Los hijos del basilisco
Capítulo IV
Draco no supo cuánto tiempo pasó exactamente en aquella habitación, pero después de lo que le pareció una eternidad lo liberaron. Le taparon los ojos con una venda, alguien lo sujetó con fuerza por el brazo y de pronto notó la familiar y desagradable sensación de vértigo en el estómago que precedía a una aparición conjunta.
Cuando todo volvió a su sitio y la última oleada de náuseas se calmó, Draco notó que sus pies pisaban gravilla. Ya nadie le sujetaba el brazo. Estaba, en apariencia, libre.
Se llevó las manos a la cara con rapidez para quitarse la venda. Cuando apartó el trozo de tela de sus ojos, una visión muy familiar apareció ante él, llenándolo de alivio.
Estaba frente a Malfoy Manor, concretamente delante de las elaboradas verjas. Draco las tocó con una mano temblorosa, y de pronto el metal comenzó a retorcerse y las celosías de hierro se replegaron hasta formar un elegante arco que le permitía entrar a los terrenos familiares.
Se apresuró a recorrer el camino flanqueado por setos milimétricamente recortados intentando reprimir un repentino mal presentimiento. Pese a que todo parecía en orden e incluso vio a un par de pavos reales paseando con parsimonia por sus dominios, en su interior algo se removía lleno de inquietud.
Después de lo que le parecieron años llegó al pórtico columnado de la entrada de la mansión y se encontró las pesadas puertas de roble entreabiertas. Alarmado, las empujó y entró al vestíbulo casi de un salto.
Todo estaba en su sitio. El antiguo reloj de pie con sus gigantescos y precisos mecanismos cubiertos solo por vidrio, el perchero, el mueble recibidor y un pequeño diván tapizado de terciopelo oscuro. Pero faltaba algo. Tiny, la elfina doméstica familiar, no había ido a recibirlo.
Eso no era propio de ella. Si bien los tiempos, o mejor dicho la ley, habían cambiado obligando a todas las familias mágicas a ofrecer la prenda a los elfos que quisieran su libertad y a pagar un salario a aquellos que decidieran permanecer a su servicio, Tiny continuaba atendiéndoles con la misma diligencia y dedicación que cuando no le daban un knut.
—¿Tiny? —llamó con voz trémula.
Nadie respondió.
—¿Mamá? ¿Papá?
Silencio.
Draco se llevó una mano al bolsillo de la túnica para alcanzar su varita. Por fortuna, se la habían devuelto antes de liberarle. Con ella en la mano, avanzó hacia el interior de la casa, revisando todas las habitaciones sin dejar de llamar a sus padres y a Tiny.
A medida que encontraba estancias vacías y silencio en lugar de respuestas, se iba asustando más y más. Avanzaba a zancadas y su voz debía oírse por toda la mansión, más desesperada a cada momento.
Revisada la planta baja, tomó la escalinata y subió los escalones de dos en dos. Una vez arriba, giró a la izquierda para dirigirse al ala donde estaban los dormitorios y entonces… entonces la vio.
Tiny estaba de pie, de espaldas a él y estática. Como paralizada a mitad de un paso.
—¿Tiny? —Draco notaba que el corazón le latía a mil por hora.
La elfina no contestó y tampoco se movió. Despacio, ralentizado por una terrible sensación de anticipación, Draco rodeó el pequeño cuerpo de Tiny para mirarla a la cara.
Los enormes ojos de marrón verdoso de ella siguieron sus movimientos. Fue el único signo de vida en su rostro, contraído en una mueca de terror, y en su rígido cuerpo. Con una mezcla de alivio y miedo, Draco comprendió que la habían petrificado.
—Rennervate —pronunció apuntando a Tiny con su varita. La elfina, como si hubiese estado luchando con una fuerza invisible que la liberó de imprevisto, cayó hacia delante. Draco se apresuró a arrodillarse a su lado y ayudarla a ponerse en pie. Al tocar sus delgadas muñecas notó que estaba temblando como una hoja sacudida por el viento.
—¡Joven amo Malfoy! —exclamó ella, y sin más rompió a llorar.
—¿Qué ha pasado, Tiny? ¿Y mis padres? ¿Dónde están? —disparó. En el fondo, tenía una idea muy clara de qué había sucedido pero pese a que siempre había considerado la esperanza un sentimiento bobo e infantil, se encontraba aferrándose a ella con todas sus fuerzas.
