
—Sí, lo sé muy bien. Vaya si lo sé…
—¿Nick y tú erais amigos? —pregunté.
—Llámalo como quieras. Ese hombre me daba paz. Me entendía. ¡Qué importa ya! Oye, gracias por el tabaco, pero no voy a hablar más. Todo está hecho. A mí me da igual pudrirme en la cárcel, pero Carly es sagrada.
—¿Sabes quién fue, Wayne?
—Fui yo y eso es todo lo que necesitas saber. ¡Y ahora largaos!
Marco me apremió para que nos fuéramos. Los calabozos se llenarían pronto. Lo seguí enfadado, pero no me dirigió la palabra hasta que echó el pestillo de su despacho. La sangre me hervía. Es un tipo bastante hostil, dijo Marco, y apenas se puede hablar con él. Enseguida lo abordé con mil preguntas. Carly Stratmann es su novia, contestó. La hija de Elliot, nada menos. Aquel asunto no dejaba de sorprenderme. Resulta que a Carly la habían acusado de complicidad en el crimen, pero la colaboración de Boltz y los hilos del abnegado padre habían logrado sacarla del entuerto. Así que la hija de un millonario y el delincuente de su novio habían torturado y asesinado a un hombrecillo de Dios…
—Las cosas que se hacen por amor. —Marco soltó una risita nerviosa.
—No me hables a mí de locuras por amor. Es evidente que…
—Da igual, Eren. ¿Qué es evidente? Adelante, dímelo. Es el mundo en el que vivimos. Sé que hay algo extraño. Sé… Sé que él no mató al pastor —susurró—. Claro que lo sé, pero ¿qué podemos hacer? Este asunto es…
—La justicia acaba donde empieza tu pellejo, ¿verdad? Muy bien, Marco. Lo entiendo, pero yo no seré cómplice de este crimen. Lávate las manos, que yo las meteré en el estanque, y me da igual que esté lleno de pirañas.
—Si Djel Sanes y Ralph Tarkowski están involucrados en un asunto, es mejor apartarse. —Un escalofrío lo hizo levantarse y, como si sus palabras pudieran escaparse por la ventana y el viento fuera un chivato, la cerró y echó las cortinas. Le temblaba el mentón y sentí que se echaría a llorar en cualquier momento. Sus ojos se humedecieron. Había algo que le impedía recuperar la compostura una vez la perdía. A él, a un tipo que había visto los horrores del gas—. Búscame en casa. Tienes que irte, Eren. Ya hablaremos de todo esto, pero no digas nada más, por favor. No hables de esto con nadie. No nombres a nadie. Te veré luego. Sal con discreción y, si te preguntan, di que has venido a poner una denuncia.
Olía a mierda en todos los sentidos: el caso y los lavabos. Oímos el sonido de la cisterna. Me encendí un cigarro y me fui. Era inquietante, ¡vaya si lo era!
De camino a casa, me detuve en el edificio de la Compañía Reeves en la plaza de San Andrés. Había un tumulto rodeándolo. Querían echar la puerta abajo. Pedían a gritos la cabeza de Edward Reeves. Me preocupé: Armin trabajaba ahí y le tendrían bastantes ganas. Contratar o despedir a un hombre equivalía a condenarlo a muerte o a perdonarle la vida. Un empleado se asomó por la ventana e intentó calmar a los irritados señores de la multitud que debatían sobre qué hacer con el patrón una vez lo tuviesen amordazado.
—El señor Reeves no está aquí —decía—. Si tienen algún problema con él, vayan a buscarlo a su casa. Así podrán hablar con su seguridad personal. Les ruego que se marchen antes de que suceda una desgracia. La policía llegará pronto. No conviertan su lucha en un acto delictivo.
