Día 10.

Drunk confession


[Nota del capítulo: Hagámonos todos un favor y durante la fiesta, poneos la música de reggaetón que más os guste. Eso hice yo mientras la estaba escribiendo xD]


—¡Kagome!

Nada más la puerta de entrada se abrió, la joven se vio arrollada por un cuerpo cálido. Con una expresión de sorpresa en el rostro, se dejó abrazar sin saber muy bien qué hacer.

—¡Al final has venido!— Ayame le sonrió emocionada, echándose hacia atrás. Por el brillo en sus ojos y el rubor de sus mejillas, Kagome imaginó que ya debía estar un poco achispada, aunque teniendo en cuenta que la fiesta ya llevaba un rato empezada, era normal— No sabes lo que feliz que estoy por verte. Ven, vamos, ¿quieres tomarte algo? — la cogió de la mano y sin dudarlo, empezó a remolcarla al interior de la casa— Ah, hola, InuYasha, pasa y cierra después, ¿vale? — le dijo de pasada e InuYasha no pudo evitar soltar una risotada ante el entusiasmo de la cumpleañera.

—Espera, pero…— Kagome miró por encima de su hombro y el chico se encogió de hombros en su dirección, para nada molesto por la intromisión repentina.

—Diviértete— le susurró vocalizando bien para que ella pudiera entenderlo por encima de la estridente música que se oía en el interior de la casa.

Kagome asintió y se dejó llevar por el largo pasillo de la entrada hasta desembocar en lo que parecía ser la cocina. En el interior, había un par de jóvenes de su clase y otro de otro curso, los cuales se quedaron mirándola con curiosidad, como si no estuviesen seguro de si realmente estuviese Kagome Higurashi en una fiesta o todo era un producto de su mente ahogada en alcohol.

El nerviosismo de Kagome se incrementó hasta la estratosfera, y de nuevo la sensación de que ella no pertenecía a ese ambiente la inundó. Durante los quince minutos que duró el camino a la fiesta no había dejado de molestar a InuYasha con que, en realidad, no debía estar haciéndolo, que se sentiría rara y nadie la querría allí, pero él desestimó todos sus miedos, asegurándole que no le pasaría nada, que él no dejaría que le pasase nada, y hasta que Kagome no le sacó la promesa de que al menor deseo de irse, ambos se largarían de allí, no se sintió un poco más tranquila.

Pero es que, ¿en serio? ¡Estaba en una fiesta! ¡Su primera fiesta!

¡Y a espalda de su padre!

Podía parecer una tontería, muchos adolescentes en su día a día hacían locuras que sus padres jamás llegarían a enterarse… pero para Kagome el simple hecho de saber que se había escapado junto a InuYasha -cuando, en realidad, debería estar ensayando en su casa para el próximo recital-, la hacía sentir extrañamente… entusiasmada y emocionada.

Llena de adrenalina.

Ahora que lo había hecho… ya no había vuelta atrás. Ya no quería dar marcha atrás.

Esa noche iba a divertirse como nunca antes.

—¿Qué te gusta? — Ayame hizo un amplio movimiento de manos en dirección a la variada colección de bebidas y refrescos, invitándola a echarse lo que quisiera.

Kagome no supo que decir.

¿Quedaría como una perdedora decir que nunca había probado nada de allí?

—Yo… no estoy muy segura…

Notaba la mirada de los otros en su nuca y se removió en el sitio nerviosa.

—Mira, prueba esto. Te prometo que está buenísimo, es muy dulce y se bebe como agua— Ayame, ajena a la sensación de incomodidad de la chica, cogió un par de botellas y empezó a mezclarlas en un vaso de plástico al que le había echado hielo.

—Ayame… eh… te he traído un regalo— Kagome se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y cogió una cajita pequeña— No es mucho, lo sé, pero supe hace poco que podría venir y…

—¡Ah, muchas gracias! — Ayame le sonrió, agradecida—Déjalo ahí con los demás, luego quiero abrirlo todos juntos, ¿te parece bien? — Kagome asintió, impresionada por la viveza de su compañera de clase, pero le hizo caso— Ahora, pruébalo y dame las gracias porque no vas a tomar nada tan bueno en tu vida— le pasó el vaso y Kagome, bajo la atenta mirada de la cumpleañera, quién también se había hecho un vaso para ella, se humedeció sus labios con la bebida, insegura.

