Disclaimer: los personajes de Naruto NO me pertenecen, sino al mangaka Masashi Kishimoto.

Sobre la historia: esta historia contiene temas que pueden herir la susceptibilidad de ciertos lectores; tales como lenguaje obsceno, tortura, violación (o alusiones a la misma), muerte de un personaje, situaciones adultas entre otras cosas. Leer bajo su propio criterio. Gracias.

Comentarios: puedo decir libremente que a partir de este capítulo las cosas comenzarán a ser más serias y puede que se incremente la intensidad en muchas cosas para algunos. De igual forma, aunque se seguirá mostrando el punto de vista de varios personajes, esta segunda fase se centra más en la trama principal sobre Sakura y la superación que irá teniendo paulatinamente, y también en Itachi y las situaciones en las que se verán envuelto junto a Sakura.

Sus valiosos comentarios serán respondidos al final, así que sin más dilación…

¡A leer!

Palabras. 9.991

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Capítulo 19: Augurio

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Llovía.

El diluvio se cernía furioso sobre el territorio del Reino del Norte, causando estragos y accidentes allí donde sus gotas gruesas y estruendosas llegaban. Se sabía de varios infortunios ocurridos y de la labor de los ninjas del imperio para contrarrestar las desgracias naturales, pero muchas veces escaseaban los hombres para mitigar los apabullantes desgloses de tierra, las mareas de las costas y las tormentas eléctricas que habían llegado de manera sorpresiva.

Había sido extraño, sobre todo cuando los maestros no habían previsto ninguno de estos acontecimientos, y mucho menos habían podido saber por cuánto tiempo se extendería la temporada, sobre todo cuando el cielo no paraba de derrumbarse sobre ellos, sin descanso, desde hace una semana. Inclemente y doloroso.

Muchas eran las especulaciones. Un castigo de los antiguos dioses, el karma o la continua guerra entre el Sur y el Norte que aún no acababa, incluso cuando el Este ya no hacía parte activa de ella gracias a los tratados propuestos por la reina Tsunade.

Recoger cada uno de los destrozos en medio del lodazal de los caminos, era imposible. Todo el territorio estaba sufriendo pérdidas significativas y el comercio había bajado un porcentaje bastante considerable. La destrucción no cesaba mientras los pocos elementales que moldeaban su chakra de manera medicinal, intentaban salvar a las personas que resultaban heridas en los derrumbes, incluida la propia Tsunade, quien se había puesto a dar órdenes a los rescatistas sin que nadie se lo pidiese, pero sin que nadie le llevara la contraria tampoco. Era conocida por su extraordinario chakra médico y sus técnicas no eran fáciles de aprender para quien no tuviese pleno conocimiento de su chakra y del funcionamiento del cuerpo humano.

Varios relámpagos iluminaron el cielo opaco y nebuloso.

Ino se sobresaltó, alejándose del cristal del ventanal por pura inercia. Estaba especialmente nerviosa, como si la lluvia constante le afectara demasiado. Podría decir que era por los muchos desastres de los que había escuchado, pero en su interior se removía otro sentimiento indescriptible.

Se sentía incómoda.

—¿Su Alteza?

Escuchó la voz de Hinata, quien permanecía a su lado, tan silenciosa como solo ella podía serlo. Descubrió que había movido su mano hasta su pecho de manera inconsciente, así que la deslizó hacia abajo con suavidad, en busca de recuperar el creciente estoicismo que la había hecho sobrevivir en ese castillo infernal desde su matrimonio.

—Estoy bien. Estoy bien... —respondió un poco contrariada mientras observaba los grandes ojos pálidos de la otrora princesa.

Le sorprendió ver la genuina preocupación en ellos, como una marca imperecedera de bondad. Se sintió más incómoda. Era consciente de que trataba mal a las Favoritas de su Majestad, y aunque a Hinata la trataba sin insultos de por medio, todavía no se sentía demasiado bien respondiendo a su pregunta sincera.

—Está bien, su Alteza —concordó con la versión de la rubia mientras volvía a su posición original sobre el almohadón.

Estaba tejiendo un pañuelo en un telar circular y su ceño de concentración era visible, como si esos hilos fuesen lo más importante del mundo para ella. Sintió un pinchazo de envidia por eso, por cómo era capaz Hinata de mantener tanta serenidad y olvidarse del mundo exterior mientras se dedicaba a esa actividad tan trivial.

Sasuke le había quitado ese privilegio.

Había llegado allí siendo soberbia, tratando mal a las mujeres que formaban parte del servicio particular para su Majestad y el príncipe, su ahora esposo. Tenía entendido que a Sasuke se le permitía tocar solo a unas pocas mujeres de las Favoritas (siempre que la susodicha quisiera estar con el príncipe), y sabía que Hinata no estaba entre esas mujeres, aunque a estas alturas no se hubiese preocupado de lo que Sasuke hacía con su vida o no.

Veía su verdadero rostro ahora, sobre todo después de la tamaña crueldad que había cometido en contra de aquella jovencita, Sakura, esa chiquilla que solo había huido con su amor lejos de la represión de ese castillo. No había tenido interacción con el capitán desertor más allá de un intercambio de palabras de cortesía, pero el hecho de haberlo visto morir calcinado por el fuego oscuro de Itachi y escuchar el terrible alarido de Sakura, le había helado la sangre poco antes de asustarse por el temblor repentino de la tierra.

Había sido un suceso más que curioso justo al son de ese grito desgarrador. Por supuesto, nadie había relacionado ese hecho telúrico con el evento macabro que se había desarrollado momentos antes, pero Ino sí lo había hecho, porque ella misma sintió una sensación extraña en su interior, serpenteando furiosa en su sangre. Había tenido que contener el hielo en sus manos, agradeciendo que nadie se hubiese dado cuenta de ese hecho, pues por lo que había podido averiguar, aquella bebida que se vio obligada a tomar en su ceremonia, quemaba todos los receptores de chakra a tal punto que se asegurara que nunca podría volver a surgir no una gota del mismo en el cuerpo que la había ingerido.

Eso era simplemente espeluznante.

El Clan Uchiha era receloso con sus técnicas y su Sharingan, así que habían ideado este extraño brebaje ceremonial para las ocasiones en las que alguien del clan había tenido que unirse a una mujer externa por motivos políticos, asegurándose así, por un lado, de que sus técnicas prevalecieran en su descendencia por encima de las habilidades de la madre extranjera; mientras que, por el otro lado, se aseguraban de que la sangre de su clan no se diluyera en varias habilidades y terminaran por perder la supremacía de su sangre.

Se suponía que ella había tomado esa pócima, entonces... ¿Por qué no había perdido los suyos?

—Hinata —llamó dubitativa.

Los ojos huérfanos de pupila devolvieron la mirada de inmediato, deteniendo el curso de sus manos sobre el tejido.

—¿Sí, su Alteza? —cuestionó paciente con voz muy suave, casi como si temiese molestarla.

—¿Qué se ha sabido sobre...? —evaluó unos segundos su irrisoria pregunta, pero decidió hacerla de todos modos—... Sobre esa favorita que había huido con el capitán —soltó por fin, intentando utilizar un tono despreocupado.

Ella no la vio, pero Hinata suavizó (incluso más) su expresión. Era necesario que lo hiciera también, pues ella misma intentaba infundirse los ánimos que no tenía. Apenas Naruto la hacía reír cuando le veía, muy escasamente debido a todas las misiones de rescate que tenía y llevaba ya dos días sin verme el rastro de ese cabello de sol siquiera.

Aunque esa no era su única preocupación, también estaba Sakura y su desaparición de cualquier lugar de la corte, aunque el mismo emperador había hablado en el salón sobre su situación. Ella se mantenía bajo su custodia. La princesa Ino parecía estarse carcomiendo de la duda al respecto, pero después de presenciar la crueldad de la familia Uchiha de primera mano, suponía que tenía las ideas más claras.