Fui caminando hacia la casa de Armin en las afueras. Habría tomado un tranvía, pero estaban detenidos por la huelga. ¡Mi pobre Armin! Vivía en un piso junto a su abuelo, un cantero sordo, y allí estaría si era listo, y desde luego que lo era. Lo lincharían si osaba asomar la cabecita rubia por la compañía. Me abrió la puerta, me metió al vestíbulo de un tirón y echó el candado. Estaba histérico. Por supuesto que lo habían prevenido y hasta le habían recomendado que saliese de la ciudad, pero se negaba a irse. Qué he hecho yo, decía, ¡qué he hecho!
—Trato de no perjudicar a nadie. —Hacía ademanes desmedidos y correteaba por toda la sala. Su abuelo, el viejo Abraham, señaló el sofá con el bastón y Armin se dejó caer inerte—. Está acabando conmigo. Todo se fue al traste con la guerra. El mundo. ¡Todo! Y ahora esto. Fabricamos las balas que mataron a los hombres y ahora yo los mato despidiéndoles o negándoles el trabajo.
Fui a su cuarto y tomé su caracola. Se la di: escuchar el mar le calmaba. Estuvo un rato así. Abraham sirvió tres chatos. El mar, decía Armin, allí es donde quiero estar, lejos de toda esta locura de los últimos tiempos.
—Los huelguistas quieren matar a tu jefe —comenté—. Quizá lo asedien en su casa. Estoy seguro de que el bueno de Dimo estará degustando un habano mientras su ejército personal fríe a tiros a medio barrio.
—Creo que no es un desalmado. Intentará hablar con ellos. Si no logra salirse con la suya… —Suspiró y cerró los ojos, no sé si por calma o por resignación. Me di cuenta de la mella del tiempo en Armin. ¿Dónde estaba el niñito rubio de brillantes ojos redondos que prefería leer antes que jugar a las peleas? Su ceño no se despejaba desde la guerra. Estaba crónicamente preocupado. Cada vez más flaco, apenas llenaba las camisas, y había renunciado a rasurarse la barba oscura que, de ser yo quien la llevase, calificaría de pordiosero. Pegó la oreja a la caracola—. Quién pudiera dejar ese estúpido trabajo e ir allí, al mar. Nada malo podría sucederme. Nadie podría culparme de nada.
—Maldita sea, Armin. Deja de lamentarte.
Me miró con rabia. Su puño apretado anunciaba un derechazo que no me dio porque es un tipo sensato.
—Tú no sabes nada. ¡Nada! Nunca has hecho nada provechoso. ¿Qué entiendes tú de este dolor? Solo fuiste un engranaje más en la máquina de matar. No has hecho otra cosa. No sabes lo que es trabajar. No sabes lo importante que es el trabajo para esos hombres. Dudo que hayas pensado en ello alguna vez. ¿En qué piensas desde que bajaste del avión? Parece que tu cabeza se quedó arriba, en las alturas. No ves más allá de tus narices. Solo existen los problemas que a ti te afectan. Cállate, Eren, cállate. Sé lo que soy para ti: un hombrecito blando y patético.
Me fui en silencio después del último buche de vino. Armin podía perder los estribos y decir cosas de las que luego se arrepentía. Así era desde la guerra. En fin, ¡qué carácter! Una vez llegamos a las manos y todo. Los derechazos duelen más cuando te los da un amigo. El pobre Armin… Todavía me pregunto cómo logró arreglárselas con lo que pasó después, cuando me sacaron de la circulación y el abuelo Arlet estiró la pata plácidamente en su siesta diaria. No adelantemos acontecimientos. Regresemos a la calle, a esa Shigansina de mi juventud que ya solo existe en las fotos, los libros y los recuerdos.
Volvía a ser un tipo sin rumbo y ya sabéis que los tipos sin rumbo toman decisiones estúpidas. Me acordé de la bufanda. No, no había dejado de pensar en ella: la sepultaba en otros asuntos. ¡Qué valor había tenido para plantarse ante mi madre y…! Me entró la risa tonta. Era siempre igual: pensaba en ella y daba igual todo. El hombrecito blando y patético era yo. Puede que aún lo sea, a pesar de todo lo que pasó.
