CAPITULO 19; CASA AUSTERA
Mar de los escalofríos
Había llevado una quincena, pero pronto el hielo del océano se hizo visible. Adentro del crucero ironclad, el cual era una replica casi exacta del HMS Warrior, con el nombre de Aenar, aunque con ciertas modificaciones para que Daekaris pudiese estar cómodo, al igual que los setecientos miembros de la tripulación.
Aquellos días había sido interesantes, y llenos de aventura, porque Daeron y Daekaris salieron a cazar leviatanes, y la ferocidad del mas grande y antiguo dragón de del mundo conocido, era tal, que habían cazado en solo un día una docena de estos especímenes, incluso se sumergieron en el agua, y Daeron se encontró en más de una ocasión a más de quinientos píes de profundidad. Si Aegon se enteraba de aquello, estaría castigado durante años, pero por suerte no se enteraría, o al menos eso esperaba el príncipe.
Tras darse un relajante baño de agua caliente con jabón, se vistió con un traje de negro, pero con camisa de seda, para acudir a la cena con el capitán Kuser, quien le esperaba junto al resto de los oficiales.
Al entrar en el comedor privado, los oficiales se cuadraron ante la presencia de Daeron y le dieron una profunda reverencia, empezando por el capitán Kuser. Daeron les hizo un gesto para que se sentaran, con el sentado en un lugar de honor.
La cena fue de lo más variada empezando por uno de los leviatanes, aunque habían cazado lo suficiente como para alimentar a mil hombres durante dos años. Amenizaron la carne de la bestia marina con patata cocida y guisantes. Le siguieron unos arenques, y bacalaos acompañados por un poco de vino veraniego.
"Por su majestad" dijo el capitán alzando la copa. Tanto Daeron como el resto de los oficiales alzaron las copas a la salud de Aegon.
"Es una gran proeza que su gracia haya creado esta maravilla" dijo uno de los oficiales, que había sido capitán de barco mercante en las rutas hacia Lorath, y que se había unido a la armada poco después de su fundación "nunca creí que algo como esto fuese posible, si estuviésemos en una de esas barcazas de madera nos estaríamos congelando" dijo rememorando viejas experiencias.
"Los siete concedieron a mi hermano una sabiduría que escapa a los mortales" declaró Daeron, a lo que todos asintieron, pues Aegon era de sobra conocido por su genio e inventiva. Buena prueba de ello eran los libros que había compartido con el, y que había utilizado para cambiar el mundo.
"Gratos no debemos de sentir de tener un papel en tan glorioso cambio para el mundo" dijo el capitán Kuser, el cual había sido puesto al tanto de todas las implicaciones de la misión por el propio Aegon.
"Hacemos esto para mejorar el mundo" dijo Daeron con su inocencia de niño bueno.
Después del postre que consistió en bizcocho y pastel de arándanos, se fue a su camarote, el cual estaba pegado al refugio de Daekarys, el cual estaba tranquilo devorando los restos de un leviatán con la mayor brutalidad posible, aunque se detuvo por un momento al sentir la presencia de su señor.
"Mi señor" dijo Daekaris bajando la cabeza levemente en señal de respeto a Daeron.
Daeron sonrió, y correteó un poco por la cubierta, presa de la emoción.
"¿No estás ansioso?" preguntó Daeron con una sonrisa "¡Vamos a recuperar Valyria!" gritó lleno de energía, ante la mirada verde brillante del monstruoso ser, el cual unánimemente era reconocido como el dragón más terrorífico que sobre la tierra hubiera pisado.
"No hay amanecer ni anochecer en el que al mirar el sol o la luna, no lamente la perdida de mi hogar" dijo Daekarys bajando la cabeza apesadumbrado "Mi nidada…mi patria…solo con recordarlos me agrietan el corazón"
Daeron se acercó a su dragón y le puso una mano en su gigantesco hocico, acariciando su dura y escamosa piel, con una ternura que alivió el pesar por el desarraigo y dos siglos de la más miserable soledad.
"Te prometo que recuperaremos tu nidada y antes de un suspiro estaremos volando de por Valyria" le dijo Daeron con una sonrisa que fundió un poco de hielo de su endurecido corazón "lo lograremos"
"Balerion te oiga mi querido señor" respondió el dragón cerrando los ojos por un momento.
