CAPITULO 21; VALYRIA
Mar del verano, quinta luna del 126 DC
Había requerido un esfuerzo cuasi titánico, pero tras más de dos años una flota de diez Ironcland, junto con la joya de su armada, el HMS Dreadnought de 1906, el cual dejaba el resto de las naves obsoletas. Pero aun así el poder que ejercían los dragones en los cielos, lo ejercían sus naves en los mares, ahora solo necesitaban que el mundo entero conociese su poder. Mientras Vermithor volaba en los cielos, Aegon estaba sentado en la cubierta junto a sus almirantes, entre los cuales se encontraba el joven Addam a la espera de sus órdenes.
"¿A cuánto estamos de Valyria?" preguntó Aegon.
"A menos de dos horas, excelencia" respondió el almirante Breno. Un hombre corpulento, que era un marino experimentado, y había alcanzado el rango jugándoselo el todo por el todo es aquella misión.
"Bien. Los dirigibles irán de avanzadilla y soltaran la sustancia sobre el Mar Humeante. Entonces nuestra flota penetrara y desembarcaremos en Oros, donde uniremos fuerzas con mi hermano. Pero debemos estar en alerta máxima" habló Aegon con total confianza que anula hasta la menor duda sobre sus subalternos. Aunque por dentro estaba profundamente nervioso.
Entonces vieron a los dirigibles adelantarse, con Daeron y Daekarys en la retaguardia, ya adelantándose hacia su destino. Aegon aun no terminaba de creerse que entre el sequito de su hermano se hallase el mismísimo septon Barth. Tal fue la impresión que incluso estuvieron charlando durante varias horas, y sus teorías sobre Valyria fueron realmente reveladoras, incluso había modificado varios aspectos de su plan.
Al poco se cielo azulado, comenzó a tornarse en un rojo demoniaco, con la luna mirando aquella tierra maldita como el ojo de un ser divino que había castigado la mayor civilización de aquel mundo por sus pecados. La niebla se hizo persistente, y un aroma desagradable y enfermizo recorrió el aire. Siguiendo las indicaciones de Aegon, los ochocientos marineros se pusieron sus mascaras y se prepararon para lo peor. Por fortuna, a diferencia de los dromones de Volantis, el acero reforzado y la turbina de vapor no encontraba rival en lo que quiera que se ocultase debajo esas aguas.
Entonces, cuando se adentraron en el Mar Humeante, la primera tanda de bombardeos de los dirigibles bombardeó el agua, mientras que Aegon ordenaba disparar un torpedo, con el liquido concentrado a partir del hielo de Casa Austera, pero que tenía un refuerzo de hidrogeno liquido que actuaba como potenciador, que impacto en el fondo del agua. Se escucharon lamentos sin fin a lo largo y ancho de ese mar, mientras el rugido de la explosión, revelaba un innumerable de especímenes en la forma de gusanos blancos viscosos. Los famosos hombre de piedra emergieron, de las profundidades tratándolos de llevarles consigo al infierno, pero su esfuerzo era fútil y eran abatidos como hormigas por los soldados y los cañones.
La situación era de una tensión asfixiante, a medida que acercaban a la costa del norte. La bordearon sin ton ni son el mar, los otros diez Ironclad se desplegaron, aunque con menor efectividad aseguraron el puerto accidental de Oros. Allí dos mil soldados desembarcaron y en disciplina milimétrica avanzaron por la ciudad deshaciéndose de las bestias amorfas. Al poco de avanzar vieron desde el otro extremo de la ciudad el destello de los cañones de las tropas de Aemond, los cuales tuvieron una buena ayuda con el refuerzo que atacó a las bestias por detrás, abatiendo a los engendros en poco más de un cuarto de hora.