Que haya una explicación. Que estén bien. Que estén bien. Que estén bien... pensó.
—Se los han llevado, joven amo —balbuceó Tiny entre ruidosos sollozos —Un grupo de magos y brujas… Es culpa de Tiny, es culpa de Tiny, de Tiny, Tiny…
La elfina parecía haber entrado en un bucle. Draco le puso las manos en los hombros para devolverla a la realidad y hacer que parara de moverse.
—¿Qué pasó después? —preguntó, tratando de que su voz sonase tranquila. No podía entrar en pánico, todavía no.
—Sacaron sus varitas y rodearon al señor y la señora. El amo trató de defenderse pero el ama hizo que bajase su varita. Dijo que eran demasiados—Tiny se interrumpió para tomar aire. Su pecho subía y bajaba con fuerza y gruesas lágrimas caían sobre su pequeña túnica verde. Otro de los derechos que la nueva ley le concedía a los elfos domésticos era el de cobrar un salario y a vestirse con prendas de ropa corrientes —Entonces les echaron un hechizo desvanecedor y….y… se los llevaron. Tiny no pudo hacer nada, no, joven señor Malfoy, porque ellos… ellos me petrificaron.
Estaba claro que Herpa había enviado a los Hijos a capturar a sus padres. A pesar de que Tiny se echaba la culpa de lo sucedido, Draco sabía que el verdadero responsable era él.
Se había negado a unirse a los Hijos del Basilisco. No tenía el más mínimo interés en revivir su tiempo como mortífago, y menos con un grupo de fracasados que se negaban a aceptar la derrota. Le daba igual la pureza de sangre. No le importaba que estuviesen eliminando antiguos privilegios: a él, que era prácticamente un marginado, le estaban vedados todos de cualquier modo.
Pero, sobre todo, no pensaba volver a usar una maldición imperdonable en la vida. Había hecho y visto cosas que ningún crío de diecisiete años tendría que haber vivido. Cosas que aún aparecían en sus pesadillas.
Así que muy elegantemente le había dicho a Herpa dónde podía meterse su invitación. Lo que no sabía cuando lo hizo era que irían a por sus padres. Había pensado que Herpa era solo una chalada con fantasías de poder pero relativamente inofensiva.
Estaba claro que se había equivocado. Y ahora, sus padres...
—Perdona a Tiny, joven amo Malfoy —suplicó la elfina, sollozante.
Draco quería gritar y destrozar cosas, y los lloriqueos de Tiny le estaban sacando de quicio pero perdonarla a ella era fácil; a quien no podía perdonarse era a él.
—No es tu culpa, Tiny —dijo con tono seco —Deja ya de llorar.
La elfina, deseosa de cumplir su orden, se apretó la boca con las manos, intentando interrumpir su llanto. Durante un par de segundos, reinó el silencio. Después Tiny hipó un par de veces y aunque dejó de gimotear, las lágrimas siguieron rodándole por la cara.
—El joven amo Malfoy es demasiado bueno. Es cierto que es culpa de Tiny. Tiny no debió abrir la puerta pero al ver al joven Goyle y la joven Parkinson pensó… pensó que venían a verle a usted, señor. Pensó que por fin le visitaban sus amigos.
Sus padres habían desaparecido.
Los Hijos del Basilisco se los habían llevado.
Gregory y Pansy le habían traicionado.
Draco se sintió cómo si la capa de hielo que cubría el lago durante sus inviernos en Hogwarts acabase de romperse bajo él sin previo aviso, como si las aguas lo recibiesen con su gélido abrazo y los largos tentáculos del calamar gigante lo apresasen, arrastrándolo hacia para siempre hacia la oscuridad.
—¿A dónde vas, Harry?
—A arrestar a Malfoy.
—¡Espera!
Hermione debió suponer que su amigo reaccionaría así. Estaban en su despacho en la Oficina de Aurores y acababa de contarle lo que había sucedido la noche anterior.
—¿Qué? —Harry ya tenía mano en el pomo de la puerta.
—Ni siquiera sabemos si es cierto lo que dice —razonó Hermione —Además, no tenemos pruebas de que pertenezca a los Hijos del Basilisco, por no hablar de que tampoco tenemos nada contra ellos.
