CAPITULO 6: LAS COPAS DE SANGRE
Myr
Había pasado una quincena desde que Aegon había formalizado su conquista, y la verdad tanto el como sus colaboradores no paraban de trabajar a destajo. Había ordenado la construcción de una serie de baños públicos similares a las termas romanas, para cuidar la higiene de la población, y donde podrían tener un espacio lúdico recreativo totalmente gratuito. Por supuesto estaba la razón oculta de que también había creado su propia guardia secreta, la cual se encargaba de la gestión de esos servicios, para mantener vigilada a la población. Aunque también estaban presentes casi en cada palmo de la ciudad, con muchos informantes, creando un sistema similar al de la Stasi en Alemania oriental.
También había dado orden, en el que fue su primer decreto, la construcción e una red de escuelas al cual todos los niños y niñas estaban obligados a ir desde los cinco hasta los ocho años, la cual sería completamente gratuita. Allí se enseñaría lo básico, y aunque sería un sistema un tanto primitivo, ayudaría a eliminar el analfabetismo, en todo el territorio.
Una cosa que pasaba por alto, es que con las tierras de la discordia aun intactas, y fértiles, abarcaban un terreno similar a un tercio de Las Tierras de la Tormenta, hasta llegar a las tierras semi áridas que dividían sus dominios de Volantis. Muy pronto iniciaría una reforma agraria, que duplicaría la producción de alimentos, y por supuesto acabaría con los terratenientes lo antes posible, pues eran los únicos que podían suponer un inconveniente a largo plazo.
Pero dejando de lado ese tema, había establecido las bases de su plan de gobierno, Myr sería el centro industrial y producción alimentaria, además de la sede de su gobierno, Lys sería la sede financiera, llegando incluso a reunirse con los Rogare, quienes tenían en su posesión el único banco que le hizo la competencia al Banco de Hierro. Aegon se había reunido con ellos, y les había comunicado que a partir de ese momento, el estado era poseedor de la mitad de la entidad. Al principio no lo aceptaron de muy buen grado, además habían perdido mucho con la abolición de la esclavitud, aunque Aegon los calmó un poco al depositar en sus bóvedas un par de millones de dragones de oro, y asegurarles su cooperación para el crecimiento de la banca. Con esto Aegon pretendía que el banco fuese su particular J.P Morgan, el cual tuvo un papel clave en el desarrollo industrial de los Estados Unidos del siglo XIX, y que por supuesto el replicaría en Poniente lo antes posible.
También le dio tiempo a reformar la administración, sustituyendo a los magísteres fenecidos libertos de alta capacitación. Y ya se estaba planteando instaurar un sistema de oposiciones al funcionariado. Pero por lo pronto la prioridad era la reconstrucción de Tyrosh y de los muros de Myr, los cuales habían comenzado de inmediato. Fuera de eso, la población parecía adaptarse al nuevo orden, mejor de lo previsto, después de todo ¿Qué otra opción quedaba?
No obstante, Aegon logró unos pocos minutos de tranquilidad al día, al posarse en los jardines de la villa Naranja. La mansión de un viejo magister, que había tenido a bien en cederla al gobierno, a cambio de futuros favores. Allí se podía apreciar la sofisticación, y bajo el sol de un invierno suave, Aegon estaba comiéndose una naranjas, mientras Vermithor devoraba un par de cerdos. Pero como se podía esperar, la paz no podría durar muchos, y la tormenta vino en un preámbulo caballeresco.
"Mi señor" dijo un criado, haciendo que Aegon abriese los ojos de su siesta "lamento importunaros, pero hombres de Poniente solicitan vuestra visita"
Aegon entonces se irguió, casi había olvidado la carta que le había mandado a su abuelo solicitando refuerzos, e hizo pasar a los hombres, pero su ceño se frunció cuando vio aparecer al lord comandante de la guardia real y a ser Arryk Cargyll, quienes se pararon firmes ante el. Aegon siempre iba con su espada a mano, y en medida de lo posible también Vermithor, ya que ese mundo era endiabladamente peligroso.
"Sir Harold, sir Arryk" dijo Aegon con cortesía poco enérgica "¿A que debo tan honorables visitas?"
El lord comandante permaneció firme, pero se notaba su incomodidad, y aunque era en el mayor de los casos neutral, estaba ante el hombre más incodicional al rey Viserys, algo que tanto se podía aplicar al otro caballero allí presente, pero Aegon no se quejó, al fina y al cabo ese era su trabajo.
