Día 15.

Soulmate


InuYasha se sentía incómodo. Horriblemente incómodo.

Ya no solo por el elegante traje que había desempolvado de su armario ni por los rígidos zapatos que se había obligado a usar porque sabía que sus cómodas zapatillas de diario desentonarían muchísimo en ese ambiente tan pulcro y ostentoso en el que estaba; él en sí también se sentía fuera de lugar entre tantas personas distinguidas que tenían toda la pinta de haber ido frecuentemente a un concierto de música clásica.

Seguro que para ellos una noche como esa era como para el muchacho acercarse a la hamburguesería de su barrio y pedirse un menú ahorro con doble de patatas fritas.

Seh, estaba claro que InuYasha no estaba en ese momento en su salsa -hasta en su cabeza el chiste sonó malísimo-, pero, en el fondo, no era algo que le importara mucho porque no pensaba moverse de allí ni aunque hubiera un aviso de bomba y empezasen a evacuar el edificio.

Bueno, en ese caso, a lo mejor sí, pero se entendían sus intenciones, ¿no?

InuYasha se removió en el asiento, estiró por decimoquinta vez las mangas de la camisa y la chaqueta en los diez minutos que llevaba allí sentado y miró por encima del hombro como iba llenándose lentamente la enorme habitación. El escenario, grande y bastante intimidante, estaba inmediatamente a él e InuYasha se puso a imaginar el momento en el que Kagome saliera al escenario.

¿Podría verlo entre tanta gente?

No se habían visto desde esa mañana temprano, pues Kagome debía llegar al conservatorio directamente después de la escuela para el ensayo general y las últimas directrices, pero InuYasha no había creído necesario recordarle que iría… Se lo había dejado claro ya, ¿no? Ella debía saberlo.

¿Y si no se acuerda? ¿Y si me las dio por compromiso y en realidad no quiere que esté aquí? Kagome siempre ha sido muy cerrada con estas cosas… Mira todo lo que me costó que me invitara, ¿y si estoy invadiendo su intimidad?

No, no, no podía tener esos pensamientos. Kagome quería que estuviera ahí, si se las había dado es por algo, ¿verdad? Además, había visto la ilusión en su mirada cuando él le había dejado claro una y otra vez que deseaba verla tocar, verla en su mundo. No podía simplemente ignorarlo.

Te estas volviendo paranoico, amigo. Relájate.

—Buenas noches, jovencito— una mujer mayor, de pelo canoso y el rostro poblado de arrugas, se sentó en la butaca junto a él.

—Bu-buenas noches— se sobresaltó, pues no se esperaba que le hablara nadie.

La mujer le sonrió, acomodándose los flecos del chal que llevaba sobre sus hombros, y colocó el bastón entre sus piernas.

—¿Es tu primera vez?

Maldita sea, ¿tanto se me nota?

InuYasha titubeó por un momento antes de asentir, algo tenso.

—Son muchos años viniendo a ver a mi querida nieta, jovencito— le comentó ella con simpatía como si pudiera leer su mente— Una cara nueva no se me pasa desapercibida y menos por estos lares. ¿De parte de quién vienes?

El muchacho imaginó, por lo que le había dicho, que aquella zona era la de los acompañantes de los artistas y los que iban asiduamente con sus allegados.

Un recién llegado entre veteranos, doblemente mierda.

Se obligó a parecer seguro cuando desvió su atención hacia el escenario, todavía vacío y con el telón echado.

—Higurashi. Toca el pi-

—Ah, Higurashi. Kagome, ¿verdad? Que buena niña es— sonrió afablemente la mujer asintiendo para sí misma— No he hablado mucho con ella, pero suele tocar con mi pequeña Rin y suenan muy, muy bien. Hace un par de años tocaron "La primavera" de Beethoven y se me saltaron las lágrimas de la emoción. Y en el concierto pasado, Kagome ejecutó brillantemente una sonata de Clementi que me puso los vellos de punta.

¿Clemen- qué? ¿Quién es ese?

Su mano viajó sola hacia el cuello de su camisa, deseando desabrocharse la corbata porque de pronto estaba demasiado apretada y no había suficiente aire en la habitación, aunque después de un par de segundos la volvió a dejar sobre su regazo.

