Para su sorpresa, ninguno de sus hijos se mostró disgustado o extrañado cuando les anunciaron la idea de marcharse. Parecían tan aliviados de perder de vista al agente LaMontagne y sus hombres como sus padres. Incluso Thomas parecía contento de renunciar a su recién descubierta independencia si eso significaba tener a toda su familia cerca de nuevo.

Will había acompañado a Hannibal a ver a Jane y a los dos John, llevándoles ropa, zapatos y mantas en varias ocasiones. Aunque Jane seguía mostrándose enormemente reacia a aceptar nada de ellos, los niños eran más jóvenes y más simples. Casi les habían rogado que les permitieran llevarlos a algún refugio o habitación alquilada, pero el miedo de ser separados y llevados de nuevo a casas de acogida era más fuerte.

Según le contaba Hannibal, Jane se mostraba más abierta cuando iba a verla él solo o llevaba a Mischa con él. Jugaba con la niña y permitía a Hannibal peinarla con productos especiales para tratar las pulgas y los piojos, pero había sido incapaz de hacerla aceptar ponerse vacunas de ningún tipo, lo que hacía a Hannibal preocuparse enormemente por su salud.

Decidieron ir juntos a darles la noticia de que se marcharían a Inglaterra en navidad, coincidiendo con el inicio del nuevo trimestre académico. Encontraron a los niños sentados alrededor de un balancín en el parque en el que solían jugar después de comer. Jane ni siquiera se tensó cuando los vio acercarse. Hannibal lo interpretó como una buena señal.

- Hola, querida Jane, ¿Qué tal el día? – Jane se encogió de hombros y siguió jugando con una muñeca vieja que debían de haberle dado en el albergue.

- Bien. No hace calor, pero tampoco hace frío. Así que está bien. – Dijo Jane balanceando los pies sentada en el banco.

- ¿Habéis comido bien hoy? – John II arrugó la nariz.

- Había guisantes, pero los tuyos están más ricos, ¿Traes comida? – Preguntó señalando las bolsas que llevaba en las manos.

Hannibal desembaló las bolsas y dejó que los niños cogieran lo que quisieran.

- Hay algo que nos gustaría contaros. – Jane apenas levantó la mirada de su napolitana.

- Os vais.

Will y Hannibal fruncieron el ceño.

- ¿Por qué dices eso? – Jane le miró con diversión.

- No sois los primeros adultos que son buenos con nosotros. Todos tienen que irse al final.

Will sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el pecho.

- Tienes razón, nos vamos. Pero no queremos que os quedéis aquí. Queremos que vengáis con nosotros. – John II los miró con curiosidad.

- ¿A dónde?

- A Inglaterra. Vamos a mudarnos allí con nuestros hijos. Queremos que vengáis con nosotros, que seáis nuestros hijos también. – Repitió Hannibal. Jane ni parpadeó.

- Es mentira.

- Todos dicen lo mismo, pero al final se acaban yendo sin nosotros. Porque es muy difícil, porque da muchos problemas, porque no les dejan. Al final, todos se van y nosotros nos quedamos. – Explicó John I, mirando sus manos.

- Aunque todos esos factores son reales, me temo que nosotros no nos tomamos tan a pecho la legalidad. Para nosotros lo único importante es que queráis venir con nosotros. Todo lo demás los solucionaremos, de una forma u otra. – Les aseguró Hannibal.

Los niños los miraron, expectantes, como si esperaran el pero detrás de su frase, el problema. Cuando este no llegó, los niños miraron a Jane, que seguía sin mirarles a los ojos enfurruñada.

- Es mentira. Como siempre.

- No lo es, te lo prometo. Es más, aunque es cierto que nos marchamos en unas semanas, no veo ningún problema en que vengáis con nosotros ahora mismo. A casa. – Insistió Hannibal.

Will podía ver los engranajes de los niños girar, como veía a sus perros comportarse. Al final, ellos eran una manada, con una jerarquía como cualquier otra. Y ellos estaban obligándoles a desafiar la autoridad de la persona que siempre les había mantenido a salvo, sin importar si era una niña pequeña.

