Día 5.
Coffe shop
Goshinboku parecía el lugar perfecto para pasar la tarde, decidió Kagome mientras se detenía delante de la fachada del establecimiento. Simple, atractivo y bastante confortable. Además, había una mesa cercana al enorme ventanal que daba a la calle con un sillón bastante mullido que la estaba llamando desde el momento que posó sus ojos en ella.
Escuchó el tintineo de la campana que anunciaba la llegada de un nuevo cliente y de un rápido vistazo, la joven ubicó a un par de parejas, un ejecutivo con su portátil y un grupo de señoras mayores desperdigados en el interior, sin embargo, la zona que ella había visto desde fuera parecía estar lo suficiente solitaria y tranquila como para poder trabajar con tranquilidad.
Se apresuró a sentarse, soltando un suspiro por lo cómodo que era el asiento, y sacó los libros de textos y sus cuadernos. Por encima del hilo musical de una cadena de radio que amenizaba el lugar, oyó pasos acercándose e imaginó que sería quién le tomaría el pedido.
—Bienvenido a Goshinboku, soy- ¿Kagome?
La joven alzó la cabeza y tuvo que parpadear un par de veces para reponerse de la sorpresa.
—¡Oh! ¿InuYaha?
Efectivamente, un InuYasha ataviado con un simple uniforme -pantalón negro y polo blanco con el logo de la cafetería en el pecho- le miraba desde su casi metro ochenta de altura.
—Hola, ¿qué haces por aquí? — echó un rápido vistazo a sus útiles de clase.
—¿Y tú? — salió la respuesta sola.
InuYasha sonrió, arqueando una ceja, lo que se ganó una risa por parte de la muchacha.
—Sí, vale, perdona. Pregunta tonta. ¿Desde cuándo trabajas aquí? — no fue hasta formuló la pregunta que no pensó que podía estar siendo demasiado curiosa, pero él desestimó sus miedos con un encogimiento de hombros.
—Encontré curro al poco de mudarme—. Es decir, al mismo tiempo de nosotros conocernos. Se ha resuelto el misterio de dónde estabas cuando desaparecías por las tardes, pensó Kagome… ¿aliviada? Espera, ¿qué? ¿Por qué se estaba sintiendo así?— ¿Y tú qué? No creas que no me he dado cuenta de que no has respondido a la pregunta.
—Bueno, los días que salgo temprano de ensayar me gusta ir a una cafetería a hacer los deberes. La que suelo ir siempre está cerrada esta semana porque la dueña, Kagura, está en el pueblo visitando a unos familiares, así que estaba caminando por ahí buscando dónde poder entrar… hasta que vi esta. Y, no sé— se encogió de hombros, repentinamente avergonzada, mientras jugueteaba con un bolígrafo— me gustó y entré.
—¿Y no estarías más cómoda en casa?
Hubo algo en la forma en la que dijo «en casa» que hizo que el corazón de Kagome se volviera loco. Maldito fuera, a este ritmo no llegaría a los treinta sin sufrir algún paro cardíaco.
¿Qué me está pasando?
Últimamente le estaban pasando unas cosas más raras… e inexplicables… y en su mayoría InuYasha estaba involucrado de una forma u otra… pero no quería pensar en eso en aquel momento.
—No— sacudió la cabeza, no solo para enfatizar la respuesta, sino también para aclararse las ideas— Me gusta el ambiente y si el café es bueno, ya ni te cuento.
No podía decirle que si volvía a casa, lo último que podría hacer serían deberes. Sobre todo, si su padre tenía la tarde libre y se encontraba en casa.
—Pues es una suerte que hayas venido a la cafetería donde hacen el mejor café de Tokio— InuYasha la sonrió cómplice y le guiñó el ojo.
—¿Ah, sí? — su humor se aligeró, contagiado por él.
—Ya lo verás, ¿uno normal?
—Sí.
—Bien, pues marchando.
Kagome lo observó darse la vuelta y marcharse a la barra. No fue hasta que desapareció por la puerta que debía dar a las cocinas que la joven no se dio cuenta de la sonrisa -boba- que había dibujada en su expresión. Sintiendo su corazón pegar un salto y su estómago retorcerse, carraspeó y rápidamente se recompuso, centrándose en el primer libro que pilló.
Estaba tan metida en la lectura de un capítulo que les habían mandado de deberes que no sintió su llegada. Fue el chirrido de una silla al moverse el que la alertó, lo que le hizo saltar en el sitio. Rápidamente alzó la mirada y se sorprendió cuando advirtió que traía dos cafés en la mano; lo hizo aún más cuando lo vio sentarse delante de ella.
—¿Terminaste el turno?
—No, pero me he pedido mis diez minutos de descanso. ¿No te importa, no? — le miró, repentinamente inquieto.
—No, no, para nada— sacudió la cabeza.
Un silencio algo… incómodo surgió entonces. Aunque Kagome había ido allí para adelantar los deberes, de pronto, tenía la imperiosa necesidad de empezar una conversación, de hablar de cualquier cosa con él, aunque este no parecía estar muy por la labor, ya que tenía la vista perdida en el enorme ventanal que mostraba a los caminantes. Después de un par de segundos de quedársele mirando como una tonta, Kagome apretó los labios y volvió a centrarse en el capítulo.
