Capítulo Cuatro
Hermione había elegido Mendocino, California, para su largo fin de semana con Harry porque la única persona que sabía que aquel era su lugar favorito para pasar las vacaciones era la hija de Terry, Luna, su mejor amiga desde el instituto.
El viaje desde Houston le dio mucho tiempo para pensar y para angustiarse más por el fin de semana. Convencida de que concebir un hijo con Harry iba a complicar su amistad, además le preocupaba que hacer el amor con él fuera una desilusión.
Hermione paró en el centro de Mendocino para mirar escaparates antes de ir al hotel en el que Harry y ella iban a quedarse.
Para evitar sospechas, habían viajado por separado. Hermione había ido a San Francisco un par de días antes para estar con Luna y Harry llegaría a Mendocino el viernes por la tarde. Pero, aunque se alegró de ver a su amiga, estaba llena de dudas y sospechaba que no podía compartir con ella.
Luna se mostró encantada por su decisión de tener un hijo, pero no habría aprobado que Harry fuera el padre, de modo que no le dijo nada. Ella sabía de su angustia después del beso del baile de graduación y creía que desperdiciaba demasiada energía con un hombre que nunca iba a casarse ni con ella ni con nadie.
Entre eso, la desaprobación de su hermana y que la persona con la que siempre había podido hablar de todo fuera precisamente el origen de sus problemas, Hermione se sintió más insegura que nunca. El sol estaba empezando a esconderse en el horizonte cuando pensó que había esperado suficiente. Compró una bonita acuarela de la costa, que el propietario de la galería le envió a casa, y volvió a subir al coche que había alquilado en San Francisco.
El hotel Silver Mist fue formado por un edificio central y un grupo de pequeños bungalows construidos sobre el acantilado. Las espectaculares vistas, la buena cocina y la hospitalidad de los propietarios, un matrimonio encantador, hicieron que el hotel fuera un éxito.
Rosemary estaba tras el mostrador y la saludó afectuosamente.
– ¡Qué alegría volver a verte!
– Yo también me alegro. ¿Qué tal va todo?
– Tan ocupados como siempre – respondió Rosemary, ofreciéndole una llave –. Tu amigo llego hace tres horas. Os alojáis en el bungalow Blackberry.
El cambio de aviones la sorpresa.
– Pero yo había reservado mi habitación habitual…
– Cuando tu amigo la vio, pensó que quería un bungaló. Es más grande, más privado y las vistas son las mejores.
– Gracias –Hermione intentó esbozar una sonrisa, pero no estaba nada contenta.
¿Por qué había tomado Harry esa decisión sin contar con ella? Hermione llegó al bungaló y, después de aparcar el coche al lado del que Harry debió haber alquilado, sacó la maleta. Había tardado tres horas en hacerla porque no sabía qué llevar.
¿Qué clase de ropa era la adecuada para un fin de semana con Harry? El propósito del viaje no era recorrer los acantilados sino explorar su fabuloso cuerpo desnudo, de modo que eligió los conjuntos de lencería que había recibido como regalo antes de la boda con Draco que nunca tuvo lugar. Pero mientras doblaba las prendas de encaje pensó que Harry podría malinterpretarlo.
Al final, había llenado la maleta con horribles jerséis para combatir la brisa del mar y ropa interior de algodón.
Hermione entró en el bungalow, decorada en tonos cálidos azules, con una pared de cristal frente a un porche desde el que se veía el mar.
Y, en el porche, vio a Harry disfrutando de la brisa del mar desde un cómodo sillón, relajado y contento.
Hermione cerró los ojos, intentando respirar con calma. En unas horas, quizás menos tiempo, estarían haciendo el amor por primera vez. Y, de arrepentimiento, sintió miedo. No estaba preparado.
Hermione salió al porche.
- Hola.
Él se volvió para mirarla con una sonrisa en los labios. –Hola –la saludó, levantándose–. Llega mas tarde de lo que esperaba.