—Caray, está bueno— lo saboreó, y le dio ahora un buche. En realidad, sí, estaba increíblemente dulce y sabroso, no se hacía nada pesado, como había imaginado que sería su primera bebida alcohólica.

—¿Ves? — sonrió Ayame. De pronto, sus ojos se abrieron y un pequeño chillido escapó de sus labios.

Kagome se sobresaltó. ¿Quién había recargado esa noche la energía de la chica?

—¿Escuchas eso? ¡Es mi canción favorita! Ven, vamos a bailar— la cogió del brazo y tiró de ella hacia el patio trasero, donde estaban todos amontonados.

Kagome, todavía un poco confusa e insegura, se dejó llevar.

Lo había hecho. Se había escapado. Ya no había marcha atrás, si le pillaban, hiciera lo que hiciese ahora… le caería una enorme. Tendría que olvidarse del sol, incluso.

Sin embargo, por primera vez en su vida, no le importaba.

Ahora, sintiendo el retumbar de la música del cuerpo, la cálida mano de Ayame en la suya tirándole mientras se adentraba en otros cuerpos que bailaban, saboreando en su boca el dulzor de la bebida….

Así que esto es ser una chica normal y corriente…

Le gustó muchísimo la sensación.

·

—¡No eres capaz!

—¡La verdad es que no! — se carcajeó Kagome, sacudiendo la cabeza frenética.

¿Ella hacer eso? ¡Imposible!

¡Qué vergüenza!

Un par de chicas -una juraría que también estaba en su clase- se quejaron a su alrededor por lo "cobarde" que era, aunque en su rostro portaban una enorme sonrisa.

—Pero si es muy fácil, Kagome. Mira, toma nota— una de las chicas, la que no estaba en su clase, movió las caderas al ritmo de la música mientras se agachaba lentamente, pero cuando le quedaba poco para llegar al suelo, se tropezó y fue gracias al agarre de su amiga que no cayó de bruce al suelo— Bueno, más o menos es así— se carcajeó, incorporándose.

—Sí, sí, todos hemos visto que es lo que no hay que hacer— le pinchó la otra.

—Tú no les hagas caso— les cortó Ayame, aun con el rastro de la risa en su expresión— Tú haz lo que puedas, si no puedes llegar al suelo no importa, no hace falta hacer el ridículo como otras.

—¡Venga, venga! ¡Tanto que decís! ¡Intentarlo vosotras, a ver quién se ríe más!

Las chicas se carcajearon y cuando Kagome vio como Ayame y la otra chica lo intentaban, haciéndolo ambas bastante bien, empezó a vitorearles.

—Eh, que tú no te escapas— le guiñó un ojo Ayame y le cogió la mano que sujetaba su cubata -¿el segundo?- para tirar de ella y ponerla delante de sí, aunque dándole Kagome la espalda— Toma, Aiko, sujétalo.

—¿Qué… qué vas a hacer? — preguntó Kagome con nerviosismo, aunque aceptando lo que ella decía.

—Tú sigue el movimiento de mi mano— le instruyó ella.

Kagome intentó hacerlo y se sintió un poco tonta. Casi esperaba que todo el mundo se girase a mirarla para reírse de ella, seguro que un pato mareado estaría moviéndose con más gracilidad que ella, pero cuando escuchó los vitoreo de las chicas y las palabras de aliento de Ayame a su espalda, imaginó que tan mal no le estaría saliendo.

Incomprensiblemente, rio, disfrutando del momento.

¿Quién se lo iba a decir? ¿Quién habría pensado que se lo estaría pasando tan bien con esas chicas?

¿Quién habría pensado que estaría ella -¡ella!- en una fiesta y bailando?

¡No se reconocía a sí misma!

—¡¿Ves como sí sabes?! — le dijo Ayame al oído cuando la canción terminó y pasó a otra.

No entendía muy bien por qué, porque juraría que la chica no le había dicho nada gracioso, pero Kagome se carcajeó.

