Día 14.

Comb the hair


Toc, toc.

Sin esperar respuesta, pues sabía que Kagome se encontraba en la habitación, InuYasha abrió la puerta.

Kagome respingó y alzó su mirada hacia la entrada.

El corazón de InuYasha se partió en mil pedazos cuando se encontró con sus ojos anegados en lágrimas y las mejillas humedecidas. Había estado llorando.

Lo sabía.

—¿Qué hac-?— Kagome se levantó de su cama y se apresuró a girarse para no estar de frente con la espalda tensa— Vete de mi habitación, ¿quién te ha dado permiso para entrar?

—Nadie— respondió él, en un aparente tono tranquilo, cerrando detrás de sí— Kagome, ¿estás bi-

—No quiero hablar, quiero estar sola— se rodeó la cintura con sus brazos y bajó la cabeza.

Su cabello, húmedo por la ducha que acababa de darse, goteaba sobre el parqué, pero a Kagome no parecía importarle mientras se aferraba a la tela de la cintura de su mullido y cálido pijama. Esperó escuchar como la puerta se abría, pero eso habría sido creer que realmente InuYasha le haría caso y él no era muy dado a escuchar la mayoría de las cosas -órdenes, en realidad- que ella le daba, así que no se sorprendió mucho cuando, después de todo, escuchó pasos detrás de ella, acercándose, ni tampoco cuando una mano le tocó el hombro, instándola a darse la vuelta.

Kagome se sacudió para que la soltarse, aún se moverse.

—Kagome, por favor…

—¿Es que no me escuchas? No quiero compañía, no quiero hablar con nadie— su voz se rompió a mitad de frase, pero siguió hablando—: Por favor, InuYasha, déjame sola.

—Eres una necia si crees que te voy a dejar así como estás. ¿No quieres hablar? Bien, no lo haremos— espetó, bruscamente, sin ceder ni un ápice— Pero no me pidas que me vaya porque no lo haré. Nos quedaremos aquí en la habitación los dos como estatuas si hace falta, pero no me iré.

Kagome se mordió el labio inferior, luchando contra el deseo de darse la vuelta y tirarse a sus brazos. Qué chico tan… cabezota… y… y…

Suspiró, quitándose el rastro de lágrimas de sus mejillas con una de sus mangas y lo miró por encima del hombro, aunque una pequeña pizca de timidez que surgió en hizo que no se girara mucho.

Allí estaba, enfundado en su propio pijama -pantalón holgado y sudadera-, y no le quitaba la vista de encima con una expresión de preocupación e inquietud en el rostro.

—¿De verdad vas a hacerlo?

InuYasha arqueó una ceja.

—¿Me estás retando?

—No— hizo un mohín— Yo… Muy bien, haz lo que quieras— terminó suspirando, acercándose a dónde estaba su cómoda.

El silencio se instaló en la habitación mientras Kagome cogía su cepillo para empezar a desenredarse el pelo. InuYasha, al principio, se quedó mirándola fijamente, maravillándose de lo bonita y dulce que se veía en ropa de dormir, haciendo esas tareas cotidianas delante de él como si no le importase… casi con complicidad; y de él nació un impulso -impropio en él, pero muy predecible cuando Kagome se encontraba dentro de la ecuación- que lo hizo moverse.

Se acercó hacia ella con paso tranquilo y su mirada se encontró con la de Kagome a través del espejo de la habitación.

—¿Qué…?

InuYasha no dijo nada, simplemente se inclinó sobre ella y con delicadeza le cogió el peine de sus manos. Entonces, se colocó detrás de la muchacha y empezó a pasarlo por su cabello, sin atreverse a mirarla a los ojos.

Un nuevo silencio se instaló en la habitación.

—InuYasha… —las mejillas de Kagome estaban al rojo vivo, pero no hizo ningún amago de apartarse. La ternura y suavidad con la que él la tocaba, con la que le peinaba, la tranquilizaba como nada lo había hecho antes. Suspiró una vez más, sus labios curvándose en una sonrisa desganada y frágil, y cerró los ojos, dejándose llevar, mientras la presión de su pecho lentamente iba aflojándose.

InuYasha tiene manos prodigiosas. Podría pasar un siglo y no necesitaría moverme de aquí, susurró para sí misma.

