Día 2.

Hand holding.


—Te presento a Izayoi Taisho, y él es su hijo, InuYasha.

La voz de su padre sacó a Kagome de sus pensamientos. Sintiendo como las mejillas se calentaban al advertir que se había quedado observando como una idiota al joven, rápidamente apartó la mirada, aunque por el rabillo del ojo le pareció ver un atisbo de sonrisa en sus labios que murió a los pocos segundos de aparecer. Luchó contra el deseo de retorcer sus dedos, una manía de ella para cuando estaba nerviosa que su padre odiaba profundamente.

—Encantada de conocerte— le tendió la mano la mujer de bonito cabello negro, el cual había heredado su hijo, y unos profundos ojos azules. Kagome le correspondió el agarre después de haberse secado las palmas discretamente en la falda del uniforme del instituto— InuYasha, hijo, ven, no seas maleducado.

La joven no pudo evitarlo y miró hacia el muchacho, quién de mala gana se levantó del sofá y acercó a dónde estaba ella.

—Hola— dijo escuetamente, tendiéndole él también la mano.

El corazón de Kagome pegó un salto y por su mente pasó la idea de que esta se veía demasiado grande. Cubrió por completo la suya cuando ella, nerviosa a más no poder, imitó su gesto. Un pequeño estremecimiento ascendió por su extremidad hasta culminar en su corazón, despertando cada parte de su cuerpo y causando que su corazón bombeara frenético en su pecho.

¿Qué le estaba pasando?

InuYasha la miró por un par de segundos, pensativo y sorprendido por algo, pero inmediatamente se separó y dejó caer sus pupilas en cualquier parte de la habitación que no fuera ella.

—Ahora que estamos todos y las presentaciones han sido hechas…— la voz de su padre, brusca y tensa, hizo estremecer a Kagome, aunque consiguió esconderlo bien al girarse para mirarlo—. ¿Nos sentamos a comer?

—Claro— asintió Izayoi con una bonita sonrisa.

Se acomodaron en torno a la mesa del comedor, la cual solo era utilizada para las festividades, y Kagome maldijo en su cabeza al ver que InuYasha se sentaba delante de ella, casi sin mirarla. No supo por qué, pero eso le puso aún más nerviosa.

Y un mal presentimiento se asentó en su estómago cuando, para su consternación, atisbó la ligera sonrisa que su padre -siempre estoico y frívolo- le brindaba a Izayoi en el momento que la ayudaba a sentarse.

Le retiró la silla, incluso.

Sus tripas se retorcieron aún más.

¿Por qué su padre había celebrado esa cena? ¿Quiénes eran los Taisho?

Cuando su padre se sentó en la cabecera de la mesa, un tenso e incómodo silencio se instaló en la mesa.

—¿Estás en el último año de la preparatoria, Kagome? — empezó la conversación Izayoi con aparente amabilidad.

—Eh, ah, sí— se removió en el sitio, y se obligó a permanecer cómoda y tranquila mientras miraba a la mujer y, no sabía cómo, sentía la mirada de InuYasha en ella.

—Qué bien. InuYasha entonces es de tu misma edad. Vas a la escuela Shikon, ¿verdad? Él empezará la próxima semana— le sonrió a su hijo, quién no reaccionó a las palabras de su madre. Seguía mirándola intensamente— Podrías darle un tour rápido para que no se pierda, ¿no te importaría?

¿InuYasha entraría a su escuela? ¿Sería transferido con el curso ya empezado? ¿Eso significaba que acababa de mudarse?

El peso de su estómago se hizo más grande y tuvo el repentino deseo de huir de allí. Por la expresión de InuYasha, molesta, pensativa y disgustada, él debía tener los mismos pensamientos por lo que supuso que al igual que ella, él había sido llevado allí sin conocimiento alguno del tema y también se estaba dejando llevar un poco por la corriente.

—Cla-claro.

—Qué bien, ¿no, InuYasha?

—Kagome.

La abrupta interrupción del hombre hizo saltar a Kagome en el sitio.

—¿Sí, padre?

—Izayoi y yo nos hemos casado.

Silencio.

De pronto, el suelo desapareció a sus pies y Kagome sintió que caía y caía en un agujero negro. Empezó a temblar. Su visión se nubló ligeramente.

¿Casar…se? ¿Había oído bien?

—¡¿Qué?! — exclamó InuYasha, con los ojos como platos— Pero no puede ser… ¿Eso es verdad, madre?

—Bueno, hijo, sé que debería habértelo dicho antes, pero fue todo tan repentino que…

—¿Tan repentino que se te olvidó mencionárselo a tu propio hijo?

Izayoi abrió la boca para defenderse, pero Kane lo interrumpió.

—Izayoi a partir de hoy vivirá aquí con su hijo. Deberás tratarlos con el respeto que se merece pues serán uno más de la familia, ¿entendido?

—¡Venga ya! — alzó una vez más la voz el muchacho, poniéndose súbitamente de pie— ¿Cuándo pensabas contarme esto? ¿A qué viene esta encerrona?

—InuYasha… hijo…— murmuró nerviosa Izayoi mirándolo suplicante porque no armase mucho escándalo.

—Es que… es que… simplemente no me lo creo…— exhaló él sacudiendo la cabeza. Después, se giró hacia Kagome, quién no se había movido desde que cayó la bomba— ¿Y tú? ¿No tienes nada que decir?

—Yo…

¿Lo siento? ¿No lo merecéis? ¿No dejes que lo hagan? ¿No lo sabía?

¿Qué era lo mejor que podía decir en este caso?

InuYasha resopló, indignado y frustrado, y apartó la silla de malas manera.

—¡InuYasha!

—Me largo. Paso de jugar a este circo.

—¡InuYasha, hijo…!

—Déjalo, Izayoi.

La mujer suspiró apesadumbrada, pero aceptó la orden de su… mierda, de su marido, pensó Kagome con consternación.

Marido, marido, marido. Su padre acababa de casarse.

¿Qué…? Oh, dios, ¿qué pasaría a partir de ahora?

—Si me disculpan…— murmuró ella, levantándose también aunque mucho más discreta— Se me ha quitado el hambre.

—Kagome— bramó su padre.

Su cuerpo actuó solo, y la joven se quedó paralizada con sus ojos escondidos en el suelo. Instantes después, lo oyó suspirar profundamente.

—Bien, puedes retirarte.

—Gracias.

Sin mirar a nadie, rápidamente se escabulló a su habitación. Cuando se tiró a su cama, su cuerpo temblaba como el tallo de una flor en una tormenta. Su cabeza iba a mil por hora. El corazón estaba a punto de escapársele del pecho.

«¿No tienes nada que decir?»

Oh, si yo pudiera contarte…


¿Qué secretos esconderá...?

¡Muchas gracias a todos, los viejos lectores por apoyarme en un nuevo proyecto y a los nuevos por darme una oportunidad!