Día 7.

Sick patner


—¿No ha salido todavía?

Izayoi, su madre, echó un vistazo rápido en dirección a la escalera y sacudió la cabeza.

InuYasha suspiró, apoyado en la encimera de la cocina, y mordió de mala gana el trozo de bizcocho de su madre, ese que siempre había sido su favorito y que podía comerse cuatro enteros si se lo ponían por delante, pero que esa vez estaba mordisqueándolo un poco obligado, pues no tenía mucha hambre. Apenas echó cuenta cuando vio a la mujer moverse en la habitación, guardando las últimas cosas en el bolso.

—Me voy a la reunión. ¿Tú saldrás hoy, no? — le preguntó acercándose a él para darle un beso de despedida.

InuYasha asintió con media mente en una de las habitaciones del segundo piso.

—Tengo turno de tarde en la cafetería, aunque solo serán cuatro horas.

—Vale. Kane no vendrá del viaje de negocios hasta la madrugada y yo hoy tengo una cena de socios. ¿Podrías…?

Aunque su madre no le hubiera pedido nada, él se hubiera encargado; así que asintió simplemente antes de ella hubiera siquiera terminado de preguntar.

—Claro, le echaré un ojo, no te preocupes.

—Bien— le dio un último beso y sonrió cuando notó su labial incrustado en la mejilla del chico— Llámame para cualquier cosa que necesites, ¿vale?

—Sí, mamá, vete ya o llegarás tarde.

—Sí, sí…— en la puerta de la cocina, se detuvo y lo miró por encima del hombro— Por cierto, encima de la encimera están las medicinas. Si tiene fiebre, dale…

—¡Mamá! No tengo cinco años, ¿recuerdas? Creo que podremos sobrevivir.

Izayoi sonrió un poco avergonzada, pero asintió. Y después de lanzarle un tercer -y ya sí último beso- al aire salió por la puerta con sus tacones repiqueteando en la tarima.

Cuando InuYasha escuchó la puerta principal cerrarse, un suspiro escapó de sus labios. Dejó el café a medio tomar en la encimera y subió a la planta de arriba, poniendo el oído para el más mínimo ruido conforme se iba acercando a la habitación de la chica.

Se detuvo delante de ella y después de estar un par de minutos escuchando por si había actividad en el interior, golpeó la madera con suavidad.

—¿Kagome?

Llevaba dos días sin verla y, honestamente, estaba un poco -muy- preocupado por ella. La última vez la joven había huido como alma que lleva el diablo de él, después de que hubieran compartido un momento… extraño y raramente incómodo, y durante el transcurso de los dos días siguientes, no había salido de la habitación alegando que había cogido un catarro y estaba enferma. InuYasha supuso que tantas horas de estrés y trabajo acumulado, en algún momento deberían haber explotado, pero lo que no era normal es que estuvieran conviviendo su madre y él con la chica y ninguno de los dos hubieran sido capaz de tener un atisbo de ella.

Casi parecía estar recluida en la casa, escondiéndose.

Y él ni siquiera le había podido preguntar qué tal le había ido en la competición.

Kane, el señor Higurashi, llevaba toda la semana yéndose y volviendo de forma intermitente en sus muchas reuniones internacionales de empresa, así que tampoco había coincidido con él por más de un par de minutos en la habitación, cuando llegó la noche de la competición y se marchó al día siguiente de madrugada hasta esa misma noche.

Y él tampoco, según tenía entendido, había llamado para preocuparse por la salud de su hija.

Pronto serían los exámenes de diciembre, antes de que dieran las vacaciones por la festividad, e InuYasha se imaginaba que para ese momento Kagome ya no tendría ninguna excusa para no salir de la habitación -a menos de que estuviera mal, realmente mal-, pero aun así… había algo que se le escapaba… algo que no le daba muy buena espina, aunque no sabría definir el qué era.

—¿Kagome, estás ahí? Casi es la hora de comer, ¿no tienes hambre? — insistió, golpeando con sus nudillos la puerta.

Como venía siendo normal, el silencio fue la única respuesta.

¿Qué estaba pasando?