"Mi príncipe" dijo sir Harold con preocupación "Debeís de regresar con urgencia a la capital, vuestro padre así lo ordena"
Aegon soltó una carcajada amarga.
"¿Para que me encadene o me mande al muro?" inquirió Aegon "mis buenos caballeros, lamento que hayaís venido aquí en vano, pero no volveré a la fortaleza roja, hasta que se me conceda el título de príncipe de Rocadragón" les dijo con firmeza.
"Mi príncipe" trato de hablar Sir Harold "El rey se encuentra gravemente enfermo, tuvo un accidente al resbalarse con el trono de hierro…y podría morir"
"Dejadme adivinarlo, fue de la ira al escuchar mi poema" adivinó Aegon. Eso tampoco era muy dificil, y es que algo muy parecido le había ocurrido al rey Viserys cuando varios de los parientes Velaryon trataron de impugnar el nombramiento de Lucerys Velaryon como señor de Marcaderiva. A lo demás, los rostros de esos dos caballeros eran un libro abierto "en esa carta escribí la verdad" se defendió Aegon "pero ya que habéis venido hasta aquí debeís de estar exhaustos"
Aegon hizo una seña, y al poco un criado les trajo el pan y la sal, conforme estaban bajo las leyes de la hospitalidad. Durante al menos dos días permanecerían en la villa naranja con todas las comodidades, aunque en privado fue a hablar con ser Arryk, para preguntarle por su madre y sus hermanos. Aegon terminó sintiéndose mal, por todo el sufrimiento de esa mujer, ahora una Olivia Cook, aunque le consoló un poco el saber que aguardaba su regreso, también preguntó sin cesar sobre Aemond y Daeron, estaba preocupado sobre todo por Aemond, pues, aunque sabía que era un buen chico, el abandono y las burlas podías hacer muchísimo daño. Cuando Aegon estaba vivo nadie lo había aguardado, y un ápice de tristeza le acompañó toda la noche.
Sin embargo, al día siguiente la vista de Caraxes no mejoró su estado de ánimo. Pero no estaba demasiado preocupado. La visita de su tío era un hecho tan desagradable como predecible, aunque se preguntaba por donde saldría. Afortunadamente Laena estaba en un estado avanzado del embarazo, por lo que no podía montar en Vhagar. De ser así el caso, habría tenido que incendiar media ciudad con fuego valyrio para acabar con esas dos bestias. Llamó a los dos caballeros y les solicitó que lo acompañaran a recibir a su tío. Sabía que Daemon tendría muy pocas oportunidades frente a Sir Harold y Sir Arryk, algo a lo que aceptaron casi con resignación pues tampoco querían que la situación degenerase.
Aegon caminó solo en compañía de Vermithor al principio, con los dos caballeros, pero terminó siendo adelantada por cinco mil inmaculados y mil ballesteros. Cuando llegaron al centro de la ciudad. Sus siete mil soldados de abrieron de par en par, para dejar pasar a Aegon y a Vermithor, junto con los guardias reales. Las contingencias estaban preparadas, incluso llegó a gastarse cien mil dragones de oro en una coraza de acero que protegiese el cuello de Vermithor, y aunque sin dudarlo Caraxes lo destrozaría, no terminaría como Vhagar en el Ojo de dioses, y con sus reflejos podría decapitar al wyverno rojo sin demasiado esfuerzo.
De todos modos allí se hallaba Daemon Targaryen, orgulloso y amenazante, con Hermana Oscura envainada. Aegon lo miró sombríamente, había conocido en su vida pasada a muchos tipos así, aunque casi siempre eran ejecutivos de multinacionales que despedían a miles de trabajadores a placer mientras ganaban cientos de millones de dólares. Solo que este, era un sociópata armado y sediento de poder, del cual debía deshacerse cuanto antes.
"Buen día tío" dijo Aegon avanzando con su mano tocando la empuñadura de su espada. En sus alrededores veía como quinientos inmaculados preparaban a una distancia prudencial, balistas para disparar fuego valyrio "que alegría volver a verte tras tanto tiempo…dime ¿vienes a visitar a tu sobrino favorito?"
