Día 11.

First Time (no sex)


Sentía la cabeza a punto de estallar cuando la luz de un nuevo día le despertó. Gimió por lo bajo, enterrándose aún más bajo las mantas, y deseó al menos poder dormir dos décadas más, pero por las punzadas que asolaban su sien… no confiaría mucho en ello.

Iba a morir.

Este dolor de cabeza no era normal.

¿Qué había pasad…?

Como un torrente, cientos de imágenes acudieron a su memoria, dejándola momentáneamente desconcertada. Ella preparándose en su habitación, InuYasha tocando su puerta con suavidad. Kagome colocando un par de almohadas bajo el edredón. Juntos saliendo de la casa, sin preocuparse mucho porque sus padres habían salido fuera a cenar. Llamando a un taxi para que los acercara a casa de Ayame. Entrando en la fiesta, Ayame remolcándola a la cocina, dándole un vaso lleno de una bebida que sabía muy dulce. Bailes, risas, compañeras. Y más bailes y bebidas.

Se refregó los ojos, cansada y adolorida, removiéndose bajo las sábanas. Sus sabanas.

¿En qué momento había vuelto a casa? ¿A su habitación? ¿Cómo habían conseguido llegar sin que sus padres le pillaran? ¿E InuYasha…? ¿Qué había sido de él? Cielos… apenas tenía recuerdos de él, tan solo algún que otro destello de ellos en algún rincón del jardín hablando justo antes de apareciera Ayame y los interrumpiera. Después, las pocas imágenes que permanecían en su cabeza, tenían más que ver con ella y unas chicas dándolo todo en la pista de baile.

¿Qué le había pasado? ¿Quién demonios era esa Kagome? Vale que nunca hubiera bebido, pero incluso ella sabía que debía tener mucho cuidado porque las consecuencias de abusar del alcohol… en fin, las estaba viviendo en sus propias carnes de forma muy dolorosa. ¿Entonces? ¿Qué carajo se le había metido en la mente para descuidarse así?

Suspiró y se estirazó, notando como se tensaba cada músculo de su cuerpo. Solo entonces se aventuró a abrir los ojos, aunque sabía que la luz del día no sería muy bienvenida. Efectivamente, hizo dos intentos antes de que no quisiera morirse por el simple hecho de tener los ojos abiertos.

Estaba en su habitación. En-su-habitación. Otra vez: ¿cómo diablos había llegado ahí?

Se incorporó en su cama, apoyando a la espalda en el cabecero, y un suspiro de molestia escapó de sus labios. Miró a su alrededor y descubrió que los pantalones vaqueros y la blusa que se había puesto anoche estaban tirados en el suelo. Sintió su corazón detenerse en el pecho y rápidamente alzó las mantas para encontrarse con que llevaba puesto uno de sus pijamas.

Toda la sangre de su cuerpo viajó hasta sus mejillas.

¿En qué momento se había puesto el pijama y por qué no lo recordaba? ¿Qué había pasado?

¡Mierda! ¡La primera vez que se emborrachaba… y mírala, con media noche en ascuas y una resaca de mil demonios!

—No vuelvo a beber en mi vida— jadeó con los dientes apretados.

Apartó las mantas y sacó los pies de la cama para levantarse. Por el camino miró hacia su mesita de noche para ver qué hora era, solo que no llegó a descubrirlo. Un vaso de agua y un par de pastillas atrajeron por completo su atención, y a su lado había una nota. Kagome estiró el brazo y la cogió con el corazón latiéndole con fuerzas en el pecho. La nota estaba escrita con una destartalada pero familiar letra:

Buenos días, dormilona. Tómate estas pastillas cuando despiertes, prometo que hará que te sientas mejor.

Nos vemos en la noche, hoy tengo turno de tarde en la cafetería.

La nota no estaba firmada, pero no era necesario porque ella sabía quién era el remitente. Una tonta sonrisa se extendió por sus labios y se quedó mirando por un par de segundos las pastillas, imaginándose a InuYasha entrando en su habitación sin hacer mucho ruido para no despertarla y dejándolo todo en su mesita de noche.

Cogió el agua y las pastillas, y de un buche consiguió tragarse las dos cápsulas.

Al menos, su padre había salido de su casa como todos los días temprano y hasta la cena -o más tarde- no volvería a casa. Tenía tiempo para recomponerse y…

De pronto, un fogonazo de luz apareció en su mente:

«—¡¿Qué por qué…?! ¡Te atreves a preguntarlo! ¡Porque eres un idiota! ¡Porque me has mentido! ¡Me dijiste que estarías mirándome y cuando te vi, estabas riéndote y charlando con esa…!— gruñó, rabiosa— ¡Porque te quiero para mí.»