- ¡Pues yo me voy con ellos! ¡Quiero irme con ellos! – Dijo John I, separándose de sus hermanos para acercarse a Hannibal, que lo cogió con los brazos abiertos.

Eso pareció ser la gota que colmó el vaso. Jane se levantó con la cara roja de enfado y dio unos pasos hacia atrás.

- ¡Pues vete con ellos si quieres, pero no vuelvas llorando cuando te abandonen otra vez! – Dijo antes de darse la vuelta y marcharse corriendo, siendo seguida por John II.

Will hizo amago de seguirlos, pero Hannibal le paró.

- Deja que yo hable con ella. Llévate a John a casa antes de que se arrepienta. – Dijo Hannibal. Will dudó un momento, pero asintió.

Metió a John I en el coche, lamentando no llevar las sillas de seguridad de Beverly y Paul. Iban a necesitar más, desde luego. Y una ruta de escape para los niños, porque un pasaporte iba a ser casi imposible. Hablaría con Hannibal cuando llegara a casa.

Hannibal esperó, sentado, casi hasta la media noche. Respondió a los mensajes de Will asegurándole que todo iba bien. Jane y John II aparecieron pasadas las once de la noche, cansados y hambrientos.

- ¿Por qué sigues aquí? – Preguntó Jane con recelo.

- No iba a marcharme sin vosotros, Jane. No es una negociación, solo quiero que entiendas que no eres prescindible.

- No sé qué significa esa palabra. – Musitó la niña, enfurruñada.

- Significa que eres valiosa, no eres alguien que se deje atrás. – Jane le miró mal, pero aceptó la comida que Hannibal le ofrecía. Había aprendido que el hambre dolía más que la cabezonería.

- Todos los demás lo han hecho. Vosotros podéis hacerlo también.

- No somos como los demás. Posiblemente lo hayas notado. En todo caso, solo quiero saber que estás bien. No tienes que darme una respuesta ahora, no nos vamos mañana mismo. Solo os pido que consideréis nuestra oferta, por favor.

Jane y John II siguieron comiendo en silencio. Hannibal no les presionó, no tenía prisa. Los niños se dejaron acompañar hasta su pequeño refugio en un almacén abandonado junto al polígono industrial.

- ¿Os espero mañana a la hora de siempre para desayunar? – Ambos niños asintieron y le dieron las buenas noches.

Hannibal les arropó con mantas limpias y se aseguró de cerrar con un candado de titanio que había comprado para ellos. Hannibal odiaba con todo su corazón dejarlos allí, pero Jane no era el tipo de niña a la que pudiera convencer a la fuerza. Dio varias vueltas por el vecindario para asegurarse de que no había nada sospechoso y se marchó a casa tratando de ser positivo. Mañana sería otro día, se dijo.

Al día siguiente nadie acudió al parque a desayunar.

Hannibal se sentó, inquieto. Jane y John solían ser muy puntuales. Las horas pasaron y la sensación de que algo iba mal se incrementó. Cogió el teléfono y llamó a otros voluntarios, por si habían ido a sus albergues. Nada.

Empezó a recorrer las calles colindantes y a buscar en todos los escondrijos en los que sabía que los niños y los vagabundos se guarecían sin éxito. Se disponía a atravesar el parque de caravanas camino a la acequia cuando una voz conocida lo paró.

- Hola, señor Lecter.

- Hola, señor Sullivan, ¿Qué tal el día? – El hombre se encogió de hombros.

El señor Sullivan era un exmilitar adicto a los opioides y con un principio de demencia más que pronunciado. A pesar de todo, siempre era amable y servicial con todo el mundo.

- Bien, se podría decir. Le estaba buscando. – Hannibal arqueó una ceja, confuso. – Anoche vinieron policías aquí, buscaban a la banda de Jane. No sé qué tiene que ver, pero dijeron su nombre y el de su marido.

A Hannibal le recorrió un sudor frío de arriba abajo. No. No podía ser. No podían haber llegado tan lejos.

- ¿Los encontraron?

