Los hijos del basilisco
Capítulo III
—¿...matarme?
La voz de Hermione sonó más aguda de lo normal, pero suponía que era lógico que se alterara después de que Draco Malfoy, al que no había visto en años, allanara su casa para decirle que querían matarla.
Él, por su parte, era una máscara de calma e indiferencia, y posiblemente Hermione hubiese pensado que todo aquello era solo una broma de mal gusto de no ser por su aspecto. Tenía el pelo más largo y desordenado de lo que jamás se lo había visto y sus pómulos resaltaban más que nunca. Sus ojeras delataban noches en vela y sus mejillas hundidas hablaban de privaciones o pérdida de apetito.
No parecía que estuviese pasando una buena temporada, así que lo más probable era que hablase en serio. Todo aquello la había pillado tan de sorpresa que por un largo minuto no fue capaz de articular nada más y cuando al fin habló, todas las preguntas que se apelotonaban en su interior salieron a la vez.
—¿Quién? ¿Por qué? ¿Cómo…?
—Te ha ido bien después de Hogwarts —contestó él, como si eso fuese suficiente respuesta.
—¿Qué tiene eso que ver con…?
—Mucho.
Para haberse presentado en su ático para advertirla, Malfoy no parecía tener muchas ganas de hablar. Miraba continuamente por la ventana o a la puerta de entrada que estaba detrás de Hermione, como si temiese que apareciera alguien más de un momento a otro.
—¿Te importaría explicarte? —insistió ella, impacientándose. No podía soltarle una bomba así y luego hacerse el misterioso.
Malfoy suspiró, como si ella fuese un irritante mosquito que se negaba a desaparecer y, sin pedir permiso, se dejó caer en su sofá. Crookshanks, que había estado enroscado en la pierna de Hermione, se subió de un salto al cojín que había al lado del mago y se acurrucó allí, como si estuviera vigilándolo. El gato siempre había tenido un sexto sentido para identificar las amenazas, así que suponía que el hecho de que le estuviese dando una oportunidad a Malfoy merecía que ella hiciese lo propio.
Se quitó el abrigo y lo colgó en un perchero junto con su bolso, antes de acercarse al visitante inesperado. No tenía más asientos que el sofá, así que decidió permanecer de pie, frente a él.
—No podías quedarte quieta, ¿verdad? El departamento de Regulación y Control de Criaturas mágicas no era suficiente para ti. Querías cambiarlo todo... Pues enhorabuena, lo estás logrando.
Se refería a su nuevo puesto en el Departamento de Seguridad Mágica. Ahora trabajaba con el ministro Shacklebolt modificando leyes discriminatorias. Hacía solo un par de semanas que habían sacado un nuevo borrador de ley para derogar el Decreto que regulaba el acceso al Wizengamot así como otros puestos de importancia en el Ministerio y que daba preferencia a los magos de sangre pura de al menos cuatro generaciones.
—Tu nueva ley ha dado mucho de qué hablar y no ha gustado a muchos.
—No es mi ley — le corrigió Hermione.
—No es eso lo que dicen todos los periódicos.
La prensa se había empeñado en llamarla "Ley Granger", lo que la disgustaba profundamente. Había trabajado en ese borrador con un equipo compuesto por no menos de doce personas pero ella era la más mediática de sus miembros así que suponía que por vender más le habían puesto ese sobrenombre al proyecto. Eso la incomodaba mucho, entre otras razones porque parecía que trataba de apropiarse de todo el mérito.
—El hecho es que ha llamado la atención sobre ti —continuó Malfoy —incluida la de cierta… organización.
Hermione supo enseguida de quiénes estaba hablando. En los últimos meses habían empezado a correr rumores sobre un grupo secreto de simpatizantes de Voldemort que no estaban dispuestos a admitir la derrota y se resistían a aceptar todos los cambios que habían seguido a la guerra. Sin embargo, habían hecho poco más que alguna pintada en los accesos al ministerio, así que no les había dado gran importancia.