Daemon sonrió de esa forma tan encantadora, con un toque pícaro que hacía que todos se derritiesen de adoración hacía el. "Dios, es como el lobo de Wall Street con licencia para matar" pensó Aegon.
"Pensé que necesitarías ayuda para volver a la fortaleza roja" le dijo Daemon comenzando a acercársele.
Entonces el rugido de Vermithor los detuvo al instante. Por si eso no fuese suficiente el ruido de dos mil ballestas apuntando listas para atravesarle, Caraxes rugió, pero Vermithor rugió con mas fuerza y soltó una poderosa llamara al cielo, mostrándole al príncipe canalla que si estaban preparados para un duelo.
"¿Y por que abandonaría mis dominios?" le preguntó Aegon "¿quizás para dártelos a ti…un segundo hijo que tardó dos años en conquistar lo que yo tardé apenas un día?"
Se escucharon algunas risitas de varios ballesteros. Daemon estaba enfadado pero lo disimulaba muy bien, pero Aegon sabía que su ego era su punto débil, por lo que curvó sus labios en una sonrisa socarrona.
"Solo eres un niño" replicó Daemon "No podrás mantener el control de tu reino por mucho tiempo y quien sabe lo que podría pasar…no sería la primera vez que en esta ciudad muere un señor dragón"
Aegon soltó una carcajada, y Vermithor rugió divertido a su vez demostrando su nivel de compenetración.
"Bien tío ¿Qué te parece si dejamos de fingir?" le preguntó Aegon "cuando mi padre perdió a su esposa y su hijo, tu lo celebraste por las calles de Desembarco del Rey. A lo demás, yo tengo esa sangre Hightower que tanto odias. Tu quieres todo lo que yo he conquistado…te llaman el príncipe canalla, pero deberían de llamarte el príncipe parasito ¡Mi abuelo tendrá muchos defectos, más era un segundo hijo, pero llegó a mano del rey por méritos propios! ¡tu sin tú dragón no eres nada! ¡Si el príncipe Baelon te viese volvería morirse, pero de la vergüenza de tenerte como hijo!"
Aegon había atacado su ego lo suficiente como para acabar con su paciencia, y había tocado hueso con mencionar a su fenecido padre. Sin pensárselo dos veces, Daemon desenvainó Hermana Oscura y caminó hacía Aegon con los ojos inyectados en sangre. Sin embargo, Sir Harold y Sir Arrik se interpusieron con sus espadas. Casi nadie se dio cuenta, pero Vermithor y Caraxes se miraron fijamente, y estaban a menos de un segundo de realizar una carnicería.
"¡Basta!" gritó Aegon alzando los brazos.
"¡Bátete en duelo conmigo si tienes lo que hay que tener, bastardo de mierda!" le desafió Daemon, mientras Caraxes rugía con sed de sangre. Vermithor resopló una humareda desde su hocico. Ambos dieron un paso al frente, y Aegon hizo una seña para que los guardias se retiraran, aunque fuese con reservas.
Ambos se vieron fijamente, Aegon levantó la cara y vio en los ojos de Daemon ira cuasi sin control, pero también había mucho odio, y algo turbio que solo dos generaciones seguidas de consanguineidad podían otorgar.
"Tu quieres todo lo que es mío por derecho y obra, y yo no te quiero ni en mi familia, ni en mi tierras, ni en mi vida" declaró Aegon "Pero no deseo ser un matasangre, por mucho que a ti no te importe…pero si lo deseas uno de nosotros dos morirá…he ideado algo pero ¿tienes el valor?"
Aegon se echó hacía atrás, y un capitán se acercó, entonces le susurró algo al oído. Al poco los soldados se replegaron, mientras otros oficiales se retiraban. Los soldados se dividieron en cuatro direcciones. poco a poco, cientos de ciudadanos se congregaron, y de entre ellos surgieron transportados en palanquín los nuevos príncipes mercaderes, los cuales tenían lealtad firme a Aegon, muchos de los cuales había hecho su fortuna de la noche a la mañana con el cambio de poder.
Entonces unos artesanos ricamente vestidos depositaron un cofre en el suelo. Y después de hacerle una reverencia a Aegon, estos se retiraron detrás de Vermithor. Mientras en una mesa improvisada, tres magísteres mostraron un pergamino y un frasco de tinta con pluma. Mientras otra mesa de ébano era colocada. Dos criados abrieron el cofre, y sacaron unas copas de cristal precioso.