—Si crees que me voy a quedar de brazos cruzados…
—No he dicho eso. Solo digo que deberíamos ser cautos. Los Hijos son un misterio para nosotros, lo único que sabemos es que, presuntamente, Malfoy es uno de ellos.
—Razón de más para interrogarle —se obcecó Harry.
—Suponiendo que lo que me dijo Malfoy sea verdad, si le detienes… lo estarás poniendo en peligro.
Hermione le había dado muchas vueltas a qué hacer. No quería ocultarle lo sucedido a Harry pero tampoco quería comprometer a Malfoy. Después de todo, había corrido un gran riesgo al avisarla cuando no tenía por qué. Se sentía en deuda con él y no quería causarle problemas.
—La que está en peligro eres tú —sentenció Harry —Además, si Malfoy ha sido tan imbécil de unirse a otro grupo de magos oscuros se merece todo lo que le pueda suceder.
Hermione sabía que no hablaba del todo en serio, aunque era comprensible que estuviese enfadado con él. Estaba al tanto de que durante la búsqueda de los horrorcruxes, Harry había tenido algunas visiones de Voldemort en las que obligaba a Malfoy a torturar o ser torturado y que había llegado a sentir compasión por él; por eso había testificado a su favor en el proceso judicial al que le sometieron tras la guerra. Le había dado un voto de confianza, convencido de que en el fondo -muy en el fondo -no era tan mala persona. Descubrir que apenas cuatro años después había corrido a los brazos de la nueva versión de los mortífagos había sido un chasco tanto para Harry como para ella.
Malfoy sería muchas cosas, algunas buenas, muchas malas… pero sin duda no era tonto. Tampoco ella comprendía cómo podía haber caído en la misma trampa dos veces. Entendía que había heredado el puesto de mortífago cuando su padre entró en la cárcel, que entonces era un crío y que tampoco había tenido demasiadas opciones pero ahora… ahora eran adultos.
La justicia había perdonado a su familia, de manera demasiado generosa según muchos. Su nueva filiación parecía probar que deberían haberlo enviado a Azkaban cuando tuvieron ocasión.
—Tal vez —se obligó a decir Hermione —Pero si no lo haces por él, hazlo porque es la estrategia más inteligente. Si le interrogas, no hablará por miedo a que le hagan algo. Los Hijos se enterarán y puede que le maten si le creen un traidor con lo que perderíamos la única fuente de información que tenemos sobre ellos.
—¿Fuente de información? —repitió Harry con un brillo de interés en sus ojos verdes. Hermione reprimió una sonrisa de satisfacción al saber que había logrado dar con su punto débil.
Por mucho que se sintiera molesto con su antiguo compañero de colegio, Harry era ante todo un auror. Y al contrario de lo que algunos pensaban, no se había ganado su puesto solo por su fama. Era realmente bueno en lo que hacía y eso incluía no dejar escapara una oportunidad como la que tenían.
—Malfoy mencionó que si descubría algo más sobre los planes de los Hijos en relación conmigo intentaría ponerme al tanto. Creo que deberíamos aprovechar la ocasión para ofrecerle un trato.
Harry la miró en silencio durante unos instantes. Con el pelo tan corto, la túnica gris de los aurores y el aura de profesionalidad que lo envolvía en esos momentos parecía mucho más mayor de lo que realmente era.
Tras pensarlo unos segundos, regresó a su asiento tras la mesa de trabajo.
—Te escucho —dijo.
Pasaron un par de semanas sin que Hermione volviese a saber nada de Malfoy. En ese tiempo, la oficina de aurores se dedicó a investigar todos los eventos que este había atribuido a Los Hijos del Basilisco, especialmente las desapariciones y misteriosas muertes de algunos trabajadores del ministerio.
No lograron dar con Swift, cuyo puesto había ocupado Hermione, pero sí pudieron verificar que no tenía ningún familiar vivo. Tras un análisis exhaustivo de su carta de dimisión y de cotejarla con otros documentos manuscritos por él, determinaron que era falsa. También descubrieron que una trabajadora del departamento de Accidentes y catástrofes mágicas estaba desaparecida.
Y en cuanto a los accidentes en el mundo muggle como el autobús escolar despeñado y el incendio de la catedral, Shackelbolt se reunió con la primera ministra muggle para que sus cuerpos policiales colaborasen en la investigación.