Su mente se desvió de nuevo hacia su amiga Sakura, intrépida y rápidamente temperamental, con el coraje necesario para fugarse con un capitán de los escuadrones ninja de su Majestad. Demasiado temeraria, tanto que había resultado en una tragedia. Se preguntó si el emperador la tenía encerrada en uno de los calabozos más escondidos del castillo, si es que estaba viva siquiera... Hubiese pensado de otra manera muy distinta sobre Itachi si este no se hubiese encargado de quemar el cuerpo de Sasori frente a los ojos de todos y sin pestañear siquiera.

—Recientemente pidieron que sirviera en una reunión del consejo, y allí Itachi-sama dijo que se mantenía bajo su estricta vigilancia —respondió unos segundos después.

De manera inconsciente, Ino se llevó la uña de su pulgar hasta la boca, como si estuviese pensando desesperadamente en algo inquietante. Hinata se preguntó qué tenía, pero su repentina orden a continuación, la descolocó por completo.

—Podéis retiraros —habló casi de manera ausente y sin mirarla.

Sus ojos azules adquirían matices grises con cada relámpago que iluminaba el cielo. La antigua princesa del destruido Reino del Oeste, hogar ancestral de los casi extintos Hyūga, dejó el telar sobre la mesita esquinera y reverenció a la princesa imperial antes de salir sin hacer el menor de los ruidos, solo el largo de su kimono blanco con flores de peonía bordados, fue la prueba de que se había marchado y vuelto a cerrar la puerta corrediza de una de las habitaciones privadas de las cámaras de la princesa imperial.

Le tomó medio segundo ahogar sus propias preocupaciones para empezar a caminar hacia la salida del palacio privado, y lo hizo con tanta elegancia que siempre levantaba comentarios entre las sirvientas y otras favoritas con las que apenas interactuaba. Se cuestionó qué debería hacer en ese instante ahora que la futura reina la había despachado por el día.

Ni loca iría al lúgubre palacio del consejero Madara (incluso si tenía tareas allí), eternamente custodiado por los enmascarados más letales del Imperio del Fuego. Aquel hombre de una anormal apariencia juvenil que le otorgaba la luz de parecer solo un poco mayor al emperador, pero que, en el fondo, sabía Hinata por estudiada e instruida desde pequeña, que debía tener al menos más de noventa años. Sus ojos fríos de ónix comprobaban qué tan sabio era por los años transcurridos, pues había vivido en los tiempos de la muerte del Supremo Hyūga y presenciado el principio de la guerra entre los Reinos que se habían formado tras el suceso.

Un jefe de Clan destituido por su propia sangre, uno que había sobrevivido a la masacre de los Uchiha en aquella fatídica noche en la que los familiares de Hinata habían sido acusados sin prueba alguna, incriminados injustamente por Madara.

Hinata sacudió la cabeza. Lo menos que necesitaba recordar era que casi todo su clan había muerto, que las únicas dos personas que compartían su sangre estaban lejos y que ella era propiedad del hombre gobernante que había presenciado, en primera línea, la muerte de muchos Hyūga capturados por la guerra.

Pese a lo gentil que Itachi podía ser con ella por respeto a su título extinto, seguía siendo un Uchiha, y siempre corría el rumor de que eran un clan nacido del odio y la sangre. Nada le quitaba de la cabeza que el emperador tuviese a Sakura en su poder para torturarla en alguna parte donde no se escuchase su agonía. Quizás había tratado de sacarle información sobre Akatsuki basándose en su relación prohibida con Sasori...

La recorrió un escalofrío y tragó saliva. De una manera muy discreta activó su Byakugan y las arterias en los laterales de sus ojos se hincharon. Siempre había sido la menos talentosa para usarlo, especialmente entre la habilidad de su hermana Hanabi y su primo Neji, pero el corto tiempo que tuvo a su padre y las instrucciones de Neji siempre la acompañaban en sus recuerdos. Hinata era más perceptiva de lo que nunca se hubiese podido imaginar alguien, aprendía y buscaba una forma de bordear o atenuar el problema si no podía resolverlo. Así había sobrevivido hasta ahora.

Reconoció un leve destello de chakra particular entre un montículo de otros tantos. Supo reconocer al príncipe Sasuke partiendo desde el patio de armas hacia el exterior por la Puerta del Norte. Vio a la princesa Ino en el mismo lugar, al emperador Itachi en algún salón de sus cámaras privadas, a otros tantos soldados más... Pero ni rastros de Sakura o de Naruto, aunque al menos sabía la razón de la ausencia de su amado.

De Sakura solo podía especular.

Sin nada más que buscar, desactivó su línea de sangre y caminó presurosa entre los pasillos del palacio principal, aquel en donde se hallaba el Salón del Trono y las estancias más convencionales para las reuniones sociales con personalidades externas a la vida en el Castillo en Llamas. En el tiempo que llevaba allí, Hinata podía decir que el nombre era bastante apropiado.

—No vayáis a decir a nadie, pero Nakano me comentó que ha visto a Sakura en la alcoba del emperador. —La joven Hyūga se detuvo de repente y permaneció atenta a lo que hablaba la servidumbre de manera tan distraída.

—¿Sakura? ¿La Favorita que huyó con el capitán muerto? Pensé que ella estaría muerta también a estas alturas.

—¡Nada que ver, nada que ver! Es más... —Desde las sombras, Hinata se inclinó por inercia para agudizar el oído ante el nuevo tono de murmullo—. Dijo que iba como meretriz. —Lanzó una risita baja antes de continuar—. Con solo telas traslúcidas encima, y que el emperador...—Se notó un leve tono pícaro disfrazado de vergüenza—, que Itachi-sama la hace llamar todas las noches a su alcoba para retozar con ella.

—¡Qué injusto! Forma parte de las Favoritas a pesar de ser una traidora y tiene el privilegio de calentar la cama del emperador todas las noches... pero ya veréis, su dicha no va a durar mucho. El emperador la desechará como hizo el príncipe Sasuke con Karin. ¡Ay! ¿Qué no daría por ser una de las Favoritas?

Las risas de ambas causaron que Hinata sintiera náuseas. Hablaban con tanta desfachatez, con tanta frialdad sobre esa situación... Ella había estado allí, había llegado en el último segundo para ver cómo el emperador prendía fuego al cuerpo del capitán Sasori. Había escuchado su grito atronador demasiado cerca, demasiado intenso. Solo el dolor esparciéndose a través de su cuerpo. Había sido una imagen horrible verla colapsar tras ello, con su ropa hecha jirones y el cuerpo magullado, sucio de tierra y polvo.

Ya ejerciendo el papel de espía, se quedó un poco más por si decían otra cuestión importante.

—¿Con vuestra edad? ¡Solo podríais ser la preferida del Consejero Madara! —prosiguió con desparpajo la otra, pero la aludida se sonrojó tanto que la mandó a callar, no se sabía si por miedo o vergüenza.

—No está mal, pero no lo digáis muy fuerte. Madara-sama me causa escalofríos incluso siendo tan guapo. —Hinata sopesó si quedarse o irse del lugar. ¿Soltarían alguna información relevante?—. Mi abuela decía que de muy joven era más guapo aún, antes de la guerra, cuando ella era una jovenzuela. Es raro que se mantenga así de conservado, pero por esos tiempos tenía mucha habilidad en combate y muchos trucos. Inclusive se llegó a rumorear que pediría la mano de la princesa Mito Uzumaki de la Nación del Agua, pero nunca supimos qué pasó.

—Por su aura sombría, creo saber qué le pasó... no parece que las mujeres le gusten mucho. Nunca he visto a una de las Favoritas con él. —La joven Hyūga se dijo que tenía suficiente información, así que se deslizó de vuelta al pasillo principal para ir hacia otra ala del castillo.