—¿Cómo…— carraspeó, sin saber muy bien si decirlo— cómo sabías que yo…?

InuYasha se detuvo por un segundo, como si su pregunta le hubiera pillado desprevenido, pero rápidamente reanudó con su actividad, aunque ya estuvieran casi todos los nudos deshechos.

—Solo lo supe.

La tensión en los hombros de la joven desapareció, y por un pequeño instante, su mundo quedó a merced de esas manos que la tocaban con reverencia y cuidado.

—Gracias— murmuró, sintiendo una lágrima deslizándose por su mejilla y se apresuró a enjuagársela.

Notó cómo él la miraba a través del espejo, pero ella no levantó la cabeza para correspondérsela. Si lo hacía, se desmoronaría.

Volvieron al silencio.

—¿Puedo preguntarte algo? — inquirió él en algún momento con aparente aire despreocupado.

Kagome abrió los ojos y, sin saber qué decir, se limitó a asentir.

—Kagome, tú y tu padre…— titubeó en medio de la frase porque no estaba muy seguro de cómo decirlo, pero sobre todo, por la rigidez que envolvió el cuerpo de la muchacha al escucharle— ¿Cómo es tu relación con él?

—¿Por qué… por qué lo preguntas? — murmuró ella por encima del atronador latido de su corazón.

—Bueno, es que…— dejó el cepillo a un lado de la cama y casi con aire distraído, empezó a enrollar en sus dedos las finas y suaves hebras de la cabellera femenina. Decenas de escenas que había presenciado, palabras que ella misma le había dicho vinieron a su cabeza, aunque no pronunció nada de eso en voz alta; en su lugar, dijo—: Seguro que son tonterías mías, pero hoy en la cena tú padre ha soltado un comentario que no me ha gustado ni un pelo.

Kagome sabía a qué se refería exactamente porque en el mismo momento que su padre habló durante la cena familiar, la joven había deseado que la tensión que había visto en el cuerpo de InuYasha hubiera sido un producto de su imaginación; ya que haber captado la amenaza velada que había soltado su padre sin contemplaciones podría traer consecuencias desastrosas, tales como las que estaba viviendo en aquel momento.

«¿Ir en familia a esquiar? Es imposible, Izayoi, Kagome tiene mucho que ensayar, pronto tendrá un encuentro con una de las familias poderosas del país y, por la cuenta que le trae, no debe actuar menos que perfecta. Sería una pérdida de tiempo para su formación.»

Desde el primer segundo en el que InuYasha había puesto un pie en la casa, la muchacha había temido que llegase a descubrir todo, así que había hecho todo lo posible y más por esconder aquella… fúnebre y espantosa relación entre su progenitor y ella. Él conocía el carácter autoritario de Kane y lo mucho que estaba condicionada su vida, sí, pero jamás llegaría a descubrir hasta dónde era capaz su padre por conseguir que ella elevase el apellido Higurashi.

Y aunque ella sabía que debía ser así, que InuYasha jamás debía conocer esa parte oscura de su vida, había una vocecilla en su cabeza, una tímida voz que le susurraba que estaría bien abrirse. InuYasha era bueno con ella, le ayudaba y se preocupaba por ella. InuYasha… InuYasha se había convertido en un pilar fundamental de su vida, hasta el punto de que ya no sabía qué sería de ella si algún día él faltase.

Le aterraba darle tantísimo poder a una sola persona, pero a la misma vez amaba la sensación de conocer tanto a alguien y confiar en él hasta ese punto.

Y sabía que InuYasha no la decepcionaría, se lo había demostrado una y otra, y otra vez.

—No es nada. No son las primeras vacaciones que me pierdo— su voz sonó convenientemente tranquila—. Además, el frío y yo no nos llevamos bien, así que me viene hasta mejor— soltó una falsa risilla -que esperaba que hubiera sonado como verdadera- y le guiñó el ojo por encima del hombro.

De pronto, Kagome se levantó, se acercó a su escritorio y empezó a rebuscar en uno de sus cajones. Cuando pareció encontrarlo, escondió las manos detrás de su espalda mientras se daba la vuelta para encararlo y el muchacho advirtió en su mirada un brillo especial.

Preocupación, inquietud, nerviosismo e… ¿ilusión?

¿Qué estaba pasando?

