CAPITULO 13; EL SEGUNDO IMPERIO VALYRIO
Myr, cuarta luna del año 125 DC
Tal y como era de esperar, la guerra relámpago dio muy pronto sus frutos, siendo estos incluso sorprendentes para el propio Aegon. En la Villa Naranja Aegon leía los partes enviados por sus generales.
Sentado en la oficina de su despacho, leía complacido el informe del general Manes. Según este las piezas de artillería derribaron las murallas de Norvos en menos de dos horas, al menos una decima parte de la ciudad estaba arrasada por el bombardeo de uno de los dirigibles, y el parte de bajas apenas era de cincincuenta y seis soldados, siendo casi todos estos abatidos por los arqueros. Sin embargo, los soldados esclavos de esa ciudad, fueron diezmados seriamente diezmados, contándose dieciocho mil bajas, en un contingente de más de treinta mil. Aunque contaba que para la propia toma de la ciudad fue decisiva la entrada en acción de Daeron, quien a los lomos de Daekarys, aterrizó en el centro de la ciudad, causando el caos en la misma, causando su capitulación inmediata en menos de cinco horas.
El siguiente informe fue el del general Annek, que lo tuvo más complicado. Qohor había caído pero se encontraron con una resistencia sumamente feroz. Dos dirigibles hubieron de dajar la ciudad medio arrasada con fuego valyrio, y el ejército avanzó. Las perdidas fuerons más serias de ochocientos catorce soldados, mientras que el ejercito de esos seguidores del dios cabra, tuvo que ser exterminado al completo. Quedaron algunos cientos de prisioneron pero fueron ejecutados. El propio general Annek hubo de entrar en el templo de ese dios cabra con dos mil doldados, para acabar con la resistencia, pasando por las armas a los sacerdotes. "Esto no era lo que yo quería, pero tendrá que valer" dijo Aegon pensando en el Tripoli arrasado por la OTAN cuando la guerra civil libia.
Por su parte había recibido una carta de su hermano Aemond. Volantis se había unido a ellos de buen grado, convirtiéndose en una región semiautónoma. Pero lo que le chocó es que se había casado con siete mujeres de dos familias de la facción de los tigres, según la cual la mas mayor apenas tenía veinte años, mientras la más joven apenas tenía trece. Aegon no aprobó aquello, pero eso eran cosas del mundo de esa época que tardarían mucho tiempo en poder cambiarse. Pero la añadidura de su armada y treinta mil soldados y elefantes de guerra a su disposición, no le venían nada mal.
Sim embargo Aegon no durmió bien por la noche, hasta que Daeron volvió a lomos de Daekarys, al día siguiente. Estaba tan preocupado por el que lo abrazó con fuerza, era solo un iño no debía de haberle permitido tal cosa.
Pero entonces decidió el mismo entrar en acción.
Una semana después, partió con un ejercito de veinte mil hombres, dos dirigibles, y una acorazado ironcland, hasta Pentos. Tras cinco años de sedentarismo le vendría bien, además no venía mal recordarle a la gente su valía militar, también había escrito a su padre, para irle metiendo el miedo en el cuerpo. Daeron le había rogado que le dejase ir con ellos, pero Aegon se lo negó alegando que alguien debía quedar en Myr como resguardo de seguridad.
Tras una quincena de viaje, habían llegado a las puertas de la ciudad libre. Esta era grandes, asentada sobre una imponente bahía pero bastante descolorida, con sus torres cuadriculadas. El acorazado cerca del puerto. El viaje había llevado su tiempo y Aegon era muy consciente de que el efecto sorpresa ya habría desaparecido, pero envío un emisario para negociar las condiciones de rendición, pero este regreso con las manos vacías y con la cabeza separada de su cuerpo, quedando solo un camino a seguir.
Al alba del día siguiente el ejercito comenzó su ataque. Aegon se mantuvo en la distancia, al igual que el grueso del ejército, compuesto por veinte mil fusileros de cerrojo, protegidos por una serie de planchas de metal móviles. Sin embargo se hallaban a una legua de la ciudad, pues las piezas de artillería, obuses que tenían un alcance máximo de una legua, por lo que a milla y media de distancia, fuera del radio de actuación de los arqueros, cincuenta obuses abrieron fuego sobre las murallas.
