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¡Sois geniales! Feliz año :)
Los hijos del basilisco
Capítulo II
La guerra lo había cambiado todo.
Tras la batalla de Hogwarts, llegaron las reconstrucciones, los juicios y las reparaciones.
Y cuando toda la marea de cambios, novedades y declaraciones bajó, la arena del mundo mágico era nueva y muy diferente a la anterior.
Los Malfoy no prestaron mucha atención a todo lo que estaba sucediendo.
Ejemplares del El Profeta se apilaban en la salita de té, donde podían leerse las últimas novedades.
"Kingsley Shackelbolt, nuevo Ministro de Magia".
"Mortífagos fugados encontrados en Lituania".
"El colegio Hogwarts de Magia y Hechicería finaliza sus reparaciones y reabre sus puertas".
Draco y su madre habían pasado unos meses completamente solos en Malfoy Manor, exceptuando a los elfos del servicio doméstico.
Mientras esperaban su juicio, su padre había sido temporalmente devuelto a Azkaban.
Durante ese tiempo apenas abandonaron la mansión y no recibieron ninguna lechuza, a excepción de una notificación del Ministerio de Magia que les compelía a no abandonar el país bajo ninguna circunstancia. Aunque el curso comenzó de nuevo y Draco no había llegado a examinarse de sus EXTASIS, nunca regresó a Hogwarts.
Era como si el mundo mágico se hubiese olvidado de ellos, o peor, como si aguardarse, en una tensa calma, para hacer acto de presencia y castigarlos cuando menos se lo esperaran.
Cuando finalmente se celebró el juicio a los Malfoy, donde se les juzgó a los tres (a Draco y a su padre en calidad de mortífagos, a su madre como colaboradora del régimen de Voldemort), habían pasado ocho meses desde el fin de la guerra. Era la primera vez que veían a su padre desde entonces y Draco sintió un peso sordo en el pecho al comprobar lo desmejorado que se encontraba.
Su cara, cenicienta y ojerosa, parcialmente cubierta por una barba rala y descuidada, se convulsionaba de vez en cuando con gestos nerviosos e inconscientes. Tenía el pelo grasiento y llevaba una túnica limpia pero arrugada. Draco experimentó un intenso sentimiento de rabia porque no le hubieran permitido arreglarse para presentarse ante los miembros del tribunal y los numerosos curiosos que habían asistido al juicio. La prensa también estaba allí, realizando una fotografía tras otra, como pájaros carroñeros, buscando el ángulo o la toma que pudiese darles la imagen más patética o dramática del espectáculo.
Porque en eso se habían convertido los juicios a los colaboradores de Voldemort: en un espectáculo donde la sociedad mágica humillaba y purgaba a sus marginados, llamándolo justicia.
El proceso se prolongó a lo largo de varias sesiones. En las primeras se juzgaron todos los actos de Lucius Malfoy al servicio de Voldemort desde su regreso. Luego se trató la "cesión" de Malfoy Manor como sede principal y morada del Señor Oscuro.
Aunque sus padres dijeron la verdad -que Voldemort nunca les preguntó, que no tuvieron otra opción, que fueron tratados como elfos domésticos en su propia casa mientras él estuvo allí -a nadie le importó. Preferían su versión de los hechos, en la que habían sido orgullosos y voluntarios anfitriones.
La siguiente sesión se la dedicaron a Draco, al que interrogaron y cuestionaron, intentando hacerle encajar en el papel de un joven psicópata que había llegado a ocupar un puesto importante en las filas de Voldemort. Aunque por momentos hubiese preferido que eso fuera cierto porque al menos le hubiese permitido guardar cierta dignidad, Draco contó todo lo que había pasado en realidad.
Cómo Voldemort lo utilizaba para castigar a sus padres, cómo le encargó la misión de asesinar a Dumbledore bajo la amenaza de matar a su familia si no lo hacía, cómo le obligó a torturar a mortífagos como forma de mortificarlo. Desnudó todas sus miserias en la oscura sala de piedra, ante los rostros y los ojos fríos de un montón de desconocidos, y a cambio solo recibió miradas secas y desprecio.