- Solo a Jane. Se la tuvieron que llevar a la fuerza. Esa niña tiene carácter. Creo que iban a Servicios Sociales, por lo que dijo uno de los agentes. John consiguió huir entre la maleza, es rápido el crio. – Hannibal se apresuró a sacar cincuenta dólares de su bolsillo y dárselos al señor Sullivan.

- Muchas gracias por la información.

- Muchas gracias a usted.

Hannibal se apresuró a mandarle un mensaje a Will y coger el coche. Había una gran diferencia entre los lugares en los que Jane y su banda pasaban el día y los que usaban para esconderse. Hannibal solo conocía algunos de ellos, pero esperaba que John se hubiera escondido donde supiera que podían encontrarlo.

Tras revisar el puente junto al delta y la casa a medio construir a las afueras, Hannibal se recorrió la acequia que bordeaba el Hanna Park hasta dar con una tubería vacía de la que salía apenas agua y que Jane le había mencionado en alguna ocasión.

John estaba tiritando ahí, con la ropa húmeda y oliendo a desperdicios. Estaba deshidratado y hambriento, pero su cara se iluminó en cuanto vio a Hannibal. El hombre se apresuró a tomarlo en brazos y a llevarlo al coche. Lo envolvió con una manta y condujo de vuelta a su hogar.

Will estaba haciendo un trabajo brillante comportándose sospechosamente, llevando toda su atención hacia él comprando sierras, líquido inflamable y pastillas de encendido, pero no podía durar eternamente. Le avisó de que volvía a casa y se dispuso a hacer las llamadas oportunas desde el teléfono seguro.

Una vez en la mansión, se aseguró de colocar a John en los pies del asiento para que su vigilancia no lo viera, pero no podían tentar a la suerte. Los niños tenían que desaparecer esa misma noche.

En casa les recibió Grace, que llevaba en brazos a John I. El pequeño vestía ropa de Paul, que le venía enorme a pesar de ser de la misma edad y tenía el pelo envuelto en una toalla que olía a vinagre.

Beverly jugaba en el suelo con Paul mientras Helena vigilaba a Mischa y Sienna que bailoteaban en su parquecito portátil.

- ¿John? – Preguntó John I, asustado.

- Necesita un baño de agua caliente. Querida, ¿Puedes ayudarme? – Grace asintió, corriendo hacia el baño principal para llenar la bañera.

Will los encontró media hora más tarde con ambos John sentados en el comedor, comiendo pollo y verduras asadas recién cortadas. Hannibal, mientras tanto, masajeaba la cabeza de John I con un producto que olía a ácido.

- ¿Qué ha pasado?

- Se han llevado a Jane. Los policías. Dijeron que los niños no podían estar en la calle y que vosotros eráis malos. Jane se peleó y me dijo que me escondiera. Pero no sé dónde está. – Will contuvo las ganas de dar un puñetazo en la pared.

- Está bien, John. Vamos a encontrarla y a traerla a casa. Hannibal, ¿Podemos hablar? – Hannibal asintió y dejó a Helena y a Grace al cuidado de los niños.

Salieron hacia el despacho de Will a buen paso. Su marido parecía una bestia enjaulada.

- ¿Qué cojones ha pasado? – Rugió Will casi abalanzándose sobre el portátil en cuanto cerró la puerta.

- LaMontagne ha estado siguiéndonos también en Jacksonville. Esta mañana se han llevado a Jane a la fuerza, presumiblemente a un centro o una casa de acogida. Pensé que para cuando quisieran usarlos en nuestra contra ya estaríamos en Inglaterra. Aparentemente se están dando prisa.

Will gruñó, furioso, pero se obligó a cerrar los ojos y pensar. Aquello no era acoso, aquello ya era una acción directa de agresión contra ellos.

Se acabó el jugar limpio.

- Llama a tus hienas. Haz que cambien los papeles de solicitud de adopción de Sienna por los de Jane y John II. No hay nada en los registros públicos aún, ¿Verdad? – Hannibal negó.

- Estábamos esperando a encontrar una madre biológica convincente para Sienna.

