CAPITULO 7; LAS CABEZAS GASTADAS DE MYR

Desembarco del Rey, ultima luna del año 119, DC

El rey Viserys apenas se estaba recuperando de la herida que el trono de hierro le había hecho. Después de aquelló había desarrollado una especie temor hacía el mismo, y dudaba en volver a sentarse en él. El alivio de la leche de amapola casi no hacía sentir el dolor de la mano que le quedaba.
Pero aun así, aunque más dormido aguardaba el regreso del lord comandante de su guardia, y de ser Arrik. Esperaba que le trajesen a su hijo, luego le daría un soberbio castigo por su insolencia, encerrándolo en las mazmorras uno o dos años a base de pan y agua. "He sido demasiado blando con él, pero le enseñaré con severidad cual es su lugar" decía el rey. Pero su recuperación era lenta, por las margas discusiones entre su mujer y su hija. Solo la presencia de sus amados nietos, le daba algo de paz. Y aunque sus hijos también estuvieron a su lado, no les prestó la más mínima atención, dejándolos bastante dolidos, muy especialmente a Aemond quien tenía una mirada dura en su rostro.

Sin embargo, tras una luna. Sir Harold y Sir Arryk regresaron a la fortaleza roja. Nada más conocerse su llegada. El rey salió con todas sus fuerzas de su habitación, y la reina lo ayudó a moverse, pero muy preocupada por su hijo. Pronto se le sumó Rhaenyra, y el consejo privado, en la sala de este.
El rey Viserys tomó asiento ayudado por la reina. Allí en el consejo, ya estaban lord Lyonel Strong y su hijo Larys, lord Jasper Wild, sir Tyland Lannister, el gran maestre Mellos, lord Crolys Velaryon y lord Lyam Besbury. La princesa Rhaenyra se sentó en el otro extremo de la mesa. Aun estaba muy molesto con su medio hermano, y esperaba que fuese muy duramente castigado por sus acciones, quizás Daemon le hubiese dado una buena lección y Aegon estaría desfilando encadenado.

Cuando entraron se sorprendieron al ver junto a ellos al mismo príncipe mercader en lugar de Aegon, y enseguida pronto comprendieron el resultado de la misión. Pero lo que llamó la atención aparte de las cajas que llevaban ambos caballeros, era el rostro sombrío del lord comandante, lo que auguraba mala noticias.

"¿Dónde está mi hijo?" preguntó el rey Viserys, con la voz aun no muy afectada por la medicación, pero ya tenía mala cara por la respuesta.

"El príncipe Aegon está en Myr" dijo Sir Harold "se negó a volver con nosotros, dijo que no piensa volver a la fortaleza roja hasta que lo convirtáis en príncipe de Rocadragón…dice que su vida peligra"

"¡Canalla insolente!" gritó el rey "En cuanto le ponga la mano encima…" dijo ante de toser con fuerza.

Pero el lord comandante no altero su rostro sombrío.

"Su gracia…ocurrió algo" continuó el lord comandante, y con cuidado puso la caja sobre la mesa. El príncipe mercader, se acercó a la mano, y le entregó un pergamino. El cual le solicitó que lo leyera en alto.
Lord Lyonel Strong así lo hizo, leyendo el pacto de Aegon y Daemon, con todas sus condiciones y consecuencias. Todos se sorprendieron por aquello, pero fue lord Corlys quien se enfureció al saber que su yerno, había apostado a sus nietas. Rhaneryra no se sorprendió demasiado, ya que conocía bien a su tío y su personalidad temeraria, pero aquello de las copas la dejaba inquieta.

"¿Y como concluyó el asunto?" preguntó el rey temeroso.

Sir Harold miró fijamente la caja, y al poco la terminó abriendo, mostrando una cabeza cercenada. Esta desfigurada, siendo lo único distinguible los ojos violetas oscuro y los cabellos plateados, pero el rey reconocería los ojos de su hermano en cualquier sitio. Todos allí quedaron conmocionados, nunca se esperarían que Daemon terminase así. La reina dio un grito de horror, el rey vomitó en el suelo por la impresión de la cabeza de su hermano y el tratamiento del maestre. Mientras los otros miembros del consejo hubieron de taparse la nariz ante el repulsivo hedor.
Rhaenyra contorsionó su rostro de la sorpresa y el dolor al ver a su tío en un estado tan abominable, y derramó unas lágrimas por su amor platónico. Pero al poco su mirada se llenó de odio y se levantó de la mesa llena de rabia.

"¡Exijo justicia por el príncipe Daemon!" gritó "¡Mi medio hermano ha cometido traición, y se ha convertido en un asesino de parientes!"

