CAPITULO 12: LA NACIÓN DE LOS TRES DRAGONES

Myr, año 125 (año del invierno)

Cinco años después de que Helaena se hubiese marchado sin haberles dicho nada de vuelta a Desembarco del Rey. Desde entonces no sabían nada de ella, pues la ultima noticia de su familia que les había llegado, fue la muerte de su abuelo Otto Hightower en las celdas negras en el año ciento veintidós. Hubo rumores de que había sido asesinado por órdenes de Corlys Velaryon, como venganza hacía Aegon. Pero lo cierto es que la antigua mano había muerto de una neumonía severa a causa de las pésimas condiciones de las celdas negras.

En esos cinco años se había llevado una extraordinaria revolución industrial, solo comparable con la acaecida en el Japón del periodo Meiji, llegando la tecnología de las tres hijas a la de un periodo similar a la de la primera mitad del siglo XIX, aunque en algunos aspectos estaban a comienzos de las dos primeras décadas del siglo XX, como era el caso de la aplicación del método Haber-Bosch, que permitía el desarrollo a gran escala de fertilizantes y explosivos, pero sobre todo y eso era secreto de armas químicas.
A base de muchísimo esfuerzo, un Aegon sempiterno trasnochado, había llevado con éxito su revolución industrial. Si no tuviese el cuerpo de un muchacho de dieciocho años, ya le habría dado un infarto. Pero quería pensar que había merecido la pena.
Ahora en la noche, Myr estaba iluminada por el gas de alumbrado. El ruido de la locomotora llegar a la estación, anunciaba los veinte vagones de trigo, frutas y carne de porcina y vacuna congelada, listos para entrar al día siguiente en las fabricas de conservas. Mientras en el cielo varios dirigibles partían hacía Tyrosh y Lys, para hacer escala hasta Pentos y Volantis con todo tipo de mercancías.

Ataviado por un traje de seda negro, llevaba una camisa blanca, corbata y zapatos negros. Era más una vestimenta de finales del siglo XIX, pero se sentía cuando le admitieron en aquel club tan selecto. En los últimos meses, se había instaurado la moda entre la elite del reino. Lo cierto es que transmitían elegancia, y eran más cómodas que las túnicas.
Seguido por su guardia de elite en la distancia, y caminando con Vermithor detrás suya. Aegon caminó saludando al gentío que le aclamaba en su camino hasta la sede del gobierno, la cual había sido restaurada y ahora tenía un toque parecido al palacio de Fontainebleau. Allí la cámara de los comunes le rindió pleitesía, con quinientas rosas de todos los colores a su paso. La bandera del reino, un dragón dorado sobre un fondo negro, hondeaba en todo el lugar.
Al subir al palco, el primer magistrado Phoenymion le hizo una reverencia, y Aegon pesadamente miró a la multitud, mientras el vuelo de Vhagar y Daekarys ensordecía el lugar y Aegon sonrió tenuemente mientras sus hermanos era vitoreados por el pueblo llano. Allí mismo en el centro de la plaza hicieron una reverencia a Aegon al unísono para reafirmar su soberana posición.

Aemond había crecido tanto, que a pesar de su presencia intimidante era el hombre más cotizado de las tres hijas, por lo menos hasta que el adorable Daeron le desplazase en cuatro años.
Cuando llegaron al palco de la oficina real, se hizo evidente el contraste físico, Aemond le sacaba una cabeza y su cuerpo era musculoso, intimidante y atractivo, pero con un toque oscuro. En cambio, Aegon en comparación tenía el rostro agraciado, pero la piel pálida. Los músculos que había tenido hacía cinco años se habían desvanecido entre jornadas extensivas de oficina y proyectos sin fin. Pero conservaba su mirada sombría, aunque en su cara se veía reflejada una sonrisa extenuada. Por su parte Daeron era el chico más adorable dela ciudad, portando la espada de la casa de Aurion, sus ojos violeta brillantes y su cabello rubio plateado corto, junto a su traje de frac, hacían que muchas chicas se ruborizaran y ya era casi tan alto como el propio Aegon.
Finalmente se posicionaron a su derecha, mientras el gabinete de magísteres se posicionaba detrás, cuando Aegon comenzó a dar su discurso.