Su voz ronca y el intenso brillo de sus ojos hizo que deseara estar entre sus brazos, fingiendo que eran una pareja de verdad, que aquel era un fin de semana romántico.
– Hacía un año que no veía a Luna, así que tenía muchas cosas que contarnos.
– ¿Y qué opina sobre tu decisión de tener un hijo?
– Me apoya totalmente – respondió ella pasando, a su lado para apoyar los codos en la barandilla. El mar, de color zafiro, golpeaba las rocas del acantilado lanzando chorros de espuma y Hermione cerró los ojos, dejando que la brisa le refrescara la cara.
– ¿Le ha hablado de nosotros?
– Se supone que es un secreto, ¿no? Además, en el instituto no le caías bien.
– En el instituto le caía bien a todo el mundo.
– Querrás decir a todas las chicas.
– A ellas también – Harry alargó una mano para acariciarla y Hermione sintió un delicioso escalofrío.
– Algo huele muy bien en la cocina. ¿Qué hay de cena? - En realidad, había perdido el apetito, pero comer retrasaría lo inevitable.
– Coq au vin – respondió él. El brillo de sus ojos parecía decir que estaba dispuesto a devorarla –. Tu plato favorito. ¿Tienes hambre?
– No he comido nada desde el desayuno – respondió Hermione.
– Entonces tendré que darte de comer. Necesitarás fuerzas para esta noche.
– No te hagas el gracioso.
Hermione lo siguió hasta la pequeña cocina, intentando que no se notase lo turbada que estaba.
– He encontrado una buena botella de vino en el pueblo – Harry exigió dos copas y le ofreció una –. Pensó que sería mejor reservar el champán para más tarde.
¿Pensaba emborracharla? Muy bien, entonces podría culpar al alcohol por las tonterías que dijese en la cama. Hermione tomó un sorbo de vino y asintió con la cabeza mientras él sacaba de la nevera un plato con queso brie , uvas, galletitas saladas y paté… lo que ella le había servido en su casa más de una vez. ¿Había prestado atención a las cosas que le gustaban? ¿Qué más tenía preparado?
– La cena estará lista en media hora – Harry dijo el porche –. Hace una noche preciosa, vamos a disfrutarla.
El mes de septiembre en el norte de California era más fresco que Houston y Hermione lo agradecía.
– Sí – asintió mientras llevaban los platos fuera –. Deberíamos ir a dar un paseo después de cenar.
– Si te quedan fuerzas cuando haya terminado contigo, iremos a dar un paseo.
Hermione tuvo que tragar saliva. No era así como ellos se relacionaban normalmente y la hacía sentir incómoda.
– Tienes frío. Ven, siéntate a mi lado, yo te haré entrar en calor.
– Espera, voy a buscar un chal.
– Iré yo.
– Está en mi maleta, al lado de la puerta.
Hermione suspiró. ¿Podría ser un amante romántico y cariñoso además de un gran amigo o eso era demasiado esperar?
¿Descubriría Harry lo que había guardado en secreto durante todos esos años? ¿Levantaría un muro entre los dos y desaparecería como hacía con otras mujeres antes de que la relación se volviera demasiado seria?
Harry volvió enseguida con su chal azul.
– He llevado tu maleta a la habitación.
A Hermione le dio un vuelco el corazón al escuchar esas palabras. El instinto le decía que saliera corriendo.
Harry le puso el chal sobre los hombros, rozando su cuello con los labios al hacerlo, y Hermione dejó de pensar, perdida en el calor generado por los frenéticos latidos de su corazón.
- Harry…
Él puso un dedo sobre sus labios.
– Guárdalo para más tarde.
Hermione se grabó a sí misma que era un experto en el arte de la seducción. Le gustaba el cortejo, era la rutina lo que lo aburría. Y tal vez si ella dejaba de resistirse, Harry dejaría de hacer de donjuán.
Mordisqueando un trozo de queso, se dedicó a mirar el paisaje y no al hombre de los preciosos ojos verdes. Incluso dejó que pusiera uvas y galletitas con paté en su boca sin desmayarse. Cuando se chocaron en la cocina mientras servían el coq au vin en los platos, Hermione estaba un poco más relajada.