- Se acabó hacer las cosas bien. No podemos seguir permitiéndonoslo. Sienna no existe y no va a existir en este país. Cambia todos los documentos por los nombres de los dos niños, que parezca que llevamos planeando la adopción meses.

- No tendrán motivos para acusarnos de secuestro si el proceso ya avanzaba correctamente. – Will le miró satisfecho.

- No sabemos si John I está también en su radar, pero no vamos a darles motivos para buscarlo. Pero los niños tienen que irse, Hannibal. Ya no es seguro que estén aquí. – Hannibal asintió con dolor.

- Ya he avisado a Ruth y a Ziva. Vienen con un operativo de incognito para llevarse a los niños mañana. Abigail va a recibirlos en Inglaterra en dos días a más tardar.

Will se levantó de la silla y abrazó a su marido, besándolo con amor.

- Está bien. Estamos bien. Unos meses y todo acabará. Vamos a encontrar a nuestra hija y a largarnos de aquí. Será una nueva vida. Te lo prometo. – Hannibal hundió su rostro en el pelo de Will y cerró los ojos, descansando la fatiga de aquel largo día.

Prepararon a los niños para su viaje explicándoles con cuidado lo que iba a pasar. Hicieron una videollamada con Abigail y Thomas para presentarlos, para que la transición a casa de sus hermanos fuera más fluida. Abigail les aseguró que no había ningún problema y les preguntó a los niños de todo, lo que les gustaba comer, sus juguetes favoritos y les prometió que verían juntos películas de aventuras en cuanto llegaran a casa. Era una buena psicóloga infantil, sabía perfectamente cómo ganarse su confianza, pensó Hannibal.

Ruth y Ziva aparecieron puntualmente al alba del día siguiente en una lancha motora indetectable. Pasaron un par de horas con los niños para que se sintieran cómodos con ellas y cargaron cualquier pista sobre su existencia en el barco, prometiendo eliminarla. Ambas parecían contentas de ver de nuevo a Sienna y les garantizaron que al día siguiente sus hijos volarían camino a Inglaterra desde México.

Hannibal y Will se esforzaron por aparentar normalidad. Los abogados de Hannibal denunciaron intrusismo en el proceso de adopción y el derecho a visitar a los niños, fingiendo no tener nada que ver con su desaparición. Un juez tardaría semanas en responder, pero para ese momento ellos ya no estarían ni en el país.

Will había hackeado con insultante facilidad el sistema de registro de los Servicios Sociales. Localizar a Jane había sido más complicado porque había muchas niñas que se llamaban Jane, así que tuvieron que abrir uno a uno los expedientes de la semana anterior hasta que la encontraron. Jane Doe, hija de dos inmigrantes procedentes de Macao que murieron tratando de entrar ilegalmente en el país en un camión. Había entrado en el sistema con solo dos años.

Al día siguiente Will encontró a Hannibal estudiando cantonés con un diccionario y un vídeo en Youtube. Le dijo que pensaba enseñar a Jane a hablar su lengua materna en cuanto se establecieran en Inglaterra, como hablaba con Sienna en italiano. Will le dio un beso y se sentó a estudiar con él.

Pasaron la semana eliminando de su casa cualquier rastro de los John y de Sienna, así como de cualquier actividad ilegal. Hannibal había limpiado compulsivamente cada centímetro de la casa, dejándolo casi esterilizado. Habían tenido una larga conversación con Beverly y Paul, explicándoles que tenían que mentir para proteger a sus hermanos si llegaba el momento y jamás hablar con un policía sin ellos delante. Si bien no tenían claro que hubieran entendido las razones, sabían que obedecerían sin chistar para proteger a sus hermanos.

Hannibal tomó un vuelo el lunes por la mañana, fingiendo un viaje de negocios a Seattle que, en realidad, sí que iba a darse esa misma semana. Ya tenían un punto de encuentro en la bahía de Jacksonville dos días más tarde, al que Will accedería en barco mientras su marido regresaba en avión privado. Era la coartada perfecta.