"Eso no fue así" aclaró Sir Harold en tono serio "El príncipe Daemon llegó a Myr cuando, Sir Arryk y yo estábamos bajo las leyes de la hospitalidad. Tras bajar del dragón Caraxes, trató de convencer al príncipe Aegon de que volviese a la corte. Pero vuestro hermano, hizo oídos sordos y le acusó de querer apoderarse de lo que era suyo por derecho de conquista. Y le insultó con dureza. Entonces el príncipe Daemon desenvainó a Hermana Oscura, y nosotros tuvimos que pararle, pero estoy seguro de que habría matado al príncipe Aegon de no ser porque Vermithor estaba con él. Fue el propio príncipe Aegon el sugirió ese desafío, pues no quería que nadie más saliese perjudicado de su enfrentamiento ni tampoco ser un matasangre"

"¡Fue una trampa!" gritó Rhaenyra "¡Aegon no es un diablillo envidioso y retorcido, seguro que embauco a mi tío!"

Pero Sir Harold se mantuvo firme.

"Yo y ser Arrik fuimos testigos de como ambos príncipes firmaban el pergamino. Vimos como las copas eran llenadas. El príncipe Aegon dejo escoger a vuestro tío la copa que bebería. Mientras el príncipe Daemon estaba ocupado bebiendo la copa del dragón, el príncipe Aegon estaba temblando de miedo mientras bebía la copa con el emblema Hightower apenas la mitad de la misma. Incluso se llevó una mano al cuello de la angustia. Entonces el príncipe Daemon se burló de su miedo, y comenzó a toser. El rostro se le puso morado, y desenvainó su espada, para tratar a matar al príncipe Aegon con sus ultimas fuerzas. Caminó hacía el, pero el príncipe desenvainó la suya, y frenó a Hermana Oscura. Antes de que pudiésemos intervenir, el príncipe Daemon había caído ya al suelo, y el extraño se lo llevó en brazos del príncipe Aegon"

"Aun así la sangre exige un respeto" dijo lord Corlys al ver la cabeza de su yerno, y mirando con inquina al príncipe mercader. Pero este lo ignoró completamente.

"Sepan mis señores" comenzó el príncipe mercader "que una vez que el príncipe Daemon feneció. Su dragón enloqueció, y de no ser por el dragón de mi señor, todo Myr habría sido destruido, pues en solo unos segundos causó estragos, hasta que finalmente fue degollado, y devorado esa misma noche por la poderosa Furia de bronce. Pero la turba al volver a la plaza y aclamar a mi señor como vencedor, cercenó el cuerpo del príncipe Daemon y lo tiró a las cloacas. Suerte que solo la patearon por las calles, hasta que llegó la guardia"

"Sus señorías, yo doy fe de los sucesos como testigo, al igual que Sir Arrik, por muy escandalosa que hubiese sido esa escena, juro por mi vida que esos fueron los hechos acaecidos en Myr" dijo el lord comandante con una solemnidad tan absoluta que ni siquiera la princesa Rhaenyra se atrevió a rebatir.

En el consejo dejando de lado la consternación del momento, no dudaban en absoluto de las palabras de Sir Harold, quien tenía una merecida fama de ser uno de los hombres más honorables de los siete reinos. También conocían a Daemon, y lo que príncipe canalla era capaz de hacer. En las cabezas de los consejeros se formuló la idea de un Daemon envidioso y con el orgullo herido, dispuesto a abalanzarse sobre su sobrino más joven y aventurero, creyendo erróneamente que podría asustarlo, y al final terminar muerto por su propia arrogancia.
Lord Lyonel Strong, quien años atrás había aconsejado al rey ejecutar a Daemon por haber desflorado a su sobrina, también lo recordaba celebrando por las calles de Desembarco del Rey, la muerte del príncipe Baelon. El resto de los consejeros opinaban igual, aunque lord Corlys estaba más inquieto por el futuro de sus nietas. El rey Viserys amaba a su hermano, mucho más que a Aegon, pero no era ciego a sus defectos, y no pudo sino más que aceptar los hechos, mientras la reina suspiraba de alivio, no solo por la muerte de Daemon, sino también porque su hijo seguía sano y salvo. Probablemente cuando su padre se enterase de la noticia, estaría bailando por las calles de Antigua.

"Esta sesión se da por concluida" dijo el rey con cansancio. Se sentía muy débil, y si no volvía pronto a la cama era probable que perdiese el conocimiento. Cuando se levantó, todos le hicieron una reverencia antes de marcharse.

Aunque fue lord Corlys el primero en salir apresuradamente de allí, para coger el primer barco y traer a su hija y nietas a Marcaderiva lo antes posible. Lord Strong se retiró junto al príncipe mercader seguido de su hijo, mientras Lord Wild y Sir Tyland, estaban radiantes al ver la cabella del príncipe canalla, e incluso felicitaron a la reina por el gran servicio al reino que había hecho su hijo. Pero las dos antiguas amigas se miraron con odio y rencor, aunque la reina fingió inocencia, eso no podría acabar así.