Luego de media hora el Ironclad principal echó amarras. Aegon puso sus pies por primera vez en la que fue la ciudad más grande del viejo imperio, solo superada por la propia Valyria. Entonces miró la ciudad, a pesar de la maldición, los siglos y la batalla, la inmensa ciudad seguía intacta. La ciudad estaba repleta de fabulosas riquezas, que sin duda compensarían el esfuerzo financiero del emprendimiento, o por lo menos cubriría la mayoría de los gastos. Pero lo que realmente le fascinaba, era el material, pero estaba seguro de que en las bibliotecas de los señores dragón se hallarían muchos secretos valiosos.
Vermithor apareció a sus espaldas, mientras Aemond llegaba a su presencia a los lomos de Vhaghar. Se bajo con frenesí y Aegon vio el rostro de su hermano consumido de un loco placer por el peligro extremo de la situación, aun más por haber salido victorioso tras cinco días a marchas forzadas desde el lago del verano, en una brutal cacería de bestias. Aemond incluso respiraba con fuerza y el sudor salía por cada uno de sus poros.
Aegon le sonrió son cordialidad y le paso una mano por la espalda mientras le acercaba una botella de vino veraniego, mientras caminaban por el que había sido el centro de la gran urbe, rodeados de soldados que la aseguraban y establecían una línea defensiva por temor a un contraataque por parte de los monstruos.
"Bien hecho Aemond" le dijo Aegon mientras paseaba "no esperaba nada menos de ti"
Aemond suspiró con extenuación, pero en su rostro se pudo ver el orgullo.
"Esas cosas eran duras de matar, los hechiceros de sangre hicieron una gran labor con esos engendros" le respondió.
"Correcto" habló Aegon "parte de esos especímenes irán a los laboratorios de Mantarys" dijo Aegon. No era para menos, estaba seguro de que independientemente de la magia, la estructura biológica contendría valiosísimos secretos que los sabios estudiarían durante años. ¿Quién sabe la utilidad futura que podría tener? "pero no esta mal, ya tenemos una victoria parcial…Ahora toca el premio gordo.
En ese momento Daekarys aterrizó en el suelo, y Daeron descendió con una coraza en su pecho, llevando la espada de Aurion en el pantalón, en una de sus manos llevaba ese extraño báculo de oro, engarzado en rubíes. A Aegon le resultaba extraño ese artefacto, pero dejo que Daeron lo tuviese, el cual según el septon Barth comenzaba a dominar sus secretos. De todos modos, Daeron debería encargarse de una de las partes más peligrosas, pues solo su dragón tenía la experiencia y el poder necesario para esa parte de la misión, que no era otra sino que adentrarse en el interior de las catorce llamas con un torpedo de hielo reforzado con hidrogeno en cada uno de los volcanes, sorteando el enorme peligro de los gusanos de fuego. Al principio se había negado rotundamente, pero al final entre las suplicas desesperadas de Daeron por mostrar su valía y siendo esta la única posibilidad de alcanzar unos objetivos quizas demasiado ambiciosos.
Por un momento Aegon consideró en detenerse, tenía a Oros, y parte de las ciudades en ruinas, aunque no pudiesen compararse ni de lejos con Valyria y Tyria, tampoco se podía decir que era baladí. Pero si se sanaba Valyria, las tierras del largo verano, las cuales con un poco de esfuerzo volverían a ser las más fértiles del mundo y serían el punto neurálgico del imperio, pero eso solo podía suceder si se anulaban las catorce llamas. Y las ventajas pudieron más con el que la misma ética.
Naturalmente, los ironclad ya se estaban posicionando, y entonces del interior de las naves sacaron los recipientes, con las máximas medidas de seguridad. Valyria era la ciudad más grande del mundo conocido, probablemente solo la ciudad de Yin, podía comparársele en tamaño. Y es que Aegon no tenía la menor duda de que en la antigua capital del imperio dragón fácilmente rondaría los cinco millones de habitantes. Y la ciudad ocupaba una extensión que rondaría el millón de hectáreas. Por lo que la única manera, de erradicar el enjambre de amorfos que moraban esas ciudades malditas, solo podía ser mediante el empleo de armas químicas. En concreto había desarrollado en secreto miles de recipientes de gas sarín. Los suficientes como para exterminar a las nueve ciudades libres de un plumazo.