La noche del miércoles Will se despidió de sus hijas con un beso y zarpó hacia Jacksonville procurando evitar rutas conocidas y a otros barcos. En las coordenadas establecidas por Hannibal le esperaba un pequeño yate más potente y rápido. Will cambio de embarcación asegurándose de haber anclado bien la pequeña lancha y continuó su viaje.

Llegó al puerto y amarró el barco en un muelle alejado alquilado bajo un nombre falso en una zona donde no había ni una sola cámara funcional. Junto a él le esperaba Hannibal, vestido de negro y con una mochila grande en las manos.

- Has llegado temprano. – Comentó dándole un beso.

- El mar se ha portado bien. ¿Lo tienes todo? – Hannibal asintió, siguiéndolo hasta el aparcamiento.

Una vez frente a los coches, Will sacó el móvil del bolsillo y escaneó los modelos hasta dar con uno. Tocó un par de botones, desbloqueándolo.

- Las cerraduras digitales son un peligro. – Comentó mientras cubría los asientos de plástico para no dejar ADN.

Condujeron hasta un barrio alejado de Jacksonville, hasta la dirección a la que los remitía el expediente de Jane y aparcaron a dos calles de distancia. Como suponían, había un coche de la policía en la puerta, pero eso no iba a ser problema. Hannibal había desarrollado una ruta de cinco casas vacías, sin perros o sin alarma para llegar a la propiedad que les interesaba rodeando el vecindario.

Accedieron por la valla trasera y esperaron. Dentro, como imaginaban, la señora Thompson estaba dormida en la silla del salón. Habían estudiado a los Thompson como precaución. Su marido estaba trabajando en el turno de noche como seguridad en un centro comercial. La señora Thompson estaba dormida frente al televisor.

Hannibal abrió la cerradura cuidadosamente y entraron en silencio. Al volumen al que estaba puesto el televisor bien podrían haber entrado dando zapatazos. Will se asomó por la ventana. Frente a la casa había apostados dos coches de la policía, como esperaba, más un operativo móvil que habían visto dar vueltas por el vecindario.

Hannibal se acercó cuidadosamente a la señora Thompson e inyectó en su tobillo un sedante lo bastante fuerte como para que no se despertara en varias horas. Como esperaban, ni se inmutó, pero aún así esperaron veinte minutos en silencio a que la droga hiciera efecto antes de subir las escaleras.

Al igual que la nevera y las puertas de la casa, las habitaciones de los niños estaban cerradas con pestillo. Si no fuera demasiado sospechoso, Will mataría a los Thompson sin compasión. Hannibal soltó el cerrojo y abrió la puerta con cuidado

En una cama vieja y sucia estaba sentada Jane, con el pelo grotescamente cortado sobre sus mejillas y los brazos cubiertos de moratones, vestida con una ropa vieja y mucho más grande que ella.

Cuando la niña les reconoció a la escasa luz de la luna rompió a llorar y se abalanzó sobre Hannibal.

- Está bien. Está bien, cariño. Ya ha pasado todo. No volverán a llevarte a ningún sitio. – Algo en la fiereza de Hannibal pareció convencer a Jane, que dejó de llorar y se aferró a él con desesperación.

- No quiero quedarme aquí. Quiero irme con vosotros, ¿Por favor? – Hannibal besó la frente de la pequeña. No iban a alejarla de él nunca más.

- Nos vamos a casa. – La cara de Jane se iluminó.

- ¿Habéis encontrado a John?

- Si, cielo. Donde le dijiste que se escondiera. Ya están todos a salvo. – Dijo Will.

Hannibal dejó a Jane en el suelo y la niña le cogió la mano, tirando de él. Confuso, Hannibal la siguió hasta una habitación al fondo del pasillo que también tenía un pestillo. En ella había un niño negro de unos doce años y a una niña morena que los miraba, tiritando. Hannibal no podía saber si era de miedo o por hambre.

- ¿Pueden venir con nosotros?

Hannibal echó un vistazo a Will. Aquello no formaba parte del plan, ni ahora ni en el futuro. Habían ido a buscar a su hija, ni más ni menos. Tampoco habían hablado de ello como posibilidad una vez hubieran encontrado a sus diez retoños.