No era relevante el pasado del consejero Uchiha ahora mismo, era más importante su presente y la posibilidad de saber si estaba moviendo sus hilos, pero estaba claro que aquellas dos no sabían mucho más que chismes de pasillo a juzgar por lo que decían tan abiertamente.

De todas aquellas sandeces, esperaba que al menos fuese verdad que Sakura estaba viva en las cámaras del emperador y que estuviese a salvo, de alguna manera u otra.

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Todo lo que vio fue un abismo. Un abismo oscuro y desolado en el cual su voz ininteligible dejaba sonar los ecos de desesperanza.

Se escuchaba a sí misma gritar, pero no tenía orientación espacial entre la más absoluta oscuridad. La falta de luz la desorientaba al punto de no poder mirar sus pies al caminar, solo sentía el plano espacio, sin aire y sin sonido.

El vacío sin fin. La intemperie. El limbo.

Escuchó el sonido de las olas tras ella, haciéndola girar bruscamente en esa dirección. Vio un punto de luz en la distancia y el viento frío se coló entre los pliegues de un vestido que empezaba a cubrirla. Caminó con dolor, uno que desgarraba sus entrañas. Luchó contra el vendaval gélido que le calaba en los huesos mientras avanzaba hacia aquella luz. Notó que era nocturna ante la lejana cercanía. El olor de la sal, el mar embravecido con el telón de la sonrisa lunar de fondo...

Y entonces estaba al borde del acantilado con el manto de la noche abrazando su cuerpo tembloroso. El sonido del océano se hizo más fuerte cuando sus inquietos ojos de jade observaron las oscuras olas al final del precipicio.

¡Fue vuestra culpa! ¡Vos lo sedujisteis! —Sakura giró sobre sí misma, sobresaltada por aquella voz henchida de ira.

Sintió el dolor de la acusación como un puñal. La tristeza la embargó de impotencia mirando a la extraña con un profundo pesar en el corazón, herida de muerte por sus palabras.

Los ojos azules de ella destellaban en grises opacos con su gesto furioso. Su cabello rojo le ondeaba colérico, como si quisiera convertirlo en serpientes para lograr llegar hasta su silueta. Sakura sintió la fuerza implacable en sus palabras, el desprecio en la plata azulada impregnando el lugar, pero halló también algo más que no supo descifrar.

Cuando quiso hablar no encontró palabras, no que saliesen de ella al menos. El cuerpo que habitaba se remojó los labios, se abrazó a sí mismo con los doloridos brazos, derrotada.

Sabéis que no lo hice. Mi corazón, mi alma y mi amor solo pertenecen a una persona. —Escuchó el retumbar acongojado de su voz que no era su voz, pero que salía de ella sin que pudiese controlarla.

Eso no pareció gustarle a su interlocutora, quien la miró con más furia si cabía.

¡Y tan fácil os referís a mi prometido cuando os dejasteis deshonrar por su hermano!

Sintió el dolor de nuevo, ese que venía de sus entrañas. Negó con la cabeza, con lentitud, como si le pesara el cansancio de su cuerpo al mismo nivel de la acusación.

Él la había ultrajado. Él había sido el culpable, no ella.

Él va a pagarlo —profetizó con cierto carácter renovado.

Mi prometido ahora está cazando a su hermano por vuestras acusaciones. Lo va a matar cuando lo encuentre... ¿Veis lo que habéis hecho? ¡Poner a hermano contra hermano!

¡Él me hirió! ¡Él me ultrajó! Yo no quería...

¡Entonces lanzaros al mar y lavad vuestra honra con su sal antes de que los dioses bajen para destruir nuestro reino y llevaros a vos por impura! ¡Morid para evitar que la desgracia caiga sobre el nombre de nuestro padre!

Aquello fue el último clavo al ataúd, la última dolencia que pudo soportar. Por su mente se paseó la mirada decepcionada de su padre, la lasciva contemplación de su abusador, el rostro enrojecido de ira de su hermana frente a ella...

Y la imagen de aquel hombre que amaba, con sus profundos ojos mirándola, la suavidad impregnada en sus iris de noche oscura. Él la había entendido, él la había consolado, él le había creído a ella y no a su hermano. Él había ido en busca de la justicia en nombre de la verdad.

Y ella sabía que no volvería a verlo nunca más. Tener la certeza de ese hecho dolía más de lo que podía soportar.

Yo nunca voy a poder ser feliz, hermana —habló por fin. Su tono resignado reflejó la confusión en los azulados ojos que la seguían observando—, espero que tú sí lo seas.

Y cayó.

Su cuerpo precipitándose hacia las fauces oscuras del inclemente mar bravío, pero antes de que el agua la engullera, escuchó el llanto en la cima gritando su nombre.

Y se ahogaba.

Se ahogaba.

Despierta. Despierta; ordenó la voz.

Sakura Haruno se irguió con un ahogado jadeo, buscando el aire que le faltaba. La sensación de estar suspendida en el mar la persiguió en su despertar.

Respira. Concéntrate; volvió a pedir la voz de aquella mujer que había resonado en su cabeza desde antes.

Sakura tosió.

—¡Se despertó! —gritó alguien.

Ella no pudo reconocer a ese alguien entre su necesidad de tener oxígeno. La sensación de ahogo la abrumó a tal punto que creyó que moriría. Apretó las suaves sábanas del lugar donde estaba sentada con tanta fuerza que los nudillos palidecieron por la falta de circulación.

Siguió tosiendo.

—Y-Yo... —No encontraba las palabras para decir que se había muerto, que se había ahogado entre la bruma acuosa de aquel océano.

Boqueaba en busca de recuperar su vida, el aire que le faltaba. Luchaba por sobrevivir mientras su cuerpo temblaba. Ni siquiera escuchó cómo la lluvia aumentaba su intensidad y el cielo se oscurecía aún más. Apenas abrió los ojos, completamente desorientada.

—Tranquila, ya pasó. Estaréis bien —aseguró esa mujer, su tono fuerte se suavizaba mientras acariciaba su espalda de forma casi maternal.

Sakura tuvo la fuerza para mirarla. Sus ojos de color miel demostraban su fuerza y a la vez su candor. Su cabello rubio en dos coletas bajas y flojas, su frente adornada con el extraño sello y su postura de alerta por si necesitaba algo. Y, ciertamente, ella lo necesitaba.

Fue una arcada sorpresiva que la hizo tirarse al borde de la desconocida cama. Vomitó todo el contenido que guardaba su estómago, pero solo era agua. Cantidades insalubres de agua saliendo de su boca. No encontró explicación factible, pero estaba agotada para pensar. Ni siquiera se percató de la figura silenciosa de Itachi en algún punto de la habitación, con su mirada puesta sobre ella, aparentemente estoico.

Entre el esfuerzo que hacía por regular su respiración errática y calmarse, sintió que la mujer limpiaba los rastros de agua de sus labios y la inclinaba hacia la cama, en un ángulo que la haría quedar de costado sobre ella. Sakura tampoco tuvo fuerzas para negarse, mucho menos después de ser embriagada por el olor de las almohadas, tan característico y familiar para ella, aunque no supo reconocer la fuente.

El verde de sus ojos parecía opaco cuando levantó la mirada y se encontró con la contemplación evaluativa de la mujer rubia, como si buscase más afecciones en su cuerpo.

—Me ahogué. Me ahogué y volví... —dijo la joven sin ser consciente aún de que había sido un sueño, pero la mujer asintió con comprensión, inclinándose hacia ella para despejar su frente sudorosa de algunos mechones rebeldes.

—Y os estaré cuidando —aseguró ella—. Soy Tsunade —se presentó previo a notar que Sakura cerraba los ojos de nuevo, pero esta vez su respiración estaba tranquila.

La lluvia menguó.

—Un evento traumático —susurró el monarca antes de emitir un suspiro casi imperceptible.

