Día 8.

Slow dancing


—Aquí tienes.

—Muchas gracias— le sonrió a su acompañante, Koga, cogiendo el vaso de ponche que le tendía.

El muchacho, con los ojos azules más impresionantes que alguna vez había visto, le sonrió de vuelta y ambos se dedicaron a observar el resto del amplio salón de fiesta que el Instituto había acomodado para la fiesta anual de Navidad que se celebraba destinado a los últimos cursos.

Algo llamó la atención de Kagome casi inmediatamente y esta se mordió el labio inferior mientras observaba, prácticamente en la otra punta de la habitación, a InuYasha, quién parecía estar pasándoselo bien con otr- una chica. ¿Kikyo, se llamaba?

Sintiendo la familiar pesadez en su estómago que venía acompañándola en las últimas semanas, rápidamente apartó la mirada para posarla en las decenas de parejas que se amontonaban en la pista de baile, pero, tiempo después, no pudo aguantarlo más y volvió a mirar al lugar donde debía estar la parejita.

Sus ojos se encontraron con una mirada ambarina en la distancia y los pulmones de la chica dejaron de funcionar por un segundo.

—Eh, te perdiste— Koga atrajo su atención.

Kagome parpadeó y agradeciendo las luces tenues de la habitación porque esconderían el sonrojo que se había adueñado de sus mejillas, se giró hacia su compañero.

—Perdón, me quedé pensando— sonrió ligeramente avergonzada.

—Ya veo, ya— él imitó el gesto, quitándole importancia. Con gesto vago, señaló la pista— ¿Quieres ir a bailar?

Honestamente, el baile no era su punto fuerte ni algo que le gustase mucho, pero después de haber conseguido que su padre le dejase asistir a la fiesta -hasta media noche, sí, como una maldita Cenicienta y gracias a la intervención de Izayoi-, lo menos que quería era permanecer quieta y aburrida. Era el momento de disfrutar y pasárselo bien…

Aunque no sea la compañía que precisamente quiero…, susurró una vocecilla en su cabeza. Kagome se apresuró a sepultarla en lo más oscuro de su conciencia.

No. No debía pensar en él.

Distancia. Necesitaba mantener distancia con él porque la cosa se estaba poniendo fea, peligrosas para ella.

Porque todavía recordaba con infinito cariño cuando InuYasha se preocupó por ella en esos tres días que permaneció en su habitación sin apenas salir. Todavía sentía lo rápido que iba su corazón; el agradable cosquilleo de su pecho cuando lo oía moverse por la casa -sus pasos siempre deteniéndose un par de segundos en su puerta aunque no dijera nada-; la picazón en sus dedos y piernas por levantarse, abrir la puerta y dejarle entrar…

Pero no era posible. Había bajado la guardia en estos últimos meses, seguramente embelesada y encantada por la atención de otros, de él; por el sentir que alguien se preocupaba por ella; y su padre no había dudado en encargarse de hacerle ver el grave error que estaba cometiendo al más mínimo error que cometió.

«Solo tú», le había dicho la noche de la competición, una de las peores noches de su vida. «Solo te necesitas a ti mismas. El mundo no existe, solo quieren verte perder, solo desean humillarte y hacerte caer. Solo tú.»

Así que, aunque su sentía su corazón roto en mil pedazos, su alma perdida en algún lugar del mundo mientras ella volaba muy lejos del suelo, se había obligado a levantar la coraza que él -casi sin darse cuenta- había ido destruyendo con cada interacción, sonrisa o palabra que habían compartido y la había blindado del más puro y punzante diamante para que fuera impenetrable.

Total, en unos meses InuYasha se largaría y la dejaría atrás, ¿no?

Solo debía sobrevivir a los siguientes meses ignorándolo, centrándose en su vida, en sus metas -como llevaba haciendo desde siempre-, y pronto todo volvería a la normalidad…

A lo que había asumido que sería su realidad.

