Los hijos del basilisco

Capítulo V

Tras el secuestro de sus padres, Draco pasó días solo en Malfoy Manor, exceptuando la compañía de la compungida Tiny. La mansión, que había sido su lugar seguro primero y una pesadilla durante la guerra, era ahora un fantasma habitado por el vacío y la incertidumbre.

Draco no sabía qué hacer, ni a quién acudir. No había nadie a quien pedir ayuda. La oficina de aurores ni siquiera era una opción, y la triste realidad era que no sabía en quién confiar. Era bastante probable que el reducido círculo de personas con las que sus padres mantenían relación estuviesen compinchados con Herpa. E incluso en el caso de que no fuese así, ¿cómo podrían ayudarle?

No tenía ni idea de a dónde se los podían haber llevado. No tenía la más mínima pista del lugar al que le habían trasladado después de atacarlo en el Callejón Knockturn. Tampoco sabía cómo contactar con Herpa.

Así que lo único que pudo hacer fue esperar a que ella fuera a él. Sabía que los Hijos del Basilisco volverían a buscarlo.

—Joven amo —Tiny entró en la salita en la que Draco mataba las horas, lleno de desesperación. Parecía aterrada y le faltaba el aliento —Han vuelto, señor, ¡han vuelto!

No hizo falta que dijera quiénes: Draco sabía que se refería a los Hijos. Se levantó de un salto y tomó su varita, poseído por una ira tan fuerte que asfixió cualquier conato de miedo. Quería recuperar a sus padres y pensaba hacerlo a cualquier coste.

Llegó al recibidor caminando a zancadas, con la varita en alto lista para atacar. Por fortuna, solo había dos personas en el vestíbulo: un hombre y una mujer.

La mano de Draco vaciló al reconocerles.

Eran… Pansy y Gregory.

—Draco —lo saludó ella, como si aquello fuese una simple visita de cortesía. Gregory, a su lado, permaneció callado, evitando la mirada de Draco. Era la primera vez que lo veía en años.

Estaba cambiado. Seguía siendo alto y robusto, pero su rostro ya no era redondo. Se había convertido en puro músculo y llevaba una barba castaña que lo hacía parecer mucho mayor de lo que en realidad era. Para Draco, era casi como contemplar a un extraño.

Un montón de sentimientos contradictorios lo golpearon en el pecho, sacándolo de su trance. Dolor, resentimiento, nostalgia. Y después ira, toda la ira del mundo.

—¿Y mis padres? —les gritó.

Gregory cambió el peso de una pierna a otra, incómodo, sus ojos fijos en las oscuras baldosas de la entrada de Malfoy Manor. Pansy, en cambio, parecía una niña el día de Navidad.

—Pasando una temporada a la sombra, como mi padre y el de Gregory —declaró, sonriendo con maldad.

Draco tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no lanzarle una maldición. Se había prometido que no volvería a usar una imperdonable nunca más, pero si no fuese porque ellos eran los únicos que podían decirle dónde estaban sus padres, los hubiese cosido a Cruciatus.

—¿Qué les habéis hecho?

Necesitaba saber que estaban bien, que Herpa no les había tocado ni un pelo.

—Digamos que están disfrutando unas vacaciones pagadas en una celda. Pero descuida, están bien. Al menos no hay dementores.

Pansy parecía estar disfrutando mucho de todo aquello: el rencor que sentía por Draco y su familia le enfureció. Después de todo había crecido visitando Malfoy Manor y jugando en los jardines con él, Gregory y Vincent. Sus padres siempre habían sido amables con ella, tratándola como si fuese de la familia. ¿Y así se lo pagaba?

—¿Cómo pudisteis? —les reclamó. La voz le temblaba de rabia pero su mano sujetaba la varita con más firmeza que nunca.

Las palabras de Draco borraron la sonrisa maliciosa de los labios de Pansy. Gregory, por parte, no parecía saber dónde meterse. Draco los miraba y no podía creerse que ellos, que habían corrido por ese mismo vestíbulo en incontables ocasiones de pequeños, se hubiesen llevado a sus padres. Pensar en la cara que debían haber puesto su madre y su padre al reconocerlos entre sus secuestradores le dolía más que mil Cruciatus.