"Ciudadanos de esta gran nación, en esta medianoche en la que se cumplen cinco años de mi reinado, me dirijo a vosotros para agradeceros el esfuerzo de toda nuestra sociedad, a la hora de encumbrar a esta naciente nación, a convertirse en las más poderosa de este continente, desde los tiempos de la vieja Valyria. Hoy dominamos los cielos en los dirigibles, los mares con nuestros barcos de hierro. La producción alimentaria prácticamente se ha triplicado en estos años, nuestra industria es la envidia del mundo, y el saber vuestro no ha había sido visto nunca en esta tierra. Nada de esto habría sido posible sin vosotros, y por ello…os doy las gracias desde lo hondo me mi corazón"

Más de cien mil personas ovacionaron las palabras de Aegon, y Vermithor rugió de orgullos, mientras el gobierno ovacionaba a su rey. Las toscas maquinas fotográficas generaban flashes cegadores, pero que apenas eran molestos, si se tenía en cuenta el orgullo del momento. Aegon sintió un poco de energía recorrer sus venas, efecto sin duda de la aclamación de su nombre, teniendo que esperar unos momentos para poder continuar.

"Pero cuando esta nación mudo los ideales de tiranía por los de la justicia y la libertad, también le fue asignado el cometido de despertar al mundo de esa libertad. Aquí y ahora las tres hijas, han dado lugar a una Valyria renacida, libre de los pecados que llevaron a nuestros ancestros a la condenación; Pentos, Qohor, Norvos, Volantis, Mantarys, la bahía de los esclavos…debemos unirlos bajo nuestro manto, para así todos juntos caminar hacia el futuro. Sin miedo y sin cadenas, desde el muro hasta Ghis, desde Lannisport hasta Vaes Dothraki, una era de paz y gloria se forjará. Recordad esta noche, pues es hoy el futuro nos pertenece"

Los tres dragones rugieron de orgullo a la vez, que los tres hermanos alzaban sus espadas. El gentío estallo de la euforia. Al poco comenzaron los disparos de cañón y los fuegos artificiales en el cielo.
Con esa puesta en escena, Aegon se aseguraba el apoyo popular. Por la mañana el periódico de la nación "La voz del dragón" emitiría su comunicado. Aunque había pillado a muchos de sorpresa, lo cierto es que la idea ya se venía gestando desde hacía tiempo, tras los repetidos intentos de las ciudades libres de robar su tecnología, o las tirantes relaciones entre Braavos y Pentos por el control de los Peldaños, en los que se sabía que se había hecho contactos con el trono de hierro para una posible coalición, que no habían llegado a nada gracias a algunas concesiones que Aegon hizo a los comerciantes de Braavos.
En esos años había creado un poderoso ejército, que contaba con ochenta mil efectivos profesionales, doscientas piezas de artillería, ocho dirigibles de guerra y por supuesto dos duques ironclad, más otros tres que estaban siendo construidos en los astilleros de Tyrosh, eso sin contar las decenas de dromones cuasi obsoletas. Por aquel entonces según el censo la población de las tres hijas contaba con más de seis millones de habitantes, pero al ser una zona del tamaño similar al de Uruguay, de gran actividad comercial e industria, pero carente de materias primas, el temor a que el resto de las ciudades libres se diesen cuenta de esa debilidad y uniesen fuerzas contra ellos era algo que le quitaba a Aegon el poco sueño que tenía.

Por el momento disfrutaría de la gala. Había algunos nervios entre los magísteres, pero nadie dudaba de la victoria. El mundo pensaba que su poderío radicaba en los dragones, y Aegon había hecho un esfuerzo severo para que los secretos del conocimiento no se filtraran. Ni siquiera los propios artesanos gremiales conocían de todos los componentes o procesos para llevar a cabo el proceso. Además el factor sorpresa era fundamental, eso era lo que le había permitido conquistar las tres hijas en menos de una quincena hacía más de cinco años.

Sentado en un sillón en una habitación privada, Aegon se reunió con el primer magister y sus hermanos, los cuales tenían una copa de coñac, salvo Daeron a quien Aegon había hecho servir una tónica. Hacía dos días que había enviado cartas a todas las ciudades libres con la misma información, salvo a Braavos a la cual le aseguraba que respetaría su independencia.

