Día 9.
Forehead Kiss
El profesor de historia dio por terminada la lección y nada más traspasó las puertas, un murmullo entusiasmado se elevó en la clase. Kagome suspiró, cansada, muy cansada, y tanteó la idea de echarse una cabezadita en la hora del almuerzo, pero esa tarde -como toda la semana, en realidad- tenía sesión intensiva de piano y como fuera con el estómago vacío Myoga le amonestaría una vez más.
A lo mejor, si comía rápido, podía darle tiempo a tener, al menos, diez minutitos de sueño…
En su pupitre cerca de la ventana, sacó el tupper con la comida y sonrió cuando vio encima del arroz una carita sonriente echa con trozos de pimientos. Aunque no tenía una relación muy cercana con Izayoi, la madre de InuYasha y su… madrastra, sabía que era una mujer amable y cálida, y eran esos pequeños gestos que no todo el mundo le daría importancia, lo que le hacía verlo.
Después de toda una vida sin una figura femenina de referencia, viviendo a solas con su estricto padre, Kagome no sabía lo que era sentir el amor de una madre. Se imaginó que sería algo parecido a esto, solo que mucho más fuerte e inquebrantable.
Qué bonito sonaba, ¿verdad?
Suspiró y empezó a mordisquear la comida con la vista puesta en cielo despejado. Estuvo todo el tiempo tranquila, perdida en sus pensamientos, con el ruido de las conversaciones de los demás de fondo, cuando, casi al final, escuchó unos pasos acercarse a ella.
Curiosa, desvió su atención y se encontró cara a cara con una sonriente compañera de clase. Ayame.
—Hola, ¿te molesto?
—Eh… no, claro que no— respondió Kagome un poco sorprendida por el acercamiento.
Ella no es que fuera una antisocial ni nada parecido, pero las circunstancias de la vida -la rígida educación de su padre, el poco tiempo libre que tenía, las escasas aficiones en común- habían hecho de Kagome una chica solitaria que no hablaba mucho con sus compañeros de misma edad. Eso no significaba que si alguien si le acercaba, ella huiría asustada. Simplemente no se había dado el caso… hasta ahora.
Ayame, por ejemplo, era una chica de su curso con la que llevaba compartiendo clase por azares del destino desde que entraron en primero y siendo honestas, no habían compartido más de veinte palabras en todos esos años de otra cosa que no fueran las clases.
—Bueno, sé que puedes estar un poco sorprendida de esto, pero, eh, espero que no te tomes a mal mi atrevimiento— la miró, con una sonrisa vacilante— Verás… el lunes fue mi cumpleaños y…
—Felicidades. Atrasadas, pero felicidades— dijo súbitamente y ante la expresión sorprendida de ella, sintió sus mejillas ruborizarse— Eh, perdón, sigue.
Ayame sonrió.
—Gracias y no te preocupes. Bueno, el caso es que este fin de semana he conseguido echar a mis padres de casa y voy a celebrar una súper fiesta. Así que… eh… he invitado a todo el curso, pero quería que tú lo supieras de primera mano… Y eso, que estás invitada, ¿vale?
Durante un momento, Kagome no supo que decir. Entonces, su conciencia le pegó una descarga eléctrica y la joven despertó de su letargo.
—Oh, es muy amable de tu parte…— pero…. Siempre hay un pero…, pensó con desazón.
—Son muchos años compartiendo clases, profesores y asignaturas, y sé que con tu horario es muy difícil, pero me haría mucha ilusión… Me has ayudado en los intercambios y has perdido horas de almuerzos conmigo por un par de asignaturas…— Ayame bajó la mirada por un momento antes de mirarla una vez más— Solo inténtalo, ¿sí? De todas formas, si no puedes, te guardaré un par de cositas que tengo pensado repartir en la fiesta.
—Mu-muchas gracias— el nudo que se asentó en su garganta le impidió hablar, así que se la aclaró y le devolvió una sonrisa genuina— Veré lo que puedo hacer. Gracias por invitarme.
—No es nada— le guiñó el ojo, levantándose— ¡Espero de verdad que puedas venir!
Cuando Kagome la vio desaparecer por la puerta, sintió la desazón y la tristeza envolverla. Porque aunque se moría de ganas de ir, aunque se sentía emocionada y feliz por saber que Ayame se había acordado de ella… sabía que no importaba lo que intentara… jamás podría ir.
Su padre nunca le daría permiso.
·
—En la cena has estado más callada que de costumbre.