—No es culpa nuestra —argumentó Pansy —Debiste aceptar la oferta de Herpa. Así, nada de esto hubiera pasado.

—No tenéis ni idea. No sabéis cómo fue… Vosotros os quedasteis cómodamente en Hogwarts lamiéndole las botas a los Carrows. Pero nosotros… —barbotó Draco. Le dolía el pecho y notaba la visión empañada, volviendo a sus antiguos amigos una imagen borrosa a contraluz. Las palabras no dichas en voz alta durante tan largo tiempo escocían, pero las obligó a salir —Vi como Nagini se comía a la profesora Burbage encima de la mesa de mi comedor. Nos torturó decenas de veces, ¡me obligó a torturar a otros! Vivíamos aterrorizados en nuestra propia casa, tratados como basura… Así que perdonadme por no lanzarme a los brazos de la primera psicópata que aspira a ser la nueva Señora Oscura.

—Herpa no es así —la defendió Pansy —Ella no es como el Lord Tenebroso. Si te unes a nosotros, lo descubrirás.

Draco esbozó una sonrisa despectiva. Miró a Gregory, instándolo a alabar a su nueva ama, pero él no parecía dispuesto a decir nada. Ni siquiera era capaz de sostenerle la mirada. ¿Acaso se sentía culpable? Ojalá lo hiciera. Ojalá los remordimientos le impidiesen dormir y toda la comida le supiese a ceniza. Ojalá no encontrase un respiro, ni un momento de paz nunca más en su vida.

—¿Acaso tengo otra opción? —preguntó.

Pansy suspiró, con los hombros caídos. Por alguna razón, ya no parecía exultante.

—No —admitió —Herpa nos ha pedido que te transmitamos un mensaje. Dice que garantiza la seguridad de tus padres mientras trabajes para los Hijos del Basilisco.

—Por supuesto —concedió Draco —¿Qué quiere que haga? ¿Que mate a un puñado de abuelitas muggles? ¿O tal vez prefiere torture a un par de niños? ¿Es eso a lo que os dedicáis?

Gregory agachó la cabeza y se metió las manos en los bolsillos de la túnica. Pansy, en cambio, le miró impertérrita.

—No hacemos nada que no hicieran nuestros padres. Recuerdo los aires que te dabas cuando te uniste a los mortífagos y cómo te gustaba enseñarnos la Marca Tenebrosa, así que no te atrevas a mirarnos por encima del hombro.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo, Pansy? Que entonces era idiota porque tenía dieciséis años. Pero ya no somos críos, ¿cuál es vuestra excusa?

Pansy apretó los labios, furiosa.

—Hago esto por mi padre. ¿Qué estás dispuesto a hacer tú por los tuyos? —le preguntó.

Las palabras de la joven cayeron sobre Draco como el golpe de un látigo. Buscó un comentario mordaz con que contestarle, pero notaba la lengua seca y el corazón latiéndole en el pecho como si quisiera escaparse de su cárcel de carne y hueso. Porque Pansy había dado en el clavo.

Toda su cólera, todo su sarcasmo, no servían de nada porque a la hora de la verdad estaba atrapado. Todos sabían, empezando por Herpa, que no tenía escapatoria.

Interpretando su silencio, Pansy alzó la barbilla llena de altivez.

—Eso creía —murmuró —Cuando llegue el momento, Herpa te encargará alguna misión. Hazlo bien y a tus padres no les pasará nada.

Cumplido su cometido, la joven se dio media vuelta. Gregory la siguió, sin decir nada. Estaban en las puertas de Malfoy Manor, listos para marcharse y dejarlo de nuevo a solas con su miseria.

Pero Draco aún tenía algo que decir.

—Gregory —llamó.

Su antiguo amigo se detuvo y se volvió, atreviéndose a mirarlo a los ojos por primera vez en toda la visita.

—Ojalá te hubiera dejado morir en la Sala de los Menesteres —Draco masticó cada palabra antes de dejarla salir envuelta en saliva y resentimiento, mientras sostenía le sostenía la mirada sin parpadear.

Gregory hizo una mueca, como si le hubiera golpeado. Después, agachó la cabeza y desapareció detrás de Pansy sin decir nada.