Anteriormente, cuando había escuchado tocar a Kagome, la mayoría de las veces había sido estando ellos en la intimidad, en un momento robado de las largas y tediosas horas de estudios de la muchacha, e InuYasha se había sentido fascinado por lo grácil y dulce que se veía tocando las diferentes melodías que se le venía a la cabeza y que él, en ese tonto juego que se habían inventado, debía adivinar. Fue gracias a ello que InuYasha pudo distinguir una pequeña ventanita en hermético mundo de la joven y a la que se había aferrado con garras para poder adentrarse en él.

Pero ahora… ahora sentía que se había tirado por ese hueco de cabeza, sin ver ni asegurarse de cuánta distancia había hasta el suelo.

Y una parte de él estaba asustado. No por ella, nunca por ella, ni por él, por sus sentimientos; el problema es que todo era muchísimo más intrincado y rebuscado de lo creía, como una tela de araña que tenía todos los hilos firmemente entretejidos y conectados.

Tenía miedo de verla y quedar aún más prendado de ella, de ser incapaz de dejarla ir la próxima vez que ella se alejase. Tenía miedo de no ser suficiente para ella. Tenía miedo de no poder encajar en su mundo, de no entenderlo, de quedar como un ignorante y un tonto. Tenía miedo de lo diferente que eran, de cómo parecían ser dos caras de una misma moneda.

Tenía miedo de dar un paso hacia delante y golpearse con ese muro insondable, pero también tenía miedo de dar un paso atrás y caer al vacío, lejos de ella, sin ser capaz de alcanzarla.

Temía tantas cosas…

—Estoy seguro de que le va a encantar— la voz de la mujer le sacó de sus pensamientos más profundos.

InuYasha la miró por un segundo ante de fijarse en lo que descansaba en su regazo, pero antes de que pudiera decir algo, de pronto, las luces fueron atenuándose y solo el escenario quedó iluminado por los focos.

El mundo que le rodeaba desapareció para InuYasha por completo y solo fue consciente de lo que tenía delante de sí. Sentía el corazón a punto de escapársele del pecho y las manos no dejaban de sudarle, casi parecía irrisoria la forma en la que se estaba comportando y seguramente se hubiera reído de no estar viviéndolo en sus carnes.

El telón se abrió e InuYasha distinguió un enrome piano de cola color marfil casi en el centro y a sus lados, atrios y sillas desperdigados en el espacio. Por un segundo, no pasó gran cosa. Nadie se movió, ni dijo nada. Entonces, una fila de personas empezó a entrar en el escenario desde uno de los laterales, y en último lugar…

Mierda.

Kagome. Kagome estaba ahí. Con un vestido hermoso color esmeralda que acentuaba todas sus curvas, Kagome caminaba con la barbilla en alto, el andar seguro y una expresión de serenidad en su rostro.

Estaba hermosa, espléndida, resplandeciente casi diría. Pero… InuYasha se quedó mirándola fijamente; era una belleza fría, distante. Ahora que la veía, le recordaba muchísimo más a la imagen de la estrella que se encontraba en el firmamento, inalcanzable, y él por más que estiraba los brazos para llegar a ella era incapaz de rozarla con sus dedos.

¿Qué podría querer una chica como ella de alguien como él?

¿Cómo podía pensar que había alguna posibilidad de que pudiera pasar algo entre ellos? ¿Que ella querría… estar con él?

Los músicos se colocaron en el filo del escenario formando una hilera y con perfecta sincronía hicieron una ligera reverencia. Nadie en el público se movió mientras uno a uno estos iban colocándose en sus puestos. Kagome, estando en última posición, quedó a solas en la fila y antes de encaminarse al piano, se quedó parada por un par de segundos de más ante el público.

InuYasha contuvo inconscientemente la respiración.

Porque cuando sus ojos se encontraron en la distancia por un pequeño instante -o una eternidad, no estaba muy seguro-, InuYasha no pudo evitar pensar otra vez en las estrellas fugaces. En que, en realidad, también había estrellas que no estaban fijadas en el firmamento y estas podían caer, ser efímeras y deseadas; podían conceder deseos.

Y en que, tal vez, él acaba de encontrar a su estrella fugaz.

·

«Eso debe sentirse», le dijo una vez su madre, cuando él le preguntó por su padre. «Tú no decides si quieres o no enamorarte, un día simplemente lo sabes, y ya no hay vuelta atrás. La gente piensa que hay que pasarse la vida buscando a tu alma gemela, cuando no sabe que en realidad ellas solas se reconocen y tú lo sientes aquí», se tocó en el lugar que bombeaba su corazón con una triste y nostálgica sonrisa. «Yo lo supe en cuanto conocí a tu padre, mi alma me dijo que era él, y aunque no hayamos tenido mucho tiempo juntos… jamás me arrepentiré de haberlo elegido. Porque no todo el mundo tiene la dicha de conocer a su otra mitad.»