Cuando Draco ya se veía en Azkaban junto a sus padres, el proceso dio un giro ante la llegada de testigos de la defensa. El famoso y heroico Potter se había dejado caer por allí para mostrar su nobleza y generosidad testificando a favor de los Malfoy.
Aunque el interrogatorio que le realizaron fue breve y el Niño que Vivió no dijo demasiado, sus palabras bastaron para que la mayoría de la gente cambiase su concepción acerca de Draco y su familia. Después de que contara cómo Narcissa le había declarado muerto, haciendo que Voldemort bajase la guardia, la prensa se llenó de lacrimógenas crónicas que relataban su coraje y su deseo de proteger a su hijo.
Parecía que las tornas comenzaban a cambiar. En la siguiente sesión, Hermione Granger y Neville Longbottom se prestaron a declarar. A Draco les sorprendió más si cabe su aparición que la de Potter porque lo último que había oído de ambos era que habían decidido regresar a Hogwarts. Por lo visto habían pedido un permiso especial para abandonar el colegio, aunque lo más probable era que ni siquiera lo hubiesen necesitado. Nadie iba a negarles nada a los héroes del mundo mágico.
Sorprendentemente, los dos dieron un testimonio favorable de Draco. Granger habló de su papel en la batalla final, cuando intentó evitar que Crabbe les lanzara maldiciones mortales a ella, Potter y Weasley. Longbottom, por su parte, contó cómo Draco había obedecido a los Carrow a regañadientes, cómo había tratado de mantenerse al margen de los castigos y torturas a sus compañeros y cómo, en una ocasión en que lo había encontrado haciendo pintadas contra los mortífagos, no le había delatado.
Después de bajar del estrado, los dos le dedicaron una mirada que Draco solo pudo interpretar como compasiva, y que hizo que se sintiera al mismo tiempo agradecido y dolido en su orgullo.
Como quiera que fuera, tras unos días para deliberar, el jurado emitió su veredicto. Indultaba a Lucius Malfoy por los crímenes cometidos al servicio del Señor Tenebroso, exoneraba a Narcissa Malfoy por su colaboración forzosa durante la guerra y declaraba a Draco inocente de todos los cargos.
Nunca habían sido muy afectuosos, por eso Draco jamás olvidaría el abrazo en el que se fundieron los tres antes incluso de que a su padre le hubiesen retirado las esposas mágicas. Siempre recordarían como les temblaban las manos a todos y el brillo de las lágrimas en los ojos de su madre antes de que los cerrara, murmurando para sí algo que Draco no pudo entender.
Y así, nueve meses después de la batalla de Hogwarts, eran libres.
Libres, pero marcados.
Quizás la justicia les hubiese perdonado, pero la sociedad mágica nunca lo haría. A Draco le quedó muy claro que se habían convertido en una especie de apestados, de desterrados sin serlo. Nadie le escribió. Ni Gregory, ni Pansy, y tampoco lo hizo Blaise. Nadie fue a visitarles a Malfoy Manor.
Las invitaciones a eventos sociales que antes habían inundado el recibidor desaparecieron. Su padre ya no recibía cartas de personalidades importantes. Apenas salían de la mansión.
Su madre sugirió que se alejaran de Inglaterra por un tiempo, así que se marcharon a Francia durante una temporada, intentando dejar atrás todos los malos recuerdos, todos los silencios, todas las memorias malditas de la mansión familiar.
Regresaron casi un año después, aunque si de Draco hubiese dependido no lo hubieran hecho nunca. Pero Narcissa estaba decidida a recuperar al menos una pequeña parcela de su antigua posición y Draco estaba seguro de que su empeño en tal propósito se debía a él. Habían -había - tenido grandes sueños de futuro.
Siempre pensó que estaba destinado a algo grande. Le prometieron, le aseguraron, que tendría influencia y poder, que sería una de las personas más importantes del mundo mágico. Que todas las brujas de buena familia querrían casarse con él y que todos los magos de renombre pelearían por estrecharle la mano.