El sábado 27 de octubre un mago de mediana edad llamado Ian Relish se presentó en Victoria Park durante la celebración de un mercadillo al aire libre. Voló un par de puestos con un Bombarda, hirió a ocho personas y mató a una, antes de que los aurores que estaban allí de incógnito lograsen reducirlo. Según testigos, mientras cometía el sangriento ataque no paraba de gritar que los Hijos del Basilisco le enviaban para devolver el orden a un mundo corrupto.

Según supo Hermione, cuando Relish recuperó la conciencia en los calabozos del Ministerio de Magia, no recordaba nada de lo que había hecho. Tras interrogarlo y emplear Veritaserum con él, descubrieron que había actuado bajo un Imperius.

Relish accedió a entregar su última memoria antes de ser sometido a la maldición imperdonable, pero no había visto a su atacante en ningún momento por lo que llegaron a un callejón sin salida.

—Así que Malfoy dijo la verdad —observó Hermione, pensativa, arrugando sin darse cuenta el ejemplar del Profeta que había estado hojeando.

La prensa se había hecho eco del suceso y durante días no se había hablado de otra cosa. El primer ministro muggle y el equipo de desmemorización del ministerio habían trabajado duramente para tratar de ocultar el incidente y ofrecer una explicación mundana a lo que había sido un atentado terrorista mágico.

La sociedad mágica estaba inquieta y preocupada. Después de dos guerras y de la muerte de Voldemort pensaban que el tiempo del terror había quedado atrás, solo para descubrir que los años de calma tras la batalla de Hogwarts únicamente habían sido una pequeña tregua.

—Sí —admitió Harry —Aunque tampoco fue muy generoso con los detalles. Si nos hubiera dicho quién iba a llevar a cabo el ataque podríamos haber salvado a Ava Wilson.

Así se llamaba la mujer de cincuenta y dos años que había muerto como resultado de la explosión. Relish había llorado durante horas al saber que había sido el culpable de lo sucedido..

Hermione se estremeció al pensar en ella. Tenía casi la misma edad que sus padres.

—Puede que no lo supiera o puede que no nos diera más información para que los Hijos no sospechasen que habíamos recibido un soplo —replicó.

¿Era imaginación suya o sonaba como si estuviese tratando de justificar a Malfoy? Ella había pensado lo mismo que Harry en un primer momento pero enseguida se puso a buscar explicaciones lógicas para no culparlo indirectamente de la muerte de la señora Wilson.

—Sigo sin fiarme de él —masculló Harry, apretando los puños. Había estado en Victoria Park esa mañana y había contemplado lo sucedido sin poder evitarlo. Aunque fue él quien aturdió a Relish, Hermione sabía que se sentía responsable de lo sucedido. Harry siempre había querido salvar a todo el mundo y esa era una de las razones por las que se había hecho auror.

—Yo tampoco tengo muy claro qué pienso de él pero, en cualquier caso, podría sernos de gran ayuda para acabar con los Hijos.

Harry se dejó caer en la silla que había frente a la mesa de Hermione, frustrado. En ese momento, Ron irrumpió en el pequeño cubículo que hacía las veces de oficina de la chica. Tenía las orejas enrojecidas y Hermione sabía que eso no era buena señal.

—¡Aquí estás! Harry, me alegra que tú también estés aquí, así podrás encargarte.

—¿Encargarme de qué? —preguntó Harry.

—De lanzar el encantamiento Fidelio, por supuesto.

—Otra vez no —suspiró Hermione, poniendo los ojos en blanco.

—No me mires así, Hermione, ¡si crees que me voy a quedar de brazos cruzados cuando una panda de psicópatas asesinos te han puesto en el punto de mira estás muy equivocada!

—Ron, te agradezco mucho que te ofrezcas como guardián, de verdad, pero no es necesario.

Por supuesto, Ron no iba a darse por vencido con facilidad.

—Harry, dile algo —pidió.

Harry se irguió en la silla, con pinta de desear estar en cualquier otra parte. Pasó la mirada de uno a otro y finalmente se detuvo en Hermione. Ella adivinó lo que iba a decir antes de que lo hiciera.

—Creo que no es mala idea usar el Fidelio.