De la noche a la mañana, los Hijos habían pasado de ser un grupo de descontentos a quien nadie se tomaba en serio a un enemigo a tener en cuenta. Harry le había dicho que creía que solo habían descubierto la punta del iceberg.
También había insistido en ponerle una escolta a Hermione, a lo que ella se había negado tajantemente. Por supuesto, Harry le contó todo a Ron quien se presentó en su casa ofreciéndose -o mejor dicho, casi imponiéndose -como guardián del encantamiento Fidelio que evidentemente debía conjurar sobre su pequeño apartamento. Cuando Hermione rechazó la propuesta, envió refuerzos: al día siguiente fue la Señora Weasley quien le hizo una visita.
Sin embargo, se mantuvo en sus trece y aunque levantó unos cuantos hechizos de seguridad en torno a su buhardilla (muchos de los cuales había utilizado a diario durante las semanas en las que vivieron montando y desmontando campamentos durante la búsqueda de los horrorcruxes) se negó tanto a recurrir al Fidelio como a aceptar que le asignaran un par de aurores como guardaespaldas.
El Fidelio le parecía extremo y, viviendo en un bloque lleno de muggles, suponía utilizar una gran cantidad de hechizos sobre sus vecinos para que no notaran que a la última planta parecía faltarle uno piso de repente. Hermione se sentía incómoda ante la idea de desmemorizarlos y emplear encantamientos de confusión y desorientación sobre ellos.
En cuanto a lo de tener escolta lo encontraba excesivo y lo último que deseaba al salir del trabajo era tener a alguien siguiendo todos su pasos e inmiscuyéndose en su vida privada. Era cierto que en los últimos tiempos no tenía una vida personal muy ajetreada (si es que alguna vez la había tenido). Su nuevo puesto en el Ministerio la absorbía y consumía la mayor parte de su tiempo, y a menudo terminaba llevándose trabajo a casa. En sus ratos libres, leía sobre leyes mágicas la mayoría de las veces. Y desde que no salía con Ron su vida social había disminuido.
Los fines de semana iba a comer a casa de sus padres o tomaba una cerveza de mantequilla con sus amigos y poco más. Aun así, no quería a nadie vigilándola.
La verdad era que desde que Malfoy había entrado en su buhardilla sin ninguna dificultad ya no se sentía tan segura allí como antes, pero se negaba a permitir que el miedo dominara su vida. Por lo pronto, ya nadie podía aparecerse en el interior de su apartamento ni en ningún lugar de su edificio. Para Hermione no era una molestia porque acostumbraba a usar el transporte público para llegar a su trabajo. Era cierto que aparecerse resultaba mucho más rápido pero sentía que utilizar el autobús y pasear un rato cada día hacían que siguiera conectada a sus orígenes muggles.
Ese viernes por la noche estaba sentada en su sofá con Crookshanks sobre el regazo y un fajo de pergaminos sobre el proyecto en que estaba trabajando cuando llamaron a la puerta.
Hermione se levantó y, por cautela, tomó su varita. Se acercó a la puerta y usó la mirilla para comprobar de quién se trataba.
El corazón se le aceleró en el acto.
Draco Malfoy.
—Granger, sé que estás ahí. Abre de una vez —su voz le llegó a través de la puerta, con su habitual modo de arrastrar las palabras. Sonaba molesto, o tal vez nervioso.
Hermione se lo pensó durante unos segundos, pero finalmente abrió la puerta. Malfoy se apresuró a entrar y cerró detrás de él con rapidez, como si le persiguieran. Echó un rápido vistazo a la estancia y luego miró a Hermione.
—¿Estás sola?
Ella asintió. Malfoy pareció aliviado por su respuesta y se adentró en el salón como si la casa fuera suya. Se sentó en el sofá sin pedir permiso, lo más alejado de Crookshanks que pudo, y tomó el fajo de pergaminos que Hermione había estado leyendo para echarle un vistazo.
Técnicamente era información clasificada y aunque no fuese el caso, no pensaba compartirla con un miembro de una banda criminal. Así que de un par de zancadas se puso frente a él y le arrancó los documentos de las manos.
—No puedes leer esto —le regañó.
Malfoy se encogió de hombros.
—Es una pena. Parece una lectura apasionante para un viernes por la noche.
Irritada por su comentario, Hermione decidió ir al grano.
—¿Qué haces aquí, Malfoy?