—Como el despertar de vuestro Sharingan —concordó Tsunade—. Esperaba que tuviese chakra y que su poder se encontrara sellado, pero no me imaginé que ella fuese... —Sus ojos se elevaron hacia las puertas de cristal que guardaban la entrada hacia el balcón exterior.

Veía la lluvia y sabía qué cuerpo la estaba atrayendo, aun cuando la causante no tenía ni idea de todo lo que estaba causando en el exterior. Solo era como una gran luna atrayendo insanas cantidades de agua hacia la tierra.

Pero, de la nada, la lluvia cesó.

Itachi parpadeó un par de veces. Su mirada borrosa estaba contra la ventana, notando con una expresión serena el final del diluvio que no había parado durante una semana entera. Justo el tiempo que Sakura se mantuvo inconsciente. Tsunade lo escrutó en busca de alguna expresión de sorpresa, pero no encontró nada. El joven Itachi era como un libro con candado.

—¿Está bien? —inquirió segundos después, sin mirarla. Bordeó el escritorio y se sentó frente a sus papeles, ocupando las manos en otros menesteres.

—Lo estará. Ha empezado a mejorar —aseveró con obviedad al señalar hacia el exterior, ya libre de lluvia alguna, pero con el cielo aún nublado.

Itachi recorrió los últimos acontecimientos, aunque sus ojos y su mente estaban cansados. Casi no había dormido, quizás embargado por las preocupaciones, demasiadas para que él las pudiera cargar solo, pero eso era algo que solo él podría saber.

Había calcinado a Sasori frente a Sakura, le había mostrado la faceta que causaba miedo en sus enemigos y en las personas en general. No había solución en el mundo que no requiriera un sacrificio y eso lo sabía tan bien como la inercia por respirar. Sin embargo, ¿ahora qué haría? Para este punto, Sakura parecía impredecible para él. Había despertado un gran poder y cargaba una pena sin igual en el corazón tras la muerte de su madre y su enamorado. Él había podido lidiar con la muerte de casi todo su clan, pero no parecía tener idea de cómo transmitir el consuelo que ella necesitaba.

Tampoco se sentía digno de hacerlo.

—Bien —respondió con neutralidad.

La reina del Este pareció desesperarse ante su falta de reacción. Entendía que él estuviese un tanto en conflicto con todas las situaciones acaecidas, probablemente se echase toda la culpa por lo que estaba ocurriendo y, en particular, por la situación de Sakura, pero sabía que él nunca hablaría del tema ni lo admitiría. Notó que vivía su vida como un justiciero desde las sombras, deteniendo todo tipo de complot que pudieran armar Sasuke y Madara, todo ello sin delatarse en el proceso, aunque con algún que otro daño colateral imposible de remediar sin levantar sospechas. Sasori y Haruka habían sido uno de esos daños, pero la madre de Sakura y la propia Tsunade sabían las consecuencias de antemano.

La médico paseó su mirada desde la figura durmiente sobre la cama imperial hasta el estoico emperador que se mantenía ojeando papeles en el escritorio.

—Será difícil para ella, Itachi —empezó a decir, notando solo una leve inflexión en la muñeca masculina como señal de que la estaba escuchando—. Su madre era todo lo que tenía y estuvo dispuesta a huir con Sasori sin saber adónde la llevaría, probablemente ya sabiendo de antemano que estaba con Akatsuki. Es mucho más de lo que cualquier muchacha enamoradiza haría. Con solo ver su estado colapsado... —calló hacia el final de sus palabras.

Para Tsunade era evidente el amor que esta muchacha sentía por el fallecido capitán y lo duro que sería lidiar con su doble duelo. Si Sakura era la mitad de fuerte que su poder, entonces se repondría y aprendería a vivir con sus elecciones y las repercusiones que estas le habían dejado. Ella había tenido que hacer lo mismo cuando su amado Dan murió en la guerra de tres frentes, cuando su reino aún participaba en la guerra activamente y el propio rey se había presentado en el campo de batalla para defender a sus aliados y abanderados.

La noticia de su muerte le había hecho tener un aborto espontáneo, y se horrorizó aún más cuando apartó a todos con un grito solo para ver el cuerpo irreconocible del que se decía que era su esposo, el admirado Rey del Este. Entendió el verdadero eco de la guerra y apagó su dolor para hacerse cargo de todo un reino. Tsunade Senju casi nunca había llorado, sobre todo porque las reinas no tenían tiempo para hacerlo.

Se preguntó qué camino elegiría Sakura, si decidiría quedarse en el pasado reviviendo la pena de la muerte de Sasori y su madre una y otra vez, o si, por el contrario, avanzaría en su camino, abriéndose paso a través de las llamas, dispuesta a encontrar su lugar en el mundo, su propósito, tal y como ella lo había hecho en su momento.

—Es fuerte. —El tono calmado de Itachi la sorprendió. Sus ojos de ónice contemplaban la silueta inmóvil en la cama cuando Tsunade volteó a mirarlo—. Llega a ser impulsiva y algo impertinente, pero tiene fortaleza, tiene temple. Sabrá encontrar su camino.

Vio a Itachi volver la mirada de nuevo hacia sus pergaminos. La reina parpadeó un par de veces, sopesando si no había sido presa de alguna ilusión creada por el Sharingan del emperador, pero no encontró vestigio alguno de chakra. Ella solo sonrió sin decir palabra alguna.

—Ya que la he encontrado, voy a refinar su chakra —dijo y recibió una breve mirada de soslayo por parte del monarca—. No puedo dejar que se vuelva a descontrolar de esa manera o causará desastres peores... —auguró haciendo alusión a todos los destrozos que había sufrido el imperio a causa de la lluvia torrencial sin descanso—. Cuando menos os lo esperéis, Sakura será una guerrera formidable.

Eso era lo que ella necesitaba que la hija de Haruka fuese, una mujer fuerte y consciente de su poder como cualquier Uzumaki, porque, aunque Sakura tenía el poder de su familia diluido en su sangre, ella era una princesa de la Nación del Agua y debía pulirse como tal. Se preguntó si ella alcanzaría a ser una leyenda como su abuela Mito, la princesa que en su juventud había ido a la guerra y luchado hombro con hombro junto a Madara Uchiha y su abuelo Hashirama.

Itachi la contempló un largo tiempo y luego asintió en confirmación.

...

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Los días que prosiguieron al despertar de Sakura fueron mejores. La lluvia había cesado y dado paso a un sol inclemente, más brillante que nunca antes. Entre la reconstrucción de varias zonas del castillo (que habían sido destruidas durante el ataque de Akatsuki) y la labor de los rescatistas y maestros del imperio, la recuperación del Reino del Norte estaba en auge.

No parecía haber demasiada preocupación y el pueblo comenzaba a recuperar el ambiente pacífico que había reinado mucho antes de todos los acontecimientos recientes.

Itachi a veces estaba presente durante los chequeos que Tsunade le hacía a Sakura, pero la mayoría de las veces no estaba presente, aunque ninguno de los dos había hablado directamente con el otro.

Sakura se había despertado con un profundo dolor dos días después de su primera toma de consciencia con aquel sueño tan extraño todavía nadando en el mar de incógnitas de sus pensamientos. Se preguntó por qué ella era otra mujer en aquel sueño y por qué había alguien tan parecido, por qué la miraba con esos ojos de azul plateado como si la quisiese matar.

Su mirada le había recordado a la princesa Ino, pero nada en su pensamiento tenía sentido.

Tal vez solo se había enfrascado en escudriñar tanto su extraño sueño para evitar enfrentarse a su nueva realidad, aquella en la que su madre no vivía. Esa en la que Sasori tampoco lo hacía. Sintió sus ojos humedecerse. Las sensaciones de sus últimos días consciente la abrumaban, una herida abierta en sus memorias. A veces pensaba demasiado y empezaba a temblar. Recordaba lejanamente, con asco, las palabras del príncipe Sasuke, su horrible peso presionando su cuerpo contra el suelo de tierra, lastimándola. El hecho de que él se convertiría en emperador cuando fuesen capaces de llevar a cabo la coronación, era desolador. Él no podía volver a poner un dedo sobre ella, no lo permitiría. Primero muerta que permitir tal afrenta nuevamente.