—Vamos, Kagome…— farfulló apoyando la frente y cerrando los ojos— Déjame al menos entrar, quiero asegurarme de que no tienes fiebre. ¿Te duele algo? ¿Tienes fatiga, nauseas?

—Estoy bien— su voz sonó amortiguada, ligeramente enronquecida, pero ahí estaba.

Un suspiro de alivio escapó de los labios masculinos.

—Kagome, debes comer algo.

—No tengo hambre, InuYasha, estoy bien, de verdad.

—Al menos ábreme, prometo que serán solo unos minutos. No te molestaré mucho.

—Estoy mejor, pero no quiero contagiarte.

InuYasha resopló. Niña testaruda.

—No vas a contagiarme, solo será un momento. Kagome, ¿por favor?

—De verdad, no es nada. Tan solo quiero descansar, seguro que cuando duerma un poco me sentiré mejor.

InuYasha luchó contra el deseo de golpear con fuerzas la puerta para echarla abajo. Cerró los ojos y se obligó a respirar profundamente para calmar esa necesidad de cuidarla y protegerla de cualquier cosa. Kagome estaba bien, en casa, con un simple resfriado… ¿Por qué entonces, se sentía tan raro? Si fuera algo mucho más peligroso ella no se callaría… ¿verdad?

Maldiciendo en su cabeza, InuYasha bajó de nuevo a la cocina. En la encimera quedaban los restos de su café frío, el cual tiró por el fregadero de forma mecánica. Después, se quedó un instante pensativo.

Al cabo de media hora, estaba subiendo de nuevo por las escaleras, dirigiéndose a la "guarida" de Kagome. Golpeó suavemente con el codo, ya que tenía sus manos ocupadas.

—Oye, hum, Kagome. No sé si estás dormida o me estás escuchando, pero aun así te lo digo. Te voy a dejar aquí algo que he hecho… es solo caldo de sobre con algunos fideos, pero creo que te podrían sentar bien… Por favor, cómetelo, ¿vale? — dijo, aunque no estaba muy convencido de que ella fuera a hacerle caso— Y… Bueno, si necesitas cualquier cosa tienes mi número, ¿vale? Saldré unas horas a trabajar.

Cuando pasaron los segundos y no obtuvo respuesta alguna, InuYasha se tragó un suspiro, pero no queriendo molestarla más, dejó la bandeja en el suelo con cuidado -en ella, había un tazón de sopa, un poco de pan y jamón york, medicinas para la fiebre y el dolor de cabeza y un vaso de agua-, y se dirigió a su habitación para cambiarse.

·

Al volver cinco horas después, con el sol ya hacía tiempo escondido, InuYasha se apresuró a subir las escaleras de dos en dos sin quitarse la chaqueta ni nada. Frente a la puerta de la habitación, la bandeja permanecía en dónde él la había dejado, aunque sí tenía el tazón vacío, el vaso de igual modo y el pan y el embutido mordisqueado. El cuerpo de InuYasha se relajó, como si hasta ese momento hubiera estado corriendo una maratón.

Sin embargo, no pudo pensar mucho más pues algo rápido captó su atención, ya que había encontrado un objeto que anteriormente él no había puesto allí.

Era un pequeño papel doblado un par de veces.

Prácticamente conteniendo la respiración, InuYasha desdobló la nota y una risita baja, cálida y aliviada se escapó de sus labios al ver lo que había en ella.

Kagome le había dibujado una carita feliz.

—Me estás matando...


Ay, ay, ay, qué levante la mano quien quiere comer sopita hecha por InuYasha... \O

Hoy no puedo quedarme mucho porque voy un poco a contrarreloj, así que me limitaré a dejar esto aquí y esperar para ver qué os ha parecido. ¿Qué pensáis que está pasando?

Como siempre, m muchas gracias a los que cada día le día le dáis una oportunidad más leyendo otro capítulo y a todos vuestros comentarios, especialmente a quiénes ya vosotras-ya-sabéis (haha, Voldemort)

¡Nos vemos mañana!

PD: Id preparando vuestras mejores galas porque mañana nos vamos de baile estudiantil...