—Tengo una buena y una mala noticia. La buena noticia es que los Hijos ya no quieren matarte, sino secuestrarte.
Malfoy hizo el anuncio con tono animado, como si estuviese comunicándole que había obtenido un montón de Excelentes en la última evaluación.
—Tienes razón, es una gran noticia —ironizó Hermione. ¿Se suponía que debía sentirse aliviada? Tal vez ser secuestrada era ligeramente mejor que resultar asesinada pero por alguna razón no lograba encontrarse entusiasmada por ello.
—La mala noticia —continuó Malfoy, haciendo caso omiso de su comentario —es que no he podido aparecerme en tu apartamento, ni siquiera en tu bloque. Ha sido un tanto molesto.
—Lo siento mucho, Malfoy. Cuando pedí al ministerio que deshabilitaran la posibilidad de aparecerse o trasladarse a mi edificio no tuve en cuenta las inconveniencias que te causaría. Espero que sepas perdonarme.
En respuesta él esbozó una sonrisa ladeada, como si le divirtiera mucho su indignación. Crookshanks eligió ese momento para traicionarla miserablemente y al parecer decidió que si Hermione no iba a regresar al sofá, bien podía usar a Malfoy como sustituto para acurrucarse. Él miró al gato con el ceño fruncido pero tras unos segundos le pasó una mano por el lomo. Crookshanks tuvo la desfachatez de empezar a ronronear.
¿Por qué se comportaba así con Malfoy? Solía ser desconfiado con los desconocidos y además sabía calar a las personas. No en vano había descubierto a Peter Pettigrew bajo su forma de animago.
Malfoy, que se había unido a los Hijos del Basilisco, no podía ser considerado bajo ningún concepto alguien de fiar.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó, deseosa de regresar a la soledad de su lectura.
—Ah, eso —Malfoy alzó la vista de la cabeza del gato, que estaba acariciando distraídamente, para mirarla a los ojos —Me han enviado a espiarte.
Perfecto. Los Hijos del Basilisco querían secuestrarla y habían enviado a un antiguo compañero de colegio que se había pasado años buscando la mejor manera de hacerle la vida imposible para espiarla. Aunque la verdad era que no estaba haciendo muy buen trabajo en ese departamento.
—Siento decirte que no es así como funciona el espionaje, Malfoy. Sé que es complicado de recordar, pero se supone que no puedes revelar que eres un espía a la primera de cambio.
Cuanto más irónica se volvía ella, más divertido parecía Malfoy. La sombra de una sonrisa estiraba sus labios. Hermione se dio cuenta de que un suave hoyuelo parecía insinuarse junto a la comisura izquierda de su boca. ¿Siempre había estado ahí?
—Vaya, Granger, no sabía que tenías sentido del humor.
—Se podrían llenar muchos libros con las cosas que no sabes de mí, Malfoy —declaró ella, cruzándose de brazos. Aunque lo último que le preocupaba era tener buen aspecto frente a su invitado no deseado, le hubiera gustado no llevar un jersey viejo y gigante y un pantalón de pijama que se le caía. Sospechaba que eso, junto a su pelo sujeto de cualquier manera con una pinza en la coronilla, le restaba dignidad a su pose.
—Entonces deberíamos solucionarlo —propuso él.
De todas las cosas que Malfoy podría haber dicho, esa era la que menos se esperaba Hermione. ¿Estaba tomándole el pelo?
—¿Qué quieres decir?
—Se supone que estoy espiándote para obtener información sobre ti—explicó él —Sería un detalle por tu parte que me la proporcionaras libremente y me ahorraras horas de vigilancia detrás de un seto.
La petición de Malfoy le parecía tan surrealista que Hermione no sabía si enfadarse o echarse a reír.
—Claro, por qué no. Estoy deseando que un grupo de psicópatas que quieren secuestrarme lo sepan todo sobre mí.
Con una delicadeza que Hermione nunca hubiese esperado de Malfoy, apartó a Crookshanks para ponerse en pie. Se sacudió con elegancia la túnica negra que llevaba en un intento vano de deshacerse de los pelos de gato y después se acercó a Hermione.
Mucho.
Demasiado.
Estaba tan cerca que tenía que estirar el cuello para poder mirarlo a los ojos. Se quedó callado, observándola, sin hacer nada más. Hermione se esforzó por sostenerle la mirada.