Aiko y la otra chica, Rumi creía que era su nombre, se pusieron a bailar juntas y Kagome se apartó un poco con Ayame entre toda esa masa de cuerpos sacudiéndose. Definitivamente, había venido todo el curso al cumpleaños y otros más porque allá donde miraba no dejaba de ver chavales.

—Me muero de sed y me he terminado la copa, ¿quieres otra?

Kagome miró la suya, a la que le quedaba un culito y con una sonrisa, se bebió lo que quedaba. La alzó en alto para mostrárselo.

—Por favor.

Estaba realmente bueno.

¿Cuántos llevaba ya? ¿Dos? ¿Tres?

¡Qué importa! ¡Me gusta y quiero otro!

—Vale, vengo en un momento— le dijo Ayame antes de marcharse rumbo a la cocina.

Kagome se quedó por un momento allí sin saber muy bien que hacer, y cuando pensó en volver con las chicas a la pista, sintió unas manos en la cintura. Chilló, sorprendida, pero el susto en su cuerpo mutó a genuina felicidad cuando vio quién había sido el causante de todo.

—Parece que alguien se olvidó de mí…— sintió su cálido aliento en el oído y Kagome se estremeció.

—¡InuYasha! — una gran sonrisa se deslizó en sus labios antes de tirarse a los brazos de él para abrazarle por el cuello— ¡Gracias por obligarme a venir!

—De nada, pequeña— se separaron e InuYasha le sonrió socarrón— Ya veo que te lo estás pasando muy bien.

—Las chicas me están enseñando a bailar esta música, ¿te lo puedes creer? — hizo una mueca, frunciendo la naricilla— Pero no me está saliendo muy bien.

—Yo no lo diría eso exactamente— le observó de arriba abajo con una mirada que calentó cada terminación nerviosa de la joven.

Kagome sintió su boca secarse y sus piernas volverse gelatina. Ninguno de los dos mencionaron que todavía seguían medio agarrados, él con las manos en la cintura y ella aferrada a sus brazos, así como tampoco hicieron amago alguno de separarse.

—¿Tú sabes bailar?

Misteriosamente, él pudo escucharle por encima de la música. O, a lo mejor, al estar tan atento a una parte específica de su rostro puedo entenderla con facilidad.

—¿Yo? Ni muerto. Keh, no es lo mío— sacudió la cabeza enérgicamente para darle énfasis.

Kagome se sintió desilusionada.

—¿Ni conmigo? — puso su mejor cara de cachorro abandonado, esperando no verse como una loca por la traspiración y el pelo revuelto.

InuYasha la miró con intensidad y Kagome sintió un nudo en el estómago. ¿Siempre se había visto InuYasha… su InuYasha, tan… imponente? ¿Tan… guapo? ¿Tan irresistible?

¿Siempre había tenido esas ganas de probar sus labios que parecían ahogarla en ese momento?

Sintió la mano de él bajar por su cintura hasta su espalda baja, ascender por ella hasta tocar su cabello suelto y enredó un par de mechones en sus dedos.

Kagome jadeó bajito.

—¡Ya volví! Aquí tienes, Kagome. Perdón pero me detuvieron un par de per- Ups, lo siento— Ayame abrió los ojos y se detuvo en medio de un paso.

Como si les hubiera dado una descarga eléctrica, InuYasha y Kagome se separaron. Las mejillas de la joven parecían dos semáforos en rojo y el muchacho no estaba muy diferente, aunque él pudo disimularlo algo más.

—Mejor… eh… me voy y os dejo a solas.

—¡No! — exclamó Kagome cuando vio a la chica emprender la marcha— Yo no… yo…— balbuceó un poco perdida.

—Voy con los chicos, ¿vale? — InuYasha le sonrió como si no pasara nada— Vuelve tú con tus amigas.

Kagome deseaba retenerlo a su lado, pero terminó asintiendo, escondiendo una mueca de disgusto.

Ayame le dio su bebida y le dijo que la esperaría con las chicas antes de escabullirse para dejarlos solos. Kagome apenas sintió el silencio incómodo que pudo asentarse a su alrededor porque InuYasha se acercó a ella.