—Se me olvidó darte esto en estos últimos días, pero con tanto ajetreo mío con las prácticas y tuyo con el trabajo, apenas hemos hablado— acortó la distancia que los separaba, y escondiendo repentinamente la mirada, le tendió un sobre blanco.

InuYasha sabía que Kagome estaba cambiando de tema descaradamente, pero por temor a que la chica se lo tomase mal si insistía un poco más y todo terminase en una pelea, decidió que lo mejor era seguirle la corriente. Sin embargo, la reacción de ella y sus palabras, aunque en un primer momento sonaban despreocupadas, en realidad, InuYasha había advertido que escondían más, mucho más.

Había algo en la figura de Kane, ese hombre disciplinado y autoritario que no le daba muy buena espina.

Y él pensaba desentrañar todos los secretos de aquella muchacha, aunque le costase toda una vida.

Pero mientras tanto, como una retirada a tiempo también es una victoria, InuYasha desvió su atención al sobre que le tenía y una pequeña llama de curiosidad se encendió en su pecho.

—¿Qué es?

—Ábrelo y verás.

InuYasha lo hizo, y se quedó a cuadros cuando sacó una entrada para un concierto… de música sinfónica…

Se quedó mirándola como un pasmarote.

—Me lo dijiste, ¿no? — inquirió un poco a la defensiva por el incesante escrutinio de los orbes dorados— Pues ahí está. Espero que no tengas que trabajar, si no, bueno…— bajó ligeramente la mirada— será para la próxima.

—¡¿Qué?! ¡No! — exclamó, sacudiendo la cabeza— Iré. Te prometo que iré, aun tenga que decirle al jefe que estoy enfermo.

—No seas tonto— negó con la cabeza, pero una sonrisa adornaba sus labios.

—Gracias, no sabes lo feliz que me hace esto— se quedó mirando la entrada, como si se quisiera asegurar de que no era un producto de su imaginación; después alzó la cabeza y le sonrió emocionado: — Qué ganas de verte tocar. No me lo creo.

—No seas pelota, que ya la tienes.

InuYasha se carcajeó y súbitamente, extendió el brazo y la atrajo hacia él en un abrazo.

—No soy pelota, eres tú que no sabes recibir un halago, doña humildad. De verdad, créeme cuando te digo que estaba deseando ir.

Kagome, con el corazón a mil, se acomodó en ese amplio y cómodo pecho y pensó en los incesantes conciertos que había hecho a lo largo de toda vida, en lo que había sentido cuando al mirar entre el público, había encontrado una y otra vez su butaca vacía…; y entonces pensó que la próxima vez ya no lo estaría. La próxima vez que alzara la vista más allá del escenario, InuYasha estaría observándola desde primera fila, apoyándola una vez más y sosteniéndola cuando más lo necesitaba.

A veces tenía miedo de despertar y que todo fuera un sueño.

A veces tenía pavor debido a que no creía que InuYasha fuera real, porque una vez que había descubierto lo que era estar junto a alguien, sentía la soledad mucho más desoladora y aterradora que antes.

—Gracias, te prometo que ahí estaré—la apretó contra él, sin ningún deseo de dejarla marchar— Pero, Kagome, solo déjame decirte una cosa. Si alguna vez pasase algo… cualquier cosa… tú me lo contarías, ¿verdad? Sabes que estoy aquí.

Kagome no dijo nada. Se acercó a él, escondió el rostro en el hueco de su cuello y se dejó llevar por las emociones que la embargaban. Era como si tuviera su propio pedazo de cielo entre los brazos de InuYasha.


Muertísima de sueño, paso por aquí para dejaros esto porque lo prometido es deuda (¿no es lindo InuYasha?), y me quedo lo justo para decir que vuelvan a sacar sus mejores galas (ahora sí) porque en el siguiente, Soulmate, nos vamos de concierto. ¿Qué os dice el promt del capítulo, hum...?

¡Nos vemos el lunes!

PD: No se me olvida. Muchísimas gracias a todos los que seguís aquí apoyándome, y aun más a los que os tomáis un momento para escribirme unas palabritas. De verdad, puede ser un gesto insignificante e innecesario para vosotros, pero para nosotros, los escritores, nos alegran el día como no os lo podéis imaginar. ¡Os quiero!