Se sentía tensa y no soportaba más la quietud, pero al mismo tiempo no quería ser ella la que hablara en primer lugar. Se suponía que era el turno de Malfoy para hacerlo.
—Te daré algo a cambio —murmuró él finalmente. Lo dijo en voz baja, como si no quisiera turbar la burbuja de tensión que había creado -Hermione estaba convencida- deliberadamente.
—¿El qué? —preguntó ella con impaciencia, después de otros largos segundos de silencio. Quería dar un paso atrás para no estar tan cerca de Malfoy, pero al mismo tiempo pensaba que eso sería reconocer de forma tácita que su cercanía la incomodaba, así que se obligó a mantener la posición.
Como si le leyera el pensamiento, él se acercó aún más. Pasó la cabeza por encima del hombro de Hermione y se detuvo allí, tan próximo a su mejilla que podía sentir el roce de un mechón de su pelo sobre el pómulo, y el calor de su aliento sobre la oreja izquierda.
Ella se tensó, llena de incomodidad y expectación. Al fin, Malfoy susurró en su oído:
—Información sobre los Hijos. Estoy segura de que a Potter le encantará saber qué están tramando.
Era algo lógico, pensó Hermione. Algo que había llegado a prever. Lo que no había previsto era que le hablaría desde tan cerca. ¿Acaso era necesario? Quería apartarse y poner metros de distancia entre ella y Malfoy. Pero aquello, después de todo, podía serle útil. Prefería que Malfoy no le viera la cara en esos instantes.
Recordando su conversación con Harry, Hermione se mantuvo en su sitio y se obligó a hablar.
—Además de mi secuestro, supongo.
—Supones bien.
—¿Qué estás proponiendo exactamente, Malfoy? —preguntó ella —¿Ser una especie de agente doble?
—Algo así —murmuró Draco, y se apartó para regresar a su lugar en el sofá. Crookshanks, por su parte, se apresuró a acomodarse en su regazo, el muy traidor.
Aquello no tenía sentido. Aunque en realidad, nada de lo que Malfoy había dicho o hecho desde que había decidido reaparecer en su vida lo tenía.
—¿Por qué? ¿Acaso no eres uno de ellos? —le interrogó —No te entiendo. Te unes a ellos pero luego vienes a advertirme de sus planes y poco después te ofreces para espiarlos. ¿Por qué haces esto?
—Se podrían llenar muchos libros con las cosas que desconoces de mí, Granger.
Hermione frunció el ceño y se cruzó de brazos.
—Hablo en serio.
—Yo también —Malfoy se levantó sin molestarse en avisar a Crookshansk, que tuvo que saltar de su regazo precipitadamente. El gato se subió de un salto a la barra de la cocina desde donde siguió los movimientos del joven con aspecto de estar molesto por su brusquedad. Por supuesto, él no parecía haberlo notado. Estaba ocupado rodeando el sofá, como si quisiera poner distancia y muebles de por medio entre Hermione y él. Se pasó la mano por el pelo, despejando su frente, y lanzó un largo suspiro antes de volver a decir palabra —Mi vida es… complicada —dijo al fin —Intento hacer lo que puedo con las cartas que me han tocado.
Hermione le miró fijamente, como si pudiera leerle la mente a base de intentarlo. No parecía estar muy de acuerdo con los Hijos pero entonces, ¿por qué se había unido a ellos? Si había aprendido la lección después de la guerra, ¿cómo se había visto involucrado de nuevo con los herederos de los mortífagos?
—¿Entonces no quieres que los Hijos del Basilisco tengan éxito? —le preguntó.
Malfoy le sostuvo la mirada durante unos instantes. Tenía una expresión en el rostro que ella no supo como interpretar. Parecía… en conflicto consigo mismo.
—No.
Al oírle, Hermione se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Tomó aire, sintiendo como el oxígeno y el alivio llenaban su pecho a partes iguales.
—En ese caso, ¿por qué no los dejas? —propuso.
Malfoy lanzó un bufido similar a una risa sin humor.
—No tienes ni idea ni idea, Granger. No es tan fácil como presentar tu renuncia. Me matarán en el momento en que sepan que quiero irme.