Pero lo que dispararon no eran simples bolas de artillería, que de todos modos hubiesen podido derribar las murallas. No, estas eran bolas de acero, con su interior relleno de fuego valyrio, el cual estallaba a los pocos instantes de ser lanzado, gracias a una técnica secreta que habían hecho los piromantes especialmente para Aegon. Y en menos de dos instantes de destrozas las murallas, las bolas estallaban quemando por completo la edificación. Casi se podían escuchar los gritos de horror de cientos de arqueros achicharrándose.
Aegon sin embargo hizo una señal, y el dirigible avanzó a una distancia a cinco mil pies de altura y diez leguas la hora se dirigió con una sepulcral calma hacía la ciudad. En menos de cinco minutos, Pentos fue bombardeada desde el cielo con dinamita, causando una lluvia de muerte y fuego. Algunos cartuchos de dinamita, estaban potenciados con fuego valyrio, que Aegon había decidido poner en práctica de forma experimental en la batalla, y para su asombro pronto grandes explosiones de fuego negruzco y verde inundaron la ciudad, incinerando barrios enteros por la concentración de fuerzas.
"Dios mío" exclamó Aegon horrorizado desde los lomos de Vermithor "media ciudad debe de estar en llamas" y se prometió a si mismo no emplearlos de nuevo en centro civiles, a lo sumo en el campo de batalla y como ultima opción.
Entonces se escuchó el ruido de las alas de un dragón, y aparecieron de entre el humo surcando el cielo, las dragonas Meleys y Ala de Plata. Aegon se sorprendió por un momento, pero Vermithor alzó el vuelo, y consiguió detenerlas antes de que llegasen hacia sus soldados.
Vermithor al contrario de Aegon había permanecido en forma durante esos cinco años, algo de lo que el propio Aegon se había asegurado, manteniéndole un riguroso plan de entrenamiento. También su tamaño había crecido hasta sus buenos doscientos veinte píes de largo, muy superiores a los ciento sesenta de Meleys. Aparte ya habían tomado ciertas mejoras desde que habían acabado con Caraxes, y ahora la armadura alrededor de su cuello y vientre estaba mejorada, con puntas afiladas de acero valyrio, para lo cual había hecho traer herreros de Qohor a un precio escandaloso.
Como la mejor defensa era un buen ataque, y conociendo lo temible que era su tía. Se alzó a los cielos, y descendió con todas sus fuerzas, pero Rhaenys esquivó en el ultimo momento su ataque. Meleys aprovechó el momento y se abalanzó sobre Vermithor. Aunque Aegon comprobó con brutalidad como su vientre se rajaba, y su boca acolmillada se desangraba, frente a las placas afiladas a lo largo del cuello de Vermithor.
La furia de bronce no era fuego solar, era casi el triple del tamaño del mas bello dragón, y su potencia estaba a una escala diferente. Vermithor soltó su aliento más peligroso, sobre el rostro de la dragona, y aunque esta fue lo suficientemente hábil para esquivarla, no lo fue tanto para esquivar el mordisco de Vermithor, que le arrancó la tercera parte de su cuello, haciendo chorrear sangre a la dragona. Pero esta siguió dando guerra hasta el final, por lo que sin tiempo que perder Vermithor la degolló de un solo mordisco, cayendo la princesa Rhaenys al suelo con varias quemaduras y costillas rotas.
Pero un estallido ensordecedor se escuchó el cielo, y un dragón marrón y bastante feo, caía de improvisado en el suelo, ante el impacto de varios de los explosivos, pues Aegon había previsto un par de cañones aéreos, para una eventual conquista de Poniente, aunque no pensaba utilizarlos tan pronto.
El Ladrón de ovejas acabó ardiendo en el suelo, sus gritos de horror resonaron por todo el lar, mientras un dragón experimentaba por primera vez desde la condenación lo que era perecer bajo el fuego. La muerte le fue rápida pero su carne se consumió entre un ultimo grito horripilante. Aegon divisó una figura que se arrastraba en medio de la tierra, Aegon entonces a sus hombres, los cuales estaban aliviados de ver a los dos dragones caídos.