La copa Azul de los Velaryon, con el caballito de mar en zafiro, la copa roja con un dragón de rubí de los Targaryen, la copa amarilla, con el venado de oro de los Baratheon y la copa verde con un faro de esmeralda de los Hightower.
"Estas son las cuatro copas de sangre" declaró Aegon "La sangre de Aegon, la sangre de Orys, la sangre de Corlys y mi sangre de Otto. Estas son la sangre de nuestro parientes tío, la sangre de mi padre, de tus hijas, tu sangre, mi sangre…por mucho que me consideres a mi hermanos y a mi intrusos en tu familia"
"Ve al grano" graznó Daemon.
"Magísteres" dijo Aegon "quiero ponerlo por escrito, que quiero que los dioses decidan a quien de los dos hoy se llevan. Y que esa muerte venga de nuestra propia mano, para que nadie pueda acusarnos de ser matasangres…si aceptas" dijo mirando a su tío.
"¿Qué propones?" le increpó Daemon con frialdad mortal.
"Muy sencillo tío, dos copas de vino veraniego. Las copas de esmeralda y de rubí. El todo por el todo, si ganas yo muero y todo lo que tengo es tuyo, incluidos mis derechos en el orden sucesorio. Pero si yo gano, tu no solo morirás, sino que me quedaré con tus dos hijas para hacer lo que con ellas me plazca, pero tienes mi palabra de honor de que las trataré como corresponde a su posición, también reclamare Hermana Oscura y a tu dragón. Y quedará estipulado que ninguna de los afectados guardara rencor y como última voluntad prohibirá a cualquiera de sus parientes que busque venganza…bien ¿Qué dices tío? ¿tienes lo que hay que tener?"
Aegon cogió un pañuelo de seda que le había dado un príncipe mercader, y lo hecho a los pies de su tío. Daemon estaba frenético, ya se había jugado la vida varias veces, en los peldaños, pero ahora se le presentaba la oportunidad de ganar tres ciudades, y su propio reino de pleno derecho. Aun así su instinto le gritaba que había algo extraño, pero nadie lo había humillado en toda su vida…"Este bastardo tiene la puta sangre del cabrón Hightower" rumió en su cabeza, y cuando quiso darse cuenta ya estaba firmando.
Al poco de retirarse Daemon, Aegon firmó. Sir Harold trató de detenerle alegando que era una locura, y que debían pararla cuanto antes.
"Sir Harold, vos y Sir Arrik sois los caballeros más honorables que he conocido. Si no hago esto uno de los dos cargará por el resto de su vida con la maldición de los asesinos de parientes. Por eso os ruego que deis fe de esta fatalidad, y que atestigüéis la buena fe de lo que vamos a hacer…por favor…os lo ruego, firmad como testigos y juradlo por vuestro honor"
Sir Harold y Sir Arrik se miraron fijamente, dudaron por un momento, pero incluso Daemon les gritó para que firmaran. Finalmente firmaron con aprensión y dieron fe por su honor, custodiando el pergamino.
Se retiraron las copas Baratheon y Velaryon. Quedando solo las copas del dragón y del faro. Las cuales fueron llenadas de vino del verano, y acto seguido amabas a la vez fueron rociadas por unos cristales de dos frascos distintos.
"Una de las copas contiene el estrangulador y la otra un aderezo. No sabemos cual es cual. con un solo trago es suficiente para una muerte segura…que los dioses decidan" dijo uno de los príncipes mercaderes, de aspecto más venerable.
"Te cedo el derecho a decidir" dijo Aegon.
Daemon miró las copas por un momento. El silencio era mortal, mientras en la cabeza del príncipe canalla se discernía las posibilidades, la copa roja y la verde estaban a su vida. Ambas brillaban, ante la pues del sol de invierno. Finalmente, sus prejuicios terminaron por imponerse y cogió la copa del dragón.
Aegon se posicionó al otro lado de la mesa, y agarró la copa con nervios. Las manos le comenzaron a temblar y agarró la copa con fuerza por el borde. Casi se le cayó y la posó con fuerza en la mesa, cayendo una gota sobre la mesa.
Daemon sonrió con desprecio "¿No eres tan valiente?" le preguntó sin ocultarle la inquina en su voz. Pero Aegon dio un fuerte suspiro.