"Aemond quiero que vayas a Volantis con Vhagar, te acompañarán cuatro dirigibles de batalla. Espero que convenzas a la triarquía de que lo que más le conviene es unirse por las buenas al nuevo imperio, apela a sus raíces, y ya de paso seduceles con la idea matrimonial"

"¿Cómo dices hermano?" preguntó Aemond divertido.

"Volantis está regida por la vieja sangre que puede rastrearse hasta la antigua Valyria, allí hay cientos de familias con muchas hijas, que nos permitirán mantener pura nuestra sangre sin tener que recurrir al incesto…de las muchachas que estén allí puedes casarte con la más valiosa, cásate con todas sus hermanas si así lo quieres, pero elige con cuidado" dijo Aegon.

Aemond entendió bien, cualquiera de esa sangre vieja, estarían encantados para tener a un nieto como señor dragón. además, Vhagar y cuatro dirigirles con la capacidad de arrasar Volantis sin duda sería un buen elemento persuasivo.

"¿Y yo que voy a hacer?" preguntó Daeron entusiasmado. A lo que Aegon y Aemond soltaron una carcajada.

"Aun eres demasiado joven" dijo Aegon "dentro de unos años serás el terror de los cielos" Aegon no tenía ninguna duda. Daeron era increíblemente inteligente, al punto de ser un niño prodigio, fue una autentica pena que su familia le hubiese desperdiciado de esa manera. Pero ya tenía el nivel de estudios similar al de un estudiando de primero del MIT. Tal era así que no había reparado en gastos a la hora de su educación, la cual había sido lo más esmerada posible, bajo la supervisión del magister Soserys. Lo cierto es que Aegon se inclinaba más para que Daeron fuese su sucesor, pues había algo que le inquietaba en el comportamiento de Aemond, era demasiado temerario y a veces podía ser muy violento. No obstante, era un guerrero imbatible a base de un arduo entrenamiento e inteligente, si no fuese tan impulsivo, Aegon se habría quedado más tranquilo.

Daeron hizo un puchero, pero Aegon le acarició la cabeza. Y sintió algo de lastima de verle tan deprimido.

"Muy bien" dijo Aegon "cogerás a Daekarys y marcharás a Norvos. El general Manes partirá con diez mil hombre y cincuenta piezas de artillería. Tu les acompañarás y si Norvos no se rinde, quemarás sus murallas, te acompañaran dos dirigibles. Una vez que Norvos esté ocupada volverás de inmediato ¿me oyes? Es una orden"

"¡Si hermano!" respondió Daeron ilusionado. Pero ya daría instrucciones reforzar su seguridad.

"Otros veinte mil hombres junto con cincuenta piezas de artillería partirán junto al general Annek, además de dos dirigibles. No quiero que las ciudades sean destruidas, pero no si se niegan a entrar en razón habrá sangre y fuego" declaró Aegon haciendo uso del lema de la casa Targaryen.

Entonces Aegon alzó la copa.

"Por el imperio" declaró Aegon, y los tres alzaron las copas, llenos de emoción.

A la mañana siguiente, los ejércitos y los dragones partieron. Mossador le informó sobre el como la formación de cien mil jóvenes reclutas, los cuales en pocas semanas servirían para la leva de refuerzo. El entrenamiento habría sido duro, pero tenían la suficiente formación y adoctrinamiento para cumplir con el objetivo.
Entonces Aegon se retiró unos días a una villa a las afueras para someterse a una serie de tratamientos relajantes, porque si se ponía a pensar en Daeron, le daría una crisis nerviosa. Aun así también venía bien delegar funciones, ahora que se habían creado unas instituciones con cierta solidez. De todas formas la maquinaria estaba en marcha.

La fortaleza roja

En esos cinco años tras la fuga de los tres príncipes, en los siete reinos habían acaecido muchos sucesos y ninguno demasiado positivo. Lord Corlys fungía como mano del rey, y era un hombre capaz, pero demasiado arrogante e intratable. A causa del bloqueo de los Peldaños, la fuente de sus ingresos se había desplomado, pero estaba mínimamente operativa gracias a intermediarios de Pentos y Braavos que cobraban su buena tajada. Para más leña en el fuego, el bloqueo de su deposito en el banco Rogare, había sido un durisimo golpe. Había apostado demasiado fuerte, y quizás debía de haber aceptado la oferta de Aegon, pues tenía una certeza total de que Addam y Alyn estaban presumiblemente muertos.
Otro golpe igual de duro fue la muerte de su hijo Leanor a manos de su amante. En un primer momento había acusado a Aegon ordenar su asesinato como venganza. Pero en medio de su dolor, la ambición brillaba en el con más fuerza que nunca.