Los periódicos los habían mencionado un par de veces, que supiera, pero Hermione estaba demasiado ocupada para dedicar su tiempo a leer la prensa. La única razón por la que sabía de su existencia era porque Harry le había comentado que la Oficina de Aurores estaba investigando el asunto.
—¿Te refieres a Los Hijos del Basilisco? —preguntó, escéptica. El mero nombre le parecía ridículo y extravagante, algo que solo un grupo adolescentes se pondría.
Su tono pareció molestar a Malfoy, porque se levantó del sofá como impulsado por un resorte.
—No son una panda de lunáticos inofensivos —aseguró —Son peligrosos. Ya han matado y volverán a hacerlo.
Por primera vez en mucho tiempo, Hermione sintió un escalofrío. Aunque su cerebro ya estaba racionalizando toda la información y encontrando argumentos lógicos con los que refutar todo lo que Malfoy había dicho, no podía negar que su rostro alterado y sus manos temblorosas se le habían metido bajo la piel.
Hablaba en serio.
—¿Recuerdas lo del autobús escolar en Bradford? ¿El incendio de la catedral de Norwich?
Hermione hizo memoria. Esos trágicos accidentes habían llenado los titulares de las noticias muggles durante las últimas semanas. El autobús se había salido de la carretera y había caído por un acantilado, sin dejar supervivientes. La hipótesis más probable era que el conductor se hubiera quedado dormido al volante.
En cuanto a la catedral de Norwich, los investigadores estaban perplejos ante la voracidad de las llamas que habían envuelto el edificio hasta dejarlo en ruinas. Aunque eso no encajaba con un incendio accidental, no habían sido capaces de encontrar la fuente ni ningún tipo de acelerante.
¿Cómo era posible que Malfoy conociese esos sucesos si habían pasado fuera del mundo mágico? La única explicación era que, efectivamente, los Hijos del Basilisco estuviesen detrás.
—Y lo de tu puesto en el Departamento de Seguridad Mágica… posiblemente hubieses acabado ahí tarde o temprano pero de pronto quedó una vacante muy oportuna, ¿verdad?
Era cierto. Swift, un anciano veterano en el departamento, había presentado su dimisión por carta de un día para otro. Aunque Hermione no conocía los detalles, la versión oficial era que se había mudado al extranjero para cuidar de una familiar enferma. Lo curioso era que, cuando Hermione entró a formar parte de Seguridad Mágica, escuchó una conversación entre varios de sus compañeros extrañándose por el asunto ya que ninguno de ellos, ni los más antiguos en el departamento, sabían que a Swift le quedaba familia viva.
—No ha sido la única baja sospechosa en el Ministerio pero eso ya lo sabes, ¿cierto?
Hermione le sostuvo la mirada a Malfoy, sintiéndose cada vez más tensa y preocupada. Todo lo que el antiguo Slytherin le estaba comentando era verdad. Un par de magos habían fallecido en los últimos meses, presuntamente debido a causas naturales. También se había dado más de una dimisión o de una petición de excedencia repentina. Por separado no llamaban mucho la atención pero ahora que Malfoy lo había señalado se daba cuenta de que había sido un número demasiado alto.
Si él estaba en lo cierto y los Hijos del Basilisco estaban tras eso, sin duda eran una organización criminal y debía ser tomada en cuenta. Empezando por ella, a la que supuestamente querían matar.
Entendía por qué era un objetivo: trabajaba en el Ministerio y además era en gran parte responsable de la eliminación de todos los viejos privilegios de los que los sangre limpia aún gozaban en el mundo mágico. Tenía sentido que fuesen a por ella.
Solo le quedaba una pregunta, una mucho más inquietante que la revelación que acababa de recibir.
—Malfoy… —con todo el disimulo del que fue capaz, Hermione movió una mano hasta el bolsillo de sus vaqueros, donde había colocado la varita tras colgar el abrigo en el perchero —¿Cómo es posible que sepas todo esto?