Se abrazó a sí misma, pensando en el cálido abrazo de Sasori y en la fuerte mirada alentadora de su madre, estando sola en aquella habitación que veía por primera vez. Le habían dado otra alcoba en la cual quedarse, había escuchado a Itachi-sama dar la orden, diciendo que habilitaran la otra ala de su palacio privado para ella, sin medias tintas ni explicaciones.

Sakura suponía que había sido porque ella misma no había podido contener su consternación fuera de su rostro al saber que había estado durmiendo en la cama del emperador durante sus días de inconsciencia y posterior convalecencia. Por eso ese aroma le parecía tan familiar, lo reconocía de las veces que lo había tenido tan cerca y se le había quedado grabado su olor. A veces se odiaba por su buena memoria, pero lo consideraba más una bendición que una maldición.

Necesitaba estar consciente de su entorno.

Cuando la noche cayó de nuevo, la visita de la reina Tsunade trajo una sonrisa a los ojos de Sakura. Esa mujer había sido muy amable desde su despertar y se notaba que tenía carácter. El emperador a veces estaba presente cuando hacía sus chequeos para saber cómo estaba de salud, le preguntaba algunas cosas generales e incluso se atrevía a hablarse de manera informal al emperador sin que este moviera un dedo.

Formaba un ambiente cálido a su alrededor, casi como si fuese la única persona en la que podía confiar en ese remoto lugar del castillo; sin embargo, esa noche no estaba Itachi y Tsunade surcó la puerta con aquella expresión que, sabía Sakura, significaba que debía preguntar o revisar algo importante.

—Sakura —llamó con seriedad. Su joven rostro solo era perturbado por la arruga en su entrecejo y su mirada dura—. Sé lo que ocurrió con el príncipe Sasuke y es mi deber revisaros para asegurarme de que no estéis lastimada. —Sakura tembló, incluso cuando el gesto suave de la palma de la rubia sobre su brazo se hizo presente—. No quise ser intrusiva en vuestra inconsciencia y en vuestra posterior adaptación a este lugar, así que esperé estos días para que me dierais permiso de evaluar vuestra salud al respecto —comentó con tranquilidad, aunque no sin un leve destello de rabia.

La aludida apretó los dientes y presionó sus labios uno contra el otro. Respiró con fuerza por la nariz, incapaz de responder nada. Apretujó los dedos contra el regazo de su sencillo kimono unicolor con apenas algunos hilos de oro trazando las formas de varios pájaros sin identificar. Se sobresaltó cuando Tsunade colocó su palma firme sobre sus manos, con fuerza, pero cuando volvió a elevar su mirada, los ojos de la médico estaban llenos de comprensión. Ella se llenó de valor.

—Está bien, Tsunade-sama —susurró apenas.

La mencionada asintió en aprobación con temple y le brindó una sonrisa que ella pudo corresponder apenas, pero siguió al pie de la letra cada indicación que ella le daba y respondió a cada pregunta que ella le hizo, quizás para distraerla de los pensamientos que la embargaban.

Cuando terminó, regresó a sentarse junto a ella en el banco junto a la cama. Todo estaba en orden, al parecer, pero el hecho de estar bien físicamente no quitaba la mancha que Sasuke había dejado en ella.

"Él va a pagarlo."; pronunció de nuevo la voz en su interior, más sombría de lo que la había escuchado nunca.

—He esperado un tiempo para hablaros de algo importante —anunció la rubia, sacando a Sakura de sus pensamientos—, sin embargo, es necesario que tengáis esto primero. —La muchacha de hebras rosadas observó con curiosidad el pequeño cuadrado de papel que sacó de entre su indumentaria.

Tsunade extendió la mano ocupada hacia ella, quien recibió el papel de manera tentativa antes de bajar la mirada hacia el mismo. El remitente rezaba: Haruka Haruno". La joven jadeó de sorpresa.

—¡Mi madre! —Por primera vez en varios días, sus ojos se iluminaron de esperanza. La médico decidió darle espacio y privacidad para leer.

—Estaré aquí mañana por la mañana si queréis comentarme algo —murmulló, y aunque el tono fuerte no le abandonaba, fue fraterna cuando Sakura no respondió, en busca de empezar la lectura de aquella carta que le revelaría mucho de su pasado y, quizás, también la ayudaría a tomar una decisión.

.

El emperador se levantó aquella mañana como siempre, primero que muchos otros que pululaban el Castillo en Llamas y el imperio en general. Sus ojos habían descansado lo suficiente, pero se había ganado una reprimenda de Tsunade cuando hizo caso omiso a su diagnóstico y decidió utilizar el Sharingan de manera exigente una vez más.

Por supuesto, aquella réplica fue unilateral, pues él solo le había restado importancia he intentado que se calmara con una mirada de cansancio, gesto que pareció funcionar cuando la voz de la médico se hubo apagado entre suspiros de resignación. Sabía que le estaba cuidando de manera desinteresada, pero Itachi no podía darse el lujo de parecer débil frente a nadie, y no por orgullo, sino por supervivencia, la simple lógica que manejaba en la cual debía estar siempre un paso por delante de Madara.

Al menos había logrado que fuese incapaz de investigar el cuerpo de Sasori en busca de pruebas de algún tipo, o en búsqueda de información sobre Akatsuki. Aquello no era conveniente ni para Itachi, ni para nadie.

En la soledad de su despacho, luego de investigar minuciosamente que los cuervos y los enmascarados de Madara no estaban presentes, envió a sus cuervos a recolectar información en varios puntos del imperio. Se tomó un segundo para pensar en toda la destrucción que había sufrido el reino, cuánta gente inocente no había muerto por su negligencia. Empujar emociones traumáticas en una persona para sacar a relucir su poder y lograr que rompiese el sello, no era algo que estuviese acostumbrado a hacer, pero se había visto en la necesidad de hacerlo.

Todo lo que Sakura había vivido era su culpa, por traerla a este nido de serpientes y forzar sus límites de una manera demasiado fuerte. Había tenido a Sasuke demasiado lejos de su mira entre tantos cuidados al reino, y eso había repercutido directamente en su comportamiento actual. Si Madara estaba ejerciendo algún tipo de control mental sobre él, lo descubriría de una forma u otra.

Madara era un experto en ello, experto en el peligroso arte del engaño, la traición y la manipulación. Estaba consciente de que era capaz de acabar con su propia familia, y que la mayoría del tiempo se disfrazaba de cordero, excusándose en ser solo una fuerte voz de la consciencia en el Consejo Privado. Itachi nunca había creído en él, así que conscientemente lo había mantenido cerca, muy cerca, pero eso había hecho mella en su hermano pequeño. Un error que buscaría remediar a como diera lugar, pero sabía que Sasuke se merecía un castigo por lo que le había hecho a Sakura.

Había enviado a su hermano a ahogar las reyertas que perturbaban la labor rescatista en los límites del extinto Reino del Oeste con las Islas Hostiles, los montículos de tierra fragmentada que separaba el Reino del Sur con el resto del imperio. Sabía que Sasuke se mantendría ocupado lejos de Madara, a quien le había dado la orden expresa de entrenar a los ninjas jóvenes para tener más posibilidades de evitar otro conflicto como el que se vivió con Akatsuki.

Para el viejo Uchiha la petición había sido factible, observando las ansias que tenía por liberar la extraña frustración que parecía perseguirlo desde la ejecución. Para Itachi, en cambio, había sido una táctica de distracción y alejamiento de su presencia al costado de su hermano.

Para el Consejo Privado, por otra parte mucho menos sentimental y más práctica, la ausencia de Madara y de Sasuke fue una perfecta oportunidad.