A pesar del frío, Daeron permaneció con una manta y tres camisas de felpa, al lado de Daekarys, durmiendo al lado de su pata izquierda, aunque el dragón, apenas pudo pegar, el ojo. Pues la magia del hielo le perturbaba, y en medio de la penumbra, la vista de un dragón de hielo en la lejanía, le hizo mostrar sus colmillos de ira asesina.
Poco antes del alba, divisaron tierra, y un Daeron recién despertado pudo ver la península de Punta Storrold. Al principio en la nave solo se vieron algunas focas, y muy en la lejanía se divisaron alguno tribales que según algunos rumores adoraban a los dioses cangrejos. Ya bien entrada la mañana, divisaron las ruinas de Casa Austera.
El lugar contaba con un puerto natural en el que el Aenar pudo echar marras. Sin tiempo que perder quinientos hombres desembarcaron en la playa. Traían consigo maquinaria de carga y extracción proporcionadas por Aegon para tal cometido.
Casa Austera cuatro siglos y medio atrás, estuvo a punto de convertirse en la primera y única ciudad más allá del muro, pero por alguna extraña razón tuvo un final con similitudes bastante perturbadoras con la maldición de Valyria, solo que en este caso allí no había volcanes. Pero Aegon sospechaba que debía haber una conexión, por lo que necesitaban el llamado hielo azulado.
Daekarys estaba alterado moviéndose violentamente en todas las direcciones, pues toda tierra más allá del muro tenía una magia opuesta a la de los dragones, como comprobó la reina Alyssane cuando Ala de Plata se negó a cruzar el muro. Aun así era un dragón poderoso, y resistió la energía negativa, pero aun así gritó para que cumpliesen la misión cuanto antes. Según se sabía en medio de la abundante vegetación, se hallaban las llamadas cuevas de los lamentos. Después de asegurar el perímetro, llegaron a las cuevas. El lugar estaba repleto de madera y piedras, y la vegetación era espesa, incluso en medio de la nieve. No dudaban de que ese lugar estaba maldito, y las cuevas, eran conocidas como las cuevas de los lamentos, por la guardia de la noche. Daeron tragó saliva por un momento, sabía que su hermano solo le había confiado aquella misión porque era el señor de Daekarys, de no ser así jamás le habría permitido salir de Myr.
Dos decenas de guardias entraron con las lamparás de gas, en la cueva. Afuera había cinco piezas de artillería, y más de doscientos fusileros, otros cientos veinte, estaban atrincherando una pequeña porción del agreste, posicionando los cañones, sino también preparando los lanzallamas, y la munición de vidriagon. Para cubrir cualquier escenario, también se habían varios cientos de lanzas de dicho mineral, por insistencia de Aegon.
Durante casi media hora, esperaron la vuelta de los soldados, pero cuando se iba a ordenar el alumbrado, sonaron unos pasos en la oscuridad, apuntaron con el alumbrado de gas. Allí uno de los soldados regresaba cubierto de sangre, y el terror dibujado en su rostro. tenía media pierna rasgada, y le faltaba un brazo. Trataron de socórrele, pero a los dos pasos de salir de la cueva se desplomó muerto en el lugar.
Fue solo un momento, pero se escuchó un ruido seco. Pero pronto comenzaron los golpes secos, cada vez más fuertes, y pasos que rompían guijarros, helaron la sangre de muchos. Los soldados se pusieron en guardia, y varios oficiales vigilaron las otras cuevas. También, se envió un mensajero al Aenar, para prepararse para el peor escenario.
Como si fuese una pesadilla, deformes criaturas humanoides, de veinte varas. Tenían la piel de ceniza, con profundas venas palpitando sobre su anormal sobre musculatura. Sus garras eran afiladas, y los colmillos salivaban sangre. Sus ojos eran oscuros y sin iris. Alumbrados bajo la luz, los soldados apuntaros a discreción. Los disparos en el cuerpo solo les ralentizaban, solo caían cuando se les disparaba en la cabeza, reventando sus sesos. El comandante de los fusileros se dio cuenta de eso "¡Apuntada a la cabeza!" ordenó fusil en mano, los cañones acabaron dispararon de forma preventiva a las cuevas, bloqueando los caminos por si acaso, llenando de fuego el lugar.