—Ya lo hemos hablado —les recordó Hermione, tratando de ser asertiva y clara —Encuentro el Fidelio excesivo y no quiero causarles molestias a mis vecinos. Ya hemos tomado precauciones: nadie puede aparecerse ni trasladarse a mi edificio, y varios miembros de la oficina de aurores han lanzado todo tipo de encantamientos a mi puerta para que solo pueda abrirse con mi llave. Te aseguro que no hay un lugar más seguro en todo Londres que mi apartamento, Ron.

—Bien, pues entonces entra en él y no salgas hasta que hayamos solucionado todo esto —sentenció él.

—Ron, se razonable —le pidió Hermione. Empezaba a agotársele la paciencia —No sabemos cuánto tiempo nos llevará detener a los Hijos del Basilisco y tengo mucho trabajo que hacer. Me niego a renunciar a mi vida solo por la posibilidad de que intenten atacarme.

Ron se quedó callado unos instantes, con expresión contrariada. Por un instante Hermione pensó que había logrado disuadirlo a base de presentarle argumentos convincentes, pero eso solo demostraba lo ilusa que era. Al parecer, visto que no podía llegar a un acuerdo con ella, decidió puentearla y se giró hacia su mejor amigo.

—Harry, ¿podemos hablar a solas?

Este asintió y los dos la miraron, instándola a marcharse para darles intimidad.

Lo que faltaba.

—¡Este es mi despacho! —les recordó Hermione, sosteniendo como prueba la placa con su nombre que había sobre su mesa de trabajo.

—Está bien, está bien —murmuró Ron, en tono conciliador. Después él y Harry se marcharon a tramar Merlín sabe qué.

Tarde o temprano se enteraría de sus planes pero por lo pronto tenía mucho que hacer. Antes de sumergirse de lleno en ello, Hermione se preguntó cuándo volvería a ver a Malfoy.


En esa ocasión, Malfoy no se hizo esperar tanto tiempo. Hermione acababa de entrar en su piso y saludar a Crookshanks cuando llamaron a la puerta.

Intuyendo que sería él, se acercó a la mirilla. Malfoy estaba al otro lado, con ambas manos apoyadas en el marco de la puerta. Como si supiera que ella estaba observándole, acercó un ojo a la lente de vidrio, posiblemente por el simple placer de molestar, llenando de un gris intenso su campo de visión.

Hermione suspiró y abrió.

—Granger —saludó él, y entró sin esperar a ser invitado. Como ella aún no se había apartado, la rozó al pasar. Olía a colonia. Mucho.

Hermione pensó con fastidio que su pequeña buhardilla estaría días apestando a él. Sin perder el tiempo, Malfoy se dejó caer en el sofá. Cada vez parecía sentirse más cómodo en su casa, lo que hacía que ella estuviera progresivamente más incómoda.

De modo que decidió que lo mejor sería ir al grano.

—Así que era cierto que los Hijos iban a atacar en Victoria Park.

—Dime algo que no sepa —Malfoy había cogido una vela aromática que había en una mesa de madera junto al sofá y la estaba olfateando, con aire aburrido. Al parecer, no podía resistirse al deseo de tocar todo y husmear en cada rincón.

Irritada, Hermione la arrancó la vela de las manos.

—¿Te has enterado de que una mujer ha muerto? —le preguntó.

—Lo he leído en El Profeta — explicó él, su voz y su rostro completamente inexpresivos.

—¿Sabías cuál era el plan? Porque si es así, podríamos haberla salvado.

—Te conté lo que sabía —replicó él —que era suficiente para evitar que hubiese víctimas. Si Potter y sus amiguitos aurores no hicieron bien su trabajo, no es culpa mía.

—Entonces, ¿no estabas al tanto de a quién iban a enviar? ¿Conocías a Relish?

Malfoy apretó los gruesos labios y alzó una ceja, molesto.

—Te repito que te dije todo lo que sabía. Lo menos que podrías hacer es darme las gracias después de que te diera información vital a cambio de nada.

Se formó un silencio tenso. Tal vez quedase como una desagradecida pero le costaba creer que Malfoy no supiese nada más. ¿Seguro que no había omitido algo que podía haber salvado la vida de Ava Wilson? ¿Debía creerle?