Cuando Itachi cruzó el umbral del Salón de Tácticas con sus dos guardias enmascarados e inseparables, cada uno a un costado de su persona, se detuvo en la cabecera al ver a su consejo reunido sin petición ni aviso previo de por medio. Su rostro se mantuvo impávido, desprovisto de alguna expresión más allá que una leve elevación de sus cejas.

—Su Majestad —saludó el primero mientras se levantaba de su silla asignada.

El resto de consejeros le imitó un momento después mientras inclinaban ceremonialmente la cabeza. Itachi se preguntó qué ocurría esta vez y cuáles eran los motivos de su presencia, pero no lo expresó en voz alta de buenas a primeras, solo se sentó en su lugar y los guardias se apostaron a cada lado de la puerta principal, tan impasibles como estatuas.

—Sentaos —ordenó y ellos obedecieron en seguida—. Creo que me debéis una explicación —tanteó endureciendo el tono.

Pudo sentir la tensión en el aire, desprendiéndose del cuerpo de los hombres presentes ante el escrutinio del Uchiha. A su derecha estaban, en orden de cercanía, Shikaku Nara, Chōza Akimichi y Santa Yamanaka; mientras que a su izquierda se encontraban Hiruzen Sarutobi, Shibi Aburame y Gaku Inuzuka, todos ellos miembros prominentes de sus respectivos clanes, los más importantes del Reino del Norte.

Itachi notó con rapidez que Santa Yamanaka parecía algo incómodo, aunque intentaba ocultarlo mientras se mantenía con los brazos cruzados. Un dato a tener en cuenta, pues era el único que parecía estar peleando consigo mismo, lo que le hizo prever de manera rápida que todo este asunto tenía que ver con su pariente, la princesa Ino, la hija de Inoichi Yamanaka, quien era el líder de su clan. Contuvo el deseo de suspirar por puro cansancio y mantuvo su posición impasible.

—Decidimos reunirnos y esperaros a vos, Itachi-sama, aprovechando la inasistencia del consejero Uchiha y de su Alteza, el príncipe. —El Líder Nara decidió comenzar a hablar con aquel aire despreocupado que no dejaba de ser serio y respetuoso—. Consideramos que hay un asunto de extrema urgencia que debemos tratar sin demasiada interferencia.

—Hemos pensado mucho en la coronación y en las palabras de vuestro padre, nuestro finado emperador Fugaku-sama —habló el viejo Hiruzen con voz rasposa debido a la edad—, y si bien es cierto que vuestro hermano se ha casado primero, la princesa Ino aún no da indicios de haber quedado en cinta… dejadme completar la idea, Yamanaka-san —advirtió alzando sus dedos en dirección al mencionado, quien abrió la boca y estuvo a punto de replicar antes de que Sarutobi lo callara—, en fin, que no ha quedado en cinta. El decreto de vuestro padre indicaba que ascendería al trono su hijo mayor o, en su defecto, el hijo que tuviese descendencia primero.

—Al casarse el príncipe Sasuke —continuó el jocoso Akimichi—, se interpretó erróneamente que él sería coronado después de que vos abdicaras a su favor, pasándose por alto esa particular condición.

—Incluso nosotros creímos que podría ser coronado pronto hasta que llegaron rumores sobre vos y vuestra favorita más joven, su Majestad. —El siempre impredecible y poco hablador líder del Clan Aburame intervino, sorprendiendo por un instante a Itachi, quien frunció levemente el ceño.

—Es cierto que, a pesar de haber escapado, se sabe que pasó más de una noche con vos antes del infortunado suceso, Itachi-sama. ¿No habéis considerado que pudo haber quedado en cinta una de esas noches? De ser ese el caso, vos no debéis abdicar. Sois el hijo mayor y solo hace falta que una de vuestras mujeres alumbre a un hijo con vuestra sangre —clamó el representante de los Inuzuka, casi embravecido.

Se hizo un murmullo general a la par que Itachi solo quería cerrar los ojos y respirar profundo, y a pesar de que acababa de acumular presión en el puente de su nariz, evitó llevarse el índice y el pulgar hasta allí para masajearlo. Lo que decían los consejeros era entendible, porque a ojos de todos, sus Favoritas solo eran mujeres para complacer sus apetitos, pero pocos sabían que él no había puesto un dedo encima de ellas, y solo había dejado que Karin corriese a los brazos de su hermano porque ambos parecían atraerse.

Las mujeres que formaban parte de sus Favoritas, simplemente eran custodiadas por él, para evitar que sus poderes llegaran hasta Madara o hasta Sasuke sin supervisión alguna. Varias de ellas, como la princesa Hinata, tenían una barrera de sangre demasiado valiosa y única como para que fuese utilizada indiscriminadamente por los ya mencionados. Cualquier rumor o especulación que fuese soltada sobre o por alguna de las mujeres que albergaba en el castillo con respecto a los placeres carnales que compartían con él, eran producto de las ilusiones del Sharingan para evitar levantar sospechas.

Aunque sí que había ido algo más allá con Sakura alguna vez y se había sentido avergonzado por su actuar, pero ya era una imagen demasiado borrosa en su memoria.

—Itachi-sama. —La voz tranquilizadora de Shikaku Nara lo trajo de nuevo al presente—. Sabéis que vuestro hermano no tiene la diplomacia ni la tranquilidad de un gobernante, es más un guerrero que un heredero y está demasiado cerca del consejero Uchiha —culminó en un susurro, casi como una precaución.

El emperador lo miró largamente. El consejero Nara era altamente perceptivo y táctico, siempre sabedor de cómo mantenerse siempre al margen de muchos asuntos, aportando su conocimiento y doblando las oportunidades a su favor.

—Si el príncipe imperial no sube al trono, será una gran afrenta para el Imperio del Hielo y para el Clan Yamanaka. —Santa alzó su voz con cierto desparpajo—. Está casado y su hijo será legítimo en cuanto lo tenga, nuestra princesa es de probada procedencia real. ¿Quién sabe de dónde viene esa chiquilla de cabello exótico? Solo es una…

Todos dieron un brinco en su asiento cuando Itachi, de manera inesperada, palmeó la mesa con fuerza. El eco del golpe resonó como un recordatorio de que él era el que tomaría la decisión adecuada.

—Lo que se habla en el Consejo Privado, se queda en el Consejo Privado, Yamanaka —se aventuró a decir Aburame sin intención alguna de interferir en la reprimenda directa que le acababa de dar el emperador a ese al que se dirigía.

—Tomaré en cuenta vuestras opiniones... —empezó a decir Itachi para poner fin a la reunión, pero fue interrumpido por la voz al otro lado de una de las puertas laterales de la sala.

—Su Majestad, Hinata-sama desea veros para entregar un mensaje.

Escuchó lejanamente el resoplido de Santa Yamanaka y pudo ver de soslayo que Hiruzen sonreía. Había pasado bastante tiempo sin tener que preocuparse por estos asuntos, pero de repente la mayoría de los consejeros querían que tuviera un hijo.

—Hacedle pasar —permitió poco antes de que la grácil figura de la otrora princesa apareciera frente a él.

—Itachi-sama —saludó con una reverencia inquieta hacia él y luego repitió la acción con el resto de la sala.

Él lo notó, preguntándose qué tipo de noticia podría colocar en alerta a la siempre en calma Hinata Hyūga. Sus ojos blancos los observaron con aprehensión, ansiosas. Fue su leve desviación de mirada y posterior recorrido de la sala con sus ojos intranquilos, lo que finalmente terminó por confirmar a Itachi que era algo demasiado alarmante.

—Se levanta la sesión. Ya podéis retiraros —instruyó sin dar derecho a réplica.