Por alguna extraña razón, Daekarys miró fijamente a las criaturas, y el nerviosismo fue sustituido por la rabia, y se puso delante de los soldados disparando fijamente a las criaturas, envolviéndolas de fuego, aun así, siguieron caminando varios pasos. Sus cuerpos se hincharon, y pronto se hicieron cenizas.
"Dile a tus hombres que se retiren" le dijo a Daeron.
"¿Qué vas a hacer?" preguntó Daeron temiendo lo que su dragón pudiese hacer.
"Entrar allí y acabar con esos engendros" dijo Daekarys. El dragón media quinientos sesenta pies de largo, y ciento noventa de alto. Sus colmillos eran del tamaño de lanzas, y dos patas delanteras adicionales que podían destrozar a un gigante como si fuese una hormiga. Pero Daeron era conocedor de los males en los que se encontró Balerion en Valyria. Pero la llama oscura brillaba en su boca, mostrando un poder que el dragón del conquistador nunca había tenido.
Pero Daeron no le fallaría ni a el ni a su hermano.
"Me montaré en tu lomo" dijo Daeron con voz neutra. Pero Daekarys negó con violencia girando la cabeza.
"¡Esta es mi lucha, no la tuya! ¡Acabaré con esos engendros, ya acabé con muchos de ellos en Valyria!" gritó el dragón mirando a su señor como si fuese un enano que se creía un gigante. Pero el no perdería a otro amo, no esa vez.
Daeron desenvainó la espada de Aurion, y la alzó brillando bajo el sol invernal, dándole un aura de poder que nunca un Targaryen había tenido. Pero Daekarys no se amedrento, mientras los rugidos de las bestias se hacían más sonoros y numerosos.
"¡Es nuestra lucha, y un señor dragón lucha a lomos de su dragón!" le gritó Daeron, y alzando la espada, Daekarys rugió de frustración y envolvió la espada con su llama oscura, brillando esta con una luz funesta.
"Vamos al subsuelo" dijo Daekarys con voz amarga, mientras Daeron se subía a su lomo.
"Tenemos experiencia" dijo Daeron con una sonrisa temeraria.
Daekarys era de un tamaño colosal, brutal y fiero. Se alzó al cielo, y descendiendo a máxima velocidad, descendió por la entrada de la cueva. Creando un gran boquete de más de doscientos pies de ancho. Con su llama sombría descendieron reduciendo a cenizas a un sinfín de esos seres. Sin rabia, ni oposición, todos quedaron reducidos a la nada en cuestión de segundos.
En menos de un minuto llegaron a una gran caverna. Allí había cientos de esos seres, en marabunta, conformaban una gran colmena, revelando un mundo sombrío de muerte. Veían debajo de la marabunta, casi imperceptible el hielo azulado.
"¡Drakarys!" gritó Daeron.
Daekarys apuntó a la marabunta y disparó, matando a cientos de ellos. Pero los chirridos resonaban por toda la caverna, y miles de ellos aparecieron. Incluso desde el techo aparecieron y los asaltaron, haciendo revolverse al gran dragón. Daeron los apuntó con su espada atravesándolos, convirtiéndolos en cenizas.
Entonces Daeron saltó a suelo, y aterrizó atravesando el cráneo de uno de esos seres. Con su espada creó una onde de fuego sombrío que acabó con dos docenas de esos seres. Se abrió paso atravesando a numerosos de esos seres. La adrenalina recorría sus venas, mientras la llama de Daekarys generaba un mar de llamas. Durante un cuarto de hora dragón y príncipe lucharon con lo mejor que sí. El aire comenzaba a hacerse irrespirable, mientras los cadáveres se apilaban alrededor de un Daeron ensangrentado.
Se vio rodeado por más de veinte, pero se defendía fuera de si. Moviéndose con la rapidez de la gacela, y atacando con la ferocidad de león, utilizaba la diferencia de tamaño, para acabar colarse entre las piernas, y partirles por la mitad de un tajo, o cercenarles las piernas. Entonces se escucharon los disparos, y más de doscientos soldados aparecieron de entre la accidentada senda. Apuntaban a la cabeza, consiguiendo desviar la atención. En tropel, más de tres mil de esas aberraciones se abalanzaron sobre los soldados. El choque fue brutal , en cuestión de segundos cayeron cientos de esos seres mientras los soldados se replegaban. Daeron atacó por la retaguardia, cercenado las piernas de esos seres de dos en dos. Al final los soldados hubieron de retirarse a la superficie con más de ochenta bajas y más de novecientos de esos seres abatidos, vaciando el lugar.