—¿No te molestan?
La joven alzó la mirada para descubrir que él ya la estaba observando.
—¿El qué?
Vagamente, le señaló la mano con la que sujetaba el bolígrafo. Kagome no necesitaba mirar para saber a lo que se refería, pero aun así, lo hizo.
—Llega un momento en el que te acostumbras— dobló sus dedos, empuñándolo, y la muñequera elástica se estiró. No era la primera vez que la usaba, ni tampoco sería la última, e incluso había llegado a un punto en el que ni siquiera la notaba cuando la llevaba puesta.
Él asintió, aunque no parecía entenderla mucho.
Se creó un nuevo silencio en el que Kagome dejó caer de nuevo la mirada en el libro. Sin embargo, no llevaba ni dos líneas antes de una idea apareciera súbitamente en su mente, y fue incapaz de desterrarla.
—No pensé que necesitaras trabajar…
Maldijo para ella por su imprudencia, sobre todo cuando por el rabillo del ojo vio la mueca que se dibujó en el rostro masculino.
—Sí, ya sabes, no quiero vivir toda mi vida de mi madre, ¿sabes? — se inclinó hacia delante, encorvándose sobre el café que aún no había terminado.
Sus palabras, aunque sonaban genuinas -o al menos esperaba que fuese así-, se clavaron en el pecho de la joven como un par de puñales certeros.
—Pero todavía estás estudiando.
«Para ser alguien en la vida, alguien de provecho, primero debes formarte con lo mejor. Los milagros no existen, uno debe labrarse su propio futuro con sangre, sudor y lágrimas. Aquellos que creen que las oportunidades se ganan como con la lotería, no son más que oportunistas sin futuro», las palabras que siempre le había repetido su padre se le vinieron a la mente y sintió un cosquilleo en la nuca.
—Ya me queda poco para cumplir la mayoría de edad y poder irme. En menos de medio año, terminaré los estudios y, con suerte, habré recabado el suficiente dinero para poder largarme de casa.
Kagome se sintió un poco entristecida al escucharlo. Aunque no hubieran tenido mucho trato… se había llegado a acostumbrar a la silenciosa presencia del chico; a las conversaciones ocasionales que tenían cuando se encontraban en algún lugar de la casa; a las sonrisas que se dedicaban en el desayuno mientras se daban los buenos días antes de que cada uno tomase un rumbo diferente… y el que ahora él hubiera mencionado su marcha, inexplicablemente, había causado que un peso se asentase en su estómago.
—¿No estás cómodo en casa? — la pregunta escapó de sus labios antes de haberlo pensado siquiera mientras observaba las vetas oscuras de la mesa como si fuera lo más importante del universo.
—No es… — calló, pensativo, y carraspeó— Mi madre no me habló de la mudanza hasta que todo ya estaba hablado y firmado con el banco, nuestro arrendatario, la escuela… todo. Ni siquiera me enteré de su casamiento hasta que no fue demasiado tarde. Me sentí traicionado— alertada por el tono de rabia de él, Kagome alzó la mirada y se lo encontró con el ceño fruncido— Siempre quise que levantara cabeza después de la muerte de mi padre y Kane parecía un buen tipo, así que, aunque me molestaba, sí, no me opuse al deseo de ella de cambiar de cuidad, de aires… Pero… que simplemente no me dijera que se había casado… que no solo no tendríamos una casa para nosotros, sino que directamente nos iríamos a vivir con él…— sus manos se convirtieron en puños y Kagome lo vio inspirar con fuerzas.
Como imaginé en su momento, a él también le pilló todo por sorpresa…
—Pensé que lo mejor que podía hacer era agachar la cabeza estos meses que me quedaban y largarme de allí en cuanto pudiera— siguió diciendo, apartando la mirada hacia el ventanal.
—¿Y no piensas seguir estudiando?
—No… no lo sé— se encogió de hombros— En realidad, lo iré viendo confirme vayan sucediéndose las cosas. Mi prioridad ahora es terminar el curso e independizarme. Además, no todo el mundo tiene tan decidido lo que le gusta y quiere ser.
Kagome quedó mirándose las manos en completo silencio y con la otra acarició con aire distraído el borde de la muñequera, por donde sobresalía su dedo pulgar.
¿Sé lo quiero ser?
Sin saber qué decir, ni dónde estaban sus pensamientos en realidad, terminó por encogerse de hombros.
Otro silencio se instaló a su alrededor, aunque este no llegó a hacerse incómodo porque al poco InuYasha se levantó.
—Tengo que volver al trabajo. Cualquier cosa que necesites, avísame, ¿vale?
—Claro— le sonrió fugazmente Kagome, observándolo marcharse.