Por primera vez en toda la noche, él sonrió. Fue una sonrisa torcida, fría y sarcástica que hizo que la sangre de Hermione se helara antes de escuchar su respuesta.
—Porque soy uno de ellos.
Cuando Draco recuperó la consciencia estaba en una habitación en la que paredes, suelo y techo eran de piedra. El lugar olía a polvo y a aire viciado. Un par de velas iluminaban la estancia apenas lo justo para que pudiese ver la punta de sus zapatos. De haber podido alargar el brazo, estaba seguro de que su mano se hubiese perdido en la oscuridad, pero el hecho era que no podía moverse.
Estaba atado a una silla con sogas mágicas. Una le abrazaba el pecho y le anclaba al respaldo, otra le apretaba el abdomen, haciéndole difícil respirar. Una tercera fijaba sus tobillos a las patas del asiento. Sabía que era inútil forcejar contra las cuerdas que le inmovilizaban gracias a la magia pero aun así no pudo evitar intentarlo mientras trataba de hacer memoria.
Estaba claro que le habían atacado a la salida de El Guiverno Blanco, cuando giró el recodo para perseguir a una de las brujas conspiradoras. Recordaba una luz roja que sin duda debía pertenecer al hechizo aturdidor con el que le le habían dejado inconsciente.
El pánico empezó a extenderse por su cuerpo, haciendo que sus extremidades se pusiesen rígidas y la respiración se le acelerara. ¿Dónde estaba? ¿Quién le había atacado? Y sobre todo, ¿qué pensaban hacer con él?
Cuando estaba valorando la posibilidad de gritar hasta que alguien apareciera (cualquier cosa era mejor que la incertidumbre, que la tensión de la espera), algo se movió en las sombras y de pronto una figura emergió en el círculo de luz que formaban las velas. Alguien que había estado ahí todo el tiempo, observándolo. En silencio.
—Draco Lucius Malfoy —dijo una voz de mujer. Pues eso era lo que se alzaba ante él: una mujer. Una a la que Draco reconoció al instante, aunque solamente la había visto una vez.
Era la dama de la fiesta de los Greengrass, la que le había susurrado algo al oído a Pansy antes de mirarlo. Sus ojos claros eran tan fríos como aquella noche y a la luz de las velas parecían del color del hielo.
—¿Herpa? —murmuró.
La mujer se inclinó sobre él con un movimiento brusco que hizo que Draco se estrujara contra el respaldo de la silla, sorprendido.
—Parece que después de todo no eres completamente imbécil. Quizás incluso seas más listo que tus padres —Herpa sonrió, aunque era una sonrisa turbia, carente de humor —. Por desgracia, al contrario que Lucius, no has aprendido a no meter las narices donde no te conviene.
Draco no supo qué contestar. Por su manera de hablar, estaba claro que esa mujer conocía a sus padres y tal vez que incluso a él.
—En fin, llevo un tiempo pensando en qué hacer con tu familia. ¿Reclutaros tal vez? —Herpa ladeó el rostro mientras lo observaba con atención —No, claro que no. No podemos fiarnos de las ratas traicioneras como los Malfoy. No se puede apelar a los principios de quienes no los conocen, de aquellos cuya convicción cambia de dirección cuando lo hace el viento. No. Ese fue un error de Voldemort pagó muy caro.
Nunca había oído mencionar el nombre de Voldemort en voz alta con tanta despreocupación. No había respeto ni temor reverencial en la voz de Herpa. Era más bien como si el Señor Tenebroso la hubiese decepcionado.
—Sin embargo, las ratas traicioneras pueden ser útiles si sabes cómo sacarles partido. Lo único que les importa es salvar el cuello —Herpa se inclinó sobre Draco y le acarició levemente la yugular con la punta de su dedo índice, trazando una línea como un corte —Pisa la cola de una rata y hará lo que sea con tal de liberarse.