Kagome alzó la mirada y a través del espejo del lavamanos se encontró con la imagen de InuYasha recostado contra el quicio de la puerta del cuarto de baño, vistiendo un pantalón largo oscuro de algún pijama y como parte de arriba una sudadera gris con el logo de un equipo de béisbol en él.
El estómago de la joven dio un salto y apretó con más fuerzas el cepillo de dientes que tenía en sus manos.
Debido a que era incapaz de hablar sin parecer tonta, se limitó a encogerse de hombros.
—¿Pasa algo?
Que InuYasha pudiera darse cuenta de sus estados de ánimos sin que ella hubiera dicho ninguna palabra, que la conociera… tan bien, era algo que aún sorprendía y emocionaba a Kagome muchísimo. Nunca nadie había hecho nada parecido.
Kagome supuso que era esa emoción la que la hacía sentirse tan rara a su alrededor.
Escupió la espuma, enjuagó el cepillo de dientes y procedió a hacer lo mismo con su boca; todo eso mientras sentía la atenta -y desconcertante- mirada de él encima, que la estudiaba como si intentara desentrañar sus más oscuros secretos.
Si él supiera…
—No es nada— dijo, finalmente, una vez se hubo secado la boca con la toalla, y pasando por su lado casi sin mirarlo, se encaminó hacia la habitación.
—Ajá, vale— replicó él, siguiéndole.
Llegó hasta su puerta y sintiendo el corazón a punto de escapársele del pecho, la abrió para pasar ella, aunque no la cerró detrás de sí del todo. ¿El motivo? No estaba muy segura. Mientras rebuscaba en las libretas de clase que tenía encima del escritorio, sintió los ojos de él encima una vez más. Se lo imaginó, al igual que en el baño, observándola desde la puerta de su habitación, y aunque le resultaba incómodo la idea de que él estuviera viendo… su santuario privado, había una parte que estaba emocionada con el hecho de que él era la única persona por la que no sentía ningún deseo de echar de malas maneras de allí, alegando sobre su intimidad.
—¿Qué quieres? — guardó los útiles que necesitaría al día siguiente en su mochila y dejó esta bajo la ventana, su lugar habitual.
—Nada— respondió él y se lo imaginó sonriendo inocentemente— ¿No puedo venir un rato a charlar con mi hermanita?
«Hermanita»
Algo se retorció en el pecho de Kagome mientras una sensación viscosa de adueñaba de su estómago, sin embargo, actuó como si no hubiera pasado nada.
—¿Y sobre qué quieres hacerlo, exactamente? — se giró, apoyándose por detrás en el filo de su escritorio, y cruzó los brazos en el pecho después de invitarle a pasar a su habitación con un movimiento de mano.
Decidió que era mejor no pensar demasiado en el hecho de que estaban los dos solos, pues sus padres habían salido -extrañamente- juntos a cenar, en la habitación de ello; sobre todo, si no quería ponerse a hiperventilar como una loca.
—¿Cómo te va? — dijo InuYasha en tono casual, pasando su mirada con verdadero interés por la habitación, desde su pulcra cama, hasta las estanterías llenas de discos y el escritorio con libros y hojas sueltas.
—¿Perdón?
Definitivamente, su capacidad de socializar no se había desarrollado correctamente en los últimos 17 años porque se había quedado a cuadros, sin saber qué hacer o qué decir.
—Ya sabes, hace tiempo que no hablamos. Hablar en serio, de otra cosa que no sea "buenos días, buenas noches, hola, pásame la sal" y poco más. Entre mis turnos de tarde y tú que pareces vivir en la academia y aquí en casa en la sala de música… Y encima hemos tenido la oportunidad de hablar esta noche pero tú has estado más perdida en tu mente que de costumbre. Creo que nos cruzamos y nos relacionamos más por la escuela en los pasillos que en casa.
Ella también se había dado cuenta de eso, y que fuera él el que se quejara, causaba que el corazón de la muchacha se revolucionara, emocionado. Le gustaba la compañía de InuYasha, aunque solo podía disfrutar de ella en pequeñas dosis. Sus tardes estaban prácticamente ocupadas ensayando y estudiando en las noches cuando llegaba hasta altas horas de la madrugada. En el último par de semanas tampoco había podido escaparse mucho de los ensayos y tan solo había ido una vez a Goshinboku para ponerse al día con los deberes; ese día, sin embargo, se había celebrado una reunión de una asociación de mujeres mayores o algo así, e InuYasha apenas había tenido un respiro, así que una vez más… El destino parecía ir en contra de ellos.
Kagome se removió en el sitio y se giró para coger una carpeta, donde tenía la partitura que Myoga le había hecho practicar ese día. La cogió, con la línea de pensamientos bifurcándose en dos caminos.