—Ve a seguir practicando. Estaré observándote atentamente— murmuró en su oído y Kagome tuvo que evitar ponerse a gemir como una idiota— Pero ten cuidado, ¿vale? — miró su vaso con mala cara, sin decir mucho más.

De pronto, sin capacidad de habla, Kagome asintió lentamente.

Entonces, InuYasha se separó, le guiñó un ojo y se dio la vuelta para alejarse, sin saber que dejaba tras de sí a una Kagome… convertida en un charquito de gelatina.

·

Al final, sí había sabido cogerle el truco a eso de bailar y hasta ella misma se decía que no lo hacía tan mal, pero había algo… un golpeteo en su cabeza, incesante, que no le dejaba dejarse llevar como la primera vez.

Su cabeza no dejaba de repetir una y otra vez la hechizante voz de InuYasha.

«Estaré observándote atentamente».

Había necesitado todo de sí y más para no ponerse a buscarlo por encima de la multitud como una loca porque ganas y necesidad no le faltaban. Todavía recordaba la abrasadora sensación que la había inundado cuando InuYasha la había mirado con sus profundos ojazos dorados en ella a escasos centímetros de distancia.

Maldita sea, no era la primera vez que deseaba sentir los labios en ella, y sin embargo, era mirarlo y quedarse paralizada por el deseo…

¿Qué significaba eso? ¿Qué estaba haciéndole ese chico?

«Estaré observándote atentamente».

Kagome sintió los vellos del cuerpo ponérsele de puntas y, mientras bailaba con Ayame -la copa olvidada en algún lugar, pero no tenía ningún deseo de cogerla-, se le escapó una mirada a su alrededor.

Mierda, había dicho que no lo haría, que no le daría la satisfacción de hacerle ver que lo estaba buscando, pero no pudo evitarlo. Necesitaba verlo. Necesitaba volver a sentir esa energía arrolladora que la ahogaba cada vez que estaban juntos.

Terminó la canción que estaba bailando y empezó otra. Kagome estaba traspirando, tenía los pies molidos y la boca seca, pero nunca se había sentido tan bien en su vida. De pronto, era como hubiera dejado de ser ese "bicho raro" del cual todo el mundo huía, para pasar a ese parte de la manada, simplemente una más divirtiéndose y disfrutando hasta no poder más.

La imagen de su padre llegó un momento en el que no volvió a aparecer en su cabeza.

No le importaba. Solo quería desfrutar del presente. Solo quería…

Solo quería volver con InuYasha, escucharlo reír y sentirlo hablándole en el oído.

Solo…

Una nueva canción terminó y cuando Rumi se acercó a ella para bailar juntas la siguiente, Kagome se escusó diciendo que iba al baño. La chica le señaló donde quedaba y la joven se escabulló entre la gente. Había sido verdad la escusa, ella necesitaba usar el baño; lo que no le había dicho… es que tardaría un poco más de lo normal en volver, porque iba a ir a buscar a alguien.

Tuvo que esperar un par de turnos pues había dos chicas que habían tenido su misma idea. Una vez hizo sus necesidades y se lavó las manos, se quedó mirándose por un momento en el espejo. Nunca se había visto tan "descuidada" como en aquel momento, pero tampoco sus ojos habían brillado tanto, así que, por primera vez, a Kagome no le importó tener el pelo revuelto o encrespado. Seguro que si su padre la veía con esas pintas -y sin hablar ya de la situación- le daría un ataque al corazón, pensó con una sonrisilla perversa.

Salió del baño con una sonrisa y con el corazón a punto de escapársele del pecho, y mientras se escabullía entre la gente, buscándolo, las manos le temblaban ligeramente.

¿Qué haría cuando lo viera? ¿Lo invitaría a bailar? ¿Le… besaría?

Ay, ay, ay…

Caminó por entre la gente, nerviosa, entusiasmada, y su corazón saltó cuando creyó atisbar una cabellera azabache conocida. Una sonrisa se plantó en sus labios y abrió la boca para llamarle, pero, entonces, vio algo.

O a alguien más bien.