Se quedó paralizada.

¿Qué había sido es? ¿Ella…? ¿Ella no había dicho eso, verdad?

Rápidamente dejó el vaso donde estaba y se llevó las manos a sus sienes para masajeárselas, cerrando los ojos y forzándose a recordar algo más.

Por favor, por favor, por favor, que no fuera a InuYasha…

«Estaré observándote atentamente.»

Mierda, esa sí era la voz de él… ¿Sí, verdad? ¿InuYasha le había dicho eso? ¿Y ella… ella qué había hecho?

Espera, ahora que recordaba…

Kikyo.

Cuando atisbó a InuYasha entre la muchedumbre, él estaba haciendo todo lo contrario a mirarla, como le había dicho. Oh, sí, estaba demasiado atento a esa… a Kikyo, charlando y riendo juntos de algún tema insulso y carente de sentido alguno, seguro.

Y ella… se había sentido enfurecida. Traicionada.

Ni siquiera se puso a pensar en el motivo que iba detrás de ese sentimiento, le dolía demasiado la cabeza -o el corazón, que, a efectos prácticos, no estaba muy seguro de cuál de los dos era-, porque había temas importantes que atender, como por ejemplo… cuál fue la reacción de InuYasha ante su arrebato.

—¡Mierda, piensa, piensa! — espetó, apretándose las sienes como si tuviera un interruptor en su cabeza que diera paso a los pasajes olvidados de la interesante velada.

Pero no había nada, solo oscuridad. No recordaba nada. Ni siquiera cómo llegaron a casa desde la casa/mansión de Ayam…

Un momento.

«El lugar estaba cálido y por primera vez en mucho tiempo a Kagome no le dolían los pies. A lo mejor, el hecho de estuviera sentada tenía algo que ver con eso, pero la joven apenas estaba registrando ese hecho. Lo único que sabía es que su cabeza había dejado de darle vueltas, el estómago se le había asentado un poco y ella estaba un lugar reconfortante y cómodo.

Suspiró, restregando la mejilla en la cálida y dura superficie sobre la que estaba apoyada mientras oía el suave ronroneo de un motor de fondo. Pero, aunque le gustaba ese lugar y no le importaría quedarse un tiempo allí, todavía sentía las vibraciones de la música en su piel, en su corazón. Todavía sentía la adrenalina y la emoción corriendo por sus venas.

Nunca antes había bailado de esa forma en su vida, y la noche que acababa de vivir sería una que recordaría y atesoraría siempre, se dijo para sí misma. Hubiera deseado que durara para siempre…

Todo esto es culpa tuya —susurró con la voz un poco enronquecida.

InuYasha bajó la mirada hacia su hombro, donde Kagome se encontraba recostada con los ojos cerrados y una expresión medio apacible, medio molesta.

¿Mía?

Sí, tuya.

¿Y qué he hecho, si puede saberse?

Estabas con esa…

¿Con quién?

Con Kikyo.

Se acercó un momento para saludarme, para saludarnos a todos.

Me da igual, no me gustó— se acomodó de lado y rodeó un brazo de él con los suyos, como si fuera un osito de peluche— Tú eres mío.

InuYasha se quedó en silencio por un par de segundos. Entonces, rio con suavidad y pasó un brazo por los hombros de ella para atraerla a él.

Oh, Kagome, no sabes lo que disfrutaré recordándote esto mañana…»

El recuerdo se detuvo como si se tratase de la proyección de una película antigua y de pronto la cinta hubiese fallado, quedándose la pantalla en negro.

Y el horror, lentamente, fue extendiéndose por el cuerpo de Kagome.

No, no, no puedo haber dicho eso…Otra vez.

Oh, mierda, ¡no!

Gimió, llevándose las manos a la cabeza mientras sopesaba seriamente la idea de vestirse, correr al aeropuerto más cercano y huir en el primer avión que despegase, le daba igual cuál sería su destino.

¿Es que era verdad eso que veía en las películas de que cuanto más alcohol tenías en el sistema, menos control tenía de lo que soltabas por la boca?

Ella… ella… ¡en la vida le habría dicho algo como eso! ¡Jamás!

¿Y ahora cómo lo miraba a la cara? ¡¿Cómo?!

Miró la nota que él le había dejado con un fuerte nudo en la garganta que le impedía respirar con normalidad y pasó el dedo de forma distraída por los trazos irregulares.

Un nuevo recuerdo asaltó en su cabeza y Kagome contuvo la respiración.

«Kagome trató de contener una risita, pero por más que lo intentaba, no podía. Era superior a su fuerza.

Shhhh— le chistó InuYasha en voz muy baja— ¿Quieres que nos pillen o qué?