Las horas pasaron apaciblemente. La joven pudo enfocarse más fácilmente de lo que había creído en los deberes y en menos de hora y media había acabado todo lo que llevaba atrasado en la semana, e incluso había empezado un trabajo sobre física que no debía ser entregado hasta dentro de tres semanas. InuYasha no le molestaba, aunque sí es cierto que cuando llegaban clientes nuevos solía recomendarle la otra parte del local si esta no estaba muy concurrida, lo que se ganaba breves vistazos curiosos y agradecidos de la joven. Un par de veces se acercó a dónde estaba para cambiarle el café ya vacío por un refresco y por otro más después cuando este se terminó, pero más allá que eso, no hubo mucha interacción.
Cuando fue su hora de salir, InuYasha se cambió la camiseta en el cuartillo de los empleados y echándose la mochila al hombro, se acercó a dónde estaba la muchacha enfrascada en la lectura.
—Oye, ya he terminado. ¿Nos vamos juntos a casa? — entonces, sus ojos se fijaron en lo que leía y se sorprendió— ¿También os lo ha mandado el profesor Kimoto? Si no recuerdo mal, dio un mes para hacerlo.
—Tres semanas— respondió Kagome automáticamente, pero cerró el libro y empezó a guardar sus cosas en la mochila— Lo sé, pero cuanto antes lo termine, mejor, porque se acerca una competición nacional de piano y apenas tendré tiempo para respirar.
—No sé cómo puedes llevar ambas cosas para delante, he visto la cantidad de horas que le dedicas al piano y en serio…
Kagome le sonrió ligeramente sin decir nada. Terminó de guardar las cosas con rapidez pero antes de echarse la mochila al hombro, recordó que no había pagado.
—Ah, espera, ¿cuánto debo…?
—Ya está todo listo. Solo queda que nos vayamos.
—¿Qué? Pero mis bebidas…
Observó conmocionada cómo él pasaba de sus palabras y cogiéndole la mochila, se encaminaba hacia la salida, despidiéndose en voz alta del par de empleados que había detrás de la barra.
—¡Eh, espera! — lo alcanzó ya en la calle y se acomodó a su ritmo— No puedo dejar que pagues mis cosas, dime cuánto ha sido y te lo devolveré.
—Nah.
—InuYasha…
—¿Puedo ir a verte?
Kagome se detuvo a mitad de la acerca súbitamente. A su alrededor, algunos transeúntes se quejaron por la interrupción pero caminaron de largo rodeándola. InuYasha, por otro lado, no fue hasta que anduvo unos pasos más que no advirtió que su compañera había desaparecido. Al girarse, se la encontró mirándolo como si le hubieran salido tres cabezas.
InuYasha se sintió inexplicablemente avergonzado.
—¿Qué?
Aquella tosca exclamación despertó a Kagome, quién apartó la mirada para posarla en el suelo y emprendió el cambio.
—Es… es… —¿por qué le costaba tanto hablar? — bueno, es una competición… sin público…
—Ah.
Mierda, dijeron dos mentes a la vez. Mierda.
—Pues será…—InuYasha carraspeó, emprendiendo el camino— será a la próxima. Aunque no necesito ir para saber que les patearás el trasero a todos.
Kagome notó sus mejillas arder.
—La próxima vez, entonces. Y gracias.
Mientras que el par de jóvenes caminaban hacia casa, Kagome sentía que más que volar, flotaba. Porque por primera vez en su vida, alguien se había interesado por ella. No, no alguien en realidad, InuYasha. InuYasha parecía estar interesado en ella, y creía en ella. Podía parecer estúpido, pero esas tontas palabras le habían animado más que si le hubiera felicitado el mejor músico de la galaxia entera.
La próxima vez, se dijo. La próxima vez que pudiera, le preguntaría a InuYasha si deseaba ocupar el asiento de acompañante que en los conciertos se designaba a los artistas; ese, destinado a su padre, que desde siempre había permanecido vacío.
¿Sabéis una cosa muy graciosa? Mi intención al inicio del fics era que los capítulos no superasen las mil palabras, como mi anterior historia, Ikigai; pero, como veis, ellos son los que deciden qué hacer y qué decir y soy yo la que está bailando al sol de su música. No creo que haya muchas quejas, pero, en fin, solo quería decirlo. Dadle las gracias a nuestro Inu-camarero (¿alguien se lo esperaba?) y a nuestra Kagome-pianista (¿realmente quiere ser eso? ¿Qué pensáis?) XD
¿Qué os está pareciendo la relación de ellos dos? Poco a poco estamos viendo como se van acercando, como cada uno va desentrañando los secretos y parte de sus vidas que antes de eso habían sido un misterio. Solo me disculpo de antemano porque no haya "mucha acción" al principio, porque mi principal meta en esta historia es mostrar la evolución de una relación con sus más y sus menos. ¡Espero que no os esté resultando muy aburrido!
Y ya sin explayarme mucho más, ¡muchísimas gracias a todos los lectores fantasmas, y aquellos que os tomáis la molestia de comentar! Mdemagnus espero no haberte decepcionado con lo de la reunión, aunque técnicamente Kagome lo encontró a él (?
¡Nos vemos mañana!
PD: ¿Quién no querría que InuYasha le prepara un café?