Hermione notó cómo se le erizaba la piel de la nuca. Los Hijos eran peligrosos y al parecer funcionaban de manera muy similar a los mortífagos. Podías entrar, pero nunca salir. Aunque no se alegraba de saber que sus sospechas habían sido ciertas, al menos el haber previsto algo así le había permitido preparar un plan de contingencia.
—He hablado con la Oficina de Aurores. Si abandonas a los Hijos y colaboras con nosotros, te ofrecemos protección, Malfoy.
—¿Protección? ¿Durante cuánto tiempo? —preguntó él. Había una desesperación en su voz que tomó a Hermione por sorpresa pues Malfoy siempre ocultaba muy bien sus verdaderos sentimientos —Además, estoy seguro de que la Oficina de Aurores estará encantada de emplear recursos en salvarme el cuello a mí: un exmortífago que se las ha apañado para acabar metido de nuevo en una organización ilegal. No, Granger. No estaré a salvo hasta que los Hijos del Basilisco desaparezcan y para lograrlo necesitáis a alguien dentro. Soy la mejor opción que tenéis.
Hermione le observó, dubitativa. Que Malfoy estuviera tan deseoso de traicionar a los hijos la incomodaba. No porque no comprendiera sus razones, sino porque no creía que jugarse el cuello por hacer lo correcto fuese del todo su estilo. ¿Por qué se había unido a ellos en primer lugar si no compartía sus objetivos? Tal vez ya no odiase a los muggles y los "impuros" pero, ¿estaba dispuesto a arriesgar su vida por ellos? Aunque no lo consideraba un cobarde, tampoco le parecía la clase de persona que arriesgaría su vida por sus principios.
—No lo sé, Malfoy… Ni siquiera estoy segura de si confío en ti.
Pensó que a él quizás le molestaría su desconfianza considerando el peligro que había corrido para alertarla de las intenciones de los Hijos, pero Malfoy se limitó a apoyar las manos sobre el respaldo del sofá y esbozar una sonrisa que no supo interpretar. No parecía irónica, tampoco divertida.
—Eso es lo más sensato que has dicho en toda noche, Granger —la felicitó él —No deberías confiar en el infame Draco Malfoy.
La sonrisa se borró de sus labios al pronunciar esas palabras y aunque usó un tono ligero, casi indiferente, Hermione intuyó en lo profundo de su ser que ese gesto había estado cargado de autodesprecio.
—Lo único que importa es que tenemos un objetivo común y mientras así sea, deberíamos colaborar.
Hermione se mordió el labio inferior. Las palabras de Malfoy sonaban convincentes y razonables, pero casi podía oír a Harry y a Ron en su cabeza advirtiéndole que no aceptara el trato. ¿Datos personales a cambio de información que podía salvar vidas? Desde luego, parecía que el intercambio merecía la pena. Siempre y cuando Malfoy dijese la verdad.
Casi como si pudiese percibir sus dudas, él se irguió y se dirigió a la puerta del piso. Hermione pensó que iba a marcharse tomando su silencio reflexivo por un no, pero él se detuvo al llegar a la salida.
—Como prueba de buena voluntad, te diré algo gratis, Granger. Victoria Park, el sábado por la mañana.
—¿Qué va a pasar allí? —preguntó ella, llena de una desagradable anticipación.
—Enviad aurores allí y tal vez podáis evitarlo —dijo Mafoy.
Después abrió la puerta y se marchó.
¡Buenas!
Ya sabemos por qué Draco se ha unido a los Hijos y también que Pansy y Goyle están metidos en el ajo... Draco está hasta el cuello, normal que quiera vengarse de los Hijos del Basilisco. ¿Quién necesita confianza cuando tiene objetivos comúnes con un atractivo miembro, por segunda vez, de un grupo de magos oscuros? Con este pequeño principio de acuerdo se vienen muchos futuros encuentros entre nuestros protagonistas ;) pero, ¿qué pasará en Victoria Park? ¿Aprendará Hermione a confiar en Draco? ¿Para qué quieren los Hijos secuestrar a Hermione?
Me encantaría que me contaráis vuestras teorías e impresiones. Millones de gracias por vuestro apoyo! Llevo una temporada sin tener tiempo para escribir pero creo que por fin puedo ponerme de nuevo a ello, así que ¡enviadme energías!
Espero que os haya gustado el capítulo :)
Con mucho cariño,
Dry
PD: Deja un review para que Draco te susurre al oído los planes de los Hijos y lo que se tercie