El muchacho apretó las manos en torno a las piernas de la joven y su espalda, pues había dado como caso perdido que subiese andando sola a su habitación. Tropezaría y caería todo lo que se encontrase por el camino, así que… eh… no, mejor que no.

Shhh— le imitó Kagome en el mismo tono, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello y rodeándole este con los brazos— No queremos que el brujo malvado se despierte.

¿El brujo malvado? — inquirió, divertido por la denominación.

Lentamente empezó a subir las escaleras, agradeciendo que la habitación de matrimonio y la de ellos estuvieran zonas completamente opuestas de la segunda planta. InuYasha notó como Kagome asintió, aunque quedamente, como si de pronto el sueño hubiera venido a ella y Morfeo la hubiera acogido en sus manos para a empezar a mecerla.

No podemos dejar que nos cojan o seremos convertidos en ranas…— murmuró ella, más dormida que despierta— No me gusta cuando me chilla, me da miedo… y cuando…

InuYasha se detuvo a medio camino y se quedó mirando la expresión tranquila de la chica por lo que parecieron horas, perdiéndose en la calidez que desprendía su cuerpo y el suave susurro de la respiración acompasada. Las arrugas de su entrecejo aparecieron, pero sacudió la cabeza y emprendió el camino hacia la habitación femenina.

Tú me gustas…— musitó ella cuando la acomodó en la cama, sin ninguna intención de despertar. Una amplia sonrisa apareció en el rostro masculino y se inclinó hacia ella para quitarle esa ropa tan incómoda, sin embargo, a medio camino, Kagome siguió hablando—: Tú eres bueno conmigo… Tú eres mío.»

—Ha sido InuYasha. Él me subió a la habitación, recuerdo estar en sus brazos— dijo Kagome para sí misma, sintiendo sus mejillas sonrojarse aún más -¿eso era posible?- al rememorar lo bien que se sentía esa sensación— Él tuvo que ser quién me quito la ropa y me puso el pijama, porque es lo último que recuerdo de la noche. Debí quedarme dormida en algún momento. ¿Qué le estaría diciendo?

Y él… ¿La había… la había visto en ropa interior?

¡Mierda!

Era la primera borrachera que cogía, su primera resaca, y todo le estaba saliendo al contrario de lo que creyó el día interior cuando pensó que "no pasaría nada" por soltarse el pelo un poco. Ja, un poco.

Total, por una vez… no pasaría nada.

Y ahora mírala: con una boca más grande que ella misma, dejándose en evidencia una y otra vez. InuYasha seguramente debería haberse dado cuenta de lo tonta e inocente que era…

Después de un rato autofustigándose, intentando desenterrar nuevos recuerdos y dándole vueltas una y otra vez a los pocos que tenía, decidió que el quedarse en la cama no ayudaría a nadie. Lo mejor que podía hacer es darse una buena ducha caliente a ver si conseguía destensar tus músculos y el martillazo de su cabeza remitía un poco más, aunque al menos ahora el dolor era un poco más tolerable. Después, comería un poco de algo ligero para ver si su estómago se asentaba.

Y ya luego…

En fin. Luego a lo mejor decía que sí al plan de volar al fin del mundo en un viaje solo de ida.

Todavía no estaba del todo descartado.

Suspirando, se levantó de la cama y paseó por la habitación cogiendo la ropa tirada para dejarla el cesto de la ropa sucia y la de estar por casa que se pondría al salir de la ducha.

Pero no llegó muy lejos. Estaba abriendo la puerta de la habitación y dando el primer paso para salir cuando escuchó la puerta principal cerrarse con un portazo. El cuerpo de Kagome se paralizó y como un animalillo asustado, se quedó mirando con los ojos como plato el amplio pasillo que daba a las escaleras.

Reconocía esos pasos.

El rostro furibundo de su padre apareció de pronto y se acercó con grandes zancadas hacia ella.

—¡Con que aquí estás! — le cogió el brazo y la zarandeó con fuerzas— Me han llamado del conservatorio para decirme que no has ido en toda la mañana. ¡¿Qué crees estás haciendo en casa?!

Oh, no…

¡Las clases! ¡Se había olvidado completamente de que esa mañana tenía sesión intensiva con Myoga!

—Pa-padre…— musitó, asustada.

—¿Quién te crees que eres para ponerme en evidencia? — la voz en su padre iba en aumento, así como el tembleque de las piernas de Kagome, quién se mantenía en pie solo por la sujeción de su padre en el brazo— ¡Pago mucho dinero para que estudies y te formes, para que seas una maldita mujer de bien, y mira lo que tú me devuelves! ¡¿Quién te crees que eres?!