Malfoy pareció intuir sus dudas. Se levantó del sofá con el ceño fruncido y se acercó a Hermione. Por desgracia, parecía que consideraba imprescindible estar cerca de ella para que pudiera escucharlo.

—Mira, Granger, no sé si entiendes cómo funciona una organización de este tipo. Hay varias grupos y lo normal es que no sepas nada de los planes de las demás. Me enteré de lo de Victoria Park de milagro y si alguien descubre que os he dado el chivatazo soy hombre muerto, así que un poco menos de desconfianza y un tanto más de agradecimiento estarían bien.

Su discurso sonaba tan convincente y él parecía tan sinceramente indignado por la actitud de Hermione que por un momento se sintió culpable. Pero aunque quizás estuviese siendo injusta, todavía no sabía lo suficiente para confiar en él. Después de todo se había unido a los Hijos por voluntad propia y luego los había traicionado. Le estaba muy agradecida por darle el chivatazo de iban a por ella pero, pese a no dejarlo ver delante de Harry y Ron, ella tampoco se fiaba de Malfoy por completo.

—¿Y en qué grupo estás tú? ¿Cuál es tu cometido? —quiso saber.

—En el grupo encargado de espiarte. Hablando de eso, ahora soy yo el que hace las preguntas. ¿Sigues saliendo con Weasley?

De todas las cosas que podría haberle preguntado, esa era la que menos se hubiera esperado Hermione.

—¿Cómo?

—Ya sabes, ese chico paliducho, mal alimentado y pelirrojo con el que fuimos a clase durante años. Comprendo que hayas olvidado su existencia, nunca fue alguien precisamente memorable.

—¡Por supuesto que…! —Hermione se detuvo y tomó aire, recordándose que Malfoy solo intentaba sacarla de sus casillas —Lo que quiero decir es que no veo por qué a los Hijos del Basilisco les interesaría mi estado sentimental.

—Toda información puede ser útil —aseguró Malfoy, deambulando por el salón —Por ejemplo, saber si vives sola es importante a la hora de planificar tu secuestro. Aunque es evidente que lo haces. Ya que no te apetece hablar sobre ello, no hace falta que respondas. En realidad, ya sé la respuesta.

—¿Ah, sí? —Hermione se cruzó de brazos, a la defensiva.

Para entonces Malfoy estaba detrás de la barra americana, observando el escurridor donde se secaba lo que Hermione había usado en el desayuno.

—Solo hay una taza, compartes piso con un gato y en las fotos de tu habitación no hay ninguna con Weasley a solas.

—¿Cómo…? Oh —claro, olvidaba que Malfoy había estado fisgoneando en su apartamento cuando se coló en él la primera vez. A Hermione le hubiera gustado lanzarle uno de los célebres Mocomurciélago de Ginny pero ya no estaban en Hogwarts y se suponía que podía resolver sus problemas hablando como la persona adulta que era.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—¿Qué pasó?

—¿Eso también es relevante para planificar mi secuestro? —ironizó Hermione.

Malfoy se encogió de hombros en un movimiento elegante.

—Simple curiosidad.

—Pues, espía o no, no es asunto tuyo. Y si no tienes más información sobre los Hijos, será mejor que te vayas.

—Vaya, Granger, veo que he tocado un tema sensible. Imagino que eso significa que fue Weasley el que rompió contigo. Yo tampoco querría hablar de ello si alguien como el pobretón me dejase.

Estuvo a punto de asegurarle que se equivocaba por completo pero se detuvo a tiempo. No quería darle el gusto a Malfoy. Estaba segura de que solo intentaba provocarla para que hablara más de la cuenta.

—Eso no es de tu incumbencia —declaró. Deseosa de cambiar de tema, Hermione decidió abordar lo que realmente le interesaba —Ahora es mi turno de hacer preguntas. Para ser nuestro infiltrado en los Hijos, nos has contado muy poco sobre ellos. ¿Quién es su líder? ¿Quiénes son sus miembros? ¿Desde dónde trabajan? ¿Cómo os comunicáis? ¿Cuál...