"Hermanos" saludó Daeron emocionado "¡tenemos Oros!"
"Bien" dijo Aegon "pero no hay tiempo que perder" dijo Aegon, mientras en el horizonte se escuchaban los estallidos de las explosiones, fruto del bombardeo a Tyria, mientras los paracaidistas aterrizaban en los limites de la urbe. Los Ironclad bombardearon la ciudad a diestro y siniestro. La jauría de amorfos huyó despavoridos hacía el sur, siendo abatidos la gran mayoría. Pronto desembarcaron y los tres hermanos entraron en la isla fruto de la catástrofe.
La ciudad fue registrada por batallones bien armados.
Tras varias horas de tortuoso camino, en medio de la espesa vegetación y las ruinas de templos y ciudades, aunque la carretera aun permanecía casi intacta, pero pronto la ciudad se hizo visible. Los dirigibles avanzaron, y en breve comenzaría el lanzamiento.
"¡Poneos las mascarillas!" ordenó Aegon a todos, mientras antes de ponérsela a él, se la ponía a Daeron casi a la fuerza. Pero no hubo ninguna baja que lamentar cuando el gas sarín, circuló por las ruinas de la ciudad.
Durante una hora esperaron inmóviles mientras el gas se expandía. Lamentablemente los Ironclad no podían avanzar hacía la capital ya que esta se hallaba demasiado adentro de la tierra aun con su tamaño, por lo que Aegon había ordenado limpiar las otras islas donde quedaban ciudades en ruinas.
En la lejanía casi como un espejismo se escuchó el chirrido de las bestias, seres humanos otrora, que habían tenido la desdicha de ser utilizados por los hechiceros de sangre para sus aberraciones. Aegon sintió lastima por los pobres, no era para menos, e incluso se consoló pensando en que la muerte sería una bendición. Pero poco compartiría de lo que allí ocurriese con los demás, pues tenía las sospechas de que esas criaturas, dada su agresividad y al necesitar una cantidad ingente de hormonas, eran extremadamente carnívoras, al punto de caer en el canibalismo para sobrevivir, no en vano habían pasado más de dos siglos. Por otro lado debía de sellar las entradas a las minas en el interior de las catorce llamas, ya que debía mantener sellados a los gusanos de fuego, los cuales sin suda alguna habían sido los responsables de la tragedia de Balerion y la princesa Aerea.
Cuando paso el intervalo establecido, unos diez dirigibles bombardearon la ciudad sin piedad, y aunque el humo y el fuego reinaron, ninguno de las torres que se alzaban hasta el cielo, solo afectadas por el manto de vegetación, se veían impasibles. Pronto una línea de quinientos cañones, de un alcance de más de diez millas, con miles de bolas explosivas a base de fuego valyrio estaban a la espera de ordenes, mientras eran recubiertas por una muralla de acero, para protegerse de imprevistos. A su vez cinco mil soldados de elite, con la primera generación de ametralladoras estaba haciendo guardia para evitar cualquier escenario, mientras los dragones estaban ansiosos. Algo francamente extraño, pues casi siempre Daekarys solo sentía indiferencia o puro desprecio por Vermithor y Vhagar.
"¡Avancen!" gritó Aegon, quitándose la mascarilla.
Daeron ahora estaba a lomos de Daekarys, quien portaba catorce torpedos de una tonelada a cada uno. Aegon había dudado, pero el dragón, aunque no estaba acostumbrado, podía cargar con esa cantidad.
"Daeron" dijo Aegon con el corazón oprimido "si las cosas se complican, sal de ahí" le ordenó, pero bien podía haber sido una súplica.
"Lo haré hermano" dijo antes de partir a lomos del dragón oscuro.