"Debéis beber ambos a la vez" recordó el príncipe mercader mas anciano sacando un fino pañuelo de encaje de la más alta calidad "si les parece bien, cuando el paño caiga al suelo, ambos beberán de su copa…bastará con solo un trago" dijo el príncipe mercader. Pero era cierto, un solo sorbo ya era la muerte.
Ambos bebieron. Daemon se bebió el vino veraniego de un solo trago, mostrando la bella flor con un pequeño rubí en el centro. Aegon bebió dos tragos hasta dejarlo a la mitad, y dejó con delicadeza la copa de esmeralda en la mesa, hiperventilando de una forma muy formal mientras se Harold lo veía como a un Viserys de nuevo muchacho, pero mucho más dinámico.
Aegon tragó saliva, y se llevó una mano al cuello mientras volvía a tragar saliva, y su cuerpo temblaba. Daemon sonreía confiado y lo miraba como si fuese un montón de escoria, mientras miles de personas contenían el aliento.
"¿No eres un dragón?" preguntó Daemon, y se río con arrogancia, ante la mirada sombría de Aegon "que se podía esperar, cof – tosió un poco – de, cof, cof " – tosió con más fuerza. El rostro comenzó a ponérsele morado.
Daemon tosió sin control, se llevó una mano al cuello, pero muy pronto comprendió que iba a llegar, con sus ultimas fuerzas y el aire faltándole, sus ojos se habían tornado oscuros. Pero desenvainó Hermana Oscura y trató de abalanzarse sobre Aegon, pero este desenvainó su espada. No era de acerco valyrio, pero le pudo contener durante segundos, hasta que empujó a Daemon al suelo, escapándosele a este la espada de Visenya, mientras el rostro se le contraía y la sangre le salía de la nariz y la boca sin control.
Daemon Targaryen, murió en los brazos de Aegon con los ojos abiertos, siendo la ultima imagen que vio en vida, su sonrisa y su mirada sombría. Con sus ultimas fuerzas trato de cogerle del cuello, pero se le agotaron cuando le rozó la mejilla.
En el instante de su muerte, Caraxes rugió de un dolor que solo sintió cuando murió en sus lomos el príncipe Aemon.
"¡Vermithor dracarys!" gritó Aegon.
Todos se retiraron lo más lejos que pudieron, Caraxes se abalanzó sobre el cuello de Vermithor. Aegon cogió del suelo a Hermana Oscura. Aprovechó mientras Caraxes estaba perforando la coraza de Vermithor. El dragón de bronce se defendía contraatacó con fuerza y se liberó de su agarre dejarle medio degollado. Al oler la sangre, Vemithor soltó su gran llamarada en medio sobre su ala derecha. Y otra vez en el rival hundió sus colmillos otra vez más decapitando al dragón rojo de inmediato, mientras Aegon estaba cubierto por la sangre del dragón, y la furia bronce rugía vencedor.
Aegon entonces vio las dos copas en el suelo e hizo que Vermithor las rociara con fuego eliminando cualquier rastro del mecanismo de las copas. Pues la copa esmeralda, mostró una piedra verde suelta del centro de la flor de dentro de la copa liberando el antídoto. Pero quienes lo sabían, solo eran un par de artesanos que pronto estarían en Qarth, para establecer un puesto de comercio bajo su patrocinio.
Cuando el ruido cesó, y Vermithor se tranquilizó, la gente reapareció, y a millares aclamó a Aegon. Casi sin poder evitarlo, una multitud, conformada por parientes muertos a manos del wyverno rojo agarró el cuerpo sin vida del príncipe canalla y no solo lo cercenó, sino que arrastraron sus restos hasta el alcantarillado donde lo tiraron de mala manera con toda la podredumbre, hasta ir a parar a la mar pasto de los peces.
"¡Salve Aegon! ¡Salve Aegon!" victoreaban las gentes, y es que si Aegon temido, Daemon era odiado directamente, por todas las tropelías que había hecho durante la guerra. Mientras los príncipes mercaderes entregaban el pergamino a Sir Harold, el cual al recibirlo se arrodilló y juró por su espada la buena fe del proceso.
Aegon sonrió y cubierto de la sangre del wyverno rojo, alzó Hermana Oscura y Vermithor rugió, soltando una llamarada al cielo, que enfervorizó al gentío, aclamándole como nunca habían aclamado a nadie.
Una canallada había acabado con el príncipe canalla.