Se hizo el silencio. Herpa se quedó quieta, callada, observándolo de una manera perversa que hacía que a Draco se le erizara la piel de la nuca. No iba a mentir: sentía miedo. Pero después de haber tenido a Voldemort durmiendo bajo su mismo techo durante meses, después de las cosas que este le había hecho y le había forzado a hacer… su miedo era relativo.
—¿Quién eres? ¿Quiénes sois? —preguntó. Cuánto más supiera sobre Herpa y sus aliados menos probable sería que lo liberaran, pero Draco intuía que ya estaba metido en eso hasta el fondo. Al menos quería enterarse de qué iba todo aquello.
La mujer dio un respingo, como si la pregunta le hubiera tomado por sorpresa.
—Oh, ¿dónde han quedado mis modales? Torpe de mí. Mis Hijos me llaman Herpa. Soy la líder de "Los Hijos del Basilisco".
Si la situación no fuese tan tensa, Draco hubiera sonreído ante lo ridículo y extravagante del nombre. Sonaba como algo que Gregory y Vincent hubiesen inventado.
—¿Es una nueva banda de rock? —ironizó.
Herpa se envaró, ofendida, y le golpeó en la mejilla derecha con el reverso de la mano. Llevaba un anillo con una piedra que le arañó la piel. A pesar del dolor, Draco sintió que su impertinencia había merecido la pena solo por ver la cara de rabia de su secuestradora.
—Somos los únicos magos verdaderamente puros que quedan en el país —bramó. Ya no había rastro de monotonía en su tono. Hablaba con pasión y odio —Siglos atrás esta isla contaba con una de las poblaciones mágicas más grandes y poderosas del mundo, y Hogwarts era un lugar respetado y admirado por todos… pero ¿qué queda de eso ahora? La mayoría de los magos se mezclaron con muggles para evitar la extinción… ¡extinción a la que los sucios no mágicos nos abocaron! Apenas quedan familias sangre pura, y de ellas, la mayoría han muerto en la guerra o se pudren en Azkaban. Está claro que esta sociedad ha olvidado cuáles son sus orígenes y sus valores y al hacerlo… se ha hundido en la decadencia. Ya nadie recuerda lo que significa realmente ser un mago o una bruja.
—Y supongo que tú vas a recordárselo —terció Draco.
Una cosa buena de Voldemort era que al menos no era dado a grandes discursos. Hablaba poco y cuando lo hacía iba al grano. Herpa, sin embargo, estaba tan sumida en su soliloquio malvado que ni siquiera escuchó su intervención.
—El mundo es una pirámide y los magos estamos en la cúspide por derecho. La magia nos ha elegido. Va contra natura ocultar nuestros poderes para evitar la amenaza de los muggles. ¿Acaso un león se arrancaría las garras para no asustar a las gacelas? ¡Son ellos los que deberían ocultarse de nosotros! El Estatuto de Secreto es una aberración histórica que debemos eliminar… pero oh, hay cosas mucho más urgentes. Tenemos que limpiar nuestra casa antes de sanear el mundo. Y el hecho, Draco, es que nuestra casa está infestada de suciedad. El ministro Shackelbolt junto a su caterva de impuros y traidores a la sangre se está asegurando de destruir todos los pilares de nuestra sociedad. Los sangre pura somos ahora discriminados, incluso perseguidos —en este punto, Herpa tenía los ojos desorbitados y escupía pequeñas gotas de saliva con cada palabra exaltada —Los Hijos del Basilisco no pensamos permitirlo. ¡Le enseñaremos a esa escoria cuál es su lugar, recuperaremos lo que por derecho nos pertenece y haremos el mundo mágico grande otra vez!
Al parecer, por fin había terminado de hablar. Aunque Draco no había podido evitar desconectar en ciertas partes de su disertación, creía haberse quedado con todo lo esencial.
¿Apelación a las viejas glorias del mundo mágico? Sí.
¿Defensa la supremacía de la sangre? Sí.