Sin tiempo que perder, las tropas avanzaron, pero cuando estaban a media camino los dirigibles, todos a la vez lanzaron bombas de nidrogeno líquido, sin cesar mientras los batallones avanzaban a paso firme pero sostenido. Aegon y Aemond iban a la vanguardia a lomos de sus dragones. El calor allí era casi abrumador, y en cualquier momento los primeros síntomas del cansancio comenzarían a hacer mella en sus soldados. Por lo que esperaba que todo saliese según lo previsto.
Cuando llegaron a las puertas de la ciudad, pudieron ver a cientos de humanoides, del doble de tamaño de un hombre normal, de piel quemada con tantas deformidades que sería difícil de describir si caer en la repugnancia, completamente neutralizados por el frío, el cual era el punto débil de aquellas criaturas. Muchas quedaron en píe, pero fueron abatidas no con mucha dificultad, enseguida comprendieron que una forma más sencilla de abatirlos era disparando a la cabeza, lo cual fue relativamente sencillo. Durante horas avanzaron a paso lento pero firme, por las calles de Valyria con cuidado para no caer sobre los ríos de lava. por fortuna esas bestias no eran inmunes a la lava, y muchas fueron arrojadas allí. Les llevó toda hasta el atardecer, aunque allí el día y la noche no tenían influencia. Apenas paraban unos segundos y por turnos para tomar un poco de agua de sus cantimploras.
Hasta ese punto todo fue bien. Pero entonces se tomaron con una gran sombra, y la enrome figura de un gusano de fuego apareció de entre las calles de Valyria. Y haciendo gala de su poco gusto por los humanos calcinó a medio centenar de soldados. El momento fue de tensión máximo y fueron necesarios cinco cañonazos para abatirlo, ya que cientos de balas no le hicieron apenas rasguño.
"¡La entrada de las minas!" gritó Aegon "¡debemos sellarlas cuanto antes!" ordenó y a paso de corazón acelerado, deambularon por las calles hasta llegar a las faldas de la montaña de Syraz. El camino no fue fácil, se perdieron muchos hombres en el camino, pero una ventaja que tenían los gusanos de fuego eran su tamaño monstruoso, los cuales les hacían un blanco perfecto para los dirigibles y las bombas de nitrógeno. Lo que realmente fue sorprendente fue ver como una criatura tan colosal se contraía de una forma tan espeluznante al respirar el aire frio, aunque no sorprendente si se tenía en cuenta que respiraban fuego.
Las entradas a las catorce llamas eran de un tamaño desproporcionado, por lo que hubieron de utilizar la dinamita para provocar una avalancha en cada una de ellas. Fue laborioso, y no sabían decir cuánto tiempo había pasado.
Entre tanto Daeron hacía entrado por el complejo laberintico que era el subsuelo de las catorce llamas, y después de un tiempo llegó a una gruta abrasadora en la que apenas pudieron avanzar, hasta que utilizando su báculo, uno de los torpedos se elevó en el aire, y con todas sus fuerzas lo lanzaron a lo más hondo del mar de lava. Por unos momentos no pasó nada, hasta que una luz azulada emergió y un aire gélido se generó en la caverna, mientras parte la lava del volcán retrocedía. Entonces se sintió una especie de perturbación en la tierra y por un momento pararon a descansar, e incluso Daeron bebió un poco de agua.
"El poder el hielo y del fuego…" masculló Daeron intrigado.
Pero como no podía ser de otra manera, cuando salieron de la caverna en los caminos tallados por los cientos de miles de esclavos, a los gusanos de fuego, quienes al parecer sintieron la perturbación de su territorio. Daeron no se amedrentó, pero todo aquello era de por sí extraño, hasta que una idea brotó de su cabeza.
"Claro" confirmó "ahora lo entiendo, las catorce llamas son la fuente de vuestro poder…vosotros sois lo que sois gracias a estos volcanes" pero entonces se bajó de su dragón, y activó su báculo.