—Pensaba ir ahora al aula de música…— dijo, mordiéndose ligeramente el labio inferior, y al girarse, lo encontró frunciendo el ceño, disgustado— ¿Te gustaría acompañarme?
El rostro de InuYasha se iluminó y asintió. Casi parecía un niño en la mañana de Navidad, esperando desenvolver los regalos, y un sentimiento cálido se extendió por el pecho de la joven.
Conteniendo una sonrisa, se dirigieron hacia el aula de música. Una vez dentro, Kagome se sintió más tímida que de costumbre y no lo miró mientras se apresuraba hacia el banco. InuYasha se acercó a ella lentamente, sin perder de vista ni un instante del tiempo que tardó la joven en hacer crujir sus dedos y levantar la tapa del instrumento. Con suavidad, casi como la caricia de un amante, Kagome empezó a tocar un par de teclas al azar.
—¿Con qué melodías me deleitarás hoy?
—Pues según mi profesor, la sonata número 14 de Beethoven tiene que sonar perfecta para mañana, así que me queda un largo camino esta noche…
InuYasha se vio un poco confundido, pero aun así entusiasmado por escucharle y Kagome rio, avergonzada y enternecida a partes iguales. Cuando él estaba cerca, aumentaban sus ganas de tocar incomprensiblemente.
Finalmente, sus dedos se movieron por encima de las teclas con ternura y dedicación e InuYasha se quedó embelesado observando sus dedos moverse con una gracilidad pasmosa.
—Espera…—dijo en algún momento, pensativo— ¿Esta no es la canción de Forrest Gump? Sí, esa de Tom Hanks.
—Sabía que no me decepcionarías— Kagome sonrió, entusiasmada e InuYasha imitó el gesto, socarrón.
Por un par de minutos, estuvieron en la misma dinámica, en ese juego que habían creado solo para ellos, donde Kagome tocaba una melodía e InuYasha debía adivinar de quién o de dónde era.
—Ah, sí, esta es la que matan al padre y él se va lejos… No me lo digas, lo tengo en la punta de la lengua… ¡Ya! El Rey León.
—No me creo que las rebuscadas y difíciles las conozcas al vuelo, y después esta te haya costado tanto reconocerla— bufó divertida por la mitad competitiva que había nacido en él.
InuYasha se carcajeó en respuesta y se encogió de hombros. Un pequeño silencio se instaló en la habitación, donde Kagome se quedó mirando las teclas del piano e InuYasha no pudo dejar de observarla a ella.
—¿Siempre te gustó tocar? ¿Desde pequeña quisiste dedicarte a esto?
La primera pregunta era fácil de contestar, el problema… era la segunda, porque ella no habría elegido esas palabras precisamente, no obstante, intentó ser lo más sincera posible con él.
—Sí, mi padre me puso frente a un piano desde que podía quedarme en pie y siempre lo he amado.
—¿Hasta el punto de ser exclusiva de él?
Kagome lo miró sorprendida, sentimiento que creció en ella cuando advirtió como sus mejillas enrojecían súbitamente y apartaba la mirada.
—Bu-bueno, qui-quiero decir que… eh… son muchísimas horas las que pasas ensayando, noches en vela, un sinfín de recitales, concursos, premios… Se escucha…— calló, como si estuviera dudando de sus palabras, hasta que al final reunió la suficiente valentía como para continuar— solitario.
El deseo de levantar la coraza que lentamente había ido destruyendo en Kagome imperó en ella por unos segundos. La necesidad de levantarse e irse, sin querer responder, sin querer exponerse, la había dejado con un nudo en el estómago y la garganta.
¿La soledad? Era una vieja amiga a la que se había acostumbrado.
—Toda meta requiere esfuerzo y sacrificio— repitió otra de las frases que su padre le decía.
—Venga ya, has sonado como un robot al decirlo, ni tú te lo crees— InuYasha frunció el ceño, contrariado, mientras caminaba hacia ella y, para sorpresa de Kagome, se sentaba a su lado en el banquillo. La calidez del cuerpo de él, que sus costados se tocasen, despertó y alteró cada terminación nerviosa de la joven, quién se había quedado inmóvil en el sitio, incapaz de levantar la mirada para enfrentarlo—Vamos, dime la verdad, ¿nunca has hecho cosas normales de adolescentes?
—¿Cosas normales? — exhaló a media voz.
—Sí, cosas como, no sé, ir al cine, quedar con tus amigas a tomarte algo o cenar fuera, hacer un viaje… salir de fiesta…
Kagome sacudió la cabeza, aunque la conversación del almuerzo se le vino a la cabeza.