Pero su posición se veía duramente cuestionada en el consejo. Contrario a lo que había predicho en su día, los siete reinos no se vieron tan perjudicados por el comercio, eso solo se limitó a Desembarco del Rey pero no fue un golpe muy duro ni mucho menos. Puerto Gaviota apenas lo notó pues se dedicaba el poco comercio externo, solo lo hacían con Braavos. En cambio, Villaespecia se vió severamente afectada, y pronto comenzó a despoblarse cuando el volumen comercial descendió en cerca de dos tercios.

Por otro lado Antigua y Lannisport se vieron beneficiados por el bloqueo, e incluso se instalaron factorías comerciales en las ciudades. La serpiente marina había hecho todo lo posible para clausurarlas, pero estas estaban en manos de comerciantes de Lys. Pero daban demasiados beneficios para Occidente y el Dominio, por lo que se encontró con una feroz oposición liderada por Tyland Lannister. El rey Viserys terminó permitiéndolo como gesto de buena fe hacia sus hijos. Además estaba intrigado por los bienes comerciados como libros, y esos curiosos trajes de tela, lentes de contacto y medicamentos que le hacían mucho bien.

La salud del rey se había deteriorado gravemente, estaba postrado en la cama casi todo el día. El cabello casi se le había caído del todo, había perdido casi todos los dientes y los maestres le tuvieron que vaciar un ojo. Lo único que hacía era llamar a su hija y sus nietos, mientras su relación con reina se había vuelto casi inexistente, estando esta solo con el consuelo de la compañía de Helaena. En cuanto a Rhaenyra, como princesa de Rocadragon no mostraba un especial interés en gobernar, pero estaba llena de odio hacía sus hermanos. El vinculo entre dragón y jinete era muy profundo. Aegon solo podía haberle hecho más daño matándole a sus hijos. Pero tampoco era una guerrera y aunque se daba maña con Tessarion, no tenía ningún hueso marcial. Las únicas buenas noticias eran que Jacaerys era otra historia y se había convertido en un hábil jinete gracias a Fuego Solar, Baela había heredado el esperitu y el talento combativo de Daemon. Rhaena por su parte se había unido a Ala de Plata, y ambas hermanas eran entrenadas a conciencia por su abuela. Ellos eran la única esperanza de los negros.

De hecho la serpiente marina se había llegado a plantear seriamente, tratar de convencer al rey de que nombrase a Jacaerys príncipe de Rocadragón. Era una posibilidad muy realista, pues su gracia amaba profundamente a sus nietos. Aunque el ejerciese el poder en la sombra, en una corte muy fragmentada pues aun con los príncipes en el exilio, los ánimos estaban caldeados debido a que para compensar perdidas había establecido un impuesto especial al comercio en Lannisport y Antigua que había soliviantado a los Lannister y a los Hightower, de hecho gracias a los informes de Larys Strong se sabía de los contactos entre esas casas y Aegon.
Pero no podía hacer nada de momento, Aegon tenía un potente ejército en sus dominios. Era sin duda el jinete de dragón más temible de todos, más de lo que Daemon lo fue en su día, lo había demostrado en la conquista de las Tres Hijas. Además tenía con él, ese tal Daekarys, el dragón más grande y terrorífico. En verdad no había querido hacerle ningún daño al pequeño Daeron, se habría contentado con casarlo con Rhaena y que gobernase junto con Rhaena, Marcaderiva. Pero para ello debía deshacerse de Aegon y Aemond, eran demasiado peligrosos para sus planes.

Y ahora lo único que había en la fortaleza roja era una tensa calma, por lo menos hasta que llegó el mismo príncipe mercader que visitó cinco años a la corte, pero ahora vestido con un traje negro. Solicitó ver al rey, alegando que traía un mensaje del rey Aegon.

El rey avanzó tanto como pudo con su bastón y una máscara cubriendo la mitad de su rostro, pero no pudo subir los escalones del trono y se vio obligado sentarse a una silla a los píes de las escaleras del trono. El rey Viserys miró al hombre como si fuese un cuervo que viniese a sacarle la sangre. Mientras que su esposa lo miraba suplicante. Como se arrepentía de haberse casado con ella.