Aquel era el Harry al que adoraba: divertido, travieso. El ambiente era tan relajado como siempre y hablaron sobre la oferta de Terry de quedarse con la consulta y sobre la decisión de su hermana de mudarse a Portland y se olvidaron de lo que iba a pasar después del postre.
– Esto está riquísimo –murmuró Hermione.
– Rosemary me dijo que el restaurante del hotel es conocido por su buena cocina francesa –comentó Harry.
– No tienes nada que envidar – respondió Hermione –. ¿No tienes hambre? Apenas lo ha probado
– Me divierte más verte comer a ti.
De nuevo, el ambiente se cargó de tensión. Apenas había probado el vino porque quería tener la cabeza despejada para hacer el amor con Harry por primera vez.
– ¿Cómo puede ser divertido mirarme?
– Es un placer ver cómo saboreas cada bocado. Normalmente eres tan seria que… no sé, me gustaría saber qué es lo que te excita.
– Tengo cosquillas en los pies – le dijo –. Me encanta que me besen en el cuello y hay un sitio en la pelvis… bueno, supongo que tendré que enseñártelo cuando llegue el momento. ¿Y tú?
– Yo soy un hombre, me gusta que me toque en cualquier sitio.
– Pero tiene que haber algo que te guste especialmente.
Harry cerro los ojos.
– Mis pezones son muy sensibles.
Hermione tuvo que apretar los labios para no soltar una carcajada.
– Muy bien, entonces les prestaré una atención especial – respondió cuando pudo encontrar su voz.
Si pudiera hablar así en el dormitorio, estaba segura de que el fin de semana terminaría sin que hubiera dicho o hecho alguna estupidez, como por ejemplo contarle que sus sentimientos por él habían cambiado en los últimos meses. Debía fortalecerse en el acto físico, no en los sentimientos.
Disfrutar del momento y olvidarse del futuro.
Mientras Harry llevaba los platos al fregadero, Hermione fue a la habitación para cambiarse de ropa. Había recuperado la confianza durante la cena. El camino para concebir un hijo se acostó con Harry y disfrutaría del encuentro, así de sencillo.
Pero cuando iba a entrar en el dormitorio, lo que vio ante ella dio al traste con sus buenas intenciones.
En el centro de la habitación había una cama extra grande, el edredón cubierto por un centenario de pétalos de rosa. Había velas por todas partes, apagadas todavía, música de piano saliendo de un estéreo conectado al Iphone…
Harry había tenido en consideración todas las cosas que le gustaban. Se muestra como un hombre romántico y considerado, el tipo de hombre del que cualquier mujer se enamoraría.
– ¿Qué te parece?
Hermione dio un respingo.
– Lo que pienso es que no puedo hacerlo.
Harry hizo una mueca.
Le había prometido un fin de semana memorable y quería que supiera que iba a tomarse su tiempo. Aquel no iba a ser un simple revolcón. Entonces, ¿cuál era el problema?
– ¿Por qué?
– Lo siento –se disculpó ella, apoyándose en el quicio de la puerta.
– No lo entiendo.
– Yo tampoco – Hermione suspiró –. Quiero hacerlo, pero…
La anticipación estaba matándolo. La deseaba con una intensidad sorprendente, tal vez porque desde que la besó había estado fantaseando con aquel momento. O tal vez porque nunca antes se había esforzado tanto para acostarse con una mujer.
– Ser madre es en lo único que pienso últimamente y sé que si quiero tu ayuda tendremos que hacerlo, pero…
– No sabía que acostarte conmigo fue un sacrificio para ti –la interrumpió él, intentando sonreír.
Pero sus palabras le habían dolido. Cuando insistió en hacerlo de ese modo había pensado que sería la oportunidad perfecta para satisfacer su secreto deseo por ella y el beso de unos días antes había confirmado que la atracción era mutua. Entonces, ¿por qué se resistía? ¿De qué tenía miedo?