Daeron caminó entre los cuerpos, rematando a muchos de los engendros, mientras Daekaris se posaba en el suelo aplastando cientos de cadáveres, caminó con furia hacía el hielo azulado, el cual cogió con sus patas delanteras, las diez toneladas de ese hielo, que hacían que su piel se agrietase, causándole un dolor sin fin, mientras desplegaba sus alas y salía volando por la obertura que había creado. Daeron caminó por allí, y vio un fulgor rojizo en medio de la cenizas, mostrando un báculo dorado con un gran rubí, ante la cual su espada reaccionó sintiendo su poder. Entonces sin tiempo que perder, volvió a la superficie sorteando el fuego, el humo y los guijarros, por no hablar de los cadáveres.
En la superficie, se había desatado el infierno sobre las ruinas de las desdichadas ruinas. Los cañones arrasaron a cientos de esos seres, y la lluvia de balas regaba de sangre la mala hierba, Daeron llegó con dificultades para respirar por culpa del humo, y cuando llegó a la superficie, cayó sobre la nieve del cansancio, en medio del fuego y de los cadáveres, mientras sus hombres lo apuntaban, aunque el comandante les ordenó que bajasen las armas y acudieron en su auxilio con una camilla.
Sin tiempo que perder cargaron el hielo con la maquinaria. Daekarys gritó en los cielos de dolor, uno que le llevaría varias semanas en desaparecer. Pero entonces la magia del hielo del lugar invocó a unos espectros en forma demoniaca. El gran dragón disparaba su fuego, pero apenas los contenía, cuando un arce de ojos azulados apareció con una figura cubierta que acabó con los espectros desapareciendo en el viento.
Hubo un gran silencio en el lugar, y Daeron trató de levantarse de la camilla, pero una figura anciana de largo cabello blanco se lo impidió, mirándole con tono benévolo y paternal, como un abuelo venerable.
"Mi príncipe os ruego que reposéis, el peligro ya ha cesado" dijo el anciano.
"¿Quién sois?" preguntó Daeron.
"Un fiel sirviente de vuestra familia" dijo el anciano con humildad "pero debemos abandonar este lar, antes de que otras fuerzas vengan" prosiguió.
Daeron quería responder, pero estaba demasiado exhausto, mientras era llevado bajo la luz del anochecer al Aenar. Los cadáveres de los caídos fueron quemados, y el boquete fue sellado, mientras sus todos se retiraban. El jinete y el arce les siguió a la nave. El comandante de la nave en un principio trató de negarse, pero el anciano les aseguró que no causarían ningún mal. Daekarys asintió con la cabeza terminando de convencer al capitán Kuser.
Al anochecer ya se estaban alejando de esa maldita península para nunca más volver, y en la cubierta, Daekarys se lamentaba de sus heridas, pero en el fondo sabía que había merecido la pena, pero hacía muchísimo tiempo que no sentía un dolor así. Apenas sintió su presencia, pero el anciano estaba delante de él mirándolo con benevolencia.
"Habéis sido muy valientes" dijo el anciano.
"El deber es el deber, el dolor de ahora no es nada como el gozo de volver a mi patria…pero gracias por tu ayuda" respondió Daekarys con orgullo, a lo que el anciano le sonrió con cordialidad.
"No hay de que, nunca habría podido permitir un destino tan cruel para una criatura de los siete" dijo el anciano mostrando su collar con las siete puntas, que el dragón miró extrañado.
"Hechicero, no nos conocemos pero estoy seguro de habernos visto en Rocadragón, hace mucho tiempo" dijo Daekarys, mientras miraba de reojo el camarote en el que Daeron se estaba recuperando del cansancio y de las heridas.
"Posiblemente, noble bestia" dijo el anciano sin un ápice de temor "me siento honrado por tal estima hacia mi persona"
"¿Cómo te llamas hechicero?" preguntó el dragón.
"No soy un hechicero, solo soy un simple septon" dijo el anciano "de nombre Barth"