Kagome cerró los ojos y apretó los labios para ahogar un gemido de dolor por lo mucho que estaba apretando. Seguro que le dejaría marca… aunque no sería la primera vez que tenía que estar recluida ni esforzarse en esconder esas cosas…

—¿No te acuerdas ya del concurso? — siguió diciendo, sin dejar de sacudirla— ¿No recuerdas la humillación que hiciste sostener sobre el apellido familiar por tu ineptitud?

—¡Quedé segunda! — chilló antes de poder morderse la lengua.

Grave error.

La cabeza de Kagome se ladeó con fuerzas y la mejilla le empezó a latir incesantemente. Tuvo que morderse la lengua para evitar que las lágrimas se le escapasen.

—¡¿Qué mierda crees que significa eso?! ¡¿Qué llevo enseñando toda la vida?! ¡Segunda y última es lo mismo! ¡No fuiste la primera! ¡Te dejaste ganas por otra persona… por una… becada! — escupió con furia y asco— ¿No te quedó ese día la lección clara?

Como sabía que si abría la boca se pondría a llorar como una loca, se limitó a bajar la cabeza y encogerse sobre sí misma, mientras sacudía suavemente la cabeza. Entre el dolor de esta producto de la resaca y los gritos y la punzada de su mejilla, Kagome lo único que deseaba era encerrarse en cualquier lugar oscuro, recostarse y no levantarse en días. Años.

—Maldita sea, Kagome, ¿cuándo me harás caso, eh? ¿Qué te crees, que el dinero cae de los árboles? Llevo muchos millones invertidos en tu educación, no voy a dejar que lo tires todo por la borda, ¿me estás oyendo? Eres una Higurashi, comportarte como tal y no me des más disgustos.

—Lo siento, padre…— jadeó en un murmullo casi inteligible.

Lo escuchó suspirar, casando, y por el rabillo del ojo, le vio quitarse la chaqueta gris de su lustroso y carísimo traje.

—¿Quieres que volvamos a cuando eras más pequeña? ¿De verdad te vas a comportar de forma tan inmadura?

Kagome inspiró a hondo para no ponerse a hiperventilar. Todavía recordaba el dolor en el costado cuando su padre le golpeada con una regla por haber fallado en una nota.

Había creído que nunca más volvería a pasar por algo así.

—N-no, padre, no… Lo si-siento mucho. Me podré ahora mismo a practicar. Lo prometo. Haré el doble de lo que me tocaría, de verdad…

Kane tarareó para sí, no muy conforme, pero por el silencio que se instaló a continuación, Kagome pudo tranquilizarse y bajar un poco la guardia. Por eso, chilló involuntariamente por el agarre que sintió en el hombro y que la llevó hacia atrás hasta que su espalda tocó una pared.

Los ojos de sus padres eran dos pozos sin fondo de determinación y furia.

—Brillarás en el próximo concierto, ¿me estás oyendo? Y esta semana olvídate de vaguear en la cama como una cualquiera. Todo el tiempo que estés despierta y fuera de la escuela, lo pasarás delante del piano, ¿entendido?

Kagome se apresuró a asentir.

—Bien, ahora, ¡largo! — la soltó, y Kagome no dudó en pasar por su lado para dirigirse la sala del piano mientras sentía las piernas hechas gelatinas y las lágrimas deslizándose por sus mejillas.

Y hasta ahí llegó su efímero sueño de ser una adolescente normal.

Por primera vez en su vida había saboreado lo que era vivir más preocupaciones que el próximo examen, disfrutar en una fiesta junto a tus amigos: reír, bailar y charlar… maldita sea, sabía lo que era una resaca, aunque no había venido en un buen momento…

InuYasha le había hecho pensar que ella podía ser una más. Y ella, como una tonta, se lo había creído.

¡Ja!

¡Cómo si fuera tan fácil escapar de la realidad!


Voy a creer que ff ha dejado de funcionar o algo porque me ha puesto muy triste ver que mi anterior capítulo (a mi ver uno de los mejores de los que llevo publicado) no ha tenido ningún reviews. Me teníais malacostumbrada con vuestras dedicatorias tan bonitas que me dejabais. Aún así, siguiendo el reto, aquí os dejo el siguiente capítulo.

Pobre Kagome... ¿os esperabais algo como esto? Kane ha dado la cara por fin, se os ha mostrado como es, y muchos secretos poco a poco están saliendo a la luz si prestáis atención a lo que se dice aquí.

¿Qué creéis que pasará ahora con Kagome e InuYasha después de las "confesiones" y las palabras de su padre?

¡Nos vemos mañana!

PD: El siguiente capítulo es Promise Ring. Venga, intentad adiviniar, de quién para quién creéis que será.