Los consejeros acataron la orden de inmediato y salieron por la otra puerta lateral opuesta a la que había utilizado la joven para entrar. Una vez estuvo seguro de que no mantenían sus orejas pegadas a la madera de su salón táctico, se levantó de su asiento, pero no sé movió, en cambio, alentó a Hinata que le dijese qué ocurría con una leve inclinación de su cabeza.

—Son los maestros del templo —soltó por fin. Sus manos temblaban—. Ellos quieren veros porque... p-porque aseguran que la Luna Roja está cerca. Ta-También han reunido a los maestros astrónomos y... —Ella parecía hiperventilar—, y aseguraron que era muy probable —terminó con un hilillo de voz.

Itachi se permitió el semblante total de sorpresa y luego la arruga en su entrecejo. Podía entender el nerviosismo de Hinata y cómo parecía enferma ante la idea. Su propia consternación era un recordatorio de la última Luna Roja vivida dentro del Castillo en Llamas.

La masacre del Clan Uchiha había ocurrido esa fatídica noche mientras mantenían prisioneros a los Hyūga. Había sido un suceso como ningún otro, y sus consecuencias habían sido la perdida casi en su totalidad de sus familiares para luego dar paso a la ejecución de la mayoría de los Hyūga que eran prisioneros de guerra en sus calabozos.

A sus trece años, había sido un golpe duro y había sido presa de la confusión, aunque estuvo lo suficientemente lúcido para protegerse a sí mismo y a Sasuke. Se había culpado a los Hyūga de tal suceso y nadie pudo refutar las palabras de Madara, pero Itachi sabía que el verdadero asesino, aquel que había orquestado todo, había sido Madara.

El emperador se movió con rapidez y pasó junto a Hinata, no sin antes darle una breve mirada de condescendencia. Solo había surgido un problema tras otro, pero este había resultado ser más apremiante. No podía volver a quedar vulnerable como cuando era un niño, así que, si era cierto que la Luna Roja se acercaba, debía tomar sus previsiones en completo silencio.

Con esa resolución, partió rumbo a reunirse con los maestros del reino.

...

.

...

Sakura había hecho caso omiso de su sentido de supervivencia y había vuelto a los aposentos del emperador, sorprendiéndose de lo hábil que había sido para burlar a los guardias. Recorrió la estancia con mucha atención, el balcón, los ventanales, la gran cama hecha, los gabinetes de libros... Y el escritorio con varios papeles, al cual se dirigió sin demasiada ceremonia.

La carta de su madre y todas sus palabras la habían descolocado en sobremanera. Descubrir su origen, quién era y cómo había llegado hasta aquí la había perturbado. Entendió muchas cosas, un ramalazo de realidad para ella directamente en la mejilla. Le escocía su interior y buscaba desesperadamente algo a lo que aferrarse.

Su vida había cambiado de más en días y solo se había sentido tan contrariada y perdida cuando se convirtió en Favorita de su Majestad, pero incluso eso no era comprable al hecho de saber que provenía de una línea de princesas de una nación extinta, que además era hija del usurpador que se había sentado en el trono perteneciente a lo que había sido su familia materna. Diablos, ni siquiera se hubiese imaginado que su madre era una princesa que había tenido que pasar por un destino similar al de ella.

Una princesa que había hecho todo por sobrevivir, alguien que había guardado su luto recelosamente para tener la fuerza suficiente y escapar de todas sus cadenas. La había protegido de su propio padre y escapado con ella lo más al norte posible. Era una historia que no se hubiese imaginado ni creído nunca de no ser por haberla leído del puño y letra de su difunta madre. Había abrazado la carta mientras daba rienda suelta a sus lágrimas amargas, liberando el cúmulo de sensaciones en su interior, con un mirar más desalentador que prometedor. Sabía que se habría ganado una reprimenda de su madre si la veía derrumbarse de aquella manera luego de leer la carta, pero solo lo haría esa vez en la soledad de unos aposentos prestados.

Tsunade-sama le había extendido su más grata comprensión esa mañana al entregarle la carta y Sakura ahora sabía quién era la médico. Sus niveles de consanguinidad no eran los más cercanos, pero la muchacha agradeció que al menos existiera cierto parentesco entre ambas. Era un alivio y le hacía sentir que no estaba sola en el mundo.

Con esos pensamientos arremolinados, Sakura revisó los papeles sobre el escritorio de Itachi, importándole solo un poco su privacidad, pero era más relevante saber qué estudiaba o leía tanto como lo había visto hacer en los primeros chequeos de Tsunade. Quizás encontraría algo importante, algo que ocuparía todos sus pensamientos y relegaría al resto de memorias y pensamientos oscuros hacia los más lejanos condones de si mente. Lo necesitaba.

Sus manos viajaban entre papeles, viendo la pulcra caligrafía de letras y números. Algunos pergaminos podía entenderlos, pero otros eran completamente desconocidos para ella, resoluciones que no había visto nunca. Itachi tenía toda una pila de textos filosóficos, alquímicos, astronómicos, económicos y matemáticos en un lado de su amplio escritorio. Hasta ahora no se había puesto a pensar en cuánto conocimiento o cuán genio era el emperador, pero veía evidencias, unas que solo quería echar al fuego, pero se controlaba porque quería honrar la memoria de su madre, asesinada ante sus ojos por su culpa, porque ella había sido demasiado ingenua para entender las implicaciones de su huida.

Ahora solo podía llenarla su memoria y lo que Haruka hubiese esperado de su actuar. Ni las princesas ni las reinas tenían tiempo para llorar, mucho menos aquellas que tenían que avanzar y apegarse al instinto de supervivencia por encima de todas las cosas. Era una Favorita que había huido junto a un desertor del imperio (su corazón se arrugó dolorosamente al pensar en Sasori), así que tenía que buscar la forma de mantenerse estable, en posición de poder, lejos de todo aquello que amenazara su estancia segura. Se preguntó si Hinata había sentido la misma impotencia y la misma rabia que ella sentía ahora, si había tenido que adaptarse mientras lloraba y se daba ánimos para continuar con su vida entre la desgracia.

Ente tantas resoluciones mentales, Sakura halló un pergamino envuelto en un cinto dorado, diferente a la cinta roja o la azul de los otros documentos, pero vaciló.

"No es momento para vacilar. Debéis leerlo ya, buscad información que os sirva, ¡sha!"; escuchó hablar a la voz, más apremiante que nunca.

—Hace tiempo que no me hablabais así —soltó al aire, dándose cuenta de lo extraña que siempre había sido esa voz en su interior, pero ahora resultaba mucho más conocida que nunca—. Sois la voz de esa mujer en mi sueño… Mi voz que no era mi voz —murmulló, sintiéndose abrumada de inmediato por esa información.

¿Era ella misma que había muerto en otra vida? ¿Era el alma desesperada de aquella mujer que se había anclado en su cuerpo con la esperanza de regresar? Le dolió la cabeza, pero hizo caso de la sugerencia y tomó el pergamino con rapidez para desenvolverlo.

Una caligrafía simple pero sobria y muy diferente a la de Itachi, la saludó. Era la copia de un decreto, un documento emitido hace muchos años durante el reinado de Fugaku Uchiha, padre del actual y terrible emperador y del asqueroso príncipe. Repetir sus títulos o nombres en su cabeza le daba náuseas, pero contuvo su repugnancia y continuó leyendo, obligándose a no decaer en su objetivo.

Allí se hablaba sobre el tema que pululaba muchas veces entre los comentarios de sucesión al trono, mismos que había escuchado del resto de Favoritas y de la servidumbre antes de su huida desde su llegada al castillo. Allí se decía las implicaciones de gobernar el imperio y cuáles serían los requisitos entre sus hijos. Ahora mismo gobernaba Itachi por ser el mayor, pero bastaría con que el príncipe Sasuke o el propio Itachi tuviese un hijo para dejar en claro la línea imperial principal y quién perpetuaría el linaje sobre el trono.