Pero nada más lejos de su realidad. La verdad era que ningún mago o bruja que se preciara quería relacionarse con él, que los Malfoy ya no tenían ninguna influencia, que había pasado de ser un joven prometedor a un activo tóxico al que nadie quería acercarse.
A veces experimentaba un fuerte sentimiento de injusticia y sentía rabia. Contra el mundo mágico por rechazarle, contra Voldemort y los mortífagos por haberle arruinado la vida… En ocasiones contra sus padres, por haberle mentido, por haberle hecho pagar sus errores a un precio demasiado caro. Incluso contra sí mismo, por todo lo que había hecho… y lo que no había hecho.
A pesar de ello, sabía que debía sentirse agradecido. Después de todo, su familia había sobrevivido a la guerra y evitado la cárcel. Al contrario que los padres de Pansy, Gregory y Theodore. Quizás estuviesen resentidos con él por eso, quizás esa era la razón de que no hubiesen contestado a sus cartas.
Tal vez era un precio a pagar por sus pecados y Draco tendría que aprender a vivir con él. Con la desesperanza, las miradas por encima del hombro cada vez que alguien le reconocía en el Callejón Diagon, el desprecio velado con el que le atendían en varias tiendas.
Tampoco sentía Malfoy Manor como un lugar seguro. Seguía siendo su hogar pero estaba lleno de malos recuerdos y, en ocasiones, cuando escuchaba a sus padres hablar en la salita de té en susurros, elucubrando y reflexionando obsesivamente sobre qué podían hacer para recuperar su lugar, a Draco lo asaltaba un sentimiento de soledad tan profundo que sentía ganas de huir.
Le daba la impresión de que sus padres estaban lejos de él, en otro mundo. Se habían quedado atrapados en la vida anterior a la guerra y no entendían que todo había cambiado. Creían que podían volver a tejer una red de influencias, establecer alianzas y utilizar su dinero para escalar a lo más alto de la pirámide mágica de nuevo, pero Draco sabía que no funcionaría.
Él, al contrario que sus padres, leía los periódicos a diario. Veía todos los decretos establecidos por Voldemort abolidos, las enmiendas a leyes y costumbres incluso anteriores a ellos, los nuevos nombramientos y departamentos surgidos en el Ministerio de Magia. Los tiempos habían cambiado y ser un mago sangre pura, pertenecer a los sagrados veintiocho, ya no significaba nada.
El nombre de Granger aparecía en la prensa casi tanto como el de Potter. Mientras este hacía carrera en la Oficina de Aurores, ella había comenzado en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas mágicas, mejorando las condiciones de vida de los elfos domésticos. Weasley, por su parte, debía haber elegido una opción más discreta pues Draco no encontró su nombre en ninguna sección de El Profeta.
En cualquier caso, era seguro decir que el Ministerio se había convertido en terreno de hijos de muggles, mestizos y simpatizantes de los muggles. A fin de cuentas, ellos habían ganado la guerra.
No fueron pocas las familias de rancio abolengo mágico, como los Greengrass o los Zabini, que se apresuraron a declarar su apoyo a las nuevas medidas. Todas aquellas que no se habían visto demasiado comprometidas debido a su simpatía a Voldemort se mostraban ahora fervientes defensoras de los muggles. Seguían la dirección del viento y, en lo más profundo de sí mismo, Draco no podía culparles. Trataban de caer de pie y, en cierto modo, sentía que eso no difería de lo que su familia y él estaban haciendo.
Pasó un año sin apenas novedades. Sus padres habían comenzado a instruirle en el manejo de los negocios e inversiones familiares. De vez en cuando eran invitados a veladas en casa de algunas familias sangre pura, pero Draco siempre se sentía fuera de lugar. Desconocía cómo habían conseguido que los admitieran allí pero eso no significaba que los aceptaran.
Fue en una de esas ocasiones cuando se encontró con Pansy. Como ella no se acercó a saludarle, Draco decidió dar el primer paso.
—Pansy.