– No quería decir eso – murmuró Hermione. Pero, por su expresión, la acusación había dado en el blanco.
– ¿Ah, no?
– ¿No crees que acostarnos juntos podría arruinar nuestra amistad?
– No, no lo creo. Precisamente vamos a hacerlo porque somos amigos – respondió él –. Sin expectativas…
– ¿Sin ataduras?
No le gustó nada cómo lo decía. Como si acabara de confirmar su peor miedo.
– ¿Te preocupa que solo lo hagas por el sexo?
– La verdad es que sí – Hermione frunció el ceño, como si no tuviera muy claro lo que estaba diciendo.
– Entonces, tú tienes ciertas expectativas – luego Harry
– No es eso. Sé que cuando nos hayamos acostado juntos…
– Cuando hayamos hecho el amor.
– Bueno, lo que sea – Hermione hizo un gesto con la mano –. Que despues de que hayas satisfecho tu curiosidad…
– ¿Curiosidad? – la interrumpió él –. ¿Crees que solo lo hago por curiosidad?
Ella se encogió de hombros.
- No se.
– ¿Y tú? ¿No sientes curiosidad por saber cómo sería?
– Oye, que yo no soy una de tus chicas.
Draco se había quejado en una ocasión de que su prometida era insuficiente de ser espontáneo… nunca había dicho que fuera reservada en la cama porque respetaba demasiado a Hermione como para ser tan grosero, pero él sabía leer entre líneas.
– ¿No sabes cómo son las mujeres con las que sales? –le preguntó Hermione.
– Guapas, inteligentes, sensuales.
– Necesitadas, aterradas de quedarse solas – Hermione cruzó los brazos sobre el pecho –. Eliges mujeres así porque son buenas para tu ego y luego te alejas porque te aburren.
– Eso es ridículo. Jennifer era médica, Amanda tenía su propio negocio y Sherri era vicepresidenta de marketing. Todas las mujeres independientes.
– El padre de Jennifer era un famoso cardiólogo para quien ella nunca hacía nada bien, Amanda era la tercera de cuatro hermanos y sus padres nunca tuvieron tiempo para ella. Y en cuanto a Sherri, su madre se fue de casa cuanto tenía siete años.
– ¿Y tú cómo sabes todo eso?
Hermione dejó escapar un suspiro.
– ¿A quién cree que acudió cuando vuestra relación empezaba a enfriarse?
– ¿Y qué les decían?
– Que, aunque eras un hombre maravilloso, no había muchas posibilidades de tener una relación seria contigo porque eres un solterón empedernido y que tu afición a las carreras es lo más importante para ti.
– ¿Y te hacían caso?
– Las normales, sí.
– ¿Sabes una cosa? Si no fueras mi amiga, me ofendería.
– Pero no te ofendes – dijo ella –. Porque en el fondo sabes que tengo razon. Eliges mujeres con problemas y así siempre tienes una excusa para romper con ellas.
– Ah, vaya, y yo pensando que salía con ellas porque eran guapas – bromeó Harry –. Da igual, no quiero hablar de otras mujeres.
– Esto ha sido un error – murmuró, entrando en la habitación para tomar su maleta.
- ¿Te vas?
– Concebir un hijo debería ser algo memorable, pero lo único que voy a recordar del fin de semana es esta pelea.
– No estamos peleándonos.
Harry no entendió por qué intentar crear un ambiente romántico la había enfadado de ese modo.
– ¿Cómo que no? Hay un vuelo desde San Francisco esta noche, así que…
– ¿Sabes que hay un vuelo esta noche? Oh mar, que no esperabas quedarte.
– No, no es eso. Lo vi mientras reservaba el billete para venir aquí.
Hermione salió del bungalow sin mirarlo.
Harry apoyó una mano en el quicio de la puerta mientras Hermione subía al coche. ¿Darle tiempo para pensar sería buena idea?, se preguntó. No estaba seguro, pero tarde o temprano recordaría que lo necesitaba para quedarse embarazada.