Myr

Después de más de una luna, a las costas de la capital del dominio de Aegon. Diez mil espadas al mando de su tío abuelo, lord Ormund Hightower desembarcaron en Myr. Aegon le dio una calurosa bienvenida, y su tío abuelo se quedó impresionado por lo que había conseguido en tan poco tiempo. Y como símbolo de su poder había puesto la calavera de Caraxes en la alto del centro de la ciudad. Algo que el lord y sus oficiales admiraron profundamente.
Aegon le solicitó a lord Ormund al menos cinco mil hombres y que le enviase toda la gente capacitada y de confianza que pudiese, para gestionar el señorío de Las tres hijas. Algo que Lord Ormund concedió de buen grado.
Aegon también le aseguró que Antigua tendría preferencia sobre el resto de los siete reinos a la hora de comerciar con el señorío, lo que sin duda daría a lord Hightower pingües beneficios. incluso hizo traer a las mejores lysenas para "relajar" a su tío y oficiales. Allí permanecieron una quincena, entre fiestas y recorridos por sus dominios haciendo buenas migas con muchos de los príncipes mercaderes.

Aegon entonces, en una mañana le mostró su siguiente invención, que no era otra que la imprenta. Con ella el saber podría ser distribuido fácilmente, a las clases populares y no serían necesarias esas transcripciones interminables y tediosas. El invento de Gutenberg había revolucionado en su día su mundo, y ahora lo haría con este también. Para llevarlo a cabo, solicito que el artefacto fuese directo a la ciudadela, en concepto de donación a la orden de los maestres. También le dio medo millón de dragones de oro, que sería entregados al septo de antigua, para ser distribuido entre los más pobres, lo que a términos inflacionarios, constituía la mayor donación hecha por alguien en la historia de los siete reinos, si no se contaba las tierras que la reina Alysanne le había regalado a la guardia de la noche.

El día de partida, Aegon y lord Ormund se despidieron de forma efusiva. Su tío abuelo le dajaba cinco mil soldados adicionales, y varios de sus vasallos de confianza más preparados, a los cuales Aegon cubriría de oro.

Durante la siguiente quincena solo tuvo una agradable rutina, pues con varios proyectos en fase de construcción, cabía esperar un poco a que estos concluyesen. En cuestión de meses crearía una gran fundición, y las factorías de química y de armas, y más adelante desarrollaría la industria conservera. Por lo pronto las obras de reconstrucción de Tyrosh avanzaban más rápido de lo previsto, y en Lys las conversaciones para el papel moneda con los Rogare, estaban tratando de conjugar la idea, de momento solo aplicable al comercio con Antigua. Aunque todo aquello solo era el movimiento precursor, el grueso del proyecto vendría con suerte en una década.
Aegon aun necesitaba explorar Sothoryos y Ulthos, en busca de materias primas como el algodón, por lo que había leído no diferiría mucho del Amazonas, y las enfermedades documentadas era muy parecidas a la malaria y la fiebre amarilla, que bien podía tratarlas. Pero decidió reposar un poco. aun era joven y tenía mucho tiempo por delante para cumplir con su misión, además su joven cuerpo no estaba acostumbrado a trabajar catorce horas al día.

Entonces se tomó los últimos días de ese año libres, que pasó durmiendo, entrenando o volando con Vermithor por el mero placer de surcar los cielos, para después darse un estupendo banquete, en uno de los cuales le llegó una carta de Laena Velaryon, la cual luego de la muerte de Daemon se había trasladado a toda prisa a Marcaderiva, para evitar que sus hijas cayesen en las manos de Aegon.

"Estimado primo, no me importa lo que tu y el imbécil de mi marido hayan apostado. Mis hijas son mías, nunca les podrás rus asquerosas manos encima. Si apareces por Marcaderiva, te por seguro que lo que no tuvo el príncipe canalla, lo tendrá su mujer para convertirte en cenizas"

Aegon sonrió y se quedó en el patio junto a Vermithor cenando unas costillas. Pronto llegaría la media noche, y al fuego del atardecer, tras recibir los mejores deseos por parte de los magísteres y notables de la ciudad. Aegon salió a respirar el aire fresco por los jardines, y Vermithor lo miró fijamente.
Ya era otro año, mientras Aegon respiraba el aire fresco de los últimos días del invierno, aunque allí fuese más suave, que duda cabe, que en Poniente, donde se cobrarba miles de campesinos. Pero Aegon estaba de buen humor, mientras llevaba una manzana roja de postre, para comer junto a su dragón.

"¿Lo sientes amigo?" dijo Aegon aspirando el aire fresco "La primavera está surgiendo"

Vermithor rugió de alegría, y Aegon pegó un mordisco a su manzana, pues estaban ante los primeros minutos de la misma, cuando al otro lado del Mar Angosto, un incendio en Harrenhall acababa con lord Lyonel Straong y su hijo Harwin. Pero Aegon solo contemplaba las estrellas tumbado en los lomos de la Furia de Bronce.
La primavera roja había comenzado.