Will se encogió de hombros. De perdidos al río.

- ¿Qué mal pueden hacer dos niños más? Venga, tenemos que darnos prisa. – Will echó un vistazo por la ventana. Seguían en el coche, medio dormidos.

- ¡Vamos! – Exclamó Jane. Para su sorpresa, la obedecieron casi sin chistar. Solo el mayor los miró con desconfianza unos segundos antes de decidir.

Se marcharon por la valla de atrás sin hacer el más mínimo ruido, atravesando los jardines con sigilo. Cuando llegaron al coche, Will sacó mantas del maletero para envolver a los niños. Jane se negó a bajar del regazo de Hannibal, pero él parecía perfectamente bien con eso.

Condujeron en silencio hasta la bahía de Jacksonville donde dejaron aparcado el coche exactamente donde lo habían encontrado. Mientras Hannibal metía a los niños en el barco, Will se aseguró de no dejar el más mínimo rastro de su presencia en el coche retirando los plásticos protectores. Con todo el dolor de su corazón, acabarían en el mar, como toda prueba del delito.

Will navegó a buen ritmo hasta cruzar la frontera con Georgia. En mitad de lo que parecía la nada había un barco apostado, esperándolos. Chiyo los saludó con una inclinación de cabeza respetuosa y arqueó una ceja, contrariada.

- Creía que esperaba a dos transeúntes. – Hannibal sonrió, divertido.

- Me temo que nuestra pequeña Jane ha hecho más amigos y nuestra casa es grande. – Chiyo asintió lentamente y se giró hacia Will.

- ¿Tienes combustible suficiente para volver? – Will asintió.

- Más que suficiente, ¿Está todo preparado?

- El avión nos espera en Carolina del Norte. Directo a Inglaterra. Ya hay personal esperando en el aeropuerto y los niños estarán a mi cuidado hasta llegar a casa de vuestra hija. Lady Murasaki te envía saludos.

- Dile que muchas gracias por todo y que espero conocerla en algún momento.

Chiyo asintió y se retiró al interior del yate, guiando a los niños hacia los camarotes. Hannibal dio un último beso a Will y subió a barco.

- Ten cuidado. Nos vemos en una semana.

Will navegó de vuelta a San Agustín revisando la hora en el barco. Cinco de la mañana. Iba bien de tiempo. Una hora más tarde oteó su pequeña lancha motora. Colocó los explosivos en el fondo de la nave y saltó hacia la lancha, cuando estuvo seguro de estar a la distancia suficiente, detonó los explosivos y esperó hasta que se hundió en el océano.

Aparcó el pequeño barco frente a la casa y se aseguró de desmontar concienzudamente las piezas del motor adecuadas y devolverlas a la mesa de trabajo.

Cuando entró no se sorprendió al encontrar a Grace y a Helena preparando el desayuno para sus hermanos aún en pijama. En cuanto le escucharon entrar casi se abalanzaron sobre él, haciendo preguntas.

- Está bien, están todos bien. Tenéis más hermanos de lo previsto. Están todos sanos y salvos con papá. No hay nada de qué preocuparse. – Afirmó Will besando a sus hijas.

Encendió el teléfono seguro. Como esperaba, tenía varios mensajes de Hannibal que leyó para las niñas.

- Se llaman Marcus y Emma. Marcus tiene doce años y Emma tiene seis. Los padres de Marcus son traficantes. Emma no se acuerda de sus padres.

- ¿Cuándo vamos a conocerlos? – Preguntó Grace.

- En navidad, cariño. Por lo pronto van a viajar a Inglaterra con Thomas y Abigail. Papá volverá en una semana y sabremos algo más. – Les prometió Will, bostezando.

Dios, era muy viejo ya para las misiones secretas y los niños robados.

- Vete a dormir papá, nosotras nos encargamos. – Le dijo Helena.

- Voy a darme una ducha y bajo. A ver cuanto tardan en venir a buscar a vuestra hermana.