Simplemente lo sientes, recordó vagamente InuYasha, incapaz de apartar su mirada de Kagome.

La dulce, potente y atrayente melodía inundaba la habitación, adentrándose en cada recoveco de su interior, e InuYasha sentía cada nota en su corazón, llamándolo, llenándolo como nunca nada lo había hecho. Se llevó una mano al pecho, a la zona izquierda, y frotó esa parte de forma distraída al igual que lo había hecho su madre años atrás, pero la picazón que percibía y que lo estaba volviendo loco estaba más profundo, mucho más profundo, y no podía acceder a él de forma física.

Era como si estuvieran marcándolo a fuego en lo más hondo de su ser.

E InuYasha sabía lo que eso significaba.

Hasta ese momento nunca se había parado a pensar y desentrañar los confusos sentimientos que desde un primer instante Kagome había despertado en él. Nunca había querido desvelarlos por temor a las consecuencias. Pero ahora que la tenía delante de sí, tan fuerte, segura, decidida y hermosa… Ahora que la veía brillar y relucir con todo su poder; ahora que, como sabía, tenía a toda una habitación fascinados con su maestría…

Ahora veía con nitidez lo que su alma llevaba tanto tiempo gritándole.

La había reconocido, era ella… Siempre había sido ella…

Su alma gemela.

Y no podía dejarla escapar.

·

InuYasha se contuvo de pasar la mano por el cuello para aflojarse esa-maldita-corbata que le estaba dejando sin respiración.

Parado allí en medio del vestíbulo como un maldito pasmarote, se sentía como si estuviera en un mundo paralelo mientras escuchaba las risas y conversaciones que tenían lugar a su alrededor. Algunos músicos ya habían salido después de la actuación y se habían reunido con los familiares y conocidos que, como él, estaban allí esperándolos; la joven Rin sin ir más lejos, la nieta de esa amable mujer que se había sentado a su lado, había aparecido hacía un par de minutos e InuYasha se había sentido un poco descolocado cuando la mujer, Kaede, los había presentado como si fueran mejores amigos.

Él le había sonreído de puro milagro, pues los nervios le estaban matando y apenas asimilaba lo que estaba pasando a su alrededor, y había sentido sus mejillas ruborizarse cuando una expresión de cariño y emoción había aparecido en el rostro de la chica al ver lo que él sostenía en sus manos. Soltando una risilla de lo más infantil, le había guiñado un ojo como diciendo "bien hecho".

Mierda, ¿puede abrirse el suelo y tragarme por completo?

Kaede, apiadándose del pobre muchacho, anunció que era el momento de irse y mientras Rin se alejaba de allí anunciando que "se adelantaba porque tenía que hacer una llamada importante" con un bonito sonrojo en sus mejillas, Kaede le sonrió alentadoramente.

«Espero volver a verte en un sitio como este, muchacho», le deseó con sinceridad.

«Gracias», le había respondido, aunque lo que realmente quería decir es Yo también lo deseo.

Así que allí estaba, de nuevo a solas, con el corazón a mil por horas y las palmas húmedas por le sudor. ¿Alguien había parado el tiempo o los minutos se le estaban haciendo eternos?

¿Cuándo llegaría Kagome?

Se quedó mirando lo que tenía en sus manos, asegurándose por millonésima vez en la noche de que estuviera perfecto, cuando, de pronto, sintió un golpecito en el hombro. Suave, tentativo, como si no estuviese muy seguro de su proceder.

El corazón del muchacho saltó alocado en su pecho y se giró súbitamente.

Estaba allí. Kagomee. A pocos pasos de él.

Cerca, demasiado cerca, tan cerca que si estiraba la mano podía tocarla.

—Oh— murmuró ella, mirándolo con los ojos ligeramente abiertos. No sabía dónde mirar primero de la extraordinaria imagen que tenía delante de ella: si a InuYasha con un traje de chaqueta que le sentaba como un guante, el suave rubor -¡InuYasha! ¡Ruborizado! - que se había adueñado de sus mejillas o el enorme ramo de lirios que este portaba en sus manos— InuYasha, yo…

—Toma— farfulló él, nervioso y avergonzando, tendiéndole las flores— Yo… no pensaba traerte nada, pero vi por internet que… bueno… me pareció un buen detalle. Es-espero que te gusten.