Ella, que estaba removiendo con aburrimiento una guinda que flotaba en su copa de vino de Ogden, se giró hacia él. Draco se dio cuenta de que no lo había reconocido por la voz y de que no esperaba verlo allí. Abrió mucho los ojos y sus labios temblaron por un instante, antes de adoptar una expresión de frialdad que nunca le había dirigido a él.
—Draco —respondió. Su voz sonaba seca y hostil.
Pansy siempre le había adorado. Aunque Draco la encontraba irritante y boba por momentos, siempre había dado sus atenciones por sentado. Había crecido con ella revoloteando a su alrededor y considerándolo algo así como una estrella. Había sido su primer beso y lo más parecido que había tenido a una novia —aunque él nunca había considerado lo suyo con Pansy nada serio-. Ni siquiera estaba seguro de que le hubiese gustado alguna vez, simplemente estaba ahí. Era fácil y algo que todos esperaban que sucediera dado que los dos eran de buena familia.
Pero ahora no había rastro de la Pansy que siempre intentaba llamar su atención y que lo miraba como si fuese la persona más importante del universo.
—¿Cómo estás? —se obligó a preguntar él.
—He estado mejor. Ya veo que tú estás bien, y tus padres también —replicó ella, lanzando una mirada rencorosa a Lucius y Narcissa, que charlaban con el matrimonio Greengrass —Yo he venido con mi madre. Mi padre, como ya sabrás, está en Azkaban. No todos han tenido tanta suerte como los Malfoy, supongo.
Draco cambió el peso de un pie a otro, incómodo. El comentario de su antigua amiga no podía ser más venenoso pero suponía que era comprensible que estuviera molesta, así que contuvo la ácida réplica que le llegó a la boca.
—Sí, lo he oído —murmuró en su lugar. Más por llenar el silencio incómodo que por un sentimiento real, añadió —Lo lamento.
Sus palabras solo lograron envarar más a la joven, que posó de malas maneras su copa sobre una mesa cercana, salpicando la superficie de vino.
—Guárdate tu falsa cortesía, Draco, no te pega en absoluto —le escupió y se giró, dispuesta a finalizar su breve conversación. Pero Draco aún tenía algo que preguntarle.
—¿Sabes algo de Gregory?
Pansy le miró por encima del hombro, con el cuerpo rígido, antes de responder:
—Sé que su padre también está en la cárcel. ¿Te sorprende que no quiera oír nada de ti?
Siempre había sido superficial y frívola pero, en realidad, Pansy nunca había tenido un pelo de tonta. Sabía perfectamente qué teclas tocar para hacer el máximo daño posible. Era una cualidad que Draco había apreciado en el pasado, cuando no era el blanco de su afilada lengua. Sin duda, ahora encontraba ese rasgo de su carácter mucho menos estimulante.
—Intenté salvarle… le salvé —barbotó él. Quizás Pansy no tuviese ni idea de qué estaba hablando, pero era algo a lo que Draco no había dejado de darle vueltas desde que comprendió que Gregory no iba a responder a sus cartas —Aquel día, en la sala de los Menesteres, cuando Vincent desató el fuego mágico… Gregory estaba inconsciente y yo lo puse a salvo.
—¿Y qué quieres, una medalla? Eso no cambia que tú y tu familia os habéis librado de Azkaban mientras los padres del resto pagan.
Draco podía tolerar cierta cantidad de resentimiento, pero no pensaba permitir que tratase de hacerle sentir culpable porque sus padres habían tenido la suerte de librarse de prisión. Ya estaba harto de poner la otra mejilla; nunca había sido su estilo.
—Supongo que tu padre no hubiese hecho lo mismo de verse en esa situación, ¿verdad? Seguramente si lo hubiesen indultado, él se hubiera negado e hubiese ido a la cárcel por solidaridad con el resto —contestó, supurando sarcasmo.
Pansy apretó los puños, posiblemente lamentando haber dejado su copa porque así no tenía nada que tirarle encima.