Niccolò me lo había dicho. ¿Creíais que iba a cerrar la boca? Yo acudía al Shoshana de vez en cuando. Y Sasha, aunque reticente al principio, lo confirmó y le dedicó unas cuantas palabras a su marido, amante, novio o lo que demonios fuera ese remoriano deslenguado. No me sorprendió. Mikasa no valía para lo que Jean pretendía. Maldito cabrón, mascullaba en el camino hacia el cabaré. Maldito seas, Jean Kirstein, por lo afortunado que eres. Entré al Shoshana. La sala de espectáculos estaba cerrada por biombos. Había tres o cuatro habituales en el bar: Niccolò les había preparado una bebida de su patria. Estaban cabeceando. El remoriano me sirvió el mismo mejunje y a punto estuve de escupírselo en la cara. Rio escandalosamente.
—Aquí no sabéis beber. No, no. Todo el rato cerveza y vinito erdiano. Questa è una vera bevanda, ragazzi.
Traté de escuchar lo que sucedía al otro lado de los biombos. Me era realmente complicado con los borrachos vociferando. Oía risas. Risas finas de mujeres. Niccolò me puso una jarra de cerveza delante. La rechacé. Llevaba todo el día bebiendo y ya no quería beber más. Quería escuchar las risas. Me embriagaban. Ella no quería verme y no estaba de broma. Agucé el oído y no sé cuándo me puse en pie, cuándo caminé hacia los biombos, cuándo los aparté. Era ella:
—He besado tu boca, Jokanaan. He besado tu boca; había en tus labios un sabor amargo… ¿Sería sabor a sangre? No. Acaso supiese a amor… Dicen que el amor tiene un sabor amargo, pero ¿qué más da? ¿Qué más da? He besado tu boca, Jokanaan. He besado tu boca.
Tardó unos instantes en advertir mi presencia indiscreta. Niccolò trató de sacarme, pero no me movía. Mis pies estaban atornillados al suelo. Recuerdo sus brazos desnudos, sus manos alzando esa cabeza falsa, la de Jokanaan. Si su marido la hubiese visto así, a un tirante del desnudo, habría tenido la desfachatez de no disfrutarlo. Gustoso habría cambiado yo mi cabeza de serrín por la del profeta. Niccolò empezó a retorcerme las muñecas porque estaba molestando a las donas o como coño se diga en su idioma. Espera, dijo ella. Espera. Llévalo a mi camerino. Me senté en el tocador y ahí estuve un buen rato, toqueteando los pintalabios y los polvos. Me sentía tan feliz de que estuviese actuando que nada importaba ya.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Cerró la puerta con llave y arrojó la cabeza al pequeño diván junto a la ventana—. Fui bastante clara con tu madre.
—Eres una cobarde, pero estás tan… tan… —La miré como solía hacerlo cuando estábamos a solas y su cara se encendió por el disgusto y algo más. Me acerqué y le quité la diadema dorada—. ¿Quién se supone que eres?
—Salomé.
—¿Y ese pobre desgraciado?
—Jokanaan. Juan el Bautista.
—¿Por qué le has cortado la cabeza?
—Yo no se la he cortado. Lo he ordenado. Salomé es caprichosa. Tienes que irte.
Hay muchas formas de pedirle a alguien que se largue, pero si me lo pedía a centímetros de la boca…
—Tienes que irte —repitió—. No quiero volver a verte.
—Ajá.
—Eren…
—¿Qué?
—¿Por qué lo haces todo tan difícil?
Acarició mi rostro. Podría haberme matado ahí mismo. Era un hombre indefenso y al borde del llanto. No quería volver a verme. Le había llevado la bufanda a mi madre. Si os soy sincero, creo que la barbilla me temblaba y las lágrimas estaban reventando en mis ojos como bombas en las trincheras. Mikasa podía destruirme. Apretó los labios y se apartó. Vio el corazón carmín dibujado en el espejo y entonces dijo:
—Al final nos matarán, como a Jokanaan y Salomé.