¿Deseo de eliminar o doblegar a los muggles como objetivo final? Sí.
¿Obsesión con llevar a cabo una "limpieza" dentro de la sociedad mágica? Sí.
No había necesitado tomar apuntes: se sabía de sobra esa doctrina.
—¿No olvidas algo? —preguntó.
Herpa le miró durante unos instantes, desconcertada. Al parecer, Draco no estaba reaccionando como ella esperaba a la fuerza de sus argumentos.
—¿Algo?
—Todo eso ya lo intentó Voldemort y ya sabemos cómo le fue —la voz de Draco se resquebrajó unos instantes mientras pronunciaba el nombre de su antiguo señor, aunque esperaba que Herpa no lo hubiese percibido. Era la primera vez que lo llamaba por su nombre y a pesar de saber que estaba muerto, hacerlo le dejó un gusto amargo en la lengua y un escalofrío en la espalda.
—Voldemort —repitió ella con amargura —La gran promesa, nuestro adalid, el mago más poderoso de todos los tiempos… derrotado por un crío. Con la inestimable ayuda de la traidora de tu madre, claro. Te preguntas por qué nosotros triunfaremos donde él falló, ¿no es así? En primer lugar, él cometió varios errores que no pensamos repetir. Y en segundo lugar… he estado investigando. Como muchos, me sentí defraudada cuando murió y perdió por segunda vez, echando por tierra todas nuestras esperanzas. No podía entenderlo. Pero entonces lo descubrí…
Herpa se quedó callada, observando a Draco con condescendencia. Estaba claro que quería crear expectación y obligarle a preguntar. Por desgracia para él, sentía demasiada curiosidad para ser obstinado.
—¿Qué descubriste?
—Que su padre era un asqueroso muggle. ¡Un muggle! ¡Y él se atrevía a erigirse líder y representante de todos los sangre pura! ¡En la esencia de la pureza! Así que sí, tal vez descendía de Salazar Slytherin por línea materna pero su sangre se había contaminado con la bajeza, con la ponzoña, de un repugnante muggle.
A Draco le costó disimular su asombro ante tal revelación. Ni en un millón de años lo hubiese imaginado. ¿Voldemort había sido un mestizo? ¿El hijo de un muggle?
Aunque durante el año que duró el dominio del Señor Oscuro Draco había terminado por aborrecer la ideología de la pureza de sangre (en nombre de la misma había hecho muchas cosas de las que se arrepentía; por ella, su familia y él habían sufrido mucho) no podía negar que aquello era cuanto menos inesperado. Voldemort había sido un hipócrita, exigiendo a los demás una pureza de la que él mismo carecía.
Se preguntó si su padre lo sabía. Por un lado, dudaba que le hubiese seguido de ser así pero por otro no creía que se hubiese tenido el valor de negarse a servirle.
—Así es —Herpa le rodeó y ciñó una mano como una garra al antebrazo izquierdo de Draco. Después se inclinó por encima de su hombro, para susurrarle al oído —Lo que te grabó en el brazo no es más que la marca de un fraude.
Draco sintió un escalofrío trepándole por la columna vertebral al sentir el aliento de Herpa en su cuello. A los pocos segundos, la mujer le soltó y volvió a situarse frente a él con una expresión satisfecha en el rostro.
—La magia eligió. Por eso el pelele de Potter fue capaz de vencerle; porque incluso él, aunque era hijo de una impura… tenía más sangre mágica en las venas que Voldemort. Por eso triunfaremos donde él fracasó, porque los Hijos del Basilisco somos puros y solo admitimos a los de nuestra clase. Y ahora dime, ¿te unirás a nosotros?
—Entonces, ¿has venido a matarme? —preguntó Hermione.
Crookshanks se irguió sobre el cojín con la cola erizada, al tiempo que emitía un gruñido bajo y grave. En respuesta, Malfoy se alejó del sofá con un movimiento brusco, que hizo que Hermione sacara la varita de su bolsillo y le apuntara en un instante.