"¿Qué estas haciendo?" preguntó Daekarys alterado.
"Protegerte" le respondió Daeron, mirando fijamente a un gusano de fuego que era más grande que Vhagar. Gracias a su propia curiosidad y a los saberes del septon Barth, Daeron había descubierto que aquello el vector de un archi mago de sangre, los cuales estaban a cargo de las catorce llamas y tenían un conocimiento de ciencias y magias terroríficas.
El báculo cobró vida propia en las manos de Daeron y con su esencia liquida cubrió la espada de Aurion, integrándola en un único ser. El gran gusano escupió una humareda temible, pero Daeron activó el báculo y una barrera de extraño diamantino de bermellón les protegió, el mismo material cobró vida, y entonces Daeron movió el vector degollando al gusano. De un solo movimiento acabó con otro que era del tamaño de Caraxes, y así sucesivamente hasta que al ver que llegaban cada vez más se echaron a la fuga por los pasajes. No tardaron en llegar a otra caverna y soltar el torpedo. Hubo de nuevo un aire gélido, y la tierra sufrió otra perturbación.
Con el corazón palpitándole a mil pulsaciones, ambos salieron disparados, antes de atraer la atención de los gusanos. Lamentablemente la siguiente caverna tenía en sus alreedores una colonia de gusanos, del tamaño de un brazo pero increíblemente agresivos, aunque cuando el torpedo impacto en la lava, todo el enjambre pereció sin excepción en un horrible chirrido. De ese modo siguieron por todas las cavernas, aprovechándose del olfato de Daekarys. Por supuesto hubo enfrentamientos y tuvo que abrirse paso abatiendo a gusanos del tamaño de Balerion. Aun con todo logró torpedear la decimo tercera caverna, y se produjo una ultima perturbación en la tierra.
"Ya solo queda una" pronunció un cansado Daeron. Pero entonces tuvo un mal presentimiento, y es que eso quería decir que todos los gusanos de fuego estarían congregados en esa caverna "En fin esto es e todo por el todo"
El olfato de Daekarys los condujo a la caverna, donde cientos sino miles de esos engendros estaban congregándose para poder sobrevivir. Sin pensárselo dos veces Daeron y Daekarys entraron con fruia y violencia, con el dragón escupiendo su llama de color carbón acaban con miles de los más pequeños, mientras Daeron se batía con decenas de esos monstruos. El vector se amoldaba a su voluntad, y el oro líquido se transformó en una ráfaga que contrajo a varios gusanos hasta que su sangre ígnea inundó el suelo. Daeron apuñaló a uno en el ojo y acto seguido saltaba a los aires en voltereta hacía atrás para partir la cabeza por la mitad de un gusano del tamaño del propio Daekarys.
El dragón hacía lo pisible por lanzar el torpedo, pero le resultaba imposible desbloquear la medida de seguridad de Aegon, mientras Daeron cada vez se enfrentaba a mas de esos engendros. Y un ruido ensordecedor se escuchó de las entrañas de la tierra, y un gudano de fuego, uno de un tamaño el doble de grande que el de su dragón, hizo su entrada, y emitió una ráfaga de fuego que podría haber carbonizado a todo Desembarco del Rey. Pero Daeron se cubrió entero con un escudo de diamantino recién creado.
Entonces aprovechando la ocasión se avalanzó hacía el dragón cuando este parecía a punto de soltarle otra ráfaga, y metiéndose en su boca, Daekarys soltó un alarido de terror, pero a los pocos segundos el gusano de fuego se partió en dos mitades, y cubierto de sangre y con varias quemaduras emergió Daeron, al que su dragón recogió en el vuelo con brusquedad, mientras sobrevolaban la caverna a punto de achicharrarse ambos, y con una jauria de esos seres haciendo todo lo posible para devorarles.
Con un gran esfuerzo, Daeron se subió con el cansancio y el dolor en su espalda a los lomos de Daekarys, y se acercó al torpedo.