InuYasha no era más que un bache en su camino, uno de esos que su padre le había enseñado que debía sortear para evitar que se desviase de meta. Por tanto, se había dedicado en las siguientes semanas a hablar con él solo lo estrictamente necesario, y aunque InuYasha al principio, confundido, había intentado llegar a ella para aclarar las cosas, su frialdad y distanciamiento -le había dolido físicamente actuar así con él-, habían conseguido que él terminase por tirar la toalla y ahora no eran más que simples convivientes de un mismo techo.

Sí, eso es lo mejor, se repitió por milésima vez en la semana. No debo distraerme, todo tiene consecuencias. He dedicado toda mi vida a esto como para tirar ahora mis esfuerzos por la borda.

—Claro— asintió, soltando la copa en la mesa de las bebidas y aceptando la mano que Koga le tendía.

Su mano se sintió cálida mientras se adentraban en la muchedumbre. Pump it empezó a sonar por los altavoces y Kagome sonrió animada. Le encantaba esa canción pero nunca la había bailado porque, honestamente, esta era la primera fiesta de mayores a la que asistía. Se encontraba emocionada con la experiencia y Koga, un compañero de su clase que sorprendentemente le había pedido ir juntos, no era una mala compañía. Era gracioso, un poco creído, pero, después de todo, la hacía sentirse cómoda con él, lo que agradecía profundamente.

Kagome se mimetizó perfectamente con el ambiente y aunque se sentía un poco agobiada por la cantidad de cuerpos moviéndose en un reducido espacio y el calor que hacía en aquel lugar, nunca se lo había pasado tan bien mientras se movía junto a Koga y los demás.

Las canciones sonaron una tras otras y Kagome perdió un poco la noción del tiempo. En algún momento, Koga se acercó a ella y por encima de la música, se inclinó a su oído para que ella pudiera oírle:

—Estoy sediento, ¿quieres algo de beber?

Sentir su aliento hizo que se estremeciera y se apartó súbitamente. Negó con la cabeza y él actuó como si no hubiera notado o no le importase su respuesta inconsciente. Señaló a la mesa de bebidas y con un movimiento de cabeza le anunció que volvería pronto. Kagome asintió, observando después su espalda mientras se escabullía entre la gente.

Una vez a solas pensó que se sentiría un poco atemorizada, pero, al contrario, la música siguió sonando, los cuerpos que le rodeaban se movían al ritmo de la canción y ella, una vez más, se dejó llevar. Bailó una de Kesha y otra de Beyoncé, disfrutando de la música y dejándose llevar por ella, y en el momento que terminaron, tenía el corazón que se le iba a salir del pecho y una sonrisa que le cruzaba de mejilla a mejilla.

¡Qué bien se sentía!

—Y ahora… a petición de alguien del público, voy a poner una lenta. Es el momento de las parejas… y aquellos que no os atrevéis a declararos, vamos, esta es vuestra oportunidad, ya me lo agradeceréis después— dijo del DJ asignado con una sonrisa divertida, bajando también la iluminación de la habitación.

Kagome oyó a su alrededor una queja amortiguada, pero sin hacer mucho escándalo, la pista se vació un poco y en ella solo quedaron aquellas parejas que iban a seguir bailando acompañadas de las nuevas que se iban incorporando. Kagome, repentinamente incómoda y sintiéndose fuera de lugar, buscó a su alrededor a Koga, pero este no se veía por ningún lado. Ahora que pensaba, estaba tardando más de lo normal en volver.

Será mejor que vaya a buscarlo, pensó mientras las primeras notas empezaban a escucharse.

Pero antes de pudiera dar un paso, de pronto, alguien le agarró del brazo. Kagome sintió un cosquilleo allí donde le tocaban y sin necesidad de girarse, supo quién encontraría allí.

Efectivamente, de entre todas las personas, se trataba de InuYasha.

—¿Bailas conmigo? — su mirada demostraba súplica y nerviosismo, como si supiera cuál sería la respuesta pero aun así, creyese en los milagros.

En la garganta de Kagome se formó un nudo, y aunque su mente le decía que no, que era muy peligroso seguirle la corriente, el cuerpo de ella actuó solo cuando la cabeza se movió afirmativamente.