InuYasha, como le había dicho, estaba en un rincón del patio -no muy alejado de la pista de baile-, con otros chicos de clase que Kagome reconocía de pasada.

Pero en la zona no solo estaban los chicos, sino que también había una chica.

Y si hubiera sido cualquier otra chica del universo, no le hubiera importado lo más mínimo. Pero era… Oh, mierda. Era Kikyo.

Era esa chica con la que había ido al baile de Navidad.

Nunca reconocería en voz alta la sensación agria que se había instaló en su estómago cuando se enteró de la pareja de su hermanastro -sí, era bastante estúpido pues ella tenía ya pareja-, aunque esta había mermado considerablemente cuando, después de que hubiera pasado la fiesta, Kagome advirtió que apenas habían interactuado entre ellos…

Hasta ahora.

¿Por qué InuYasha estaba sonriéndole tan amigablemente? ¿Es que ella no tenía vergüenza por acercarse tanto a él?

¿Qué era eso tan divertido que le estaba diciendo?

¿Por qué no me estás mirando?, susurró una voz oscura en su cabeza.

Kagome se paralizó, asustada por la garra que apretaba su corazón y las duras palabras de su mente. Sacudió la cabeza para despejarse, para volver a ser ella misma, y dio un paso hacia atrás y otro más, antes de darse media vuelta y dirigirse hacia donde estaba Ayame y las chicas.

¡Qué tonta estaba siendo!

¿Por qué le importaba tanto que InuYasha estuviera mirando a otra chica en lugar de ella, como le había dicho? ¿Por qué se sentía… traicionada? No le había hecho ninguna promesa, ella no se lo había pedido, él no le debía nada… simplemente había sido un comentario casual -qué tonta de ella, se lo había creído-… Había sido un comentario casual que había surgido en la conversación… ¿verdad?

No pasaba nada. Kagome había estado toda la noche con las chicas, divirtiéndose, pasándoselo en grande. InuYasha no tenía por qué estropearle nada. Simplemente debía olvidarlo, sí, solo debía ignorar los últimos minutos y volver con las chicas. Bailar. Reír. Divertirse.

InuYasha no era nada en su vida, se recordó una y otra vez mientras se movía entre los cuerpos danzante de sus compañeros.

Entonces, ¿por qué le importaba tanto?

·

—Kagome.

La mencionada miró por encima de su hombro, aunque ya sabía a quién se iba a encontrar.

Una explicable -ja, sí, eso- furia la asoló cuando se encontró a InuYasha parado a unos metros de ella, con los brazos metidos en los bolsillos de sus vaqueros, y mirándola con una ceja arqueada.

—¿Sí? — ella se cruzó de brazos, enfrentándolo, pero con el movimiento parte de bebida de su vaso se resbaló. Rio aunque la situación no daba motivos para ello.

Quizás… se había pasado un poco con la bebida.

El ceño de InuYasha se frunció.

—Creo es momento de irnos a casa, Kagome.

—¿Por qué? ¡Me lo estoy pasando bien!

¿Te cansaste de reír con esa tonta?, se mordió la lengua muy, muy fuerte para no soltarlo.

—La fiesta está terminando ya, ¿no ves que no queda casi nadie?

—Pero Ayame sigue aquí y es la cumpleañera— Kagome señaló a la mencionada, quién estaba mirando la conversación como si de un partido de tenis se tratase con la pajita de su bebida en la boca. Alzó las cejas como diciendo "vosotros seguid que yo estoy bien aquí", sin dejar de prestarles atención.

—Porque ella vive aquí, no puede irse a ningún lugar. Nosotros, por otro lado, tenemos una casa a la que debemos volver… y entrar sin ser escuchados, ¿recuerdas? — la ceja de InuYasha ya rozaba el pelo de su cabeza de lo mucho que la había levantado.

—Eres un aburrido— bufó, y se dio la vuelta. A lo mejor si no lo veía, se marchaba, ¿no?

¿Con Kikyo?

Maldita conciencia. Seguro que con más alcohol conseguía hacerla callar. Tenía que ir a la cocina.

—Puedes quedarte aquí si quieres, Kagome, y hacemos una fiesta de pijama, ¿qué te parece?