"Date prisa" le suplicó el dragón.
El calor era demasiado intenso, y la piel de ambos ardía, probablemente les quedarían cicatrices para el resto de su vida, pero venciendo al dolor, la voluntad y el poder de Daeron, fueron lo suficientes para con sus ultimas fuerzas depositar en un solo instante de dolor inimaginable el ultimo torpedo en lo más hondo de la lava, pues la presencia de los gusanos de fuego había potenciado la potencia del último volcán considerablemente.
"Miralos" dijo Daeron, mientras el aire gélido mataba a todos los gusanos de fuego, y estos emitían un cruel chirrido, que no les rompió los tímpanos porque el dragón cogió el vuelo y salió por el cráter de la llama de Balerion.
Aegon al ver a su hermano salir junto con su dragón, emprendió el cuelo junto a Vermithor y fue a su encuentro. Al verlo sintió una enorme culpa por el esfuerzo que había tenido que hacer, aunque también se fijo en el extraño artefacto que tenía Daeron entre sus manos. Aun con todas sus heridas mostraba una sonrisa cansada.
"Misión cumplida" dijo antes de caer rendido sobre los lomos de Daekarys.
"Hermano" pronunció Aegon, pero una gota de agua le salpicó el rostro.
Las primeras lluvias en doscientos cuarenta años cayeron sobre toda la península, muy pronto se tornaron en torrenciales, y Aegon ordenó la retirada a los barcos cuanto antes. Hubo que dejar atrás casi una centena de cañones, pero eso era lo de menos en aquel momento. Entonces en tropel marcharon a toda velocidad hacia Tyria, donde las naves les estaban esperando.
Allí fueron recibidos por el almirante Breno, el cual se encargó del alojamiento de cinco dos mil soldados en la flota. Lamentablemente cerca de diez mil soldados debieron quedarse acampados en los edificios de Tyria, aunque tuvieron el consuelo de unas aluvias con carne calientes, aunque fueran enlatadas. Aunque todavía no bajaban la guardia.
En el HMS Dreadnought, Daeron estaba siendo atentado por el equipo médico, bajo la atenta mirada de Aegon, el cual aun seguía muy preocupado por haberlo puesto en semejante peligro, cuando el almirante Breno solicitó una audiencia con el, algo que acepto con poco entusiasmo.
"Majestad…¿Cuál es el resultado de la misión?"
"Exitoso" se atrevió a aventurar Aegon, aunque no estaba del todo seguro de su experimento. Al final se retiró a su camarote, cuando los médicos le aseguraron que Daeron solo estaba exhausto y las heridas eran superficiales.
A la mañana siguiente aun seguía lloviendo con la misma intensidad, y los soldados se preocuparon, pero entonces Aegon sonrió con triunfalismo.
"Ya esta ocurriendo, el aire vuelve a ser fresco" declaró con alegría. Al mediodía se dieron un banquete de bacalao y pez espada, con buenas cervezas. Aunque al final para mayor alivio, su hermano despertó y apenas se separó de él, incluso le dio de comer, al punto que Daeron quedó un poco atosigado por la atención de su hermano mayor.
Las lluvias persistieron durante nueve días más, hasta que a finales del decimo día el rojo del cielo finalmente había desaparecido, y el monstruoso ojo de fuego sangriento, ahora era la luna en medio de la sagrada noche. Aegon se quedó despierto esa noche al igual que la mayoría y entonces los tres hermanos vieron la luz del amanecer, mostrando un mar de pureza donde antes solo había abominación.
"Que bello es siempre el amanecer" dijo Aegon mientras abrazaba a sus hermanos y se reían. En las naves los oficiales les felicitaban por ese logro y tanto marinos como soldados festejaban como en el decimo día de la quinta luna Valyria había sido liberada de su condenación, mientras tres dragones surcaban los iluminados cielos de su hogar ancestral.