"¿Qué mensaje nos traéis?" preguntó el rey con tono doliente y sombrío.

"En primer lugar quisiera felicitaros por las bodas de vuestro hijo" dijo el príncipe mercader.

Pronto hubo un mar de murmullos, y todos se sorprendieron con distintas tonalidades. Pero la serpiente marina fue quien más se puso en guardia, mientras la reúna abría los ojos y daba unos pasos al frente sin darse cuenta.

"¿Con quien se ha casado el príncipe Aegon?" inquirió el rey.

"Quien se ha casado ha sido el príncipe Aemond, con siete mujeres de las familias de más antaño abolengo de Volantis, rastreable hasta la antigua Valyria" declaró el príncipe mercader, dando a entender una posible alianza entre el Aegon y Volantis. Pero también sería un escandalo pues la fe de los siete no permitía la poligamia y la reina se llevó una mano a la boca.

"¿El príncipe Aegon ha hecho una alianza con Volantis?" preguntó directamente la serpiente marina mirando fijamente al príncipe mercader que permanecía inalterable.

"Volantis se ha incorporado pacíficamente a los dominios del rey Aegon" declaró el príncipe mercader causando una gran conmoción. Entonces sacó de su abrigo un gran sobre, que abrió con sumo cuidado. Primero sacó del sobre una carta, y luego de la mano de uno de sus escoltas se lo entregó a la serpiente marina.

La serpiente marina abrió el sobre y sacó un pergamino. En el aparecía un mapa de Essos, marcado de rojo una gran franja que abarcaba desde Andalia hasta Lhazar, desde Lys hasta Vaes Dothraki, llegaba hasta Sarnor. Lo único que quedaba sin rodear aparte del territorio de Braavos, e Ibbei era la península de Valyria.

"Norvos de ha rendido con poca resistencia, y Qohor ya ha sido ocupada. Nuestras fuerzas marchan hacía Pentos, al menos en el momento en que partí de mi nación" dijo el príncipe mercader.

Todos quedaron en silencio. El horror de la serpiente marina era evidente, mientras el rey estaba atónito por lo que estaba escuchando. La princesa Rhaenyra frunció el ceño, mientras la princesa Rhaenys permanecía firme, pero miraba desafiante al príncipe mercader que abría la carta de Aegon.

"A continuación procederé a leer la carta de su majestad" dijo el príncipe mercader, mientras todos lo miraban con una mezcla de aprensión y expectación.

"Querido padre, como bien habrá llegado a tus asquerosos oídos, la mayoría de las ciudades están bajo mi dominio, prueba inequívoca de los primeros pasos para la restauración del imperio valyrio. También aprovecho para mandar un saludo afectuoso a mi hermana Helaena y a mi madre a las cuales enviamos nuestro perdón más sincero por nuestras fallas y nuestra promesa de volver a abrazarlas. Aunque eso lamentablemente deberá de esperar al felicísimo momento de tu muerte padre. Pero padre disfruta de tus momentos de paz, pues cuando culmine mis objetivos en Essos volveré a Poniente, y reclamaré lo que es mío por derecho, a sangre y fuego, a menos que abdiques en mí, de lo contrario atente a las consecuencias. Te dejo para que pienses" concluyó sacando otra nota.

"Por cierto tía Rhaenys sé que la perdida de Leanor aun te duele, si quieres te envío a Addam y a Alyn, son buenos muchachos, y estoy seguro de que tu marido los amará como si fuesen suyos" dijo el príncipe mercader.

La serpiente marina estaba sin habla y el rostro de la princesa mayor se endureció ante la revelación de los bastardos que había tenido su marido. Encajó la humillación con entereza, mientras el príncipe mercader daba media vuelta. Mientras el rey hiperventilaba y parecía que iba a caerse muerto en cualquier momento.

"¡Convocad a todos los señores!" gritó con furia el rey Viserys "¡Preparad las defensas, hay que detener a Aegon!"

Sin embargo, el rey no reparaba en las miradas que había en el consejo, mientras Sir Tyland murmuraba algo con lord Wild. La princesa Rhaenyra comenzó a hablar con sus hijos. Pero la serpiente marina tenía un pequeño alivio al saber que sus hijos aun estaban vivos, aunque no le permitió ignorar como el reino se desmoronaba, ante la ceguera de su podrido rey.