¡No! ¡¿Qué haces?!, se chilló a sí misma, mirando embobada la sonrisa aliviada en el rostro de InuYasha.

Este la atrajo hacia él con suavidad, dejando caer las manos de ella sobre sus hombros y posteriormente colocó las suyas en la cintura femenina. Sus ojos se conectaron y Kagome sintió como si una cuerda tirase le ella, pues le era imposible alejarse de él.

La melodiosa voz femenina se elevó a su alrededor, envolviéndolo en una energía única que parecía aislarlos del mundo que les rodeaba.

La última vez que habían estado tan cerca, él le había abrazado y la había consolado como nunca nadie lo había hecho en su vida, aunque el muchacho no llegó a darse cuenta la profunda gratitud que había nacido en Kagome, lo mucho que había necesitado y ansiado un gesto como ese, que él le había brindado sin esperar nada a cambio.

Y ahora… Ahora se sentía igual que en aquel momento: a gusto, en paz y profundamente complacida por estar en sus brazos mientras se movían de un lado a otro al son de la melodía. Era como si aquel lugar le perteneciera, como si hubiera nacido para estar ahí. Y era ese mismo sentimiento el que se le clavaba con saña en el corazón dolorosamente, porque una parte de ella no podía evitar pensar que esta sensación era algo momentáneo, que pronto desaparecería.

Y que después de estar abrigada, el frío se siente con mayor intensidad.

Your love lifts me up like helium… Your love lifts me up when I'm down… Down, down…— la voz grave de él le cantó al oído, contrastando con la suavidad que desprendía la cantante.

En ese momento, Kagome fue consciente de la canción que estaba sonando, la canción que ellos estaban bailando.

Era Helium, de Sia, la que ella le había dicho una noche, meses atrás, que era una de sus favoritas.

¿Se había acordado? ¿Él había sido quién la había pedido?

El nudo de su garganta se hizo mayor y su corazón bombeó con mayor velocidad, amenazando con escapársele del pecho, mientras se acomodaba mejor en sus brazos, escondiendo el rostro el hueco de su cuello.

Tengo que alejarme. Si sigo así, solo sufriré aún más…, oía un pequeño hilo de voz en su cabeza.

Pero no podía hacerlo. Maldita sea, ella misma se había asegurado de que su coraza resistiera indemne a cada ataque de él, sin embargo, esta vez… simplemente era imposible. Una grieta, pequeña, casi imperceptible, se había abierto en la base del muro y Kagome era consciente de que, da igual lo que intensase, era cuestión de tiempo antes de que este se derrumbase en mil pedazos.

No importaba lo que hiciera, InuYasha siempre conseguía llegar a ella de una forma que era incapaz de entender ni explicar.

Y ella estaba tan casada de resistirse… tan… tan cansada…

—Te he echado de menos— él la apretó más fuerte contra sí, con las últimas notas resonando a su alrededor, envolviéndolos en una burbuja.

Una nueva grieta apareció. Y otra. Y otra más.

—Yo… yo también.

Lo escuchó inspirar con fuerzas y siguieron moviéndose aunque la canción había terminado, al ritmo que solo ellos conocían.

Durante el resto de la noche, no se separaron ni un instante. Él no hizo preguntas, ni le echó en cara su actitud de las últimas semanas, y solo por ese simple hecho, una lágrima de felicidad se deslizó por la mejilla femenina cuando supo que él no podía verla.


¡¿QUIÉN MÁS SE ESTÁ MURIENDO DE AMOR COMO YO?! Juro que incluso yo como su creadora no dejaba de suspirar y sonreir como una tonta cuando escribía el momento final. Pobre Kagome, no sabes qué hacer, quiere estar junto a él pero sabe que no debe... y sin embargo, no puede evitarlo, no puede mantenerse lejos por más que lo intenta...

¡Muchas gracias a todos los comentarios y los que estáis leyendo, a mis niñas: Ichibancat, AbiTaisho, Carli89, Chechy14 y mi querida MdeMagus! No sabéis lo feliz que me pone leer lo que pensáis sobre mi historia.

¡Nos vemos mañana!