—Granger, no seas ridícula —al verse apuntado alzó las manos, enseñándole las palmas en señal de rendición —. Si estuviera aquí para eso, ¿crees que te avisaría de mis intenciones y te contaría todo esto?
Desde luego, parecía poco probable, pero Hermione ya no sabía qué creer así que decidió que no bajaría la varita por el momento.
—En ese caso, ¿debo entender que te han enviado a advertirme? ¿Los Hijos del Basilisco acostumbran a avisar a sus víctimas primero?
—No. He venido aquí por mi cuenta y riesgo, Granger —Malfoy bajó las manos, como si se hubiera cansado de mantenerlas en alto. Hizo una pausa y la miró con una expresión que Hermione no supo descifrar. ¿Miedo? ¿Enfado? ¿Arrepentimiento? —Si se enteran de que te he advertido, me matarán.
De toda la información que Hermione había recibido esa noche, no sabía cuál encontraba más sorprendente: si la verdadera dimensión de las actividades de los Hijos del Basilisco, el hecho de que quisieran matarla o el que Draco Malfoy se estuviese jugando el cuello por ella.
—¿Por qué? —murmuró.
—¿Y tú eres una de las nuevas promesas del Ministerio? —ironizó él —Ninguna organización secreta se toma muy bien que desvelen sus planes.
—No, Malfoy; por qué poner en peligro tu vida para avisarme.
Por primera vez en toda la noche, Malfoy rehuyó su mirada. Era difícil decirlo, pero a Hermione le dio la impresión de que palidecía aún más. Se llevó una mano al pelo con un gesto nervioso, dejando el largo flequillo descolocado sobre un afilado pómulo. Una sombra de barba le cubría el mentón y las mandíbulas.
Ella mantuvo la mirada fija sus ojos grises. Recordaba haberlos considerado inexpresivos pero esa noche parecían querer decir mil cosas que Malfoy no estaba dispuesto a compartir.
—Supongo que te debo una —dijo él, en voz tan baja que Hermione intuyó, más que escuchó, lo que había dicho. Frunció el ceño, confusa, y Malfoy añadió a regañadientes: —Por lo del juicio.
¿Se refería a su testimonio durante el juicio a los Malfoy? No había sido gran cosa ni creía que hubiese tenido mucho peso en el veredicto final, pero había considerado que era lo correcto. La idea de que Malfoy fuese a Azkaban le parecía injusta y por eso tanto ella como Harry y Neville habían decidido testificar a favor su familia. Después de todo, lo que dijeron durante el proceso era la verdad.
Casi cuatro años habían transcurrido desde entonces y Hermione ya casi lo había olvidado. Que Malfoy se sintiera en deuda con ella después de tanto tiempo la había pillado por sorpresa. Aunque era evidente que no le gustaba deberle nada.
—Oh —murmuró, bajando la varita. Se sentía casi culpable por haber desconfiado de él. Crookshanks, por su parte, volvió a acurrucarse en el sofá. Su pequeño salón-cocina pareció volverse más grande ahora que la tensión no ocupaba tanto espacio.
Malfoy carraspeó, a todas luces incómodo.
—Todavía no sé exactamente cómo planean hacerlo —comentó, cambiando de tema —Pero será mejor que tengas cuidado, empezando por tu buhardilla. La seguridad aquí apesta. Esperaba más de una trabajadora del Ministerio, Granger.
—Bueno, no sabía que tenía que tomar precauciones —se defendió Hermione —La guerra terminó hace años y hasta hace unos minutos pensaba que no tenía nada de qué preocuparme. Este es un barrio tranquilo, casi nadie sabe donde vivo y no contaba con la existencia de un grupo de magos oscuros que fuesen a por mí.
—Si quieres un consejo, deshazte de esa bola de pelo inútil y consigue un buen perro guardián —Malfoy lanzó una mirada de reojo a Crookshanks, ocupado lamiéndose una pata con indolencia —He estado media hora aquí y ni se ha inmutado.