Kagome se quedó mirándolo por un momento sorprendida, con el ramo entre sus manos, y de pronto, una lenta sonrisa empezó a extenderse por su rostro. Entonces, inclinó la cabeza hasta el ramo y se lo llevó a la nariz para perderse en su dulce fragancia.

—Son preciosas, InuYasha… no deberías… no tenías por qué hacerlo, pero muchísimas gracias. Me encanta— sus ojos brillaban como dos luceros en medio de la oscuridad, e InuYasha sintió su cuerpo paralizarse por el embrujo de su mirada.

—¡Keh! — murmuró apartando la mirada.

¿Podía el corazón escapársele del pecho? Porque a este ritmo no llegaría ni a la puerta de salida antes de que le diera un ataque.

Un pequeño silencio se formó entre ambos, amortiguado por las conversaciones que sucedían a su alrededor.

—Entonces…— dijo ella en algún momento, rozando con sus dedos los pétalos de una flor.

—¿Uh?

—Entonces, ¿qué?

Kagome alzó la mirada y fue como un impacto certero a su pecho.

Ella no podía simplemente mirarlo así y esperar que no hubiera consecuencias. No después de lo que había descubierto hacía menos de una hora.

Las manos del joven empezaron a cosquillear y tuvo que formar puños con ella para no lanzarse hacia la joven. Pero es que se veía tan bien con ese vestido esmeralda… y sus ojos, esos ojos mirándole como si estuviese esperando algo de él…

—¿Qué quieres que diga? — su voz bajó una octava inconscientemente.

La vio tragar saliva, nerviosa.

—Si… bueno… Si te ha gustado.

InuYasha dio un paso hacia delante, y otro, y otro más hasta plantarse delante de ella. Kagome no se movió, no pudo hacerlo, aunque tuvo que subir el mentón para no romper la unión de sus miradas.

Su corazón bombeó frenético cuando sintió los dedos de él rozando su mejilla suavemente, delineando la línea de su quijada.

—¿Que si me ha gustado? — respondió con voz sugerente— ¿Quieres saber lo que he estado pensando?

De pronto, habiendo perdido su capacidad para hablar, Kagome asintió lentamente, y su estómago cosquilleó por completo cuando vio como la mirada ambarina de él se deslizaba hasta los labios femeninos y sus ojos se oscurecían.

—Pues lo que he pensado es… Joder, esta chica toca como los ángeles… como yo sabía que haría.

La joven abrió los ojos y una sensación de calidez, ardor y dicha se extendió por su pecho al reconocer esas mismas palabras que le dijo la noche en la que le hizo aquella estúpida promesa de anillo. Se había acordado…

Había cumplido su palabra.

—InuYasha…— jadeó sin aliento.

—¿Sí?

—Yo…— apretó las flores contra su pecho y su boca se abrió un poco más.

—Lo siento, ódiame después, pero no puedo detenerme— dijo él entonces— Te necesito.

E InuYasha acortó la distancia que los separaba y se apoderó de sus labios sin dudarlo un instante, sin importarle que estuvieran en medio de toda esa gente ricachona y desconocida, en el mejor y más exclusivo conservatorio de la cuidad, lejos de lo que él era y siempre había sido; porque lo que realmente le importaba en ese momento era la chica que se derretía en sus brazos.


¡Por fin, por fin, POR FIN! ¡Sé que estabais esperando este momento y aquí os lo trago! Os prometo que mientras iba escribiendo la historia yo misma estaba de los nervios porque la tensión que tenía estos dos era insostenible. Y ya este capítulo ha sido el culmen de la desesperación. El pobre InuYasha lo ha intentado, pero es que ya no puede más... y bueno, tampoco es que hayamos oído mucha queja de ella...

Ayyyy, preparaos para lo que se viene porque van a ser muchas cosas de golpe en pocos capítulos. Sin ir más lejos, el siguiente, Bedsharing, creo que habla por si solo JAJAJAJAJ ¿Quién creéis que se colará en la cama de quién?

¡Muchísimas gracias a todos los que estáis ahí un capítulo más y a todos los que me comentáis! Vuestras palabras bonitas me ayudaron a dar el último empuje para terminar un capítulo, que lo sepáis, así que es gracias a vosotros que esta historia sigue adelante.

¡Nos vemos el viernes!