Apenas se había entusiasmado por la propuesta que InuYasha se coló en su línea de visión, sacudiendo enérgicamente la cabeza.

—Ni hablar, tenemos que volver a casa— le frunció el ceño— Como tu padre se entere que no has dormido en casa, se te caerá el pelo a ti y a mí.

—¡Pero mañana puedo inventarme lo que sea!

¡Déjame y vete con Kikyo, ya que tanto te divertías con ella!

—Kagome, siento ser tan brusco, pero mañana me lo agradecerás— espetó InuYasha haciendo como si no lo hubiera escuchado. Le quitó el vaso a medio tomar de la mano y lo dejó en la primera superficie lisa que encontró.

—¡Eh, oye, eso es mi-

—Ayame, tenemos que irnos. Nos vemos el lunes— se despidió InuYasha antes de agarrarla del brazo para sacarla de allí cuanto antes posible— Kagome, di adiós.

—Adi- ¡Espera, no! ¡No quiero! ¡Quiero quedarme!

Por más que se quejó por el camino, InuYasha pasó de ella. Salieron y él siguió caminando hacia la avenida más cercana, pues la casa de Ayame se encontraba a las afueras de la cuidad -convenientemente. Kagome se dejó llevar los primeros metros, pero una vez más recordó la sonrisa de él, una que no iba a dedicada a ella, la furia erupcionó de ella como un volcán.

¡Maldito sea, ¿por qué no la dejaba en paz?! ¡Con lo tranquila que había sido su vida sin conocerlo!

¡¿Por qué tuvo que acercarse a ella?!

¡¿Por qué tuvo que destruir sus muros?!

—¡Ay, suéltame! — chilló, empezando a retorcer el brazo— ¡Me haces daño! — era mentira, pero no sabía de qué otra manera conseguir liberarse.

Efectivamente, fue escucharlo e InuYasha la soltó. Kagome se detuvo, con los brazos cruzados, sin querer seguir caminando.

No iría a ningún lado con él.

¡Kikyo! ¡Kikyo! ¡Kikyo!, chillaba incansablemente su cabeza.

Su estómago se revolvió. Mierda, no debía haberse motivo con tanto ímpetu para escaparse de su agarre porque una horrible sensación estaba ascendiendo por su esófago.

No me encuentro bien.

—¡¿Pero qué te pasa?! — exclamó él, irritado alzando los brazos— ¡¿Por qué te comportas así…?! ¡Pareces una niña pequeña!

«Pareces una niña pequeña.»

¿De verdad no se daba cuenta?

¿Tan poco te importa?, siseó en su cabeza.

—¡¿Qué por qué…?! ¡Te atreves a preguntarlo! ¡Porque eres un idiota! ¡Porque me has mentido! ¡Me dijiste que estarías mirándome y cuando te vi, estabas riéndote y charlando con esa…!— gruñó, rabiosa— ¡Porque te quiero para mí!— explotó, segundos antes de sentir el ácido ascender por su garganta.

Maldita noche, gimió para sí misma antes de ponerse a vomitar en medio del camino.


Lalala~ creo que hay alguien que a la mañana siguiente va a querer morirse (y no seré solo yo por las maldiciones mentales que me dedicareis después de dejarlo ahí xD). Nuestra Kagome como veis se está volviendo toda una rebelde: fiesta, alcohol, trasnochar... Vaya, vaya, quién se lo diría, ¿eh? ¿Y a quién tenemos que culpar/agradecer?

Ay, querido lector, no te preocupes, aun te queda noche por conocer... que no veremos hasta el siguiente capítulo: First Time (No sex), que como pista solo diré: "noches alegres, mañanitas tristes..." (¿alguien conoce ese refrán?)

¡No tengo palabras para decir lo mucho que amo todos y cada uno de los comentarios que me dejáis! No puedo evitar poner una sonrisita tonta cuando los leo y sentirme muy feliz y emocionado de que esté gustando tanto esta idea loca que tuve en una tarde cualquiera (Magus, todo es por ti, lo sabes)

A las 9 de la noche (hora de España) nos despedimos hasta mañana.

¡Besos y abrazos!