Sakura se sintió incómoda al pensar de nuevo en Sasuke como un emperador. Era inaudito, bestial, irrisorio. ¿Cómo podría lidiar con semejante ser ruin que le había hecho una de las peores cosas que se le podían hacer a alguien? Sentía escozor en la piel de tan solo imaginarlo sentado en el trono en lugar de Itachi…

Y hablando de Itachi, este arribó a su habitación, solo para detenerse en seco en su camino hacia su cama. Fue entonces cuando Sakura pudo notar que ya era de noche y ella había perdido toda noción del tiempo.

Todavía tenía ese pergamino entre sus manos, pero no lo soltó. Se quedó inmóvil en el mismo sitio, imitando la inanimada reacción del emperador. Pudo ver un destello de algo surcando sus ojos, pero su rostro se mantuvo firme excepto por el leve movimiento de sus párpados entrecerrándose de manera sutil, enfocándola. Ella sintió un escalofrío.

Evitó pensar que sus manos habían sido las asesinas de Sasori, que en sus manos había exhalado el último suspiro, pero estaba demasiado dolida como para fingir indiferencia al hecho, así que su mirada enfurecida se mostró una vez más, combinó con su expresión desagradable y sus ganas de ir hacia él solo para matarlo, aun cuando era seguro que él la reduciría en un santiamén con sus habilidades de combate; pero al contrario de lo que creyó, Itachi se relajó y bajó los hombros. Quizás pudo verlo emitir un suspiro cansado, ¿o se lo había imaginado?

Ella misma arrugó el entrecejo, intrigada por cómo no había recibido palabra alguna de su parte; no obstante, las dudas aumentaron cuando él caminó hacia su cama, se sentó en el borde y luego se acostó con la mirada perdida en el techo. Se veía extrañamente… vulnerable. Sakura estuvo segura de que estaba fingiendo, pero se acercó a él con mucha cautela luego de dejar el pergamino sobre el escritorio. Lo examinó con la mirada, buscando la trampa a medida que se acercaba a su figura postrada en el lecho. Notó que sus ojeras eran prominentes, que sus ojos parecían estar desenfocados y que su respiración indicaba agotamiento, como si se hubiese extenuado en sus actividades.

Nunca lo había visto así y no estaba segura de cómo sentirse.

—Lo que os hice no tiene justificación —comenzó, haciéndola detenerse en seco en su caminata—, pero Sasori sabía lo que pasaría, intentó protegeros hasta el final, pero hay situaciones que se escapan de nuestro control. No pude salvar a vuestra madre de la ejecución, ella también sabía lo que ocurriría y por ello te dejó esa carta —continuó, esta vez, mirándola directamente.

Ella tragó saliva. Sus ojos de noche oscura le miraban con un brillo de cansancio, demasiado suaves como para que ella pudiese pronunciar palabra al respecto. Daba la impresión de que lo sabía todo incluso sin estar presente en el momento, como omnisciente de su entorno. Cualquier insulto que hubiese podido decir, murió en su boca antes de pensarlo siquiera.

—¿Entonces era el destino que tenían preparado? ¿Sin poder escapar de él? —interrogó en un susurro, acercándose más de lo que se daba cuenta.

Los pares de ojos no se despegaron el uno del otro, como atrayéndose, mientras ella tomaba asiento. Itachi notó cuán acuoso estaba el verde en los ojos de Sakura, cambiando sus tonalidades hasta hacerle parecer un revuelto mar. Veía más nítidamente que nunca antes, de repente, pero no prestó atención a si su Sharingan se había activado sin quererlo, pero Sakura no reaccionó y siguió contemplando sus ojos con atención.

—A veces no podemos escapar de nuestro destino, Sakura. Nos persigue hasta alcanzarnos. —Ella se preguntó si lo que había oído de él era una tonada de dolor, como si algo le afectara tan profundamente como le dolía a ella su propia situación de pérdida.

El emperador cerró los ojos, sintiéndose sin fuerzas, demasiado agotado pero relajado con su presencia, como si se entregase a ella y a lo que quisiera hacerle. Si Sakura hubiese decidido matarlo en ese instante, lo hubiese conseguido sin demasiado esfuerzo. Algo en el interior de Itachi decía que estaba bien, que acabaría con el sufrimiento y la carga además de morir en manos de alguien a quien tanto daño había hecho con sus acciones, pero en otra parte de él prevalecía el objetivo de que debía dejar todo en orden y acabar con la inmundicia de la que se había impregnado el trono ensangrentado en el cual se sentaba sin haberlo querido, en una posición que nunca había deseado tener.

Pero Sakura no intentó asfixiarlo, no le colocó el afilado abrecartas contra el cuello. No le gritó todas sus verdades ni le abofeteo como había hecho alguna vez antes. No. Abrió los ojos de nuevo, presa de una sorpresa que se mostró en su mirada.

La joven estaba acunando su mejilla con una suavidad inusitada, casi por inercia. Sintió la suavidad de su toque con profundidad, como necesitado de su afecto y de que su caricia se prolongara largamente mientras le miraba, el embotamiento de su mente haciendo desastres en sus pensamientos más lógicos.

Sakura Haruno lo supo, lo entendió, de una manera rápida y calculadora, cerrando las puertas de sus emociones y de los recuerdos tan recientes que la embargaban. No tengo tiempo para llorar, se dijo, porque debía ocupar su energía en progresar, en resurgir de sus cenizas como si de un fénix se tratase.

Sería ella quien traería al mundo al hijo de Itachi Uchiha y lo mantendría en el trono. Impediría que Sasuke se coronara como emperador y luego los aplastaría a todos.

A todos.

¡Gracias por leer!

¿Opiniones, dudas, tomatazos? ¿Alguien recuerda la profecía que le hicieron a Sakura capítulos atrás? Tiene mucho que ver aquí…

Próximo capítulo: La mujer que ya no es.

Ahora, vamos a responder comentarios. ¡Agradezco a todos los que se han paseado por aquí, han leído y han agregado esta historia a sus favoritos o la están siguiendo de cerca!

Gab. ¡Gracias por comentar! Me encanta que te encante.

Ceritiana. Pues ¿qué te digo? Fanfiction a veces se pone así, pero lo importante es que pudiste leerlo. Ya sabrás más sobre el pergamino y ya aquí en este capítulo se ha dado indicio del poder de Sakura debido a su origen. Sasori (mi corazón partí'o) e Itachi son los hombres de esta tramoya, Sasuke es un ser maligno, es normal que te caiga mal jajaja. Me baso en su época más oscura y delirante que tuvo. ¡Gracias por pasarte!

Kou. Huy, y todas las alusiones que faltan sobre ese hecho… aunque ya esa es una pista. En este capítulo se dieron más detalles sobre la masacre y un evento en particular que tiene que ver con ello, ¿lo notaste? Se hace alusión a la Luna Roja varias veces desde hace capítulos. Ya verás qué tal con el pergamino y con las relaciones interpersonales del resto de los personajes. ¡Gracias por tu comentario!

Yami no Emi. Lo normal, te entiendo. Me perdí mucho en el sendero de la vida, pero he vuelto para terminarla. Sakura sufrió mucho, sí, pero ya verás cómo resurge de sus cenizas. ¡Agradezco tu comentario!

Nota. Para quienes me conozcan desde antes (2011-2012) cuando empecé a publicar mis historias, probablemente se enteraron de un caso de plagio que sufrí y de cómo borré todos mis proyectos, excepto Royal, ya que esta historia estaba registrada debidamente bajo un código de derechos reservados. Recientemente he hecho eso mismo con varias de las historias que borré en su momento y creo que es momento de volver a publicarlas ya editadas, algunas de ellas ya terminadas o en vías de hacerlo, así que pronto puede que reciban otra historia de mi parte, aunque igual que esta será un universo alterno que me permita explorar a los personajes fuera de tantas situaciones políticas como en esta historia. ¡Saludos!