—¿Me estás jodiendo? ¿No has hecho nada de eso? ¿Y qué has hecho en los ratos libres en tus 17 años de vida?
La joven se encogió en el sitio.
—Estar aquí y cuando no podía más… me iba a mi habitación a escuchar música o ver películas. No sé.
Lo oyó suspirar como si fuera un problema matemático muy difícil de resolver.
—No sé cómo no te has vuelto loca.
Si era sincera consigo misma, ella tampoco lo sabía. Una vez más, las palabras de Ayame se le vinieron a la cabeza, pero rápida las mandó a la parte más lejana de su mente, a un lugar inalcanzable.
—¿Qué?
—¿Cómo? — alzó la cabeza sorprendida ante la pregunta brusca de él. Se cruzó con una pensativa mirada ambarina, quién no había apartado los ojos de ella.
—Estás pensando algo, algo que te molesta o preocupa. Suéltalo.
—Pero…
El ceño de InuYasha se pobló de algunas arrugas. Kagome sintió su corazón amenazar con escapársele del pecho cuando notó un peso en sus hombros: le había pasado el brazo por encima y la atrajo hacia él.
Oh, mierda, ¿y pensaba que ella podría pensar con tranquilidad así?
—Dímelo, venga. Te escucho— le arrulló con voz suave.
Kagome tuvo el inoportuno deseo de llorar.
—¿Conoces a Ayame?
—Está en nuestro curso, ¿no? Aunque no es de mi clase.
—Sí, está en la mía— ratificó, con la vista fija en sus manos y el cuerpo chispeante por la cercanía del muchacho— Pues hoy se ha acercado a mí en la hora de la comida y me ha invitado a una fiesta…— murmuró en un tono casi inentendible, y procedió a explicarle lo ocurrido.
InuYasha permaneció en silencio, atento a lo que ella decía. Cuando terminó, una lenta y pícara sonrisa empezó a formarse en su rostro.
—¿Me estás contando esto porque quieres ir?
—Sí. Bueno, no— se apresuró a añadir, sacudiendo la cabeza— Bueno, sí quiero, pero no puedo. InuYasha, mi padre nunca me dejará ir. Pasé mucho tiempo pidiéndole que me dejara ir con las chicas de mi clase al centro comercial, el cine, a dónde sea… pero siempre se negaba, alegando que tenía que practicar, que no podía perder el tiempo. Terminé asumiendo que eso no era para mí. Si te lo he contado, es solo porque me lo has preguntado pero… yo…
—Kagome— el joven cortó su perorata, girándose hacia ella y sosteniéndola por los hombros. Los ojos ambarinos de él la apresaron sin cuartel— ¿Tú quieres ir?
—Papá…
—No te estoy preguntando por los deseos de tu padre, sino por los tuyos— apretó su agarre para hacer hincapié en sus palabras— ¿Quieres ir a esa fiesta?
¿Quería ir? Nunca había sido demasiado fan de ellas, pero el simple hecho tener la oportunidad de ser como una chica normal… de ir a fiesta, divertirse con otros jóvenes como ella… de sentirse libre, a gusto y sin preocupaciones…
Solo necesitaba eso, le daba igual si lo conseguía haciendo escalada en el Everest o viajando a Pekín.
Solo quería olvidarse de todo.
—Sí…
La sonrisa de InuYasha se incrementó, como si estuviera orgulloso de su confesión, y atrajo a Kagome hacia él con infinita ternura.
—Entonces, irás a esa fiesta.
—Pero…
Kagome se quedó muda cuando creyó sentir los labios de él en su frente.
¿Había ocurrido de verdad o había sido un producto de su imaginación?
¿InuYasha -oh, dios mío-… le había besado?
—Quédate tranquila. Déjamelo a mí, que yo me encargo de todo.
Kagome necesitó de toda su fuerza de voluntad para no acunar el duro rostro de InuYasha y besarlo de vuelta…
Porque esta vez no sería su frente precisamente el lugar donde ella querría sentirlo.
Hoy vengo con prisas (pensé que podía coger el reto porque no tenía muchos planes en el mes y mírame xD) así que solo diré tres cosas:
1. Tranquila, Kagome, yo también me quedé con las ganas :c
2. ¡MUCHÍSIMAS GRACIAS A TODOS VUESTROS COMENTARIOS! Sois los mejores
3. Cojan de nuevos sus mejores galas porque nos vamos de fiesta en el próximo capítulo... como veis, Kagome está desbocada JAJAJA