—Qué rápido has olvidado cómo debería funcionar el mundo solo porque a ti y a tus padres os va bien. Por fortuna, los magos y brujas verdaderamente puros no lo han hecho, y no van a dejar que esto quede así.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Oh, espera y verás, Draco. Pronto tendrás noticias —Pansy le sonrió con maldad antes de alejarse.
Draco no sabía qué pensar. ¿Había sido aquello una amenaza? ¿Pero a qué y quienes se podía estar refiriendo? ¿Magos y brujas verdaderamente puros? ¿De qué estaba hablando?
Sonaba como algo que Voldemort podría haber dicho pero Draco sabía bien que estaba muerto. Su tatuaje de la Marca Tenebrosa estaba cada día más borroso y desdibujado; era solo un trozo de piel cubierto de tinta. Ya no era un lazo que lo ataba a su señor.
Algunas noches soñaba que lo sentía arder, que Voldemort volvía a llamarlo… y se despertaba con la respiración entrecortada y el cuerpo envuelto en sudor frío. Pero eran solo pesadillas, viejos miedos que posiblemente nunca le abandonarían. Sin embargo, sabía que el Señor Tenebroso ya solo existía en sus recuerdos.
Entonces… ¿podría referirse a unos mortífagos? Improbable: los que no habían muerto en la batalla de Hogwarts se pudrían en Azkaban. Un puñado había logrado fugarse pero habían dado con prácticamente todos, según había oído Draco. ¿Algún otro tipo de sirviente? A veces, Voldemort utilizaba a semihumanos o criaturas inferiores porque resultaban útiles para ciertos trabajos, sin reconocerles el estatus de mortífagos, pero a Draco le resultaba difícil creer que pudieran suponer una amenaza seria.
¿Estaría Pansy marcándose un farol solo para quedar por encima en su discusión? ¿Era todo una mentira para inquietarle? Aunque sin duda la consideraba capaz de hacer algo así, había algo demasiado sincero en su sonrisa taimada… como si supiera algo que el mundo desconocía.
Draco pasó el resto de la velada distraído, dándole vueltas a las palabras de Pansy, hasta que volvió a encontrarla un rato después, entre un grupo de gente. Había una mujer de unos cuarenta años a su lado, diciéndole algo al oído. Era alta y corpulenta, con el pelo de un rojo desvaído recogido en un moño. Cuando acabó de hablar giró el rostro y, casi como si supiera que había estado observándola, sus ojos se dirigieron automáticamente a Draco.
Por un segundo le dio la impresión de ver desprecio y repugnancia en su expresión, pero pronto su rostro quedó completamente neutro. Había algo regio en su porte que a Draco le recordó de manera vaga a su padre, o al menos a cómo había sido antes. Antes de Azkaban y del regreso de Voldemort.
Después la mujer apartó la vista y regresó a su conversación con Pansy. Aunque el cruce de miradas duró solo unos instantes, Draco se sintió incómodo el resto de la noche.
Poco después buscó a sus padres y les convenció de que regresaran a Malfoy Manor con el pretexto de encontrarse mortalmente aburrido. No le costó demasiado; a Draco le dio la impresión de que en el fondo también ellos se sentían aliviados por dejar ese lugar. Cada vez veía más claro que consideraban la asistencia a esos eventos una penitencia necesaria para su retorno a la notoriedad.
Desde ese día, Draco no fue capaz de librarse de la intranquilidad que el comentario de Pansy y la mirada de esa mujer habían despertado en él. Su instinto le decía que algo estaba sucediendo y fuese lo que fuese… no era bueno.
Así que llevado por su aciago presagio, empezó a revisar cada periódico obsesivamente e incluso llegó a suscribirse a El Quisquilloso -algo que negaría el resto de su vida-. Aunque ese panfleto era un atajo de supercherías y fantasías desquiciadas, hasta un reloj roto daba bien la hora dos veces al día, así que empezó a acumular los recortes de prensa que en apariencia no significaban nada pero que de algún modo le daban mala espina.