—¿Que has estado…? ¿Qué has estado haciendo aquí todo ese tiempo exactamente? —quiso saber Hermione. ¿Había estado fisgoneando? No es que tuviera nada que ocultar pero le molestaba la idea de que Malfoy hubiese violado la intimidad de su casa.
Como si estuviese leyendo su pensamiento, él sonrió. Era la misma sonrisa torcida que solía dedicarle cuando iban a Hogwarts.
—Ya sabes, echando un vistazo aquí y allá para matar el rato. Por un instante pensé que estaba en la casa de Pince.
No supo por qué, pero el comentario la ofendió. Por mucho que le gustasen los libros, no le resultaba halagador que la comparasen con la poco agradable bibliotecaria de Hogwarts.
—Pince no tendría un gato —arguyó. Como defensa era pobre, pero sentía que tenía que decir algo en su descargo.
—Tal vez —Malfoy se encogió de hombros —En fin, será mejor que me vaya.
No es que Hermione quisiera invitarlo a cenar precisamente pero, ¿pensaba irse así sin más?
—¿Eso es todo? ¿Irrumpes en mi apartamento para decirme que quieren matarme y te vas como si nada?
—¿Qué es lo que quieres, Granger? ¿Que te cante una nana para que te duermas? Ya estás avisada, es todo lo que puedo hacer por ti.
—¿Pero cuál es su plan? ¿Cuándo van a intentar… ya sabes? —insistió ella. No se trataba de que no le agradeciera el aviso, pero tampoco se había prodigado en detalles.
—No lo sé —Malfoy miró por la ventana. Parecía nervioso, ansioso por marcharse de allí —Tan solo escuché que eras un objetivo. Si me entero de algo más… tal vez…
No terminó la frase, pero Hermione interpretó su silencio. ¿Volvería a jugarse el cuello por informarla? Ni él parecía estar muy seguro de ello. Pero, por otro lado, tampoco podía pedirle más. Ya había hecho mucho más de lo que jamás hubiera esperado de él y no quería ser responsable de que le sucediera algo malo.
—Gracias —murmuró.
Él le lanzó una larga mirada que Hermione no supo cómo interpretar. Parecía... angustiado y desgraciado. Se preguntó qué había sido de él después del juicio a su familia, cómo había pasado los últimos cuatro años, cómo había terminado formando parte de los Hijos del Basilisco… pero sospechaba que de haber reunido el valor para preguntarle, Malfoy no le hubiera dado respuesta.
Una cosa estaba clara: a juzgar por su aspecto, por su mirada gris atormentada, por la dureza de sus rasgos abandonada ya toda redondez infantil… su vida después de la guerra no había sido fácil.
—Tú solo… —Malfoy guardó silencio unos instantes, como si buscase las palabras adecuadas —...ten cuidado.
Y entonces se desapareció.
¡Buenas!
Espero que os haya gustado el capítulo porque aquí hay mucha información importante. Finalmente hemos conocido a Herpa y descubierto un poco más sobre Los Hijos y sus planes. Dado que Draco admite al final del capítulo ser uno de los Hijos... ¿habrá aceptado la propuesta de Herpa?
¿Qué planean exactamente los Hijos hacer con Hermione? ¿Volverá para advertir a Hermione cuando sepa algo más de sus planes? ¿Por qué tiene Draco tan mal aspecto? Eso y más en los próximos capítulos ;)
Una vez más, un millón de gracias por todos los comentarios. Me sabe fatal no contestaros pero trabajo, estudios, pandemia y cambios en mi vida no me dejan tiempo para casi nada. Así que espero que os sirva a modo de respuesta saber que me hacéis muy feliz con cada review y que os estoy muy agradecida.
Con mucho cariño,
Dry
PD: Deja un review para que Draco se sienta en deuda contigo *guiño,guiño*