—Eh, para la escoba —Malfoy alzó las dos manos, haciéndole un gesto para que frenara —Antes de decir nada más sobre los Hijos, necesito ciertas garantías.

—¿Garantías?

—Sí. Me juego mucho con esto. Si los Hijos del Basilisco descubren que estoy trabajando como espía, me matarán. Y, por otro lado, cualquier cosa que diga puede ser usada por el Ministerio en mi contra. ¿Cómo sé que Potter y compañía no van a aparecer para detenerme y llevarme a Azkaban cuando hayan obtenido lo que querían de mí?

—Maltoy, te aseguro que…

—Confío en tu palabra tanto como tú en la mía, Granger, y ambos sabemos que eso es muy poco —la interrumpió él —No me vale con que tú me asegures nada. Trabajas en el departamento de Seguridad Mágica pero no tienes autoridad para concederme la inmunidad.

Hermione suspiró. No podía rebatir su argumento porque lo cierto era que tenía razón.

—Entonces, ¿qué es lo que quieres, Malfoy?

—Quiero que el mismo Shackelbolt me garantice en persona y por escrito que no seré detenido ni encarcelado, y que tengo inmunidad respecto a todo lo que haga en el cumplimiento de mi tarea.

—¿Quieres reunirte en persona con el mismísimo Ministro de Magia? —se asombró Hermione.

—De hecho, sí —afirmó él con total calma. Nadie diría que era el miembro de una facción de magos oscuros solicitando reunirse con la persona más importante de todo el mundo mágico —Y quiero que sea en tu piso. No pienso ir al Ministerio y como comprenderás, no podemos ser vistos juntos en público. En cambio, si alguno de los Hijos me ve entrar en tu edificio supondrá que estoy espiándote, que es a lo que en teoría me dedico.

—Está bien. Le haré llegar tus demandas, pero yo que tú no me haría muchas ilusiones —advirtió Hermione. En su opinión, Malfoy estaba pidiendo demasiado. Desde el atentado en Victoria Park, habían doblado la seguridad en torno a Shackelbolt porque, por lógica, los Hijos del Basilisco estarían interesados en acabar con él. Acceder a reunirse con uno de sus miembros no era lo que se dice un movimiento prudente y dudaba que el Ministro estuviese dispuesto a ello.

—Hey, estoy proponiendo reunirnos en la pequeña biblioteca con cama en la que vives —Malfoy hizo un gesto con la cabeza, señalando la librería abarrotada de Hermione, y las diversas acumulaciones de libros que había por todas las superficies llanas de su buhardilla —Si quisiera hacerle algo malo, ¿no crees que elegiría otro lugar? Uno que no tuviera unas cuarenta medidas de seguridad adicionales y que pudiera preparar previamente. Soy yo el que se arriesga más en todo este asunto.

Hermione se envaró, molesta por el comentario de Malfoy.

—En primer lugar, no hay nada malo en tener libros. Si hubieses leído más en vez de dedicarte a otra clase de actividades, tal vez no estarías en esta situación ahora mismo. Y en segundo lugar, ya he dicho que hablaré con Shackelbolt. Te haré saber su respuesta.

Malfoy se acercó a la puerta del piso, deteniéndose al lado de Hermione. De cerca, sus perpetuas ojeras eran más evidentes, de un tono casi tan gris como el de sus ojos, y sus rasgos parecían más afilados que nunca por la pérdida de peso. Se inclinó un poco sobre ella y un mechón de pelo platino cayó sobre su pómulo derecho.

—Que sea pronto. Mañana nos vemos, Granger —prometió, antes de marcharse.


¡Hola!

Siento el retraso, pero literalmente las últimas semanas de febrero me han atropellado y no he podido ponerme al día hasta ahora. Vuelvo con un capítulo con un montón de cosas: primer encuentro de Draco con sus antiguos amigos (vuelvan puñales), primer chivatazo al ministerio sobre Los Hijos y... antes de ir más lejos, Draco quiere un trato oficial. ¿Cómo terminará todo esto? Más en el próximo capítulo.

Espero que os este gustando. ¡Os agradecería mucho que me dieráis vuestra opinión, aunque sea para tirarme tomates!

Con mucho cariño,

Dry

PD: Deja un review para que Draco llame a tu puerta ;)