"¡Al ataque!" gritó Aegon, y dieciocho mil soldados marcharon sobre Pentos. Aegon tuvo un mal presentimiento, y alzó el vuelo junto a Vermithor, hasta llegar a la bahía, allí vio un autentico infierno, con el Balerion, el Ironclud que había traído yacía fundido por el fuego de dragón. un muy pobre consuelo es que estaba ardiendo junto a otras naves. Ciego de furia, Aegon ordenó a Vermithor que se elevará hasta el dirigible.
"¡Bombardead la flota sin piedad!" ordenó a los soldados.
En cuestión de unos minutos decenas de galeras y dromomes ardían en la bahía. Soldados y civiles eran consumidos sien piedad. Aegon quitó ese pensamiento de su cabeza, pues aquello era inevitable. Entonces aterrizó en el suelo, y se bajó de su dragón.
Cuatro docenas de soldados fueron hacía los jinetes con dos camillas. Aegon tomó asiento en una silla, mientras sus fuerzas tomaban la ciudad.
Pronto le trajeron a su tía Rhaenys maniatada, estaba malherida e inconsciente. Pronto necesitaría tratamiento médico. Su mirada se dirigió entonces, al otro jinete, pues tenía curiosidad de saber quien era su jinete, pero no se sorprendió de ver a Baela Targaryen. Tenía varios rasguños, y quemaduras, pero meramente superficiales, pero pateaba y gritaba como una dragona rabiosa.
"Baela" dijo Aegon con una sonrisa "que alegría volverte a ver…perdona si mi bienvenida no fue lo suficientemente calurosa"
"¡Maldito!" le gritó Baela con pura rabia "¡te mataré, cabrón, te mataré!"
Aegon soltó una risita.
"Tu padre también tenía esa intención…y las ratas aun devoran sus restos cercenados…si es que queda algo" dijo Aegon con una sonrisa burlona, que hizo que la sangre de Baela hirviese como el mismo fuego.
Si hubiese podido zafarse, Baela se habría abalanzado sobre Aegon, pero gritó de rabía mientras era alejada.
Pentos cayó como un castillo de naipes, las espadas de nada sirvieron frente a los fusiles. Cayeron como moscas, lo único que les ralentizó fueron el propio fuego y algunas flechas. En menos de una hora la ciudad se rindió en medio de cientos de balazos, y muchos gritos. Los cadáveres se apilaban en las calles, pero finalmente llegaron al centro de la ciudad. Trajeron un obús fuertemente custodiado. Los batallones se retiraron atrás, y dispararon el obús. La bola atravesó la puerta y estalló, quemando las tres plantas del edificio. Entonces las calles quedaron desiertas, con la gente saliendo en estampida de la ciudad, muchos estaban arremolinados en el puerto, atrapadas mientras los barcos ardían sin excepción. Los pocos soldados que quedaban, trataban de replegarse a zonas más fácilmente defendibles. Gran parte de la fuerza eran mercenarios, pero como era de esperar cuando vieron que Pentos se había transformado en una ratonera mortal, se rindieron, huyeron o se cambiaron de bando los mas audaces.
Aegon subió a los lomos de Vermithor y se posó sobre lo que quedaba de la sede de los magísteres. Entonces alzó una mano, y los soldados se detuvieron. Aegon utilizó el poder del silencio por un momento, infundiendo el miedo entre los pocos defensores.
"¡Pueblo de Pentos!" gritó Aegon "¡Os comunicó que habéis perdido esta ciudad, pero no somos salvajes, si os rendís y unis bajo mi bandera, vuestras vidas serán perdonadas, vuestros derechos garantizados, y se asignará fondos para la reconstrucción de la ciudad!" declaró Aegon "¡Tirad las espadas ahora, o asumid las consecuencias!"
Las espadas cayeron por toda la ciudad. Pronto resonaron las campanas y la gente respiró de alivio. Aegon entonces se retiró, dejando a sus oficiales hacer el resto. Entonces vio como la flota Velaryon estaba hecha trizas.
Aegon volvió al campamento, y ordenó que cogiesen las cabezas de Meleys y lo poco que quedaba de Ladrón de Ovejas. Con todo había sido un buen día, y el botín había sido suculento. Dos dragones muertos, dos princesas Targaryen y todo Essos occidental bajo su poder ¿Qué más podía pedir? Y Aegon sonrió al ver como el segundo imperio iba tomando forma.