Una anciana bruja natural de Snowdonia, Gales, se quejaba de que el fantasma de un antepasado se había mudado a su casa sin pedir permiso, alegando que unos vampiros lo habían echado de su castillo en ruinas.
Un alto cargo del Departamento de Seguridad Mágica había dimitido según El Profeta, pero había sido atacado y secuestrado por una banshee y un hombrelobo de acuerdo con Xenophilius Lovegood.
El Ministerio había tenido que desmemorizar a un grupo de senderistas muggles que afirmaban haber visto "un grupo de personas volando a lomos de escobas lanzando rayos de luces de colores" en el suroeste del país.
Otro trabajador del Ministerio, no se especificaba a qué se había dedicado, había sido hallado muerto en su casa a la temprana edad de treinta y nueve años. Según parecía, había muerto a causa de un infarto lo que explicaba que su rostro estuviese desencajado.
Y así, pronto se encontró con más de una docena de recortes que no estaba seguro de cómo conectar. Tampoco sabía qué hacer con la información que creía tener. Solo eran noticias, en su mayoría inocuas, pero que juntas formaban un patrón que todavía no entendía.
Pensó en comentárselo a sus padres, pero estaba seguro de que desecharían su corazonada. Y la realidad era que, al margen de su familia, no le quedaba nadie a quién acudir.
Presentarse en el ministerio con una vaga teoría y unos cuantos recortes de El Quisquilloso no ayudaría precisamente a limpiar la imagen de los Malfoy, así que decidió llevar su investigación un poco más lejos.
Si algo oscuro estaba tramándose, había un lugar donde sin duda podría encontrar información al respecto: el callejón Knockturn.
Draco sintió un escalofrío recorriéndole la espalda cuando franqueó la entrada del mismo. Era una calle estrecha y ominosa, con edificios altos, apretados y ennegrecidos a ambos lados. La atmósfera que se respiraba en el lugar estaba cargada y un aroma desagradable flotaba en el aire, como a polvo y humedad. Draco había estado allí en varias ocasiones cuando era un crío, pero aunque lo había encontrado espeluznante, entonces iba con su padre. La seguridad de saber que no le pasaría nada mientras estuviera con él le había permitido entregarse a su curiosidad infantil por aquel extraño lugar lleno de cosas terribles e inimaginables. Había regresado en su sexto año en Hogwarts, solo, pero con la marca tenebrosa en el brazo garantizándole que nadie querría buscar problemas con él.
Ahora se sentía más fuera de lugar que nunca y notaba la piel de la nuca erizada y fría. Procurando no establecer contacto visual con nadie (todo tipo de personajes indeseables vagaban por el lugar), Draco avanzó con paso firme y una mano en el bolsillo, agarrando con fuerza su varita.
Pasó por delante de Borgin&Burke y echó un vistazo al escaparate. Seguía teniendo la colección de artículos habitual. Se sintió tentado de entrar y hablar con el dueño pero a través del cristal sucio de la puerta vio que estaba atendiendo a una clienta así que optó por regresar más tarde.
Continuó su camino, dejando atrás todo tipos de tiendas y locales, a cada cual más espantoso y siniestro que el anterior, hasta llegar a su destino. Cuando estaba en segundo o tercer curso, Draco había oído a Marcus Flint hablar de ese lugar. Era un pub llamado "El guiverno blanco" que hacía parecer a Cabeza de Puerco un establecimiento respetable. De acuerdo con él, era frecuentado por vampiros, licántropos e incluso alguna que otra veela, además de todo tipo de maleantes y magos oscuros. En él se vendían polvos de Billywig y diversas sustancias psicotrópicas y se servía una amplia variedad de licores prohibidos. El Slytherin había alardeado de entrar ahí una vez y haberse bebido una jarra de whisky de fuego sin que el camarero le preguntase su edad.
Draco no sabía si esa parte de su relato había sido cierta pero, por lo demás, la descripción que había hecho de El guiverno blanco estaba resultando ser bastante fiel.
Había seres mágicos de todo tipo, incluso un enorme trol que apostado en una mesa en un rincón del pub bebía cerveza de una jarra tan grande como la jaula de una lechuza. Un grupo de brujas con sombreros y velos cubriéndoles el rostro al completo cuchicheaban en otra mesa. Un vampiro sorbía a través de una pajita un cóctel de sangre y pimienta. Y una señora, apoyada en la barra, emitía un fuerte olor a perro mojado que hizo que Draco sospechara que era una mujer lobo.
La estancia estaba inundada de un humo aromático que hacía poco por tapar otros efluvios mucho más desagradables. Draco carraspeó para librarse del repentino picor en su garganta y se acercó a la barra. Se detuvo un segundo antes de apoyar el codo sobre ella, al darse cuenta de que estaba cubierta de mugre y de charcos de líquidos desconocidos. El camarero se acercó a él. Tenía un parche tapando el ojo izquierdo y la cara desfigurada por quemaduras. Cuando le habló para preguntarle qué quería, Draco se dio cuenta de que le faltaban la mayoría de los dientes.
Después de que le hubieran servido decidió sentarse en una mesa vacía que había cerca del grupo de brujas pues eran las únicas que conservaban entre ellas, en lugar de beber a solas. Pero entre los velos y lo apretadas que estaban, lo que llegaba a él era ininteligible.
Tras un rato de escucha, solo había logrado captar la palabra "herpa" porque la repitieron varias veces, pero no tenía ni idea de qué podía significar. Nunca la había oído antes.
Unos minutos más tarde, una de las brujas del grupo se levantó y se despidió del resto, argumentando que no quería hacer esperar a Herpa. Al menos, eso le dio la pista de que era el nombre de alguien.
Había muchas posibilidades de que todo aquello no tuviera nada que ver con su mal presentimiento pero, movido por un repentino impulso, Draco salió de El guiverno blanco detrás de la bruja velada. La vio desaparecer por un callejón al fondo a la derecha y se apresuró a seguirla.
Giró el recodo tras la bruja. Entonces... vislumbró un fogonazo de luz roja. Después, ya no vio nada más.
¡Buenas!
¿Qué os ha parecido? Sé que este capítulo no ha tenido interacción entre Draco y Hermione pero posiblemente sea el único. Antes de entrar en "faena" tengo que plantear un montón de cosas que se van desplegando poco a poco para formar la premisa de esta historia.
Primero, ¿qué fue de Draco tras la guerra? ¿Qué pasó con su familia y sus antiguos amigos? Aquí lo vemos. ¿De dónde salen Los Hijos del Basílisco? Eso lo veréis pronto.
Espero que os haya gustado, porque me pongo a hablar de la vida de Draco y no tengo fin jaja.
Por otro lado, sé que cada quien tiene su imagen mental de Draco pero para el aspecto físico del Draco de este fic me he inspirado en un modelo llamado David Balheim por si os apetece echarle un ojo (creedme, os apetece).
Por lo demás, un millón de gracias de nuevo por todos vuestros comentarios. He leído todos y cada uno y me han hecho muy feliz estas navidades tan raras y tristes. Espero que hayáis pasado unas fiestas agradables en la medida de lo posible y que estéis bien (y vuestras familias!). No tengo el tiempo vital para poder contestar cada review, aunque me encantaría, pero de verdad que me siento muy agradecida por todo vuestro apoyo y cariño. Cada nuevo comentario es más gasolina para ponerme a escribir más! (voy por el capítulo 7).
En cuanto a las actualizaciones, idealmente me gustaría subir dos capítulos al mes pero si me quedo estacanda en algún punto quizás sea un capítulo al mes. Pero eso como mínimo :) ¡Y por cierto! En mi corazón no he abanadonado para siempre Vermillion pero no puedo tener más frentes abiertos ahora. Mi intención cuando acabe Los hijos del basilisco es retomarlo.
Lo dicho, gracias por todo y ¡feliz año 2021! (como mínimo, que sea mejor que 2020 que tampoco es mucho pedir)
Con mucho cariño,
Dry
PD: Deja un review para amenizarle la velada a Draco ;)
